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12 de septiembre de 2022

TOMARES 2022

No escribía acerca de Tomares desde antes de la pandemia. Después, había vuelto en un par de ocasiones, para ir a casa de mi amigo Dani, pero esas veces no hice nada relevante que se mereciera un post. El pasado martes, sin embargo, viví una jornada auténticamente cojonuda en dicho pueblo, y tres días más tarde, como si lo hubiera planeado ex profeso, estuve con todos mis amigos en la urbanización tomareña en la que me crie. Esto último, de nuevo no habría dado, de por sí, para escribir sobre ello, pero, ya que pasé una velada entrañable en la Urbanización El Mirador, no puedo dejar de hacer mención a ese rato, aunque el grueso de este artículo vaya a estar centrado en el plan del martes. De hecho, voy a poner hasta una foto de grupo.


Pues sí, en esa foto, además de María, Ana y Julia, salen mis seis amigos de toda la vida, con sus parejas y con toda su prole. Resulta difícil que nos juntemos todos. Hubo un momento en el que el grado de dispersión de la mayoría, por Andalucía, por España, y por el mundo, hacía casi imposible una reunión total. Ahora, como la cabra tira al monte, salvo uno, todo los demás han vuelto al Aljarafe sevillano. En Tomares solo viven dos, y sus casas no están en El Mirador, pero lo cierto es que nos seguimos reuniendo de tarde en tarde en el Club Social de nuestra urbanización de toda la vida. En esta ocasión hicimos pleno. 

El caso es que regreso cuando puedo a El Mirador y siempre le echo un tierno vistazo al lugar donde viví entre los 9 y los 19 años. Ha cambiado un poco, pero no lo suficiente. Sin embargo, sus alrededores sí lo han hecho. Sin ir más lejos, la Calle El Palancar, donde logré aparcar el otro día, así como la Calle Molino, que es la que bordea El Mirador por el este, están irreconocibles. Tampoco es que hayan mutado tanto desde la última vez que anduve por Tomares, pero es que yo tengo grabado en la memoria el aspecto de toda esa zona a principios de la década de los 90 del siglo XX, y ahí sí que hay diferencia.

Pero vayamos al grano, porque si no me voy a poner en plan abuelo cebolleta, y no se trata de eso. A lo que iba es a que el martes, por segunda vez en cinco años, una etapa de la Vuelta Ciclista a España acabó en Tomares.


Yo me mudé a Tomares en 1983, cuando en esta población aljarafeña vivían menos de 6.000 personas. Ahora cuenta con 25.000 habitantes. Tampoco es que sea una locura, pero lo que sí llama la atención es que, desde hace casi una década, Tomares es el pueblo más rico de Andalucía y se encuentra entre los 60 de España con mayor renta per cápita. Un simple paseo por su centro urbano ya deja traslucir que, en el municipio, hay bastante gente con dinero, que es capaz de pagar buenos impuestos. Estos, a su vez son reinvertidos en mantener las calles impecables. 


Todo esto lo cuento para tratar de explicar como es posible que Tomares haya podido albergar el desenlace de una etapa de la Vuelta Ciclista a España dos veces en tan poco tiempo, con lo que eso cuesta. Se ve que hay poderío económico en el pueblo. Aparte, tengo que recordar, antes de pasar a enrollarme, que el ciclismo me encanta. En 2017 hablé de ello en el post que le dediqué a Tomares, la otra vez que acabó allí La Vuelta. Luego, intenté repudiar al deporte de la bici, pero lo cierto es que me sigue gustando. No lo puedo evitar. Por eso, este 2022 me he volcado de nuevo con el Tour de Francia, y tenía previsto hacer lo propio con la ronda española, cuando me enteré de que la etapa 16 iba a acabar en Tomares. En 2017 ya viví intensamente un final de etapa allí, pero ahora decidí darlo todo de verdad. En consecuencia, tras salir del trabajo, me eché una mochila al hombro y me planté con mucha antelación en el entorno de la meta, con la idea de ver bien todo lo que se cuece en sus alrededores, en ese tipo de circunstancias. Dado el plan hardcore que estaba dispuesto a vivir, en esta ocasión María y las niñas optaron por quedarse en casa. Por lo que a mí respecta, aproximadamente a las 15'00 horas llegué a Tomares, saludé a Bombita, que sigue impertérrito en su Monumento, en la Rotonda que lleva su nombre, y me adentré en el centro de la localidad.
 

No obstante, mi destino no era el meollo tomareño, dado que la carrera ciclista no acababa en él, sino en la Avenida del Aljarafe. Esta es una calle larga y ancha, que tiene suficiente capacidad como para albergar el final de una etapa de La Vuelta. Antaño era el límite urbanizado del pueblo, pero después se construyeron cientos de adosados más allá, y en la actualidad ejerce de frontera entre el centro de Tomares y el sector de las casitas unifamiliares que se extiende por el extremo sur del municipio. En todo caso, yo tenía que comer, por lo que, antes de ir a apostarme a las inmediaciones de la meta, me compré un bocadillo y me dirigí a la bonita zona que rodea la Plaza de la Constitución. En la comarca del Aljarafe sevillano, en los siglos XVII y XVIII proliferaron las fincas para el cultivo y la explotación de los campos de olivos. En Tomares había quince haciendas dedicadas a esa actividad a mediados del siglo XVII. En el pasado, ya he hablado de alguna. Ahora toca hablar de lo que queda de la Hacienda Zaudín Bajo, que fue demolida, aunque se conservan partes, precisamente en el entorno de la mencionada plaza. Efectivamente, hoy día, la Plaza de la Constitución es uno de los epicentros de Tomares. Por su lado norte, la cierra el Callejón de la Chipi, que acaba en la portada de la antigua hacienda, y por su lado oeste el límite lo marca un paño almenado del muro de la desaparecida finca. Otro pintoresco callejón que acaba con un arco, denominado Pasaje Párroco Ramón Diez de la Cortina, separa ese trozo de cercado de la Iglesia de Nuestra Señora de Belén.


En el extremo sur de la Plaza de la Constitución está situado el Auditorio Municipal Rafael de León. Pegado a este hay una zona verde, llamada Parque Montefuerte. Allí acudí a comerme el bocata que llevaba, y en ella ya me encontré con el primer detalle relacionado con la carrera. 


En efecto, en la foto, tomada desde el banco en el que me comí mi bocadillo, se ve a dos personas con camisetas rojas, tumbadas en el césped. No eran dos borrachines, ni dos estudiantes haciendo pellas... Eran dos operarios de La Vuelta, de los que cada día montan y desmontan todas las infraestructuras que rodean la carrera. Fuera de plano había otro, sentado en un banco, que en vez de dormir estaba leyendo un libro. Claramente, ese era el momento de asueto de los tres, tras haber estado trabajando hasta unas horas antes, en el montaje del tinglado. Tirados en el parque, estaban a la espera de que llegaran los corredores y se acabara todo, para ponerse a currar de nuevo, con el objetivo de dejar Tomares como si no hubiera pasado nada.

Tras ese primer contacto con los intríngulis de La Vuelta, que es una de las cosas que yo iba buscando ver, me tomé un café en el Quiosco Lobo Feroz, que está dentro del Parque Montefuerte, y salí por la puerta sur del recinto, siguiendo a la megafonía, que ya atronaba el ambiente. Así, con hora y media de antelación me planté en la recta de meta. 



En ese momento, los ciclistas estaban a 81 kilómetros de la llegada. Cuando se sale al paso de la carrera, en algún punto intermedio del recorrido, uno está más perdido con respecto a esta, pero en la meta pude seguir la evolución de la etapa en una gran pantalla que había colocada allí.


Eso me entretuvo y posibilitó que estuviera en todo momento bien informado. Dada la hora que era, yo pensé que podría ponerme muy cerca del arco de llegada, pero lo cierto es que me encontré con bastante gente más fatiga, incluso, que yo. Por eso, dado que mi prioridad era colocarme en primera línea, justo detrás de las vallas, me tuve que situar a 100 metros de la meta. No está mal. El sitio era bueno, y, a la postre, resultó ser un lugar que pasaría a la pequeña historia del ciclismo.


No obstante, antes de que llegaran los ciclistas, tuve tiempo de entretenerme observando el ambiente. Eso alivió el calorazo, y me hizo olvidar, a ratos, que el sol caía a plomo sobre mi cabeza. También pude comprobar hasta que punto los finales de etapa son lugares perfectos para los mitómanos. En efecto, durante los 80 o 90 minutos que estuve a pie quieto en mi posición, un speaker de la organización no paró de amenizar la espera. También animó el cotarro una especie de pasacalles de actores, que llevaban zancos y pistolas de agua. Sin embargo, para mí los verdaderos protagonistas de los momentos de espera fueron varios ex-ciclistas que rondaban por allí. A algunos los entrevistó el speaker. Yo lo tenía a 100 metros, pero esa distancia no era demasiada, por lo que, además de oír lo que decían por megafonía, pude ver a lo lejos a los entrevistados. Uno fue Óscar Freire, que está entre los cuatro o cinco mejores ciclistas que ha dado España. Otra fue Dori Ruano, de la que se puede decir lo mismo que de Freire, pero en mujeres. Después, el speaker se explayó, en especial, en la entrevista a David Martín, que es un joven corredor de Mairena del Aljarafe, que compite desde 2021 en las filas del Eolo-Kometa Cycling Team, un equipo modesto, pero profesional. Siendo de Mairena, el chaval estaba casi en casa, y contó cosas interesantes. Aparte, mientras esperaba, vi pasar andando, a un metro de mí, a Alberto Contador, e igualmente pasó en bici (aunque iba en vaqueros) Alexandre Vinokourov. Ambos son dos de los mejores ciclistas de la historia. Contador brilló más (ahora es comentarista de televisión y tiene una fundación que está ligada al ciclismo), pero Vinokourov fue un clásico de los podios, en las grandes carreras, a lo largo de quince años (en la actualidad es el capo del equipo Astana). Verlos a mi lado, aunque fuera un instante, fue flipante.

Pese a todo, lo mejor estaba por venir. Según se acercaban los corredores, la excitación fue creciendo. Al final, los alrededores de la meta estaban abarrotados, pero yo llevaba allí mucho rato y, gracias a eso, mantuve mi sitio de privilegio. En la pantalla gigante pude reconocer perfectamente por donde iba la serpiente multicolor en los últimos kilómetros, por lo que supe, en todo momento, cuando iba a llegar. Desde el primer kilómetro habían ido escapados dos españoles, pero les habían pillado a 14 de meta. A 2.500 metros del final, en el mismo repecho donde me puse con María y con las niñas en 2017 para ver el paso de los corredores, atacó Primož Roglič, que luchaba por la general. Su arrancada provocó una escabechina apañada en el pelotón, a la que solo pudieron responder otros cuatro ciclistas, entre ellos Mads Pedersen, el esprínter favorito a la victoria de etapa. Los cinco se tiraron a lo loco por las calles de Tomares y desembocaron en la última recta como una locomotora.


Es difícil de explicar el subidón que me dio cuando vi pasar, en pleno sprint final, a los cinco kamikazes a un metro de mi. Fue un segundo, porque irían a 70 kilómetros por hora, pero fue alucinante. Tanto, que mi mirada los siguió hasta que Mads Pedersen levantó los brazos como ganador, 100 metros más allá. En ese momento me giré y me encontré con este impactante cuadro:


La foto es mía, no la he sacado de Internet. El de la imagen es Primož Roglič, que se había pegado un leñazo de campeonato, justo delante de mis narices, en pleno sprint final. El esloveno tiene un palmarés brutal. Por no alargarme, voy a resumirlo diciendo que en los últimos cuatro años ha vencido tres veces la Vuelta Ciclista a España, ha quedado segundo en un Tour de Francia y tercero en otro Giro de Italia. Este verano se cayó en el Tour, cuando luchaba por ganarlo, se vio obligado a abandonar y llegó muy justito a La Vuelta. Por eso, empezó regular, pero fue cogiendo la forma poco a poco y pretendía recuperar el tiempo perdido, para luchar por la victoria en la general. Con esa idea, en Tomares atacó en el repecho y se tiró hacia adelante a lo loco, buscando recortarle unos segundos al líder. Durante los últimos dos kilómetros se colocó el primero de los cinco que abrieron hueco, para conseguir ampliar al máximo la diferencia. Paradójicamente, como no iba a luchar por la victoria de etapa (su aspiración era más alta), en la recta de meta dejó pasar a sus cuatro acompañantes y se puso a cola de ese grupito. No se iba a meter en el fregado del sprint, pero a 100 metros del final, justo donde yo estaba, se pegó demasiado a Fred Wright, se chocó con él y se fue al suelo. Roglič se incorporó a toda velocidad, en plan autómata, casi por instinto, pero estaba tocado. Me dio lástima ver como se montaba torpemente en la bici, aturdido por el golpe, por el calor y por el esfuerzo que llevaba encima. Era un zombi. Las gafas se le quedaron mal puestas en la cabeza y ni siquiera tuvo capacidad para ponérselas bien. El hombre, que dejó manchas de sangre en el asfalto, se levantó, dando muestras de un espíritu combativo encomiable y de una profesionalidad brutal, y solo se preocupó de subirse en la bicicleta para recorrer el centenar de metros que le quedaban. Lo hizo a duras penas, pero lo logró. No obstante, al día siguiente no pudo tomar la salida. No se había partido ningún hueso, pero con semejante trompazo en el cuerpo era imposible que pudiera seguir en carrera.

Una vez que vi marchar a Roglič, mi atención se centró en intentar reconocer a otros corredores. En el momento reconocí, por ejemplo, a Thibaut Pinot. Entró en un grupo importante, que perdió 1:43 con respecto a los primeros.


Al verlos pasar reconocí igualmente a Alejandro Valverde, a Remco Evenepoel y a Chris Froome. Tomares es un pueblo con buenas cuestas y, a partir del repecho en el que había atacado Primož Roglič, la carrera se había desbocado y se había roto. Por eso, en meta no entró un pelotón agrupado, sino que fueron llegando los ciclistas dispersos, reunidos en pequeños grupos o en solitario, pero separados por escasos segundos. Esa circunstancia favoreció que me diera tiempo a reconocer a los que he comentado, y que me pudiera fijar en los dorsales de otros, a los que luego pude poner nombre. Así, se que vi pasar a Kaden Groves y a Alessandro De Marchi, en los últimos puestos y cada uno en solitario, pero no muy descolgados. Los dos últimos en entrar, a 7:43, fueron Thomas Champion y Daryl Impey. Desde que Mads Pedersen pasó hecho un torpedo, todo sucedió muy rápido. Como digo, los corredores fueron apareciendo en grupitos, y eso también favoreció que pudiera echar unas cuantas fotos. En la siguiente, se ve a un mini pelotón que entró a 53 segundos de los primeros, en el que iban tirando Jetse Bol y Óscar Cabedo, que son los dos del equipo Burgos-BH que iban de morado. 


Gianni Vermeersch, del Alpecin-Deceuninck, llegó solo, haciendo de puente entre el grupo anterior y el de Thibaut Pinot.


Tras la entrada de los últimos, también pude ver como algunos ciclistas desandaban la recta de meta para ir a buscar sus autobuses. Los de la siguiente foto son Rubén Fernández y Jesús Herrada, corredores del equipo Cofidis.


Cuando la cosa se calmó, la gente se empezó a ir y yo aproveché para acercarme al podio. He visto en directo un buen número de etapas de la Vuelta Ciclista a España, y también una del Giro de Italia, pero nunca había presenciado en directo una ceremonia de premiación. En esta pude ver a Mads Pedersen, como ganador de la jornada, y a Remco Evenepoel, que era el líder de la general.



Hablando de nombres conocidos, también vi a Óscar Pereiro dando los trofeos. Pereiro ganó el Tour de Francia de 2006, después de colocarse líder gracias a una fuga bidón, de aguantar el tipo, acabando segundo aquella carrera, y de hacerse con la victoria final tras la descalificación por dopaje de Floyd Landis. Aparte, para dar los premios subieron igualmente al podio Canales y Alex Moreno, dos jugadores del Betis (son los dos de naranja en la foto inmediatamente superior). Verlos fue una inesperada sorpresa. Para acabar, cuando me iba pasé por debajo de la cabina de RTVE y vi, arriba, al gran Pedro Delgado. Desde luego, mi vertiente mitómana se fue a gusto de Tomares.


De hecho, mientras iba de regreso al coche aún tuve tiempo de ver como se marchaba el autobús del Lotto-Soudal.


En definitiva, fue una jornada genial. Acabé reventado, pero la verdad es que me lo pasé pipa. Con respecto a Tomares, mientras iba de camino al coche no pude evitar dar un pequeño rodeo para recorrer la Calle Las Vides. Cuando vivía en el pueblo y estaba en el instituto, en esa calle había una academia de inglés, a la que fui tres años. Iba a ella andando, dos días a la semana, por lo que fueron muchos los paseos que me di hasta ese lugar. No tengo malos recuerdos de aquellas clases, por lo que me apeteció desviarme, para ver la casa adosada donde estaba la academia.


Lo cierto es que la academia de inglés ya no está. Ahora el adosado es una vivienda normal y corriente. Sin embargo, el simple hecho de pasar por la calle me puso nostálgico. Fue una bonita manera de despedirme de Tomares, hasta la próxima vez que me deje caer por allí, que no será dentro de tanto.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado TOMARES.
En 1983 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 1'9% (hoy día 65'7%).
En 1983 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'2% (hoy día 21'3%).


25 de agosto de 2017

LA IRUELA 2017

La Iruela es un municipio de 2.000 habitantes que tiene a su población un tanto dispersa, ya que además del núcleo homónimo que ejerce de capital cuenta con 15 pedanías. La capital municipal, además, está prácticamente pegada a Cazorla, por lo que podría llegar a ser eclipsada por este pueblo, que da nombre a la comarca. Pese a todo esto, La Iruela tiene en su casco urbano una construcción, el Castillo de La Iruela, que hace que no corra realmente el riesgo de pasar desapercibida. De esta fortaleza hablaré en un post aparte, porque es uno de los monumentos que deben ser visitado sin excusa en Andalucía.


La Iruela, sin embargo, tiene también otro par de enclaves de un cierto interés que se merecen unas palabritas en este post: son una iglesia que está medio destruida, pero que tiene su historia, y un auditorio que es moderno, pero que se ha construido al borde de un precipicio, aprovechando la ladera de la montaña al más puro estilo romano. Ambos se pueden ver comprando una entrada conjunta a la del Castillo y están a su lado, en la parte alta del pueblo (La Iruela tiene muchas cuestas, conviene visitarlo sin prisas).


En nuestro caso, el día que visitamos La Iruela habíamos estado por la mañana viendo el Nacimiento del Río Guadalquivir y habíamos comido no muy lejos de este, junto a un punto en el que el río tiene ya algo de corriente, incluso en verano, y forma unas pozas de poca profundidad en las que la gente se baña a pesar de la gélida temperatura del agua. Después de comer y de bañarnos nosotros también, nos encaminamos a La Iruela, pero al llegar los monumentos aún estaban cerrados, por lo que nos dirigimos al centro del pueblo buscando un lugar donde tomar café. La Iruela no es un lugar muy poblado ni demasiado turístico, lo que hizo que nos costara dar con un bar. Por un momento, de hecho, temí que no íbamos a encontrar ninguno y que íbamos a tener que regresar a la carretera, a la entrada de la población, donde había visto un hotel, pero finalmente descubrimos que el pueblo sí tenía dos bares abiertos, que estaban casi enfrente el uno del otro. Teníamos una hora por delante y en la desierta calle hacía bastante calor, así que acabamos entrando en los dos y pude comprobar que en ambos se respiraba un ambiente totalmente diferente.

Primero entramos en la Cafetería Vandelvira, dado que tenía más pinta de servir cafés.


En esta cafetería nos tomamos un cafelito e incluso comprobamos que había pasteles, pero lo que me llamó la atención fue que aquel resultó ser el lugar donde la tercera edad del pueblo se reúne a jugar el dominó (había ambiente de peña futbolística, de bar de asociación de vecinos... o de hogar del pensionista). Allí estuvimos a gusto, frescos y tranquilos un buen rato, pero el lugar, estando con las niñas, no daba para más que para media hora.

En consecuencia, decidimos marcharnos y, tras comprobar en la calle que el sol seguía tostando de los lindo, cruzamos y nos dispusimos a echar la restante media hora en el bar de enfrente (Café Bar Puerta 77). Allí el ambiente era bastante distinto, se ve que es el lugar donde paran los hombres de mediana edad del pueblo con pinta de ser aficionados a los bares. En cualquier caso, pese a ser de otro estilo, este bar tenía en la parte de atrás una terraza agradable con una diana, donde nos tomamos unos refrescos jugando una partida de dardos.


Gracias a los dardos llegó volando el momento de subir, por fin, a ver los highlights de La Iruela. La visita estrella, sin duda, es la del Castillo, pero las ruinas de la Iglesia de Santo Domingo también resultan interesantes, porque al igual que la de Cazorla esta iglesia está casi destruida por completo debido al ataque de las tropas francesas en el siglo XIX.



En el caso de la Iglesia de Santo Domingo, se levantó en el siglo XVI reemplazando a otra medieval y siempre tuvo problemas de mantenimiento, aunque parece que fueron las tropas napoleónicas las responsables de su ruina total. Tras la Guerra de la Independencia, dado su estado, dejó de tener culto y pasó a convertirse en el cementerio municipal, de hecho se abrieron un montón de nichos en las paredes que ya no se ven, pero que estuvieron ahí hasta los años sesenta. En esa época se clausuró definitivamente ese cementerio y se vaciaron los nichos, pero se dejaron muchas de las tumbas que estaban en el suelo (hoy día en la parte trasera de la iglesia aún se ven recuerdos a personas que fueron enterradas ahí a lo largo del siglo XX).



Por su parte, el Auditorio Castillo de la Iruela es moderno (se construyó en 1990) y no tiene más interés que el de ver como está acostado en la montaña, pero estoy seguro de que será muy útil a la hora de organizar conciertos y espectáculos.


De hecho, nosotros llegamos a ver como se le daba un uso práctico, porque en él se estaba grabando un programa de televisión. Esta circunstancia fue, sin duda, una de las anécdotas de esta parte de las vacaciones, porque el día anterior en Cazorla nos habíamos topado en la explanada de las ruinas de la Iglesia de Santa María con el mismo rodaje. En principio, creí que lo que estaban filmando era un vídeo musical, porque en Cazorla lo que vimos fue a un joven que estaba haciendo como que cantaba a la vez que sonaba de fondo una canción en un radiocasete, mientras a su espalda otros dos hacían como que tocaban una guitarra y un bajo. En ese momento me pareció un poco cutre el número, porque no había batería y los instrumentos estaban claramente desenchufados, se veía a la legua que todos estaban haciendo como que tocaban y cantaban poniendo caras. Seguro que luego, al montar las imágenes y mezclarlas con la música todo junto queda bien, muchas veces he visto el resultado final en vídeos, pero observarlo en vivo es raro. En cualquier caso, me pareció curioso, pero como no me sonaban de nada los músicos no le di más importancia al tema y la cosa no habría ido más allá si, al día siguiente, esperando en La Iruela junto a la cancela que daba acceso al recinto del Castillo, la Iglesia y el Auditorio, no nos hubiéramos encontrado al mismo cantante junto con todos los técnicos que el día anterior estaban llevando a cabo el rodaje (el del bajo y el de la guitarra ya no estaban). El hecho de ver otra vez al artista y de comprobar que tenía allí a su disposición, por segundo día consecutivo, a casi una decena de personas, ya me picó la curiosidad. "¿Quién será este?" pensé. El chico parecía un poco intimidado, la verdad, los técnicos que estaban con él daban muestras de estar más relajados, pero allí todos estaban trabajando para grabarle, estaba claro que era algo más que un aficionado. Al abrir las puertas, todos ellos se dirigieron al Auditorio y nosotros vimos la Iglesia y el Castillo, pero antes de irnos nos asomamos al teatro y vimos que en las gradas estaban en plena grabación. Al verlos a todos en faena otra vez ya no me pude resistir y le pregunté a uno que estaba allí mirando que quién era el cantante. "Lukas Layton", me contestó.


Pues bien, Lukas Layton es un joven cantante de Úbeda que tiene un disco y un EP en el mercado. En realidad, no estaba grabando ningún videoclip, aunque he visto que ha rodado algunos, sino que estaba filmando los exteriores de un programa de TVE llamado TVE es música que se dedica a promocionar a músicos de múltiples estilos. Yo ese programa no sabía ni que existía, pero por lo visto en él se emite un concierto en directo del artista (sin público, grabado en un plató de televisión) y algo rodado en exteriores. Lo que nosotros vimos fue la parte del programa grabada al aire libre. Según he leído, el programa de Lukas Layton se emite este otoño.

Musicalmente, Lukas Layton no está mal, hace una especie de rock indie que no me disgusta si se hace bien, aunque lo cierto es que lo que he escuchado suyo tampoco me ha encandilado y rodando tenía un aire un tanto lacio, haciendo como que cantaba mientras se balanceaba levemente. Aún así, grabar para TVE no debe ser fácil, hay que reconocer que el chaval tiene su mérito. Ojalá triunfe a mayor escala.



Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado LA IRUELA.
% de Municipios ya visitados en la Provincia de Jaén: 5'2%.
% de Municipios de Andalucía ya visitados: 19'5%.


17 de junio de 2017

SEVILLA 2017 (JUNIO)

Por lo visto, más de dos millones y medio de personas visitaron Sevilla en 2016. Es mucha gente, y eso que las estadísticas solo tienen en cuenta a los que se quedaron a dormir en establecimientos reglados de la capital. Realmente, ya sabía que Sevilla es un referente mundial desde el punto de vista turístico, pero ese dato que he buscado en Internet confirma que su atractivo sigue intacto. De hecho, ha habido un incremento de turistas del 9%, con respecto a 2015.


Yo he vivido muchos años en Sevilla, que es donde nací, y el resto del tiempo no he andado muy lejos, salvo en etapas muy puntuales. Ahora vivo en un pueblo que está a 10 kilómetros de la capital, pero, aún así, mi contacto con ella es diario, por familia y por trabajo.

De todos modos, uno puede llevarse años viviendo en un lugar y no conocer apenas nada de él. En mi caso, siempre he intentado que eso no me pase con Sevilla, las personas vienen desde muy lejos para conocerla y sería una pena que yo, que soy de aquí, hubiera visto menos cosas de la ciudad que muchas de ellas. Por esta razón, muy de vez en cuando me transformo en guiri y organizo algún tipo de visita, que me permita ir profundizando, poco a poco, en las maravillas de la antigua Hispalis. Para hacerlo, se tienen que dar una serie de circunstancias. A veces cuesta sacar el hueco, pero este pasado fin de semana tenía la excusa perfecta para convertirme en turista en mi propia ciudad: gastar un bono de Ispavilia, que tenía desde el último día de Reyes (Ispavilia es una pequeña empresa local, que se dedica a organizar originales rutas temáticas guiadas por Sevilla. Las pasadas Navidades me regalaron un bono, para que buscara, a lo largo de 2017, el momento más oportuno para hacer alguna de esas rutas).


En efecto, aprovechando que tenía que gastar el bono, el pasado sábado María y yo organizamos una jornada de auténtico turismo sevillano en pareja. Es cierto que ambos somos autóctonos, pero el plan que realizamos podría haberlo hecho igual cualquier foráneo que quisiera conocer la capital de Andalucía, porque, además de realizar la ruta de Ispavilia, también gastamos otro bono que me habían regalado, igualmente en Navidades, para realizar un circuito termal en Aire de Sevilla, que es el hammam más famoso de la ciudad. Si tenemos en cuenta que no perdimos la oportunidad de tapear y que, incluso, echamos más de una hora en el Starbucks de la Avenida de la Constitución, rodeados de japoneses, pues se puede decir que el sábado fue el primer día, desde que escribo este blog, en el que me convertí en guiri en mi propia tierra.

Sin embargo, el fin de semana también incluyó dos actividades que estuvieron enmarcadas dentro de la cotidianidad, pero que me pusieron en contacto con otros dos lugares de Sevilla que, aunque son menos turísticos, son toda una referencia en la ciudad: el Auditorio Rocío Jurado y el Parque del Alamillo.

El año pasado hablé, en uno de los primeros post de este blog, del Proyecto LUNA. En aquella ocasión fuimos a Sanlúcar la Mayor, a ver un espectáculo organizado en el marco de ese proyecto. Por ello, me referí a él y a ese pueblo. Este año, no solo he asistido a la gran representación del Proyecto LUNA, sino que he vivido mucho más de cerca su puesta en marcha, porque Ana y Julia han participado como integrantes del coro (el Proyecto LUNA, que es un acrónimo de Lenguaje Universal para Niños Artistas, es un proyecto educativo que incluye la música cantada, la práctica instrumental, la expresión corporal y las artes plásticas. Los niños y niñas que participan en él, a lo largo del curso ensayan el espectáculo, divididos por centros escolares, y luego lo representan todos juntos, uniendo las partes en un increíble puzle final).


Como digo, en 2016 asistimos a una representación parcial del espectáculo, que se hizo en Sanlúcar, un mes después de su estreno, y este año, dado que el colegio de Villanueva del Ariscal volvía a participar en el tema, Ana y Julia se apuntaron y han actuado, formando parte del coro de niños y niñas, que canta de manera coordinada con la música, la danza y las imágenes que se proyectan en una pantalla gigante (las imágenes son dibujos de los peques, relacionados con la historia que va contando la letra).


El caso es que la gran función fue el viernes por la noche, en el Auditorio Rocío Jurado, lo que me permitió entrar, una vez más, en este edificio, inaugurado en 1991 (está en el recinto de lo que fue la Expo'92).


Yo en él he asistido a bastantes conciertos, aunque el último data ya de 2012 (fue uno de Blind Guardian y de Judas Priest). También fui allí en 1995 a un cotillón de fin de año, de esos que son una auténtica porquería, pero que te encantan porque tienes 17 años y te lo pasas bien con tus amigos casi en cualquier sitio. Sin embargo, no había estado nunca sentado en las gradas, por lo que esta ha sido la primera vez que he estado allí cómodamente ubicado.


El espectáculo fue grandioso y muy emocionante (en esta edición se interpretó la obra Tiempo de Paz, compuesta por Francisco Rosado Castillo), pero lo que no me gustó fue volver a comprobar que el Auditorio, que está muy bien como recinto, sigue siendo un edificio situado en un lugar aislado, que no tiene aparcamiento, ni un acceso lógico. El pateo que nos dimos con las niñas, casi al filo de la medianoche, hasta que conseguimos, con problemas, coger un taxi en la Calle Torneo, fue de traca.

La otra actividad del fin de semana sevillano, que estuvo dentro de la cotidianidad, fue el domingo, y no salió bien del todo, pero nos permitió ir un rato al Parque del Alamillo, que es un espacio que, a pesar de lo que parece, se merece una visita. Este parque se inauguró en 1993, al norte de lo que fue el recinto de la Expo'92, y, dada su ubicación, se puede decir que es el límite noroeste de la ciudad de Sevilla.


A mí, durante bastante tiempo este parque no me gustó demasiado, pero tengo que decir que me ha ido conquistando poco a poco y ahora me encanta. Parte de la responsabilidad de ese cambio la tienen los que lo gestionan, ya que, además de mantener el recinto muy cuidado, han sabido poner en valor lo que hay allí, y no han dejado que aquello acabe siendo pasto de los canis, que es lo que pareció durante un tiempo que iba a suceder. Dentro de lo que cabe, la crisis, que tanto daño ha hecho en múltiples ámbitos, al Parque le vino bien, porque durante los años en los que todos vivíamos un poco por encima de nuestras posibilidades, no eran muchos los que, pudiendo ir a echar el domingo a la playa, a la sierra o al Aljarafe, iban a tirarse en una manta al Alamillo. En esos años, el ambiente allí era un pelín choni (los canis, por muchas razones, no se van muy lejos, y fueron los únicos que permanecieron fieles al Parque). Sin embargo, con la crisis todos tuvimos que cortarnos a la hora de gastar dinero los fines de semana, pero no por ello dejamos de necesitar aire, los sábados y los domingos. En esa contexto, no fuimos pocos los que descubrimos en el Parque del Alamillo un magnífico espacio donde, sin alejarte apenas de casa, puedes disfrutar de un día de campo muy cómodo y agradable (es un sitio bien organizado, con mucha vegetación autóctona, que no es demasiado agreste, pero que tampoco está prefabricado en exceso).


El caso es que el Parque se ha llenado de gente normal y los canis han dado un paso atrás. Eso es lo que subyace del cambio de ambiente que se ha vivido allí, pero eso no hubiera sido posible, realmente, si los que gestionan aquello no hubieran potenciado el carácter multidisciplinar del recinto: ahora, en el Alamillo hay una magnífica zona para pasear a los perros, se organizan cursos de patinaje, se celebran pruebas deportivas y acampadas, se ha potenciado que se celebren cumpleaños (el parque aporta mesas y sillas), es un lugar donde puedes hacer reuniones familiares enormes sin molestar y sin ser molestado, se ha favorecido que toda clase de organizaciones sin ánimo de lucro celebren allí sus quedadas, se puede hacer esquí náutico, carreras de barcos teledirigidos, hay conciertos ocasionales, bicicletas de alquiler, a veces se organizan talleres para niños, se proyectan películas infantiles, se montan exposiciones,... Y todo gratis. Además, el parque tiene varias entradas con buenos aparcamientos, dos bares, amplias zonas de juegos para peques, praderas, sombra abundante,... En definitiva, vayas cuando vayas, aquello es un hervidero de gente motivada con lo que está haciendo. El ambiente me resulta muy agradable.

Por desgracia, pese a todo lo dicho, el domingo no era el día para ir al Parque del Alamillo. Nosotros fuimos, porque el grupo scout de Ana organizó allí una reunión de cierre de ronda, a la que estábamos invitados niños y padres (pero... ¿no nos reunimos ya a comer todos en Mairena, hace tres semanas, precisamente para terminar la temporada scout?). A nosotros, el asunto nos pilló un poco a trasmano, porque nos avisaron tres días antes y ya teníamos el fin de semana bastante apretado, pero, aún así, decidimos hacer un esfuerzo de integración e ir, pese a que María y yo nos acostamos el sábado a las dos de la mañana (sin pretenderlo, luego explicaré por qué), y a que las niñas estaban durmiendo con sus abuelos. Lo que pasó fue que, a pesar de que nos levantamos a tiempo, tuvimos que ir a por las niñas y nos presentamos en el Alamillo a las doce del mediodía, 30 minutos tarde. A esa hora, el calor ya era excesivo, y nos dimos cuenta de que aquello se iba a convertir en un infierno, el parque estaba casi desierto, porque, sinceramente, a poca gente se le ocurre ir a un sitio así, a pasar el domingo a 40º debajo de un árbol. Como la idea era que los niños y los padres hicieran cosas juntos, como patinar o montar en bici, las niñas y María se llevaron sus patines, pero, antes de conseguir llegar al lugar donde se había colocado el grupo scout, ya estábamos todos pensando que no teníamos ninguna gana de echar allí el día. En consecuencia, nos dimos media vuelta y nos fuimos. Otra vez será.


No obstante, a estas alturas he ido ya tantas veces al Alamillo, que puedo decir que lo conozco más que bien.


En cualquier caso, el día en el que se concentró la actividad verdaderamente turística fue el sábado. El viernes por la noche y el domingo por la mañana estuvimos en dos lugares de Sevilla de un cierto interés, pero fue el sábado por la tarde cuando María y yo nos exprimimos como si fuéramos dos turistas, que quieren hacer todas las cosas posibles en el poco tiempo que tienen.

La jornada sevillana, no obstante, la comenzamos con las niñas, comiendo en el Restaurante Japonés Sushi Chaki, uno de nuestros sitios de referencia. La comida japonesa está viviendo un boom, se encuentra inmersa en una burbuja que acabará explotando, lo que se llevará por delante a muchos de los negocios que han proliferado por doquier. El Sushi Chaki, sin embargo, tiene bastantes papeletas para sobrevivir, porque se come muy bien en él. Nosotros vamos de vez en cuando, ya que está a dos pasos de casa de mis padres, y más cerca aún de donde vive mi hermana, pero además lo frecuentamos porque nos gusta mucho.


Este restaurante no tiene nada de turístico, porque está en Los Remedios, que es un barrio eminentemente residencial, pero el sábado María y yo queríamos empezar nuestra jornada compartiendo un rato con las niñas, y, por eso, antes de dejarlas a buen recaudo con la familia, decidimos darnos una vez más un homenaje en forma de sushi.


Tras el almuerzo, y una vez que hubimos dejado a las niñas en casa de mi hermana, llegó el momento de sumergirnos de lleno en el corazón guiri de la ciudad. Nuestro primer destino fue Aire de Sevilla, un hammam que abrió en 2004, y que se ha asentado como un destino para turistas al que también vamos los sevillanos.


Aire de Sevilla son unos baños de estilo griego y romano, que se construyeron en una céntrica casa palacio del siglo XV. Están muy bien hechos, y en ellos se une el gustazo que supone disfrutar de un spa, con el atractivo de hacerlo en un ambiente de lo más pintoresco.


Yo soy muy friolero, y en alguna ocasión he ido a algún spa donde no lo he pasado bien, porque no estoy a gusto si el agua templada está demasiado fría. Por suerte, en Aire de Sevilla comprobé que el agua de la piscina templada (el Tepidarium), de la piscina de burbujas (el Baño de Mil Chorros) y del Flotarium, está a una temperatura perfecta (36º, por lo visto). Junto a la piscina templada, que es la más grande, está la caliente (que arde) y la fría (en la que hay que ser muy duro para meterse más allá de los muslos, ya que está a 16º). Tras realizar el circuito completo, la circulación se queda más que activa. Aparte, la piscina de burbujas te da un buen meneo, y en el Flotarium da gusto hacer el muerto durante un buen rato. Para acabar, puede uno darse una vuelta por la sauna húmeda (el Laconicum o Baño de Vapor), donde es difícil aguantar más de dos minutos (hay tanto vapor, que al principio es complicado incluso verse la mano). A mí me gustan más las saunas secas (las finlandesas), pero en un sitio así lo que pega es una húmeda. En definitiva, la hora y media que se pega uno de piscina en piscina pasa volando. Nosotros tuvimos el acierto de ir a las 4 de la tarde, una hora a la que había menos gente. Luego, a las 5, entró el siguiente turno, que coincidió con nosotros 30 minutos (entra gente cada hora, pero se puede estar allí una hora y media). En ese último rato la cantidad de bañistas que había estuvo un poco al límite, pero, entre que nosotros ya llevábamos allí bastante tiempo, y que la gente, realmente, se comportó de un modo muy respetuoso, pues no se desvirtuó en absoluto la experiencia. No obstante, la misma no fue comparable a la de la otra vez que yo estuve allí, que fue en 2006: en aquella ocasión fui un jueves por la mañana (fue el día antes de mi boda), y entre que era laborable, y que el hammam llevaba abierto solo dos años, estuvimos en el agua más solos que la una. Desde entonces, este ha cambiado un poco, porque en 2006 la piscina templada era casi de tamaño olímpico, pero en cambio no había piscina de burbujas. Ahora han levantado un muro y han achicado la piscina templada, pero a cambio han ganado otra piscina de un tamaño considerable. Lo que sí que no ha cambiado es lo arreglado que está todo, el sitio tiene mucho éxito entre los autóctonos y entre los foráneos porque están muy cuidados los detalles. Después de más de una hora y media, de allí sale uno de lo más relajado.

En nuestro caso, salimos a las 6 de la tarde, y hasta dos horas después no empezaba la ruta de Ispavilia, así que, para pasar ese rato, nos metimos, primero en el Starbucks (es una americanada, es cierto, pero en ningún otro sitio puede uno tirarse en un sofá a charlar durante una hora con un simple café), y luego en la Fnac que está enfrente. Finalmente, el inicio de la ruta se retrasó hasta las 9 de la noche por el calor, por lo que nos sentamos en la Cervecería Puerto Plata para hacer tiempo.


Allí cometimos el error de pedir para picar, sin mirar los precios de la carta, un plato de tomate con melva. En consecuencia, nos pusieron una ración de tomate, que si hubiera costado 7 u 8 euros me habría dejado satisfecho, pero que costó 12 (más 1'50 euros por el pan y los picos que venían de serie), precio por el cual uno ya exige una calidad que, evidentemente, no tenía el plato. Asumí que nos habíamos sentado en una terraza, en un lugar muy turístico, está claro que errores como el de pedir, en sitios así, sin consultar antes los precios, no los cometen solo los guiris. Pese a todo, el servicio fue muy bueno (no nos metieron prisa, ni nos despacharon), y en la terraza, hay que decirlo, estuvimos muy a gusto.

Mucho más ajustado, aunque parezca mentira, estuvieron los precios en el bar donde cenamos después de la ruta de Ispavilia. A esa hora ya era tarde, y no nos complicamos mucho, por lo que acabamos sentados en una mesa, en plena Calle Mateos Gago. El sitio era arriesgado, dado que, como se puede comprobar en la foto de abajo, no andábamos muy lejos del epicentro turístico de Sevilla.


Sin embargo, en el bar donde nos sentamos (La Sacristía de Mateos Gago) nos costaron lo mismo dos cervezas y tres tapas, que el plato de tomate de la tarde (y esta vez el pan y los picos fueron gratis). En un principio, tenía pensado que fuéramos a cenar a la mítica Bodega Santa Cruz - Las Columnas, que está en la esquina de Mateos Gago con la Calle Rodrigo Caro, y que es un sitio genial adonde hace tiempo que no voy, pero estaba hasta arriba y no era factible sentarse, por lo que, tras tres horas de pateo, decidimos dejarlo para otra ocasión.

Porque, en efecto, tres horas duró la actividad de Ispavilia (de 9 a 12 de la noche), aunque se me pasó el tiempo volado. El recorrido lo guio Jesús Pozuelo, que es el alma mater de la empresa y que, por lo que vi, es toda una enciclopedia andante sobre Sevilla. De hecho, la ruta dura oficialmente dos horas, pero se alargó una hora más, por las mil explicaciones que nos dio sobre todo.

De todos los tours que oferta Ispavilia, el de la noche del sábado se tituló Sevilla Oculta 3. Misterios de Santa Cruz. El nombre era sugerente, desde luego.


La ruta, que comenzó en la Puerta de Jerez y acabó en la Plaza de Santa Marta, estaba destinada a mostrar leyendas, misterios y curiosidades relacionadas con lo que fue la antigua judería sevillana, que estaba ubicada en el actual Barrio de Santa Cruz. Realmente, es imposible reflejar aquí todas las cosas que se dijeron a lo largo de la actividad. La misma estuvo jalonada de muchas paradas, y en todas Jesús nos contó historias de lo más interesante. Quizás, yo me quedo con las explicaciones que estuvieron relacionadas con los lugares que llegamos a pisar, por decirlo así (salieron a relucir cosas curiosas del edificio de la actual Diputación de Sevilla, que está ubicada en el antiguo Cuartel de la Puerta de la Carne, o del Hotel Alfonso XIII, por ejemplo, pero no entramos en ellos. Por contra, me resultó muy interesante escuchar, in situ, las explicaciones relativas a la Plaza de Santa Cruz o a la Plaza de Santa Marta). En general, toda la parte de la visita que estuvo centrada en el Barrio de Santa Cruz fue muy evocadora (a pesar del nombre de la ruta, durante la primera parte del recorrido, lo que hicimos fue bordear ese barrio, al que accedimos por la parte de los frondosos Jardines de Murillo).


En el Barrio de Santa Cruz tuvo su asiento, en la Edad Media, la abundante comunidad hebrea sevillana, y actualmente es uno de los pedazos más pintorescos de la ciudad, ya que está formado por un laberinto de estrechas calles, donde no hay apenas monumentos ni museos que visitar, pero sí un montón de rincones en los que detenerse. Nosotros solo recorrimos una parte, Ispavilia tiene otra ruta que se centra con más detenimiento en todas las calles de la judería, pero nuestro objetivo era ver lugares relacionados con alguna historia curiosa. Uno de los que más me gustó, como he dicho, fue la Plaza de Santa Cruz, donde hubo una iglesia, que antes había sido sinagoga, y que fue derruida por las tropas napoleónicas en 1810. Ahora, en su lugar está esa sugestiva plaza, presidida por la Cruz de la Cerrajería, que data del siglo XVII. Me encantó hacer esta ruta por la noche, ya que el barrio destila un encanto especial en penumbra. 


Antes, me habían resultado también especialmente interesante las explicaciones relativas a la Antigua Real Fábrica de Tabacos. En este edificio tampoco entramos, pero sí lo hicimos en sus jardines. En este caso, no entrar dentro del inmueble me dio igual, porque lo tengo visto hasta la saciedad. En la actualidad, el mismo es la sede central de la Universidad de Sevilla, y es el lugar donde yo estudié a lo largo de cinco años. Durante ese tiempo, fue mi segunda casa y tuve la oportunidad de explorarlo bien por dentro. Gracias a las explicaciones, me he enterado ahora de un montón de cosas que no sabía.


Como dije antes, la ruta acabó en la Plaza de Santa Marta, un lugar mágico en el que, curiosamente, solo había estado una vez (es una plaza a la que solo se puede acceder a través de un estrecho callejón que, además, da unas cuantas revueltas).


La visita fue una gozada, al principio me sorprendió ver que el 99% de los asistentes eran sevillanos, pero luego he comprendido que, si bien un tour guiado se disfruta sea donde sea, el hecho de que te cuenten cosas sobre lugares que ya conoces hace que la experiencia sea más apasionante, si cabe. Por ello, es normal que Ispavilia atraiga a tantos autóctonos (había gente de todo tipo, además).


En definitiva, mi fin de semana de turismo sevillano fue fantástico. La mejor noticia es que tengo otro bono de Ispavilia (el regalo era para hacer dos visitas en pareja, no una), y también otro de Aire de Sevilla, ya que el que gastamos el pasado sábado era, realmente, un regalo de Reyes de ¡2016! Las pasadas Navidades me regalaron uno nuevo, y no vamos a tardar tanto en hacer uso de él, eso seguro...


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Sevilla: 14'2% (hoy día 100%).
En 1977, % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 0'2% (hoy día 32'2%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado SEVILLA.
En 1977 (aún incompleto esta visita), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 10% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 50%).
En 1977 (aún incompleto esta visita), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'1% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 4%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 0'9% (hoy día 61%).
En 1977, % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'1% (hoy día 19'3%).