Mostrando entradas con la etiqueta Barcos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barcos. Mostrar todas las entradas

27 de agosto de 2025

SANTANDER 2025

No hace mucho le dediqué un post a la Catedral de Burgos, y en él establecí, de manera razonada, que en España tienen dignidad catedralicia 72 catedrales, 15 concatedrales, 7 antiguas catedrales y una basílica. Suman 95 grandes edificios. También dije que ya han salido 12 catedrales en En Ole Väsynyt, además de una concatedral. La pasada semana, durante nuestras vacaciones en Llanes, decidimos ir un día a Santander, que es algo que a veces hacemos cuando estamos allí. En la visita de esta ocasión, entramos en la Catedral de Santander, por lo que pude engrosar un poquito más la lista de seos nombradas en este blog.


En principio, no era mi idea destinar parte de nuestro día en la capital cántabra a conocer la magna iglesia santanderina, pero surgió la posibilidad de visitarla por la tarde, dado que habíamos aparcado cerca, y que ya habíamos acabado la actividad que realmente teníamos planeada para la jornada, que era recorrer la Bahía de Santander en barco. 


Por eso, voy a dedicarle una líneas a la Catedral de Santander, pero no quiero dejar de referirme también a la actividad marítima que llevamos a cabo, así como a alguna otra cosa que hicimos.

Santander y su bahía

En total, el presente es el cuarto post que escribo acerca de Santander en En Ole Väsynyt. Los otros tres datan de 2019, 2022 y 2024, con la cosa de que, en el primero de ellos, ya conté que nos habíamos montado en un barco de la empresa Los Reginas y que habíamos recorrido la Bahía de Santander en él. Además, con anterioridad yo había realizado esa travesía en 1998 y en 2002. Sin embargo, el paseo de una hora es tan maravilloso, que lo puede uno hacer 100 veces y nunca sobra. Por eso, cuando en este 2025 se planteó la posibilidad de repetir la actividad, no puse ningún reparo. Eso sí, como novedad, hay que decir que, en esta ocasión, no cubrimos el trayecto en el Bahía de Santander, sino en la segunda embarcación más moderna de la flota de Los Reginas, que es el Regina 14.



El caso es que el barco de Los Reginas nos llevó, una vez más, bordeando la ciudad hasta Cabo Mayor. Las vistas de Santander que se disfrutan a lo largo de todo el paseo son espectaculares.



El inicio del paseo tuvo lugar, como siempre, en el Puerto de Santander, que es enorme. El mismo se encuentra dividido en un buen número de tramos. La empresa Los Reginas opera en el Muelle de Calderón, que es el trozo de 270 metros que va desde el Palacete del Embarcadero, hasta el edificio del Real Club Marítimo de Santander.


En ese tramo del muelle destaca el Monumento a los Raqueros. Este está compuesto por cuatro estatuas de bronce, que fueron creadas por el escultor José Cobo, y que llevan en ahí desde 1999.


Los raqueros eran los niños que, a finales del siglo XIX y principios del XX, pululaban por la zona portuaria de Santander viendo a ver qué pillaban. Dada su pobreza, lo mismo sisaban a los incautos, que pedían limosna, pero no solo eso. También saltaban a menudo al mar a buscar monedas, o cualquier otra cosa que les tirara la gente y que les pudiera servir de sustento. No sé como empezó esa práctica, pero está claro que se convirtió en una tradición. Probablemente, algún pasajero les lanzó algo desde un barco, que cayó al agua por accidente, y los zagales se zambulleron para cogerlo de todas formas. 


El tema es que, con independencia de cómo se gestara la costumbre, lo que es seguro es que, con el tiempo, el Puerto de Santander se llenó de niños pobres, que correteaban semidesnudos y se lanzaban al mar cuando los pasajeros de los barcos les tiraban cosas. La práctica prosperó, hasta el punto de que se acabó convirtiendo en una cruel atracción turística, la cual, afortunadamente terminó desapareciendo. Sin embargo, el recuerdo de los raqueros ha perdurado, y en 1999 se les homenajeó de manera justa, haciendo que pervivan para siempre en la memoria en el extremo del Muelle de Calderón.

Un tradicional homenaje en Rampalay

Lo de navegar durante un rato era el principal plan para el que fuimos a Santander el otro día, pero comer en Rampalay también se convirtió en un objetivo prioritario, cuando vimos que la travesía la íbamos a tener que hacer por la tarde.

El Mesón Rampalay es un restaurante que fue fundado en 1984. Se encuentra en la Calle Daoiz y Velarde.


Hace años, mis padres, que iban con frecuencia a Santander, se encontraron un día por la zona Centro con necesidad de almorzar, pero sin saber dónde meterse. En vista de eso, ni cortos ni perezosos, vieron que estaba saliendo gente de una iglesia, se fueron derechos a por una señora que parecía ser local, y le preguntaron abiertamente que adonde iría ella a tomar algo por los alrededores, si fuera a comer en ese momento. Ella contestó que iría a Rampalay.


Desde entonces, ir a saborear unos pinchos al Mesón Rampalay se convirtió para mis padres en una tradición, cada vez que se dejaban caer por Santander. Yo, por supuesto, también he ido en muchas ocasiones. El otro día regresamos, y su comida volvió a no defraudarme.

En general, Santander siempre está a la altura. Para mí, es un gustazo pasear por lugares como la Plaza Porticada o por la Plaza de Pombo.


Bonus extra

En la primera parte de mi estancia en Santander de la semana pasada, no evitamos los clásicos, como he venido contando, de manera que a las 6 de la tarde todavía no podía decir que hubiera hecho nada novedoso en la ciudad. Yo, cada vez que voy a un lugar, al margen de disfrutar de lo que me gusta, siempre trato de profundizar un poco más en lo que no conozco. Por eso, en Santander me guardé una carta en la manga, para después del viaje en barco. Fue la visita a la Catedral.

Antes, sin embargo, me encontré con otro bonus extra, porque Julia había visto en sus redes sociales que, en Santander, la Heladería Regma es toda una referencia. Yo eso no lo sabía.


La primera Heladería Regma la abrió Marcelino Castanedo en 1933, en la Calle Hernán Cortés. 92 años después, hay 40 sucursales del negocio repartidas por España. Fuera de la cornisa cantábrica solo hay 3, que están en Madrid, en Burgos y en Pamplona, pero luego se pueden comer helados Regma en otros 37 establecimientos, que se distribuyen por diversas poblaciones del norte de España. La más oriental se encuentra en Santurce y la más occidental en Langreo. En la ciudad de Santander hay 11. Nosotros paramos en la heladería del Paseo de Pereda.


Después, ya sí nos encaminamos a la cercana Plaza de las Atarazanas, que es la que queda a los pies de la Catedral de Santander.



La Catedral de Santander es un edificio complicado donde los haya. Su principal particularidad es que está compuesto por dos iglesias diferentes, que se encuentran una encima de la otra. Además, la superior también tiene un claustro con dependencias anejas, así como un campanario.


En realidad, se podría decir que Santander tiene dos catedrales, pero se prefiere considerar que la Catedral de Santander está formada por un par de iglesias superpuestas. La más antigua es la de abajo, como es lógico. Se llama Iglesia del Cristo, y se construyó para que albergara las reliquias de San Emeterio y de San Celedonio. Antes, en ese lugar había existido un primitivo asentamiento romano, en el que no faltaban unas termas. Al parecer, en la cámara del horno de estas fue donde se escondieron, de inicio, los cráneos de los santos, que eran dos legionarios que habían sido martirizados. Después, durante la Edad Media se erigieron en esa ubicación sucesivas iglesias, hasta que, a principios del siglo XIII, se levantó la Iglesia del Cristo. Recientemente, en su suelo se han dejado algunos restos arqueológicos a la vista, bajo un cristal traslucido.


Como se puede comprobar, la Iglesia del Cristo tiene el techo bastante bajo, porque encima se construyó, a finales del siglo XIII, la otra iglesia, aprovechando el desnivel del terreno. 



Lo del desnivel del terreno significa que una iglesia está encima de la otra, pero ambas dan a la vía pública, aunque sea por sitios distintos. En efecto, a la Iglesia del Cristo se accede por el lado norte del conjunto, tras subir la escalinata que se ve en la primera foto que he puesto en este post. En cambio, al templo catedralicio propiamente dicho, que es la Catedral de la Asunción, se entra por oeste, tras salvar un cierto desnivel por la calle.


En un principio, las dos iglesias tenían la misma planta. Luego, junto a la Catedral de la Asunción se derribaron unas casas, a comienzos del XIV, y eso permitió la construcción del precioso claustro.



Mucho tiempo después, en 1941, un terrible incendio arrasó parte del casco histórico de Santander, incluida la Catedral de la Asunción, que sufrió daños importantes. A raíz de aquello, el templo se reconstruyó, y se aprovechó la coyuntura para ampliarlo, duplicando su capacidad. Así pues, a la Catedral se le añadió el crucero y el gran cimborrio, en la cabecera se erigieron un ábside y una girola, y el conjunto quedó como se ve hoy día. En la imagen aérea que he puesto arriba, todo el sector levantado en el siglo XX es el que está marcado con el número 2.

En el interior de la Catedral de Santander, el elemento más llamativo es la tumba de Marcelino Menéndez Pelayo.


Menéndez Pelayo, además de dar nombre al colegio en el que yo estudié la mayor parte de la EGB, en el pueblo sevillano de Tomares, fue un santanderino ilustre de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Durante un par de décadas, su presencia en la primera línea de la cultura española fue patente, puesto que fue director de la Biblioteca Nacional a lo largo de 14 años, director de la Real Academia de la Historia y académico de la lengua de la Real Academia Española, entre otras cosas. No obstante, lo que era, sobre todo, al margen de los cargos, era escritor. No se dedicó a la ficción, sino a la filología, a la filosofía y a la historia, pero su obra es extensa en esos campos. Aparte, también estuvo metido en política, ya que fue diputado y senador. En definitiva, fue uno de los grandes personajes de su época. 

El caso es que Menéndez Pelayo falleció en 1912 y fue enterrado en el Cementerio de Ciriego, en Santander. Sin embargo, dado que era muy católico, y que tendía al conservadurismo desde el punto de vista ideológico, durante el franquismo su figura fue bastante ensalzada. Por ello, en 1956, al cumplirse el centenario de su nacimiento, se trasladaron sus restos a la Catedral de Santander para darles una cierta preeminencia, y allí es donde siguen.

Bastantes cosas por ver

He garabateado en un papel una serie de lugares de la ciudad de Santander que aún quiero conocer. Lo cierto es que he ido a la capital cántabra un montón de veces, pero no siempre lo he hecho con la intención de profundizar en sus atractivos, por lo que tengo allí unas cuantas cuentas pendientes. Al ir a la Catedral, me he quitado ya una de ellas, pero trataré de volver el verano próximo, para poder tachar algo más del listado de cosas por ver.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SANTANDER.
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Cantabria: 33'3% (hoy día 100%).
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 12'7% (hoy día 36'8%).


14 de agosto de 2019

SANTANDER 2019

Siempre me ha parecido que Santander es como dos ciudades en una. Ello se debe a que es una población abierta al mar, pero por su particular disposición parece tener dos puntos neurálgicos: por un lado el casco urbano mira hacia el sur, donde se ubican el puerto y tres de sus playas, y por el otro se vuelca también hacia el este, donde tiene otros cuatro sensacionales arenales.


Cuando uno se adentra en Santander por el norte, lo cual es muy normal, y ve la zona de El Sardinero, ya tiene la sensación de estar en el meollo de la ciudad. Luego continúa y parece que al llegar al itsmo de la Península de la Magdalena ha alcanzado el final de ese meollo, pero después de un brusco giro a la derecha empieza a bajar, sigue paralelo a la costa y acaba en otra parte de la población que es igualmente céntrica (de hecho, es el centro propiamente dicho). Realmente Santander es una ciudad dispuesta en ángulo recto, cuyo vértice es la mencionada Península de la Magdalena. Su gran atractivo se basa en que los dos lados de ese ángulo se han desarrollado en paralelo, ambos suman y conforman una urbe con dos caras encantadoras.

Por otra parte, a pesar de lo que pudiera parecer por encontrarse rodeada de mar, Santander tiene bastantes cuestas, ya que tanto por un lado como por el otro en cuanto la ciudad se aleja un poco del agua empieza a empinarse, lo que hace que la estampa general que ofrece sea más llamativa, si cabe.


En definitiva, en Santander los monumentos y los museos están totalmente eclipsados, allí los paseos al borde del Cantábrico, las playas y las fachadas de los palacetes roban el protagonismo a todos los atractivos indoor que pueda haber.

Mi madre veraneó durante su infancia y su juventud en Santillana del Mar, por lo que siempre ha tenido a Cantabria y a su capital como referentes. Curiosamente, pese a esto mis padres se construyeron la casa en el año 2006 en Asturias, pero el lugar concreto del Principado donde lo hicieron fue Llanes, que está equidistante entre SantanderGijón. Ellos, por inercia, cuando tienen necesidades urbanitas, a pesar de estar en Asturias siempre miran a Santander, adonde van todos los veranos unas cuantas veces. Esto ha provocado que yo también haya ido con cierta frecuencia, aunque mi primera visita consciente fue con 19 años.


Además, el marido de mi hermana es santanderino, él se ha criado y vive en Sevilla, pero gran parte de su familia vive en Santander. Gracias a eso estuve en 2012 en la espectacular casa de sus abuelos, que está en El Sardinero, uno de los barrios por excelencia de la ciudad.


En cualquier caso, aún no había ido a Santander desde que escribo en este blog y el presente año me pareció perfecto para programar una excursión, que al final fueron dos, ya que el primer día que fuimos, siguiendo la recomendación de un vecino, comimos en El Barco, un restaurante que resultó estar en el extremo norte de la ciudad, cerca de la Playa de Mataleñas.


Allí nos lo tomamos con mucha calma, nos pegamos una buena comilona y acabamos bajando a la playa para darnos un baño. Como era de esperar, debido a eso se nos hizo tarde y no pudimos llevar a cabo el plan previsto inicialmente, que incluía coger en el Puerto un barquito de los que recorren la Bahía. Nos quedamos con las ganas y eso hizo que unos días después, antes de regresar al sur, decidiéramos volver a Santander.

Lo del barco fue muy divertido, yo ya me había montado en él en 1998 y en 2002, y tenía un recuerdo tan grato, que me empeñé en repetir el viaje para que Ana y Julia lo disfrutaran (en las dos fotos de abajo se puede comprobar que los 21 años que hay entre ambas imágenes no han pasado en balde...).



El barco de Los Reginas (la empresa que fleta las lanchas desde 1967) nos llevó, bordeando toda la ciudad, hasta Cabo Mayor. Para recorrer el último tramo salió durante un rato a mar abierto antes de dar la vuelta. Esa fue la parte más divertida de la travesía, por como se movía la embarcación.


Santander está volcada al mar y verla desde él es indispensable. Gracias al paseo se pueden poner en conexión todas las partes que componen la ciudad, partiendo de su Puerto, que es muy grande y se encuentra dividido en varios tramos. Nosotros cogimos el barco en el Muelle de Calderón, el trozo de 270 metros que va desde el Palacete del Embarcadero hasta el edificio del Real Club Marítimo de Santander.




Muy al principio se pasa junto al Puerto Deportivo y se dejan a la izquierda todos los edificios de Santander que miran hacia la Bahía.


Yendo a pie bordeando la costa, en un momento dado la calle se eleva, en el tramo en el que esta se llama Avenida de la Reina Victoria, y pese a que varios edificios quedan al nivel del agua, la mayor parte de Santander pasa a estar en alto mientras busca el principio de la Península de la Magdalena. Desde el mar esa configuración urbana se aprecia a la perfección.


Desde el barco la visión de la Península de la Magdalena y de su palacio también es espectacular. Nosotros los visitamos ambos y de ello hablaré en el próximo post, pero, si bien recorrer a pie la Península es básico para conocerla, hay que decir que verla desde el mar es un complemento perfecto que nadie debería perderse.


Al otro lado de La Magdalena se extiende la otra parte de la ciudad, la que da al este. Allí no hay puerto, sino que son las playas las protagonistas (dando al sur también las hay, no obstante). Desde la lejanía se ve El Sardinero en alto y como se desliza la población suavemente hasta el mar.


Tras llegar a Cabo Mayor el barco gira sobre sí mismo y de regreso se separa algo más de la costa para bordear por fuera la Isla de Mouro y acercarse al otro lado de la Bahía, de manera que se pueda ver de cerca el Puntal de Somo, una barra de arena que se adentra en el mar y que conforma una playa virgen a la que quiero ir sin falta.



Tras pasar junto al extremo del Puntal el barquito atraviesa la Bahía y enfila el embarcadero, donde atraca después de una agradable hora de travesía.

Ese día, dado que estábamos en la zona del Puerto, dimos una vuelta por la parte considerada como el centro de la ciudad. Se trata de un sector bastante cuadriculado, que va desde la Plaza del Ayuntamiento hasta la Calle Casimiro Sainz. Nosotros anduvimos por una de sus grande arterias, el Paseo de Pereda, que durante un buen tramo da directamente al Muelle de Calderón.


Luego nos adentramos hasta la Plaza de Pombo y, un poco más allá, comimos en el Mesón Rampalay, todo un clásico del picoteo en la ciudad al que vamos casi siempre.


En la propia Plaza de Pombo hicimos después un alto en el Café de Pombo, un local al que se va a disfrutar de su ambiente decimonónico, más que a otra cosa, aunque en este caso cubrió nuestras necesidades, que no eran otras que tomar unos cafés y un par de helados (creo que es un sitio que decepciona a muchos, aunque a mí me gusta su ambiente viejuno, pero cuidado y pulcro. No obstante, es verdad que las niñas iban con la idea de pedirse unos helados y a duras penas pudieron elegir entre un par de sabores).


La jornada la acabamos acercándonos de nuevo al mar para echar un rato en los Jardines de Pereda, que dan a la Grúa de Piedra (es una antigua grúa que ahora se ha convertido en un monumento). Allí encontramos un parque infantil muy animado con cacharritos bastante originales que hicieron las delicias de Ana y de Julia durante un buen rato. En vista de eso, María y yo nos sentamos en la Cafetería Jardines de Pereda, dispuestos a que nos sajaran por un descafeinado y por una Coca Cola. Así lo hicieron, pero como estaba asumido disfrutamos del agradable emplazamiento que tiene su terraza sin mayores problemas.


En toda esa parte de la ciudad que cae a la Bahía de Santander se concentran muchos de sus atractivos, yo algunos los he visto en el pasado y otros no. En visitas futuras los iré desgranando para no hacer este post demasiado largo.

El primer día, por otro lado, no habíamos llegado hasta el Puerto, ya que echamos la mañana en el Palacio de la Magdalena, que está, como he dicho, en el vértice de la ciudad, y después de verlo, en vez de tirar hacia el centro tiramos hacia el entorno de la Playa de Mataleñas.

Yo ese extremo norte de Santander no lo conocía en absoluto, el mismo ocupa el terreno de dos cabos que sobresalen del, ya de por sí, gran saliente terrestre sobre el que se asienta la capital cántabra, que está ubicada en una amplia lengua de tierra que deja a un lado el Mar Cantábrico y al otro la Bahía de Santander. Sobre esos dos cabos (Cabo Mayor y Cabo Menor) ya no hay apenas edificaciones, allí lo que hay, por ejemplo, son un par de grandes parques, un campo de golf, dos playas y una zona boscosa. En Cabo Mayor también hay un restaurante, que ya he mencionado, llamado El Barco. En él nos habían recomendado pedir caldereta de pescado y nosotros, que somos muy obedientes, hicimos caso.


Aparte, la carta es muy variada y la terraza cubierta es muy agradable, por lo que no nos arrepentimos de habernos ido a comer a los confines de Santander.

Gracias a eso, además, pudimos aprovechar las amplias explanadas verdes que tiene la zona para echar una cabezada, que se antojaba indispensable después de semejante homenaje. Las niñas estuvieron un rato leyendo, y María y yo pudimos cerrar los ojos unos minutos. Tras el breve paréntesis, cogimos la Avenida del Faro y bajamos a la Playa de Mataleñas, que estaba llena, pero que se encuentra situada en un lugar impresionante, entre el saliente del Cabo Mayor y el del Cabo Menor. Allí nos pegamos un baño que nos hizo revivir.



Muchas cosas me quedan por ver en Santander. De ellas y de otras que sí conozco tendré que hablar en próximos artículos. En este me voy a cortar un poco para no recargar en exceso la narración, cuando vuelva y venga al caso seguiré haciendo un repaso de los atractivos que ofrece la bonita ciudad cántabra.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SANTANDER.
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Cantabria: 33'3% (hoy día 100%).
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 12'7% (hoy día 34'2%).