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6 de diciembre de 2024

MADRID 2024

Hace tiempo, me propuse ir a Madrid al menos una vez al año, y hay algo en el universo que se ha conjurado para que pueda cumplir con mi objetivo. Si no, no se entiende que, de los últimos 31 años, solo en 6 no haya estado en la capital, teniendo en cuenta que vivo en Sevilla, y que casi nunca he viajado por trabajo. Este 2024, pensaba que no iba a poder cumplir con mi aspiración por séptima vez, pero, como digo, alguna fuerza externa tiende a llevarme a Madrid periódicamente, aunque yo no lo planee. 


El caso es que el pasado fin de semana surgió la oportunidad de dejarme caer por Madrid una vez más. En realidad, yo fui de acompañante de María, que iba a hacer un examen de oposición, por lo que parte del plan estuvo mediatizado por esa circunstancia, pero eso no impidió que pudiera darme un par de paseos. Además, nos alojamos en un apartamento turístico que estaba situado en una zona de la ciudad que yo nunca había pisado. La misma se conoce popularmente como Villaverde Bajo, aunque, en la actualidad, ese nombre no se usa para designar ningún barrio oficial madrileño.


En realidad, Villaverde fue un municipio independiente hasta 1954, cuando se unió a Madrid y nació el distrito de Villaverde. Ese pueblo recorrió, por tanto, el mismo camino que Barajas de Madrid, que desapareció en 1950, y que pasó a ser un distrito de la capital denominado Barajas. De él hablé hace unos meses. En el caso de Villaverde, en 1954 era un ente municipal que estaba ya dividido en dos poblaciones, desde que, a mediados del siglo XIX, su zona se convirtiera en un nudo ferroviario, y eso provocara el surgimiento de Villaverde Bajo, a pocos kilómetros de lo que pasó a conocerse como Villaverde Alto, que era el núcleo original. Años después, esa dualidad entre Alto y Bajo sigue vigente, aunque ahora todo se encuentre unido y estemos hablando de dos simples barrios oficiosos de Madrid.

Desde que se creó, Villaverde ha sido el distrito más industrial de la capital. De hecho, varios polígonos industriales ocupan una gran porción de su territorio. Hoy día, se encuentra dividido en cinco barrios oficiales. Villaverde Alto forma parte del de San Andrés, que está al oeste, mientras que Villaverde Bajo se corresponde con todo el sector sur de Los Rosales. Esta es la zona que yo recorrí.

Los Rosales es una barriada obrera de libro, en la que abunda la multiculturalidad. Por lo visto, en 2019 eran inmigrantes el 15'9% de sus vecinos, según el Estudio Sociodemográfico de los Barrios de Madrid Ligados a los Planes Integrales de Barrio (PIBA), que es un documento oficial del Ayuntamiento de Madrid. El 15'9% de la población no parece mucho, pero tampoco sé que es lo que se considera inmigrante. Es posible que la cifra no contemple a las personas cuyos padres vinieron de fuera de nuestras fronteras, pero que ya han nacido aquí. Estos son españoles a todos los efectos, pero contribuyen a la diversidad cultural de los sitios donde viven. En Los Rosales está claro que los hay en cantidad.

En todo caso, en el citado estudio se afirma que Los Rosales es el vigésimo barrio más vulnerable de Madrid, de los 128 en los que está dividida la ciudad, teniendo en cuenta su composición social y su nivel económico. Ese dato sí es, quizás, más descriptivo de lo que uno puede encontrarse en esas calles del límite sur de la capital de España, que no es otra cosa que gente que es currante y trabajadora, pero que no lo tiene fácil. 

Nosotros, en Villaverde Bajo estuvimos muy a gusto. De hecho, dado que llegamos a Madrid a mediodía, lo primero que hicimos fue ir a comer. Para encontrar algún sitio donde hacerlo, atravesamos la barriada de lado a lado, hasta que dimos con un bar que nos convenció, junto al Parque de la Fuente


En efecto, en uno de los laterales de esa zona verde tiene su velador el Bar Cafetería Donde Siempre, que es donde nos sentamos. Al sol, en un ambiente muy tranquilo, estuvimos en la gloria. 


Donde Siempre es una tasca prototípica, con una amplia carta de comida. La experiencia me dice que, en ese tipo de bares, es mejor no pedir pescado, sobre todo frito, por lo que nosotros nos tomamos un par de cañas, con sus correspondientes tapas de salchichas con patatas, además de una ración de lacón, y nos quedamos tan a gusto. A María le hacía falta un rato así, porque se examinaba al día siguiente y a esa hora estaba ya más que nerviosa.

Con respecto al lugar donde nos alojamos, creo que nunca había dormido en un apartamento más minúsculo. Estaba situado en una especie de ensanchamiento de la Calle Eduardo Minguito, que estaba atestado de coches.



Lo que aparece en la foto superior es el apartamento entero (la instantánea está tomada desde el zaguán). Era tan chico, que el armario no podía usarse sin quitar la silla, y lo que se ve encima de ambos era la cama, que impedía que la puerta del baño se abriese del todo. Eso sí, tenía una ventana que daba a la calle. Por suerte, solo lo queríamos para dormir. 

Tras el agradable rato comiendo, y la correspondiente siesta en el infra apartamento turístico, volvimos a nuestra realidad y nos dirigimos a Ciudad Universitaria, que es el barrio donde tiene sus instalaciones la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. Allí es donde María iba a hacer su examen. 


Nuestra idea era que ella tuviera clara la manera encontrar el lugar del examen al día siguiente. Por eso, fuimos hasta la misma puerta de la Facultad. En contra de lo que yo pensaba, la Avenida Complutense, que atraviesa ese barrio universitario, estaba bastante animada a esa hora, teniendo en cuenta que era sábado por la tarde. Efectivamente, había por allí muchas familias, que iban a algún tipo de actividad que se iba a desarrollar. El ambiente era entrañable. 

Nosotros, sin embargo, no echamos raíces en la zona, sino que optamos por tirar para Lavapiés, para ir a tomarnos unas cañas con Ruth, como hacemos casi siempre que vamos a Madrid. Con ella, fuimos al Mercado de San Fernando. En apariencia, se trata de un mercado clásico, y todavía conserva puestos de carne, de fruta y de verdura, pero también tiene otros que se han transformado en pequeños bares, donde se puede comer de todo. En nuestro caso, nos detuvimos en uno de gastronomía portuguesa, llamado Tasquinha Lisboa.


Siempre es un placer degustar una cerveza Sagres y probar alguna receta portuguesa, sobre todo si lleva bacalao.  


Por lo que respecta al Mercado de San Fernando, hace años ya fui, creo que en unas circunstancias parecidas, y aquello me lo encontré muy tranquilo, pero el otro día estaba hasta la bola. Me encantó ver tanta animación.

María, Ruth y yo, tras esa primera ronda, decidimos cambiar de establecimiento para la segunda, y nos dirigimos a un bareto en el que ya había estado, pero que ha sido rebautizado. Está en la Calle del Mesón de Paredes, y ahora se llama Los Rotos de Lavapiés


Antes, su nombre era Taberna Dónde da la Vuelta el Viento. Su aspecto actual es el mismo, pero supongo que ha cambiado de dueño.

Tras una segunda caña y otra tapa, llegó el momento de volver al diminuto apartamento, dado que había que madrugar mucho. Nuestra tarde en Madrid esta vez no se alargó demasiado.

Al día siguiente, María se fue al examen muy temprano. Yo la acompañé a la boca de metro, y luego me fui a correr. Al acabar, me duché y salí de nuevo, dispuesto a aprovechar el tiempo, mientras la esperaba. Mi objetivo era entrar en el Templo de Debod, que es una cuenta pendiente que tengo en Madrid. Para ello, me fui hasta el barrio de Argüelles, que no lo tengo nada explorado. De hecho, creo que no había estado nunca en la Plaza de España.


Tras echarle un detenido vistazo al Monumento a Cervantes de la citada plaza, seguí mi camino hasta el Parque del Oeste. Estuvo bien que me diera un paseo por esa zona de Madrid que desconocía, porque realmente el Templo de Debod no pude verlo. Por desgracia, no había entradas.


No me esperaba no poder entrar en el Templo de Debod, pero lo cierto es que vi Madrid lleno de turistas, por lo que no es de extrañar que hiciera falta reserva. Sin duda, pequé de inocente. Por fortuna, como he dicho me pude dar una vuelta por sitios que no conocía, entre ellos el parque donde está el templo egipcio. Desde allí, avisté, a lo lejos, la Catedral de Santa María La Real de la Almudena, que se convirtió en mi nuevo objetivo.


Antes de entrar en ella, me asomé al Mirador de la Cornisa del Palacio Real, desde donde se ven unas bonitas vistas del suroeste de Madrid.


La Catedral de Santa María La Real de la Almudena, por su parte, nunca la había visitado con tanto detenimiento. Dada la hora que era, sabía que ya no me daba tiempo a ir a ningún otro lado, pero, sin embargo, aún no tenía prisa real, así que me explayé recorriendo el templo catedralicio madrileño.


La Catedral de la Almudena se consagró en 1993, por lo que uno no la mira como si fuera un templo medieval. No obstante, es un edificio impresionante.


Curiosamente, la Virgen de la Almudena, que es la patrona de Madrid, no está situada en el Altar Mayor, sino en otro elevado, que se ubica en el lado derecho del transepto. 



Yo subí a ver a la Virgen, claro está, pero lo que más me gustó fue poder contemplar, desde lo alto, el transepto de la Catedral y el crucero. 


Otra curiosidad que desconocía, es que en La Almudena se conserva el Arca de San Isidro, que albergó, en la Edad Media, el cuerpo de San Isidro Labrador. Algunos dicen que esa baúl es la pieza de mobiliario medieval más importante de Europa.


En definitiva, no era la primera vez que entraba en la Catedral de Santa María La Real de la Almudena, pero sí vi cosas que no conocía. Al final, la visita improvisada a Madrid fue muy fructífera.

María acabó su examen, y tiramos enseguida para el sur. Aún nos quedaba el segundo episodio de nuestra mini serie Opositores on Tour. En efecto, tanto esta prueba de Madrid, como la de Cádiz que esperaba a María al día siguiente, eran simples entrenamientos para la importante, que es la que tiene que darle estabilidad de una vez por todas. Esta, que tendrá lugar en Sevilla, será la segunda del proceso selectivo destinado a cubrir vacantes en los archivos de la Junta de Andalucía. La primera ya la aprobó en noviembre. La definitiva está al caer, y estoy seguro de que irá bien, pero, mientras la convocan, en Madrid hizo un buen ensayo. En Cádiz le aguardaba otro.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 7'7% (hoy día 30'8%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'4% (hoy día 36'3%).

Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya estaban visitadas: 2'7% (hoy día 48'6%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que ya estaban visitadas: 1% (hoy día 20%).


19 de agosto de 2024

GRANADA 2024

Hay veces que un desastre acaba provocando situaciones inesperadamente agradables. La semana pasada, eso es justo lo que me sucedió.


Resulta, que la segunda parte de las vacaciones familiares de este verano la hemos pasado en un pueblo granadino llamado Restábal. Del mismo, voy a hablar como se merece en otro post, pero ahora tengo que adelantar que nuestra llegada a él fue un tanto accidentada, hasta el punto de que una de las ruedas delanteras del coche se reventó contra un escalón. Para nosotros, el percance no tuvo ninguna repercusión física, pero el Seat León acabó varado en una plaza de Restábal, en pleno mes de agosto, y a las puertas de un puente de tres días. Ni que decir tiene que necesitábamos un taller, pero no logramos encontrar en el Valle de Lecrín ninguno que fuera a abrir durante el fin de semana largo que teníamos por delante. Tampoco en la vecina Alpujarra la cosa pintó mejor. Tras un montón de pesquisas, nos quedó claro que dependíamos, necesariamente, del Norauto de Granada capital. En vista de eso, el sábado, que era laborable, lo ajustamos todo con la grúa y con el taxi que nos puso el seguro, y a primera hora de la mañana logramos dejar el coche en manos de los mecánicos granadinos. Estos estaban a tope, y nos dijeron que las ruedas no iban a estar cambiadas antes de media tarde, así que no tuvimos más remedio que echar la jornada entera en Granada. Como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga.

No voy a descubrir nada, si digo que Granada es una de las ciudades más maravillosas del mundo. Mi relación con ella es extensa, y ya quedó reflejada en el post que escribí en 2018, cuando estuve por última vez allí. Desde entonces, no había tenido la oportunidad de volver. En aquella ocasión, además, lo que hicimos, principalmente, fue ir al Parque de las Ciencias, pero no nos paseamos por el centro granadino, ni por su barrio estrella, que es el Albaicín. El otro día, en cambio, no dejamos de ver lugares emblemáticos.


Antes, sin embargo, nos dimos un buen paseo por una serie de vecindarios granadinos, que están lejos de las rutas turísticas, pero que son esenciales para mí. En efecto, me encontré conque, en Granada, Norauto está situado en Joaquina Eguaras, que es un barrio por el que yo me moví mucho, durante los dos años en los que residí en la ciudad. Fui tanto por él, porque yo vivía en otro barrio cercano, llamado Campo Verde. Ambos se encuentran en el Distrito Norte.


En Granada, el Norte es el distrito más chungo, y dentro de lo malo, lo peor está en un barrio llamado Almanjáyar, que ocupa toda su esquina noroeste. No obstante, esto no impide que la Estación de Autobuses de Granada esté en su extremo sur, colindante con el oeste de Joaquina Eguaras. Precisamente, en el borde meridional de Joaquina Eguaras se encuentra Norauto, y yo vivía en el recuadro que, en el mapa superior, aparece coloreado en rojo fuerte. Dado que yo iba y venía en autobús a Sevilla cada dos por tres, me recorrí esa parte de la ciudad cientos de veces. Eso hizo que sufriera varios percances nada agradables. En uno, un par de yonkis me quitaron 40 euros a punta de navaja. Fue en la Calle Profesor Francisco Dalmau.


Eran las 8 de la mañana, y, aunque ya se había hecho de día, no había nadie en la calle. Yo me dirigía a la Estacióny me pillaron por sorpresa. Por suerte, pese a que los dos chavales tenían un severo problema de drogas, se ve que no habían perdido del todo el buen corazón, porque me dejaron con 15 euros, para que pudiera, finalmente, coger el autobús. En otra ocasión, unos canis, que en cambio no tenían nada que rascar en el cerebro, estuvieron a punto de meterme una paliza, mientras corría por el bulevar de la Calle Joaquina Eguaras


Como se puede ver en la foto, el parquecito no mete miedo. Lo que pasa es que es largo, hasta el punto de que abandona los confines del barrio Joaquina Eguaras y penetra en lo más complicado de Almanjáyar, que es donde termina. Fui un pardillo, lo reconozco, porque corría mucha gente por la parte sur del bulevar, pero yo me iba hasta el final, y un día me dieron un susto muy gordo. Afortunadamente, estaba en forma y no me pillaron frio, porque ya iba a buen ritmo, de manera que pude esquivar las zancadillas de los pandilleros, que intentaron echarme al suelo, y escapé metiendo el turbo. Fue brutal. Por supuesto, jamás volví a ir por allí.

El tercer susto me lo dieron en Campo Verde, justo abajo de donde residía. El mismo es un barrio obrero, que es seguro de día, porque está lleno de gente trabajadora, de estudiantes y de inmigrantes que no se meten con nadie, pero que es atravesado con frecuencia por los que van y vienen de Almanjáyar, por lo que se ve de todo. Yo presencié, en el Camino de Alfacar, como se estrellaba un coche desbocado contra el de delante. Tras el impacto, salieron del vehículo que había causado el accidente, y se fueron corriendo, dos gitanillos de unos doce años, con la cosa de que se dejaron en el asiento de atrás, berreando, a un bebé de unos dos o tres años, al que, por suerte, habían atado a una silla. Aún hoy me sigue pareciendo una escena surrealista. Y lo del susto que me dieron... fue más bien otro atraco... aunque en este caso no me quitaron nada, porque estaba en chándal, a las 11 de la noche de un domingo, hablando por teléfono en una cabina, y solo tenía encima las llaves de mi piso. De nuevo, pequé de pánfilo. Sin embargo, a pesar de que, como digo, Campo Verde es un vecindario transitado, a veces, por individuos poco recomendables, también es un sitio repleto de comercios, habitado por personas honradas y amables. No lo digo por echarle un capote, sino porque viví allí dos cursos y lo sé.


El caso es que, pese a las historias para no dormir que he contado, yo viví muy a gusto en Campo Verde, fui muy feliz, me moví hasta la saciedad por sus alrededores, y aprendí a saber qué era seguro hacer, por dónde no se debía ir, y cuándo era mejor no andar solo por la calle. Por esa razón, sabía que el otro día, aprovechando que el destino nos había llevado por la zona, pude pegarme el gustazo de guiar a las niñas por esos lugares, por los que yo anduve cuando estudié en Granada, antes de que ellas nacieran.

Una vez que recorrimos la Calle Santiago Lozano, y que les enseñé el bloque donde yo estuve alquilado, además de por dónde entraba en él y cuál era exactamente la ventana de mi habitación, dejé de imitar al Abuelo Cebolleta, cogimos el autobús, y nos dirigimos al centro de Granada, con la idea de ver partes de la ciudad que destacan para todos, no solo para mí.



En Granada, pasear por la calle ya es un espectáculo, sobre todo en el Albaicín, pero también es menester visitar los edificios más importantes de la ciudad. Por supuesto, la Alhambra está a la cabeza de ellos. Explorarla bien es indispensable para cualquier persona. Yo lo he hecho en tres ocasiones, pero esta vez, dada la improvisación, ese plan no nos daba lugar. Por eso, pensamos en una alternativa que pudiera atraer a las niñas, y acabamos entrando en la Capilla Real. Ellas saben de sobra quiénes son los Reyes Católicos, de manera que les pareció mínimamente atractivo ver el sitio en el que están enterrados. 


La Capilla Real se puede decir que forma parte de la Catedral de Granada, porque está anexa, se comunica con ella y se concibió a la vez, pero también es posible estimar que se trata de un edificio totalmente independiente. Yo prefiero considerarla así, sobre todo porque estaba terminada en 1517, y la primera piedra del templo catedralicio se puso en 1523. Además, ambas construcciones no conforman un conjunto unitario, hasta el punto de que la Capilla Real es gótica, mientras que el estilo arquitectónico de la Catedral ya es renacentista. Eso se debe, entre otras cosas, a que tuvieron arquitectos distintos. Por último, la Capilla Real sigue activa como lugar de culto autónomo, y en la actualidad tiene un acceso diferente. 


En definitiva, creo que la Capilla Real es un edificio independiente. Ya desde el principio, se concibió como el lugar de enterramiento de Isabel I de Castilla y de su esposo, Fernando II de Aragón, pero, después, se instalaron junto a ellos las sepulturas de Juana I y de Felipe I (La Loca y El Hermoso, para que nos entendamos). El acceso desde la calle no es directo, sino que primero se entra en una lonja, que sirve de antesala a la capilla en sí. Esta es más amplia que muchas iglesias, tiene sus propias capillas laterales, y también cuenta con una gran reja, que separa las naves del presbiterio. Todo ello ayuda a que uno considere aquello como algo autónomo. En el centro del crucero, tras la reja, están las dos sepulturas. El Sepulcro de los Reyes Católicos es obra de Domenico Fancelli, y el Sepulcro de Juana I y de Felipe I lo llevó a cabo Bartolomé Ordóñez. En realidad, son monumentos conmemorativos, dado que los restos en sí se encuentran en la cripta que está debajo.


Hay que decir, que en la Capilla Real no se pueden echar fotos. Por eso, la he descrito sin adjuntar ninguna instantánea. Esta que he puesto aquí arriba la saqué de estranjis. Quizás no debería utilizarla en el blog, pero tampoco creo que haga mal a nadie. Por último, quiero añadir que se ha habilitado, en la antigua sacristía de la capilla, el Museo de la Capilla Real, en el que vi varios cuadros de gran calidad, pero los elementos que más me llamaron la atención fueron la Corona de la Reina Católica y la Espada de Fernando el Católico, así como el Cetro de la Reina Católica y el Cofre de la Reina Católica. Todo era auténtico, por lo que son artefactos que estuvieron en algún momento en las manos de los Reyes Católicos. Esa sensación de estar viendo historia me flipa.

Una vez que nos bajamos del autobús que nos traía desde Campo Verde, al margen de entrar en la Capilla Real, también nos dimos un paseo por el Distrito Centro de Granada. El mismo está dividido en dos barrios. De ellos, el que concentra la mayor parte de los highlights de la ciudad es Centro-Sagrario, que tiene en la Plaza de Bib-Rambla uno de sus epicentros. 


Ya ha quedado claro que yo viví dos años en Granada, y también tengo allí familia, pero, a pesar de que la capital nazarí está en el top five de las poblaciones en las que más tiempo he pasado en mi vida, hay sitios emblemáticos de ella que no conocía. Uno de ellos es la Alcaicería.


La Alcaicería granadina está constituida por un entramado de estrechas callejuelas, que se extienden entre la Plaza de Bib-Rambla y la Gran Vía de Colón, justo al este del conjunto que forman la Catedral de Granada, la Capilla Real y la Iglesia Parroquial del Sagrario. El principal punto fuerte de la Alcaicería radica en el hecho de que, en el lugar donde se encuentra situada, se ubicó el zoco durante la larga etapa musulmana de la ciudad. Por eso, ese bazar no es algo impostado, sino que es heredero directo del que existió en época andalusí.


Hay que aclarar, no obstante, que el mercado se quemó el 20 de julio de 1843. Eso significa que, lo que hoy vemos, es una nueva versión del anterior. Efectivamente, al reconstruir la Alcaicería, esta se redujo un poco, y sus calles se alinearon. Además, se llenó de elementos neo árabes, que pueden dar la impresión de que se está en un decorado, pero lo cierto es que allí ha existido un bazar desde hace siglos, por lo que el espectáculo es real.


Tras echar un buen rato en la Alcaicería, nosotros, después de una mañana bastante activa, que había empezado en Restábal cuando llegó la grúa, decidimos hacer un alto en el camino y comer algo, antes de ascender al Albaicín. En Granada, lo de tapear es siempre una opción, pero ese plan suele ser un tanto ajetreado, y queríamos tomarnos un respiro, por lo que almorzamos en el Ristorante Pizzeria La Piccola Carmela.


La Piccola Carmela es un restaurante italiano, que pertenece a un grupo gastronómico denominado Carmela. El mismo tiene cinco negocios en Granada, parecidos, pero con una seña de identidad diferente cada uno. Por ejemplo, hay uno que está centrado en la cocina mediterránea, y otro sirve comida casera. La Piccola, por su parte, es un ristorante italiano de los de siempre. Almorzamos de lujo. Después, nos acercamos a la vecina Plaza Nueva, que se encuentra situada a los pies, tanto del célebre Albaicín, como de la Alhambra.


Partiendo de la Plaza Nueva, nosotros tiramos en dirección al Albaicín, que se encarama por el comienzo de las laderas del Cerro San Miguel. Esa es la zona que vio nacer a la ciudad de Granada, y ha sido testigo del paso de múltiples pobladores a lo largo de los años, aunque parece que la etapa andalusí es la que le ha dado su seña de identidad.


Cuando uno visita el Albaicín, puede darse una vuelta por sus calles, para quedarse con una impresión de cómo es, o puede profundizar en sus muchos encantos, que es algo que lleva más tiempo. Yo, en esta ocasión me tuve que conformar con el paseo general, que, no obstante, puede servir para presentar el barrio en este blog. En el futuro, regresaré a él, para ir desgranando sus detalles, que son cientos. Uno que desconocía, por ejemplo, y con el que me topé por casualidad, fue el de la presencia, en la Cuesta de San Gregorio, de la casa natal del gran Enrique Morente.


Me encantaría verla por dentro, aunque creo que está muy reformada. No obstante, como he dicho, no era el día de hacer visitas concretas. En este caso, el objetivo era refrescar mi memoria, acerca de como se encuentra conformado el Albaicín. En él, abundan las calles en cuesta, cuyo trazado es heredero de la mencionada etapa andalusí de la ciudad. Como se va subiendo, son varios los miradores que uno puede llegar a encontrarse, pero hay uno que destaca por encima de todos, desde que Bill Clinton, en 1997, supuestamente dijera que, desde él, se contempla el atardecer más maravilloso del mundo. Se trata del Mirador de San Nicolás


Yo, el otro día no pude ver el crepúsculo desde el Mirador de San Nicolás, pero tampoco pasa nada. De hecho, me he enterado hace poco de que, en realidad, Bill Clinton, cuando estuvo en él, se limitó a asentir con educación, a la afirmación del jefe de protocolo de la Casa Real española, Paco Fernández Fábregas, que fue el que hizo la aseveración de que no había en el mundo ninguna puesta de sol tan bonita como esa. Resulta que, al final, Clinton tan solo fue amable, y que la famosa frase la lanzó... un granadino, porque, en efecto, Fernández Fábregas lo es. Sea como fuere, la panorámica desde el Mirador de San Nicolás es una maravilla a cualquier hora. Desde allí, la visión de la Alhambra es espectacular, y si uno es capaz de despegar la vista de ese magnífico edificio, también puede contemplar Granada y la parte sur de la Vega de Granada.


Nosotros subimos por el Albaicín a primera hora de la tarde, soportando un intenso calor, y eso tuvo el lado positivo de que no nos encontramos demasiada gente en el Mirador de San Nicolás, pero también nos dejó bastante cascados. Por esa razón, antes de emprender el camino de vuelta, buscamos un lugar donde tomarnos un refrigerio. El sitio que encontramos fue todo un bálsamo.


La puerta que se ve en la foto pertenece a la Tetería del Bañuelo, que es famosa por las espectaculares vistas de la Alhambra que se ven desde su terraza. Nosotros, sin embargo, le dimos prioridad a estar frescos, y obviamos la posibilidad de sentarnos fuera. Dentro, en una sala refrigerada, estuvimos en la gloria. Al acabar, bajamos hasta la Carrera del Darro y recorrimos el final de esta calle, que discurre paralela al Río Darro.



Al término de la Carrera del Darro está la Plaza Nueva. Desde allí, nos dirigimos hasta la Gran Vía de Colón, donde cogimos el autobús que nos devolvió a las inmediaciones de Norauto. En el taller, nuestro coche ya estaba arreglado, por lo que dimos por finiquitada una inesperada jornada, que perdurará para siempre en mi memoria. 

Para acabar, quiero decir que Granada no se ve en un día. Son miles los detalles que ofrece, y a los que hay que prestar atención. Esta visita fue improvisada, y no la llevaba preparada, por lo que terminó destacando, sobre todo, por lo a gusto que estuve con María, con Ana y con Julia. En el futuro, y sin renunciar, ni por asomo, a seguir viendo la ciudad en la mejor compañía, empezaré a sacarle el jugo a Granada de una manera más minuciosa, para poder escribir sobre ello.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado GRANADA.
En 1995 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Granada: 12'5% (hoy día 12'5%).
En 1995 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 9'9% (hoy día 36'3%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado GRANADA.
En 1995 (primera visita real, aunque incompleta aún para este reto), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 40% (hoy día, estando aún esta visita incompleta 50%).
En 1995 (primera visita real, aunque incompleta aún para este reto), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 1'6% (hoy día, estando aún esta visita incompleta 4'7%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado GRANADA.
En 1995 (primera visita consciente), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Granada: 1'2% (hoy día 6'9%).
En 1995 (primera visita consciente), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 1'9% (hoy día 21'9%).


12 de julio de 2022

MADRID 2022 (VISITA DE JULIO)

Esta vez, la experiencia en Madrid fue de las que dejan huella. Me fui hasta la capital de España para ir a un concierto, y la verdad es que cumplí el sueño de ver a una banda que, sin duda, está en el podio de mis favoritas.


En efecto, este año tocó Metallica en la jornada inaugural del Mad Cool. Este festival se organizó por primera vez en 2016, y en 2022 ha celebrado su quinta edición. A lo largo de cinco días, han pasado un montón de grupos por el Recinto IFEMA-Valdebebas, que es donde tiene lugar desde 2018.


María me regaló las entradas del concierto de Metallica por mi cumpleaños, el agosto pasado, y once meses después he podido, por fin, verlos en directo. Ha sido apoteósico.


Hasta esta gira, Metallica habían dado 30 conciertos en España. El primero fue en enero de 1987. En esa época, yo aún escuchaba a Enrique y Ana, y no sabía ni que existían. Después, se han prodigado bastante por nuestro país, pero nunca han bajado al sur. En 2012 estuvieron en Madrid y podría haber ido, pero estaba en plena etapa hardcore de crianza y no me arranqué. Desde entonces, tenía clavada la espinita, porque Metallica, para mí, son lo más. Regresaron a Madrid y a Barcelona en febrero de 2018, y en mayo de 2019, pero esas fueron dos nuevas ocasiones perdidas. No me ha vuelto a ocurrir. El año pasado me enteré de que venían al Mad Cool, le lancé la indirecta a María, pocos días antes de mi cumple, ella la cogió al vuelo, me regaló dos entradas (una era para ella, en un principio), y este mes de julio he podido ver en vivo, por fin, a James Hetfield, a Lars Ulrich, a Kirk Hammet y a Robert Trujillo.


No puedo ser objetivo con Metallica. Desde el primer momento sabía que el concierto me iba a gustar. No obstante, partiendo de esa base, el show podía impactarme algo, bastante, mucho o, incluso, muchísimo. Finalmente, me dejó con la boca abierta, es decir, me encandiló en el más alto grado posible. En efecto, se dieron una serie de circunstancias que hicieron que la experiencia fuera redonda.



Hay que decir, antes de nada, que finalmente no fui al Mad Cool con María. Ella lleva un año estudiando para un examen de oposición, que, en principio, iba a ser en otoño. Sin embargo, hace unos meses se empezó a rumorear que se iba a celebrar en verano, y, tras un buen número de incertidumbres, lo han puesto justo una semana después de la fecha del concierto. El esfuerzo que está haciendo María para llevar adelante el trabajo, el estudio y el resto de la vida misma, está siendo titánico. Además, con el adelanto de la prueba, su planificación, que ya era ajustada, se ha visto desbordada por completo. En consecuencia, era imposible que, siete días antes del gran día, ella pudiera irse a Madrid en plan festivo. Por ello, tuve que pasar al plan B y le dije a mi amigo Andrei que se viniera conmigo. A él le encanta Metallica y le regalé la entrada. Evidentemente, no dijo que no.


Una de las claves de que el concierto me pareciera una pasada es que nos situamos muy cerca del escenario. Resulta que, cuando se publicó el cartel completo del Mad Cool, vi que el día que tocaba Metallica también estaba previsto que lo hiciera Placebo. El grupo de Brian Molko hace una música diferente a la del cuarteto angelino, pero igualmente me gusta mucho. Aparte de estas dos bandas, no conocía, ni por el nombre, a ninguna otra, pero ver a Metallica y a Placebo, en una misma tarde, era para mí un triunfo apabullante. A pesar de esto, cuando se hicieron públicos los horarios concretos de las actuaciones, vi que Placebo tocaba en el segundo escenario hasta las 21'25, y que Metallica comenzaba en el escenario principal a las 21'30. Dada esa circunstancia, era evidente que era imposible ver bien a ambos. Por eso, ya sobre el terreno, decidí jugar en exclusiva la carta de Metallica. Me jode, porque Placebo me encanta, y los oí, a lo lejos, empezar su concierto. Sin embargo, centrarme en exclusiva en Metallica hizo que los viera a una veintena de metros, el rato que estuvieron tocando en un trozo de escenario que se adentraba en el público.


Después, Lars Ulrich trasladó su batería al fondo, pero los otros tres se dejaron ver bastante por la pasarela. El sitio donde pudimos ponernos, casi sin esfuerzo, fue magnífico. Nosotros habíamos llegado una hora antes del inicio del espectáculo, cuando aún estaba tocando en el escenario principal el anterior artista. Era un tal Yungblud


Yo a Yungblud no lo conocía de nada, pero las seis o siete canciones que le oí cantar en vivo me gustaron. El tío lo dio todo, junto a su banda. Eso sí, se fue sin despedirse... o al menos yo no me enteré de que se marchó. El caso es que vimos el final de su actuación, desde una distancia prudencial, pero cuando se fue, la bulla se abrió y aprovechamos para acercarnos al escenario. Cuando me di cuenta, estábamos muy cerca de este, sin haber dado un solo empujón. Me perdí a Placebo, pero a cambio logré ver a Metallica desde un lugar privilegiado.


Más allá de esto, otros detalles hicieron que el concierto fuera especial. Uno de ellos fue que los cuatro músicos fueron pródigos en gesticulaciones, se movieron mucho y Hetfield interactuó bastante con el público. En este tipo de eventos, es importante que los artistas no parezcan robots. Además, el espectáculo estuvo plagado de elementos visuales que complementaron a la música. En efecto, en las pantallas laterales no dejamos de ver a los four horsemen, pero en las centrales proyectaron mogollón de imágenes interesantes, la mayoría de las veces relacionadas con las canciones. También pusieron fotos antiguas de la banda, referencias a actuaciones pasadas de Metallica en Madrid, y, como no, montajes con la bandera de España.



En general, dio la sensación de que el espectáculo estaba bastante personalizado, y muy centrado en impresionar al espectador. Esto debería ser siempre así, pero lo cierto es que he visto actuaciones que han acabado siendo mucho más sosas. En definitiva, todo lo que rodeó a la música fue la bomba. No obstante, no hay que olvidar que en un concierto las canciones tienen que ser el centro. En este sentido, Metallica también se salió, ya que el sonido fue impecable y el set list elegido lo bordó. Abrieron con Whiplash, lo que fue una declaración de intenciones. Después, desgranaron quince temas más, a lo largo de dos intensas horas. Fue una gozada, y el final con fuegos artificiales fue grandioso. 


Tenía la cuenta pendiente de ver a Metallica en directo, y en el escenario principal del Mad Cool me quité esa espinita para siempre.


Con respecto al Mad Cool en general, la verdad es que el festival me sorprendió positivamente. Realmente, dados los grupos que tocaban, en él Metallica estuvo un poco fuera de contexto. El festi es más de Rock Alternativo que de Metal. Sin embargo, como la entrada me costó 70 euros, ir solo a ver a Metallica no fue descabellado. No fui el único que lo hizo. En todo caso, se congregaron en el Recinto IFEMA-Valdebebas, que tiene el tamaño de once campos de fútbol, un total de 75.000 personas.


Las entradas para la jornada se agotaron. Dada la muchedumbre, hay que reconocer que el evento estuvo muy bien organizado. Desde IFEMA-Valdebebas hasta la boca de metro más cercana había un buen pateo, pero, a cambio, no hubo aglomeraciones ni atascos. Dentro del recinto, además, había muchas barras para conseguir bebida y comida. Una caña de cerveza valía 5'5 euros y una maceta 11, pero al menos eran fáciles de pedir.

En otro orden de cosas, la excusa de esta vez para echar un par de días en Madrid fue el concierto, pero yo los quería aprovechar al máximo, haciendo más cosas. El miércoles, apenas pude hacer nada, aparte de ir al Mad Cool, pero el jueves sí tuve tiempo libre, hasta las 16 horas. Andrei y yo nos quedamos a dormir en Malasaña, y eso me dio la posibilidad de pasear bastante, de hacer una interesante visita, y de comer en Lavapiés antes de tener que tirar para la Estación de Atocha.

Por lo que se refiere al hospedaje, hasta abril nunca había reservado un apartamento en Madrid a través de Airbnb. Creo que lo de criticar a los pisos turísticos, por las buenas, es hipócrita e interesado, pero es cierto que no hay que favorecer la especulación, y en las grandes ciudades resulta más difícil atinar, a la hora de evitar reservarle el alojamiento a alguien que lo que pretende es sacar toda la pasta posible, a cualquier precio. Quieras que no, las noticias que buscan, de manera un tanto mezquina, demonizar los alquileres vacacionales, ponen el foco por sistema en los casos aberrantes, que los hay, y estos suelen estar focalizados en ciudades como Madrid o Barcelona. Por ello, en la capital siempre había pernoctado en hoteles, o en casas de conocidos, amigos o familiares... hasta hace tres meses. En efecto, en abril me alojé en el garaje reformado de un adosado, y le perdí el miedo a buscar dónde dormir en Madrid, a través de Airbnb. En esta ocasión, volví a confiar en la plataforma digital que ofrece esa compañía. Necesitaba un apartamento céntrico, por motivos logísticos, por lo que me puse a buscar y encontré uno en Malasaña, la célebre zona que forma parte del Barrio Universidad.


Malasaña es un lugar rodeado de un aura un tanto mítica. En ese conglomerado de calles tuvo su origen La Movida, por lo que está asociado a los movimientos alternativos y contraculturales. Yo he ido mucho a Madrid, pero la verdad es que me había pateado muy poco esa zona. El apartamento que encontré estaba localizado en la Calle Amaniel


Gracias a la ubicación del apartamento, vi el barrio de día y de noche. De noche, en realidad no hice más que atravesar la zona. El concierto de Metallica acabó a las 11'45, pero tardamos 45 minutos en poder pillar el metro. El mismo, pasada la medianoche, ya solo ejercía de lanzadera, llevando gente sin parar, desde las inmediaciones de IFEMA, hasta la Estación de Metro de Nuevos Ministerios. Una vez que nos bajamos del metro podríamos haber cogido un taxi, pero decidimos caminar. Lo cierto es que íbamos tiesos. Por eso, tiramos de Google Maps y, tras recorrer un pequeño tramo del Paseo de la Castellana, nos metimos en Chamberí y lo atravesamos en diagonal, de lado a lado. Malasaña limita con este distrito. Eran casi las 2 de la madrugada cuando llegamos al piso. A esas horas, en Malasaña aún vi locales abiertos, pese a que era laborable, y algunos tenían gente fuera, en actitud tranquila.

Por la mañana del jueves tenía programada una actividad de la que hablaré más abajo. Por ello, dejé a Andrei sobando y me eché a la calle al despertarme. A esa hora, atravesé de nuevo el barrio, yendo menos cansado, y con otra actitud. Quería verlo bien, y por eso callejeé un poco. Realmente, me lo tendría que patear en un contexto diferente, pero un día de trabajo, en horario matutino, me pareció una zona con mucho sabor.


Llegué a ver algunos de los bares míticos de Malasaña, pero a esa hora estaban cerrados. Caminando, me dirigí a la Plaza del Dos de Mayo, que había leído que es el corazón del barrio.


En la Plaza del Dos de Mayo me encontré una curiosa mezcla de ambientes. En efecto, allí había padres con niños, jugando en una zona infantil, gente con perros, currantes dando buena cuenta de sus bocatas, y un par de nutridos grupos de jóvenes, que estaban fumando porros y bebiendo. Con respecto a estos últimos, no eran ni las once de la mañana, evidentemente daban un poco de mal rollo esos grupitos de hábitos tan poco saludables, pero la verdad es que no estaban armando follón. No había ni rastro de hostilidad en ellos.

Tras abandonar la Plaza del Dos de Mayo me dirigí a Chueca, que es el barrio que está ubicado entre Malasaña y el Paseo de Recoletos, el cual era mi destino final. Chueca es la zona gay de Madrid, como es bien sabido. Su epicentro es la Plaza de Chueca. Se da la circunstancia de que los primeros diez días del mes de julio se ha celebrado MADO, un gran festival lleno de actividades, dedicadas a aplaudir y a mostrar la diversidad sexual. Ha sido la gran fiesta del orgullo LGTBIQ+. Yo ya me pierdo con esta sigla, que me perdonen, pero, más allá de eso, lo cierto es que Chueca ha sido el epicentro de los festejos del MADO. El miércoles dio comienzo la parte más importante de la festividad, y yo me paseé por el barrio el jueves por la mañana, por lo que lo vi todo engalanado, pero tranquilo. Supongo que por la noche aquello fue un hervidero.


Aunque había desayunado antes de salir del apartamento, como iba con tiempo decidí parar a tomar un segundo tentempié. Tras dudar un poco, acabé en el Restaurante Cafetería Pastelería Rocafría. El sitio me gustó mucho y resultó ser justo lo que iba buscando, dado que me pude sentar tranquilo, junto a un ventanal, y me tomé un desayuno de los que ya, por suerte, son normales también en Madrid.


Paseando por Chueca también tuve ocasión de entrar en el Mercado San Antón. Nunca había visto un mercado tan arregladito. Realmente, la mayoría del espacio estaba ocupado por negocios de restauración, pero sí había aún algunos puestos de alimentos frescos, que evocaban al pasado de esa zona comercial.


Antes de abandonar Chueca hice una paradita en la Plaza del Rey, que ya está fronteriza con el Madrid de los museos y de los edificios institucionales. Eso es algo que se nota en su aspecto y en el ambiente general. 


Aparte de todo, el paseo del jueves por la mañana tenía su razón de ser, que no era otra que regresar a la Biblioteca Nacional. Con la presente, he estado allí en tres de mis últimas cuatro visitas a Madrid. Va a parecer que tengo una especie de obsesión con la institución bibliotecaria y con su edificio.


En realidad, en 2018 lo que vi fue el Museo de la Biblioteca Nacional de España, pero no entré en la parte fundamental del edificio. El pasado mes de abril me quise desquitar de ese hecho y asistí a una visita guiada a esta, que acabó siendo un poco decepcionante. No obstante, durante el transcurso de esa visita vi que acababan de inaugurar una exposición de incunables, llamada Incunabula, que me llamó la atención, aunque no pude verla. Dicha exposición se clausurará el próximo 23 de julio, por lo que esta semana aún se encontraba abierta al público. Por ello, decidí que no iba a perder la oportunidad de disfrutarla. 


Los incunables son todos los libros impresos antes de el 1 de enero de 1501. La imprenta fue inventada en 1453, por lo que no son tantos los libros que se imprimieron entre ese año y el último día de 1500. De hecho, se ha estimado que en esos 47 años surgieron unas 1.200 imprentas, en unas 260 ciudades, las cuales crearon unas 35.000 obras. En total, en el mundo hay unos 525.000 incunables. Es un número reducido. Por tener una referencia, solo en 2020 vieron la luz en España más de 181 millones de ejemplares, con la cosa de que, en 2008 el número fue el doble. La cifra ha ido bajando desde entonces, por el auge del libro digital, pero si nos diese por averiguar el número de volúmenes impresos en Europa en los últimos 47 años, el resultado sería mareante. Al lado de esas decenas de miles de millones de ejemplares, los 525.000 incunables alumbrados en el siglo XV son tan pocos, que se consideran, como es lógico, piezas de museo. La colección de la Biblioteca Nacional está compuesta por 3.200 de ellos. En Incunabula se expusieron los más valiosos. En la foto de arriba se ve, a la izquierda, el Catholicon de Johannes Balbus, que fue impreso en Maguncia por Johannes Gutenberg, o por alguien de su taller, en 1460. Se trata del libro impreso más antiguo conservado en la Biblioteca Nacional. En la misma foto, a la derecha, está la Biblia Pauperum, que no es realmente un libro impreso, sino uno xilográfico, es decir, un libro realizado con planchas de madera, en vez de con tipos móviles. Vio la luz entre 1440 y 1450, en algún lugar de los Países Bajos

No obstante, la joya de la corona de la exposición era una obra que no se conserva en la Biblioteca Nacional, sino en la Catedral de Segovia. Se trata del Sinodal de Aguilafuente, que es el primer libro salido de una imprenta en España. El impresor fue el alemán Johannes Parix, que se instaló en Segovia en 1472 e instaló allí su taller. De la tirada primigenia solo ha sobrevivido un ejemplar, que es el que se expuso en Incunabula.


Tras Segovia, la imprenta llegó a otras 30 localidades españolas, que imprimieron un 4% de los incunables de Europa. En Barcelona, el primer libro impreso data de 1473, en Valencia de 1473 o 1474, y en Zaragoza de 1475. En la exposición, vi el primer libro impreso en Zaragoza, el primero de Barcelona, el primero de Burgos (1485), el primero de Zamora (1483), uno de los primeros impresos sevillanos, uno de los primeros valencianos, el primer libro español con grabados (Sevilla, 1480) y la primera gramática conservada, dedicada a nuestro idioma (es la Gramática Castellana de Antonio de Nebrija, impresa en 1492 en Salamanca, en el taller de Juan de Porras). En definitiva, vi 24 incunables, a cada cual más valioso. Me encantó, la verdad.

Además de ver la exposición, yo estaba muy interesado en conocer la estancia donde la habían montado, que era la Antesala del Salón de Lectura. El día de la visita guiada no había podido entrar y me había dado mucho coraje. Ahora pude verla, y también contemplé a través del cristal la propia Sala de Investigadores.


Fue mi tercera visita a la Biblioteca Nacional desde 2018. Sigo sin haber visto bien sus instalaciones al completo, que solo se abren a los curiosos un día al año. Sería mucha casualidad que, en alguna ocasión, yo pudiera estar en Madrid esa fecha, pero nunca se sabe. Mientras, con lo que vi me doy por satisfecho.

Tras ver la exposición llegó el momento de comer, antes de coger el tren de vuelta. Para hacerlo, me reuní de nuevo con Andrei, que ya había amanecido, y nos fuimos los dos a almorzar con mi amiga Ruth. No quería irme de Madrid sin echar con ella un ratillo. Ruth salió del trabajo a las 14'00 y nos reunimos en el Bar Benteveo.

Del Benteveo ya hablé en otra ocasión. Está en la Calle Santa Isabel, en Lavapiés. Es un bar con un sabor único y, además, se come muy bien en él, por poco dinero. Después de echar allí un rato muy agradable con Ruth, tuvimos que partir. Desde el Benteveo a Atocha no hay ni diez minutos andando. 

Esta estancia en Madrid fue de lo más peculiar. Fue diferente a todas las precedentes, y por eso me lo pasé tan bien. No se si volveré a la capital en otoño, o si tendré que esperar ya hasta 2023, pero, de momento, lo que se nos viene encima son las vacaciones de verano, las cuales las voy a exprimir hasta el último día. Lo que vayamos haciendo lo seguiré narrando, como de costumbre, en En Ole Väsynyt.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 7'7% (hoy día 23'1%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'4% (hoy día 35'7%).

Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya estaban visitadas: 2'7% (hoy día 45'9%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que ya estaban visitadas: 1% (hoy día 19%).