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11 de septiembre de 2022

PLAZA DE TOROS DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE SEVILLA 2022

Pues se acabó el verano, o al menos se acabaron las vacaciones, porque el verano en Sevilla, en lo que a temperatura se refiere, es bien sabido que se alarga y acaba fagocitando al otoño. No obstante, aunque siga haciendo calor, el tiempo de asueto estival sí está finiquitado. No me puedo quejar, porque este mes de agosto ha sido una maravilla, en lo que a planes se refiere. Sin embargo, ya toca pensar en la nueva etapa que se nos avecina, y en ella, el primer plan programado ha sido un concierto. Julio lo acabé hablando del show en vivo de Metallica, al que asistí en Madrid, y septiembre lo voy a comenzar haciendo referencia a otro recital, y también al escenario en el que tuvo lugar, que realmente es el objeto del post. El concierto en cuestión estuvo a cargo de Joan Manuel Serrat, y el sitio donde aconteció fue la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.


En este blog he hablado de los conciertos a los que he ido en los últimos años, y también de alguno anterior. Como consecuencia, está claro, desde hace tiempo, qué tipo de música me gusta, y es fácil deducir que Joan Manuel Serrat no está entre mis artistas favoritos. No obstante, no cabe ninguna duda de que el catalán es un mito viviente. Además, tiene un par de canciones que me suenan muy bien, no lo puedo negar. A María, por su parte, le atrae algo más. Tampoco es que se ponga sus discos, pero es un cantante que le mola. En vista de eso, en Navidades mis padres se enteraron de que este mes de septiembre iba a venir a Sevilla, en el marco de una gran gira de despedida que está llevando a cabo, y que culminará el próximo 23 de diciembre en Barcelona. Por ello, le regalaron una entrada a ella, y, de paso, otra a mí, para que la acompañara. Al final, también vino con nosotros mi suegra, que es de la quinta de Serrat. El espectáculo era en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería, que está incluida en el listado de los lugares que tengo que conocer, sí o sí, en Andalucía. Eso significa que es objeto de este blog, por lo que voy a hablar de cómo fue la experiencia. Antes, sin embargo, tengo que recordar que en noviembre de 2021, cuando recorrí la plaza como un turista, ya dije que no me agrada el toreo. En aquella ocasión dije algo así como que difícilmente iba a llegar el día en el que yo fuera a presenciar una corrida de toros a la La Maestranza, por lo que verla vacía era lo máximo a lo que podía aspirar. Me equivocaba, porque no se me había ocurrido que también existía la posibilidad de asistir allí a un concierto. Esa opción era remota, pero ha sucedido, y tengo que decir que ello me alegra, porque, si bien echarle un ojo al coso vacío y pasear por sus entrañas me gustó, contemplarlo lleno ha sido mejor. En realidad, las dos visitas están bien y son complementarias, por lo que ahora puedo decir que he visto el edificio en todo su esplendor.



Como he dicho, el pasado año realicé la visita turística a la La Maestranza. Vi el Museo Taurino, la Capilla de los Toreros, pude andar por el albero, meterme en los burladeros y sentarme en las gradas. Sin embargo, no vi el coso con público, por lo que la principal novedad, esta vez, fue que accedí al recinto taurino de una manera estándar, junto a otro montón de gente. La foto que pongo abajo está tomada nada más llegar. En ella sale la Puerta del Príncipe, que es la más importante de la plaza.


Antes de entrar, sin embargo, nos fuimos a cenar. Volvimos cuando ya había caído la noche y quedaba tan solo un rato para que empezara el concierto. En ese momento accedimos a la plaza por la puerta número 4.


Nada más atravesar el portón, subimos unas escaleras y salimos a una especie de terraza que tiene la plaza por el lado sur. En ese lugar no había estado la otra vez y la verdad es que me encantó.



Realmente, esa terraza es el tejado del Museo Taurino, que está abajo. Por un lado, da acceso a las gradas, pero por el otro se asoma al Paseo Colón desde arriba. Las vistas, en una noche de verano tan buena como la que hacía, me parecieron deliciosas.


Un rato después averigüé por qué en los espectáculos taurinos es normal usar almohadillas, que tengo entendido que son las que se tiran cuando el torero es un desastre. La verdad es que los asientos están hechos a mala idea.


En relación con el concierto, Joan Manuel Serrat, como dije antes, no es de mis artistas favoritos, pero disfruté mucho con su recital. Cantó 22 canciones, incluidas Mediterráneo y Hoy Puede ser un Gran Día. No se puede negar que ambas son dos clásicos de la música universal. Mi padre tenía el vinilo del álbum homónimo, donde está incluida la primera canción. Con respecto a la segunda, la frase que le da título me la repito en mi cabeza, y a veces la verbalizo de broma, cuando me levanto temprano, es decir, casi todos los días. De los demás temas, hubo muchos que no conocía. De ellos, me gustaron en mayor medida los que estaban más cantados que recitados. Serrat es un poeta, por lo que tiene canciones en las que, más que cantar, recita con música, alargando un poco las frases con su deje característico, para que se ajuste la voz a los sonido de los instrumentos. Esas son las que me hacen menos tilín. En otras, como las dos mencionadas, mete más melodía, lo que me atrae más. En cualquier caso, más allá del repertorio, me flipó ver como el cantautor se movía por el escenario como Pedro por su casa, con los 78 años que tiene, hablando mucho entre canción y canción, de una forma totalmente relajada. En ese sentido, el maestro demostró tener más tablas que un barco vikingo, dado que algunos de los interludios parecieron auténticos monólogos. Sus músicos también estuvieron muy bien y el sonido fue fantástico. Por último, el ambiente fue entrañable. 


La Maestranza estaba hasta la bandera. La edad media del publico era superior a la mía, como es lógico, pero allí todo el mundo se lo pasó de miedo. La cosa empezó más contenida, pero al final la gente se vino arriba y cantó con ganas Para la Libertad, Caminante No Hay Camino, o las otras dos canciones referidas. Serrat es un icono, y fue un honor haber podido verlo en vivo y en directo, en una preciosa velada.


Además, como he comentado, pude ver en uso la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería. La misma se empezó a construir en 1754, a partir de una estructura de madera que databa de 1733. Se erigió por partes, y no se acabó hasta 1881. No es, por tanto, un edificio muy antiguo, pero en Sevilla es uno de los más señeros. Por lo que a mí respecta, queda visitado a todos los efectos. 


Reto Viajero MARAVILLAS DE ANDALUCÍA
Visitado PLAZA DE TOROS DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE SEVILLA.
En 2021 (primera visita), % de Maravillas de Andalucía visitadas en la Provincia de Sevilla: 75% (hoy día 75%).
En 2021 (primera visita), % de Maravillas de Andalucía visitadas: 38% (hoy día 38'8%)


23 de noviembre de 2021

PLAZA DE TOROS DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE SEVILLA 2021

La Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería es el cuarto monumento más visitado de Sevilla. Cuando me enteré de eso me pareció una pasada. Como expliqué en el post dedicado a El Puerto de Santa María, que escribí el pasado verano, no soy aficionado a los toros. En dicho post ya expliqué cual es mi postura con respecto a la llamada fiesta nacional, así que no me voy a repetir. Ahora solamente voy a añadir que nunca he ido a una corrida a la Maestranza y que no se me había pasado por la cabeza entrar en ella, en plan turista, hasta que vi que está incluida en la lista de maravillas de Andalucía que yo tomé como referencia para fijar mi propio listado de los lugares de imprescindible visita en la comunidad. No obstante, ni siquiera entonces consideré como una prioridad el ir a conocer el recinto taurino. Por ello, han pasado los años y hasta hace poco no caí en la cuenta de que estos tiempos que corren, en los que me está resultando tan difícil que mis retos relativos a los viajes progresen, podían ser perfectos para tachar la Maestranza de mi lista de pendientes. No en vano, me queda a tiro de piedra. Ahora que a duras penas puedo moverme de casa, es sin duda un buen momento para adelantar los retos, explorando cosas que son de mi entorno y que ya quedan visualizadas para siempre. En ese sentido, desde hace unas semanas estaba ojo avizor, para ver cuando surgía la oportunidad perfecta para ir al coso taurino sevillano. Estaba claro que, en este caso, tenía que buscar una coyuntura en la que pudiera hacerlo solo, porque, aunque María es mi más fiel acompañante en la gran mayoría de las correrías turísticas que invento, se donde están sus límites, y lo de echar una mañana del fin de semana viendo una plaza de toros, así por la cara, los sobrepasa todos. Por otro lado, aprovechar alguna de las veces que viene a Sevilla nuestra amiga Ruth tampoco era una opción. Ella viene a vernos a nosotros, pero aún así a menudo aprovechamos cuando está aquí para continuar profundizando en las maravillas de la ciudad. Pese a esto, meterla en una plaza de toros, al igual que pasa con María, se que tampoco es una posibilidad. En consecuencia, estaba esperando a verme en Sevilla capital, sin compañía y echando el rato. No parecía fácil encontrar el hueco, pero el mismo apareció el pasado domingo, antes incluso de lo esperado.


En efecto, el domingo se juntaron una serie de factores que favorecieron que yo tuviera que gastar en soledad un par de horas en Sevilla. Por desgracia, a mi padre lo han operado por tercera vez en cuatro años y, si bien las otras dos veces lo intervinieron en Alcorcón, esta vez la operación ha sido cerca de casa. El caso es que el martes 16 pasó por el quirófano y todo salió a las mil maravillas, pero ahora está en el hospital y entre mi hermana y yo estamos acompañándolo a la hora de dormir. La noche del sábado me quedé yo con él, y a eso de las once de la mañana vino mi madre a darme el relevo. A esa hora me fui, pero, dado que iba a comer en Sevilla, en casa de mi suegra, no tenía sentido irme al pueblo para tener que volver a bajar casi de inmediato. Por ello, me fui a dar un paseo por el río, aprovechando que la mañana se había quedado muy bonita. En esas estaba cuando, al llegar al Paseo Colón, se me encendió la bombilla. Era el día. Estaba en el sitio apropiado y en las condiciones precisas. No lo dudé. Me puse en la cola como un turista más y entré a ver la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.


La visita fue para mí como un bálsamo. Incluso yendo con calma, la plaza se ve en 45 minutos. Yo estuve dentro más de una hora. La racha está siendo complicada y fue muy gratificante echar ese rato relajado haciendo turismo, aunque fuera en mi propia ciudad. Ni que decir tiene que el edificio me gustó. Es bastante grandioso y por dentro está impecable.



En su interior, además de ver parte de las dependencias de la plaza, se visita el Museo Taurino, que se inauguró en 1989. 


Lo bueno que tuvo el Museo Taurino fue que no me recordó a la parte desagradable de las corridas, que es un espectáculo que no me agrada, sino a lo que sí me atrae de ellas, es decir, a su vertiente histórica decimonónica y de principios del siglo XX, que es un tanto folklórica. Esa imagen amable que desprende el espacio museístico se debe a que está más enfocado a la figura de los toreros, que a la de los morlacos. No hay reminiscencias sangrientas, quizás para que la visita no choque a los extranjeros. Como no podía ser de otro modo, hay algunas cabezas de toros colgadas, así como un par de ejemplares completos, muy bien disecados. 


Sin embargo, son pocos y no resultan chocantes. En ese sentido, resulta más desagradable comer en muchos bodegones típicos españoles, que ver la plaza de toros de Sevilla. En contrapartida, dada la ausencia de imágenes cruentas y la escasez de animales muertos, lo que se expone es un amplio muestrario de trajes, capotes, láminas, esculturas, carteles y cosas así. Todo histórico y todo auténtico, como a mí me gusta. 


En el Museo me llamó la atención, por ejemplo, todo el equipo completo del insigne Curro Romero, que además de ser un mito, aún viviente, es uno de los tres toreros a los que yo he visto en acción, en vivo y en directo (fue en El Puerto de Santa María, como ya conté).


También me resultó especialmente llamativo el Busto de Ángel Peralta, que es obra del escultor Luis Sanguino. Ángel Peralta fue un rejoneador sevillano que falleció hace poco. Fue todo un figura, desde los años cincuenta, hasta los ochenta del siglo pasado.


La mayoría de lo que se expone en el Museo Taurino tiene autor, pero a mí no me sonaba ninguno hasta que llegué a la mencionada estatua realizada por Luis Sanguino, que resulta que es primo hermano de mi abuela materna. Aún vive y se trata de un escultor muy afamado. Tanto, que las puertas de fachada este de la Catedral de Santa María La Real de la Almudena de Madrid son obra suya. Yo a él no lo conozco, pero a su ex-mujer sí. De hecho, estuve en su casa una noche de fin de año, hace bastante tiempo. También he estado con su hijos mayores, que son de la quinta de mis padres... o quizás algo más jóvenes. El caso es que me hizo ilusión ver ese busto ahí.

Más allá del museo, lo que mola de la visita a la plaza es que se ven sus entrañas. No se visita todo, eso sí. De hecho, ni la enfermería ni la zona donde se guardan los toros cuando hay corridas están abiertas al público. Sí se ven, en cambio, las cuadras donde se preparan los caballos de los picadores.



También se puede entrar en la Capilla de los Toreros, que es el rincón religioso de la plaza. Al asomarme a ella se me vino a la cabeza un símil, y es que los toreros se me asemejaron un poco a los gladiadores del circo romano. No me resultó muy difícil imaginar a los diestros, rezando en esa capillita, justo antes de salir al ruedo a jugarse el pellejo ante un bicharraco de más de 500 kilos, para entretener a la concurrencia.



Al final de la visita, que es libre, pude salir a la plaza y pisé el albero. Esa es la mejor parte del recorrido, en mi opinión.



Al salir al coso la libertad es total, por lo que se puede ver el ruedo desde la barrera y entrar en los burladeros.




También puede sentarse uno en las gradas, que son capaces de acoger a 11.500 personas, y echar allí un rato de relax. La verdad es que la mañana estaba muy agradable, por lo que yo me pegué sentado, tan a gusto, un buen cuarto de hora.


Para salir del ruedo se hace el recorrido que siguen los toreros que salen a hombros por la puerta grande. En Sevilla, la misma es la Puerta del Príncipe. Yo regresé al interior de la plaza por el callejón que conduce a ella y vi por dentro su portón. 



Luego, al salir del edificio la fotografié también por fuera. La Puerta del Príncipe da al Paseo Colón y, por tanto, es la más emblemática de la plaza,


No cabe duda de que pasé un rato muy entretenido viendo la Maestranza. Al salir, aún tuve tiempo de rodearla. La plaza realmente solo muestra su fachada por el lado sur.
 

El edificio también se puede bordear por el este y por el oeste, pero por ahí la fachada no se asoma a la calle, sino que da a la parte trasera de las casas que sí dan, tanto al Paseo Colón, como al extremo este de la Calle Adriano y a la Calle Antonia Díaz. Por el norte, la plaza ni siquiera está exenta. Por ese lado, está pegada directamente a las casas que dan al tramo central de la citada Calle Adriano, así como a la Calle Gracia Fernández Palacios


Lo curioso es que, pese a esto, la plaza sí tiene salida a la Calle Adriano. Lo que sucede es que las puertas de acceso por el norte se encuentran situadas junto a las entradas de las viviendas.


En definitiva, he de decir que no creo que vaya nunca a ver una corrida de toros a la Maestranza, aunque nunca se sabe, pero, en cualquier caso, la mayor parte del edificio en sí lo vi con detenimiento, que es de lo que se trataba.


Reto Viajero MARAVILLAS DE ANDALUCÍA
Visitado PLAZA DE TOROS DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE SEVILLA.
% de Maravillas de Andalucía visitadas en la Provincia de Sevilla: 75%.
% de Maravillas de Andalucía visitadas: 38%.


22 de agosto de 2021

EL PUERTO DE SANTA MARÍA 2021

Parece ser que fue Joselito El Gallo el que dijo eso de que quién no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros... Pues bien, entonces yo puedo decir que sí se lo que es un día de toros, porque a pesar de que solo he ido una vez en mi vida a ver una corrida, esta tuvo lugar en El Puerto de Santa María.

Antes de nada, quiero decir que en este principio del post voy a intentar no meterme en berenjenales protaurinos o antitaurinos. Sin embargo, tampoco voy a mentir, y la verdad es que no puedo ocultar que a mí no me gustan los toros. Intento respetar a los aficionados a la llamada fiesta nacional, no abogo por su prohibición, así por decreto, ni soy de darle la paliza a nadie con el tema, pero lo cierto es que me desagrada el espectáculo, para que nos vamos a engañar. Quizás por ello, me alegra que la única lidia que he visto en vivo haya sido en la Real Plaza de Toros de El Puerto de Santa María. Vi en acción a Manuel Díaz El Cordobés, a Finito de Córdoba y a Curro Romero, el 15 de agosto de 1993. Estos diestros son tres grandes figuras, sin duda, por lo que me queda el regusto dulce de haber presenciado algo representativo. Curro Romero, además, tuvo la deferencia de escabechinar a su segundo toro, al que acabó matando por el costado, cuando el animal estaba ya tendido en el albero, más agujereado que un colador, pero vivo. Dicen que el Faraón de Camas era capaz de lo mejor y de lo peor, por lo que creo que tuve la suerte de verlo haciendo historia... aunque fuera en la segunda de sus facetas... En definitiva, solo he ido una vez a una corrida, pero es innegable que elegí bien cuando hacerlo, puesto que vi a uno de los grandes toreros de la historia tocar fondo, y también, de acuerdo con lo que dijo Joselito, disfruté de un verdadero día de toros. Ya he vivido la experiencia a tope, por lo que no tengo por qué volver a un coso a ver otra matanza taurina.

Todo esto viene a cuento, porque el pasado martes entré por segunda vez en la Plaza de Toros de El Puerto. En esta ocasión, sin embargo, no vi una corrida de toros, sino un concierto de Aitana.


Llegado este punto, tengo que explicar qué hacía un heavy de toda la vida viendo en directo a una triunfita. Lo cierto es que uno, antes que escuchador compulsivo de Rock y de Metal, es padre. Mi hija Julia ha resultado ser una fan incondicional de Aitana y pidió por su décimo cumpleaños ir al concierto que la cantante catalana iba a celebrar en Sevilla, en otoño de 2020. Por desgracia, la pandemia se cruzó en el camino de ese plan y el recital acabó cancelado. Este 2021 Aitana ha vuelto a salir de gira y, como le debíamos a Julia un regalo, intentamos sacar entradas para el espectáculo más cercano, que iba a tener lugar en Mairena del Aljarafe. Agua. No quedaban y se encendieron las alarmas. Por fortuna, en El Puerto de Santa María sí había aún sitios disponibles y no perdimos ni un segundo más. Sacamos cuatro tickets para el 17 de agosto y esperamos. Luego, hemos visto que era factible aprovechar el desplazamiento y disfrutar un poco de la playa, por lo que, finalmente, han quedado un par de jornadas muy completas.

Con respecto al concierto, he de decir que, si bien no tenía muy claro qué cantaba Aitana cuando dije que no me iba a perder esa cita tan especial para mi hija, la realidad es que luego hice los deberes y me puse al día con su música, lo suficiente como para hacerme una idea clara de cual es su estilo. Como consecuencia, no tengo más remedio que alabar el gusto de Julia y, ya puestos, puedo decir que mi trabajo, sutil pero constante, para educar su oído musical y el de Ana, marcha por buen camino. La música mainstream va cuesta abajo, la basura que en la actualidad oyen las masas da escalofríos, y el peligro de que entraran en mi casa el reguetón, el trap y ese tipo de pseudo-músicas, era evidente. De acuerdo. Hasta cierto punto mis hijas son permeables a esos estilos, no es mi intención que se conviertan en unas inadaptadas sociales, no es necesario oír de motu propio a Sepultura o a Metallica con diez años. Ni siquiera a The Beatles. No obstante, tampoco hay que irse al otro extremo. Por eso, me alegro de que sean unas niñas de su tiempo y de que estén algo integradas en los gustos de la mayoría, pero también de que, cuando ha llegado la hora de ser fan de alguien, Julia haya focalizado su atención en Aitana y no en Camilo, por poner un ejemplo. No es que tenga nada en contra de este último, de hecho creo que no es de los que cantan cosas aberrantes, pero la verdad es que este señor es a la música, lo que una hamburguesa de McDonalds a la comida. Aitana va bastante más allá. Tras haber escuchado sus discos, ya iba con la idea de que ella le da mil vueltas a los coetáneos suyos que hacen música para pandilleros. En vivo lo pude corroborar. La mujer tiene un vozarrón brutal, demostró tablas e iba acompañada por cinco músicos de categoría. En efecto, me llamaron la atención las guitarras de Guillermo Guerrero y Laura Solla, el bajo de Sergio Fernández y el teclado de Ale Romero, pero, por encima de todo, flipé con la batería de Matt De Vallejo. "¿Quién es ese máquina?", me pregunté. Pues resulta que es el batería de Ankhara desde 2017. Ankhara es un grupo de Heavy Metal, pues sí. Yo conocía a esa banda de su primera etapa, que acabó en 2004. En 2016 se reunieron de nuevo, pero un año después cambiaron de batería y entró en la formación Matt, que aparte de encargarse de las baquetas en Ankhara, también toca con Aitana en su gira. Sin duda, los acompañantes de la catalana demuestran que esta tiene cosas que ofrecer.


Ni que decir tiene que el concierto fue mágico para mí. Fue de esas veces en las que uno alcanza un relax mental difícil de explicar. El año no está siendo sencillo y esas dos horas fueron un bálsamo alucinante. Me encantó el ambiente, el entorno, el buen rollo general, y disfruté, también, viviendo la ilusión de Julia, así como la de Ana, que iba igualmente con muchas ganas. Además, musicalmente el espectáculo fue notable. Para mí fue una noche sensacional.



En cualquier caso, lo de ir a ver a Aitana, aparte de permitirme entrar en el recinto de la Plaza de Toros, también hizo posible que regresara a El Puerto de Santa María. Mí relación con este pueblo es larga y viene de lejos, pero no había pisado su casco urbano desde el 2000. Este verano, de manera similar a lo que ha pasado con Jerez de la Frontera, tras un periodo de varios años sin poner mis pies en la población, no solo he vuelto, sino que lo he hecho por partida doble. La primera vez estuve, en realidad, en Valdelagrana, que es un ente poblacional independiente de El Puerto, aunque pertenezca a su municipio. La segunda visita fue la del concierto y en ella sí estuve, entre otros sitios, en el meollo portuense. Esa ocasión resultó ser una buena oportunidad para refrescar en mi memoria cómo es el coso taurino. 


Sí es verdad que los alrededores de la plaza los recordaba más lustrosos, aunque lo cierto es que yo no conocía la parte donde esta vez dejamos el coche, que es la que está en su lado sur. Nosotros aparcamos en la Calle Villa de Rota y la realidad es que esa zona está un poco desgastada. Sin embargo, luego recorrimos un trecho de la cercana Avenida del Ejercito, buscando un desavío donde comprar bebidas, y pude ver que esta calle tiene muchos comercios y muestra bastante mejor pinta.

Con independencia del concierto, los dos días siguientes también regresamos a El Puerto de Santa María. Como expliqué en el post anterior, con la idea de aprovechar el verano decidimos alargar la estancia en la provincia de Cádiz y, en vez de reservar una sola noche para pernoctar tras el espectáculo, pillamos otra más, con la idea de echar un par de jornadas playeras. Sin embargo, para encontrar un apartamento asequible nos tuvimos que ir a Jerez. Como bien es sabido, esta ciudad no tiene playa y sus habitantes van a las más cercanas, que son las portuenses. Nosotros hicimos lo mismo, tanto el miércoles como el jueves.

El miércoles, de una manera un tanto casual acabamos en la Playa de Santa Catalina. Yo nunca había estado en ella, pero sí conocía Las Redes, la zona residencial que se asoma a ese arenal, debido a que mis tíos tienen allí una casa y son asiduos al Club Las Redes. Tanto, que han celebrado más de un evento en él.


Yo mismo estuve en ese club en la celebración de un bautizo en 2015. Su cafetería-restaurante tiene una alucinante terraza con césped, que se asoma a la Playa de Santa Catalina. El otro día pude ver la balaustrada desde abajo. 


En casa de mis tíos también he estado, como es lógico, e incluso había paseado por Las Redes y por los alrededores del Centro Comercial Las Redes. En esta ocasión estuve en él, ya que después de comer en la playa subimos a tomarnos un café. Paramos en La Talega de la Abuela, un bar-cafetería de escaso atractivo. De la comida de este lugar no puedo hablar, pero el bar resultó ser el típico sitio donde dos segundos después de acabarte la bebida te quitan de delante el vaso y te dejan sentado delante de una mesa vacía. En este caso, ni estaban cerrando, ni había problemas de aforo, porque estábamos casi solos. No se entiende muy bien, por tanto, la razón de ser de esa ansiedad. Por fortuna, tampoco pensábamos echar raíces allí.

Por lo que respecta a la Playa de Santa Catalina, la misma merece la pena. Tiene un paseo marítimo hecho de madera, muy agradable. A pesar de que es una estructura efímera, tiene nombre. Se denomina Paseo Almirante Don Blas de Lezo y Olavarrieta


La playa en sí es bastante larga. Gracias al paseo de madera uno puede alejarse sin dificultad del lugar donde se concentra más gente, y buscar un sitio tranquilo. Nosotros, tras ubicarnos, llegamos a ir hasta el Espigón de Punta Bermeja, caminando ya por el borde del mar. 


El Espigón de Punta Bermeja cierra la Playa de Santa Catalina y la separa de la de Fuentebravía, que es la última del municipio por occidente, y que llega hasta la alambrada de la Base Naval de Rota. Ese extremo occidental de la Playa de Fuentebravía es curioso, porque, a todos los efectos, esta playa es totalmente normal, pero en un momento determinado en la arena hay una valla. Ahí empieza la Base Naval de Rota. Más allá de la alambrada hay otras playas, ya pertenecientes al término municipal roteño, pero no son de libre acceso, dado que están incluidas en terreno militar.

El caso es que El Puerto de Santa María tiene oficialmente ocho playas. La de Fuentebravía la conocía del año 2014, y el miércoles fuimos a la de Santa Catalina, como he contado. El jueves fui yo con las niñas a la Playa de La Puntilla


La Playa de La Puntilla es la que está más cerca del centro de El Puerto de Santa María y yo ya la había visitado también, puesto que en el año 1998 estuve pasando un par de días en el Camping Playa Las Dunas de San Antón, que está contiguo. Entre el núcleo del casco urbano portuense y el mar hay un gran pinar, que es donde está ese camping. Muy cerca está la Playa de La Puntilla, que es muy ancha y llega a asemejarse a un desierto, observada desde algunos puntos.


La Puntilla es célebre, por lo visto, porque en ella pega el viento de lo lindo. Yo no lo sabía, pero lo viví en primera persona. María no estuvo con nosotros ese segundo día, ya que tuvo que volverse a Sevilla a trabajar, ella se libró del viento. En cualquier caso, nosotros tampoco estuvimos mal, de hecho nos comimos unos bocatas en la arena sin mayores problemas. Después, antes de emprender la vuelta a casa, nos internamos un poco en el centro de El Puerto de Santa María.


Yo no quería irme de El Puerto sin dar un pequeño paseo por el entorno del Parque Calderón, que es la parte del centro portuense que se asoma al Río Guadalete, poco antes de que desemboque junto a la Playa de La Puntilla. Siendo un chaval fui a ese parque varias veces, a cenar en el Restaurante Romerijo, que pone sus mesas en él.


Yo en esta ocasión no fui al Parque Calderón a comer marisco, solo quería verlo, pero para ello tenía que convencer a las niñas de que era buena idea parar en el centro de El Puerto tras abandonar la playa, en vez tirar directamente para Sevilla. Lo que hice fue decirles que las invitaba a un helado. Esa excusa fue infalible para que me acompañaran sin rechistar. Además, tuve suerte y pude aparcar con facilidad en la Avenida de Bajamar, cerca del parque. Caminando desde allí llegamos en unos minutos a la Calle Luna. La misma y su continuación atraviesan de manera rectilínea el epicentro del pueblo de extremo a extremo. Nosotros no anduvimos tanto, dado que antes encontramos una cafetería donde yo me tomé un café y las niñas sendos yogures helados. El paseo me sirvió para retomar el contacto con el meollo portuense. En el futuro profundizaré más en él.

Antes de acabar, tengo que hablar de Valdelagrana, un lugar que ya he mencionado y en el que estuve en mi primera visita al municipio de El Puerto de Santa María de este verano. Valdelagrana es uno de los grandes núcleos residenciales playeros de la costa de Cádiz. En esta provincia, lo que suelen abundar junto a la costa son las urbanizaciones de casas, pero Valdelagrana es una población en la que hay muchos pisos.


Se dice que la de Valdelagrana es la playa de Jerez de la Frontera. Teniendo en cuenta que esta ciudad, como ya dije en el último post, es una de las más grandes de Andalucía, ser su playa implica que mucha gente va a ella, por lo que se peta. También la disfrutan bastantes sevillanos.


De todas formas, yo siempre destaco como algo positivo la amplitud. La Costa del Sol, por ejemplo, está bastante masificada, y la sensación generalizada es que todo está amontonado junto a la costa. Valdelagrana también es un lugar urbanizado un poco a lo bestia, pero allí se respetaron más los espacios libres y, en consecuencia, a mí no me resulta un sitio desagradable. El Paseo Marítimo está separado de la playa y entre los enormes bloques de pisos siempre hay buenos trechos sin construir.


Nosotros fuimos a Valdelagrana el día que dejamos a Julia y a mi sobrina en el campamento de verano de Jerez. Ana no estaba con nosotros, así que María y yo nos vimos solos y decidimos acercarnos al mar a echar la tarde y a darnos un homenaje para almorzar. La playa más cercana era la de Valdelagrana y allí acabamos. Para comer, elegimos un chiringuito que ya conocíamos, por haber estado en él en 2014. Es el que está justo en el extremo oriental del Paseo Marítimo. Lo que pasa es que ha cambiado. Nosotros hace siete años comimos en un chiringuito al uso y ahora lo que hay es un negocio de restauración que se llama La Bahía Beach Club.


Por su mismo nombre, se deduce que La Bahía no es un chiringo de los de comer sin camiseta. Realmente, está muy bien puesto, aunque esté a pie de playa. En él se puede entrar en bañador, por supuesto, pero la carta y las hechuras que tiene el negocio son de restaurante. Me gustó.

Justo en el punto donde está el chiringuito y acaba el Paseo Marítimo finaliza, igualmente, la Playa de Valdelagrana y comienza la Levante, la más oriental de El Puerto de Santa María y, también, la más salvaje. A su espalda se extiende el Parque Metropolitano Marisma de los Toruños y Pinar de la Algaida, una zona protegida que queda entre el agua y el tramo bajo del Río San Pedro. En ese extremo del municipio portuense, en un momento dado, se acaban los pisos y lo que hay ya solo es naturaleza, hasta que se llega a la desembocadura del mencionado río. 



Nosotros, tras la comida caminamos bastante por la Playa de Levante, e incluso llegamos a adentrarnos un poco en el parque metropolitano.


La tarde de playa la echamos en medio de la naturaleza. En definitiva, lo que vi es que en El Puerto de Santa María la variedad es enorme. En la Playa de Santa Catalina hay un ambiente mucho más pijo que en la de Valdelagrana, que es famosa por su carácter popular. Aparte, en la Playa de Levante todo es silvestre, mientras que los otros arenales portuenses están mucho más urbanizados, aunque ese proceso de humanización se haya hecho aceptablemente bien, en mi opinión. 

Con respecto a las playas de la provincia de Cádiz y a mi proyecto de visitarlas todas, con las de esta última tirada ya llevo 26, de un total de 101. He sumado a la lista la Playa de Santa Catalina y la Playa de Levante. En La Puntilla había estado con anterioridad. También conozco de otras veces la Playa de Fuentebravía y la propia de Valdelagrana. En total, en El Puerto de Santa María solo me faltan dos por explorar.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado EL PUERTO DE SANTA MARÍA.
En 1993 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Cádiz: 21'4% (hoy día 78'6%).
En 1993 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 9% (hoy día 35'7%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado EL PUERTO DE SANTA MARÍA.
En 1993 (primera visita consciente), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 6'8% (hoy día 56'8%).
En 1993 (primera visita consciente), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 1'1% (hoy día 20'8%).