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27 de septiembre de 2025

CASTELLAR DE LA FRONTERA 2025

En primavera de 2011, María y yo fuimos a Cádiz a echar unos días con las niñas. Uno de ellos, se nos ocurrió que era muy buena idea ir a Gibraltar, por los que nos plantamos en la frontera sin dudarlo. Por aquel entonces, Julia tenía un año y Ana tres. En el paso fronterizo, los policías españoles, al mirar dentro del coche y ver a los dos micos, nos pidieron el libro de familia. Nosotros no habíamos caído en que nos iba a hacer falta, por lo que no lo llevábamos. En consecuencia, tuvimos que volvernos por donde habíamos venido. 

El caso es que, aquel día, nos vimos a media mañana en la Línea de la Concepción, sin saber adónde ir ni cómo aprovechar la jornada. En principio, no llevábamos preparado un plan B, pero pronto caí en que un amigo me había contado hacía poco, que en Castellar de la Frontera, cerca de La Línea, hay un castillo muy bonito, dentro de cuyas murallas vive gente. En 2011, ni María ni yo teníamos smartphones, ni nada parecido, así que, a la antigua usanza, cogí el mapa de carreteras del maletero, busqué Castellar, nos encaminamos hacia allí, y conseguimos llegar... a Castellar Nuevo


Lo que se ve en la foto no es desagradable, pero tampoco es pintoresco. Entonces, no acabé de entender qué cojones había pasado, porque lo que yo sabía de Castellar se limitaba a un comentario de un amigo, cazado al vuelo, no tenía manera de mirar Internet en ningún lado, y en el mapa ponía bien claro que aquello era Castellar de la Frontera, pero en ese lugar era evidente que no había castillos. Es verdad que podría haber preguntado, o que podría haber mirado el mapa con un pelín más de detalle, pero la realidad es que Ana y Julia iban ya hasta las narices de coche y estaban empezando a inquietarse, así que me di cuenta de que no iba a ser el día de ir a buscar la fortaleza, estuviera donde estuviera.

Unos días después de aquella fallida experiencia, ya sí me metí en Internet y descubrí que Castellar de la Frontera es un municipio que se divide en tres núcleos de población. Son La Almoraima, Castellar Viejo y Castellar Nuevo. Nosotros habíamos estado en este último, que es donde se encuentra el Ayuntamiento, y que, hoy por hoy, es lo que se suele llamar Castellar de la Frontera. El Castillo de Castellar, en cambio, es el eje del asentamiento primigenio del pueblo, que se denomina Castellar Viejo, y que dista unos cuantos kilómetros.

He tardado 14 años en volver a Castellar de la Frontera. Siempre lo había tenido en mente, pero no había visto el momento de hacerlo. A principios del verano, a María le hablaron de las excelencias del Hotel Casa Convento La Almoraima, que se encuentra en el término municipal de Castellar, y me regaló la estancia de una noche en ese alojamiento. Ella no se dio cuenta de que ya habíamos estado en Castellar Nuevo, pero yo sí vi que era la oportunidad perfecta para regresar a Castellar de la Frontera, a completar por fin la visita. 

Castellar Nuevo y su interesante origen

Castellar Nuevo es un asentamiento extraño, que tiene pinta de decorado de cine. Está conformado por un montón de casas que son muy similares. Se ve que la mayoría las construyeron a la vez, siguiendo un modelo común. Así, desde que uno entra en el pueblo, percibe que todo surgió de la nada en la misma época. Lo que pasa es que, a diferencia de otras localidades similares, que se planificaron de una forma cuadriculada, en Castellar Nuevo el trazado urbano es más o menos irregular. Me imagino que lo hicieron queriendo, para reducir un poco la sensación de artificialidad del lugar. Sin embargo, lo cierto es que lo consiguieron solo a medias, porque nosotros no vimos a nadie hasta que llegamos a la Plaza de la Constitución. La impresión de sitio irreal no me abandonó hasta que vislumbré esa plaza, que es donde se concentraba la gente, a pesar de que la amplia explanada aparezca vacía en la foto que pongo a continuación.


En Castellar Nuevo no hay desniveles, las calles son espaciosas y abundan las zonas verdes. Por resumir como se ha llegado a desarrollar un sitio de esas características, resulta que en 1939 se creó el Instituto Nacional de Colonización, con la intención de reestructurar y de reactivar el sector agrícola español. Este objetivo estaba muy relacionado con el plan de autarquía que el gobierno de Franco preparó, al acabar la Guerra Civil, para que España sobreviviese a la contienda sin necesidad de depender de terceros. En ese contexto, el Instituto Nacional de Colonización fue el órgano responsable de repartir a un montón de agricultores, de una manera un poco sistemática, por el territorio nacional, de cara a que pudieran sacarle partido a las tierras de labranza infrautilizadas que había. Con esa idea, se financió la edificación de una buena cantidad de asentamientos de nueva planta por todo el país. A ellos, se trasladaron las familias que se mostraron dispuestas a mudarse a cambio de una casa y de un trabajo en el campo. El primer pueblo de colonización erigido fue El Torno, que pertenece al municipio de Jerez de la Frontera. Su construcción se aprobó en agosto de 1943, y en menos de dos años se encontraba ya operativo. Tras El Torno, se crearon más de 300 localidades de repoblación hasta 1971, que fue cuando el Instituto Nacional de Colonización desapareció. Algunas fueron realmente agrandamientos de otras preexistentes, pero la mayoría surgieron de la nada. Castellar Nuevo, que se fundó en 1971, fue una de las últimas.


Por lo visto, el primer encargado de dirigir el Instituto Nacional de Colonización fue el arquitecto falangista Víctor D'Ors, que tenía una idea muy clara de cómo debían ser todos los pueblos que se erigieran. Parece ser que este señor era un tanto inflexible, lo que provocó que le destituyeran en 1943. El régimen necesitaba a gente más moderada al frente de los diseños de las nuevas poblaciones, por lo que, desde ese momento, le dio la potestad creativa a varios constructores. Estos, en muchos casos terminaron planificando asentamientos que son perfectos ejemplos vanguardistas del racionalismo constructivo, que fue la principal tendencia arquitectónica en el mundo en los años centrales del siglo XX. 


En España, los proyectos del Instituto Nacional de Colonización acabaron siendo un laboratorio de pruebas sensacional para los arquitectos.

El tema es que, en 1968, en Castellar Nuevo se dieron los últimos coletazos del programa de repoblación. Por aquel entonces, Castellar de la Frontera era un municipio de una notable extensión, que tenía dos núcleos habitados. El primigenio estaba ubicado dentro de las murallas y en los alrededores del Castillo de Castellar, y el otro había surgido junto a las instalaciones de la empresa corchera La Almoraima. Los residentes de la antigua fortificación sobrevivían sin luz ni agua, y en La Almoraima muchas de las viviendas eran simples chabolas. Precisamente, fue a La Almoraima a quien el Instituto Nacional de Colonización le expropió las 700 hectáreas de terreno que se usaron para erigir el nuevo asentamiento, y para roturar parcelas para los colonos. En 1971, Castellar Nuevo estuvo terminado, y hasta allí se trasladaron la gran mayoría de los vecinos del original asentamiento de Castellar, que empezó a ser conocido como Castellar Viejo. Por tanto, en este caso el grueso de los desplazados no vino de lugares lejanos, sino del entorno del Castillo de Castellar, que fue casi abandonado. 

La segunda juventud del Castillo de Castellar

En 1971, la fortaleza de Castellar de la Frontera estaba destinada a sufrir una inevitable degradación, ya que en sus modestas viviendas, salvo alguna excepción, no quedó nadie. Sin embargo, casi sobre la marcha, salieron a escena una serie de personas, que le dieron un inesperado giro de tuerca a la historia del castillo. En efecto, en 1967, 1968 y 1969, a la vez que alcanzaba su cenit en EEUU, el movimiento hippie había dado el salto a Europa, de manera que el viejo continente se había llenado de un considerable número de jóvenes de origen burgués, que se habían entregado a un modo de vida contracultural y ajeno a lo establecido. En 1971, a unos cuantos de ellos, naturales de distintos puntos de Alemania, de Reino Unido, de España y de Países Bajos, el recién despoblado Castillo de Castellar les pareció un sitio perfecto para acomodarse. Lo que se formó entonces allí no fue exactamente una comuna. Fue, más bien, un asentamiento de gente con un proyecto vital similar. Tras la progresiva adquisición de las casas, los nuevos pobladores las arreglaron, de acuerdo con sus necesidades, y durante unas décadas el enclave ha sido una pintoresca aldea, habitada por una curiosa comunidad de herederos del hippismo primigenio. Lo bueno es que eso ha contribuido a la conservación del lugar, al que se llega después de conducir un rato por una endemoniada carretera, que atraviesa una zona campestre deshabitada.

Por esa carretera, nosotros fuimos a ver el Castillo de Castellar a última hora de la tarde del sábado. Esta vez no hubo dudas de lo que buscábamos. Arriba, dejamos el coche en una explanada que han habilitado extramuros, y subimos a pie el trecho final del camino.


Antes de llegar al Arco de la Villa, que es el sitio por el que se puede atravesar la puerta de la fortaleza, nos cruzamos con dos hippies alemanes bien entrados en años, que venían andando por la carretera, no se sabe desde dónde. Uno de ellos iba caminando descalzo por el asfalto, como si la vida no fuera con él. Aquello me pareció la mejor tarjeta de presentación de Castellar Viejo. Pese a esto, dicen que el ambiente allí ya no es lo que era. Ahora, los verdaderos bohemios escasean en las casas de la fortificación, y los alojamientos rurales han proliferado por todos lados. Digamos que la fama ha acabado un poco con la autenticidad del lugar, pero, no obstante, en mi opinión el Castillo de Castellar está lejos de asemejarse a un parque temático. De momento, conserva su sabor.


Además, a mí me habían dado a entender que dentro de los muros del castillo había cuatro casas, y no es verdad, como se puede comprobar en el siguiente plano, que es magnífico.


Como se puede ver en la imagen, al Castillo de Castellar se accede por el norte, por la única parte en la que uno tiene la impresión de estar entrando en un recinto fortificado.


Luego, se empieza a callejear y se pierde un poco la noción de estar dentro de un castillo, ya que durante mucho rato no se ve la muralla, ni se camina por ningún adarve. Eso sí, no se dejan de ver esquinas y rincones que se merecen una foto. 



El sitio más pintoresco de todo el pueblo es el Balcón de los Amorosos. Se trata del único lugar público de la fortaleza en el que uno puede asomarse desde la muralla. Desde él, las vistas del Embalse de Guadarranque y de sus alrededores son sensacionales.



En definitiva, el Castillo de Castellar está compuesto por un entramado de calles preciosas y cuidadas, por las que merece la pena deambular durante un rato. En la población, hay ya más alojamientos rurales y turistas que hippies, pero no es un lugar que parezca impostado. A mí me gustó mucho.

La cena del sábado... y la comida

Nosotros subimos al Castellar Viejo con la intención de cenar algo tras el paseo, pero nos encontramos conque no es un lugar donde haya demasiada oferta culinaria. Allí, las opciones se limitaban a un restaurante de más postín del deseado, a la desierta cafetería del único hotel que hay en el Castillo, y a un pequeño bistró situado extramuros, en el que había, dentro una ruidosa actuación musical en su punto álgido, y fuera una serie de parejas alemanas de mediana edad muy animadas, pero también muy borrachas. Ninguno de los tres sitios nos llamó ni mínimamente.

Dado que cenar en Castellar Viejo no era una opción, decidimos regresar a Castellar Nuevo, a ver qué nos encontrábamos. Allí, acabamos en el Pub Los Naranjos, que me encantó por cuatro razones. Primero, porque tenía una terraza exterior, en la cual estuvimos tranquilos y relajados. Además, la chica que nos atendió resultó ser eficiente y amable. También disfruté de la comida, pero, por encima de todo, lo que más me gustó fue que me di cuenta de que aquel era el sitio de referencia de los vecinos de Castellar, a la hora de salir el sábado a picar algo. 

Realmente, lo de cenar en un bar de copas fue extraño, porque lo cierto es que el Pub Los Naranjos lo era, de puertas para adentro. Lo que pasa es que tenía fuera la agradable terraza mencionada, y, aparte, no solo contaba con cocina, sino que esta daba por atrás a la zona de las mesas exteriores. El tema es que, en esa salida trasera de la cocina habían puesto una barra portátil, por la que despachaban pizzas para llevar, y por la que también sacaban lo demás que ofertaban en la carta. Aquello era un rudimentario apaño, porque, para ir al baño, se entraba en el pub por las buenas, pero, como digo, me comí un churrasco de pollo que estaba muy bien hecho, la camarera fue un encanto, y nos juntamos allí con la verdadera gente del pueblo. Yo no pedía más.

He de añadir que habíamos comido a mediodía en otro restaurante de Castellar Nuevo, llamado Restaurante Virgil, que tampoco me decepcionó. En él, la experiencia fue diferente, porque este negocio es la referencia en todos los alrededores para darse un buen homenaje de sábado, por lo que vimos. En consecuencia, en su terraza no cabía un alfiler, con la cosa de que los dos camareros encargados de la logística habían petado un poco. A ambos se les veía sobrepasados, pero no lo reflejaban con nervios, sino que estaban en shock, hasta el punto de que, las dos veces que me dirigí a ellos para que me anotaran en la lista de espera de los sitios, me miraron como si fueran Homer Simpson, se dieron la vuelta y no hicieron nada. Junto a mí, había más personas que tenían reserva y que querían sentarse. Sin embargo, los dos chavales sacaban platos y recogían el menaje sucio, pero, cuando llegaba el momento de mirar el cuaderno y de cuadrarlo con los puestos que se iban vaciando, se quedaban mirando las hojas como pillados y no reaccionaban. La cosa avanzaba a trancas y barrancas. El tema es que el asunto pintaba mal para nosotros, porque el resto de Castellar era un desierto, como dije antes, pero, por fortuna, María afinó el instinto y tuvo el ojo de darse cuenta de que dentro había una barra con clientes tapeando, así como una sola mesa con dos plazas, que se encontraba vacía.
 

En vista de eso, fue a preguntar, y se dio cuenta en seguida de que la que partía el bacalao en Virgil era la camarera de la barra. La chica nos dijo que nos podíamos sentar en la mesa y que, para tapear, nos atendía desde su puesto. Nosotros no necesitábamos más. Tampoco teníamos prisa, de manera que no atosigamos a la chavala, que era la que estaba haciendo de enlace entre la cocina y lo que se pedía en el exterior. Sin pisar la terraza, controlaba las comandas de una forma increíble. Fuera, lo que no funcionaba era lo que físicamente no alcanzaba a dirigir. El resto, marchaba gracias a ella. Además, ponía las bebidas y servía el mostrador, con la cosa de que todo lo hacía con eficacia, con un talante agradable y a buen ritmo. La hostelería es una profesión especializada, no el refugio de los que no valen para nada y no saben qué hacer con su vida, y ahí se volvió a demostrar. 

Una vez que nos sentamos a comer, yo desconecté, y no sé como se arregló el cierto descontrol con los sitios que había en la terraza. Nosotros almorzamos tranquilamente, y cuando acabamos nos fuimos. Además, en general, lo que nos sirvieron me gustó.

El hotelazo que nos hizo ir a Castellar

El Hotel Casa Convento La Almoraima tiene 4 estrellas, es decir, su nivel de exclusividad no es exagerada. No obstante, su historia es tan notable como la de cualquier establecimiento de la cadena Paradores.



Lo de que el Hotel La Almoraima esté en un convento en desuso no lo hace destacar especialmente, porque hay muchos establecimientos hoteleros que aprovechan las instalaciones de antiguos cenobios. Este, sin embargo, cuenta con la particularidad de que está en la Finca La Almoraima, que tiene una trayectoria bastante curiosa.


La Finca La Almoraima es la segunda más grande de España. Su superficie es de 14.113 hectáreas, por lo que estamos hablando de un señor latifundio. Por poner esa cantidad de tierras en contexto, solo hay que decir que en España hay 8.133 municipios, y que 7.366 tienen un término que es menor que La Almoraima


A mí, lo de que una porción tan grande de campo sea de una sola persona no me da muy buen rollo, pero, en este caso, lo cierto es que todo pertenece al Estado español desde 1982. La historia de cómo terminó esa heredad convertida en terreno público comenzó en 1434, año en el que fue conquistada para Castilla por las tropas que dirigía Juan Arias de Saavedra. Este gentilhombre, a raíz de su triunfo se erigió en señor de aquel feudo. Con el paso de los siglos, sus descendientes se emparentaron bien, hasta el punto de que entroncaron con la casa de Medinaceli, que es, seguramente, la segunda casa nobiliaria más importante de España, tras la casa de Alba. Por tanto, los duques de Medinaceli acabaron siendo propietarios de la inmensa finca, que abarca el 77'88% de lo que hoy es el municipio de Castellar de la Frontera, así como un trozo del de Los Barrios y otro del de San Roque.


El devenir de la finca no tuvo nada de particular durante muchas décadas, pero los acontecimientos dieron un giro en 1973, cuando el jerezano José María Ruiz-Mateos compró La Almoraima a los duques de Medinaceli, lo que implicó que esta pasó a estar integrada en Rumasa. Por poner en contexto el remate de la historia, hay que decir que Ruiz-Mateos fundó Rumasa en 1961, y convirtió esa sociedad, en 20 años, en el mayor holding de España, gracias a su habilidad, como no, pero también gracias a que era miembro supernumerario del Opus Dei y a que tenía interesantes contactos entre los que mandaban en época de Franco. El caso es que Rumasa creció tanto, que acabó siendo un peligro para la economía del país, ya que daba trabajo a 60.000 personas y generaba el 1'8% del PIB nacional. En 1983, Rumasa agrupaba, oficialmente, unas 400 empresas, en las que se incluían 18 bancos. Eso significa que controlaba cerca del 25% del mercado bancario español. 

Sin embargo, el mayor problema de Rumasa no era su tamaño, sino el reguero de deudas que iba dejando, la escasa confianza que provocaba el modus operandi de Ruiz-Mateos, el cierto descontrol en la gestión que translucía este, así como la opacidad con la que se manejaba, amparado por el poco control fiscal que había en aquellos tiempos y por sus provechosos apoyos. La cosa era que el rastreo de las finanzas de la sociedad de Ruiz-Mateos era imposible de seguir, sobre todo porque él no permitía auditorias externas, pese a que los informes del Banco de España se hacían eco de las dudas que suscitaba su heterodoxa política empresarial, e indicaban que Rumasa ponía en riesgo la estabilidad de España. La realidad era que la corporación era un gigante con pies de barro y una especie de agujero negro incontrolado, valorado en 300.000 millones de pesetas de la época, que tenía suficiente entidad como para arrastrar al resto de la economía española si quebraba. En 1982, con la llegada del PSOE al poder, el gobierno intentó poner algo de orden en ese disloque, pero Ruiz-Mateos no se avino a razones, por lo que, al final, le quitaron la macroempresa sin más. 

La historia de Rumasa y de Ruiz-Mateos no había acabado, como es lógico. De hecho, el empresario se convirtió en una figura pública muy pintoresca, lo que no evitó que fundara otro holding y modernizara las estrategias para ganar dinero a manta de manera oscura, mientras peleaba en los juzgados para que le devolvieran lo que él decía que era suyo. No obstante, lo que nos atañe a nosotros ahora, es que la Finca La Almoraima pasó a ser del Estado cuando Rumasa fue expropiada. Hoy día, ese extenso latifundio es un bien público, que está administrado por el Organismo Autónomo Parques Nacionales, el cual se adscribe en la actualidad al Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

El caso es que, dentro de la Finca La Almoraima había un edificio religioso, denominado Convento de San Miguel, que se había construido en 1603 junto a una torre de vigilancia de época musulmana y a una ermita, la cual databa de 1526. Esta se había integrado como capilla del monasterio al erigirse este. 


En el Convento de San Miguel vivieron frailes hasta que el cenobio fue desamortizado en 1839. La expropiación implicó que el inmueble dejó de pertenecer a la Casa de Medinaceli durante un tiempo. Esta, tras años de litigios, consiguió recuperar su posesión en 1865, pero los monjes no volvieron. Poco después, el duque de turno acometió la remodelación del edificio, transformándolo en un palacete que sirviera de base para organizar monterías por la gran finca. Así, convertido en casa-palacio, el antiguo monasterio vio pasar lo que quedaba de siglo XIX y todo el XX. En 2010, cuando estaba ya en manos estatales, en él se inauguró el Hotel Casa Convento La Almoraima.


Ni María ni yo somos de los que van a los hoteles y no salen de ellos, pero reconozco que, en este caso, al ver el Hotel Casa Convento La Almoraima optamos por cambiar los planes que teníamos para el domingo, con la idea de sacarle todo el jugo posible a sus instalaciones. Para empezar, por la mañana nos marcamos una ruta por el Sendero de la Duquesa, que no abandona los límites de la Finca La Almoraima. El itinerario es circular y solo mide 1.608 metros. 


La Finca La Almoraima da para hacer senderismo del modo más exigente, pero la ruta que han apañado por los alrededores del hotel nos permitió conocer el entorno sin palizas. Además, dado que este, y el 90'4% de la finca, están en pleno Parque Natural de los Alcornocales, que eso no lo había comentado, pues fue chulo caminar bajo los alcornoques, los quejigos y los acebuches que caracterizan ese precioso territorio protegido.


Después del paseo, nos quedamos a comer en el magnífico Restaurante La Gañanía, que es el restaurante del hotel. El tema fue que, por la mañana, cuando habíamos decidido lo que íbamos a hacer, quisimos reservar, pero nos dijeron que ya iba a ser complicado. Por fortuna, como habíamos estado alojados allí, nos ofrecieron que podíamos almorzar a las 13:30, antes que nadie, y dijimos que sí. Fue un acierto, sin duda, porque dejaron que nos sentáramos en la mejor mesa de todas.


El nombre del restaurante me resultó curioso, porque una gañanía es un conjunto de gañanes. Sin duda, es una denominación original.


Lo cierto es que pasamos un rato muy bueno comiendo en La Gañanía. Por último, de nuevo nos volvimos a beneficiar de que habíamos estado alojados en el Hotel Casa Convento La Almoraima, porque nos dieron la posibilidad de echar unas horas en su magnífica piscina, y no la desaprovechamos.



Yo soy muy de secano, siempre lo digo, pero eché en esa piscina una tarde sensacional. En primer lugar, se estaba de maravilla a la sombra, por lo que me eché la siesta y no me moví de la hamaca en mucho rato. Aparte, estuvimos casi solos. Al final, incluso me di un chapuzón. Así da gusto.

Antes de acabar, tengo que decir que, en la explanada trasera del Hotel Casa Convento La Almoraima se celebró, durante todo el fin de semana, la primera edición del Mercado Artesanal La AlmoraimaEl evento fue un éxito de tal calibre, que sorprendió a los propios empleados del hotel con los que yo hablé. 


En efecto, tanto el domingo a última hora de la mañana, como el sábado por la tarde, que fue cuando yo me acerqué, la zona de puestecillos estuvo hasta la bola, la barra que habían montado en el lado de la explanada que pegaba con el hotel también, y las actividades paralelas que se planificaron tuvieron un éxito que ni los organizadores esperaban. La gente del entorno se volcó con el evento, cosa de la que yo me alegro. 


La principal particularidad del Mercado Artesanal La Almoraima fue que estaba ambientado en 1915, año en el que la Reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII, visitó la Finca La Almoraima. Por lo visto, en 1911 Luis Fernández de Córdoba, que era el duque de Medinaceli por aquel entonces, se había casado con Ana María Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos (ahí es nada...), la cual era dama de la reina. Eso explica por qué Victoria Eugenia de Battenberg se dejó caer por La Almoraima en 1915.

Debido a ese hilo conductor, tanto los que habían montado los puestos, como los responsables de las actividades paralelas, iban vestidos como si fueran insignes ciudadanos de principios del siglo XX. Nosotros, le echamos un vistazo al mercado, nos tomamos una cerveza en la barra, y nos unimos a una ruta guiada por las instalaciones del hotel y por sus alrededores. La misma la condujo una voluntariosa chica, que se esforzó por poner en contexto el edificio. No obstante, incluso el más avezado guía turístico hubiera sufrido para dinamizar una visita en la que se juntaron medio centenar de personas, por lo que la joven, que tenía muy pocas tablas, se las vio y se las deseó para contar lo que llevaba preparado y que viéramos algo. Por eso, después de un rato, María y yo decidimos aligerar el nutrido grupo y nos fuimos ya a Castellar Viejo.

En definitiva, los dos días en Castellar de la Frontera fueron un bálsamo. La segunda mitad del verano ha tenido un punto complicado, y el otoño se presenta intenso, por lo que necesitaba esta breve desconexión. Eso sí, nos quedamos sin ir a Gibraltar, que era el plan original para el domingo, a pesar de que estaba tan cerca, que se veía el Peñón desde el Castillo.


Lo de ir a Gibraltar continúa pendiente, pero no va pasar mucho tiempo antes de que salde esa cuenta. Seguiremos informando...


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CASTELLAR DE LA FRONTERA.
En 2011 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 45'5% (hoy día 59'1%).
En 2011 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 16'6% (hoy día 22'4%).


31 de enero de 2023

MADRID 2023 (VISITA DE ENERO)

Este es el décimo post que escribo sobre Madrid en este blog. En el futuro, vendrán muchos más, porque intento ir a la capital siempre que surge la oportunidad, pero, de momento, estoy en disposición de hacer ya un cierto balance. Así pues, puedo decir que, en cuatro de las nueve visitas que he reflejado en En Ole Väsynyt estuve en verano. En otras dos ocasiones fui en primavera, y en otoño también he realizado un par de escapadas. La novena estancia tuvo lugar en enero. Por tanto, desde 2016 he estado en todas las estaciones del año. Sin embargo, en el último lustro y pico los viajes en invierno estaban a la cola, y había que ponerle solución a ese hecho, porque me apasionan los días fríos y claros de Madrid.



Como conté en el post anterior, hace unas cuantas semanas decidí liarme la manta a la cabeza y acabar con una cuenta pendiente que tenía, que era correr la Media Maratón Ciudad de Getafe. Al final no pude hacerlo, porque me lesioné el día antes, estando ya en Getafe. Pese a esto, el plan del fin de semana incluía echar el sábado en Madrid, y eso no cambió. Además, como el domingo me levanté muy dolorido y tuve que olvidarme de disputar la carrera, sobre la marcha nos encontramos con una mañana extra en la capital. No estaba para correr 21.097 metros, pero sí para ir al Museo Nacional del Prado, así que aproveché que no hay mal que por bien no venga, para volver a mi pinacoteca favorita.


Mi anterior visita al gran museo español databa de 2017, y ya quedó reflejada en este blog. Desde entonces no había regresado, y me moría de ganas de hacerlo. No había vuelto, porque los encantos de la ciudad de Madrid son numerosos, y últimamente siempre han surgido planes diferentes cuando he estado allí. En realidad, al Prado he ido varias veces, y tampoco es lógico darle preferencia por sistema, frente a otros lugares de la capital que también merecen ser conocidos. No obstante, tenía en la recamara la opción de ir de nuevo, y, dadas las circunstancias, este fin de semana apareció el hueco perfecto para gastar esa bala.

La nómina de cuadros famosos del Museo del Prado es brutal. Dentro no se pueden sacar fotos, pero basta con hacer una instantánea de la escalera del edificio, para comprender el nivel de excelencia de los pintores que tienen obras allí.


En la lista de la pared no salen Sorolla, del que vi Chicos en la Playa, ni el gran Durero, del que contemplé Autorretrato, Eva, Adán y Retrato de Hombre. Tampoco Fra Angelico, ni El Bosco. Del primero vi La Anunciación, y del segundo Tríptico del Jardín de las Delicias. Cuando voy a las pinacotecas, me centro en unos cuantos cuadros, y me fijo muy bien en ellos. No soy de los que van recorriendo salas, echándole un rápido vistazo a las obras. Yo me detengo en unas pocas y observo los detalles con todo el cuidado que puedo. En esta ocasión, como estuvimos en el Museo del Prado un buen rato, tuve tiempo de recrearme bastante. De los artistas que aparecen en el listado de la escalera, vi un par de lienzos de El Greco (El Caballero de la Mano en el Pecho y Adoración de los Pastores), cuatro de Goya (El 2 de Mayo de 1808 en Madrid o "La Lucha con los Mamelucos'', El 3 de Mayo en Madrid o ''Los Fusilamientos'', Fernando VII con Manto Real y Fernando VII en un Campamento) y dos de Velázquez (La Fragua de Vulcano y Las Meninas). Lo cierto es que estos tres últimos pintores me encantan, por lo que siempre suelo ir a tiro hecho a disfrutar de algunas telas suyas, y, de paso, me paro en otras que llaman mi atención. Debido a eso, en este caso al repertorio hay que sumar El Pintor Francisco de Goya de Vicente López, Retrato de un Humanista de Jan Van Scorel y Fusilamiento de Torrijos y sus Compañeros en las Playas de Málaga de Antonio Gisbert. También nos detuvimos a ver la Ermita de la Vera Cruz de Maderuelo, que es flipante. Los frescos del siglo XII de esa pequeña iglesia, que estaba en el pueblo segoviano de Maderuelo, se trasladaron a lienzo en 1947, y se reconstruyeron en el Prado, manteniendo su disposición original, por lo que la sala 51C del edificio museístico tiene forma de ermita por dentro.

Una mención especial se merece, igualmente, un cuadro de Picasso que vimos. El genial artista malagueño no tiene obras en el Prado, por lo que me sorprendió encontrarme con una en la sala 9B. Allí está, desde 2021, Busto de Mujer, que ha sido prestada a la pinacoteca por cinco años. Se ha colocado junto a pinturas de El Greco y de Velázquez, que, por lo visto, fueron fuente de inspiración para Picasso en su etapa de formación como pintor.

Aparte, hay que decir que, antes de pasar a recorrer las salas del museo, nos tomamos un café y una magdalena en el Café Prado. Fue un placer echar en el Prado una mañana tan relajada.

Por lo demás, la visita al museo del domingo fue improvisada, como he comentado, pero lo que hicimos el sábado sí estaba planeado. La jornada sabatina la dividimos en dos. Por la mañana, nos buscamos algo que ver, para seguir profundizando en los encantos menos obvios de Madrid, y, desde el mediodía en adelante, no nos separamos de nuestra amiga Ruth, ya que pasar un buen rato con ella era uno de los objetivos del fin de semana. De hecho, dormimos en su casa.

Con respecto a la visita, siempre que voy a Madrid intento conocer alguna cosa, de las muchas que ofrece. Unas son más famosas, como el Museo del Prado, pero también me gusta ir viendo sitios menos populares. En este caso, por consejo de Ruth fuimos a ver un lugar que está muy a la vista en la ciudad, pero en el que nunca me había fijado. Se trata del Palacio de Linares (es el de la izquierda en la fotografía que sigue).


Este palacio está justo enfrente de la Fuente de Cibeles, con la cosa de que no hay ninguna imagen tan icónica en Madrid, como la de la estatua de esa diosa. En la Plaza de Cibeles, la monumental fuente se halla escoltada por tres grandes edificios (en la cuarta esquina hay unos jardines de otro, que se encuentra un poco retranqueado). Son el Banco de España, el Palacio de Cibeles, conocido como Palacio de Telecomunicaciones hasta que se convirtió en sede del Ayuntamiento de Madrid en 2007 (es el de la derecha, en la foto superior), y el mencionado Palacio de Linares. Este último pasa más desapercibido que su tremendo vecino, pero ha resultado tener una gran personalidad.

La visita al Palacio de Linares duró una hora y fue guiada. Nosotros llegamos diez minutos tarde, después de una desatada carrera en pelo desde Getafe, pero, afortunadamente, nos dejaron entrar y no nos perdimos gran cosa. La historia del edificio es muy llamativa, y parece propia de una telenovela, puesto que tiene amor, envidias, despilfarro, misterio, decadencia y resurrección. El palacio se construyó en un enorme solar, que compró, en 1874, José de Murga y Reolid. Un año antes, el rey Amadeo I había nombrado Marqués de Linares a este señor, que era un insigne economista y senador. El aristócrata, que ya era rico de cuna, se ve que supo gestionar bien su patrimonio, porque acabó siendo uno de los hombres más acaudalados de España, a pesar de que gastó cuantiosas sumas de dinero en obras benéficas, y en caprichos como el de su mansión. Cuando la edificó, la misma estaba en una zona de expansión que se estaba empezando a urbanizar, en la periferia del centro de Madrid. Hoy día, al mirar por su ventana uno siente que se encuentra en el meollo de la ciudad. 


A finales del siglo XIX, sin embargo, el Palacio de Linares estaba entre el centro de Madrid y el distinguido Distrito de Salamanca, que se había empezado a edificar, desde la nada, en 1864, apenas diez años antes de que José de Murga y Reolid comprara la parcela para erigir su lujosa vivienda. Esta se terminó de construir en 1900, si bien el Marqués de Linares y su esposa, Raimunda de Osorio y Ortega, se mudaron allí en 1884. El palacio tiene cinco niveles, aunque nosotros solamente vimos dos, el del entresuelo, o planta privada, y la planta noble, que era la pública. No nos mostraron ni el sótano, ni el subsótano, ni el tercer piso. Sí recorrimos, en el entresuelo, la entrada, la escalera principal, el despacho, la biblioteca, la sala de fumadores, la sala de billar, el salón de música, el comedor de diario, la oficina, el dormitorio, el baño y el tocador de la Marquesa, así como el dormitorio del Marqués. Después, ascendimos por la fastuosa escalinata.


En la planta noble, nos mostraron el salón de baile con su antesala, el salón de tapices, el saloncito chino, el comedor de gala, otra oficina, la capilla, la sacristía, otro dormitorio con baño y tocador, así como el salón de retratos. Hasta ahí, la cosa sería normal, si no fuera porque aquello no es un palacio propiedad del Estado, destinado a dar cobijo a reyes. Muy al contrario, es una casa totalmente privada. Visto desde esa perspectiva, la vivienda es una locura, en la que el lujo y la ostentación lo dominan todo, no solo en la parte más barroca y recargada, donde cada centímetro está recubierto de dorados hechos a base de pan de oro, maderas, tapices, pinturas, mármoles de Carrara, mosaicos y jeribeques, sino también en las habitaciones que pretenden ser sobrias, como la biblioteca.


En la planta de la casa destinada a recibir a las visitas y a organizar, tanto las fiestas, como los actos sociales, la ostentación ya alcanza niveles versallescos. 


Con respecto a ese apabullante lujo, no hay que olvidar que, en 1880, la tasa de pobreza en España casi llegaba al 70% (desde 1980, por trazar una comparativa, se mantiene por debajo del 5%, según los parámetros señalados por el profesor de la Universidad Carlos III, Leandro Prados). No obstante, más allá de la suntuosidad, son los detalles los que hablan de hasta que punto los marqueses eran asquerosamente ricos. En efecto, el Palacio de Linares fue una de las primeras viviendas de Madrid en contar con luz eléctrica. Lo de tener electricidad en la casa fue una novedad tal, que, por lo visto, el palacio pronto se convirtió en toda una atracción en la ciudad. Aparte, como se puede ver en la siguiente foto, en las estancias palaciegas no faltaban las chimeneas...


Lo de que haya chimeneas en un inmueble construido en el siglo XIX es natural. Lo que no es normal es que sean de pega, porque en la vivienda ya haya calefacción de gas, que es lo que pasó en el Palacio de Linares. Resulta que al Marqués le gustaba lo de tener chimeneas por la casa, pero en el sótano hizo instalar una caldera, que la calentaba sin necesidad de encender fogatas. Otra innovación de la lujosa residencia vino dada por el hecho de que el comedor de gala, el de los grandes banquetes, estaba en el primer piso, mientras que las cocinas se encontraban en el sótano. En vista de eso, para evitar que la comida llegara fría a la mesa, tras recorrer medio palacio, se instaló un montacargas hidráulico en el edificio, que permitía subir y bajar los alimentos en cuestión de segundos. Por si esto pareciera poco, en la capilla, que estaba también en la primera planta, pronto se dieron cuenta de que la pila bautismal estorbaba, y se les ocurrió crear un mecanismo, por medio del cual la misma se subía y se pegaba al techo, cuando no hacía falta, y se bajaba al centro de la habitación cuando era necesaria. Otro detalle, nada banal, es que las alfombras que recubrían el suelo estaban tejidas, personalizadamente, en la Real Fábrica de Tapices. Por ello, a la hora de encargar las alfombras, José de Murga y Reolid y su esposa pudieron darse el caprichazo de que reprodujeran, exactamente, el patrón que seguían los techos. Aparte, ambos eran unos adelantados a su tiempo, y acostumbraban a pedir comida a domicilio. Lo que pasa es que, por aquel entonces, ni había chinos, ni existía el Mc'Donalds, por lo que encargaban las viandas al Restaurante Lhardy. Degustaban alta cocina en su propia mesa, vamos. Para acabar, un último dato curioso, que demuestra que los marqueses estaban en todo, es que en la sala de baile, para que los músicos no estorbaran, se creó un sistema de sonido por medio del cual, la orquesta tocaba arriba del techo, en una especie de cubículo oculto, y luego el sonido se repartía convenientemente por la estancia. En la foto inferior, se puede apreciar un gran hueco oscuro semicircular, detrás del cual estaba el compartimento donde se situaba la orquesta.


Total, que el Palacio de Linares era un prodigio de modernidad y de vanguardia tecnológica, único en el mundo. Yo me imagino que José de Murga y Reolid no debía ser un hombre demasiado modesto. Seguramente, era una especie de Cristiano Ronaldo del siglo XIX. Hoy día, a alguien tan ostentoso lo hubieran machacado en las redes sociales, pero entonces esa posibilidad no existía, por lo que los envidiosillos tenían que recurrir a los medios de la época para desprestigiar a los vanidosos. No obstante, me da a mí que lo que no ha cambiado es lo de difundir bulos para incordiar a los petulantes. Yo no digo que el Marqués lo fuera, pero la verdad es que, en esos tiempos, empezó a correr una historia sobre él, por Madrid, que ha llegado a nosotros en forma de relato de terror, y que me hace pensar que lo de organizar fiestas entre la alta alcurnia madrileña, en las que todos podían ver como se las gastaba el anfitrión, quizás levantó alguna soterrada ampolla. El caso es que hemos alcanzado la parte de nuestra telenovela dedicada a los amores prohibidos y a los misterios made in Cuarto Milenio. Se cuenta que José de Murga y Reolid, siendo muy jovencito, le habría confesado a su padre, que era un rico comercial llamado Mateo Murga y Michelena, que se había enamorado de Raimunda Osorio. Supuestamente, la muchacha era hija de una cigarrera de Lavapiés, Benita Ortega. El padre de José, para evitar jaleos, habría mandado a su vástago a estudiar al extranjero. Esto último sí está constatado, ya que el futuro Marqués de Linares pasó su juventud en Europa. Por otro lado, lo de que un joven cachorro de la burguesía madrileña se corriera juergas en los bajos fondos de la ciudad y acabara arrejuntándose con cualquiera, seguro que no era raro, por lo que tampoco suena a invención. Sin embargo, a partir de aquí es cuando la cosa se desboca, porque se dice que, lo que realmente horrorizó a Mateo Murga no fue que su hijo se hubiera liado con una proletaria, sino que lo hubiera hecho con... su hermana. Efectivamente, se contaba que Mateo Murga, en su juventud, también había sido pródigo en correrías por Lavapiés, y que, fruto de ellas, habría engendrado a una niña con una cigarrera. Años después, su hijo, sin saber nada, habría tenido la mala fortuna de enamorarse de esa joven, llamada Raimunda, que era, por desgracia, su medio hermana. Al darse cuenta, y sin decir esta boca es mía, Mateo Murga habría enviado a José fuera de España, con la esperanza de que olvidara su amor de juventud. Hasta ahí, el primer capítulo del culebrón.

El segundo capítulo comienza con la muerte de Mateo Murga, en 1857, y con la boda, un año después, de José de Murga y de Raimunda, haciendo caso omiso a la prohibición paterna, sin tener ni idea de que compartían progenitor. La fechas de la muerte del patriarca y la de la boda de su hijo también están constatadas. Raimunda, por su parte, parece que no tenía padre reconocido, por lo que es plausible que no fuera bien vista en la alta sociedad. No obstante, más allá de eso, todo lo que sigue tiene pinta de ser ya un cuento chino, porque se dice que, al poco de casarse, José de Murga encontró una carta de su padre, en la que le confesaba que Raimunda era su hermana. En esas circunstancias, José y Raimunda, conscientes de estar protagonizando una relación incestuosa, se habrían dirigido al papa, Pío IX, para solicitarle una bula. El sumo pontífice, informado de la situación y con la intención de evitar un escándalo, les habría concedido una bula que les permitiría vivir juntos, pero en castidad. A partir de ahí, las versiones de la narración empiezan a diferir. Según algunas, la pareja no habría logrado reprimir sus deseos carnales y habría acabado engendrando una hija. Según otras, esa niña ya debía existir cuando se enteraron de que eran hermanos. Sea como fuere, es seguro que la supuesta niña, conocida como Raimundita, era fruto de un incesto, por lo que cuentan que la mataron. En ese punto, de nuevo las versiones divergen, dado que los hay que la dan por emparedada, los hay que creen que está sepultada en el jardín, y los hay que afirman que fue enterrada en la capilla.

Lo cierto es que no hay testimonios de que Raimunda Osorio se quedara jamás embarazada. Aparte, no se han encontrado pruebas fehacientes de que los marqueses fueran hermanos, ni ha aparecido la carta del padre, ni hay constancia de ninguna bula papal, ni se han encontrado rastros, en la mansión, de restos humanos. Pese a esto, de la leyenda negra a la leyenda fantasmagórica solo hay un paso, y algunos dicen, llevando el relato al terreno de lo paranormal, que el espíritu de la niña asesinada vaga por el Palacio de Linares, penando y sufriendo. Incluso, a principios de los años 90 del siglo XX, unas psicofonías parecieron evidenciar que había un espectro en el edificio palaciego. Luego, se demostró que las grabaciones eran falsas, pero, como siempre, en un galimatías así llega un momento en el que cada uno cree lo que le viene en gana. Es más, para añadirle otra vía paralela al misterio, y enrevesarlo en mayor medida, es seguro que sí hubo una Raimundita en esta historia. La misma era la hija de Francisco Avecilla Delgado, el administrador del Marqués. Ahí, una variante de la leyenda negra opta por considerar que esa niña era, realmente, descendiente de la pareja, y que la hicieron pasar por hija de un empleado de confianza. Es creíble y factible. Además, la Raimundita constatada fue la que heredó el Palacio de Linares.

El caso es que hay un libro, publicado en 2009, que supuestamente aporta pruebas fehacientes de que la parte truculenta de historia de José y Raimunda es verdadera. Sin embargo, nuestra guía durante la visita dejó entrever que eran habladurías, y, ciertamente, hay sobrados puntos en contra de la teoría escabrosa, como para no darle crédito. Yo voy a intentar encontrar el libro al que he hecho referencia, y cuando me lo lea veremos.

No obstante, es verdad que, tras la muerte de los marqueses sin descendencia acreditada, en 1901 y 1902, el palacio pasó a manos de su ahijada Raimundita. Luego, en la Guerra Civil se usó como hospital de campaña, y después, a pesar de que cambió de propietario varias veces, fue cerrado a cal y canto durante décadas. Eso, como es lógico, ayudó a que el inmueble adoptara un aire tétrico, que alimentó las fábulas espiritistas, pero también tuvo de bueno que hizo que la decoración y el mobiliario se mantuvieran intactos. Ya en 1992, por fin se le encontró un uso, dado que se convirtió en sede de la Casa de América, que es un centro destinado al intercambio cultural entre España y América. Desde entonces, se muestra, igualmente, como atracción turística, al nada despreciable precio de 8 euros por persona.

En fin, como se puede comprobar, la visita que hicimos en Madrid, en esta ocasión, dio bastante de sí. Por lo demás, al salir del Palacio de Linares ya era mediodía, por lo que empezamos, sobre la marcha, la segunda mitad del sábado, que estuvo centrada en disfrutar de unos cuantos negocios de restauración.

Para empezar, habíamos quedado con Ruth para comer, pero íbamos pronto, por lo que, antes de verla, María yo nos detuvimos en el Khloē Gourmet Bar. Esta es una especie de cervecería muy acogedora, que está situada en la Calle de la Cruz. Allí nos tomamos una buena cerveza, escuchando música más rockera de lo que suele ser normal en esos sitios. Había muchos tipos de birra para elegir, pero yo opté por una Mahou, por aquello de ir a por lo típico del lugar.

La Calle de la Cruz es la que hace de frontera entre el Barrio de las Letras y el barrio de Sol. Tras la paradita y el avituallamiento, continuamos andando por ella hasta la Plaza de Jacinto Benavente, y desde allí ya nos metimos de lleno en Lavapiés, que es donde estaba el Restaurante La Minoterie. El mismo resultó ser una crêperie, que nos trasladó a nuestras vacaciones de verano en Bretaña. En agosto, probé varias crepes de las auténticas, y las de La Minoterie puedo decir que eran una reproducción fiel al 100%.


Comer con Ruth en Madrid siempre es un acierto, y esta vez no lo fue menos. Tras el relajado almuerzo, en el que tuvimos tiempo de explayarnos (chapó por el restaurante), fuimos a su casa un momento (vive muy cerca), y continuamos con la parte dulce de la tarde.


En efecto, lo siguiente era el café y el pastel, así que nos dirigimos a L'Origine Specialty Coffee. Lo menos bueno de esa cafetería fue el nombre, demasiado gentrificado para mi gusto. No soy muy demagogo en ese sentido, pero tampoco me resulta agradable que los lugares sean pasto de los turistas instagramers. No obstante, con L'Origine Specialty Coffee hay que perder los prejuicios, porque el café estuvo delicioso, y el pedazo de tarta Triple Chocolate que me zampé, quitaba el hipo, hasta a una persona tan poco dulcera como yo.

El caso es que a Ruth, a María y a mí se nos fue la tarde charlando y poniéndonos al día. Es increíble como se puede pasar el tiempo cuando uno está a gusto, simplemente hablando. Nosotros, tras el pastelazo, nos dimos un paseo, pero antes de recogernos aún hicimos otra parada, esta vez en un sitio al azar, llamado Taberna Dónde da la Vuelta el Viento. Este era un bar con una pinta exterior engañosa, ya que por fuera parecía un garito con ínfulas artísticas, pero, realmente, era una taberna con un aspecto interior muy tradicional. Un par de cañas en vaso normal, sentado en una mesa alta, en un bareto con buen ambiente, era lo que quería para rematar la jornada.

En definitiva, sobre las 21'00 pusimos fin a la tarde, después de que se nos hubieran pasado siete horas en un suspiro.

Fue al llegar a casa de Ruth cuando confesé que mi pierna, que se había levantado quejosa, ya estaba directamente dolorida. Me acosté esperando un milagro, pero al despertar la cosa no había mejorado, por lo que tuve que renunciar a la Media Maratón Ciudad de Getafe, como conté al principio. Pese a eso, no amanece uno en Madrid y se pone en modo funeral, por mucho que se le haya chafado un plan ilusionante. Muy al contario, "a rey muerto, rey puesto", en el momento en el que quedó claro que no habría carrera, lo que hicimos fue maquinar la alternativa del Museo del Prado. Antes de ir para allá, sin embargo, tuvimos ocasión de darnos una rápida vuelta por el mítico Rastro, dado que Ruth vive a dos pasos. Podía hacer 25 años que no ponía un pie en él.


Yo recordaba el Rastro, más como un mercado de antigüedades y de venta de artículos de segunda mano, que como un mercadillo de los que hay en todos los pueblos y ciudades de España, algún día de la semana, pero me encantó, aunque solo fuera por el aura mítica que tiene. Es enorme. No obstante, no nos detuvimos en él, así que profundizaré en sus encantos cuando pueda echar allí un buen rato.

En conclusión, pasé otro maravilloso fin de semana en la capital. No me canso de Madrid, lo reconozco. Cada vez que voy, veo cosas nuevas y disfruto con las que ya conozco. De momento, no tengo planes para regresar en los próximos meses, pero, tras abandonar el Museo del Prado y recorrer con sumo gusto el Paseo del Prado, María y yo nos sumergimos en el subsuelo madrileño por la boca de la Estación de Metro de Atocha, sabiendo que no pasará mucho tiempo, antes de que volvamos a asomar la cabeza por ella o por alguna parecida.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 7'7% (hoy día 26'9%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'4% (hoy día 36%).

Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya estaban visitadas: 2'7% (hoy día 45'9%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que ya estaban visitadas: 1% (hoy día 19%).


9 de agosto de 2017

LLANES 2017

En los años en los que llevo pasando unos días veraniegos en Llanes (desde 1997 solo he faltado a la cita en 2004 y en 2008) nunca había estado tanto tiempo allí y nunca me había movido menos por Asturias. La parte positiva de eso es que este año nos hemos pateado a fondo la capital llanisca y hemos hecho bastantes cosas novedosas por el concejo.


Dentro de esos planes novedosos que hemos podido hacer en este 2017 por el concejo de Llanes los más llamativos han estado relacionados con el entorno campestre: en primer lugar, intentamos dos veces subir al Picu Castiellu, partiendo de La Galguera, y, en segundo lugar, entre ambas intentonas otro día recorrimos la parte del Sendero Europeo E-9 que sale de Llanes hacia el oeste.

El Picu Castiellu es un mazacote de roca que llevo años viendo desde las ventanas de la casa de mis padres en La Galguera. El mismo sobresale claramente de la Sierra del Cuera, que va paralela a la costa durante unos 30 kilómetros, atraviesa el concejo de Llanes de punta a punta y, a pesar de lo cerca que está del mar (solo dista de él unos 5 o 6 kilómetros), se eleva más de 1.300 metros en su punto máximo.


El Picu Castiellu, con sus 385 metros, siempre ha estado ahí, frente a la casa, y desde hace tiempo se que es posible subir a su cima sin una dificultad extrema, pero nunca lo había intentado. Este año en los diez días que hemos estado en Llanes hicimos dos intentos por llegar a la cima, pero no lo conseguimos en ninguno de ellos. En realidad, la primera vez se nos hizo tarde muy pronto y nos quedamos a medio camino, pero el segundo ataque sí fue más serio. Ese segundo día salimos más temprano y nos quedamos muy cerca del objetivo, de hecho llegamos a la cima de otro pico que está detrás del Castiellu y que es, incluso, más alto (mide 417 metros), aunque no resalte tanto.




La subida no es tan fácil como parece desde abajo, hay que ir eligiendo el recorrido para ir salvando los desniveles, y, aunque al principio el camino es más ancho, a partir de un determinado punto se va campo a través por senderitos hechos por animales o se avanza directamente por encima de los helechos que llenan la ladera.



 

En cualquier caso, la subida no entraña peligro real. Aún así, no hollamos la cima del Picu Castiellu, aunque para llegar a ella, tras alcanzar la cumbre del pico vecino, solo teníamos que bajar un poco, atravesar el collado y subir el último tramo rocoso.


Sin embargo, nos dimos la vuelta sin recorrer el último trozo de travesía, porque ese trayecto restante nos iba a llevar 30 o 40 minutos más e íbamos con el tiempo muy justo para estar de vuelta a mediodía, pese a haber salido temprano. Además, María había perdido ya bastantes reflejos por el esfuerzo y, encima, se estaba poniendo negro (de hecho, nos empezó a llover llegando a casa). Por todo ello decidimos regresar tras hacer cima en el pico de al lado. El año que viene, a la tercera, hollaremos el Castiellu, eso seguro.


Aparte de esta excursión, también dedicamos a andar por el campo la mañana del 6 de agosto. Ese día dejamos a las niñas aún durmiendo y nos fuimos hasta el extremo del Paseo de San Pedro de Llanes con la idea de recorrerlo entero y de hacer lo que no habíamos hecho nunca aún: seguir más allá de su final. En efecto, el Paseo de San Pedro no acaba de forma abrupta, sino que en un determinado momento pasa a convertirse en una ruta senderista, ya que en Llanes empieza una de las etapas homologadas del Sendero Europeo E-9, llamado Camino Costero Europeo, que recorre más de 5.000 kilómetros bordeando la costa atlántica desde Narva-Jõesuu en Estonia, hasta el Cabo San Vicente portugués. En España solo se encuentran homologados varios tramos, pero el 60% de los que pasan por Asturias están acondicionados y, en concreto, todo el litoral del concejo de Llanes está perfectamente preparado y señalizado. Nosotros recorrimos el cachito de 3'3 kilómetros que va del Paseo de San Pedro hasta la Playa de Poo. Sería bonito recorrer en varias veces el trozo completo que va desde Bustio, el primer pueblo asturiano por el este, hasta la Playa de Guadamía, que es donde acaba el concejo de Llanes, recorriendo así todo el litoral de los dos municipios costeros más orientales del Principado (en total son 68'6 kilómetros).

De momento, nos conformamos con los 3'3 que recorrimos este año. De años anteriores ya sabíamos que el Paseo de San Pedro es espectacular, porque va por encima de los acantilados mostrando unas vistas impresionantes, pero este año hemos visto que el tramo de costa que continúa más allá no le va a la zaga en belleza.


A partir de la Punta de Jarri o de la Torre (justo donde estamos María y yo en la foto de abajo), la arreglada hierba del Paseo pasa a convertirse en un camino que permite contemplar estampas preciosas de la costa llanisca. En esta ocasión en la Playa de Poo nos dimos la vuelta, pero en años venideros seguiremos explorando la ruta.




Como he dicho, este año hemos andado por el campo más que nunca, pero no por ello hemos dejado de ir a la playa siempre que hemos podido. Por desgracia, no hemos tenido demasiada suerte con la climatología, pero en los dos días en los que el cielo estuvo totalmente despejado no dejamos pasar la oportunidad de tostarnos un poco al sol. El primero de esos días fuimos a la Playa de San Antolín, una de las más bonitas de los alrededores (esta playa está aislada de cualquier población) y el segundo nos bañamos en la playa urbana de Llanes, la Playa del Sablón. No es muy grande y esa mañana había en ella mucha gente, pero nunca había estado en su arena y me apetecía pisarla, no solo asomarme desde arriba. Como playa, en realidad no destaca demasiado, pero tiene su atractivo bañarse a los pies del Paseo de San Pedro, viendo a lo lejos Los Cubos de la Memoria y a la espalda la Muralla.


También estuvimos una tarde en la Playa de Cué o de Antilles, a pesar de que ese día estaba menos soleado (esta playa es un enclave natural que merece ser visto de todas formas). Cué es una aldea del concejo de Llanes que está pegada al mar, no muy lejos de la capital llanisca, pero a pesar de estar junto a la costa se encuentra en una parte un poco elevada del litoral, por lo que su playa está abierta entre acantilados. Para llegar a ella hay que bajar hasta el agua desde una buena altura y, en cualquier caso, abajo no se encuentra uno demasiada arena, de hecho la playa desaparece con la marea alta (así estaba cuando fuimos nosotros).



En cualquier caso, el sitio es espectacular (al bajar la marea, gran parte de la zona que aparece en la foto de arriba se vacía de agua y la playa queda más amplia).

Además, la bajada desde lo alto del acantilado está habilitada y aunque se aparca arriba, se desciende por una rampa empinada, pero adaptada. Abajo hay una explanada de hierba con un chiringuito (El Topu) y desde ella se accede a la playa por una escalera.


Nosotros fuimos a la Playa de Cué con la intención de bañarnos, pese a que la tarde no estaba muy soleada, pero al llegar allí ninguno, salvo Julia, pudo meterse del todo, el agua estaba demasiado fría. Sin embargo, lo bueno de que no hiciera una gran tarde de playa fue que el chiringuito estaba muy tranquilo, así que antes de irnos nos detuvimos en él a tomarnos una cerveza y a contemplar durante un rato, con gusto, el precioso entorno.


Por otro lado, como dije también al principio este año no nos hemos alejado demasiado de Llanes, por lo que los días lluviosos, que han sido unos cuantos, los hemos gastado en planes urbanos, fundamentalmente en la capital del concejo, aunque también he paseado por La Galguera, como no, y por su aldea vecina, Soberrón. Ambas localidades se parecen bastante, son núcleos residenciales con un carácter bastante rural que destacan por su tranquilidad, aunque la mayoría de sus casas son modernas. En La Galguera el lugar más destacado es el antiguo Lavadero, que está restaurado.


La vecina aldea de Soberrón es casi igual, pero tiene una particularidad: sí tiene iglesia, aunque nunca he entrado en ella.



Aparte de los paseos por La Galguera y del paseo que nos dimos hasta Soberrón, el resto de nuestra actividad urbana se centró en el pueblo de Llanes. Las cosas que hicimos allí yo las dividiría en tres bloques: el de las actividades funcionales, el de las visitas turísticas y el de las visitas a bares y restaurantes.

En primer lugar, no han faltado las visitas funcionales de todos los años. De ellas, este verano han destacado negativamente las visitas médicas, ya que por desgracia tuvimos que ir con Ana dos veces al médico y otra al fisioterapeuta (aparte de un problema de oído, sufrió un esguince grande el día 31 de julio y hubo que reaccionar rápido para minimizar el problema).

En el segundo bloque de actividades estarían las visitas turísticas. Todos los años vamos a Llanes y siempre intento ver cosas nuevas, o al menos profundizar en algo que ya conozca. En ese sentido, en este 2017 lo más destacado ha sido, probablemente, que entré de nuevo en el Torreón de Llanes, una torre circular defensiva de origen medieval que forma parte de la Muralla.


En el Torreón de Llanes antes estaba la Oficina de Turismo, pero desde hace tiempo la fortificación se encontraba vacía. Este año, por casualidad, vi que se había vuelto a abrir y que allí estaba programado un ciclo de cuentacuentos para niños. Esa actividad me pareció que podía ser atractiva para Ana y Julia, así que fuimos el día 5 de agosto y nos encontramos conque entrar no era fácil, porque el aforo era muy limitado y la cantidad de gente interesada era mucha. Sin embargo, decidimos echarle paciencia y, tras hacer cola durante una hora, pudimos conseguir sitio.


La torre por dentro está muy arreglada y ha sido dividida en varios pisos por medio de una estructura metálica. El cuentacuentos me gustó bastante y a las niñas les resultó muy entretenido. La chica que contaba los cuentos hizo un buen trabajo, porque modulaba muy bien la voz y supo combinar su lado sargento con su lado dulce. Saber combinar esas dos caras es indispensable para desarrollar bien estas actividades, porque no es fácil controlar durante media hora a una veintena de niños ajenos y mantenerlos a todos en silencio (siempre hay un par de niños a los que dan ganas de meter en un armario junto con sus padres). En cualquier caso, con independencia de lo bien que estuvo la actividad, también me gustó que pude volver a entrar en la torre, uno de los lugares más destacados de Llanes.

Más allá de esto, la otra novedad turística de este 2017 fue que nos montamos en el Tren Turístico de Llanes. En efecto, los días 1 y 2 de agosto mi cuñada y su familia, que estaban de vacaciones por el norte con la autocaravana, estuvieron en Llanes y pasamos con ellos las dos jornadas. En principio, la idea era visitar el pueblo un día y hacer alguna excursión el otro, pero el tiempo no acompañó y, dado que ellos tampoco tienen demasiada necesidad de profundizar en lo que visitan, pues la excursión no la llegamos a realizar y las dos jornadas en Llanes nos las tomamos con muchísima calma. Realmente, tuvimos mala suerte, porque el 1 de agosto fue el día en el que hizo peor tiempo en todas las vacaciones, no paraba de llover y eso condicionó los planes. Además, Ana se había hecho el esguince la noche antes y nuestra libertad de movimiento era reducida. Por eso, la idea de coger el tren no nos pareció mala, aunque el mismo tiene algunas pegas, porque no se pueden abrir las ventanas y es pequeño (con las ventanas abiertas se ganaría en visibilidad y, además, las estrecheces se notarían menos...). Pese a esto, el recorrido de 30 minutos fue bastante completo y, en un día lluvioso, el viajecito resultó ser una actividad perfecta.


En cualquier caso, el meollo del plan turístico de este año estuvo centrado en pasear por las calles del centro: pasamos en multitud de ocasiones por la Calle Mayor, la Calle Posada Herrera o la Plaza de Cristo Rey, que es donde está la principal iglesia de Llanes. Otro recorrido habitual fue el que bordea la Muralla y, tras pasar junto al Torreón de Llanes, conduce a la Calle Castillo, el epicentro comercial llanisco. El centro del pueblo destaca por sus casitas blancas y cuidadas, así como por sus calles empedradas, que en verano están realmente animadas, por lo que un simple paseo por él ya merece la pena.

También es muy bonita la Plaza de Santa Ana.


Además, este año volvimos a pasar un buen rato en el Parque Posada Herrera, que, realmente, más que un parque es una gran plaza presidida por el Monumento a Posada Herrera, un llanisco que fue presidente del Consejo de Ministros a finales del siglo XVIII. En esa plaza hay una buena zona de juegos infantiles donde pasé bastantes ratos cuando las niñas eran más pequeñas. Sin embargo, hacía tres o cuatro años que no volvía. Este año, el segundo día que estuvieron mis sobrinas en Llanes volvimos a pasar allí más de una hora.

Pese a todo, el bloque de actividad más explotado fue, como no, el tercero que comenté antes, el de las paraditas en los bares. Debido a la visita de mi cuñada y a la cantidad de días que hemos pasado en el entorno de Llanes este año hemos ido al centro a comer o a tomar algo más que nunca. No faltaron, por supuesto, las visitas a nuestros dos sitios favoritos, la Sidrería El Bodegón y la Sidería La Casona (aquí estuvimos tres veces, la primera de ellas el día de la lluvia).


En ambos sitios nos comimos un gigantesco cachopo (compartido entre varios, si no es imposible), pero además en El Bodegón no dejamos de probar las parrochas, que las ponen muy ricas, y en La Casona el día lluvioso pedimos tortos con huevos y picadillo (este plato es una bomba que hay que probar alguna vez). Estas dos sidrerías dan a la Plaza de la Magdalena, además de a la Calle Mayor, y suelen estar llenas, pero, por lo bien que se come y por lo a gusto que se está tanto cenando como almorzando, merece la pena esperar.

Aparte, como una muestra más de que este año no hemos parado de darnos gustazos por Llanes, hemos ido dos veces a comer al Restaurante El Sucón, el lugar donde se come la mejor fabada del mundo (está en el concejo, pero se encuentra algo metido en el interior). El hacer doblete en este restaurante ha sido toda una novedad, porque en todas mis visitas a Llanes he ido alguna vez a comer allí, pero nunca había estado dos veces en cuatro días. En efecto, este año no faltó en El Sucón la tradicional comilona familiar, pero, además, por la visita de un primo de mi madre y su familia, el último día me vi allí de nuevo, dispuesto a darlo todo otra vez. En esa segunda visita innovamos un poco más que de costumbre con el menú (siempre pedimos fabada y cabritu) y comprobé que el pote y las costillas que sirven también están para chuparse los dedos. Otra cosa que destaca en El Sucón, aparte de lo agradable que es su terraza, son los postres: el arroz con leche me encanta, pero allí la verdad es que lo que no se puede dejar de pedir es la tarta de queso.

Este año también ha sido una novedad ir tres veces al Café Bitácora, que es otro punto de referencia para nosotros y al que, por contra, el año pasado no fuimos. Esta cafetería no es nada del otro mundo, nos gusta más por motivos sentimentales que por otra cosa, pero no deja de tener un velador agradable y resguardado que da a la Calle de las Barqueras. Tomar unos churros allí es otra tradición de cada verano y este 2017 fuimos dos veces (la tercera vez solo nos tomamos un café).


De todas formas, probablemente los momentos culinarios más agradables de nuestra semana llanisca tuvieron lugar en el Bar Restaurante La Playa San Antolín de Bedón, adonde fuimos a comer el día del cumpleaños de mi madre. Este restaurante es un chiringuito que a ella le encanta (yo lo conocía de haber estado allí un par de veces en 2015), no es un lugar muy glamouroso, pero fue una maravilla almorzar cerca del mar en una playa tan preciosa, la comida estuvo bastante bien (yo me pedí un plato de paella y los menús no son muy caros) y el personal fue especialmente simpático.



Allí, al borde del mar, celebramos el cumple de mi madre de una manera sencilla, pero muy sentida. Lo cierto es que este año volvimos a coincidir con mi hermana Inés en Llanes un par de días y eso posibilitó que echáramos dos días muy familiares y pudiéramos celebrar el cumpleaños de la mamma como está mandado.

Por último, el relato de la visita a Llanes de este año lo voy a acabar hablando de la Muestra de Quesos del Oriente de Asturias que montan en la Plaza de Santa Ana y que este año cumplía su XXX edición, nada menos.



Yo ya estuve en la muestra del año 2011, se celebra el primer domingo de agosto y en esta ocasión resultó ser un poco chasco. Hace años, por lo visto, además de vender, los stands servían panecillos con sus quesos a un módico precio. En 2011 ya todos no lo hacían, pero recuerdo haber encontrado algunos sin problema. Por ello, este año fuimos a la muestra con la intención de comprar, pero también con la idea de almorzar allí, y nos encontramos conque la práctica de vender pequeños bocadillos de queso ya no se estila, la caseta en la que se vende cerveza y sidra la siguen poniendo, pero ya no se puede masticar nada, más allá de los pequeños trocitos de los diferentes quesos que te dan gratis en los stands para que los pruebes. En consecuencia, hubo que buscarse otro lugar donde comer (acabamos en La Casona). Pese a esto, probé un queso típico de Vidiago (una de las aldeas de Llanes) que es muy suave y cremoso, y también nos llevamos un buen trozo de queso de Cabrales, que, a pesar de ser muy fuerte, entusiasmó a las niñas. Realmente, la Muestra de Quesos merece la pena, aunque ya no se pueda comer allí.

En definitiva, un año más no faltamos a nuestra cita veraniega en Llanes. Otras veces hemos ido menos tiempo, pero en este 2017 estuvimos diez días, nada menos (las niñas una semana más). La verdad es que no paramos, como ha quedado patente en este post, aunque nos movimos poco de Llanes y eso provocó la engañosa sensación de que hicimos menos cosas que otros veranos. Realmente, cuando veníamos con las niñas más pequeñas sí nos movíamos menos, pero en los últimos dos años, aprovechando que Ana y Julia ya han crecido un poco, hemos empezado a hacer de todo y me he mal acostumbrado. En cualquier caso, no siempre puede uno alejarse tanto, seguramente el verano que viene volveremos a movernos por Asturias con más soltura, pero a Llanes no solo venimos con afán turístico, sino que también venimos con ánimo de estar con la familia y eso se nota a la hora de hacer los planes. Lo bueno de las circunstancias que se dieron este año es que me fui con la sensación de que hicimos más vida llanisca que nunca, y eso me gusta.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado LLANES.
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Asturias: 13'3% (hoy día 53'3%).
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 11'8% (hoy día 32'2%).