Mostrando entradas con la etiqueta Bosques. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bosques. Mostrar todas las entradas

13 de agosto de 2020

LLANES 2020

Desde 1997 todos los veranos, menos dos, he pasado unos días en Llanes. Dado que empecé a escribir este blog en mayo de 2016, eso significa que el presente va a ser el quinto post que le dedique al pueblo asturiano. Pasar allí parte de las vacaciones es una costumbre que espero que dure mucho. Este año llegué a pensar que la tradición estaba en peligro, debido a la pandemia que nos asola, pero finalmente la movilidad no se ha visto reducida y las restricciones sanitarias no han impedido que pudiéramos disfrutar de unos días de descanso medio normales. Por esa razón hemos vuelto a estar una semana en La Galguera, la aldea llanisca donde mis padres tienen su casa.


Como he dicho, las vacaciones en Llanes han sido bastante normales, pero eso no ha impedido que hayamos ido a su casco urbano menos que nunca. Esto ha tenido que ver con la COVID-19, el centro del pueblo se masifica un poco en época estival y no queríamos muchedumbres, pero aparte de esa circunstancia es un hecho que en los últimos cuatro años prácticamente he hablado ya de todos los lugares de interés que hay en la capital del concejo. Hacerlo de otras poblaciones menores que están repartidas por su territorio era, por tanto, una idea previa que llevaba en la cabeza y que se ha visto reforzada por la necesidad final de no pisar mucho el maravilloso centro llanisco.


A pesar de esto, en la semana que hemos estado en Asturias sí hemos ido a Llanes capital en dos ocasiones, es inevitable (la diferencia es que otros veranos hemos ido ir a diario). La primera vez fuimos a merendar al Café Bitácora, como está mandado. Después nos dimos un largo paseo en el que pude comprobar que, al menos a principios de agosto, en el pueblo había mucha menos gente de lo normal, tanto que pude echar una foto del Puerto sin que salieran espontáneos en ella.


El segundo día también fuimos a Llanes a merendar, en este caso a la Heladería Revuelta, que está justo al lado del Bitácora. Son magníficos los helados de este clásico negocio, que lleva funcionando (no en ese local) desde 1922. Pese a esto, yo opté, como hago casi siempre desde hace tiempo, por tomarme un frozen yogurt, que es un tipo de producto que empezaron a trabajar hace unos años.


Ese segundo día ya sí vi más personas deambulando por Llanes. Aún así, el pueblo estaba como me gustaría verlo siempre, es decir, con ambiente pero no rebosando gente. Esto fue especialmente llamativo en el mercadillo, que otros años estaba puesto en los alrededores de la Iglesia de Santa María del Conceyu y que este 2020 ha estado en la Plaza de las Barqueras. De todas formas, había puntos neurálgicos, como la confluencia de la Calle Mercaderes con la Calle Castillo y la Calle Mayor, que parecían estar más o menos igual que de costumbre.


En cualquier caso, ambos días nos dimos bonitos paseos por el pueblo. Siempre es un placer pasear por Llanes.



Quitando esas dos tardes, no hemos ido más a la capital. En este caso los mandaos los hemos ido a hacer a Posada, el segundo núcleo de población más importante del concejo llanisco. Un par de veces fuimos, por ejemplo, a la frutería, otras dos a la farmacia y otra al supermercado. El atractivo posadeño es limitado, pero es un lugar que resulta bastante práctico para las compras del día a día.


Quizás el sitio de Posada más vistoso sea la Plaza de Parres Piñera, presidida desde 1895 por la Estatua de José Parres Piñera, político decimonónico y benefactor del pueblo.



En otro orden de cosas, es bien sabido que la manera en la que se distribuyen los asentamientos por el territorio español es muy diferente según la zona: en Andalucía, Extremadura o Castilla el poblamiento está muy concentrado, mientras que en Cantabria, Asturias o Galicia los grupos de casas se reparten por el territorio de una manera mucho más espaciada. Aún así, en pocos municipios de la cornisa cantábrica hay tantas poblaciones como en Llanes. Yo, dado que ya conozco casi el 100% de los lugares relevantes de la capital llanisca, me he propuesto visitar todos los núcleos habitados del concejo. El problema es que son 71, nada más y nada menos. Antes del presente verano ya había estado en 19 de ellos.

Este año he sumado a la lista Andrín, una aldea residencial de unos 150 habitantes que es famosa por tener cerca una playa preciosa, llamada igual que el pueblo. Nosotros en 2020 hemos estado dos veces en este. La primera dejamos el coche allí y nos acercamos a los alrededores de la Playa de Andrín, pero no llegamos a bajar. En cambio, tiramos en dirección contraria y bordeamos parte de los impresionantes acantilados que encierran el arenal por su derecha.


Ese día también aprovechamos para recorrer el epicentro de Andrín, en el que no falta la iglesia, la bolera, un bar, un parque infantil y una casona de considerables dimensiones, además de la casa concejo.




El caso es que nunca había estado en Andrín, pero este 2020 he ido dos veces, puesto que el último día antes de irnos hicimos una ruta que nos llevó hasta allí. Yo ya hablé en 2017 del Sendero Europeo E-9, llamado Camino Costero Europeo, y del tramo de esta ruta que atraviesa el término municipal llanisco. Este, unido al trozo que discurre por el de Ribadedeva, se suele dividir en cinco etapas y mide unos 68 kilómetros. Ese año hicimos el trecho que va de Llanes a la Playa de Poo. Este, en cambio, hemos transitado por el pedazo previo, que une Andrín con la capital del concejo, aunque lo hemos hecho a la inversa.


El trayecto ha resultado ser también impresionante, da igual el sentido de la marcha. Nosotros, saliendo del extremo sur de Llanes recorrimos primero un camino que discurría por un bosque de robles y que nos llevó, tras una buena subida, a las inmediaciones de la Capilla del Cristo del Camino.


Desde allí fuimos bordeando, por su lado norte, la parte alta de la Sierra Plana de Cué, donde hay un campo de golf. En ese trozo, aunque se acaba a la misma altura a la que se empezó, hay buenos repechos, pero lo más destacado es la preciosa vista de Llanes y de Cué que se ve.


Tras otro rato de paseo llegamos hasta el entorno del Mirador de la Boriza, al que no nos asomamos, dado el jaleo que había (yo ya lo hice en 2010). En vez de eso bajamos por un sobreancho de la carretera LL-2 hasta Andrín.


Dejando ya a un lado los núcleos habitados, aparte de todas las poblaciones también tengo la intención de visitar las 53 playas del concejo de Llanes, como comenté el pasado año. De esas 53 playas, yo conocía antes de estas vacaciones 15, y en este blog había mencionado a 13 de ellas. Este verano he sumado al listado la Playa de Andrín (por tanto llevo 16, un 30'1%). 

También me he dado un baño en la Playa de Cué y en la de San Antolín. Otro día, además, me mojé los pies en la de Toró. En el caso de la primera, ya la había mencionado en el post de 2017, pero entonces la vi con la marea alta y en esas condiciones la arena casi desaparece. En esta ocasión, en cambio, fuimos con la marea baja y pude disfrutar de un pedazo de costa de una belleza incomparable.


Con respecto a la Playa de San Antolín, tengo que comentar una circunstancia negativa relativa a ella, que afecta más bien a nuestro querido Bar Restaurante La Playa San Antolín de Bedón. Ya he hecho referencia a este chiringuito un par de veces con anterioridad, porque nos encanta. Por ello, este año teníamos la intención de ir también. Su terraza es un lugar aireado y seguro donde llegamos a tener apalabrada una mesa para el 5 de agosto, día del cumpleaños de mi madre (la verdad es que no reservan, pero nos conocen y nos dijeron que si llegábamos temprano nos guardaban una). Por desgracia, el 4 desayunamos con la noticia de que en Llanes un chiringuito había cerrado de manera abrupta, dado que uno de sus empleados había dado positivo por COVID-19. No tardamos mucho en averiguar que era el Bar Restaurante La Playa San Antolín de Bedón. Fue una pena, porque esa tarde presentaba este aspecto.


Poco después de hacer la foto vi como se ponían a desinfectar las mesas y las sillas, y como se metían dentro a limpiar aquello a saco. Por desgracia, nosotros no tuvimos la oportunidad de comprobar si habían podido volver a abrir. La comida allí queda pendiente para 2021.

Con respecto al senderismo, este verano veníamos lanzados de los Pirineos y en Asturias no hemos querido romper la dinámica. Por eso, a pesar de que el magnífico tiempo que hemos tenido invitaba a explotar las playas, hemos intercalado los planes playeros con otros que nos han llevado al bosque. Ya he hablado del día que hicimos el tramo del Sendero Europeo E-9, pero este no ha sido el único largo paseo que nos hemos pegado. También hicimos otra ruta que es menos famosa, pero que fue muy divertida. La misma la trazaron hace un par de años en el entorno de La Galguera, nuestra aldea, y de San Roque del Acebal, que está al lado. Se llama Senda Peatonal El Valle Invisible y mide 11'5 kilómetros. 


María y yo nos empreñamos en recorrer la ruta entera y lo conseguimos, pero lo hicimos en dos veces y el segundo día acabamos andando por el bosque de noche. El primero, sin embargo, salimos a andar por la mañana y empezamos en el Lavadero de L'Acebal, que está en en kilómetro 7.


Pronto nos internamos en el bosque por la Riega del Toyu, una impresionante vaguada de cerca de mil metros por la que discurre, hecho un hilillo en verano, el Arroyo del Toyu. Lo sorprendente es que yo creo que ese riachuelo, que bajará más caudaloso en primavera, es el que ha excavado a lo largo de los siglos la riega, que es una especie de rambla que se distingue muy bien. 


Al final de la vaguada nos encontramos con la sorprendente Cascada de L'Escaniellu. El lugar es una joya.


La caída de agua, a la que no le falta su xana, es un sitio algo recóndito y no muy conocido, pero nosotros nos topamos en la catarata con una treintena de niños y niñas con sus monitoras, pertenecientes a algún campamento de verano de los alrededores. Muchos de los niños se estaban refrescando (es decir, se estaban poniendo chorreando) con el agua acumulada bajo la cascada, y había allí una buena algarabía, pero tengo que decir que para mí fue una bocanada de aire fresco ver a todos esos guajes correteando por los abruptos alrededores del laguito. Como padre, vivo con inquietud las consecuencias que el tema de la pandemia puede llegar a tener en los niños y, por ello, fue una alegría darme de frente con esa muestra de normalidad infantil. Ver a un montón de peques, con sus mascarillas puestas de aquella manera, sobreponiéndose con naturalidad al puñetero virus con la ayuda de unas monitoras bastante valientes, no me trajo más que pensamientos positivos.

Tras dejar atrás a la excursión seguimos con nuestra ruta, que al encaramarse a las faldas del Picu Castiellu nos hizo subir unas cuantas cuestas.


La parte final es la menos vistosa del itinerario, ya que se avanza por caminos entre prados como el Caminu de Pozón, muy agradables, pero menos espectaculares. Aún así, en este tramo resaltan algunas de las estatuas que jalonan las sendas.


Realmente no he dicho que la ruta la montó la asociación vecinal El Perru de San Roque para poner en valor todos los desconocidos rincones del desparramado caserío que recibe el nombre de San Roque del Acebal. Los miembros de la asociación, a modo de complemento, en determinados emplazamientos colocaron las mencionadas estatuas de madera, que representan a elementos significativos del entorno, mitológicos o no. La xana era uno de ellos y la viejecita, vestida con la ropa típica, es otra.

Nosotros, tras recorrer esa última parte de caminos desembocamos en el meollo de San Roque del Acebal y, después de pasar por el Lavadero de Covielles (el otro de los dos que hay en la aldea), llegamos al punto donde finaliza la ruta. Dado que habíamos comenzado en el kilómetro 7, esa mañana caminamos en total unos 4.500 metros.


La Riega del Toyu me encantó, pero el trayecto del segundo día me gustó más, si cabe, ya que vimos más sitios interesantes que, aún estando a tiro de piedra del lugar donde llevo veraneando catorce años, no conocía. Esa segunda jornada nos fuimos a tiro hecho al comienzo de la ruta y nos propusimos realizar los kilómetros que nos faltaban, que se corresponden con los siete primeros de la misma. La parte inicial del recorrido nos condujo por la travesía que atraviesa San Roque, pero pronto enlazamos con tramos de camino.


Después de andar un kilómetro llegamos a los restos de la Malatería de San Lázaro, un hospital construido en el siglo XIII para acoger a leprosos (a la leproserías en Asturias se les llama malaterías). La enfermedad que padecían los pacientes de esa institución explica por qué estaba tan apartada de las poblaciones. La pena es que en la actualidad el edificio está en ruinas, se intuyen restos de sus muros comidos por la maleza, pero lo que resiste parece más bien la tapia de un cercau típico de los que cierran las fincas en Asturias.


Un poco más allá de la malatería nos detuvimos en el Mirador del Cuera, que permite contemplar unas bonitas vistas de la Sierra del Cuera.


Este mirador sí sabía que existía, pero nunca me había parado a verlo. Después, tras recorrer un curioso tramo junto a la autovía en el que pude contemplar de cerca cómo es la tramoya de una infraestructura así (se ha canalizado el agua de una manera increíble para que no acabe arrasando la carretera), descendimos de nuevo y nos internamos en la floresta, hasta que llegamos a la Fuente del Casar, una surgencia de agua bastante escondida en la que hay otra bonita estatua de madera.



Después penetramos aún más en una zona boscosa conocida como Bosque de las Llanchas. El camino en esa parte es espectacular, aunque por desgracia se va oyendo de fondo el lejano runrún de la autovía A-8.


Por lo visto, el abundante paisaje karstico de los alrededores de San Roque hizo posible la aparición de numerosos manantiales, el de la Fuente del Casar ya lo habíamos visto y más adelante llegamos a la Laguna de Cagalín, que es el mayor de ellos, hasta el punto de que emerge de él un pequeño río, el Cagalín. Este desaparece a los pocos metros en una cueva, tras impulsar a su entrada un molino cuyos restos aún son visibles. A esta pequeña laguna venían los vecinos a abrevar al ganado y las mujeres a lavar y a recoger agua, lo que no evita que, al estar en una umbría hondonada rodeada de vegetación, presente un aspecto bastante misterioso.


Sin embargo, más misteriosa aún me pareció la Cueva Collubina, otro ejemplo más de la composición caliza del terreno, que hace que esté horadado bajo tierra. Esta cueva, en concreto, es enorme y termina en una sala de techo alto sostenida por una columna de un metro de diámetro. Dadas las características de la gruta creí que estaría cerrada, pero resultó que no. Yo entré un poco, pero, como es lógico, me quedé a tres metros de la boca de la caverna. No he nacido para ser espeleólogo...


Después de ver la cueva aún nos quedaban por delante cuatro kilómetros y estaba empezando a anochecer. Aún así, había que seguir, aunque ya no pude hacer más fotos, porque no salían bien con el flash que tengo. En el kilómetro 4 vimos la Capilla de las Ánimas, sita en pleno Camino de Santiago. La misma no es un edificio, sino un humilladero u oratorio que está colocado junto al camino que, siguiendo la ruta del norte, lleva a Santiago de Compostela. Nosotros fuimos por él en determinados momentos (aunque en dirección contraria, en este caso).

Tras abandonar el tramo de Camino de Santiago atravesamos la N-634 y subimos mucho, encaramándonos de nuevo a las estribaciones de la Sierra del Cuera. Luego volvimos a bajar por una zona bastante sombría, nos saltamos alguna fuente, dado que íbamos apretando el paso alumbrándonos con las luces de los móviles, y vimos entre brumas La Puentuca, un pequeño puente de piedra que pasa por encima de un riachuelo. Poco después llegamos al Lavadero de L'Acebal, ya en el kilómetro 7, punto donde empalmamos con la parte de la ruta que habíamos hecho el primer día y donde la dimos por completada, pasadas las 10 de la noche.

Lo de acabar andando casi a oscuras por los senderos fue divertido, pero a mí lo que más me gustó fue ver un montón de rincones que desconocía de los alrededores de las dos aldeas comentadas. Mis padres tienen la casa en La Galguera desde 2006 y yo llevo pasando allí algunos días de vacaciones desde entonces, por lo que ya conozco bien el entorno. Pese a esto, había una serie de recónditos sitios en los que no había estado y la rutilla me permitió saber de su existencia y verlos.

Como todos los años, no puedo acabar el post sin hablar de los lugares donde hemos comido. Es bien sabido que a Asturias la gente va a llenar el buche, yo se que esa visión del Principado es un tanto limitada, pero tengo que reconocer que siempre que voy me pego unos cuantos homenajes culinarios de los buenos. Este verano uno especial ha sido, por ejemplo, el que nos dimos en el Bar El Cerezo, un restaurante muy rústico que está al borde de la carretera, camino de los Picos de Europa. Se comen en él unas patatas fritas con huevo y unos filetes espectaculares.

Con respecto a los sitios ubicados en el concejo de Llanes que hemos visitado este mes de agosto para comer o beber, no voy a dejar de mencionar el Restaurante El Sucón, pero no me voy a extender narrando como comimos allí, porque vamos cada año y ya me repito demasiado. En esta ocasión voy a hablar mejor de la experiencia algo surrealista que vivimos en el Restaurante Migal.


El Restaurante Migal forma parte de un hotel llamado igual y está en Cué, no muy lejos de la bajada a la playa, en un emplazamiento muy bonito. En él mis padres habían picado algo alguna vez y, con motivo del cumpleaños de mi madre, dado que habían clausurado el Bar Restaurante La Playa San Antolín de Bedón, decidimos ir allí. Gracias a eso comprobé que tiene una terraza agradable, aunque no da al mar, sino al otro lado, y también me gustó la comida, pero no acabé de entender la razón por la cual en una zona de la terraza servían los almuerzos en envases estilo McDonald's y en la de al lado, cuando se comía a mesa y mantel, servían los mismos alimentos en platos normales.


En teoría, la zona de batalla, que es donde nosotros nos sentamos, era autoservicio y lo de los envases desechables era una manera sanitariamente segura de servir los platos en ella. Es cierto que a raíz de la pandemia muchos negocios, para seguir funcionando a pesar de las restricciones, han hecho cosas de este estilo. Sin embargo, no se entiende que a nosotros nos despacharan así debido al coronavirus y en la zona de mesas que había al lado, comiendo lo mismo, pusieran manteles, platos de cerámica, cubiertos de metal y el problema de la COVID ya no existiera. Pese a todo, lo más ridículo es que al final nuestra consumición no fue autoservicio, dado que nos dijeron que nos sentáramos, pedimos la comida y la bebida de manera normal, esperamos y al final nos la pusieron por delante....sin mantel, sin platos y con cubiertos de plástico, eso sí, después de esperar lo más grande. No acabé de entender el sistema.

Más cuidadosos con los detalles fueron, en cambio, en el Restaurante Entrecaleyas. Yo en él me limité a tomarme una cerveza, pero la terraza que tiene se merece el desplazamiento, aunque solo sea para tomar un simple botellín. La misma da a un pequeño campo de golf que tiene el Hotel Aldama Golf, al que pertenece el restaurante. Allí la tranquilidad y el sosiego me producen una paz especial. Hacía ocho años que no iba y, por suerte, en esta ocasión el sitio me resultó tan agradable como antaño.


Con la cerveza del Restaurante Entrecaleyas nos despedimos de Llanes por esta vez. El año está siendo muy complicado, y todo parece apuntar a que nos esperan un otoño y un invierno nada sencillos. La pandemia va a seguir ahí y me da que llegaremos al verano próximo bastante quemados. Espero que para entonces el virus maligno haya sido ya controlado pero, en cualquier caso, no me cabe duda de que en 2021 volveremos a Asturias a pasar unos días.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado LLANES.
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Asturias: 13'3% (hoy día 60%).
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 11'8% (hoy día 35'7%).


28 de noviembre de 2019

SAN SEBASTIÁN 2019

En un estudio que elaboró en 2017 la Federación Española de Hostelería y Restauración (FEHR), en colaboración con Coca-Cola, se incluye una curiosa estadística que indica que San Sebastián es la 7ª capital de provincia de España con más bares por habitante. Eso significa que tiene por detrás en el ranking a 43 importantes ciudades españolas, pero también es verdad que hay otras seis en las que, en proporción a su tamaño, hay más ofertas para comer y beber en la calle (son León, que está en lo más alto, Salamanca, Zamora, Ourense, Palencia y Logroño, es decir, que con la probable excepción de Salamanca son sitios que no se le vienen a uno a la cabeza cuando piensa en ciudades para salir a darse un homenaje). Sin embargo, según el anuario de 2018 de la Confederación Empresarial de Hostelería de España (CEHE), en 2016 y 2017 el País Vasco fue la comunidad autónoma española en la que más dinero gastaron cada uno de sus habitantes en restauración. En 2018 Navarra la superó en 49 euros por persona y ahora Euskadi ocupa el segundo lugar, pero no deja de ser curioso que, aún así, con sus 1.400 euros anuales de media gastados por cada vasco, incluso duplique los valores que arrojan otras comunidades.


Todo esto viene a cuento porque la verdad es que el pasado domingo por la tarde estuve paseando cerca de cuatro horas por San Sebastián, el tiempo estaba desangelado al máximo y me sorprendió la cantidad de gente que vi por los bares, no en una sola zona, sino en todas las que visité, que fueron varias. Tanto me llamó la atención el buen ambiente que he buscado las estadísticas para ver si coincidían con mi impresión y, en efecto, los números corroboran que Donostia tiene un ambientazo sensacional (en este post me voy a referir a ella de manera indistinta usando su nombre en español y su nombre en vasco, ya que ambas denominaciones son oficiales).

Dicho esto, hay que puntualizar que en San Sebastián hay algo más que juerga, de hecho su belleza la convierte es una de las ciudades más paseables que he visto en mi vida. No deja de ser curioso, por ello, que las dos veces que la he visitado iba con María y, en ambas ocasiones, ella iba coja: en verano de 2015 se cayó por las escaleras justo antes de irnos de vacaciones y llegó al norte de España con un esguince grado II en su tobillo derecho, y ahora, como si de una maldición se tratase, ha ido con un problema de rodilla que mucho me temo que sea una rotura de menisco. Lo del tobillo evidentemente nos limitó bastante, porque iba con muletas, aunque hicimos muchas cosas durante dos días.


Lo de la rodilla ha sido diferente, porque puede caminar con cuidado, siente molestias, pero tiene más movilidad. La semana que viene le hacen una resonancia, de manera que sabremos qué tiene y cual es el tratamiento, pero mientras tanto en San Sebastián, tirando de transporte público con la idea de no forzar inútilmente, pudimos movernos bastante. Además, el domingo por la tarde yo ya estaba solo y entonces, pese que había corrido el Maratón de San Sebastián por la mañana, sí que me dediqué a andar para ponerle el colofón a la visita de tres días que he hecho esta vez.


Dado que San Sebastián es una población en la que son más importantes las visitas outdoors que las indoors, yo iba con la intención de conocer un poco todos sus barrios. En total, a pesar de que en el mapa superior aparecen solo 18, el Ayuntamiento divide el casco urbano donostiarra en 20 demarcaciones, por lo que ese fue mi punto de partida para destripar los intríngulis de la Bella Easo. Como es lógico, no he podido hacer pleno, de hecho he estado solo en ocho barrios, pero considero que no es un mal número, sobre todo porque ese octeto es el que configura fundamentalmente el carácter de San Sebastián. Yo voy a hablar de cada sector con una cierta independencia. Antes, sin embargo, tengo que decir que en 2015, dado que María apenas podía moverse, inauguramos nuestra estancia en Donostia montándonos en el tren turístico Donostia/San Sebastián City Tour, que hizo un recorrido muy completo.

Esta vez no ha habido ruta en tren y todas las visitas las hice a pié o usando el autobús urbano. Mi primer contacto con la ciudad el viernes tuvo el barrio de Eguía como protagonista, ya que en él se encuentra la Estación de Autobuses de San Sebastián. Esa tarde mientras esperaba a María, que por circunstancias llegó una hora después que yo, me di un paseo por la Calle Eguía, pero esta se empina pronto y dado que yo iba con la maleta opté por no explorar mucho más. Pese a esto, volví a Eguía tanto el sábado como el domingo. Este segundo día empecé la larga caminata que me di recorriendo el precioso Paseo del Urumea, que bordea el Río Urumea y que ejerce, por tanto, de límite del barrio por el oeste.


Por su parte, el sábado fuimos a Tabakalera, un centro de cultura contemporánea que está ubicado desde 2015 en una antigua fábrica de tabaco. La idea era que María no se pegara un pateo mortal, por lo que buscamos un sitio en el que pudiéramos echar un buen rato sin necesidad de caminar demasiado. Además, la mañana salió lluviosa. Yo me había informado y lo de Tabakalera tenía buena pinta, así que echamos allí sus buenas dos horas.


El edificio donde ahora está Tabakalera funcionó como fábrica de tabaco desde 1913 a 2003. Doce años después de su clausura como factoría se abrió como centro cultural, tras haber sido reformado internamente por completo.


En la actualidad consta de cinco plantas en las que hay un montón de cosas diferentes, todas relacionadas con las artes visuales. Está allí, por ejemplo, la Filmoteca Vasca y también una de las sedes del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, pero aparte hay diversas zonas para exposiciones y para encuentros, un espacio para apoyar a los creadores dándoles recursos o una biblioteca destinada a fomentar la capacidad creativa.


En cualquier caso, para el visitante ocasional lo que destaca de Tabakalera es el propio edificio, que se ha remodelado con un gusto exquisito. Es verdad que en ningún momento tiene uno la impresión de estar en una antigua fábrica de tabaco, en apariencia la misma la vaciaron entera, pero a la hora de reconstruir su interior han creado un espacio diáfano y luminoso que invita a echar un buen rato en plan relajado.


La quinta planta, además, es una moderna estructura cuadrada de metal que le han colocado encima al edificio original, a la que han llamado Prisma y desde la que hay bonitas vistas, aunque nosotros no pudimos salir a la terraza, ya que estaba cerrada por seguridad, dado el viento huracanado que estuvo azotando San Sebastián todo el día.



En la planta baja también hay varios negocios de restauración que comparten una zona denominada genéricamente Espacio Taba (son varias barras en un mismo recinto cerrado). Nosotros vimos aquello muy animado y no dejamos pasar la oportunidad de tomarnos una cerveza y unas banderillas en Madamar Garagardotegia.


El segundo barrio del que voy a hablar es el de Aiete-Miramon, que ocupa el límite sur de la ciudad y que es donde nos alojamos. Se trata de un amplio sector bastante abierto en el que hay un parque tecnológico, un hospital y un par de zonas residenciales. También están allí las instalaciones de la televisión vasca. No obstante, lo que define el barrio es la dispersión de la población, que hace que aunque haya muchas casas la sensación sea de amplitud y no sea difícil ver verde.



Nosotros en esta ocasión encontramos el alojamiento a través de Airbnb y tengo que decir que ha sido de las veces en las que más he disfrutado del sistema que ha puesto en marcha esta web, ya que en este caso el proceso se ajustó al paradigma por completo. En efecto, como he dicho, en Aiete-Miramon hay algunas zonas residenciales y nosotros nos hospedamos en una de ellas, en la que predominaban los casoplones. En uno de estos sus dueños han hecho bajo la casa una planta sótano que alquilan a la gente.


En un primer momento, al acceder al sótano por la puerta del garage yo tuve la impresión de que me estaba metiendo en el escenario de la película Tesis.


Luego, sin embargo, no solo no nos asesinaron, sino que comprobamos que el alojamiento estaba muy cuidado y era muy amplio, con la cosa de que tenía separadas las habitaciones de la zona de la cocina y del comedor. Esta última estaba montada como un txoko, en el que se ve que se ve que se reúnen de vez en cuando a comer y a ver el fútbol los dueños del lugar. Con ellos nos cruzamos un par de veces en el jardín, dado que viven arriba.


Podría parecer que ha sido molesto estar viendo a los anfitriones al entrar y al salir, pero la verdad es que salvo en esos momentos puntuales en el apartamento se gozaba de una independencia total, han conseguido que no parezca un zulo (en el txoko entraba incluso luz exterior) y, además, hospedarnos allí nos ha permitido entrar en una casa real de un barrio residencial de Donostia. Por otro lado, cerca del chalé comenzaba un camino que descendía, atravesando el Miramón Basoa, hasta Amara Nuevo, que ya forma parte del San Sebastián más estándar para un visitante. Me pareció una gozada tener la oportunidad de recorrer el Miramon Pasalekua y bajar atravesando el bosque a la zona de Anoeta por un lugar que no hubiera conocido ni por asomo si hubiera buscado un alojamiento más céntrico.


Amara Nuevo (o Amara Berri) surgió como tercer ensanche donostiarra en los años 60 del siglo XX y colinda por el norte con el segundo, llamado Amara Viejo (Amara Zaharra en vasco). En Amara Nuevo hay pisos y amplias avenidas, y allí se concentran también muchas de las instalaciones deportivas de la ciudad.


De ellas, yo solo entré en el Velódromo Antonio Elorza, ya que allí se entregaron los dorsales del Maratón de San Sebastián y se instaló también el guardarropa el domingo. Nunca había estado en un velódromo y aunque no lo vi funcionando como tal, ni tampoco siendo usado como instalación atlética indoor, la verdad es que me encantó.


En el Estadio Municipal de Anoeta por desgracia no pude entrar, pero aún así me gustó lo bonito que se ve desde el Paseo de Anoeta.


Ya he hablado de tres de los barrios de San Sebastián donde he estado, que son Eguía, Aiete-Miramon y Amara Nuevo, y ahora voy a fijarme en los otros cinco. De ellos, cuatro se asoman al Mar Cantábrico (hay aparte otros dos barrios que también dan al mar, pero que están en los extremos del casco urbano y no los vi).

En San Sebastián se da la curiosa particularidad de que los donostiarras no llaman Centro a la zona más antigua, ya que esta es denominada Parte Vieja. Así pues, el barrio del Centro (o Erdialdea) se corresponde en realidad con el primer ensanche, que data del siglo XIX. Es un sector muy cuadriculado, hoy día alberga el eje comercial y colinda por el norte con la citada Parte Vieja, la que fue la antigua población amurallada, surgida en el siglo XII en el itsmo que une el Monte Urgull con el continente. La frontera entre Erdialdea y la Parte Vieja la conforma claramente el Boulevard.


Por el sur, el Centro colinda con Amara Viejo, la segunda continuación del ensanche, que llega hasta Amara Nuevo. Esa secuencia de barrios que va de norte a sur conforma el corazón de San Sebastián. Por su parte, la Playa de la Concha también forma parte del Centro, según el Ayuntamiento, junto con la hilera de casas que dan a ella, pero San Sebastián se empina enseguida y la zona residencial que está inmediatamente detrás de ese frontal ya pertenece a Aiete-Miramon.

Como es lógico, en mis dos visitas a San Sebastián es en el Centro y en la Parte Vieja donde más he estado. En 2015, pese a las muletas de María nos dimos un paseo por el lado oeste de la Parte Vieja y por toda la zona del Centro que va desde la Playa de la Concha hasta la Plaza del Buen Pastor, donde está la Catedral. Nuestro radio de acción fue muy limitado, porque María no podía andar casi nada. De aquella visita lo mejor, aparte de la agradable ruta en tren, fue que nos bañamos en la Playa de la Concha y que vimos los famosos fuegos artificiales que iluminan el cielo de San Sebastián durante su Semana Grande.

Estos fuegos son distintos cada jornada, de hecho tienen lugar en el marco del Concurso Internacional de Fuegos Artificiales de Donostia-San Sebastián, en el que todas las noches participa una pirotecnia diferente. Nosotros vimos el espectáculo del 10 de agosto de 2015, que corrió a cargo de una empresa de Castellón llamada Pirotecnia Tomás. A la postre, la 52 edición del concurso, que fue la que se celebraba, se la llevó la pirotecnia valenciana Europlá, que fue la última que participó, el día 14. En total, fueron siete espectáculos pirotécnicos, yo he visto unos cuantos de gran calidad, porque en Sevilla el que clausura todos los años la Feria de Abril suele ser una pasada, y he de decir que el que presencié en San Sebastián, que en esa Semana Grande no finalizó ni entre los tres primeros, fue alucinante, lo que demuestra que el nivel es altísimo.

En cualquier caso, como ha quedado patente, mi visita a San Sebastián en 2015 se centró en experiencias estáticas (un baño en la playa y un espectáculo de fuegos artificiales) o motorizadas (el paseo en tren). Por ello, pese a que la zona que he comentado la vimos bien, yo me quedé con las ganas de vivir una verdadera experiencia donostiarra. Esta por fortuna no se ha hecho esperar mucho, porque solo han pasado cuatro años y esta vez he podido venirme con una idea mucho más certera de lo que es la ciudad, no solo porque me he pateado otros barrios, sino también porque los que ya conocía los he vivido mucho más.

En esa línea, el viernes por la noche María y yo nos fuimos a la Parte Vieja a sacarle su verdadero jugo, para lo cual es indispensable hacer una buena ruta de cañas y pintxos. La otra vez vinimos con las niñas y nos tomamos un simbólico piscolabis en la Taberna Ttun Ttun, pero aquello fue solo una faena de aliño. La del pasado viernes no. Realmente solo estuvimos en dos bares de pintxos y en otro donde solo se bebía, pero entre los tres comimos y bebimos lo suficiente como para dar la experiencia por vivida. Todos estaban en la Calle Femín Calbetón, una de las que tienen más bares en la Parte Vieja. De los dos sitios en los que comimos el primero fue el mejor. Se llamaba Restaurante Zumeltzegi y los pintxos estuvieron muy buenos, tenían buen tamaño y no fuero caros.


Por contra, el segundo, llamado Beti Jai Berria, salió perdedor en esas tres categorías, aunque tampoco estuvo mal. Ambos tenían una zona de restaurante, pero lo animado de verdad eran sus barras, donde estaban los pintxos, así como las mesas que aquellas tenían alrededor.


Para terminar, nos tomamos dos cañas más en el Bar Itxaso. Allí no había pintxos, solo se podía beber, pero no era el típico pub, ni un bar de copas. Tenía menos gente que los otros, pero en ningún momento estuvimos solos y, además del agradable ambiente general, me gustó que estaban poniendo buena música.



También en Zumeltzegi estaba puesta de fondo la radio con Rock FM. Estoy tan poco acostumbrado a que en el sur pongan buena música en los bares que el simple hecho de tomarme unos pintxos escuchando de fondo a The Police o unas cañas con el sonido lejano de unas cuantas canciones pop rock españolas ya hace que me venga arriba. También hay que decir que el tamaño de las cañas en San Sebastián no ayuda a mantener la serenidad. Cierto es que son bastante más caras que en Sevilla, pero no se puede negar que están bien servidas.

En resumen, la velada de pintxeo (que sería el equivalente euskaldún a nuestro tapeo sureño) no me defraudó en absoluto. El sábado tocaba cuidarse, porque no en vano estaba en San Sebastián para correr su maratón el domingo, pero el viernes por la noche no me privé de vivir la experiencia donostiarra autóctona por excelencia.

El domingo por la tarde durante mi largo paseo volví a la Parte Vieja, ya que no la había explorado lo suficiente, ni en 2015 ni el viernes. Empecé recorriendo el Salamanca Pasalekua, el precioso y salvaje paseo que la bordea por el exterior y que se abre al mar. Las vistas de la ciudad en la primera parte son espectaculares y, más adelante, lo que me sorprendió fue la fuerza con la que las olas golpeaban las rocas que hay a los pies del malecón. Me encantó.


Después ya me interné en el barrio por la Calle San Juan, vi la Plaza de Zuloaga y luego me dediqué a callejear, que es lo que no había hecho en el pasado.


Acabé, finalmente, en la Calle Mayor, que estaba rebosante de vida. Allí, antes de continuar mi paseo me tomé una caña en Nagusia Lau, la cual estaba igual de bien despachada que las del viernes.

Con respecto a lo que vi en esta ocasión en el Centro, la bonita cuadrícula urbanizada edificada en el siglo XIX para que se expandiera la ciudad, con María ya estuve el sábado en la arbolada Plaza Gipuzkoa antes de coger el autobús que nos llevó al Peine del Viento. En esa plaza vimos, por ejemplo, el precioso Templete Meteorológico y Astronómico que está ubicado en su centro.


El domingo, ya sin María, justo después de recorrer parte de Amara Viejo acabé mi paseo, precisamente, en el Centro, donde tenía ganas de ver de nuevo la Plaza del Buen Pastor, rememorando la visita de 2015. Esta vez, además, tuve la suerte de poder entrar en la Catedral, ya que cuando pasé por delante acababa de terminar una misa y estaba abierta.

La Catedral del Buen Pastor es sorprendente, porque se consagró en 1897 y no adquirió el rango catedralicio hasta 1953, pero cuando se erigió, en la última década del siglo XIX, en vez de hacer un edificio moderno levantaron una catedral de estilo neogótico.


En San Sebastián ya había dos iglesias de una cierta monumentalidad en la Parte Vieja, pero al proyectarse el ensanche se decidió levantar allí otra y se ve que se vinieron arriba, porque construyeron el edificio religioso más grande de Guipúzcoa, circunstancia que al final pesó a la hora de nombrarlo catedral.

Volviendo al sábado, como dije antes ese día nos moderamos bastante, por la mañana estuvimos recogiendo el dorsal del maratón y en Tabakalera, y por la tarde nos desplazamos al penúltimo barrio del que voy a hablar, el segundo de los que he comentado que dan al Cantábrico. Se trata de El Antiguo y lo que en él destaca es el Peine del Viento, el gran icono de San Sebastián. En 2015 no lo había visto, pese a que estuvimos en El Antiguo, pero como ya he dicho, en aquella ocasión nuestro radio de acción fue mínimo, estuvimos en esa parte de la ciudad la segunda jornada que visitamos San Sebastián, porque aparcamos allí el coche al principio y nos comimos un bocadillo en el Zubimusu Parkea, pero María no podía apenas andar y para asomarnos al mar optamos por llevar el coche hasta el aparcamiento subterráneo que está más cercano a la Playa de la Concha. Eso fue, precisamente, lo que marco el área que luego abarcamos. El Peine del Viento, por su parte, nos lo dejamos atrás y ya no regresamos.

Esta vez para mí era un objetivo prioritario saldar esa cuenta pendiente, pero ni por esas me he ido satisfecho del todo. Ver Donostia en noviembre me gustó, uno siempre viaja en verano y tiene su atractivo ir a los sitios en otras épocas, pero eso tiene el inconveniente de que a finales del otoño se hace de noche mucho más temprano y sin luz no hay quien vea nada. Nosotros el sábado después de comer nos movilizamos relativamente pronto para ir hasta el Peine, pero la combinación de autobuses fue lenta y los trayectos en ellos nos fueron retrasando, hasta el punto de que ya había anochecido cuando llegamos al lugar desde donde se ven las célebres esculturas de Eduardo Chillida. No puedo decir que no tuviera su gracia avanzar entre tinieblas hasta el extremo del Paseo de Eduardo Chillida para tratar de contemplar el Peine del Viento, de hecho no fuimos los únicos que andábamos por allí a esa hora. Por otro lado, también es cierto que algo vi entre las brumas, y sin duda resultó espectacular presenciar como las olas que salían de la oscuridad golpeaban las cercanas rocas, pero es evidente que habrá que volver para ver en plenitud la maravilla donostiarra por excelencia y para poder echarle al menos alguna foto.

Por último, voy a hablar del octavo barrio que visité, llamado Gros. En él no había plantado un pie en 2015 ni tampoco en este 2019 hasta el domingo, pese a su relevancia actual dentro de la ciudad y a pesar de que está muy cerca del Centro y de la Parte Vieja (se encuentra al otro lado del Urumea). Por eso, en mi larga caminata dominical no escatimé pasos a la hora de recorrer esa zona, también bastante cuadriculada, hasta el punto de que empecé en la Plaza Euskadi, que está en la esquina suroeste del barrio, fui por el Paseo Colón hasta la Plaza Cataluña, luego continué por la Calle Zabaleta hasta el final y cuando vi que ya casi me salía del vecindario por la esquina noreste, regresé bordeando la Playa de Zurriola, donde un centenar de surfistas cogían olas sin descanso.


Por el Paseo de la Zurriola llegué hasta los pies del famoso Kursaal antes de cruzar el Puente del Kursaal e internarme en la Parte Vieja.


En definitiva, San Sebastián aún tiene muchas cosas que enseñarme, pero después de esta visita ya puedo decir que la conozco mínimamente. Ahora ya se que hace honor a su fama, a mí me sorprendió su animado ambiente, así como el buen gusto con el que se encuentran dispuestas sus calles y también lo cuidadas que están. Además, en todos los barrios donostiarras hay altos edificios, pero la mayoría de ellos están erigidos de forma que desde abajo no resultan atosigantes. Me encantó la ciudad y también su maratón, que es sobre lo que voy a hablar en el siguiente post.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SAN SEBASTIÁN.
En 2015 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Guipúzcoa: 22'2% (hoy día 22'2%).
En 2015 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 30'3% (hoy día 34'7%).