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7 de febrero de 2026

MADRID 2026

La Revuelta es un programa de televisión que se emite en La 1 desde el 9 de septiembre de 2024, a partir de las 21'45 de la noche. Lo presenta David Broncano. Se trata de un talk show cómico, cuyo eje es una entrevista desenfadada que Broncano le hace a alguien que tiene algo interesante que contar. Normalmente, los invitados son actores, directores de cine o músicos, pero a veces también van escritores, deportistas, gente de la tele, políticos, e incluso científicos y otras personas notables, pero poco conocidas.


Delante de las cámaras, no muy lejos de Broncano, pero en segundo plano, siempre están Marcos Fernández y Ricardo Castella, que son otros dos showmen que le dan espontaneidad y dinamismo al espectáculo, añadiendo música, efectos de sonido y comentarios jocosos. Por último, en la mayoría de los programas tiene cabida la sección de algún colaborador, que dedica unos 10 o 15 minutos a hablar en clave cómica sobre algo. En realidad, se trata de un espacio de humor, que usa una entrevista promocional para generar situaciones de comedia improvisadas e imprevisibles, en las que participan, a menudo, los propios espectadores.

Después de un año y medio, La Revuelta se ha afianzado en la parrilla, pero empezó en RTVE con el pie cambiado, porque el fichaje de David Broncano y su equipo por esta cadena tuvo un punto polémico. En principio, el ente público, supervisado por el Gobierno, que en España está formado aún por un bloque de izquierdas, buscaba a una estrella que le hiciera sombra a El Hormiguero. La razón es que este programa de Antena 3 es el imbatible líder del prime time televisivo desde hace siglos, y su presentador, Pablo Motos, no solo es conocido por su ideología neoliberal, sino que hace una sibilina campaña a favor de esos valores. Por ese motivo, RTVE decidió apostar fuerte y se fue a por Broncano, que es un referente mediático de nuevo cuño. Hasta ahí no hubo nada raro.

Sin embargo, la cosa se torció, porque la productora de Broncano puso unas condiciones para hacer el programa para RTVE, el jefe de contenidos de la casa, José Pablo López, las aceptó, pero la presidenta, Elena Sánchez, no. Ambos tenían motivos fundados para mantener su postura, pero lo importante es que la disparidad de opiniones degeneró en un enfrentamiento abierto entre los dos. En el fragor del mismo, Elena Sánchez logró que el Consejo de Administración de la corporación cesara a José Pablo López, pero ella también fue despedida al poco. En principio, parecía que el tema había sido zanjado en plan salomónico, pero, al final, resulta que Broncano y su equipo acabaron firmando un contrato por dos años, y que el ex jefe de contenidos fue nombrado, unos meses después, presidente de RTVE, por lo que es evidente a quién apoyaron en la pelea los gerifaltes del ente, que son de la cuerda del PSOE. Quedó muy patente que arriba se quería a Broncano a toda costa, porque hay interés en hacerle la competencia de verdad a Pablo Motos, que tiene mucho tirón y que, entre risas, entrevistas y desenfado, cada vez está más desatado con sus juicios y con su inclinación por la derecha moderna.

La historia anterior la he contado porque, a partir de aquí, voy a echarle bastantes flores a La Revuelta, y porque no puedo ver a Pablo Motos y a su gente, por lo que no quiero que ese sesgo oculte lo que es real, y es que la presencia de Broncano y compañía en la parilla televisiva no es inocente.

La Revuelta

Es muy probable que los que hayan llegado hasta aquí se estén preguntando que a qué viene lo que acabo de escribir. El hilo de En Ole Väsynyt son mis experiencias viajeras y atléticas. También suelo narrar todo lo que flota alrededor de ellas, en un sentido amplio, pero en el blog no vienen a cuento, per se, los temas televisivos, ni tampoco los políticos. Sin embargo, lo de hablar de La Revuelta tiene su razón de ser, porque María y yo nos fuimos el otro día hasta Madrid, para asistir como público al programa. En el marco de ese pequeño viaje, sí está justificada la chapa anterior, por tanto.

Tengo que decir que yo no veo mucho la tele. En teoría, nadie lo hace, lo mismo que nadie le echa cuenta al móvil, ni a las redes sociales, ni vota al partido que está en el gobierno, ni se olvida de la verdura en su dieta. Yo ídem. No veo la televisión... aunque, con cierta frecuencia la pongo un ratito por la noche. Vale, sí la veo un poco, igual que los 29'9 millones de españoles que, en algún momento del día, la encienden casi sin percatarse.

Pero bueno, no me quiero ir de nuevo por las ramas. El tema es que yo no me siento delante de la tele a ver Tú Cara Me Suena ni First Dates, pero la suelo poner entre las 22'30 y las 23'00, mientras cenamos. Durante un tiempo (poco), a esa hora veíamos El Hormiguero, hasta que me acabó de inflar las pelotas, y en otras etapas lo que poníamos eran series de policías, a las que no les prestábamos apenas atención. A La Revuelta, hay ratos en los que tampoco le damos bola, porque siempre nos ponemos a hablar, pero sí sé que es un programa entretenido. Hay que decir que Broncano no es muy diestro cuando sus entrevistados son paradillos, o cuando intentan contar cosas con una cierta sustancia. En mi opinión, en el primer caso no destaca por su capacidad para hacer que se sientan cómodos, y en el segundo tiende a cortarles demasiado, con comentarios tontos o con preguntas que se le ocurren, cuando pretenden narrar algo con un poco de enjundia. Sin embargo, cuando los invitados van mínimamente relajados y no se enrollan en exceso, el presentador gana enteros, y, sobre todo, es un crack si tienen tablas y le siguen el rollo. Entonces, el show se repentiza, se desmadra y es tronchante.

Por otro lado, desde el punto de vista técnico, La Revuelta se graba del tirón en falso directo y luego se edita un poco, para ajustar el minutaje, por lo que está construido como un espectáculo del que se saca un programa a posteriori. De hecho, el rodaje no tiene lugar en un plató de televisión, sino en el escenario del Teatro Príncipe Gran Vía.

       

Por eso, hace unos meses me apeteció ir a presenciar el show, me informé, y vi que era posible. Lo que sucede es que no es fácil. Hay que estar atento a la página web del programa, esperar día a día a que abran, por semanas, las inscripciones para ir de público, y apuntarse rápido cuando por fin pillas abierta la agenda. Pese a las dificultades, yo perseveré, por lo que acabé consiguiendo sitio para mí y para María el pasado 4 de febrero.



La experiencia de ir al programa ha sido cojonuda. Para empezar, son tres horas de show y es gratis. Viéndolo con perspectiva, lo que haces es asistir a un espectáculo de humor, en el que actúan un buen puñado de cómicos de alto nivel, sin pagar ni un euro. Merece mucho la pena. Aparte, también ves los intríngulis de la tele y compartes el espacio con uno o dos personajes de actualidad, lo que es muy divertido. No obstante, vas sin saber quienes van a ser los protagonistas, por lo que todo es posible. Yo iba preparado para ver la entrevista a algún reguetonero de cara tatuada o a alguna influencer desconocida para mí, pero tuve un mínimo de suerte y me encontré como invitados a Arturo Valls y a David Uclés

Arturo Valls es actor y presentador de televisión, y es un tipo que siempre me ha cargado un pelín, pero resultó ser de la clase de invitados que tienen tablas y confianza con David Broncano. De hecho, quedó patente que son amigos, directamente. Por tanto, aquello fue como colarse en la conversación de dos colegas que son bastante ocurrentes y que están sembrados. Me gustó esa parte del programa. Sin embargo, lo mejor fue la entrevista un poco más formal al escritor David Uclés. Este es el último ganador del prestigioso Premio Nadal, y ha despachado 145.000 ejemplares de su novela anterior, entrando en el top ten de ventas español de 2024 y de 2025. En principio, uno puede esperarse que un literato esté en el grupo de los entrevistados paraditos. Yo no me hubiera sorprendido, pero luego comprobé que Uclés va sobrado de desparpajo. El tío estuvo relajado, natural, gracioso, no rehuyó los temas polémicos, sin acritud ni mal rollo, y encima, dijo verdades como puños, sin ser dogmático. Yo salí de allí deseando leerme sus libros.

En definitiva, ir de público a La Revuelta fue un acierto. El espectáculo grabado duró más de dos horas, aunque luego solo se vio por la tele el 65%. El show tiene lugar por la tarde, y, dado que es muy improvisado, con frecuencia se les va el minutaje. En nuestro caso, le tuvieron que meter bastante la tijera antes de emitirlo por la noche. 

Además, con anterioridad a que se encendieran las cámaras asistimos al preshow, que corre a cargo de Sergio Bezos. Bezos también es cómico, y en La Revuelta solo tiene apariciones puntuales, pero es el responsable de hacer de enlace entre Broncano y los espectadores, así como de gestionar las intervenciones de estos, que a veces son bastante extensas. Sin embargo, antes, el tío sale al escenario a pecho descubierto, para averiguar qué personas, de la concurrencia que haya ese día, son capaces dar un poco de juego durante el transcurso del programa. Para ello, se echa al ruedo sin nada preparado, y monta una especie de espectáculo improvisado de interactuación con el público, basada en la chispa y en el ingenio. Gracias a él, cuando ya están grabando, sabe qué puede esperar de la gente que se sienta en el patio de butacas, y es el encargado de que la misma tenga su cuota de protagonismo. A mí, me pareció otro crack. Me gustó menos, en cambio, la participación de Pablo Ibarburu, que fue el humorista al que le tocó encajar su sección en medio de las entrevistas. En general, no es un tío que me haga reír, aunque sus bromas tampoco desentonaron.

Al margen de lo narrado ya, me lo pasé bien en todos los momentos de la experiencia. Nosotros nos presentamos en la puerta del Teatro Príncipe Gran Vía a la hora convenida, e hicimos cola en la Calle de las Tres Cruces.

        

Al rato, pasó una chica y revisó qué estábamos en su lista y que éramos los que decíamos ser. Luego, entramos y disfruté de los prolegómenos del show. 


En el equipo del La Revuelta todos parecen tener gracia, desde la que se encarga de sentar a la gente, hasta la que da las pautas generales de comportamiento. Para cuando salió Bezos, ya nos habíamos echado unas risas.


Luego, enlazaron el preshow y la parte grabada, y todo se desarrolló seguido. Yo estuve tres horas sin respirar, ya que el ritmo fue trepidante. De eso va el tema. La verdad es que no sé como ellos aguantan, porque yo acabé fundido. No obstante, me lo pasé genial y lo recomiendo.  

No puedo poner más fotos del transcurso del programa, porque está prohibido tomar instantáneas desde antes de que salga Bezos, hasta que se va Broncano. Una vez que este desapareció entre bambalinas, ya sí tuve un momento para inmortalizar como es el escenario tras el telón. 


Y, por lo que respecta a La Revuelta, eso es todo. Sin embargo, el viaje dio para más, porque ya que nos habíamos ido hasta Madrid, decidimos aprovechar allí el día siguiente.

De gratis por Madrid

Lo de pasar la tarde viendo gratis un espectáculo de nivel pro, en el Teatro Príncipe Gran Vía, me pareció todo un lujo, pero lo que hicimos en Madrid, el día siguiente al de la grabación de La Revuelta, también estuvo muy bien y tampoco nos costó ni un euro. 

El caso es que, después de llevar años queriendo conocer el Templo de Debod, en mi ultima estancia en la capital me fui a verlo y me quedé con dos palmos de narices, porque resulta que las entradas se sacan por Internet y que se acaban con bastante antelación. En vista de eso, esta vez, en cuanto supe los días en los que íbamos a estar en Madrid, me puse manos a la obra para intentar conseguir los tickets. Por fortuna, aún no se habían agotado. Además, la alegría fue doble, porque me encontré conque la visita es gratuita.

Sin embargo, la entrada la tuve que sacar al final de la mañana, por lo que María y yo nos planteamos qué hacer antes. Yo quería regresar a dos museos que visité por primera vez en 2023, formando parte de un grupo organizado, como ya conté. En aquella ocasión, estuve tanto el Museo de Historia de Madrid, como en el Museo de San Isidro, pero los dos los vi un poco a la carrera. Entonces no me importó, porque yo no sabía ni que existían, y me tomé los recorridos por sus salas como una toma de contacto con ellos, pero tenía en mente volver a ambos. El otro día me pareció que cuadraba a la perfección echar un par de horas en el segundo.


El Museo de San Isidro se encuentra en el barrio de La Latina. En ese lugar se conformó el primer arrabal extramuros del Maŷrit árabe, llamado Arrabal de San Andrés. En él, vivía una pequeña comunidad de cristianos, esto es, de mozárabes. Años después, cuando Madrid pasó a manos castellanas, se levantó una segunda muralla, que englobó a la totalidad de los arrabales que habían ido surgiendo hasta entonces, incluido al de San Andrés. Hoy en día, toda esa zona es el meollo sentimental del Madrid más castizo. A mí me encanta, pero a lo que iba es a que, muy cerca del corazón de La Latina, que se ubica en la Plaza de la Paja, es donde abre sus puertas el Museo de San Isidro, que oficialmente se denomina Museo de San Isidro. Los Orígenes de Madrid, supongo que para que quede claro a qué está dedicado.


El tema es que el Museo de San Isidro también es gratis. Dada la cantidad de atractivos que tiene Madrid, es evidente que el museo de San Isidro no se ha pensado para los turistas. En él, en la mayoría de los casos te cruzas con excursiones de escolares y con jubilados. Yo, la primera vez que lo visité, lo hice estando incluido en un grupo turístico, pero este era muy particular. De todas formas, pese a que no es un lugar pensado para competir con los highlights de Madrid, en él pone mucha pasta el Ayuntamiento de la capital. Eso se ve. Supongo que el objetivo es despertar el madrileñismo de los locals, que, en ocasiones, se diluye demasiado por culpa del madricentrismo, que lleva a algunos madrileños a pensar que los límites de su ciudad coinciden con los de España...

Pero dejemos atrás las polémicas. Lo relevante es que el Museo de San Isidro está muy bien montado. Se inauguró en el año 2000, en un edificio de nueva construcción, que se emplaza en el sitio donde antaño se encontraba la casa en la que se dice que vivió San Isidro Labrador. Después, en el lugar hubo un palacio, del que se conserva la capilla y el patio renacentista. 


También se ha respetado el emplazamiento del Pozo del Milagro de San Isidro, en el que San Isidro parece que salvó de morir ahogado a su hijo, que se había caído en él, haciendo que el agua subiera hasta el brocal de manera milagrosa.


Por lo que respecta a la exposición permanente del Museo de San Isidro, la misma se organiza en tres ámbitos. El primero es Antes de Madrid, que está centrado en la prehistoria, así como en la presencia romana y visigoda en la zona. Por su parte, Mayrit: Madrid se ha dedicado a mostrar la historia de la ciudad desde su fundación, en época musulmana, hasta que fue convertida en sede de la Corte por Felipe II. Por último, San Isidro gira entorno al patrón de Madrid y a su mujer, Santa María de la Cabeza

Mi objetivo con esta visita era, precisamente, conocer bien qué había en el Museo de San Isidro y cómo estaba organizado, pero, aparte, me fijé en varias cosas concretas, como siempre hago en los museos. En este caso, las mismas complementaron a las que guardé en mi retina en 2023, que, además del famoso Pozo del Milagro de San Isidro (que se encuentra en San Isidro), fueron Colmillo de Mamut Mosaico de las Cuatro Estaciones (ambos ubicados en Antes de Madrid). En el mosaico me volví a detener el otro día, porque es uno de los elementos más llamativos que se exponen en la muestra.


Esta vez, además, en Antes de Madrid me llamaron la atención Cráneo de Uro y Cráneo de Elefante Antiguo, porque ambos pertenecen a animales que están extinguidos.


Los uros son los ancestros salvajes de las vacas y de los toros. Yo, hasta hace muy poco creía que se habían extinguido en la prehistoria, pero resulta que no es así. El del Museo de San Isidro vivió en el Pleistoceno Medio, es decir, que en ese caso el cráneo sí tiene 127.000 años como mínimo, pero, por lo visto, hubo uros en la Península Ibérica hasta la Edad Media, y el último conocido en el mundo murió en Polonia en 1627. En cambio, el elefante antiguo sí desapareció de la faz de la tierra cuando el ser humano aún iba en taparrabos, allá por el Paleolítico Superior. No obstante, el del museo es coetáneo al de uro, por lo que es bastante más antiguo.

De Antes de Madrid, otro par de elementos llamativos que vi fueron Brazalete de Oro y Monedas Romanas. El abalorio es de la Edad del Bronce, mientras que el dinero se acuñó en época romana.


La parte denominada Mayrit: Madrid tiene menos fondos en el museo, pero Peón de Ajedrez me pareció un vestigio digno de ser resaltado. Se encontró en las excavaciones realizadas en la Calle Cuesta de la Vega de Madrid, que es donde se conserva el tramo más importante de la muralla árabe de la capital.


Como he dicho, el Museo de San Isidro está muy bien montado. Sus fondos no te dejan con la boca abierta, pero se encuentran tan bien presentados, que el recorrido por las salas resulta lúdico y didáctico a la vez. No obstante, en este caso no fue la exposición permanente del museo la que me llamó más la atención, sino la temporal...

La azarosa vida del Templo de Debod

No soy muy aficionado a las exposiciones temporales de los museos. No es la primera vez que lo comento. Normalmente, con ver una parte de la colección permanente de los mismos ya agota uno el tiempo del que dispone, y también las energías. Por esa razón, no me gusta dejar de lado los objetos estables de las muestras, para prestarle atención a algo que uno se encuentra allí por casualidad. Sin embargo, el otro día, en el Museo de San Isidro me topé con una inesperada sorpresa, a la que sí que le dediqué un buen rato.


En efecto, en la primera planta del museo había una exposición, titulada Debod 1954-1964, en la que se mostraba parte de la abundante documentación gráfica que se realizó sobre el Templo de Debod antes y durante su proceso de desmontaje, así como en el transcurso de su traslado inicial a la isla de Elefantina.


Junto a las fotografías, en la exposición se podían leer un montón de explicaciones acerca del templo y de los avatares que sufrió, con motivo de la construcción de la Presa Baja de Asuán y de la Presa Alta de Asuán. Como es lógico, tener la posibilidad de empaparme de toda esa información, un rato antes de ir a ver el propio monumento, me vino de maravilla.

El Templo de Debod, para dejarlo claro, es un edificio que se alzaba al borde del Río Nilo desde el siglo II a. C. A pesar de la creencia popular, el mismo no lo construyó un faraón egipcio, sino un soberano del Reino de Kush. Este estado se encontraba en Nubia, al sur de Egipto. Por lo visto, ese monarca, que se llamaba Adijalamani, aprovechando una revuelta y un largo periodo de conflictos internos que hubo en Egipto, se adueñó de la parte meridional del reino, y allí fue donde levantó el templo. Años después, los siguientes faraones echaron a lo kushitas y recuperaron el control de la zona, pero, lejos de destruir el santuario, lo ampliaron. En el 30 antes de Cristo, cuando Egipto se convirtió en una provincia del Imperio Romano, el Templo de Debod seguía en su sitio, pero tampoco entonces sufrió daños. De hecho, tiene decoraciones que datan de la época de Augusto y de Tiberio. El momento del abandono de la edificación llegó mucho más adelante. En 1960 estaba en ruinas.


El caso es que, en 1902, se inauguró la antes mencionada Presa Baja de Asuán, que se proyectó y se levantó en el transcurso de la primera etapa de la ocupación de Egipto por parte del Reino Unido. El objetivo de esa obra fue regular el caudal originado por la excesiva y brusca crecida anual del Nilo. Sin embargo, los británicos no lo hicieron bien, y pronto se comprobó que la altura de la presa era insuficiente. De todas formas, esta ya tuvo consecuencias para el Templo de Debod, que empezó a ver como el agua penetraba entre sus muros con las subidas del río. Posteriormente, la altura del dique se elevó dos veces, en 1907 y en 1912, con la cosa de que, tras la segunda ampliación, el templo pasó a quedar sumergido por completo durante 10 meses al año. En semejante situación estuvo hasta 1961.

Unos años antes de esa última fecha, en 1953, el nuevo gobierno egipcio, que acababa de derrocar a los dirigentes pro británicos y había tomado las riendas del país, decidió que iba a cortar por lo sano con los problemas que seguía dando el Nilo, pese a la existencia de la Presa Baja de Asuán, y que iba a levantar otra presa, unos 6 o 7 kilómetros al sur de la primigenia. Las obras de la Presa Alta de Asuán empezaron en 1960. En ese momento, fue cuando se determinó que había que trasladar el Templo de Debod, dado que iba a desaparecer del todo y para siempre con la erección del definitivo dique.

Por tanto, el salvamento del Templo de Debod se programó para el verano de 1961. Su desmontaje se realizó en un tiempo récord, entre otras cosas porque la Presa Baja de Asuán seguía en funcionamiento y el santuario apenas si estaba un par de meses fuera del río. El caso es que, tras convertirlo en 1.350 sillares independientes, los bloques se transportaron en barco aguas abajo, y se dejaron depositados en Elefantina, junto al Templo de Taffa y al de Dendur. Esto es importante, porque la construcción de la Presa Alta de Asuán no solo afectó al Templo de Debod. En realidad, cuando esta empezó a funcionar y surgió de la nada el Lago Nasser, que anegó 5.250 km², es decir, que inundó una superficie equivalente a la de Cantabria, eso afectó a 22 templos y complejos arquitectónicos, además de a un buen número de poblaciones. 


De hecho, Debod era un poblado (en el mapa está arriba, en la margen izquierda del río), el cual desapareció de manera un tanto abrupta. La cosa es que, en octubre de 1963, la población de Debod y de sus alrededores fue invitada a irse a otro asentamiento de nueva construcción, ubicado a 5 kilómetros del Nilo. Por lo visto, el traslado de las personas se hizo de un modo más negligente que el de los templos, y hubo centenares de ellas que fueron movilizadas y recolocadas de una forma un poco deficiente. De todo eso también me enteré en la exposición.

Pero volviendo a los templos, 22 de ellos se desmontaron piedra a piedra y se reconstruyeron en lugares más seguros, como decía. La mayoría siguen en Egipto, pero hubo 4 que se convirtieron en regalos de agradecimiento por la ayuda prestada en la campaña de salvamento, y pasaron a ser patrimonio de otros tantos países. Fueron el Templo de Dendur, que se conserva en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York (EEUU), el Templo de Ellesiya, que se montó en el Museo Egizio de Turín (Italia), el Templo de Taffa, que se expone en el Rijksmuseum Van Oudehen de Leiden (Países Bajos) y el Templo de Debod, que es el único que se reedificó al aire libre. Está dentro del Parque de la Montaña, en Madrid.


El tema de la ubicación del templo en un parque no es un problema de menor importancia. De hecho, desde su apertura al público, en 1972, la conservación del Templo de Debod ha estado rodeada de polémica, ya que este se ha usado como marco de los espectáculos más variados y ha sido pasto del vandalismo salvaje.


Además, la contaminación y el clima de Madrid también le han dado bastante caña a las piedras. Sin embargo, las protestas de los expertos y de la UNESCO no han variado la postura del Ayuntamiento de Madrid, que es el ente que ostenta la tutela del monumento, y que nunca ha tomado medidas de envergadura para acabar con su degradación. En cambio, lo que sí se hizo, cuando se montó, fue poner una cristalera en la columnata exterior del templo, fijada con silicona. Gracias a ella, se ha creado dentro un habitáculo más confortable, pero, a la vez, se ha alterado el aspecto primitivo de la construcción. 


Gracias a la cristalera, el Templo de Debod se ha musealizado por dentro. No obstante, a mí la verdad es que me sorprendió lo desprotegido que está. Yo entendí que lo de tenerlo a la intemperie era normal, porque no deja de ser un edificio, pero ahora me he enterado de que los otros tres templos primos hermanos del de Debod se conservan bajo techo, y eso me parece lo más lógico, porque en el Parque de la Montaña la exposición al clima, a la contaminación y a la gente es máxima. En la actualidad, dado que el estanque de agua que lo rodea se encuentra vacío, yo vi incluso como un empanado se saltaba el murete que bordea el perímetro del santuario, y se iba hacia él por toda la cara, sin pasar por la puerta de acceso al recinto. El guardia de seguridad que vigila el mismo sacó un pito, le gritó y le silbó, le puso la cara colorada, y el tío se saltó de nuevo el pretil hacia fuera y se marchó, pero el hecho de que el segurata llevara un silbato colgado del cuello, me hace pensar que no es raro que la peña invada el espacio por donde no es.


De todas formas, hay que reconocer que el templo luce precioso en el Parque de la Montaña. Además, parece que ahora está bien defendido. De hecho, a pesar de sus reducidas dimensiones, su interior se encuentra bien dotado de cuidadores, que no te quitan ojo de encima. Por último, entiendo que hablar degradación es muy relativo, teniendo en cuenta que era un edificio en ruinas, que se pegó cinco décadas sumergido en el Nilo durante 10 meses al año, sin que nadie hiciera gran cosa. Aparte, en Elefantina los 1.350 bloques resultantes del despiece estuvieron otros 9 años almacenados a la intemperie, hasta el punto de que algunos perdieron las marcas que identificaban su posición. Fue en 1970, cuando el gobierno egipcio concretó el regalo a España y los sillares se llevaron a Madrid. En la capital, un equipo de arqueólogos se devanó los sesos para lograr montar un rompecabezas, que presentaba la dificultad añadida de que se habían perdido y se habían roto piedras en el traslado.

El caso es que es un lujo tener el Templo de Debod en Madrid, pero está claro que debe ponerse en un lugar bajo techo tarde o temprano. En principio, no parece tan difícil, porque el edificio del conjunto cuenta con una superficie de apenas 180 m² (una cancha de baloncesto en España mide 420 m², por ofrecer una referencia).


Luego, si le incluimos al conjunto los dos pilonos o portadas de piedra, el estanque y la plataforma sobre la que  se alza el templo, la superficie de todo alcanza unos 1000 m², por lo que es verdad que no cabe en cualquier sitio, pero no parece lógico que se eche a perder, y el granito de Nubia no se encuentra preparado para resistir a una eternidad de polución y de cambios de temperatura. Por tanto, en mi opinión, el Templo de Debod, como diría Indiana Jones, "debería estar en un museo".

El Templo de Debod por dentro

El Templo de Debod está dividido en una serie de estancias, que se pueden ir visitando con toda la calma que uno quiera. En un artículo de la egiptóloga Cristina Carracedo, que se lee en la pagina web Amigos del Antiguo Egipto, he encontrado esta magnífica imagen de la planta del templo.


En el edificio del santuario, lo primero que uno se encuentra al entrar es el vestíbulo o Pronaos, que cuenta con un programa decorativo que fue realizado en tiempos de Augusto y de Tiberio, entre el 22 a. C. y el 14 d. C. En ese vestíbulo está el mostrador de recepción, dado que, como he dicho, el Templo de Debod se ha montado como un pequeño museo en sí mismo.


El vestíbulo tiene su interés, pero yo me fui directo hacia adelante cuando entré en el Templo, y penetré enseguida en la Capilla de Adijalamani, que es la parte más antigua del mismo. Se trata de una estancia que está bien conservada, salvo su policromía, que, tras haber resistido durante 21 siglos, se echó a perder del todo en los 50 años en los que el santuario se inundó por sistema.


A continuación de la Capilla de Adijalamani, accedí a la Antesala del Naos, y, desde allí, le eché un vistazo a la Sala del Naos. El Naos era la capilla central del templo, es decir, el lugar más sagrado, donde se realizaba el ritual diario de culto a la divinidad, pero en él se conservaba, a su vez, el naos físico, que era una estructura, tallada en una sola piedra, que servía de sagrario de la figura divina. 


En el Templo de Debod, la Sala del Naos se erigió en época tolemaica, cuando los egipcios ya habían recuperado la región en la que se encuentra el santuario. En esa estancia sagrada se conserva el Naos de Amón, que está hecho de sienita. Se trata del sagrario monolítico, en el que se guardaba la desaparecida estatua de culto del dios Amón.

Por mi parte, después de ver la Sala del Naos me asomé a las capillas laterales, que están ubicadas a sus dos lados. Ambas se muestran vacías.


Tras llegar al final del templo, desanduve mis pasos y volví al vestíbulo, para asomarme al llamado Mammisi. Los mammisi eran unas salas que había en algunos santuarios, en las que se celebraban, en concreto, los ritos de gestación y de nacimiento de un dios. 


Sin embargo, no está muy claro que la capilla del Templo de Debod que recibe el nombre de mammisi realmente lo sea. En todo caso, es un añadido, que se hizo en época romana, en la primera mitad del siglo I, y que rompe la simetría del edificio, como se puede ver en el plano que puse antes. En su interior, se guardan los restos de un tercer portal exterior que tenía el templo, cuando se ubicaba en Egipto. En Madrid, solo se han colocado dos.

Una cosa que yo no sabía es que el Templo de Debod tiene dos plantas. A la segunda, se sube por una estrecha es escalera, que comienza en el vestíbulo. 


En origen, en la segunda planta había un sector techado, pero la mayoría era una terraza. En ella, se hacían rituales solares. Sin embargo, en el Parque de la Montaña se decidió cerrar la azotea por completo con un tejadillo. La razón fue triple. En primer lugar, de ese modo se selló el edificio y se protegió por arriba de las inclemencias del tiempo madrileño, que no se parece en nada al de Nubia. En segundo, los arqueólogos que montaron el templo en Madrid, se encontraron, en su día, conque algunas piedras de la cubierta se habían perdido o estaban muy deterioradas, por lo que se dictaminó que no era una mala idea sustituirlas por un armazón de madera. Por último, al hacerlo y extender esa estructura, se pudo crear un pequeño museo en la estancia resultante, que sirve un poco de complemento a la visita.


Aparte de todo, en el Templo de Debod hay otra capilla, que parece que servía de lugar de purificación de los sacerdotes, así como un par de criptas que yo no vi. Por ultimo, también es menester fijarse en los relieves que se han salvado del paso de los años. Se tallaron a comienzos del siglo II a. C.


Yo recomiendo a todo el mundo que vaya a ver el Templo de Debod. Por lo que a mí respecta, por fin he saldado esa cuenta pendiente. No obstante, dentro de unos años el santuario estará en un museo, espero, y me gustará volver a verlo allí.

Madrid y su variada oferta gastronómica

Acabo ya con un rápido repaso a los momentazos culinarios que nos pegamos en Madrid esta vez. Hubo de todo. Para empezar, antes de ir a grabar La Revuelta almorzamos en el Steakburger de la Calle Fuencarral


Steakburger es la típica franquicia de hamburguesas gourmet, en la que todo parece estar un poco hecho en serie, pero en donde se come buena carne en un ambiente muy agradable. Yo pedí Pollo Ranchero, y también tomamos nachos con guacamole.

Para cenar, cambiamos totalmente de tercio y nos metimos en el primer bareto que vimos abierto en el Barrio de las Letras. El bar restaurante se llamaba A'Cañada, y estaba en la Calle Fúcar.


Por el nombre, A'Cañada parece un restaurante gallego, pero no lo es. Sí es, en cambio, un bar de barrio, que resiste en una de las zonas más turísticas de Madrid. A mí, solo por eso ya me llamó la atención. Luego, resultó que cenamos barato y a gusto. Yo me tomé un montadito de jamón con tomate y dos tercios de Mahou, y compartí con María una ensalada mixta. Fue un menú de andar por casa, pero lo que comimos estaba rico y el servicio cumplió, así que salí contento.

Después, sin abandonar la Calle Fúcar nos metimos de lleno en un ambiente mucho más cool, ya que nos topamos con la Cervecería La Maripepa y entramos en ella para tomarnos una birra especial. 


La Cervecería La Maripepa es uno de esos bares decorados en plan retro que tanto me gustan, en los que hay cervezas de muchos tipos, cuyo ambiente está trufado de referencias musicales, y que tienen un atractivo aire de pub british.

Al día siguiente, antes de almorzar, le dimos otra vuelta a la tuerca y nos tomamos una cerveza en Bodegas Alfaro. Este es un bar de Lavapiés que lleva en la esquina de la Calle Olmo y de la Calle Ave María desde 1929. 


Parece ser que, hace un siglo, en la época en la que Lavapiés era el meollo de los bajos fondos madrileños, en Bodegas Alfaro se juntaban los gitanos y la liaban a su manera. Por eso, en el contexto del Madrid más galdosiano, popular y castizo, esa taberna se convirtió en uno de los epicentros del flamenco en la ciudad. Ya en 1997, cuando Lavapiés había rebajado su perfil underground, el negocio estuvo a punto de cerrar, pero un antiguo cliente se hizo cargo de él y lo salvó. Hoy en día, él y sus hijos son los que siguen al frente del bar. 

El caso es que llegamos a la puerta de Bodegas Alfaro casi a las 13'15, un poco por casualidad, porque habíamos quedado para comer al lado y queríamos hacer tiempo tomando algo. A esa hora, el camarero estaba abriendo aún el negocio con una parsimonia bastante acusada. Un ratito después, una vez que dio por bajada la bandera, ya nos pudimos tomar una caña. 

Parece ser que Bodegas Alfaro sigue manteniendo un poco del aire flamenco que siempre tuvo, pero nosotros no vimos jaleo. A la hora del aperitivo, el ambiente en el local era tranquilo. Por nuestra parte, tras el ratillo allí, nos pasamos al local contiguo, donde íbamos a almorzar con Ruth. Con ella, he estado en restaurantes madrileños de lo más variopinto, pero nunca me había llevado a uno de comida china. 


Yo, hasta la fecha solo había ido a restaurantes chinos en los que la comida te destruye por dentro, y a restaurantes chinos algo mejores, en los que no llegas a temer por tu vida, pero que están cortados por el mismo patrón que los malos. El chino al que fuimos con Ruth, además de estar en un emplazamiento muy peculiar, resulta que se encuentra en una tercera categoría, que es la de los restaurantes chinos de calidad.

El caso es que comer en un chino elegido al tun tun es como jugar a la ruleta rusa. Yo, en Sevilla conozco un par o tres que no están mal, pero nunca iría a uno random en Madrid. Sin embargo, de Ruth me fio. Además, al entrar en El Rincón de Pangpang me quedé tranquilo, porque me encontré con un local austero, que cuenta con una decoración sencilla. Por el aspecto, la mayoría de los restaurantes chinos parecen parques temáticos, y eso ya me hace sospechar de ellos. El Rincón de Pangpang, en cambio, no es así. Está claro que tiene sus detalles de corte asiático en las paredes, que menos, pero el aspecto general es el normal de cualquier negocio de restauración de España. A mí, me inspira confianza el hecho de que no tengan la necesidad de distraerte y de hacerte creer que aquello es muy auténtico, a base de llenarlo todo de dragones dorados, de sillas forradas de pseudo seda, de ventanas con celosías, de biombos con geishas, de farolillos y de cortinas con borlones. 

En El Rincón de Pangpang la primera impresión fue positiva, por tanto, pero luego también comprobé que lo que nos pusieron dio la talla. Realmente, los platos eran similares a los que estamos acostumbrados a comer en los restaurantes chinos, pero pedimos a la carta, pagamos un precio lógico, y constatamos que lo que nos sirvieron no era comida de derrumbe en versión oriental. Por la tarde, la digestión confirmó que la calidad de lo que habíamos almorzado era más que decente.

Después de comer, nos fuimos con Ruth a tomar café. La lista de cafeterías de primer nivel que he visitado con ella es amplia, y no para de crecer. En este caso, estuvimos en Nomade Café


Para desayunar, María y yo nos habíamos metido en el Restaurante Cafetería Pando, que está enfrente de la Estación de Atocha y del hotel donde dormimos. El café y las tostadas que me pusieron cumplieron con creces con mis necesidades, pero Pando sería un Dacia y Nomade Café sería un BMW, si trazásemos un símil automovilístico para marcar el contraste entre las dos cafeterías en las que estuvimos en el mismo día.

Durmiendo en un mítico hotel

Y hablando del hotel en el que nos alojamos, lo primero que quiero decir es que llevo toda la viendo el impresionante edificio del Hotel Mediodía cuando llego a Madrid en tren, pero jamás había tenido la oportunidad de dormir en él. 


El Hotel Mediodía es historia viva de la capital, porque abrió sus puertas en 1914. Yo no tenía previsto dormir en él, pero no quería ir a un apartamento turístico en Madrid, por lo que decidí volver a caer en las garras del lobby hotelero, me metí en Booking por primera vez en mucho tiempo, y he comprobado, para mi sorpresa, que la dura competencia de Airbnb y de ese tipo de plataformas, ha bajado de la nube especuladora a los dueños de los hoteles. 

Lo cierto es que lo de los alquileres vacacionales se ha ido un poco de las manos, hasta el punto de que, ahora, los que están pervirtiendo un sistema que empezó brindando opciones de movilidad a los parias, son los que poseen apartamentos, sin que los gobernantes se atrevan a ponerle coto al descontrol. Sin embargo, al principio esto no era así, de manera que los ciudadanos que tenían alojamientos libres y los ofrecían a los viajeros, por un precio razonable, eran los buenos, y los malos eran los dueños de los hoteles, que querían manejar a su antojo el cortijo turístico y hacían que pernoctar en cualquier lugar distinto a tu casa fuera un lujo. En la actualidad, parece que la tortilla se ha dado la vuelta, y los establecimientos hoteleros han comenzado a esforzarse por atraer clientes, al mismo ritmo al que se derrumba la honorabilidad de los alquileres vacacionales.

El caso es que yo necesitaba dormir una noche en un sitio céntrico de Madrid y creí que iba a tener problemas, pero, para mi sorpresa, pude reservar una habitación doble en el Hotel Mediodía por 88 euros. En vista de ese precio y del aspecto decimonónico del establecimiento, y habida cuenta de que este en la actualidad solo tiene 2 estrellas, me vi durmiendo en una anticuada habitación, en el mejor de los casos, pero luego me encontré alojado en una moderna y reformada estancia, que colmó todas mis expectativas.

En definitiva, volví a pasar un par de días mágicos en Madrid. La capital nunca me decepciona, y su oferta lúdico festiva parece infinita. Espero no tardar mucho en regresar.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 7'7% (hoy día 34'6%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'4% (hoy día 36'8%).

Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya estaban visitadas: 2'7% (hoy día 48'6%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que ya estaban visitadas: 1% (hoy día 20%).


27 de septiembre de 2025

CASTELLAR DE LA FRONTERA 2025

En primavera de 2011, María y yo fuimos a Cádiz a echar unos días con las niñas. Uno de ellos, se nos ocurrió que era muy buena idea ir a Gibraltar, por los que nos plantamos en la frontera sin dudarlo. Por aquel entonces, Julia tenía un año y Ana tres. En el paso fronterizo, los policías españoles, al mirar dentro del coche y ver a los dos micos, nos pidieron el libro de familia. Nosotros no habíamos caído en que nos iba a hacer falta, por lo que no lo llevábamos. En consecuencia, tuvimos que volvernos por donde habíamos venido. 

El caso es que, aquel día, nos vimos a media mañana en la Línea de la Concepción, sin saber adónde ir ni cómo aprovechar la jornada. En principio, no llevábamos preparado un plan B, pero pronto caí en que un amigo me había contado hacía poco, que en Castellar de la Frontera, cerca de La Línea, hay un castillo muy bonito, dentro de cuyas murallas vive gente. En 2011, ni María ni yo teníamos smartphones, ni nada parecido, así que, a la antigua usanza, cogí el mapa de carreteras del maletero, busqué Castellar, nos encaminamos hacia allí, y conseguimos llegar... a Castellar Nuevo


Lo que se ve en la foto no es desagradable, pero tampoco es pintoresco. Entonces, no acabé de entender qué cojones había pasado, porque lo que yo sabía de Castellar se limitaba a un comentario de un amigo, cazado al vuelo, no tenía manera de mirar Internet en ningún lado, y en el mapa ponía bien claro que aquello era Castellar de la Frontera, pero en ese lugar era evidente que no había castillos. Es verdad que podría haber preguntado, o que podría haber mirado el mapa con un pelín más de detalle, pero la realidad es que Ana y Julia iban ya hasta las narices de coche y estaban empezando a inquietarse, así que me di cuenta de que no iba a ser el día de ir a buscar la fortaleza, estuviera donde estuviera.

Unos días después de aquella fallida experiencia, ya sí me metí en Internet y descubrí que Castellar de la Frontera es un municipio que se divide en tres núcleos de población. Son La Almoraima, Castellar Viejo y Castellar Nuevo. Nosotros habíamos estado en este último, que es donde se encuentra el Ayuntamiento, y que, hoy por hoy, es lo que se suele llamar Castellar de la Frontera. El Castillo de Castellar, en cambio, es el eje del asentamiento primigenio del pueblo, que se denomina Castellar Viejo, y que dista unos cuantos kilómetros.

He tardado 14 años en volver a Castellar de la Frontera. Siempre lo había tenido en mente, pero no había visto el momento de hacerlo. A principios del verano, a María le hablaron de las excelencias del Hotel Casa Convento La Almoraima, que se encuentra en el término municipal de Castellar, y me regaló la estancia de una noche en ese alojamiento. Ella no se dio cuenta de que ya habíamos estado en Castellar Nuevo, pero yo sí vi que era la oportunidad perfecta para regresar a Castellar de la Frontera, a completar por fin la visita. 

Castellar Nuevo y su interesante origen

Castellar Nuevo es un asentamiento extraño, que tiene pinta de decorado de cine. Está conformado por un montón de casas que son muy similares. Se ve que la mayoría las construyeron a la vez, siguiendo un modelo común. Así, desde que uno entra en el pueblo, percibe que todo surgió de la nada en la misma época. Lo que pasa es que, a diferencia de otras localidades similares, que se planificaron de una forma cuadriculada, en Castellar Nuevo el trazado urbano es más o menos irregular. Me imagino que lo hicieron queriendo, para reducir un poco la sensación de artificialidad del lugar. Sin embargo, lo cierto es que lo consiguieron solo a medias, porque nosotros no vimos a nadie hasta que llegamos a la Plaza de la Constitución. La impresión de sitio irreal no me abandonó hasta que vislumbré esa plaza, que es donde se concentraba la gente, a pesar de que la amplia explanada aparezca vacía en la foto que pongo a continuación.


En Castellar Nuevo no hay desniveles, las calles son espaciosas y abundan las zonas verdes. Por resumir como se ha llegado a desarrollar un sitio de esas características, resulta que en 1939 se creó el Instituto Nacional de Colonización, con la intención de reestructurar y de reactivar el sector agrícola español. Este objetivo estaba muy relacionado con el plan de autarquía que el gobierno de Franco preparó, al acabar la Guerra Civil, para que España sobreviviese a la contienda sin necesidad de depender de terceros. En ese contexto, el Instituto Nacional de Colonización fue el órgano responsable de repartir a un montón de agricultores, de una manera un poco sistemática, por el territorio nacional, de cara a que pudieran sacarle partido a las tierras de labranza infrautilizadas que había. Con esa idea, se financió la edificación de una buena cantidad de asentamientos de nueva planta por todo el país. A ellos, se trasladaron las familias que se mostraron dispuestas a mudarse a cambio de una casa y de un trabajo en el campo. El primer pueblo de colonización erigido fue El Torno, que pertenece al municipio de Jerez de la Frontera. Su construcción se aprobó en agosto de 1943, y en menos de dos años se encontraba ya operativo. Tras El Torno, se crearon más de 300 localidades de repoblación hasta 1971, que fue cuando el Instituto Nacional de Colonización desapareció. Algunas fueron realmente agrandamientos de otras preexistentes, pero la mayoría surgieron de la nada. Castellar Nuevo, que se fundó en 1971, fue una de las últimas.


Por lo visto, el primer encargado de dirigir el Instituto Nacional de Colonización fue el arquitecto falangista Víctor D'Ors, que tenía una idea muy clara de cómo debían ser todos los pueblos que se erigieran. Parece ser que este señor era un tanto inflexible, lo que provocó que le destituyeran en 1943. El régimen necesitaba a gente más moderada al frente de los diseños de las nuevas poblaciones, por lo que, desde ese momento, le dio la potestad creativa a varios constructores. Estos, en muchos casos terminaron planificando asentamientos que son perfectos ejemplos vanguardistas del racionalismo constructivo, que fue la principal tendencia arquitectónica en el mundo en los años centrales del siglo XX. 


En España, los proyectos del Instituto Nacional de Colonización acabaron siendo un laboratorio de pruebas sensacional para los arquitectos.

El tema es que, en 1968, en Castellar Nuevo se dieron los últimos coletazos del programa de repoblación. Por aquel entonces, Castellar de la Frontera era un municipio de una notable extensión, que tenía dos núcleos habitados. El primigenio estaba ubicado dentro de las murallas y en los alrededores del Castillo de Castellar, y el otro había surgido junto a las instalaciones de la empresa corchera La Almoraima. Los residentes de la antigua fortificación sobrevivían sin luz ni agua, y en La Almoraima muchas de las viviendas eran simples chabolas. Precisamente, fue a La Almoraima a quien el Instituto Nacional de Colonización le expropió las 700 hectáreas de terreno que se usaron para erigir el nuevo asentamiento, y para roturar parcelas para los colonos. En 1971, Castellar Nuevo estuvo terminado, y hasta allí se trasladaron la gran mayoría de los vecinos del original asentamiento de Castellar, que empezó a ser conocido como Castellar Viejo. Por tanto, en este caso el grueso de los desplazados no vino de lugares lejanos, sino del entorno del Castillo de Castellar, que fue casi abandonado. 

La segunda juventud del Castillo de Castellar

En 1971, la fortaleza de Castellar de la Frontera estaba destinada a sufrir una inevitable degradación, ya que en sus modestas viviendas, salvo alguna excepción, no quedó nadie. Sin embargo, casi sobre la marcha, salieron a escena una serie de personas, que le dieron un inesperado giro de tuerca a la historia del castillo. En efecto, en 1967, 1968 y 1969, a la vez que alcanzaba su cenit en EEUU, el movimiento hippie había dado el salto a Europa, de manera que el viejo continente se había llenado de un considerable número de jóvenes de origen burgués, que se habían entregado a un modo de vida contracultural y ajeno a lo establecido. En 1971, a unos cuantos de ellos, naturales de distintos puntos de Alemania, de Reino Unido, de España y de Países Bajos, el recién despoblado Castillo de Castellar les pareció un sitio perfecto para acomodarse. Lo que se formó entonces allí no fue exactamente una comuna. Fue, más bien, un asentamiento de gente con un proyecto vital similar. Tras la progresiva adquisición de las casas, los nuevos pobladores las arreglaron, de acuerdo con sus necesidades, y durante unas décadas el enclave ha sido una pintoresca aldea, habitada por una curiosa comunidad de herederos del hippismo primigenio. Lo bueno es que eso ha contribuido a la conservación del lugar, al que se llega después de conducir un rato por una endemoniada carretera, que atraviesa una zona campestre deshabitada.

Por esa carretera, nosotros fuimos a ver el Castillo de Castellar a última hora de la tarde del sábado. Esta vez no hubo dudas de lo que buscábamos. Arriba, dejamos el coche en una explanada que han habilitado extramuros, y subimos a pie el trecho final del camino.


Antes de llegar al Arco de la Villa, que es el sitio por el que se puede atravesar la puerta de la fortaleza, nos cruzamos con dos hippies alemanes bien entrados en años, que venían andando por la carretera, no se sabe desde dónde. Uno de ellos iba caminando descalzo por el asfalto, como si la vida no fuera con él. Aquello me pareció la mejor tarjeta de presentación de Castellar Viejo. Pese a esto, dicen que el ambiente allí ya no es lo que era. Ahora, los verdaderos bohemios escasean en las casas de la fortificación, y los alojamientos rurales han proliferado por todos lados. Digamos que la fama ha acabado un poco con la autenticidad del lugar, pero, no obstante, en mi opinión el Castillo de Castellar está lejos de asemejarse a un parque temático. De momento, conserva su sabor.


Además, a mí me habían dado a entender que dentro de los muros del castillo había cuatro casas, y no es verdad, como se puede comprobar en el siguiente plano, que es magnífico.


Como se puede ver en la imagen, al Castillo de Castellar se accede por el norte, por la única parte en la que uno tiene la impresión de estar entrando en un recinto fortificado.


Luego, se empieza a callejear y se pierde un poco la noción de estar dentro de un castillo, ya que durante mucho rato no se ve la muralla, ni se camina por ningún adarve. Eso sí, no se dejan de ver esquinas y rincones que se merecen una foto. 



El sitio más pintoresco de todo el pueblo es el Balcón de los Amorosos. Se trata del único lugar público de la fortaleza en el que uno puede asomarse desde la muralla. Desde él, las vistas del Embalse de Guadarranque y de sus alrededores son sensacionales.



En definitiva, el Castillo de Castellar está compuesto por un entramado de calles preciosas y cuidadas, por las que merece la pena deambular durante un rato. En la población, hay ya más alojamientos rurales y turistas que hippies, pero no es un lugar que parezca impostado. A mí me gustó mucho.

La cena del sábado... y la comida

Nosotros subimos al Castellar Viejo con la intención de cenar algo tras el paseo, pero nos encontramos conque no es un lugar donde haya demasiada oferta culinaria. Allí, las opciones se limitaban a un restaurante de más postín del deseado, a la desierta cafetería del único hotel que hay en el Castillo, y a un pequeño bistró situado extramuros, en el que había, dentro una ruidosa actuación musical en su punto álgido, y fuera una serie de parejas alemanas de mediana edad muy animadas, pero también muy borrachas. Ninguno de los tres sitios nos llamó ni mínimamente.

Dado que cenar en Castellar Viejo no era una opción, decidimos regresar a Castellar Nuevo, a ver qué nos encontrábamos. Allí, acabamos en el Pub Los Naranjos, que me encantó por cuatro razones. Primero, porque tenía una terraza exterior, en la cual estuvimos tranquilos y relajados. Además, la chica que nos atendió resultó ser eficiente y amable. También disfruté de la comida, pero, por encima de todo, lo que más me gustó fue que me di cuenta de que aquel era el sitio de referencia de los vecinos de Castellar, a la hora de salir el sábado a picar algo. 

Realmente, lo de cenar en un bar de copas fue extraño, porque lo cierto es que el Pub Los Naranjos lo era, de puertas para adentro. Lo que pasa es que tenía fuera la agradable terraza mencionada, y, aparte, no solo contaba con cocina, sino que esta daba por atrás a la zona de las mesas exteriores. El tema es que, en esa salida trasera de la cocina habían puesto una barra portátil, por la que despachaban pizzas para llevar, y por la que también sacaban lo demás que ofertaban en la carta. Aquello era un rudimentario apaño, porque, para ir al baño, se entraba en el pub por las buenas, pero, como digo, me comí un churrasco de pollo que estaba muy bien hecho, la camarera fue un encanto, y nos juntamos allí con la verdadera gente del pueblo. Yo no pedía más.

He de añadir que habíamos comido a mediodía en otro restaurante de Castellar Nuevo, llamado Restaurante Virgil, que tampoco me decepcionó. En él, la experiencia fue diferente, porque este negocio es la referencia en todos los alrededores para darse un buen homenaje de sábado, por lo que vimos. En consecuencia, en su terraza no cabía un alfiler, con la cosa de que los dos camareros encargados de la logística habían petado un poco. A ambos se les veía sobrepasados, pero no lo reflejaban con nervios, sino que estaban en shock, hasta el punto de que, las dos veces que me dirigí a ellos para que me anotaran en la lista de espera de los sitios, me miraron como si fueran Homer Simpson, se dieron la vuelta y no hicieron nada. Junto a mí, había más personas que tenían reserva y que querían sentarse. Sin embargo, los dos chavales sacaban platos y recogían el menaje sucio, pero, cuando llegaba el momento de mirar el cuaderno y de cuadrarlo con los puestos que se iban vaciando, se quedaban mirando las hojas como pillados y no reaccionaban. La cosa avanzaba a trancas y barrancas. El tema es que el asunto pintaba mal para nosotros, porque el resto de Castellar era un desierto, como dije antes, pero, por fortuna, María afinó el instinto y tuvo el ojo de darse cuenta de que dentro había una barra con clientes tapeando, así como una sola mesa con dos plazas, que se encontraba vacía.
 

En vista de eso, fue a preguntar, y se dio cuenta en seguida de que la que partía el bacalao en Virgil era la camarera de la barra. La chica nos dijo que nos podíamos sentar en la mesa y que, para tapear, nos atendía desde su puesto. Nosotros no necesitábamos más. Tampoco teníamos prisa, de manera que no atosigamos a la chavala, que era la que estaba haciendo de enlace entre la cocina y lo que se pedía en el exterior. Sin pisar la terraza, controlaba las comandas de una forma increíble. Fuera, lo que no funcionaba era lo que físicamente no alcanzaba a dirigir. El resto, marchaba gracias a ella. Además, ponía las bebidas y servía el mostrador, con la cosa de que todo lo hacía con eficacia, con un talante agradable y a buen ritmo. La hostelería es una profesión especializada, no el refugio de los que no valen para nada y no saben qué hacer con su vida, y ahí se volvió a demostrar. 

Una vez que nos sentamos a comer, yo desconecté, y no sé como se arregló el cierto descontrol con los sitios que había en la terraza. Nosotros almorzamos tranquilamente, y cuando acabamos nos fuimos. Además, en general, lo que nos sirvieron me gustó.

El hotelazo que nos hizo ir a Castellar

El Hotel Casa Convento La Almoraima tiene 4 estrellas, es decir, su nivel de exclusividad no es exagerada. No obstante, su historia es tan notable como la de cualquier establecimiento de la cadena Paradores.



Lo de que el Hotel La Almoraima esté en un convento en desuso no lo hace destacar especialmente, porque hay muchos establecimientos hoteleros que aprovechan las instalaciones de antiguos cenobios. Este, sin embargo, cuenta con la particularidad de que está en la Finca La Almoraima, que tiene una trayectoria bastante curiosa.


La Finca La Almoraima es la segunda más grande de España. Su superficie es de 14.113 hectáreas, por lo que estamos hablando de un señor latifundio. Por poner esa cantidad de tierras en contexto, solo hay que decir que en España hay 8.133 municipios, y que 7.366 tienen un término que es menor que La Almoraima


A mí, lo de que una porción tan grande de campo sea de una sola persona no me da muy buen rollo, pero, en este caso, lo cierto es que todo pertenece al Estado español desde 1982. La historia de cómo terminó esa heredad convertida en terreno público comenzó en 1434, año en el que fue conquistada para Castilla por las tropas que dirigía Juan Arias de Saavedra. Este gentilhombre, a raíz de su triunfo se erigió en señor de aquel feudo. Con el paso de los siglos, sus descendientes se emparentaron bien, hasta el punto de que entroncaron con la casa de Medinaceli, que es, seguramente, la segunda casa nobiliaria más importante de España, tras la casa de Alba. Por tanto, los duques de Medinaceli acabaron siendo propietarios de la inmensa finca, que abarca el 77'88% de lo que hoy es el municipio de Castellar de la Frontera, así como un trozo del de Los Barrios y otro del de San Roque.


El devenir de la finca no tuvo nada de particular durante muchas décadas, pero los acontecimientos dieron un giro en 1973, cuando el jerezano José María Ruiz-Mateos compró La Almoraima a los duques de Medinaceli, lo que implicó que esta pasó a estar integrada en Rumasa. Por poner en contexto el remate de la historia, hay que decir que Ruiz-Mateos fundó Rumasa en 1961, y convirtió esa sociedad, en 20 años, en el mayor holding de España, gracias a su habilidad, como no, pero también gracias a que era miembro supernumerario del Opus Dei y a que tenía interesantes contactos entre los que mandaban en época de Franco. El caso es que Rumasa creció tanto, que acabó siendo un peligro para la economía del país, ya que daba trabajo a 60.000 personas y generaba el 1'8% del PIB nacional. En 1983, Rumasa agrupaba, oficialmente, unas 400 empresas, en las que se incluían 18 bancos. Eso significa que controlaba cerca del 25% del mercado bancario español. 

Sin embargo, el mayor problema de Rumasa no era su tamaño, sino el reguero de deudas que iba dejando, la escasa confianza que provocaba el modus operandi de Ruiz-Mateos, el cierto descontrol en la gestión que translucía este, así como la opacidad con la que se manejaba, amparado por el poco control fiscal que había en aquellos tiempos y por sus provechosos apoyos. La cosa era que el rastreo de las finanzas de la sociedad de Ruiz-Mateos era imposible de seguir, sobre todo porque él no permitía auditorias externas, pese a que los informes del Banco de España se hacían eco de las dudas que suscitaba su heterodoxa política empresarial, e indicaban que Rumasa ponía en riesgo la estabilidad de España. La realidad era que la corporación era un gigante con pies de barro y una especie de agujero negro incontrolado, valorado en 300.000 millones de pesetas de la época, que tenía suficiente entidad como para arrastrar al resto de la economía española si quebraba. En 1982, con la llegada del PSOE al poder, el gobierno intentó poner algo de orden en ese disloque, pero Ruiz-Mateos no se avino a razones, por lo que, al final, le quitaron la macroempresa sin más. 

La historia de Rumasa y de Ruiz-Mateos no había acabado, como es lógico. De hecho, el empresario se convirtió en una figura pública muy pintoresca, lo que no evitó que fundara otro holding y modernizara las estrategias para ganar dinero a manta de manera oscura, mientras peleaba en los juzgados para que le devolvieran lo que él decía que era suyo. No obstante, lo que nos atañe a nosotros ahora, es que la Finca La Almoraima pasó a ser del Estado cuando Rumasa fue expropiada. Hoy día, ese extenso latifundio es un bien público, que está administrado por el Organismo Autónomo Parques Nacionales, el cual se adscribe en la actualidad al Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

El caso es que, dentro de la Finca La Almoraima había un edificio religioso, denominado Convento de San Miguel, que se había construido en 1603 junto a una torre de vigilancia de época musulmana y a una ermita, la cual databa de 1526. Esta se había integrado como capilla del monasterio al erigirse este. 


En el Convento de San Miguel vivieron frailes hasta que el cenobio fue desamortizado en 1839. La expropiación implicó que el inmueble dejó de pertenecer a la Casa de Medinaceli durante un tiempo. Esta, tras años de litigios, consiguió recuperar su posesión en 1865, pero los monjes no volvieron. Poco después, el duque de turno acometió la remodelación del edificio, transformándolo en un palacete que sirviera de base para organizar monterías por la gran finca. Así, convertido en casa-palacio, el antiguo monasterio vio pasar lo que quedaba de siglo XIX y todo el XX. En 2010, cuando estaba ya en manos estatales, en él se inauguró el Hotel Casa Convento La Almoraima.


Ni María ni yo somos de los que van a los hoteles y no salen de ellos, pero reconozco que, en este caso, al ver el Hotel Casa Convento La Almoraima optamos por cambiar los planes que teníamos para el domingo, con la idea de sacarle todo el jugo posible a sus instalaciones. Para empezar, por la mañana nos marcamos una ruta por el Sendero de la Duquesa, que no abandona los límites de la Finca La Almoraima. El itinerario es circular y solo mide 1.608 metros. 


La Finca La Almoraima da para hacer senderismo del modo más exigente, pero la ruta que han apañado por los alrededores del hotel nos permitió conocer el entorno sin palizas. Además, dado que este, y el 90'4% de la finca, están en pleno Parque Natural de los Alcornocales, que eso no lo había comentado, pues fue chulo caminar bajo los alcornoques, los quejigos y los acebuches que caracterizan ese precioso territorio protegido.


Después del paseo, nos quedamos a comer en el magnífico Restaurante La Gañanía, que es el restaurante del hotel. El tema fue que, por la mañana, cuando habíamos decidido lo que íbamos a hacer, quisimos reservar, pero nos dijeron que ya iba a ser complicado. Por fortuna, como habíamos estado alojados allí, nos ofrecieron que podíamos almorzar a las 13:30, antes que nadie, y dijimos que sí. Fue un acierto, sin duda, porque dejaron que nos sentáramos en la mejor mesa de todas.


El nombre del restaurante me resultó curioso, porque una gañanía es un conjunto de gañanes. Sin duda, es una denominación original.


Lo cierto es que pasamos un rato muy bueno comiendo en La Gañanía. Por último, de nuevo nos volvimos a beneficiar de que habíamos estado alojados en el Hotel Casa Convento La Almoraima, porque nos dieron la posibilidad de echar unas horas en su magnífica piscina, y no la desaprovechamos.



Yo soy muy de secano, siempre lo digo, pero eché en esa piscina una tarde sensacional. En primer lugar, se estaba de maravilla a la sombra, por lo que me eché la siesta y no me moví de la hamaca en mucho rato. Aparte, estuvimos casi solos. Al final, incluso me di un chapuzón. Así da gusto.

Antes de acabar, tengo que decir que, en la explanada trasera del Hotel Casa Convento La Almoraima se celebró, durante todo el fin de semana, la primera edición del Mercado Artesanal La AlmoraimaEl evento fue un éxito de tal calibre, que sorprendió a los propios empleados del hotel con los que yo hablé. 


En efecto, tanto el domingo a última hora de la mañana, como el sábado por la tarde, que fue cuando yo me acerqué, la zona de puestecillos estuvo hasta la bola, la barra que habían montado en el lado de la explanada que pegaba con el hotel también, y las actividades paralelas que se planificaron tuvieron un éxito que ni los organizadores esperaban. La gente del entorno se volcó con el evento, cosa de la que yo me alegro. 


La principal particularidad del Mercado Artesanal La Almoraima fue que estaba ambientado en 1915, año en el que la Reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII, visitó la Finca La Almoraima. Por lo visto, en 1911 Luis Fernández de Córdoba, que era el duque de Medinaceli por aquel entonces, se había casado con Ana María Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos (ahí es nada...), la cual era dama de la reina. Eso explica por qué Victoria Eugenia de Battenberg se dejó caer por La Almoraima en 1915.

Debido a ese hilo conductor, tanto los que habían montado los puestos, como los responsables de las actividades paralelas, iban vestidos como si fueran insignes ciudadanos de principios del siglo XX. Nosotros, le echamos un vistazo al mercado, nos tomamos una cerveza en la barra, y nos unimos a una ruta guiada por las instalaciones del hotel y por sus alrededores. La misma la condujo una voluntariosa chica, que se esforzó por poner en contexto el edificio. No obstante, incluso el más avezado guía turístico hubiera sufrido para dinamizar una visita en la que se juntaron medio centenar de personas, por lo que la joven, que tenía muy pocas tablas, se las vio y se las deseó para contar lo que llevaba preparado y que viéramos algo. Por eso, después de un rato, María y yo decidimos aligerar el nutrido grupo y nos fuimos ya a Castellar Viejo.

En definitiva, los dos días en Castellar de la Frontera fueron un bálsamo. La segunda mitad del verano ha tenido un punto complicado, y el otoño se presenta intenso, por lo que necesitaba esta breve desconexión. Eso sí, nos quedamos sin ir a Gibraltar, que era el plan original para el domingo, a pesar de que estaba tan cerca, que se veía el Peñón desde el Castillo.


Lo de ir a Gibraltar continúa pendiente, pero no va pasar mucho tiempo antes de que salde esa cuenta. Seguiremos informando...


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CASTELLAR DE LA FRONTERA.
En 2011 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 45'5% (hoy día 59'1%).
En 2011 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 16'6% (hoy día 22'4%).