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22 de abril de 2022

BARRIO DE TRIANA DE SEVILLA 2022

Después de dos años de pandemia, la Semana Santa regresó a las calles de Sevilla. Todo apuntaba a que la ciudad se iba a volcar con la celebración y me apetecía reflejar ese hecho en el blog. En 2018, en un post dedicado a la capital hispalense, ya escribí sobre la Semana Santa y su impacto, por lo que se me ocurrió que, para no repetirme, esta vez podía elegir como marco el Barrio de Triana en exclusiva, aprovechando que yo salgo en La Estrella, una de las cinco hermandades trianeras que sacan sus pasos en procesión cada primavera.


En 2020, nada más acabar el confinamiento, ya le di protagonismo a Triana en otro post. Este barrio cuenta con un notable patrimonio, pero llama la atención casi más por su ambiente popular. Por ello, intentar plasmar como se respira en Triana en Semana Santa me pareció una buena forma de profundizar en sus encantos, a la espera de que, en el futuro, me pegue una buena ruta de bares, para reflejar la vertiente más prosaica de ese ambiente. El caso es que, para observar con detalle como se vive la principal celebración de corte religioso sevillana, en el barrio más señero de la ciudad, le eché valor y me dispuse a hacer pleno, saliendo de nazareno en mi hermandad y, después, yendo a ver como espectador las otras cuatro cofradías que tienen su sede en él. En total son cinco, como dije antes. La Estrella es la única que hace estación de penitencia el Domingo de Ramos, el Lunes Santo sale San Gonzalo, la Esperanza de Triana procesiona durante la Madrugá y, por último, el Viernes Santo lo hacen El Cachorro y La O. El que quiera contemplar de cerca la Triana más propia, que se meta de lleno en una bulla, en alguna de sus calles, durante el paso de alguna de estas procesiones. Yo lo hice, pero vayamos por partes.

Lo primero es hablar del Domingo de Ramos y de La Estrella. Lo voy a hacer así por seguir un orden cronológico. En el post al que hacía referencia en el párrafo inicial, que está dedicado a Sevilla y a su Semana Santa, ya hablé de por qué soy nazareno de La Estrella. No me voy a repetir sobre ello, ni sobre otras circunstancias que rodean a la festividad religiosa en la capital andaluza. En esta ocasión voy a ir al grano. Sí tengo, no obstante, que actualizar un dato: soy hermano de la cofradía desde 1994, y desde entonces hasta hoy he hecho estación de penitencia 16 veces. En los 13 años restantes, en los que no lo he hecho, se incluyen los dos últimos, en los cuales no ha habido Semana Santa. Antes de seguir, y por si alguien no lo sabe, para que no se lie con algunas explicaciones, voy a añadir, aun a riesgo de repetirme con respecto a lo que conté en 2018, que los nazarenos de las procesiones se dividen entre los que acompañan al paso del cristo y van delante de él, y lo que van delante del de la virgen. Además, hay algunas personas que salen de penitentes, es decir, que en vez de llevar un cirio portan una cruz. Esos van tras los pasos, normalmente. Excluyendo a estos últimos, los nazarenos se organizan en tramos, que vienen a tener unas 125 personas cada uno, en el caso de La Estrella. Cada hermandad tiene un número variable de nazarenos (las hay que tienen 200 y las hay que cuentan con 3.000) y, por tanto, un número diferente de tramos. La Estrella tiene 2.200 nazarenos, divididos en cinco tramos de cristo y once de virgen. Cuanto más alto sea el número de tramo, más veteranos son los nazarenos que van en él. Yo voy en el noveno de la virgen, muy al final de la comitiva. Hay que decir que, en Sevilla, La Estrella es la quinta cofradía más grande. Eso significa que tarda mucho en pasar, y que su fila es considerablemente larga. Tanto, que cuando yo empiezo a desfilar cada Domingo de Ramos, la cruz de guía de la procesión va tan lejos, que ya ha traspasado los límites del barrio.

Dicho esto, paso a contar que este 2022 decidí salir de nazareno. De todas las cosas que nos ha quitado la pandemia, la Semana Santa no ha sido la que más me ha fastidiado, la verdad, pero aun así tenía muchas ganas de volver a ponerme la túnica, para vivir el Domingo de Ramos desde dentro. Previamente, el destino quiso que el Viernes de Dolores, es decir, dos días antes, yo acabara tapeando en Triana a mediodía. Esto no es algo que pueda hacer normalmente un día laborable, por lo que no estaba planeado, a pesar de que ya tenía en la cabeza escribir el presente post. Sin embargo, se dieron las circunstancias y me vi, con María y con las niñas, tomando unas tapas en el Café Bar Azabache, que está en la Plaza de Chapina, al norte del barrio. La experiencia fue completa, dado que comimos bien, muy relajados, y disfrutando de un clima primaveral delicioso. Esto hay que valorarlo como se merece, porque nosotros vivimos momentos parecidos con cierta frecuencia, sin proponérnoslo especialmente, pero hay gente que recorre miles de kilómetros, solo para hacerlo al menos una vez. En nuestro caso, el postre y el café fueron el colofón perfecto al almuerzo y a un maravilloso rato, que anunciaba una Semana Santa llena de momentos entrañables.


Dos días después, el Domingo de Ramos, regresé a Triana, dispuesto a mezclarme con su gente, saliendo una vez más en una de sus cofradías más señaladas. La tarde estaba radiante, y tenía ganas de empaparme del renacido ambiente de Sevilla en Semana Santa. La cruz de guía de La Estrella abandona la Capilla de la Virgen de la Estrella a las 17'30. Yo llegué, apurando, con una media hora de antelación. Luego, tuve que esperar hasta casi las 19'00 para poner los pies en la calle. En esta ocasión, a diferencia de los dos últimos años, no formamos en la Calle Nuestro Padre Jesús de las Penas, que está en un lateral de la iglesia. Lo hicimos en el patio del CEIP San Jacinto. Este colegio se encuentra muy cerca y allí estuve dos horas. No obstante, a mí esa espera no me pesó, porque siempre me gusta observar un rato a los propios nazarenos antes de salir.


La gran mayoría de los que salen en La Estrella son personas del barrio, que se conocen y que esperan a que arranque su tramo, agrupados en pequeños corrillos, charlando entre amigos o con gente allegada. El acto de hacer estación de penitencia es religioso, pero para muchos es, casi más, un momento de comunión con su gente, con su barrio, con su familia, o con los recuerdos de sus seres queridos. Este año, he visto a un hombre de mi edad llorando de emoción, poco antes de ponerse el capirote. No tenía pinta de panoli, ni de beato. Era un tío normal, y no es la primera vez, ni mucho menos, que veo lágrimas en esas circunstancias. La gente está muy sensible, ilusionada, nunca triste en el sentido estricto de la palabra, pero sí emocionada por los recuerdos y las sensaciones, no necesariamente religiosas, que trae consigo el hecho de vivir la Semana Santa. En cualquier caso, flotan en el ambiente unas ganas tremendas de tomar parte en la procesión. Yo, desde que mi amigo Ignacio colgó el capirote, siempre paso solo ese rato, pero escuchar como charlan los demás nazarenos, en un día así, siempre me produce bastante sosiego.

No obstante, no cabe duda de que esperar dos horas a pie quieto, tras haber andado ya treinta minutos para llegar a la Capilla, y sin haber empezado siquiera a procesionar, es una buena manera de recordar que la experiencia tiene una contrapartida física importante. De todas formas, a media tarde aún es pronto. En esta ocasión, como siempre me pasa, cuando empecé a desfilar olvidé por completo el incipiente cansancio y me metí de lleno en el ambiente trianero.


En Triana, La Estrella es la primera cofradía que ve la calle cada Semana Santa. La Capilla de la Virgen de la Estrella se encuentra ubicada en la Calle San Jacinto, que es el principal eje vertical del barrio y que acaba en el Puente de Isabel II, conocido como Puente de Triana. La hermandad, por tanto, no callejea por Triana, sino que sale, enfila San Jacinto y no hace ninguna revirá hasta que está a punto de entrar en la Carrera Oficial, una vez que se halla en el centro de la ciudad. Por tanto, en el barrio hay que verla en la citada Calle San Jacinto, en la Plaza del Altozano, que es la que da paso al Puente, o bien encima de este. Yo creí que esta primavera, tras dos años sin Semana Santa, la gente se iba a agolpar a lo bestia en toda esa parte inicial del recorrido, pero no fue tan así. María me ha contado que en otros sitios de Sevilla vio gente a cascoporro, pero yo, desde mi fila, no noté masificación alguna, ni siquiera en Triana. Sin embargo, tampoco se puede decir que estuviéramos solos. A la ida, pude ver, desde debajo de mi capirote, las estampas típicas de un soleado Domingo de Ramos trianero, y a la vuelta volví a visualizar San Jacinto como la ponen cuando, ya de madrugada, la procesión regresa a su iglesia. El palio no entra hasta las 3 de la mañana, y a esa hora son pocos los valientes que aguantan, salvo a las puertas del templo. Ese lugar sí sigue lleno de gente.


La calle la apagan entera, y solo dejan iluminada la iglesia. Pese al cansancio, es muy bonito recorrer la Calle San Jacinto a oscuras, rodeado ya de pocas personas, viendo como uno se va acercando, poco a poco, a la Capilla de la Virgen de la Estrella.

Este año, dado que había salido desde el CEIP San Jacinto, no había entrado en la iglesia antes de procesionar, ni tampoco lo había hecho desde 2019, por lo que no había visto aún como han quedado las reformas que se han realizado en el templo. Lo han ampliado, pero no ha sido para tanto. Pensé que las obras de agrandamiento iban afectar a su encanto en mayor medida. 

A pesar de la ampliación de la superficie de la Capilla, cuando yo entré, la misma estaba igual de llena de nazarenos que siempre. Cuando llegan, son muchos los que se quedan, para ver como meten el palio en la iglesia desde dentro. Hasta 2019 cabían menos, ahora hay más espacio, pero eso lo único que ha provocado, por lo que pude ver, es que permanezcan más personas en el interior. Este año, no trabajaba el lunes, como otras veces, por lo que podría haberme quedado, pero estaba muy cansado y me fui directamente. Dormía en casa de mis padres, que viven en Los Remedios, el barrio vecino a Triana. Como siempre, el regreso, ya de madrugada, por la desierta Calle Pagés de Corro, fue el colofón perfecto a una bonita jornada.


Como he comentado, en esta ocasión no trabajaba el Lunes Santo. De acuerdo con mi plan, pensaba aprovechar esa circunstancia para regresar a Triana y ver la segunda cofradía del barrio que hace estación de penitencia. Se trata de San Gonzalo, que tiene su sede en el Barrio León. Los hay que, en tono jocoso, quieren que Triana sea una república independiente. Esa reivindicación no es rara verla en camisetas y pegatinas. Es una exageración, por supuesto, pero no se puede negar que Triana tiene tantas características particulares, que los trianeros tienden a considerarla un ente diferenciado de Sevilla. Es por eso que, si bien realmente es un barrio, se considera que, a su vez, tiene en su seno sus propias barriadas. El Barrio León es una de ellas. Se erigió en la década de los años 20 del siglo XX, como zona residencial y de expansión para gente obrera. Es por ello que está conformada por una red de calles cuadriculadas, en las que tan solo hay casas unifamiliares con jardín, que ya tienen un siglo. De la iglesia de ese barrio es de donde sale San Gonzalo, que es la hermandad más joven de Triana (data de 1942), lo que no es óbice para que saque 2.000 nazarenos (en Triana es la tercera más numerosa, tras La Esperanza y La Estrella). Por desgracia, si bien el domingo fue un día radiante, el lunes la lluvia hizo acto de presencia. Aun así, San Gonzalo se echó a la calle a mediodía, antes de que empezara a caer agua, pero no logró completar el recorrido. Yo me levanté en casa de mis padres y dudé qué hacer. A esa hora no estaba claro que la hermandad fuera a procesionar, y tenía que armar un buen follón para ir a verla, de modo que al final pasé. No importa. Lo cierto es que San Gonzalo es la cofradía que más veces he visto en mi vida. Más que La Estrella. Siempre la he visto en el Barrio León, además. Mi suegra se crio allí, su padre llegó a ser hermano mayor de la hermandad, según tengo entendido, por lo que ir a ver el paso de las imágenes, por delante de la que fue su casa, era una tradición a la que asistí varias veces hasta 2005. En 2006 las vi en la Plaza de San Gonzalo, cuando acababan de salir.


En 2007 volvimos a retomar la tradición de esperar a la cofradía delante de la antigua casa de mi suegra. En 2008 no salí el Lunes Santo y, ya en 2009, que ha sido el último año que he visto San Gonzalo, lo hice en la Plaza de San Martín de Porres.


La costumbre de ir al Barrio León a ver San Gonzalo hace tiempo que se perdió en mi familia política. Yo este año me ofrecí a retomarla, llevando a las niñas. No obstante, mi suegra al final no tuvo ganas y pensé en ir por mi cuenta, pero la incertidumbre de si salía o no, y el jaleo que tenía que montar, me echaron para atrás. Eso sí, para ir desde casa de mis padres, al lugar donde María me recogió cuando acabó de trabajar, me di un paseo que me llevó a recorrer enteras las dos calles que atraviesan por completo Triana, ejerciendo de ronda de circunvalación del meollo del barrio. Son López de Gomara (abajo, la foto de la izquierda) y Ronda de Triana (la de la derecha).


Espero que se me perdone por la tosquedad del croquis de las barriadas trianeras que voy a poner a continuación, pero pienso que, pese a la poca pericia que tengo con estas cosas, se ve claro como está dividida Triana.


López de Gomara es una calle que comienza en el sur del mapa y que hace de frontera entre los sectores amarillo (El Tardón) y azul (Barriada Voluntad). Justo donde cae en el plano la palabra Triana, en el punto donde confluyen los polígonos rosa (Barrio León), azul, marrón (Turruñuelo) y rojo (Santa Cecilia), se halla la Plaza de San Martín de Porres. Ahí empieza Ronda de Triana, que separa Turruñuelo y Santa Cecilia en un primer momento, y posteriormente Turruñuelo y Triana Oeste (el polígono morado), antes de acabar atravesando por completo esta última zona hasta alcanzar su extremo norte. En el croquis, lo que hay dentro del polígono verde es lo que se considera como Casco Antiguo de Triana o Triana Profunda. Esa es la parte más propia del barrio. Abajo, en la esquina izquierda, se encuentra la barriada de Nuestra Señora del Carmen, enmarcada por un polígono gris.

En definitiva, creo que con ese basto croquis quedarán más claras las explicaciones sobre Triana. Como decía, no vi San Gonzalo, por lo que esta Semana Santa no he cumplido con lo que me había propuesto. Sin embargo, esto no evitó que siguiera con mis planes. He visto San Gonzalo en el Barrio León muchas veces, por lo que decidí que el pleno podía ser válido si daba por buenas mis experiencias pasadas y bajaba a ver a las tres cofradías que me quedaban. Por ello, el Viernes Santo organicé mi segunda gran jornada trianera de la semana. En efecto, las tres hermandades restantes del barrio pueden verse del tirón, aunque La Esperanza de Triana hace su estación de penitencia durante la Madrugá, es decir, en la noche del Jueves Santo al Viernes Santo, mientras que las otras dos salen y entran en la tarde del viernes. Lo que pasa es que el trayecto de La Trianera es muy largo y, si bien sale a las 12'30 del Viernes Santo, se pega catorce horas procesionando, por lo que regresa al barrio de día. Yo, en mis años mozos, me pasé la noche en vela un par de veces o tres, viendo procesiones de Madrugá. Ahora ya no estoy para esos trotes. No obstante, se me ocurrió que, para ver a La Esperanza podía levantarme pronto y bajar a verla cuando está de vuelta en Triana. Nunca lo había hecho y fue una experiencia estupenda. Luego, cuando La Esperanza se recoge, a eso de las 14'00, se vive un rato en paz, hasta que arranca el Viernes Santo, propiamente dicho. Eso significa que, viendo temprano a La Esperanza, aún tenía la oportunidad de ir a ver, después de comer, a El Cachorro y a La O.

Con el plan maquinado, el viernes, bien tempranito, me bajé para Triana dispuesto a meterme de lleno, de nuevo, en la Semana Santa, tras cuatro días en otro mundo. Ana, Julia y mi sobrina Laura, que había dormido en casa, se vinieron de buena gana, con la idea de pasar conmigo la mañana. Al ir con ellas, ni que decir tiene que tuvimos que empezar la jornada desayunando churros. En la Calentería El Barba, que se encuentra en la Calle Farmacéutico Murillo Herrera, en el corazón de la Barriada Voluntad, encontré el lugar perfecto para que las niñas cogieran fuerzas.


Los churros en Sevilla se comen siempre calientes. De ahí que la Calentería El Barba tenga ese nombre. Su local es minúsculo, y desde él despachan los calentitos directamente a la acera, que en ese sitio está, en parte, bajo unos soportales. En ella han puesto unas mesitas altas, pero la mayoría de la gente se lleva a casa lo que pide. Nosotros pillamos una de las mesas y hasta nos pudimos sentar. Fue una buena cosa, teniendo en cuenta que nos esperaban varias horas a pie quieto.

Al terminar de desayunar nos dirigimos al corazón de Triana, dispuestos a buscar un lugar desde el que ver bien a La Esperanza. Un poco por instinto, un poco gracias al programa que llevaba, en el que se detallaba el recorrido de la hermandad, y un poco por seguir a la gente, acabamos en la confluencia de la calle Párroco Don Eugenio con la Calle Pelay Correa, a las puertas de la Iglesia de Señora Santa Ana. Este templo es conocido popularmente como La Catedral de Triana, y se merecería unas palabras, pero yo no lo conozco. Cuando entre hablaré de él. Eso sí, justo delante de su fachada principal nos encontramos de bruces con la cruz de guía de La Esperanza. Prueba superada. Ya solo teníamos que esperar a que pasaran los 3.000 nazarenos de la cofradía, que es la segunda más numerosa de las 61 que procesionan en Semana Santa en Sevilla.


Viendo pasar capirotes estuvimos casi dos horas. No obstante, la cosa empezó interesante, porque, para mi sorpresa, los nazarenos en vez de bordear la iglesia, la atravesaron, entrando por la portada principal y saliendo por una puerta lateral.


Todas las cofradías sevillanas que recorren la Carrera Oficial atraviesan la Catedral, pero no sabía que La Esperanza también hacía lo propio en Santa Ana. Me resultó muy llamativo. Luego, como digo, tocó esperar para ver los pasos. En realidad, se trataba de eso. Las niñas se sentaron en el suelo y yo, durante mucho rato, me dediqué a observar el entorno y el ambiente. 


A mi lado había un par de familias de turistas españoles, que se tragaron el plantón con buen ánimo. Por lo que escuché que dijeron, les mereció la pena. La clave fue que vimos los pasos de maravilla. Junto a la esquina en la que estábamos no faltó de nada: hubo música, hubo saeta, hubo levantá, hubo revirá... y los costaleros también se marcaron una buena mecida de los pasos, que eso no se como se dice en argot cofrade.
 


La Esperanza de Triana es la tercera hermandad más antigua de la Semana Santa sevillana y la más vetusta de Triana. Se fundó en 1418. En el primero de sus pasos, el Cristo de las Tres Caídas, data del Siglo XVII y es anónimo. Aparte de por esto, su estatus queda patente por algo muy simbólico, que es que dos de las tres bandas de música que la acompañan... son de la propia hermandad. Esto podría parecer una perogrullada, pero no lo es, dado que la mayoría de las bandas que tocan con las cofradías son ajenas a ellas. Estas las contratan para que le pongan música a su cortejo. De hecho, las mejores llegan a salir el 100% de los días, en compañía de diferentes cortejos. La Estrella, sin ir más lejos, procesiona con una de Salteras, con otra de Dos Hermanas y con una de las de La Macarena. Por lo que respecta a La Trianera, esta cuenta con la Banda de San Juan Evangelista, que va con la cruz de guía, y con la Banda del Cristo de las Tres Caídas, que acompaña al paso de cristo. Ambas son de la hermandad, aunque se las ceda a otras a lo largo de la semana, lo que hace que desfilen tocando a diario. Sin ir más lejos, la Banda del Cristo de las Tres Caídas, desde el Domingo de Ramos al Sábado Santo, toca sucesivamente con La Amargura, San Pablo, La Candelaria, La Lanzada, La Esperanza de Triana (como es lógico), Montserrat y La Trinidad. Sinceramente, no se como cojones aguantan los músicos semejante paliza.

En otro orden de cosas, con el primer paso iba el que fue, durante casi una década, mi compañero de despacho en el trabajo. A lo largo del recorrido, el hombre se encarga de distribuir a los costaleros en las trabajaderas del paso, de coordinarlos y de fijar los relevos, creo. 

El caso es que vimos el paso de cristo y, después, tras otro largo rato de espera, hicimos lo propio con el palio. Nuestra Señora de la Esperanza es la titular de la hermandad, por lo que es la que levanta más pasiones.




En el caso de la talla de la virgen, su origen es incierto, aunque se atribuye tradicionalmente a Juan de Astorga, que la habría esculpido en 1816. No obstante, hay muchas dudas al respecto, lo que no deja de ser paradójico, ya que la Reina de Triana es una de las imágenes más veneradas de Sevilla por los creyentes. Procesionando, la acompañó la Banda de Música de Las Cigarreras.

Mi objetivo era que viéramos a La Esperanza de Triana en todo su esplendor y lo cumplimos con creces. Las tres niñas aguantaron la espera en medio de la bulla, con paciencia y buen talante, demostrando que llevan ADN sevillano, aunque no hayan mamado un sentir cofrade demasiado acusado. Tras acabar la procesión, nosotros salimos de Triana sin demasiada dificultad. A Laura la recogió su madre, pasado un rato, y a Ana y a Julia les di una hamburguesa del McDonald's, antes de montarlas en el autobús para que fueran a casa. A mí me quedaba aún la segunda parte del plan.

En efecto, tras separarme de las niñas me encaminé de vuelta a Triana, dispuesto a hacer el triplete. Dado que quería ver las dos procesiones que me quedaban, busqué un lugar por el que pasaran ambas. Lo encontré en la Calle Castilla.


La Calle Castilla es el equivalente, en el norte de Triana, a la Calle Betis en el sur del meollo del barrio, al que denominé antes La Triana Profunda (es la que está marcada con un polígono verde en el mapa de arriba). Dichas calles, partiendo de la Plaza del Altozano, que actúa como eje, corren paralelas al Río Guadalquivir durante mucho rato. Su diferencia radica en que entre la Calle Castilla y el río hay una hilera de edificios. Uno de ellos es la Iglesia de Nuestra Señora de la O. Más allá, en esa larga arteria, ya casi al final, se encuentra la Basílica del Santísimo Cristo de la Expiración. Ella es la sede de El Cachorro. Dado que su trayecto es mayor, esta cofradía sale primero, recorre un trozo de Calle Castilla, pasa por delante de la Iglesia de Nuestra Señora de la O, y sigue. Cuando deja atrás este templo, La O se echa a la calle y procesiona a continuación.


De hecho, procesiona justo detrás. Tanto que pude fotografiar juntos al último penitente de El Cachorro y a la cruz de guía de La O. Desde el lugar que yo elegí, en la Calle Castilla, pude ver de maravilla el paso de ambas hermandades. Me pegué, eso sí, el segundo plantón del día, que fue mayor, si cabe, que el de la mañana, ya que me coloqué en mi estratégico sitio, que esta vez estaba en primera fila, a eso de las 3 de la tarde. Una hora después empezaron a pasar los 1.800 nazarenos de El Cachorro


De las cinco hermandades que hay en Triana, El Cachorro es la cuarta más antigua y también la cuarta en lo que al número de nazarenos se refiere. Aun así, 1.800 personas desfilando son muchas. De hecho, en la Semana Santa sevillana solo hay ocho cofradías más grandes. Lo que sucede, es que tres de ellas son de Triana. Con la antigüedad pasa igual: El Cachorro se fundó en el Siglo XVII, por lo que es de las veteranas, pero es que en el barrio hay otras tres que son más antiguas que el andar p'alante. Y ya que he usado una comparación de esas graciosas, del tipo "es más tal, que cual", o "es menos patatín, que patatán", no puedo dejar de contar que en Sevilla se dice bastante eso de que alguien o algo "sale menos que El Cachorro". La broma no lo entendería un foráneo, pero en la ciudad hispalense es vox populi que en El Cachorro miran al cielo por la mañana, y como haya la más mínima posibilidad de que llueva, aunque sea un poco, renuncian a sacar los pasos. En Sevilla, en primavera, es casi una quimera que el sol luzca ocho días seguidos, de principio a fin. El tiempo, en esa época, es muy inestable, y la mayoría de las jornadas son radiantes, pero todos los años se infiltran algunas con nubes. Cuando la tarde en cuestión está metida en agua, es evidente que las cofradías se quedan a buen recaudo. Este 2022 es lo que sucedió el martes. Sin embargo, eso es raro, y lo que suele suceder es que prime la inestabilidad y haya riesgos de chaparrones puntuales. Ante tal circunstancia, hay hermandades que se echan a la calle sí o sí, otras que son más prudentes... y luego está El Cachorro. Como he dicho, si el Viernes Santo el sol no taladra las cabezas, El Cachorro no sale... 

Más allá de esta exageración, tan andaluza (dicen que en Andalucía somos tela d'esageraos y no se por qué), lo cierto es que, en el paso de cristo de El Cachorro, el crucificado es una obra maestra, tallada en madera por Francisco Antonio Ruiz Gijón en 1682. En efecto, el Cristo de la Expiración está considerado el cenit de la escultura barroca española, y además parece que es una pieza muy frágil. En consecuencia, evitar que se moje es un acto de responsabilidad, no un capricho.


La Virgen del Patrocinio es más moderna. La talló Luis Álvarez Duarte en 1973, tras ser destruida la anterior por un incendio, en el que el Cristo de la Expiración pudo salvarse.


Junto a los pasos van las mismas bandas que acompañan a La Estrella. Tras el del cristo toca la Banda de la Presentación al Pueblo de Dos Hermanas, y con el de la Virgen procesiona La Oliva de Salteras. Hay que decir, por último, antes de acabar con esta hermandad, que lo de usar el apelativo El Cachorro para denominar al Cristo de la Expiración y, por tanto, a la cofradía, no tiene nada que ver con crías de perritos, ni de leones, ni de ningún mamífero. El apelativo viene dado porque, por lo visto, Francisco Ruiz Gijón representó a Cristo en el momento de expirar, y, para hacerlo, cogió como modelo el rostro de un gitano, al que apodaban el Cachorro. Dicen que se fijó en la cara del quinqui, justo cuando exhalaba su último aliento, después de ser herido de muerte en una reyerta, y que fue capaz de clavar ese rostro al tallar la madera. Una historia así tiene muchas papeletas para ser una leyenda, pero, de todas formas, el alias ha perdurado y se ha hecho oficial para denominar a la escultura y, por ende, a la hermandad que la saca a la calle.

Para terminar mí día cofrade, tras ver pasar a El Cachorro desde mi privilegiada posición, vi a La O. Por acabar con los rankings, que, como se puede comprobar, me gustan mucho, puedo decir que, de las cinco hermandades trianeras, La O es la menos populosa, en lo que a nazarenos se refiere, pero se fundó en 1566, por lo que es la tercera más antigua del barrio, a tan solo seis años de La Estrella, que data de 1560 y que es medalla de plata en la categoría de senectud y en la de cantidad de hermanos que procesionan en ella. 

Para ver pasar a La O no me moví del sitio. A diferencia de El Cachorro, esta cofradía sí la había visto varias veces, puesto que en ella salió mi amigo Fran cuando era más joven.


A la imagen de Jesús Nazareno la vi salir de lejos. Luego, enfiló la Calle Castilla y llegó a mi altura unos 20 minutos después. Es obra de Pedro Roldán y es casi tan antigua como El Cachorro, ya que se talló en 1685. No obstante, no tiene tanta fama de delicada.


Dada mi ubicación, al verme junto al paso de cristo, con Jesús Nazareno en lo alto, esta vez no solo miré arriba, sino que también eché la vista al suelo, para ver los pies de los costaleros, lo cual siempre es impresionante.


Al pasar la Virgen de La O, creada por Antonio Castillo Lastrucci en 1937, di por terminada la Semana Santa de este año.


Mientras pasaba La O le eché un último vistazo al ambiente en la calle y en las terrazas, así como a los detalles de la procesión y de sus integrantes. En líneas generales, el día fue sensacional. 

Antes de despedirme, a modo de colofón simbólico voy a poner una foto que saqué en la Calle Castilla. Muestra a El Cachorro, con la Iglesia de Nuestra Señora de la O a su derecha, y con la Torre Sevilla a su izquierda. Este polémico edificio, conocido por todos como Torre Pelli, se empezó a construir en julio de 2007 y se terminó en 2015, modificando por completo muchas de las estampas tradicionales de las calles de Sevilla. La de El Cachorro recorriendo la Calle Castilla ya ha cambiado para siempre. 


Yo veo bien que haya evolución. Para mí, la foto es un símbolo de que la tradición debe convivir con los nuevos tiempos, en la vida en general, y, por supuesto, en las festividades como la Semana Santa. Este año han sido muchas las voces que han protestado, porque la misma se está echando a perder, dicen. Hablan de masificación, se reprueba el exceso de turistas, se critica la pérdida del sentido original de la festividad, se enjuicia como algo decadente la actitud y el talante de la gente que llena las calles, he visto fotos de nazarenos mirando el móvil que han levantado ampollas, se juzga negativamente el excesivo tamaño de los cortejos y, en definitiva, un sector de la opinión pública sevillana censura que la Semana Santa no permanezca estática para siempre. Esto, en mi opinión, es algo imposible, y luchar contra ello es como querer ponerle puertas al campo. La sociedad cambia, y las fiestas populares no son ajenas a ella. En 1800 no eran como en 1930, ni en 1965 eran como es en 1998. En el presente son de una forma, y en 2130, cuando todos los que petamos la ciudad este 2022 estemos criando malvas, serán como tenga que ser. Lo que no cabe duda es de que la Semana Santa seguirá siendo parte del acervo de los sevillanos. Seguro, porque más allá de la fachada, más allá incluso de la religión, el sentimiento de pertenencia a un entorno es consustancial al ser humano, y en los barrios de Sevilla la Semana Santa se encuentra mimetizada con los sentimientos más primitivos de pertenencia al círculo social de cada uno. Otra cosa es que el envoltorio sufra modificaciones.

En definitiva, después de echar un día cojonudo llegó el momento de volver a casa. Mientras me dirigía hacia donde tenía el coche, pasé por delante de un lugar trianero muy especial para mí, el Hospital Infanta Luisa, que se encuentra al final de la Calle San Jacinto. En él nacieron mis hijas, que, si bien son ariscaleñas de crianza, sí vieron el mundo por primera vez en Triana. Eso mola, y estoy seguro de que les ha creado una cierta impronta.



Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado BARRIO DE TRIANA DE SEVILLA.
En 1988 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados en Andalucía: 6'2% (hoy día 81'3%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados: 7% (hoy día 43%).


17 de junio de 2020

BARRIO DE TRIANA DE SEVILLA 2020

El sevillano barrio de Triana es uno de los 16 entes andaluces que se encuentran en mi lista de monumentos o conjuntos monumentales españoles que son de visita obligatoria. Yo en este blog ya he hecho alguna referencia a Triana, pero aún no le había dedicado ningún post monográfico y hacerlo es preceptivo, dado que voy a redactar al menos uno sobre cada una de las 100 maravillas que están incluidas en esa citada lista. Hasta la fecha, de ella he visitado 42 y he escrito acerca de nueve. Triana será la décima con artículo.


Triana es un barrio cuya fama ha traspasado fronteras. De hecho, la revista de viajes Traveler publicó en 2014 un reportaje sobre los 19 barrios españoles más bonitos y Triana estaba en él. También lo he visto citado en otros listados, porque tiene un atractivo innegable. Forma parte de Sevilla, pero tiene una idiosincrasia propia, debido a que siempre estuvo separado por una de las fronteras más claras que puedan existir: un río. En efecto, durante siglos Triana fue un asentamiento extramuros que se erigía en solitario en la orilla oeste del Río Guadalquivir. El resto de la ciudad quedaba en la orilla opuesta. Hoy día ya comparte su margen del río con la barriada de Los Remedios, con la de Tablada y con los terrenos en los que se montó la Expo'92, pero sus límites siguen estando bien definidos. Triana es como una ciudad dentro de la ciudad, lo que hace que no sea raro escuchar a los trianeros de pura cepa decir que van a Sevilla cuando, en realidad, simplemente van a cruzar el Puente de Isabel II.


Yo no soy trianero ni de lejos. Sin embargo, viví durante casi doce años en Los Remedios, el mencionado barrio vecino. Eso no significa gran cosa, porque los dos son como el agua y el aceite, pero al menos puedo decir que nunca he estado muy lejos de Triana. Previamente, durante tres años fui integrante de un grupo scout, el Híspalis 136, que tenía su sede en la Calle Betis, adonde iba cada semana. También, como conté de manera profusa en el post dedicado a Sevilla que escribí en marzo de 2018, en Semana Santa salgo de nazareno desde 1994 en La Estrella, una de las hermandes trianeras por excelencia. Además, mi suegra sí creció en Triana, la abuela paterna de María vivió allí cerca de 30 años, una prima hermana suya vive en López de Gomara, otra tiene un bar en la Calle Procurador llamado Sala El Cachorro, adonde he ido mil veces, y, para rematar, mis dos hijas nacieron en una clínica que está en plena Calle San Jacinto. Su toma de contacto con el mundo, por tanto, tuvo lugar en el corazón del barrio.

Lo cierto es que cualquier sevillano acaba teniendo mil historias que contar relacionadas con Triana, puesto que atrae como un imán. Yo, aparte de lo comentado, he tapeado allí, he ido a restaurantes, he paseado, he salido de fiesta, he corrido carreras, he ido al dentista, he impartido clase particulares, he ido al fisioterapeuta, he asistido a una boda, he jugado al fútbol, he ido a casa de amigos que vivían en el barrio,... Los trianeros llevan a gala su origen y lo proclaman a los cuatro vientos, lo que hace que sepa, sin ningún género de dudas, que he conocido a decenas de ellos en mi vida.

En definitiva, podría decir mil cosas sobre Triana, pero se me había metido en la cabeza que fuera una actividad de Ispavilia lo que me diera pie a escribir este post, por lo que voy a centrar el mismo en lo que he visto del barrio en el marco de la ruta turística que hice el viernes por la noche con esa empresa sevillana, de la que ya he hablado otras veces y que se dedica a enseñar la ciudad desde los más variados enfoques.


El turismo ha sido uno de los sectores más golpeados por la pandemia que estamos viviendo e Ispavilia no ha sido ajena a ese hecho. No obstante, el negocio de Jesús Pozuelo se nutre de sevillanos que están deseosos de profundizar en el conocimiento de su ciudad, más que de foráneos. Por esto, Jesús, tras haber tenido la empresa parada tres meses, la ha reactivado en cuanto ha sido legalmente posible. Durante la fase 1 y 2 de la desescalada no se podían organizar rutas turísticas, pero en la tercera, con grupos reducidos para que la gente se pueda mantener alejada, sí.


Yo no pensaba hacer ahora una las rutas de Ispavilia, pero cuando vi por casualidad que la del viernes era por Triana no me pude resistir: se lo dije a mi madre, que ha sufrido mucho a causa del aislamiento provocado por la COVID-19 y está necesitada de salir, y nos fuimos juntos para el mítico barrio, dispuestos a echar un buen rato.


Como se puede ver en el plano, Triana tiene unas lindes claras, pero es un barrio muy grande (el mapa coloca mal el nombre de Los Remedios, que es el trozo de ciudad que está entre Triana y Tablada). Por el oeste, el límite trianero es el actual verdadero trazado del Río Guadalquivir, mientras que por el este la separación con el resto de Sevilla la marca el antiguo cauce de este río, que desde 1951 es una dársena. En la imagen inferior se aprecia perfectamente como ha sido la evolución del lecho del Guadalquivir a lo largo de la historia.


La infografía está extraída de una página web que mantienen los integrantes de una caseta de la Feria de Abril llamada El Sitio, y que está dedicada a la propia Feria y a Sevilla en general. En los croquis se ve como en 1926 se eliminaron los grandes meandros que tenía el río de manera natural y que, por favorecer la deposición de sedimentos, dificultaban cada vez más la navegación. Luego, en 1951 se creó la Corta de la Vega de Triana y se cegó un trozo del Guadalquivir, al crearse un gran tapón en la zona conocida como Chapina, que hoy ya no existe. Paralelamente se creó una esclusa al sur de la ciudad, de manera que el río a la altura del casco histórico hispalense se convirtió en una especie de lago cerrado. De esa forma, sin vaciar el lecho dejaron de producirse las inundaciones que anualmente tenían efectos devastadores. Años después, de cara a la celebración de la exposición universal de 1992, el tapón se llevó hasta San Jerónimo y el cauce del Guadalquivir se modificó de nuevo para que no quedara ni un meandro. Así es como está hoy día. El resultado de todos esos cambios para Triana ha sido que ha pasado de tener agua por delante a tenerla por delante y también por detrás. Su parte mítica, sin embargo, sigue siendo la que se asoma al antiguo trazado del río. En ese sentido, la Calle Betis, que ejerce de fachada del barrio, no ha perdido ni un ápice de su encanto. Nosotros el viernes nos adentramos en Triana caminando por ella, dado que el punto de partida de la ruta estaba fijado en la Plaza del Altozano, que se encuentra en uno de sus extremos.


El Altozano es la plaza que ejerce de punto neurálgico de la Triana más clásica. Era, por tanto, el lugar perfecto para comenzar la ruta de Ispavilia. Allí, a los pies del Monumento Triana al Arte Flamenco, nos vimos con Jesús Pozuelo y con otras 16 personas.


Es imposible reproducir en un solo post todo lo que nos contó Jesús sobre Triana. Él es una enciclopedia andante especializada en Sevilla, pero encima resulta que es trianero de cuna y la relación de su familia con el barrio se pierde en la noche de los tiempos. Quedó patente que estaba en su patria chica, porque en dos horas y media de recorrido saludó familiarmente a cuatro personas con las que nos cruzamos. También pasamos junto al lugar donde, por lo visto, vive su madre, y nos enteramos de cual es su casa actual, entre otros datos personales que fue contando. Era, sin duda, la persona perfecta para ilustrarnos en esta ruta. 

Como dije al principio, Triana es una ciudad dentro de la ciudad. Al estar separada del resto de Sevilla, siempre fue un arrabal que estaba al margen de los controles más férreos. En él se bebió alcohol incluso en época de los musulmanes, era el barrio de los marineros, que suelen desembarcar con ganas de jarana, allí es donde se juntaron los alfareros y los ceramistas, dos gremios incómodos en las ciudades, puesto que usaban hornos y generaban humo (de ello nos habló Jesús frente a la puerta del Centro de Cerámica Triana, sito en la Calle Callao), y también era el territorio de los cantaores y los bailaores flamencos, que están muy ligados al pueblo gitano (de cante, toque y baile nos contó cosas junto al Monumento a los Alfareros, Ceramistas y al Cante por Soleá, que está en el otro extremo de la Calle Callao, junto a la desembocadura del pintoresco Callejón de la Inquisición). 


Ese carácter popular, tradicional pero algo outsider, y un poco dado a la parranda, Triana no lo ha perdido del todo. 

Por lo que se refiere al citado Callejón de la Inquisición, el mismo se llama así porque se encuentra junto al Castillo de San Jorge, una pequeña fortaleza que fue sede de la Inquisición durante 145 años. Por el callejón bajamos al Paseo de Nuestra Señora de la O, que bordea el río a su nivel como una especie de paseo marítimo.


Andando por él llegamos hasta los pies del Puente de Isabel II, conocido como Puente de Triana. Hasta 1171, Triana y Sevilla solo estuvieron unidos por barcazas. Ese año se construyó un puente de barcas que ya permitió pasar a pie de una orilla a otra, pero hasta 1852, cuando se acabó de construir el Puente de Isabel II, no existía ninguna estructura estable que uniera ambos lados.



Una de las cosas que aprendí durante la ruta fue que el puente trianero, el primero firme que tuvo Sevilla, estuvo a punto de desaparecer en los años 60 del siglo XX, dado que en su día no se había proyectado para soportar tráfico rodado y estaba muy deteriorado. Finalmente se salvó de milagro, gracias a un proyecto mediante el cual se le colocó encima un tablero que no se sujeta sobre los arcos y los aros que conforman su inconfundible estética y que lo sustentaban hasta entonces, sino que está aguantado por una serie de elementos más resistentes al peso. En otras palabras, se colocó un puente invisible encima del ya existente. Nunca me había percatado de eso, pero desde nuestra posición lo vi con total claridad.


Tras abandonar el borde del río y sus mosquitos nuestro recorrido continuó por la Calle Pureza, que discurre paralela a la Calle Betis y que es otra de las imprescindibles del barrio. En ella está la Capilla de los Marineros, delante de la cual escuchamos más historias interesantes, y también la Antigua Universidad de Mareantes, en cuya puerta hicimos una nueva parada. 


Caminando por Pureza llegamos hasta la Iglesia de Santa Ana y tras bordearla arribamos a la Plazuela de Santa Ana. Esta es una de las partes más bonitas del barrio. La mencionada iglesia es digna de ser vista, a tenor de lo que nos contó Jesús.


La ruta acabó en la Calle Betis. Como he dicho, Triana es muy grande y nosotros solo nos movimos por el sector cercano al cauce del antiguo Guadalquivir (y solo por la mitad sur). Hay aún mil cosas pendientes de ver, pero no estuvo mal como toma de contacto con el barrio, ya que, aunque ha conservado su idiosincrasia, esa es la parte más selecta.


Adelanté antes que en Triana gusta bastante la farra. En efecto, en Sevilla cualquier excusa es buena para darse un homenaje, pero en Triana ese carácter está reconcentrado. En consecuencia, sus bares son muy afamados por su ambiente popular y por su animación. El gusto por el cerveceo, el tapeo, y lo que surja, ha hecho que en Triana no solo haya tascas y baretos. También se pueden tomar tapas selectas e incluso hay buenos restaurantes. 

Con este post estoy rompiendo el hielo con el barrio de Triana, en el futuro elegiré momentos especiales para ir desgranando cuales son sus enclaves más señalados, lo mismo que vengo haciendo desde 2016 con la propia ciudad de Sevilla. Ya tendré, por tanto, ocasión de hablar de muchos otros lugares, pero no quería cerrar este artículo sin hacer referencia a algún negocio de restauración, precisamente por el hecho comentado de que Triana no puede ser entendida sin sus bares. Por ello, le propuse a María y a las niñas que fuéramos, al día siguiente de realizar la ruta, a cenar a algún sitio trianero chulo. 

La pandemia ha complicado lo del tapeo, pero aún así pude reservar en el Restaurante Bicho Malo para el sábado por la noche. Para llegar a él recorrimos la Calle Castilla, una de las principales arterias de la parte norte de Triana. Desde el Altozano hacia el sur, las columnas vertebrales de la Triana que está cerca del río son Betis y Pureza, mientras que del Altozano al norte ese papel lo juegan Alfarería y Castilla. La Calle Castilla en ese sentido es como la Calle Betis, pero no se asoma al Guadalquivir, porque en su lado este tiene una hilera de casas.


Más allá de esa hilera de casas, al nivel del agua, está el Paseo de Nuestra Señora de la O del que hablé arriba. La Calle Castilla acaba en el extremo norte de Triana, pero curiosamente, pese a lo que acabo de decir en el párrafo anterior, por el sur no llega hasta el Altozano, sino que poco antes hace una pequeña revuelta que tiene dos denominaciones diferentes: Callao y San Jorge. En el pequeño trocito llamado Callao está Bicho Malo y también la salida trasera del Mercado de Triana.


El Mercado de Triana se levanta sobre una parte de los restos del antiguo Castillo de San Jorge (la otra parte de estos se muestran como un museo). Nosotros, como íbamos con tiempo entramos en el Mercado para echarle un vistazo. No cabe duda de que se merece una visita más detallada, ya que no solo tiene puestos de verduras, frutas, carnes y pescados, sino que también tiene en su interior un montón de sitios originales para comer.


Con respecto al Restaurante Bicho Malo, con independencia de su simpático nombre tengo que decir que hacía mucho tiempo que un sitio no me gustaba tanto. Para empezar, el trato fue exquisito y, aparte, el emplazamiento me pareció una delicia, porque nos sentaron fuera y esa acera de la Calle Callao resultó ser muy agradable para cenar.



Sin embargo, en un restaurante lo que cuenta es la comida y en la carta de Bicho Malo me encontré con un montón de tapas deliciosas, algunas eran tradicionales y otras más modernas, pero en cualquier caso eran variadas y destacaron por su relación calidad-cantidad-precio. Las patatas bravas que pedimos, sin ir más lejos, están el el podio de las mejores que he tomado en mi vida.


También me encantó la tapa de arroz negro de sepia.


En definitiva, a lo largo de mi vida son muchos los bares a los que he ido en Triana. Algunos ya no existen, pero otros sí. Entre estos últimos, los hay que son más nuevos (Bicho Malo abrió sus puertas en 2016) y los hay que destilan solera por cada rincón. En el futuro los iré desgranando todos.



Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado BARRIO DE TRIANA DE SEVILLA.
En 1988 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados en Andalucía: 6'2% (hoy día 75%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados: 7% (hoy día 42%).