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4 de marzo de 2025

ARCOS DE LA FRONTERA 2025

Arcos de la Frontera es como Ronda, en el sentido de que es un pueblo que aúna un tamaño aceptable, con un emplazamiento natural espectacular, y con un entramado urbano histórico precioso y muy bien conservado. Por ello, es un destino turístico de primer nivel. En efecto, a él acuden personas de toda Andalucía, además de una buena cantidad de españoles, e incluso de extranjeros. Al igual que Ronda, está enclavado en un territorio de forma poligonal, cuyos vértices son Sevilla, Córdoba, la costa de Cádiz y la de Málaga, pero, en vez de haber quedado opacada en mitad de la nada, por el brillo de esos gigantes del turismo, Arcos de la Frontera ha sabido hacerse un hueco y construirse un nombre propio. Sin embargo, esto no significa que haya tenido que convertirse en una especie de parque temático. En Arcos, el otro día comprobé que la esencia no se ha perdido.



Hay que reconocer, no obstante, que María y yo fuimos a Arcos de la Frontera en un momento muy propicio. En efecto, el primer día era laborable, y el siguiente salió lluvioso. Si a eso le sumamos que estamos en invierno, pues da como resultado que pasamos en el pueblo gaditano un par de jornadas en las que no estuvimos solos, pero en las que disfrutamos de aquello con un grado de tranquilidad considerable. Basta con decir que, ni para cenar el jueves, ni para almorzar el viernes, tuvimos que reservar sitio, y que ambas comidas las hicimos en dos bonitos restaurantes. En ambos casos, fue llegar y encontrar mesa. Además, nos trataron con cercanía y pagamos poco. Para nada nos sentimos como turistas.

El primero de los restaurantes se denominaba Taberna Jóvenes Flamencos, y su decoración era un canto al tipismo. A mí no me gusta el flamenco, pero tengo que admitir que cada vez lo siento como algo más cercano a mí cultura. Tampoco soy religioso, ni mucho menos taurino, pero me resulta familiar entrar en un bar lleno de imágenes de vírgenes y de cristos. Ni siquiera me choca ver una cabeza de toro en la pared. En la Taberna Jóvenes Flamencos, por tanto, me sentí como en casa.


Con esa pinta y estando en la Calle Dean Espinosa de Arcos de la Frontera, podría pensarse que la Taberna Jóvenes Flamencos era una trampa para guiris, pero lo cierto es que no era así, como he dicho. Además, ofrecían la posibilidad de probar recetas de la gastronomía típica arcense, y yo es lo que hice. En concreto, cené un plato de Abajao.


El Abajao está compuesto de pan, espárragos, patata, cebolla, tomate, pimiento, ajo, aceite y sal. En origen, era un plato de agricultores, en el que se aprovechaba todo lo que había. Ya entonces, los más pudientes le echaban huevo, y así me lo pusieron a mí. Me gustó mucho. Al día siguiente, comimos en el Bar San Marcos, que también me encantó, por su relación calidad-precio, por la amabilidad de su servicio, y por el ambiente del comedor.


Como contrapunto, el primer día almorzamos en el Asador Bar Andalucía, que está junto a un polígono industrial, a la entrada de Arcos. Lo cierto es que salimos de Sevilla tarde, de manera que llegamos a nuestro destino a una hora en la que la necesidad de llenar el estómago ya era patente. Por ello, antes de hacer el check in en el hotel, y sin ponernos a callejear por el pueblo, nos metimos a comer en un sitio al azar. Lo curioso, es que el Asador Bar Andalucía parece ser un restaurante tradicional con una trayectoria dilatada, pero ahora lo regentan unos chinos. Estos, incluso han filtrado unos cuantos platos de su tierra en la carta, aunque la mayoría de la oferta sigue siendo la típica de un bar restaurante poligonero. Yo, sin ir más lejos, me tomé un bocadillo de pollo, tomate y lechuga. Sin embargo, lo de ver un bar de carretera español servido por orientales tuvo un impagable punto surrealista.

Tras esa primera toma de contacto con Arcos de la Frontera, ajena por completo a los estándares turísticos, ya nos metimos de lleno en la parte monumental del pueblo, y nos dirigimos a nuestro hotel, que era el Parador, nada más y nada menos. Cuando era niño, comí en su restaurante con mis padres una vez, pero no había vuelto.


Con el de Arcos, ya he pernoctado en 26 de los 98 Paradores de Turismo que hay (de ellos, en Tordesillas, en Soria y en Salamanca me he alojado dos veces, y en Zafra tres). Los establecimientos de la cadena Paradores siempre intentan destacar por algo, y este sobresale por su ubicación, al borde de la Peña de Arcos. Nosotros no tuvimos la suerte de dormir en las habitaciones que que se asoman al talud, pero nuestras ventanas daban a la Plaza del Cabildo, por lo que no me quejo. Además, desde el salón donde desayunamos sí se divisaba la campiña desde lo alto.


Por desgracia, como el día estaba muy lluvioso, no pudimos desayunar en la terraza, pero después sí nos asomamos al cortado. 



Desde el nivel superior de la terraza del Parador, contemplamos unas vistas espectaculares, que compensaron el hecho de que estuviera cerrada por obras la Plaza del Cabildo. Efectivamente, al Mirador de la Peña Nueva esta vez no pudimos asomarnos, pero disfrutamos de la misma perspectiva desde el Parador.



María y yo tuvimos ocasión de recorrer Arcos de la Frontera con detenimiento, pero antes de relatar lo que vimos, es menester explicar por qué este pueblo es tan especial. El mismo tiene 22.000 habitantes, y se ha extendido bastante, pero su parte más antigua está emplazada encima de un enorme peñón, que sobresale en mitad de una gran llanura, y que, a lo largo de millones de años, ha sido limado por el Río Guadalete, tanto por el norte, como por el sur. En la siguiente foto satélite, se ve como el río llega hasta el espolón rocoso y lo bordea, trazando un amplio meandro que encierra una zona menos abrupta, por la que se ha expandido la población, y que se denomina Barrio Bajo (se muestra dentro del círculo verde).


Debido a la acción erosiva del río, el peñón se ha estrechado mucho en su parte más alta (está marcada con una flecha azul en la imagen).

Por su lado, el casco antiguo de Arcos lo he rodeado con un círculo azul. En él, el epicentro es la citada Plaza del Cabildo, que se encontraba un poco desmejorada por las obras, que según parece se están alargando más de la cuenta, pero que sigue siendo el punto de referencia y el lugar adonde dan varios importantes edificios arcenses, entre ellos el Parador y la Basílica de Santa María de la Asunción. También el Castillo, que es privado y que no se puede visitar, salvo un par de días al año, y de manera muy limitada.



El caso es que Arcos tiene dos amplias zonas modernas, una a cada lado del casco histórico, pero es este el que concentra el mayor interés. Nosotros, la tarde y la noche del primer día ya nos dimos un paseo por él, por lo que disfrutamos de una visión muy pintoresca de su entramado de callejuelas.


No obstante, queríamos sacarle todo el jugo a la población, y para ello es indispensable que alguien que sepa ponga sus rincones en contexto. Por eso, contratamos un tour con la empresa Arcos Tour. Fue un acierto, porque un guía llamado Manuel nos condujo durante dos horas por la zona histórica de la localidad, contándonos un montón de cosas. La visita fue casi personalizada, porque la mañana amaneció lluviosa, por lo que la mayoría de la gente que la tenía reservada por lo visto se rajó. A la cita, solo acudimos nosotros y otra pareja. Luego, resultó que no cayó tanta agua, por lo que pudimos pasear sin problema por las calles arcenses, que estaban muy tranquilas. Manuel, además, era de Arcos, por lo que hizo algo más que soltarnos un rollo aprendido. Teniendo en cuenta la cantidad de gente que saludó, es evidente que ha vivido su pueblo con intensidad.

La ruta la comenzamos en la Cuesta de Belén, que es la empinada calle que conduce, desde la parte noroeste de Arcos, hasta el mismo meollo de su casco histórico. Siguiendo el sentido de la pendiente, subimos a la roca, visitamos los principales emplazamientos del centro, y descendimos un poco por el otro lado, hasta llegar al Mirador de Abades, que se asoma al Barrio Bajo.


En nuestro recorrido, pasamos por un buen número de vistosas calles del centro, y vimos por fuera los edificios más destacados.


Gracias a Manuel, nos enteramos de un montón de curiosidades. Una que me llamó mucho la atención, es que la pendiente de la Cuesta de Belén fue atenuada en 1852, año en el que se derribó la Puerta de Jerez, que era una de las tres que tenía la villa desde la Edad Media. El caso es que, al echarse abajo la citada puerta, se aprovechó para moderar la inclinación de la vía, lo que provocó que quedaran elevados los portones de las casas que estaban en el tramo en el que se rebajaron la calzada y las aceras. Desde entonces, hay viviendas y palacios de la calle que se han construido enteros, a esa nueva altura, pero se ven otros en los cuales se han mantenido las entradas, y lo que se ha hecho ha sido construir escaleras en los zaguanes, así como adaptar las portadas, como se ve en la foto que pongo a continuación. 


Antaño, el nivel del suelo estaba donde acaba la portada de piedra del palacete de la izquierda, y la entrada se ajustaba al marco. Tras la obra de ingeniería, se bajó el portón, se le añadió a las jambas la parte encalada, y se construyó un panel entre el dintel primitivo y la nueva puerta, en el que se puso un azulejo decorativo. Jamás me habría fijado si no me lo hubieran dicho.

Otra curiosidad que Manuel nos explicó, es la del significado del Círculo Mágico que se encuentra delante de la Puerta del Evangelio de la Basílica de Santa María de la Asunción. Se trata de un vestigio de la etapa musulmana de la población, creado en su día por los sufíes, que son los practicantes de una corriente del islam que tiene tendencia al ascetismo, que potencia la espiritualidad, y que tiene una importante base esotérica.  


Por lo visto, en época musulmana el Círculo Mágico se encontraba dentro de la mezquita de la villa, pero, tras la reconquista, dado que parecía claro que iba a ser destruido al convertir la mezquita en iglesia, los que creían en sus propiedades mágicas lo trasladaron, piedra a piedra, al exterior del recinto, con el objetivo de hacerlo pasar por un adorno del suelo. Tuvieron éxito, porque ahí sigue. Manuel nos contó que hay gente que sigue acudiendo allí para beneficiarse de las energías telúricas y cósmicas que dicen que desprende el Círculo. Supongo que saben que, en origen, este estaba a una decena de metros. Es posible que, pese a eso, el dibujo pétreo sea un punto de conexión con energías que emergen en toda esa zona, es decir, que de igual que se plante justo en ese sitio, o en otro cercano. No se. Yo la única certeza que tengo es que las piedras rojas de fuera representan a la tierra y las blancas al cielo. También, que estas últimas tienen unos agujeros que simbolizan las constelaciones.

Lo tercero que me resultó llamativo, de lo que nos contó Manuel, es que en Arcos de la Frontera hay dos iglesias, que rivalizaron por alcanzar la distinción de basílica. Son la Basílica de Santa María de la Asunción, que es la que se llevó el gato al agua, como es evidente, y la Iglesia de San Pedro. La primera es la de la foto que pongo a continuación a la izquierda (la instantánea está tomada desde la ventana de nuestra habitación en el Parador), y la segunda es la de la imagen de la derecha.


La Basílica de Santa María de la Asunción es mayor, aunque su torre está sin acabar. Lo cierto es que, antes de la que se eleva ahora había otra, pero se cayó por culpa del terremoto de Lisboa de 1755. Tras la catástrofe, se empezó a levantar una nueva, pero el proyecto inicial no se culminó. La Iglesia de San Pedro, por contra, a pesar de que también sufrió las consecuencias del cataclismo, sí se terminó por completo. El tema es que, para alcanzar la dignidad basilical, además de por su tamaño, las dos iglesias intentaron destacar por lo que tenían dentro de sus muros, con la cosa de que Santa María de la Asunción la dejaron más armoniosa, mientras que San Pedro ha quedado recargada en exceso, en mí opinión. Como se puede ver a continuación, el interior de la primera es espectacular.


En cambio, sin ánimo de herir susceptibilidades, a mí la Iglesia de San Pedro me gustó menos, porque está demasiado abigarrada. 


De hecho, en Santa María solo se conservan las reliquias de un santo (San Félix), pero en San Pedro hay hasta dos cadáveres momificados, detrás de sendas vitrinas (son San Víctor y San Fructuoso). Por lo visto, dado que las dos iglesias rivalizaban por ser la principal de Arcos, ambas se preocuparon de custodiar reliquias, con la cosa de que, en ese concepto, fue la Iglesia de San Pedro la que se impuso, ya que fue capaz de hacerse con los cuerpos de un par de mártires, mientras que la otra se tuvo que conformar con uno. Eso sí, no está muy claro cual de todos los San Félix y de todos los San Víctor que hay en el santoral católico son los que reposan en Arcos. Tampoco yace en la Iglesia de San Pedro el San Fructuoso de mayor renombre, es decir, que los finados que, con tanto orgullo, se muestran en los templos arcenses más señeros, son beatificados de segunda fila. No importa mucho, porque yo no hice ni intención de mirar de cerca sus restos amojamados. Me da igual quienes fueran.

En cambio, sí me detuve a observar con detenimiento un cuadro que tienen en San Pedro. Dicen que es de Francisco Pacheco. Yo me lo había creído, y, realmente, me hubiera encantado disfrutar de la visión de alguna obra del suegro y maestro del gran Velázquez, pero lo que vi en San Pedro fue una pintura que está hecha papilla, y que se encuentra colocada en un sitio donde se ve de pena.


Por suerte, en el cartel que acompaña al lienzo, titulado San Ignacio de Loyola, han puesto que el autor es Francisco Pacheco, pero, entre paréntesis, han añadido la palabra Atribuido. Menos mal, porque quiero pensar que no estaría conservado en esas condiciones el cuadro, si se supiera con certeza que fue pintado por Francisco Pacheco en 1625.

En resumen, la visita a la Iglesia de San Pedro me pareció interesante, pero más por lo pintoresco que vimos allí, que porque me gustara demasiado. En la Basílica de Santa María de la Asunción también sufrimos a su Rascar Capac particular (los aficionados a Tintín me entenderán), aunque en ella pudimos subir a su torre, lo que compensó el impacto de los detalles gore.



Me encantó ver el interior de la torre, y también contemplar Arcos de la Frontera desde lo alto, en todas las direcciones.

Otro edificio que vimos por dentro fue el Palacio del Mayorazgo. Se construyó en el siglo XVII, y es sede, hoy día, de la Delegación Municipal de Cultura. Lo bueno es que, debido a eso, la casa palacio no solo se halla muy cuidada, sino que también está en uso, ya que en sus múltiples dependencias se encuentran, tanto la Pinacoteca Municipal, como unas cuantas salas que albergan exposiciones temporales y permanentes. De estas últimas, la que más me gustó fue la de la Sala de la Memoria Histórica y Democrática, que se inauguró hace menos de dos años, y que me resultó interesante y emotiva a partes iguales. Sin embargo, lo que me pareció llamativo de verdad del Palacio del Mayorazgo es su laberíntica estructura, organizada a partir de un par de patios porticados preciosos.



Aparte, enfrente de la suntuosa fachada del Palacio del Mayorazgo se encontraba abierta la Capilla de la Misericordia, que está desacralizada, pero que se halla perfectamente conservada, dado que se usa como sala de conferencias.


El segundo día, después de la ruta que hicimos con Manuel, María y yo decidimos ir a ver un par de lugares que no habíamos podido visitar con él, pero que parecían merecer mucho la pena. Para ello, nos dimos un largo paseo, en el que tuvimos que hacer verdaderos esfuerzos para no partirnos la crisma, dado que subimos y bajamos un montón de cuestas, y el suelo empedrado estaba mojado y resbaladizo. La caminata y el riesgo merecieron la pena, porque conseguimos llegar hasta la Puerta Matrera, que es la única puerta que subsiste del recinto amurallado de Arcos, de las tres con las que contó. La misma comunica la parte más antigua del pueblo con el Barrio Bajo. En la actualidad, se encuentra rodeada de viviendas, y tiene encima del arco una pequeña capilla con una imagen.


Al ir hacia la Puerta Matrera, pudimos ver los restos de la Muralla Almohade de la villa. Son muy escasos, y se distinguen regular, pero datan del siglo XII, así que merece la pena echarles un ojo. Otro lugar interesante que vimos, al ir hasta el extremo este del casco histórico, fue el Mirador de la Peña Vieja.


En realidad, la Peña de Arcos tiene un cortado por el lado que da al norte y otro por el que da al sur. Al primero es al que se asoman la Plaza del Cabildo y la terraza del Parador, y se le denomina Peña Nueva. El acantilado que da al norte, en cambio, es conocido como Peña Vieja. De ahí, que el mirador desde el que se contempla se llame Mirador de la Peña Vieja.

El caso es que recorrimos Arcos de la Frontera en un día lluvioso, pero eso fue hasta bueno, porque el agua que cayó no impidió que nos moviéramos por el pueblo, pero creo que sí achantó a mucha gente, por lo que lo vimos todo sin bullicios.


El tiempo que pasamos en Arcos lo aprovechamos lo suficientemente bien, como para ver en condiciones muchos de sus lugares más atractivos. No obstante, es un pueblo que da para algo más. No en vano, es de los sitios que aparecen en cinco de mis siete retos. En concreto, se incluye en los dos andaluces, en los dos españoles, y en el de Tesoros del Mundo. Solo Sevilla, Granada, Córdoba y Arcos de la Frontera pueden decir eso. Lo primero que quiero hacer, el día que pueda volver, es una ruta que discurre a los pies de la Peña Nueva, dado que la Peña de Arcos es Monumento Natural y me gustaría explorarla mejor. Una gran parte ya nos la pateamos, porque está debajo de las calles del casco histórico, y asimismo vi el acantilado desde arriba, pero quiero completar la visita, descendiendo hasta su base por un camino por donde es posible. Cuando haga esto, escribiré el correspondiente post, que duda cabe.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Cádiz: 7'1% (hoy día, confirmada ya esta visita, 78'6%).
En 2005 (primera visita incompleta), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 2'2% (hoy día, confirmada ya esta visita, 36'5%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 2'3% (hoy día, confirmada ya esta visita, 59'1%).
En 1986 (primera visita incompleta), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'4% (hoy día, confirmada ya esta visita, 22'4%).

Reto Viajero MONUMENTOS DE ESPAÑA
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Monumentos Destacados de España visitados en Andalucía: 6'2% (hoy día, confirmada ya esta visita, 81'3%).
En 1985 (primera visita incompleta), % de Monumentos Destacados de España visitados: 4% (hoy día, confirmada ya esta visita, 43%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 30% (hoy día, confirmada ya esta visita, 50%).
En 1986 (primera visita incompleta), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'6% (hoy día, confirmada ya esta visita, 4'7%).

Reto Viajero MARAVILLAS DE ANDALUCÍA
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Maravillas de Andalucía visitadas en la Provincia de Cádiz: 5'6% (hoy día, confirmada ya esta visita, 75%).
En 1986 (primera visita incompleta), % de Maravillas de Andalucía visitadas: 1'6% (hoy día, confirmada ya esta visita, 40'5%).


31 de enero de 2023

MADRID 2023 (VISITA DE ENERO)

Este es el décimo post que escribo sobre Madrid en este blog. En el futuro, vendrán muchos más, porque intento ir a la capital siempre que surge la oportunidad, pero, de momento, estoy en disposición de hacer ya un cierto balance. Así pues, puedo decir que, en cuatro de las nueve visitas que he reflejado en En Ole Väsynyt estuve en verano. En otras dos ocasiones fui en primavera, y en otoño también he realizado un par de escapadas. La novena estancia tuvo lugar en enero. Por tanto, desde 2016 he estado en todas las estaciones del año. Sin embargo, en el último lustro y pico los viajes en invierno estaban a la cola, y había que ponerle solución a ese hecho, porque me apasionan los días fríos y claros de Madrid.



Como conté en el post anterior, hace unas cuantas semanas decidí liarme la manta a la cabeza y acabar con una cuenta pendiente que tenía, que era correr la Media Maratón Ciudad de Getafe. Al final no pude hacerlo, porque me lesioné el día antes, estando ya en Getafe. Pese a esto, el plan del fin de semana incluía echar el sábado en Madrid, y eso no cambió. Además, como el domingo me levanté muy dolorido y tuve que olvidarme de disputar la carrera, sobre la marcha nos encontramos con una mañana extra en la capital. No estaba para correr 21.097 metros, pero sí para ir al Museo Nacional del Prado, así que aproveché que no hay mal que por bien no venga, para volver a mi pinacoteca favorita.


Mi anterior visita al gran museo español databa de 2017, y ya quedó reflejada en este blog. Desde entonces no había regresado, y me moría de ganas de hacerlo. No había vuelto, porque los encantos de la ciudad de Madrid son numerosos, y últimamente siempre han surgido planes diferentes cuando he estado allí. En realidad, al Prado he ido varias veces, y tampoco es lógico darle preferencia por sistema, frente a otros lugares de la capital que también merecen ser conocidos. No obstante, tenía en la recamara la opción de ir de nuevo, y, dadas las circunstancias, este fin de semana apareció el hueco perfecto para gastar esa bala.

La nómina de cuadros famosos del Museo del Prado es brutal. Dentro no se pueden sacar fotos, pero basta con hacer una instantánea de la escalera del edificio, para comprender el nivel de excelencia de los pintores que tienen obras allí.


En la lista de la pared no salen Sorolla, del que vi Chicos en la Playa, ni el gran Durero, del que contemplé Autorretrato, Eva, Adán y Retrato de Hombre. Tampoco Fra Angelico, ni El Bosco. Del primero vi La Anunciación, y del segundo Tríptico del Jardín de las Delicias. Cuando voy a las pinacotecas, me centro en unos cuantos cuadros, y me fijo muy bien en ellos. No soy de los que van recorriendo salas, echándole un rápido vistazo a las obras. Yo me detengo en unas pocas y observo los detalles con todo el cuidado que puedo. En esta ocasión, como estuvimos en el Museo del Prado un buen rato, tuve tiempo de recrearme bastante. De los artistas que aparecen en el listado de la escalera, vi un par de lienzos de El Greco (El Caballero de la Mano en el Pecho y Adoración de los Pastores), cuatro de Goya (El 2 de Mayo de 1808 en Madrid o "La Lucha con los Mamelucos'', El 3 de Mayo en Madrid o ''Los Fusilamientos'', Fernando VII con Manto Real y Fernando VII en un Campamento) y dos de Velázquez (La Fragua de Vulcano y Las Meninas). Lo cierto es que estos tres últimos pintores me encantan, por lo que siempre suelo ir a tiro hecho a disfrutar de algunas telas suyas, y, de paso, me paro en otras que llaman mi atención. Debido a eso, en este caso al repertorio hay que sumar El Pintor Francisco de Goya de Vicente López, Retrato de un Humanista de Jan Van Scorel y Fusilamiento de Torrijos y sus Compañeros en las Playas de Málaga de Antonio Gisbert. También nos detuvimos a ver la Ermita de la Vera Cruz de Maderuelo, que es flipante. Los frescos del siglo XII de esa pequeña iglesia, que estaba en el pueblo segoviano de Maderuelo, se trasladaron a lienzo en 1947, y se reconstruyeron en el Prado, manteniendo su disposición original, por lo que la sala 51C del edificio museístico tiene forma de ermita por dentro.

Una mención especial se merece, igualmente, un cuadro de Picasso que vimos. El genial artista malagueño no tiene obras en el Prado, por lo que me sorprendió encontrarme con una en la sala 9B. Allí está, desde 2021, Busto de Mujer, que ha sido prestada a la pinacoteca por cinco años. Se ha colocado junto a pinturas de El Greco y de Velázquez, que, por lo visto, fueron fuente de inspiración para Picasso en su etapa de formación como pintor.

Aparte, hay que decir que, antes de pasar a recorrer las salas del museo, nos tomamos un café y una magdalena en el Café Prado. Fue un placer echar en el Prado una mañana tan relajada.

Por lo demás, la visita al museo del domingo fue improvisada, como he comentado, pero lo que hicimos el sábado sí estaba planeado. La jornada sabatina la dividimos en dos. Por la mañana, nos buscamos algo que ver, para seguir profundizando en los encantos menos obvios de Madrid, y, desde el mediodía en adelante, no nos separamos de nuestra amiga Ruth, ya que pasar un buen rato con ella era uno de los objetivos del fin de semana. De hecho, dormimos en su casa.

Con respecto a la visita, siempre que voy a Madrid intento conocer alguna cosa, de las muchas que ofrece. Unas son más famosas, como el Museo del Prado, pero también me gusta ir viendo sitios menos populares. En este caso, por consejo de Ruth fuimos a ver un lugar que está muy a la vista en la ciudad, pero en el que nunca me había fijado. Se trata del Palacio de Linares (es el de la izquierda en la fotografía que sigue).


Este palacio está justo enfrente de la Fuente de Cibeles, con la cosa de que no hay ninguna imagen tan icónica en Madrid, como la de la estatua de esa diosa. En la Plaza de Cibeles, la monumental fuente se halla escoltada por tres grandes edificios (en la cuarta esquina hay unos jardines de otro, que se encuentra un poco retranqueado). Son el Banco de España, el Palacio de Cibeles, conocido como Palacio de Telecomunicaciones hasta que se convirtió en sede del Ayuntamiento de Madrid en 2007 (es el de la derecha, en la foto superior), y el mencionado Palacio de Linares. Este último pasa más desapercibido que su tremendo vecino, pero ha resultado tener una gran personalidad.

La visita al Palacio de Linares duró una hora y fue guiada. Nosotros llegamos diez minutos tarde, después de una desatada carrera en pelo desde Getafe, pero, afortunadamente, nos dejaron entrar y no nos perdimos gran cosa. La historia del edificio es muy llamativa, y parece propia de una telenovela, puesto que tiene amor, envidias, despilfarro, misterio, decadencia y resurrección. El palacio se construyó en un enorme solar, que compró, en 1874, José de Murga y Reolid. Un año antes, el rey Amadeo I había nombrado Marqués de Linares a este señor, que era un insigne economista y senador. El aristócrata, que ya era rico de cuna, se ve que supo gestionar bien su patrimonio, porque acabó siendo uno de los hombres más acaudalados de España, a pesar de que gastó cuantiosas sumas de dinero en obras benéficas, y en caprichos como el de su mansión. Cuando la edificó, la misma estaba en una zona de expansión que se estaba empezando a urbanizar, en la periferia del centro de Madrid. Hoy día, al mirar por su ventana uno siente que se encuentra en el meollo de la ciudad. 


A finales del siglo XIX, sin embargo, el Palacio de Linares estaba entre el centro de Madrid y el distinguido Distrito de Salamanca, que se había empezado a edificar, desde la nada, en 1864, apenas diez años antes de que José de Murga y Reolid comprara la parcela para erigir su lujosa vivienda. Esta se terminó de construir en 1900, si bien el Marqués de Linares y su esposa, Raimunda de Osorio y Ortega, se mudaron allí en 1884. El palacio tiene cinco niveles, aunque nosotros solamente vimos dos, el del entresuelo, o planta privada, y la planta noble, que era la pública. No nos mostraron ni el sótano, ni el subsótano, ni el tercer piso. Sí recorrimos, en el entresuelo, la entrada, la escalera principal, el despacho, la biblioteca, la sala de fumadores, la sala de billar, el salón de música, el comedor de diario, la oficina, el dormitorio, el baño y el tocador de la Marquesa, así como el dormitorio del Marqués. Después, ascendimos por la fastuosa escalinata.


En la planta noble, nos mostraron el salón de baile con su antesala, el salón de tapices, el saloncito chino, el comedor de gala, otra oficina, la capilla, la sacristía, otro dormitorio con baño y tocador, así como el salón de retratos. Hasta ahí, la cosa sería normal, si no fuera porque aquello no es un palacio propiedad del Estado, destinado a dar cobijo a reyes. Muy al contrario, es una casa totalmente privada. Visto desde esa perspectiva, la vivienda es una locura, en la que el lujo y la ostentación lo dominan todo, no solo en la parte más barroca y recargada, donde cada centímetro está recubierto de dorados hechos a base de pan de oro, maderas, tapices, pinturas, mármoles de Carrara, mosaicos y jeribeques, sino también en las habitaciones que pretenden ser sobrias, como la biblioteca.


En la planta de la casa destinada a recibir a las visitas y a organizar, tanto las fiestas, como los actos sociales, la ostentación ya alcanza niveles versallescos. 


Con respecto a ese apabullante lujo, no hay que olvidar que, en 1880, la tasa de pobreza en España casi llegaba al 70% (desde 1980, por trazar una comparativa, se mantiene por debajo del 5%, según los parámetros señalados por el profesor de la Universidad Carlos III, Leandro Prados). No obstante, más allá de la suntuosidad, son los detalles los que hablan de hasta que punto los marqueses eran asquerosamente ricos. En efecto, el Palacio de Linares fue una de las primeras viviendas de Madrid en contar con luz eléctrica. Lo de tener electricidad en la casa fue una novedad tal, que, por lo visto, el palacio pronto se convirtió en toda una atracción en la ciudad. Aparte, como se puede ver en la siguiente foto, en las estancias palaciegas no faltaban las chimeneas...


Lo de que haya chimeneas en un inmueble construido en el siglo XIX es natural. Lo que no es normal es que sean de pega, porque en la vivienda ya haya calefacción de gas, que es lo que pasó en el Palacio de Linares. Resulta que al Marqués le gustaba lo de tener chimeneas por la casa, pero en el sótano hizo instalar una caldera, que la calentaba sin necesidad de encender fogatas. Otra innovación de la lujosa residencia vino dada por el hecho de que el comedor de gala, el de los grandes banquetes, estaba en el primer piso, mientras que las cocinas se encontraban en el sótano. En vista de eso, para evitar que la comida llegara fría a la mesa, tras recorrer medio palacio, se instaló un montacargas hidráulico en el edificio, que permitía subir y bajar los alimentos en cuestión de segundos. Por si esto pareciera poco, en la capilla, que estaba también en la primera planta, pronto se dieron cuenta de que la pila bautismal estorbaba, y se les ocurrió crear un mecanismo, por medio del cual la misma se subía y se pegaba al techo, cuando no hacía falta, y se bajaba al centro de la habitación cuando era necesaria. Otro detalle, nada banal, es que las alfombras que recubrían el suelo estaban tejidas, personalizadamente, en la Real Fábrica de Tapices. Por ello, a la hora de encargar las alfombras, José de Murga y Reolid y su esposa pudieron darse el caprichazo de que reprodujeran, exactamente, el patrón que seguían los techos. Aparte, ambos eran unos adelantados a su tiempo, y acostumbraban a pedir comida a domicilio. Lo que pasa es que, por aquel entonces, ni había chinos, ni existía el Mc'Donalds, por lo que encargaban las viandas al Restaurante Lhardy. Degustaban alta cocina en su propia mesa, vamos. Para acabar, un último dato curioso, que demuestra que los marqueses estaban en todo, es que en la sala de baile, para que los músicos no estorbaran, se creó un sistema de sonido por medio del cual, la orquesta tocaba arriba del techo, en una especie de cubículo oculto, y luego el sonido se repartía convenientemente por la estancia. En la foto inferior, se puede apreciar un gran hueco oscuro semicircular, detrás del cual estaba el compartimento donde se situaba la orquesta.


Total, que el Palacio de Linares era un prodigio de modernidad y de vanguardia tecnológica, único en el mundo. Yo me imagino que José de Murga y Reolid no debía ser un hombre demasiado modesto. Seguramente, era una especie de Cristiano Ronaldo del siglo XIX. Hoy día, a alguien tan ostentoso lo hubieran machacado en las redes sociales, pero entonces esa posibilidad no existía, por lo que los envidiosillos tenían que recurrir a los medios de la época para desprestigiar a los vanidosos. No obstante, me da a mí que lo que no ha cambiado es lo de difundir bulos para incordiar a los petulantes. Yo no digo que el Marqués lo fuera, pero la verdad es que, en esos tiempos, empezó a correr una historia sobre él, por Madrid, que ha llegado a nosotros en forma de relato de terror, y que me hace pensar que lo de organizar fiestas entre la alta alcurnia madrileña, en las que todos podían ver como se las gastaba el anfitrión, quizás levantó alguna soterrada ampolla. El caso es que hemos alcanzado la parte de nuestra telenovela dedicada a los amores prohibidos y a los misterios made in Cuarto Milenio. Se cuenta que José de Murga y Reolid, siendo muy jovencito, le habría confesado a su padre, que era un rico comercial llamado Mateo Murga y Michelena, que se había enamorado de Raimunda Osorio. Supuestamente, la muchacha era hija de una cigarrera de Lavapiés, Benita Ortega. El padre de José, para evitar jaleos, habría mandado a su vástago a estudiar al extranjero. Esto último sí está constatado, ya que el futuro Marqués de Linares pasó su juventud en Europa. Por otro lado, lo de que un joven cachorro de la burguesía madrileña se corriera juergas en los bajos fondos de la ciudad y acabara arrejuntándose con cualquiera, seguro que no era raro, por lo que tampoco suena a invención. Sin embargo, a partir de aquí es cuando la cosa se desboca, porque se dice que, lo que realmente horrorizó a Mateo Murga no fue que su hijo se hubiera liado con una proletaria, sino que lo hubiera hecho con... su hermana. Efectivamente, se contaba que Mateo Murga, en su juventud, también había sido pródigo en correrías por Lavapiés, y que, fruto de ellas, habría engendrado a una niña con una cigarrera. Años después, su hijo, sin saber nada, habría tenido la mala fortuna de enamorarse de esa joven, llamada Raimunda, que era, por desgracia, su medio hermana. Al darse cuenta, y sin decir esta boca es mía, Mateo Murga habría enviado a José fuera de España, con la esperanza de que olvidara su amor de juventud. Hasta ahí, el primer capítulo del culebrón.

El segundo capítulo comienza con la muerte de Mateo Murga, en 1857, y con la boda, un año después, de José de Murga y de Raimunda, haciendo caso omiso a la prohibición paterna, sin tener ni idea de que compartían progenitor. La fechas de la muerte del patriarca y la de la boda de su hijo también están constatadas. Raimunda, por su parte, parece que no tenía padre reconocido, por lo que es plausible que no fuera bien vista en la alta sociedad. No obstante, más allá de eso, todo lo que sigue tiene pinta de ser ya un cuento chino, porque se dice que, al poco de casarse, José de Murga encontró una carta de su padre, en la que le confesaba que Raimunda era su hermana. En esas circunstancias, José y Raimunda, conscientes de estar protagonizando una relación incestuosa, se habrían dirigido al papa, Pío IX, para solicitarle una bula. El sumo pontífice, informado de la situación y con la intención de evitar un escándalo, les habría concedido una bula que les permitiría vivir juntos, pero en castidad. A partir de ahí, las versiones de la narración empiezan a diferir. Según algunas, la pareja no habría logrado reprimir sus deseos carnales y habría acabado engendrando una hija. Según otras, esa niña ya debía existir cuando se enteraron de que eran hermanos. Sea como fuere, es seguro que la supuesta niña, conocida como Raimundita, era fruto de un incesto, por lo que cuentan que la mataron. En ese punto, de nuevo las versiones divergen, dado que los hay que la dan por emparedada, los hay que creen que está sepultada en el jardín, y los hay que afirman que fue enterrada en la capilla.

Lo cierto es que no hay testimonios de que Raimunda Osorio se quedara jamás embarazada. Aparte, no se han encontrado pruebas fehacientes de que los marqueses fueran hermanos, ni ha aparecido la carta del padre, ni hay constancia de ninguna bula papal, ni se han encontrado rastros, en la mansión, de restos humanos. Pese a esto, de la leyenda negra a la leyenda fantasmagórica solo hay un paso, y algunos dicen, llevando el relato al terreno de lo paranormal, que el espíritu de la niña asesinada vaga por el Palacio de Linares, penando y sufriendo. Incluso, a principios de los años 90 del siglo XX, unas psicofonías parecieron evidenciar que había un espectro en el edificio palaciego. Luego, se demostró que las grabaciones eran falsas, pero, como siempre, en un galimatías así llega un momento en el que cada uno cree lo que le viene en gana. Es más, para añadirle otra vía paralela al misterio, y enrevesarlo en mayor medida, es seguro que sí hubo una Raimundita en esta historia. La misma era la hija de Francisco Avecilla Delgado, el administrador del Marqués. Ahí, una variante de la leyenda negra opta por considerar que esa niña era, realmente, descendiente de la pareja, y que la hicieron pasar por hija de un empleado de confianza. Es creíble y factible. Además, la Raimundita constatada fue la que heredó el Palacio de Linares.

El caso es que hay un libro, publicado en 2009, que supuestamente aporta pruebas fehacientes de que la parte truculenta de historia de José y Raimunda es verdadera. Sin embargo, nuestra guía durante la visita dejó entrever que eran habladurías, y, ciertamente, hay sobrados puntos en contra de la teoría escabrosa, como para no darle crédito. Yo voy a intentar encontrar el libro al que he hecho referencia, y cuando me lo lea veremos.

No obstante, es verdad que, tras la muerte de los marqueses sin descendencia acreditada, en 1901 y 1902, el palacio pasó a manos de su ahijada Raimundita. Luego, en la Guerra Civil se usó como hospital de campaña, y después, a pesar de que cambió de propietario varias veces, fue cerrado a cal y canto durante décadas. Eso, como es lógico, ayudó a que el inmueble adoptara un aire tétrico, que alimentó las fábulas espiritistas, pero también tuvo de bueno que hizo que la decoración y el mobiliario se mantuvieran intactos. Ya en 1992, por fin se le encontró un uso, dado que se convirtió en sede de la Casa de América, que es un centro destinado al intercambio cultural entre España y América. Desde entonces, se muestra, igualmente, como atracción turística, al nada despreciable precio de 8 euros por persona.

En fin, como se puede comprobar, la visita que hicimos en Madrid, en esta ocasión, dio bastante de sí. Por lo demás, al salir del Palacio de Linares ya era mediodía, por lo que empezamos, sobre la marcha, la segunda mitad del sábado, que estuvo centrada en disfrutar de unos cuantos negocios de restauración.

Para empezar, habíamos quedado con Ruth para comer, pero íbamos pronto, por lo que, antes de verla, María yo nos detuvimos en el Khloē Gourmet Bar. Esta es una especie de cervecería muy acogedora, que está situada en la Calle de la Cruz. Allí nos tomamos una buena cerveza, escuchando música más rockera de lo que suele ser normal en esos sitios. Había muchos tipos de birra para elegir, pero yo opté por una Mahou, por aquello de ir a por lo típico del lugar.

La Calle de la Cruz es la que hace de frontera entre el Barrio de las Letras y el barrio de Sol. Tras la paradita y el avituallamiento, continuamos andando por ella hasta la Plaza de Jacinto Benavente, y desde allí ya nos metimos de lleno en Lavapiés, que es donde estaba el Restaurante La Minoterie. El mismo resultó ser una crêperie, que nos trasladó a nuestras vacaciones de verano en Bretaña. En agosto, probé varias crepes de las auténticas, y las de La Minoterie puedo decir que eran una reproducción fiel al 100%.


Comer con Ruth en Madrid siempre es un acierto, y esta vez no lo fue menos. Tras el relajado almuerzo, en el que tuvimos tiempo de explayarnos (chapó por el restaurante), fuimos a su casa un momento (vive muy cerca), y continuamos con la parte dulce de la tarde.


En efecto, lo siguiente era el café y el pastel, así que nos dirigimos a L'Origine Specialty Coffee. Lo menos bueno de esa cafetería fue el nombre, demasiado gentrificado para mi gusto. No soy muy demagogo en ese sentido, pero tampoco me resulta agradable que los lugares sean pasto de los turistas instagramers. No obstante, con L'Origine Specialty Coffee hay que perder los prejuicios, porque el café estuvo delicioso, y el pedazo de tarta Triple Chocolate que me zampé, quitaba el hipo, hasta a una persona tan poco dulcera como yo.

El caso es que a Ruth, a María y a mí se nos fue la tarde charlando y poniéndonos al día. Es increíble como se puede pasar el tiempo cuando uno está a gusto, simplemente hablando. Nosotros, tras el pastelazo, nos dimos un paseo, pero antes de recogernos aún hicimos otra parada, esta vez en un sitio al azar, llamado Taberna Dónde da la Vuelta el Viento. Este era un bar con una pinta exterior engañosa, ya que por fuera parecía un garito con ínfulas artísticas, pero, realmente, era una taberna con un aspecto interior muy tradicional. Un par de cañas en vaso normal, sentado en una mesa alta, en un bareto con buen ambiente, era lo que quería para rematar la jornada.

En definitiva, sobre las 21'00 pusimos fin a la tarde, después de que se nos hubieran pasado siete horas en un suspiro.

Fue al llegar a casa de Ruth cuando confesé que mi pierna, que se había levantado quejosa, ya estaba directamente dolorida. Me acosté esperando un milagro, pero al despertar la cosa no había mejorado, por lo que tuve que renunciar a la Media Maratón Ciudad de Getafe, como conté al principio. Pese a eso, no amanece uno en Madrid y se pone en modo funeral, por mucho que se le haya chafado un plan ilusionante. Muy al contario, "a rey muerto, rey puesto", en el momento en el que quedó claro que no habría carrera, lo que hicimos fue maquinar la alternativa del Museo del Prado. Antes de ir para allá, sin embargo, tuvimos ocasión de darnos una rápida vuelta por el mítico Rastro, dado que Ruth vive a dos pasos. Podía hacer 25 años que no ponía un pie en él.


Yo recordaba el Rastro, más como un mercado de antigüedades y de venta de artículos de segunda mano, que como un mercadillo de los que hay en todos los pueblos y ciudades de España, algún día de la semana, pero me encantó, aunque solo fuera por el aura mítica que tiene. Es enorme. No obstante, no nos detuvimos en él, así que profundizaré en sus encantos cuando pueda echar allí un buen rato.

En conclusión, pasé otro maravilloso fin de semana en la capital. No me canso de Madrid, lo reconozco. Cada vez que voy, veo cosas nuevas y disfruto con las que ya conozco. De momento, no tengo planes para regresar en los próximos meses, pero, tras abandonar el Museo del Prado y recorrer con sumo gusto el Paseo del Prado, María y yo nos sumergimos en el subsuelo madrileño por la boca de la Estación de Metro de Atocha, sabiendo que no pasará mucho tiempo, antes de que volvamos a asomar la cabeza por ella o por alguna parecida.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 7'7% (hoy día 26'9%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'4% (hoy día 36%).

Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya estaban visitadas: 2'7% (hoy día 45'9%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que ya estaban visitadas: 1% (hoy día 19%).


27 de febrero de 2022

SANTILLANA DEL MAR 2022

El de Santillana de Mar es el post principal del viaje que he hecho al norte de España este mes de febrero. No en vano, fue allí donde nos alojamos y donde estuve más tiempo. Tras pasar cinco días en este monumental pueblo cántabro, puedo decir que apenas quedan piedras de su centro que no haya pisado. Además, estuve en todos los edificios representativos que más me interesaban, e incluso conocí algunas de las localidades que, más allá del núcleo poblacional histórico, componen el municipio. En consecuencia, es verdad que me lo he tomado con calma para hablar de Santillana del Mar en este blog, pero no cabe duda de que la espera ha merecido la pena.


Lo cierto es que Santillana del Mar necesita poca presentación. National Geographic lo incluyó, hace unos meses, entre las 100 localidades más bonitas de España. Puede que eso no impresione, pero sí demuestra su popularidad el hecho de que, en 2018, con motivo del 20º aniversario de El Viajero, el suplemento de viajes de El País, sus lectores eligieran, entre 250 opciones, a Santillana del Mar como el tercer pueblo español más bello. Estos son dos ejemplos de lo valorado que está. Aparte, hay que decir que Santillana no es como La 2, el canal de televisión que todo el mundo dice que es su favorito, pero que realmente nadie ve. Muy al contrario, esta población no solo aparece en las listas de las más hermosas, sino que también es de las más visitadas. Doy fe, porque lo he visto muchas veces atestado de turistas.

En cualquier caso, por circunstancias familiares, para mí Santillana del Mar es algo más que un destino turístico. La realidad es que un tío de mi madre nació allí y su hija, que es mi tía segunda, además de mi madrina, conserva la casona en la que se crio su padre.



Como se puede ver, mi tío abuelo pertenecía a una familia bien, aunque yo se que la misma tenía más fachada que dinero real. Aún así, es innegable que, en Santillana, tenía cierto nombre. 

El caso es que ese tío, que era el marido de la hermana de mi abuela, no era un familiar más para mi madre. Era casi un segundo padre. De hecho, ella pasó todos los meses de agosto de su infancia y de su adolescencia en Santillana, con sus tíos y con su prima. Fueron muchos veranos y muy importantes. Por ello, pasear con mi madre por el pueblo es oír mil historias de su niñez y de su juventud. Ella recuerda quien vivía en cada casa y qué había en cada sitio hace 50 o 60 años: dónde estaba el teléfono, dónde se compraba el pan, dónde estaba el garito que ejercía de discoteca,... Ahora todo ha cambiado, pero, debido a la relación de mi madre con Santillana del Mar, este es un lugar adonde llevo yendo desde que tengo uso de razón. En la casa de mis tíos abuelos he dormido muchas veces, y desde niño también he visto como se iba transformando el entorno. Sin ir más lejos, cuando era pequeño podía salir al patio trasero de la casa, donde aún había gallinas, y, atravesando otra puerta, tenía acceso a los 75.000 metros cuadrados de un enorme jardín que pertenecía a la marquesa de Benamejís. Esta señora, además de tener un título nobiliario, era la vecina y era tía carnal de mi tío abuelo. Hoy día, esos terrenos son de Caja Cantabria, al igual que la propia casona de la susodicha marquesa, que falleció hace un tiempo. Yo allí ya no puedo entrar por la cara. Con respecto a la casa de mi familia, por fortuna, pese a que mi tío abuelo murió, la misma sigue perteneciendo a su mujer y a su hija, la prima de mi madre. No obstante, en su patio trasero tampoco hay ya gallinas, que le vamos a hacer. Me queda el consuelo de que, durante muchos años, en Santillana del Mar fui un poco un enchufadillo.

En definitiva, queda claro que conservo un montón de recuerdos familiares que han tenido lugar en Santillana del Mar. Yo en este post voy a contar lo que he hecho en los días que estado allí alojado, esta última vez, pero cuando venga al caso iré desgranando circunstancias pasadas que se me vengan a la cabeza.

Lo primero que tengo que decir es que, en esta ocasión, he pernoctado cinco noches en el Parador de Santillana Gil Blas. Ahí es nada. 


Con anterioridad, yo en Santillana solo había dormido en un hotel en una ocasión. El resto de las veces, como he comentado, estuve instalado en casa de mis tíos abuelos. La vez que fui a un establecimiento hotelero me alojé en el Hotel Siglo XVIII, que está situado en el extremo sur del pueblo, un poco fuera de la zona histórica.


El dueño original del Hotel Siglo XVIII, además de ir al colegio con mi tío abuelo, era el suegro del constructor que le hizo la casa de Llanes a mis padres. Con este siguen manteniendo una cordial relación. Aun así, nosotros esta vez nos fuimos al Parador. Yo no había dormido nunca en él y he gozado a tope de la estancia allí. En Santillana del Mar hay dos paradores de turismo, es la única localidad que cuenta con ese privilegio. El más antiguo se quedó pequeño, pero como no había posibilidad de ampliarlo, inauguraron otro en 1987. El establecimiento viejo y el nuevo están muy cerca. Comparten director, por lo que hay un poco de confusión y en muchos sitios consideran que los dos hoteles son uno solo, cuando no es así. De todas formas, el parador moderno ahora no se encontraba operativo. Parece que en temporada baja lo cierran. Nosotros nos alojamos en el antiguo, que se ubica en el Palacio de los Barreda-Bracho. A principios del siglo XX tenía este aspecto


El Palacio de los Barreda-Bracho data de finales del siglo XVII y pertenecía a una de las familias más importantes de Santillana. Fue convertido en hotel en 1928 y en 1946 fue incorporado a la red de Paradores. Ni que decir tiene que en él estuvimos en la gloria. Da gusto alojarse en lugares con tanta historia.

Aparte, he comentado en el post dedicado a Llanes, que desde hace años tenía en la cabeza ir a este pueblo fuera de temporada, para verlo libre de turistas. Con Santillana del Mar ese deseo era similar. Yo ya había estado allí, pero salvo una visita fugaz que hice en 2007, precisamente la vez que dormí en el Hotel Siglo XVIII, nunca había ido fuera de julio y agosto. En 2007 fui en abril, pero era Semana Santa. Este mes de febrero, por tanto, ha sido la primera ocasión que he visto Santillana al natural. Si hay una población de España donde se ha montado un teatro alrededor de sus atractivos, esa es Santillana del Mar. Mis primeros recuerdos son de una localidad turística, pero no tan preparada para recibir visitantes de manera masiva como ahora. En los últimos veranos, Santillana me ha dado la sensación de que se ha convertido en un escenario de cartón piedra, por el que miles de personas se dan un rápido paseo, echan unas fotos y se van. Hay veces que uno no tiene más remedio que ver los sitios así. Yo mismo, a menudo me tengo que conformar con ir a los lugares cuando están petados de foráneos, que a decir verdad, se diferencian poco de mí. Sin embargo, en este caso he conseguido romper el círculo y he podido ir a Santillana del Mar en invierno, a ver la villa casi sin gente. De ese modo, he visto de verdad que es espectacular y he apreciado su auténtico encanto. 

Y es que Santillana del Mar es un espectáculo en si mismo. No es un pueblo al que uno vaya a ver museos, aunque los haya. Va a contemplar sus casonas blasonadas, sus calles empedradas y sus imponentes palacios nobiliarios de piedra. Todo eso, además, está enmarcado por la belleza del verde campo cántabro. 

En líneas generales, se puede decir que Santillana del Mar está partido en dos por la CA-131, que al convertirse en travesía recibe el nombre de Avenida Le Dorat. En este caso, esta carretera no ejerce de espina dorsal de la población, sino que la corta en horizontal y actúa como puerta de acceso al casco histórico, que se extiende a uno de sus lados. Al otro hay dos monasterios y algunas otras construcciones. Los dos primeros, que se asoman a la CA-131, son más antiguos, pero el resto de las edificaciones que tienen cerca, pese a que no rompen la estética del pueblo, son más modernas.


Precisamente, en el extremo de ese lado es donde se encuentra el Hotel Siglo XVIII. Más cerca de la carretera y del centro histórico se halla el Campo del Revolgo. Se trata de una amplia explanada de hierba, que se usa desde antiguo para las celebraciones del pueblo. También se la conoce como Parque de la Robleda.


En el Campo del Revolgo destaca un Roble centenario, que en la foto anterior está en primer plano, así como la Bolera La Robleda, que he leído que es de las más antiguas de Cantabria.


En definitiva, al sur de la CA-131 hay mucho pueblo. En esa zona hay un montón de alojamientos hoteleros, también se ven algunas casas particulares, está allí el Centro de Salud, el aparcamiento de visitantes e incluso la Casa Cuartel de la Guardia Civil.

No obstante, lo verdaderamente interesante de Santillana del Mar se encuentra al norte de la carretera. Desde esta, el casco histórico tiene dos entradas principales. La de la izquierda da acceso a la población por la Calle Juan Infante.


Esta calle pronto se bifurca en un ensanchamiento que tiene. La ramificación de la izquierda se continua llamando Calle Juan Infante y la de la derecha se denomina, en su primer tramo, Calle de la Carrera.


Desde la CA-131, la segunda entrada al pueblo, que está a la derecha de la otra, se corresponde con la Calle Jesús Otero

Realmente, Santillana se halla dividido en tres calles que corren paralelas en dirección noroeste. La Calle Juan Infante es la de la izquierda, como se ha dicho, y va a dar a la Plaza Mayor.


La Plaza Mayor es el primero de los centros neurálgicos del pueblo. A ella da el Parador de Santillana Gil Blas y el Ayuntamiento, entre otros emblemáticos edificios.


De las otras dos vías principales, la central, que es la que se empieza llamando Calle de la Carrera, acaba siendo la más larga, por lo que se constituye en auténtica espina dorsal del pueblo. Más adelante, pasa a llamarse Calle Cantón y después Calle Río.


Finaliza en la Plaza Abad Francisco Navarro, que puede ser considerada como el segundo epicentro de Santillana. A esa plaza da la Colegiata de Santa Juliana y el Museo y Fundación Jesús Otero.


La tercera arteria que recorre Santillana es la Calle Jesús Otero y está a la derecha de las otras dos que vertebran el pueblo. A diferencia de ellas, esta no termina en una plaza, sino que va a dar a la Calle Río.


He dicho antes que Santillana del Mar destaca sobre todo por sus atractivos outdoors, pero lo cierto es que también tiene lugares que merecen ser vistos por dentro. De todos ellos, la Colegiata de Santa Juliana es, sin duda, el más destacado.


En la Colegiata, cuenta la leyenda que se hallan los restos del cuerpo de Santa Juliana de Nicomedia, una mártir que fue torturada y asesinada a principios del siglo IV. Y digo que es una leyenda lo de que los restos de la santa estén en Santillana, porque en la Colegiata hay una tumba, pero dentro no se conservan sus huesos, y no hay ninguna indicación de que estos estén en el edificio. En Internet tampoco he encontrado ninguna referencia que indique donde reposan las reliquias. Solo se repite, una y otra vez, una historia similar. En ella, se hace referencia a que, en el siglo IX, unos monjes que tenían en su poder los restos de Santa Juliana, fundaron una ermita para guardarlos, junto a una pequeña aldea de origen romano que se erigía en el lugar en el que hoy día se encuentra Santillana. Con los años, la ermita se convirtió en monasterio, y en el sigo XII este adquirió el grado de colegiata. Fue entonces cuando se empezó a construir la primera versión de lo que hoy se observa. En ese tiempo, supuestamente, los restos de Santa Juliana no se movieron. Todo eso estaría muy bien, si no fuera porque relatos parecidos, relacionados con la misma santa, se cuentan en otros sitios de Europa, sin que yo haya sido capaz de enterarme de cual es más veraz. Sin embargo, sí parece ser un hecho que en la Colegiata da Santa Juliana no hay ni rastro real de la mártir, a pesar de que allí tiene un sepulcro.


De todas formas, sí es seguro que del nombre latino Sancta Iuliana se pasó a Sancta Illana, y esa denominación acabó dando nombre a la villa donde supuestamente estaba la iglesia con los restos de la santa (de Sancta Illana a Santillana, el topónimo actual del pueblo, solo hay un paso). En cualquier caso, la Colegiata se merece una visita. Su claustro románico a mí me encanta.



Resulta que yo visité la Colegiata conscientemente por primera vez en 2002, pero de niño fui bastantes veces. En una de ellas, a principios de los 80, asistí a la boda de mi tía, que se celebró en la iglesia. Personalmente, no lo recuerdo, porque debía tener cuatro o cinco años, pero cuentan que me lo pasé muy bien durante la ceremonia, jugando con mis coches por encima del sepulcro de Santa Juliana.


Ya de vuelta a 2022, otra visita interesante que hemos hecho ha sido la de las Casas del Águila y la Parra. Yo quería ver por dentro alguna de las casonas o palacios de Santillana. La del Parador Gil Blas la recorrí bien, pero quería más. En 2002, gracias a la hermana de mi tío abuelo, entré a ver la Torre de Don Borja y la Torre del Merino. Esta última también recibe el nombre de La Torrona. Las dos dan a la Plaza Mayor. La primera pertenece a la Fundación Santillana y ha pasado por numerosas etapas. En la actualidad es un espacio cultural, pero permanece cerrado cuando no hay nada organizado dentro, es decir, entre noviembre y mayo. En 2002 tampoco había nada montado allí, pero entonces, como digo, pude entrar con un pequeño enchufe. Más llamativo, si cabe, fue lo de acceder a la Torre del Merino, ya que era de propiedad privada. 


En ella vivía una señora a la que yo no recuerdo, pero que era prima hermana de mi tío abuelo. La hermana de este tenía tanta confianza con ella (eran primas), que aquella tarde de verano de 2002 nos enseñó La Torrona sin que la dueña estuviera presente. Nos abrió la puerta la chica del servicio. En definitiva, ya tenía en mi currículo algunas visitas a edificios emblemáticos de Santillana, pero esta vez no podía actualizar ninguna de ellas, por lo que me centré en intentar entrar en alguna casona que estuviera ahora abierta al público normal. Las Casas del Águila y la Parra, que realmente están unidas por dentro, fueron una opción magnífica para lograr mi propósito, dado que son dos magníficos exponentes de la arquitectura civil de los siglos XVII y XVI, respectivamente. 



Las Casas del Águila y la Parra se mantienen abiertas y cuidadas gracias a que se usan como espacios expositivos. Dentro vimos, entre otras cosas, una muestra de fotografías antiguas de Santillana, titulada Memoria, Piedra y Madera, que me gustó mucho.


El otro enclave museográfico que vimos fue el dedicado a Jesús Otero. Este escultor es el santillano más ilustre que ha dado la historia, con permiso de Carlos Alonso Santillana, del que hablaré más adelante. Yo nunca había oído hablar de Jesús Otero, pero en su Museo y Fundación pude ver las obras que el artista donó a su pueblo natal poco antes de morir. Algunas están expuestas en el jardín y otras muchas se hallan repartidas por el interior del edificio.


En la misma casona donde está el Museo y Fundación Jesús Otero se encuentra la Biblioteca Pública de Santillana. Dado que fuimos a ver el museo un jueves por la tarde, esta se encontraba abierta. Yo soy bibliotecario, de manera que no pude resistir la tentación de entrar a curiosear en la parte del edificio dedicada a albergar la colección bibliográfica del pueblo. 


Curioseando, di con el bibliotecario, con el que me sentí bastante identificado. La biblioteca es pequeña, pero está muy cuidada y me resultó muy acogedora. Al verla, recordé por qué me gusta tanto mi trabajo. 

Cambiando de tercio, tengo que decir que en Santillana no hicimos demasiado gasto en negocios de restauración. Todas las noches cenamos en el Parador y casi todos los almuerzos los hicimos en otros lugares de Cantabria o de Asturias. Sin embargo, hubo un día que sí comimos en Santillana. Lo hicimos en el Restaurante Plaza Mayor.


El Restaurante Plaza Mayor debe ponerse imposible en verano, dada su ubicación. Está situado en plena Plaza Mayor, por lo que hará su agosto, precisamente en julio y agosto. En esas fechas, supongo que coger sitio en su agradable terraza será una odisea, desde ella no se contemplará una tranquila panorámica de la plaza, sino una procesión de turistas, y además no se si serán capaces de mantener la buena relación calidad-precio que nosotros disfrutamos. No obstante, el día que almorzamos allí todo fue positivo. El menú no fue barato, pero tampoco fue caro, y yo me tomé un rico plato de arroz caldoso y una deliciosa lubina a la plancha, en medio de un soleado remanso de paz. Mereció la pena.

Aparte, voy a hablar de mi otra experiencia culinaria en Santillana del Mar, porque también fue muy buena. En efecto, en 2002 cenamos una noche en el Restaurante Gran Duque. En aquella época no existía Tripadvisor, pero fuimos allí con la hermana de mi tío abuelo, que fue la que nos invitó. Ahora, que ya sí existe esa web, he visto que el restaurante mantiene el nivel, porque está situado en el segundo puesto de todos los negocios de restauración santillanos.


Esta vez no pude volver a comer en el Restaurante Gran Duque, pero lo identifiqué y lo tengo fichado para el futuro.

Antes de acabar, voy a hablar, con brevedad ya, de otras localidades de Santillana que he conocido, así como del referente internacional que tiene el pueblo en su término municipal. Sobre las primeras, he de decir que todos los días he salido a correr temprano. Siempre que duermo en hoteles lo hago, y esta vez, dado que mi madre prefiere desayunar tarde, he tenido más tiempo que nunca. Por eso, además de pelearme a la carrera con las tremendas cuestas que se reparten por los cuatro puntos cardinales de Santillana, también he tenido ocasión de aprovechar las salidas para conocer dos pequeñas aldeas residenciales del municipio, que no llegan a los 300 habitantes. En total, Santillana del Mar, aparte de la capital, cuenta con otras diez entidades de población de diferente tamaño. Yo a diario atravesé corriendo Herrán, que es una de ellas, y un par de veces me detuve allí a la vuelta y la recorrí paseando. Está bastante cerca del casco histórico de Santillana, por lo que se puede considerar que es el núcleo residencial más cercano al meollo turístico hecho en piedra.



La otra población que vi fue Camplengo, que es la segunda más cercana al casco histórico de Santillana. Al igual que Herrán, es un núcleo eminentemente residencial. Su particularidad reside en que en ella está el campo de fútbol de Santillana.


En efecto, el Campo Municipal Carlos Alonso Santillana está a las afueras de Camplengo, pero muy bien comunicado con la zona habitada, que queda a pocos metros. Yo dormí cinco noches en Santillana y los cuatro primeros días que salí a correr tiré hacia Herrán, como he mencionado, pero el quinto me dirigí en dirección contraria y subí hasta Camplengo, buscando el pueblo y el campo de fútbol. Lo había visto a lo lejos y decidí acercarme. Por fortuna, lo vi abierto, de manera que acabé la tirada en su puerta y pude entrar.


Yo soy del Betis, pero, en mi más tierna infancia, Carlos Alonso Santillana y Juan Gómez Juanito eran mis ídolos. Seguramente, tuvo que ver en ello el hecho de que en la primera mitad de los años 80 del siglo pasado en los dos canales de televisión que había solo ponían partidos del Real Madrid y de la selección española. En consecuencia, era difícil no sentir admiración por la dupla de atacantes que, en aquella época, era fija tanto en el uno como en la otra, pero, más allá de eso, lo cierto es que Juanito y Santillana forman parte de mi niñez más inocente. Fue muy simbólico asomarme al campo que lleva el nombre del segundo.

Después del ratillo que eché curioseando en las instalaciones deportivas me volví andando, dándome un agradable paseo.

He dicho antes que no iba a despedirme sin hablar del gran referente internacional que tiene el pueblo en su término municipal. No es el Zoológico de Santillana, que es un lugar que recuerdo de niño y que volví a visitar en 2014, cuando tuve la oportunidad de conocer, incluso, a la dueña. Aquella fue una curiosa experiencia de la que hablaré la próxima vez, pero ahora realmente quería hacer mención a los principales highlights de Santillana del Mar, que son el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, y, sobre todo, la propia Cueva de Altamira. Yo he tenido el privilegio de entrar en la mismísima cueva, cuyo exterior parece cualquier cosa, menos el acceso a la Capilla Sixtina del arte prehistórico.


También he visto dos veces la Neocueva de Altamira y el museo en el que se encuentra, pero de esto hablaré en el futuro, cuando pueda volver a este interesante espacio expositivo, creado en 2001. Para él tengo idea de escribir, más adelante, un post aparte.

Por lo que respecta al presente, los cinco días en Santillana dieron para mucho. Todo lo que considero que es más interesante en el pueblo ya lo he visto, pero se que, si surge la oportunidad, volveré, y entonces seguro que encontraré nuevos reclamos en los que profundizar.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SANTILLANA DEL MAR.
En 1989 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Cantabria: 11'1% (hoy día 100%).
En 1989 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 5'2% (hoy día 35'7%).

Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado SANTILLANA DEL MAR.
En 1989 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados en Cantabria: 33'3% (hoy día 100%).
En 1989 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados: 10% (hoy día 42%).