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29 de octubre de 2020

ZAFRA 2020

Hace unos años, tras pasar una noche en un Parador de Turismo me saqué la tarjeta de Amigos de Paradores, aunque lo hice sin mucha fe en que me fuera a servir para algo. Por esto nunca le había prestado demasiada atención, a pesar de que se que con cada gasto en un Parador se generan puntos que pueden acabar canjeándose por estancias gratis. Sin embargo, soy consciente de que no voy tanto a esos hoteles como para que me de tiempo a acumular puntos suficientes antes de que caduquen. Por ello, me sorprendió recibir el otro día un correo electrónico en el que los responsables de Paradores de Turismo me informaban de que tenía bastante saldo como para dormir por la cara en alguno de sus establecimientos. Supongo que, por las circunstancias en las que estamos, quieren poner las cosas fáciles para que se les llenen al menos algunas habitaciones y, no solo han reducido la cantidad de puntos que hacen falta para disfrutar de una noche, sino que además te avisan de que tienes la opción, con la idea de que no se te pase. Yo llevo más de dos meses sin hacer viajes que impliquen planes urbanos, pero una oportunidad así no se puede desaprovechar y decidí no dejarla pasar. Eso sí, la oferta exigía gastar el saldo antes del final de octubre, de manera que no teníamos apenas margen. Por esa razón, sin pensarlo más elegí para pernoctar el Parador de Zafra, también llamado Alcázar de los Duques de Feria, por aquello de que es uno de los que nos quedan más a mano y de que está en un edificio espectacular. 


Como consecuencia de todo, el pasado fin de semana pasamos una noche en Zafra que han sido como una bocanada de aire fresco. Fuimos a dormir allí el domingo, porque no tenía puntos suficientes para hacerlo en viernes o en sábado, pero desde hace diez meses tanto yo como María, cuando no nos confinan, trabajamos en horario de tarde, por lo que le sacamos partido a ese hecho y, tras pasar el domingo en el Parador, echamos parte de la mañana del lunes en Zafra y, aún así, estuvimos a tiempo en Sevilla para entrar a currar.

Zafra es una localidad de 16.000 habitantes que sorprende. En Extremadura no tiene el prestigio histórico de Mérida y, pese a que está en plena tierra de conquistadores, los segedanos que participaron en la conquista de América no alcanzaron el renombre de Pedro de Alvarado (natural de Badajoz), Hernán Cortés (nacido en Medellín), Vasco Núñez de Balboa (natural de Jerez de los Caballeros), Francisco de Orellana o Francisco Pizarro (nacidos ambos en Trujillo). No obstante, aunque Zafra no quedó asociada a ninguna hazaña de índole descubridora, sí tuvo sus padrinos, que seguramente no fueron tan mediáticos como los personajes comentados, pero sin duda tuvieron más impacto en su entorno a corto plazo. En efecto, Zafra estuvo ligada durante la edad moderna a los señores de Feria, que construyeron a mediados del siglo XV una residencia acorde a su estatus y contribuyeron a que la población amurallada tuviera un próspero porvenir. En la actualidad, ese patrimonio urbano está muy bien mantenido, por lo que es una delicia pasear por las calles del pueblo.


Yo había estado ya varias veces en Zafra. De hecho, en el Parador había dormido en dos ocasiones en el pasado. Se ubica el espectacular palacio fortificado de los duques de Feria, que hace que pueda incluirse en el grupo de los Paradores de Turismo más impresionantes. Alojarse en un hotel que tiene ese maravilloso patio renacentista y ese interior tan majestuoso es un lujo.




Como digo, me he alojado en tres ocasiones en el Parador de Zafra y se da la curiosa circunstancia de que en ninguna he pagado, aunque nunca he hecho un sinpa, evidentemente. La primera de las veces era todavía adolescente y pagaron mis padres (fue en 1996). La segunda, ya en 2010, me beneficié de una carambola sorprendente que sigo sin explicarme. El caso es que corrían las Navidades de ese año y una amiga nos comentó a María y a mí que tenía una tarjeta-regalo de Paradores que estaba a punto de caducar con seis noches gratis. Por lo visto, la misma se la habían regalado en origen a un señor coreano, a cuyo nombre estaba, pero él tenía su estancia en España apañada al completo, por lo que se la había regalado a su vez al padre de nuestra amiga, no se por qué. Este, que es un artista un tanto ermitaño, no había hecho ni intención de usarla y se la había dado a su hija apenas diez días antes de que finalizara el año, sin tener en cuenta que caducaba el 31 de diciembre. Alicia había gastado una noche, pero tenía compromisos ineludibles durante las Navidades que le impedían hacer más escapadas, de manera que nos pasó la tarjeta apenas una semana antes de acabar 2010. Nosotros logramos cuadrar dos días fuera de casa, entre Nochebuena y Nochevieja, y mi suegra llegó a dormir en Mérida con una amiga suya otra noche, pero al final se perdieron irremediablemente tres pernoctaciones. Una pena. Aún así, echamos en Zafra un par de jornadas entrañables y relajadas (por aquel entonces, Julia era un bebé recién nacido y Ana tenía poco más de dos añitos).


Esta ha sido la tercera vez que he dormido en el Alcázar de los Duques de Feria y tampoco he pagado por ello. De hecho, toda la estancia en el Parador, que incluyó la cena en el Restaurante y el desayuno bufé, así como el precio del aparcamiento, nos salió por 49 euros. Increíble.


Además, hay que decir que en esta ocasión le hemos sacado mucho partido a la habitación. Es bien sabido que cuando estoy de viaje no soy de los que se encierran en los hoteles, para mí es esencial salir a la calle y no llevo muy bien el plan vegetativo. Aún así, el pasado domingo se puso a llover y sin atisbo de pena pasamos la tarde tirados en la cama, más a gusto que un arbusto. Ya a las ocho salimos a dar un paseo, tras comprobar que había amainado la lluvia. Gracias a eso vimos la Calle Sevilla, la principal arteria comercial de Zafra, desierta y reluciente.


También recorrimos el entorno de las preciosas Plaza Chica y Plaza Grande, que dadas las circunstancias eran, igualmente, un desierto.



Después de un paseo de una hora nos volvimos a meter en el Parador, justo a tiempo para disfrutar de una rica cena en su restaurante. Para el lunes daban buen tiempo, así que nos fuimos a dormir sabiendo que por la mañana tendríamos ocasión de profundizar un poco más en los encantos de Zafra.

El día siguiente, tras desayunar, salimos de la almendra que conforma el casco histórico de Zafra y nos dirigimos a la Plaza de España para ir a la Oficina de Turismo. Mientras la abrían no sentamos a leer el periódico al sol en dicha plaza como dos jubilados. Fue otro rato muy gozoso.

Tras conseguir un mapa e informarnos en la Oficina de Turismo, regresamos a la zona céntrica segedana y nos pegamos una buena caminata que nos llevó de nuevo por la Calle Sevilla, que ahora sí tenía los comercios abiertos, hasta la Plaza Grande y la Plaza Chica. Luego salimos del centro por la Puerta de Jerez, que da al oeste, y entramos otra vez en él por la Puerta del Cubo o de Badajoz, que es la del norte.



Zafra estuvo amurallada y tres de sus ocho sus puertas se conservan casi intactas, lo que ayuda a que sea muy pintoresco acceder al centro. La puerta del este está junto al Parador y, de las importantes, solo la del sur ha pasado a mejor vida (en el mapa inferior el oeste encuentra abajo).


En nuestro paseo entramos en la Colegiata de la Candelaria, que es la principal iglesia del pueblo. Presenta una estructura constructiva propia del gótico tardío, aunque tiene detalles renacentistas y la torre, junto con su decoración interior, son claramente barrocas. Dentro vimos el Retablo de Nuestra Señora de los Remedios, que es obra de Zurbarán.



También entramos en la Antigua Casa-Palacio de García de Toledo y Figueroa, que en la actualidad alberga el Ayuntamiento. Construido a principios del XVI, en 1600 el edificio lo compró una congregación de monjas y lo convirtió en un convento. Hoy día alberga las dependencias municipales y se puede entrar sin problema en su patio claustral, que está impecable con sus columnas de mármol.


Esta vez no pudimos ver el otro edificio emblemático de Zafra, el Monasterio de Santa María del Valle, popularmente conocido como Convento de Santa Clara, dado que estaba cerrado por ser lunes. En la actualidad alberga el Museo de Santa Clara, que es el gran referente turístico de Zafra. En él se muestra el patrimonio histórico-artístico con el que contaba el convento y también se hace un repaso de la historia del pueblo a través de sus vestigios materiales. Nosotros este museo ya lo vimos en 2010, lo que nos permitió entrar en el inmueble. Recuerdo que aprovechamos un rato en el que Julia iba dormida en la bandolera portabebés de María y Ana se quedó frita en el carrito.

Por lo que respecta a las experiencias culinarias, antes de acabar este post voy a hablar de La Tarama, el bar de tapas donde almorzamos el domingo. Se trata de un negocio que se encuentra en la Calle Santa Marina, que está a dos pasos del Parador.


Resulta que en 2010 comimos en El Acebuche, otro bar de tapas que está en esa calle. El domingo al pasar por Santa Marina tenía la intención de repetir y volver a entrar allí para comer, pero por equivocación nos metimos en La Tarama, que está al lado. Solo al salir me di cuenta de que el local no era el mismo. Aún así, el error fue providencial, porque comimos genial. Aparte, el dueño, llamado Manuel, resultó ser un magnífico comercial que, sin ponerse pesado, nos dio bastante palique. Entre plato y plato nos contó fragmentos de su interesante vida, de tal modo que parecía estar recitando un monólogo de los de El Club de la Comedia, pero sin pretender ser gracioso. De hecho, hablaba igual que Leo Harlem. En su forma de narrar sus anécdotas se parecía a este cómico, aunque no era chistoso ni lo pretendía, pero sí fue muy amable. Además, comimos muy bien, que es lo importante. Por desgracia, la próxima vez que vayamos a Zafra ya no estará La Tarama, dado que Manuel va a traspasar el negocio para noviembre. Tiene otros planes y no corren buenos tiempos para la hostelería...

En definitiva, pasamos dos días balsámicos en Zafra que dieron mucho de sí. Muy probablemente, cuando vuelva a poner mis pies en el pueblo estaré haciendo el Camino de Santiago. Se que para eso falta bastante, pero ahí dejo el apunte...



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado ZAFRA.
En 1996 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Badajoz: 20% (hoy día 40%).
En 1996 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'7% (hoy día 35'7%).


10 de marzo de 2018

TEATRO ROMANO DE MÉRIDA 2018

El Teatro Romano de Mérida es uno de esos monumentos que identifican a una ciudad por sí solos. Se proyectó en el momento de la fundación de Augusta Emerita en el 25 a. C. y se construyó una década después. Estuvo en uso más de 300 años, antes de ser abandonado, demolido parcialmente y cubierto de tierra, coincidiendo con la oficialización en el Imperio romano de la religión cristiana, que consideraba inmorales las representaciones teatrales. Sepultado a las afueras de Mérida, durante siglos solo estuvieron visibles sus gradas superiores, hasta que en 1910 se empezaron a sacar de nuevo a la luz todos los demás restos. Resulta increíble que durante tantos años la presencia del Teatro fuera ignorada a pesar de que sobresalía de la tierra parte de su graderío. Después de cinco años de trabajo, en 1915 el monumento quedó por completo al descubierto, pero hasta 1964 no recuperó su aspecto original.



Durante los años en los que estuvo en uso, el Teatro tuvo capacidad para unos 5.500 espectadores que se repartían por las gradas en tres sectores, separados por pasillos y barreras.


Abajo, en la ima cavea, se situaban los integrantes de las clases sociales más acomodadas, los cuales solo tenían delante a los magistrados y sacerdotes emeritenses, que podían disfrutar del espectáculo en sillas plegables. En la actualidad, a los pies del murito que se aprecia en el centro de la foto superior aún se distingue, tallada en la roca, la inscripción E. X. D. (Equites Decem Decreto, es decir, Para los Diez Caballeros por Decreto), que marcaba el lugar donde se sentaban los caballeros.


En medio de las gradas estaba la media cavea y la parte de arriba era la summa cavea. A todos los sectores se accedía con facilidad gracias a los pasillos y a las escaleras que daban a los vomitorios.



En el espacio semicircular pavimentado de mármol que estaba abajo de las gradas, llamado orchestra, se ubicaba el coro y detrás se desplegaba la escena, una plataforma elevada que originalmente estaba recubierta de madera.


Haciendo de telón de fondo estaba el espectacular scaenae frons, acabado a mitad del siglo I d. C. y estructurado en dos cuerpos de columnas entre las que estaban colocadas una serie de estatuas de emperadores divinizados y de dioses. En ese frente escénico estaban los tres vanos por los que los actores accedían al escenario. Sobre el central, rematado por un dintel, estaba la estatua de la diosa Ceres (que era realmente una representación de Livia, la tercera mujer de Augusto, deificada).


Detrás del frente escénico había un amplio jardín cerrado por muros, que fue decorado con estatuas. El lugar donde se erigió el Teatro no es casual, ya que se aprovechó una pendiente natural para apoyar en ella parte de las gradas y economizar esfuerzos constructivos. El mismo estaba junto al Anfiteatro, lejos del centro de la urbe y cerca de las murallas de Mérida.

Aparte de su valía intrínseca, quizás una de las cosas que hacen que esta construcción sea una de las grandes de España es que sigue en uso, lo que refuerza su atractivo: el hecho de que más de 2.000 años después de su erección el Teatro se siga utilizando con el mismo fin para el que se creó lo convierte en una reliquia viviente y acerca, como pocos monumentos, el presente a nuestro pasado. En efecto, el Teatro de Mérida hubo que remozarlo, ya que estaba derruido y enterrado, y fue necesario levantar los viejos restos y colocarlos de nuevo en su sitio, pero se ha podido hacer tan bien que desde 1933 es sede del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, que se celebra todos los veranos. Para poder acomodar a las 3.000 personas que en la actualidad caben en el recinto, parte de las gradas se han adecuado gracias a unas estructuras supletorias compatibles con la conservación de los restos (hay zonas que no se han arreglado y que no están en uso).


Cuando no se está usando, el Teatro es visitable turísticamente. Resulta muy interesante atravesar sus túneles y salir a las gradas, recorrerlas y bajar al escenario.


Nunca me lo había planteado, porque no soy un habitual de las representaciones teatrales, pero tras ver vacío el Teatro Romano de Mérida he decidido que volveré algún día para ver en él una función. Apuntado queda.



Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado TEATRO ROMANO DE MÉRIDA.
En 1995 (primera visita), % de Monumentos Destacados de España visitados en Extremadura: 25% (hoy día 50%).
En 1995 (primera visita), % de Monumentos Destacados de España visitados: 17% (hoy día 39%).


6 de marzo de 2018

MÉRIDA 2018

Barcelona y Madrid son en la actualidad las dos grandes ciudades de España y si echamos la vista atrás podríamos señalar a Sevilla como la metrópoli española más importante durante la Edad Moderna, a Córdoba o a Granada como los núcleos urbanos más florecientes de Al-Andalus, e incluso a Toledo como la ciudad hispanovisigoda por excelencia, pero antes de todo eso existió en la Península Ibérica una población que destacó poderosamente por encima de todas las demás, del mismo modo en que lo hicieron con posterioridad todas las ciudades que he citado. Esa población fue Mérida (llamada entonces Augusta Emerita), la urbe más grande de la Hispania romana y la única que superó los 20.000 habitantes. Mérida en época de los romanos estuvo en el Top Ten de las ciudades más importantes del Imperio y, por tanto, del mundo occidental, pero con el tiempo su estatus fue menguando y entró en el siglo XX como un modesto pueblo que no llegaba a las 10.000 almas. Sin embargo, el siglo pasado vio como Mérida se fue industrializando poco a poco, lo que hizo que su población comenzara a crecer, lenta pero firmemente, hasta alcanzar los 40.000 habitantes a finales de los años 70. Por otro lado, el desarrollo paralelo de la mentalidad actual, que aboga por poner en valor las huellas del pasado, le devolvió su lugar en la historia, hecho refrendado en 1983 por su designación como capital de Extremadura.

Este devenir histórico tan desigual hace que Mérida sea un lugar peculiar. En la actualidad cuenta con casi 60.000 habitantes y no es una ciudad bonita en general, no tiene un centro histórico que en conjunto destaque por su vistosidad ni cuenta con edificios que estén en uso y que llamen la atención por su belleza o por su valor estético, con la notable excepción del Museo Nacional de Arte Romano, por supuesto. Sin embargo, sus restos romanos, que están por todos lados, son los más importantes de España y la convierten en un auténtico museo gigante, hasta el punto de que los mismos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993.

Yo ya había estado en Mérida tres veces, en circunstancias muy diversas: en 1995 fui con una excursión del instituto, un año después estuve con mis padres y en 2016, yendo de Asturias a Sevilla, entramos en la ciudad para que Julia viera de cerca el Acueducto de los Milagros, aprovechando que ese curso había estudiado a los romanos en el colegio.



Esta ha sido, por tanto, mi cuarta visita a Mérida y la excusa para volver ha tenido que ver, como no, con una carrera: llevaba un montón de años queriendo disputar la Media Maratón de Mérida y no lo había podido hacer aún. Este 2018 decidí tachar esa cuenta pendiente de mi lista y he organizado una pequeña excursión a la capital extremeña con la idea de correr, pero también con ánimo de ver la ciudad de una manera menos distraída que en 1995 y 1996 (en 2016 me fijé más en lo que vi, pero en esa ocasión nos movimos solo por la zona que bordea el Río Guadiana por su margen este y no fuimos hasta la parte más céntrica de Mérida).

El caso es que el pasado sábado salimos bastante temprano de casa con la idea de llegar a Mérida pronto y poder aprovechar bien el día. Nuestro primer destino fue el Museo Nacional de Arte Romano, al que queríamos llegar a las 11'30 de la mañana para que las niñas participaran en un cuentacuentos al que las habíamos apuntado.


La actividad resultó ser todo un éxito y durante media hora Ana y Julia estuvieron muy entretenidas escuchando historias mitológicas romanas contadas como si fueran cuentos (la mitología clásica se presta mucho a esa adaptación). Durante ese rato yo estuve viendo bien el museo y luego volvimos con ellas a tiro hecho a ver los principales restos.

A pesar de que en mis visitas a Mérida siendo adolescente anduve, como dije antes, un tanto distraído, me acordaba del edificio del Museo, obra de Rafael Moneo, en ambas ocasiones entré en él y las dos veces me impresionó lo suficiente como para recordarlo perfectamente. En esta ocasión he vuelto a comprobar que es una maravilla.



De entre sus fondos me llamaron la atención, sobre todo, los mosaicos y la célebre cabeza de Augusto, encontrada en su día al desenterrar el Teatro Romano.




Sin embargo, lo que más me gustó fue ver las lápidas, que me transportaron al año en el que estudié epigrafía en la universidad y tuve que hacer un trabajo sobre escritura romana en el cual incluí epígrafes de varias piezas que están presentes en este museo.



En general, el Museo Nacional de Arte Romano está repleto de restos recuperados del subsuelo emeritense que merecen la pena (monedas, juegos, utensilios de belleza,...). También es interesante darse una vuelta por los sótanos del edificio, donde se han integrado a la perfección los vestigios que afloraron al construir el mismo en 1986.


Tras echar casi dos horas en el Museo, poco antes de las 13'30 llegó el momento de cambiar de tercio y de buscar un lugar donde comer, aprovechando que nos habían hecho una recomendación expresa: María tuvo hace unos años un jefe que es emeritense y con el que conserva una buena relación, lo que hizo que le pudiera preguntar por un lugar donde almorzar. Gracias a eso pudimos obviar el acoso al que nos sometieron los relaciones públicas de los restaurantes de la Calle José Ramón Mélida, que es la del Museo.


No me gusta nada, sinceramente, que me aborden cuando paseo por las ciudades para que coma en un lugar o en otro, para mí esa actitud de turismo rancio basta para que no entre en ese restaurante, y en Mérida, en los alrededores del Museo Nacional de Arte Romano, esa circunstancia fue una constante, hacía tiempo que no veía una cosa igual. Por fortuna, nosotros nos alejamos de esa zona, lo que nos permitió ver a tope de actividad la Calle Santa Eulalia, que resultó ser la principal vía comercial del centro emeritense, y también comer en un lugar donde no nos dieron la vara para ofrecernos un menú para turistas. Ese lugar fue La Bodeguilla.


El sitio me gustó, era amplio, estaba recién reformado y los menús estuvieron a la altura (su presentación en la carta estuvo simpática y, además, alcanzaron el notable en lo que a calidad-precio se refiere).


Por la tarde llegó la segunda etapa de nuestra jornada emeritense. A lo largo de la semana la lluvia amenazó con chafarnos el día y, de hecho, por la mañana llegó a caer algo de agua mientras estábamos en el Museo, pero afortunadamente el chaparrón gordo se retrasó a última hora de la tarde y eso posibilitó que pudiéramos ir a ver el Teatro y el Anfiteatro sin ningún problema. Ambos son, sin duda, los monumentos más impresionantes de la ciudad y se ven de manera conjunta, ya que están dentro del mismo recinto vallado, aunque yo en este post voy a hablar solo del Anfiteatro y dedicaré un artículo independiente al Teatro Romano, cuya visita era para mí un objetivo en sí mismo.

El Anfiteatro es impresionante y me recordó automáticamente al de Itálica, que es más grande, aunque menos antiguo, pero no por el hecho de estar bastante familiarizado con el coliseo italicense me resultó menos llamativo el de Mérida.


Extrañamente no lo recordaba de las otras visitas, pero en esta ocasión lo recorrimos tranquilamente, deambulando tanto por las gradas como por las galerías, y bajando después a la arena.





Aparte del Anfiteatro y del Teatro, que también lo recorrimos con calma, las otros dos construcciones que vimos bien fueron el Templo de Diana, que es muy peculiar, y el Puente Romano. El Templo de Diana es el único edificio religioso romano que se conserva en Mérida en buen estado y, por lo visto, desde 1972 se sabe que no estuvo dedicado a la diosa Diana, sino al culto imperial, pero después de ser conocido durante 300 años como Templo de Diana no se le ha cambiado el nombre.


El Templo tiene en su interior un palacio que data del siglo XVI. El mismo sería considerado una aberración si se hubiera construido hoy día, pero al llevar ahí tanto tiempo no solo ha contribuido a darle un toque original al conjunto, sino que, desde el punto de vista eminentemente práctico, ha contribuido a que el Templo haya llegado bien conservado hasta nuestros días.


Por su parte, el Puente Romano fue lo último que pudimos ver, ya anocheciendo, de manera fugaz, porque cuando llegamos a él empezó a llover y tuvimos que emprender el camino de vuelta al apartamento.

Al día siguiente, sin embargo, la Media Maratón de Mérida empezaba junto al extremo del Puente que está más alejado del centro, por lo que lo vimos desde el otro lado con más sosiego. Además, tuve la ocasión de atraversarlo corriendo dos veces durante el transcurso de la carrera y, por último, antes de irme de Mérida pude recorrerlo andando, ya que regresé en autobús a Sevilla después de correr y la Estación también está en el lado del Río Guadiana opuesto al centro (María se fue con las niñas al poco de empezar yo a correr, ya que Julia tenía que estar a mediodía en Sevilla).


El Puente es muy bonito, aunque el intenso uso que se le ha dado, así como las crecidas del río, han hecho que se haya remodelado mucho. El primer tramo, que es el que aparece en la fotografía inferior, es, precisamente, el que mantiene más elementos originales romanos.


En definitiva, Mérida es una ciudad en la que uno no se sumerge en un ambiente pintoresco, ya que incluso la zona donde están las ruinas más espectaculares tiene un cierto aire de barriada del extrarradio, y las construcciones más recientes son funcionales, sin más. Pese a esto, sí tiene lugares no romanos que puntualmente son interesantes, como la Plaza de España, donde estuve recogiendo el dorsal el sábado por la tarde y adonde fui también después de la carrera el mismo domingo.


En cualquier caso, como habrá quedado claro, los puntos fuertes de Mérida son las ruinas y ahí alcanza la excelencia. Los más de 230.000 visitantes que recibe cada año atestiguan que la ciudad merece la pena. Afortunadamente, es un lugar que me queda bastante a mano.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MÉRIDA.
En 1995 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales visitadas en la Provincia de Badajoz: 20% (hoy día 80%).
En 1995 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 9'6% (hoy día 32'5%).