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7 de agosto de 2025

MIERES 2025

En 2019 estuve en Mieres de manera fugaz, y tenía en mente regresar, para explorar con un poco más de cuidado el concejo. En aquella ocasión, apenas si pasamos unas horas en su capital, que se denomina Mieres del Camino


Entonces, la estancia fue muy improvisada, por lo que ni siquiera llegué a tener noticias de cómo estaba distribuido el poblamiento por el concejo. Ahora, me he enterado de que este cuenta con 370 núcleos de población, por lo que no voy a pretender conocerlos todos. En cualquier caso, algunos son minúsculos. Yo me voy a centrar, más bien, en los que ofrecen cosas interesantes. En esa línea, el otro día estuvimos de nuevo en Mieres del Camino, pero esta vez no nos quedamos solo allí, sino que también fuimos a Urbiés y a Bustiello.

El caso es que, en esta ocasión, tuve la oportunidad de prepararme la visita a Mieres, y lo primero que hice fue buscar qué es lo que merece la pena ver en el concejo. No es poco, porque este estuvo muy ligado a las actividades derivadas de la minería y de la industria durante décadas, y eso es algo que siempre deja una huella interesante. En efecto, a mediados del siglo XIX se estableció en Mieres la Asturian Mining Company, lo que hizo mutar rápido el carácter de la zona y marcó el inicio de la intensa explotación del subsuelo en la región. Así, en unos cuantos años, la ganadería y la agricultura dejaron de ser los principales medios de vida de la gente, y Mieres se convirtió en un potente centro industrial. Ese cambio, provocó que pasara de los 9.000 habitantes con los que contaba en 1850, a los 71.000 que tenía en 1960. 

Los trabajos relacionados con las minas y con la siderurgia son duros, y en Mieres la vida estuvo ligada a esos sectores el suficiente tiempo, como para que surgieran problemas varias veces. Sin embargo, se mantuvo el status quo hasta que la minería asturiana entró en un imparable declive, en la segunda mitad del siglo XX. El enclave mierense no fue ajeno a ese proceso de crisis, que acabó desembocando en el cierre paulatino de sus explotaciones. Así, desde 1987 hasta 2007, todos los pozos del concejo fueron cesando su actividad. Es por esto que la zona está tratando ahora de reconducirse hacia el turismo, convirtiendo este en su principal fuente de ingresos, gracias a la puesta en valor de su pasado reciente y de sus hitos más destacados.

Algunos de esos puntos de interés están en Mieres del Camino. Allí, la estructura cuadriculada del entramado urbano ya es, de por sí, un reflejo de su historia, como conté en el post de 2019. Entonces, estuvimos por el sur y por el oeste del Parque Jovellanos, que ejerce de corazón de la capital del concejo.


Esta vez, volvimos a rondar la misma zona, pero, como novedad, anduvimos por las calles que quedan al norte de ese parque. De todas formas, en ambas ocasiones acabamos en la Calle Aller, que es la que bordea el Parque Jovellanos por el este.


El otro día, incluso nos detuvimos allí, y merendamos en el Salón de Té Santa Bárbara, pero esta vez la cosa no se limitó a dar un paseo por Mieres del Camino, sino que me había informado y comenzamos a desgranar lo que tienen de interesante sus alrededores.

En Mieres se han volcado con el turismo, como he dicho, hasta el punto de que han editado dos guías turísticas muy completas, en las que han detallado los ítems notables del concejo. Los 370 núcleos de población del mismo no tengo intención de conocerlos, pero esos lugares relevantes sí que me gustaría explorarlos todos. Como decía arriba, en esta ocasión visitamos el poblado de Bustiello, y también Urbiés, que es una localidad que no llega a los 100 habitantes.

Paternalismo industrial en Bustiello

Bustiello se empezó a construir en 1890, a instancias de Claudio López Bru, marqués de Comillas y propietario de la empresa Sociedad Hullera Española. Este noble era un acaudalado hombre de negocios, que había heredado las minas en las que había invertido su padre, en los concejos de Mieres, Aller y Pola de Lena. López Bru podría haber pasado a la historia por haber agrandado el cuantioso patrimonio que había recibido por testamento, cosa que hizo, pero es más destacado por ser uno de los puntales del paternalismo industrial en España


Los integrantes de esta corriente eran una serie de ricos empresarios, que tomaron conciencia de que los obreros vivían como perros, por lo que decidieron introducir mejoras en sus condiciones de vida, sin que ello tuviera que implicar un aumento significativo de sus derechos. En ese sentido, López Bru fue un activo opositor del sindicalismo libre, pero eso no impidió que luchara por el bienestar de los mineros, o por lo que él consideraba que era su bienestar. En esa línea, su objetivo fue que sus empleados fueran personas piadosas, que se mantuvieran alejadas de los sindicatos radicales, y que, a cambio, residieran en viviendas dignas y pudieran disfrutar del uso de economatos, de escuelas, de sanatorios y hasta de centros de ocio. La puesta en marcha de su experimento la llevó a cabo en un lugar al que llamó Bustiello. Allí, López Bru promovió la creación de una comunidad perfecta de felices trabajadores.


Bustiello se construyó, desde la nada, en una vega deshabitada, que estaba junto al Río Aller y no muy lejos de los pozos mineros. Las obras dieron comienzo en 1890 y se acabaron en 1925. Lo primero que se levantó fue la iglesia, entre 1890 y 1894. Claudio López Bru era un ferviente católico, pero, en realidad, en este caso lo que pretendía era que Bustiello se convirtiese en sede de una parroquia, de manera que ejerciese de capital de la zona y se pudiera ostentar desde el poblado el control político de esta. A día de hoy, la Capilla del Sagrado Corazón se sigue usando. 


Después de la iglesia, se fueron erigiendo un casino (acabado en 1895), un sanatorio (1902), una escuela para niños (1906), otra para niñas (1921) y una botica (1924). No obstante, el eje del poblado, además de las dos casas para los ingenieros, lo constituyeron los chalés destinados a servir de morada a los obreros. Las viviendas estaban diseñadas con esmero, de una manera perfectamente ordenada. 


En total, yo conté unas 17 o 18 casas. Las mismas fueron sorteadas entre los mineros de Sociedad Hullera Española, pero solo podían optar a ellas los que hubieran tenido una trayectoria intachable en la empresa. Ni que decir tiene que, tras comenzar a utilizarlas, la conducta debía seguir siendo ejemplar. Las viviendas para los obreros se empezaron en 1898, pero los agraciados no las pudieron habitar hasta 1917. López Bru falleció en 1925, así que llegó a ver su proyecto a pleno rendimiento.

En la actualidad, en una de las casas que pertenecieron a los ingenieros (la Casa de Don Isidro), es donde se ha montado el Centro de Interpretación del Poblado Minero de Bustiello, Allí empezamos y acabamos la visita a Bustiello, que estuvo conducida por una guía llamada Fernanda.


La exposición del Centro de Interpretación la vimos al final. En ella, pudimos ahondar un poco en las características del poblado, desde un punto de vista histórico, patrimonial y artístico, pero, realmente, lo más importante ya nos lo había contado Fernanda durante la visita. La explicación había comenzado en la puerta del Centro, y después continuó, primero junto al Monumento al Marqués de Comillas, y luego dentro de la iglesia.



Tras visitar con detenimiento la Capilla del Sagrado Corazón, regresamos al Centro de Interpretación y subimos hasta la primera planta, donde está la exposición. Allí pudimos acceder, además, a una especie de balcón cerrado que tiene la vivienda, desde el cual se domina todo el poblado, dado que la Casa de Don Isidro se encuentra en un alto.

Es especialmente importante visitar Bustiello con un guía, porque, si no, todo se limita a dar un descontextualizado paseo por una zona en la que, hoy día, sigue viviendo gente. Esto, en parte, se debe al hecho de que, en 1967, Sociedad Hullera Española pasó a integrarse en HUNOSA, que es una empresa pública que se creó ese año, para garantizar la sostenibilidad de unas cuantas sociedades del norte de España, vinculadas a la extracción del carbón (HUNOSA es un acrónimo de Hulleras del Norte, S.A.). El tema es que una de las primeras medidas que tomaron los mandamases de HUNOSA fue venderle las casas de Bustiello a sus inquilinos, en 1970. Por eso, en la actualidad residen en ellas casi medio centenar de personas normales y corrientes.


Yo me imagino que aún vivirán allí herederos de las personas que habitaban las casas cuando aún eran propiedad de Sociedad Hullera Española, pero, de todas formas, a mediados del siglo XX ya no quedaba ni rastro de la utopía puesta en marcha por Claudio López Bru.

Como decía, la visita a Bustiello es fundamental hacerla acompañado de alguien que sepa lo que es aquello, pero eso no significa que no sea buena idea dar también una vuelta en plan independiente, ya que el tour guiado no se adentra en la zona de las viviendas, por ejemplo. Por ello, antes de irnos yo me di un paseo por mi cuenta. Primero, bordeé uno de los laterales de la iglesia, en la que el ladrillo rojizo es el protagonista. Las reminiscencias industriales del templo son evidentes.


Después, vi por fuera algunos de los demás edificios emblemáticos de Bustiello. El que se ve al fondo, en la foto superior, es la Escuela de Niños. En la actualidad, es un albergue juvenil, en el que me encantaría dormir, aunque ya no sea tan joven.

Aparte, al lado de la iglesia está el Casino, que se proyectó como lugar de ocio para los mineros. También fue sede del Círculo Obrero Católico, que era el único sindicato que toleraba el Marqués de Comillas (era, por tanto, un pseudo sindicato). El Casino contaba con un salón de actos, con aulas y con una biblioteca. En la planta superior se encontraba la sala de juntas y la vivienda del encargado. Tras la Guerra Civil, el edificio pasó a ser un cuartel, luego estuvo un tiempo cerrado, y, desde 2009, hay allí una residencia de ancianos.

Por último, me di una vuelta por las cuadriculadas calles de Bustiello. Aquello es como una versión, de principios del siglo XX, de alguna zona residencial de casitas de las afueras de cualquier pueblo de una cierta entidad. 


Sobre el terreno, comprobé a la perfección como las viviendas se esparcen por una explanada, que se encuentra hundida con respecto a las casas de los ingenieros, y también con respecto al Casino, a la Iglesia y al Monumento al Marqués de Comillas. No están así por casualidad, como ahora explicaré.


El caso es que la visita a Bustiello me pareció muy interesante. Al recorrerlo, me resultó sencillo comprender como planteó Claudio López Bru su singular experimento, con el que pretendía hacer ver que era compatible ser obrero, ser un ejemplar católico, y, a la vez, ser feliz. Yo no dudo de sus buenas intenciones, pero es evidente que su utopía se basó en crear una cárcel de oro, para una veintena de elegidos, que estuvieron dispuestos a agachar la cabeza y a ser totalmente fiscalizados a cambio de poder vivir con un poco de dignidad. Al final, los trabajadores compraban en el economato lo que se les decía, se divertían en un casino en el que no estaba permitido beber alcohol, donde solo se leía el periódico de una editorial propiedad del marqués, y en el que los libros eran del gusto del patrón. Por descontado, no podían ni pensar en dejar de ir a la iglesia siempre que fuera preceptivo, y cualquier movimiento para salir o entrar de Bustiello era controlado con facilidad por el cuerpo de seguridad privado, instaurado por López Bru para mantener el orden. No hay que olvidar que sacar los pies del plato implicaba la expulsión del rebelde y de su familia de ese lugar. De hecho, no es casualidad que el domicilio del capataz de todo aquello estuviera en la segunda planta del Casino. Tampoco, que las casas estuvieran situadas a los pies de las viviendas de los ingenieros, de la iglesia, y de los demás edificios oficiales. La cosa no pintaba tan bien, visto con perspectiva, pero no hay que olvidar que, fuera de los límites de esa supuesta arcadia, el resto de los mineros sobrevivía en unas condiciones infrahumanas.  

Comiendo en la Asturias profunda

En el centro de Asturias hay un valle, que va de sur a norte, y que ha sido creado por el discurrir del Río Caudal (este río nace en la confluencia del Río Lena y del Río Aller, que es el que pasa por Bustiello). El caso es que el Valle del Caudal corta una región muy montañosa, y recibe las aguas del Río Turón, que es el que baja de la zona escarpada que le queda al este. El propio Rio Turón ha formado, a su vez, el Valle del Turón, que está salpicado por algunos de los 370 núcleos de población que integran el concejo de Mieres


La clave de esa comarca es que no es especialmente turística. Antaño, sus vegas, horadadas por pequeños ríos, fueron un potente foco minero, lo que les restó encanto. El paisaje es precioso, pero se industrializó en parte, y, además, se quedó eclipsado por las bellezas naturales del parque nacional y de los cinco parque naturales que hay en Asturias. En ese territorio solo sobresalían las minas hasta hace poco. Por eso, su apertura al turismo es reciente, y, por eso también, es una zona tan interesante.

Uno de los núcleos de población de más entidad en el Valle del Turón es Urbiés. En esa localidad, viven unas 100 personas. 



Como se puede comprobar, Urbiés no es un pueblo demasiado bonito. Realmente, es un núcleo de población más bien funcional. Sin embargo, tiene dos cosas que merecen la pena. La primera es que se asoma al citado Valle del Turón, por lo que es un pueblo en cuesta, y eso hace que tenga varios lugares desde donde se ven unas vistas espectaculares.



La segunda cosa destacada de Urbiés es que se halla fuera de las rutas turísticas más transitadas, por lo que todavía puede uno toparse allí con un restaurante como Casa Nando, que parece que está en una casa por las buenas, y que tiene pinta de que da de almorzar a media comarca, dado lo lleno que se encontraba su gran comedor. 




Las puntuaciones de Casa Nando, tanto en Google como en Tripadvisor, rozan la perfección. Por eso, pensé que era un sitio magnífico para ir a comer. No obstante, antes llamé, para ver si admitían animales, dado que nosotros íbamos con la perrita de mi madre. Me dijeron que no, pero que nos hacía un hueco en el pequeño rellano que tiene el restaurante delante de su puerta. Me pareció ideal.

Luego, resulta que nos sirvieron comida para un regimiento. Se podría decir que el sitio no es barato, porque cada menú costó la friolera de 24 euros, pero realmente las raciones eran para dos, como mínimo. Visto así, el importe por persona no es tan alto. 


Lo que pasa es que, a pesar de su contundencia, los menús no se podían compartir, aunque sí habían previsto que se pudiera uno llevar la comida sobrante en tápers, por lo que nos pusimos las botas, y, además, mi madre, a la que le quedaban muchos días por delante en su casa de Llanes, se fue con viandas para toda la semana. En realidad, a nosotros el almuerzo no nos salió demasiado caro, porque le pudimos dar salida al excedente, pero es verdad que, para alguien que esté alojado en un hotel, el apaño puede no ser posible, y, en ese caso, el sistema no es bueno, porque se gasta uno bastante dinero, y, encima, los guisos se desperdician. Como digo, en esa zona los cosas no están enfocadas para dar servicio al turismo estándar.

El tema es que yo elegí pote de primero y bacalao a la vizcaína de segundo. También probé la fabada, los verdines y el cabrito. Nada me defraudó. La única pega de Casa Nando fue que nos la jugaron un poco al final. Resulta que los menús nos los cantaron, por lo que no consultamos la carta ni nos dijeron los precios (estos se detallaban en una pizarra en el interior, ciertamente), pero, sobre todo, lo que no vimos fue que los postres no estaban incluidos. Eso no lo ponía en ningún sitio, en cambio, es decir, que tendríamos que haber sido adivinos para haberlo sabido, o bien haber sido muy cuidadosos para haberlo preguntado. 

El caso es que no fuimos ni videntes ni precavidos, de manera que, cuando la camarera salió preguntando por los postres que queríamos, como si estuviera segura de que los íbamos a pedir, nosotros entendimos que era porque entraban en el menú. Habíamos comido tanto, que ninguno tenía ganas de dulces, pero esto ya lo sabían en Casa Nando y nos dieron a entender que los íbamos a pagar de igual modo. En vista de eso, le echamos valor y nos tomamos unos trozos de tarta. Cuando llegó la cuenta y vi que nos los iban a cobrar aparte, me jodió un pelín, la verdad, porque además no fueron baratos. Sin embargo, no quise empañar el buen rato en Urbiés, por lo que tampoco le di más vueltas. 

Mucho aún por descubrir

Hay muchísimo por descubrir en Mieres y en sus alrededores. Como he dicho, allí están poniendo en valor, de una forma muy activa, todo su patrimonio industrial, por lo que hay aún un considerable número de lugares relacionados con las minas que no quiero quedarme sin visitar.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MIERES.
En 2019 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales visitadas en Asturias: 60% (hoy día 60%).
En 2019 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 34'4% (hoy día 36'8%).


26 de julio de 2025

PORTUGAL 2025 (VISITA DE JULIO)

Este año, teniendo en cuenta las perspectivas, parecía que se nos iba a ir el verano sin echar ni un fin de semana de playa. En vista de eso, decidimos buscar un alojamiento en algún lugar que estuviera cerca de la costa, con la idea de poder pasar un par de días de sol y de mar. Dada la improvisación y las fechas, para no dejarme un riñón, opté por alquilar un apartamento que aparentaba tener sus pegas, pero que era asequible. Su principal inconveniente era, en apariencia, que estaba en Vila Real de Santo António


Vila Real de Santo António es un municipio de Portugal que se encuentra justo en la esquina sureste del país. En principio, se halla en una zona muy propicia para el turismo veraniego, pero lo cierto es que su capital no está en primera línea de costa, por lo que no parece un buen sitio para pernoctar, si el plan es ir a la playa.


Como se puede ver en la imagen satélite, el pueblo de Vila Real de Santo António se asoma a la desembocadura del Río Guadiana, y se encuentra enfrente de Ayamonte. En realidad, es una localidad muy bonita, pero la definen dos características, que hacen que sea raro alquilar allí un apartamento. La primera es la que he comentado de que está alejada del mar, en una zona en la que el turismo playero lo copa casi todo. En ese contexto, queda como un destino incómodo. La segunda es que sus calles llaman poco la atención, porque la población surgió de la nada en 1774, diseñada ex novo con el objetivo de controlar la entrada de pescado y de otras mercancías a través del Guadiana. En aquella época, España era aliada de Francia, mientras que Portugal lo era de Inglaterra, por lo que los dos estados vecinos siempre estaban a la gresca, y Vila Real nació solo para plantar cara a la cercana Ayamonte. Debido a eso, tiene una estructura funcional tan cuadriculada, que parece artificial. 


En Finlandia, la tradición marca otra cosa, como conté hace poco, pero en Portugal se admiran las callejuelas serpenteantes, no las ciudades que parecen un tablero de ajedrez. En España también. Por eso, y por la ausencia de edificios destacados, es raro que los españoles vayan a Vila Real de Santo António a hacer turismo propiamente dicho. Hace años, los andaluces atravesaban el Guadiana e iban a comprar las célebres toallas portuguesas al país vecino. De este, Vila Real era el sitio más cercano donde se podía parar, lo que convirtió la localidad en el principal punto de venta de productos textiles de algodón del sur de Portugal. Hoy día, en los tiempos de Internet y de la globalización, todo llega a todos lados, y, si no, todo te lo llevan a casa, por lo que ya nadie hace excursiones para ir a por el ajuar. 

En consecuencia, las razones para ir de visita a Vila Real de Santo António han desaparecido, salvo que la diversión consista en coger la embarcación que cruza el Guadiana en 10 minutos y lleva de Ayamonte al Puerto de Vila Real. Por lo visto, durante esa breve travesía se ve una bonita panorámica del entorno del río, por lo que hay españoles que echan un rato en Vila Real con la excusa de disfrutar del paseo en barco, pero, desde luego, no es un lugar para ir a dormir. Por eso, yo localicé en él un apartamento a buen precio.

El tema es que, en realidad, yo lo que quería era aprovechar la playa, pero como nunca he necesitado alojarme en primera línea para eso, pues muchas veces he encontrado sitios para pernoctar baratos, no excesivamente lejos del mar. Es verdad que, a cambio, me veo obligado a coger el coche o a andar, según, y tengo que ir ligerito de bártulos, pero a mí me merece la pena. Además, gracias a la costumbre de salirme de los circuitos preparados para el turismo playero, he podido conocer pueblos como Vila Real, que, al final, resulta que tienen su atractivo. 


Realmente, Vila Real de Santo António es un pueblo digno de ser visitado, porque tiene un frente fluvial bonito, y porque no deja de ser curioso que una localidad en la que viven casi 12.000 personas, mantenga una estructura tan cuadriculada, dispuesta como una malla, a partir de un epicentro muy definido, situado en la Praça do Marquês de Pombal.


A mí, Vila Real de Santo António me pareció un pueblo pintoresco, que está muy cuidado, y que cuenta con un Paseo Fluvial que es maravilloso, tanto de día, como de noche. 


Resulta que, tras la puesta de sol, es una delicia ir a tomar un mojito al borde del Río Guadiana. Allí, en el Jardím da Avenida da Republica, ponen unos chiringuitos con mesas, en los que se puede beber algo en un ambiente relajado y fresco, mientras se echa un rato de agradable charla, en el que no falta la suave música de fondo. El primer día paramos en Boa Praça.


El segundo, nos quedamos en Saal, que era otro cocktail bar de carácter efímero, montado para despachar bebidas en plan tranquilo.


Aparte, es cierto que el pueblo de Vila Real de Santo António no tiene playa, pero en su término municipal sí hay unas cuantas. Sin embargo, los dos días nosotros optamos por irnos un poco más lejos.

Echando el día en la Praia da Alagoa

El litoral del Algarve, como el de la vecina Huelva, más que tener playas, tiene playa. Esos significa que, realmente, con lo que cuenta es con una uniforme barra de arena infinita, que se asoma al Océano Atlántico, la cual se denomina de diferentes maneras en función del municipio por el que discurra, o en base a lo que tenga a su espalda. El primer día, nosotros nos movimos hasta el trozo de costa que está delante de una localidad llamada Altura, la cual pertenece al concelho de Castro Marim


En ese tramo, el trecho de fina arena dorada se denomina Praia da Alagoa. Es un privilegio tener, no muy lejos de casa, arenales interminables de esa categoría.


Regreso a la Ilha de Tavira

El segundo día nos fuimos más al oeste. A partir de la Praia de Manta Rota, un brazo de agua de mar, que se va agrandando conforme avanza hacia occidente, separa del continente el cordón de arena del que hablaba antes. Se forma así una laguna salada, llena de canales e islotes, que es una zona húmeda de gran importancia medioambiental. Desde 1987, la misma conforma el Parque Natural da Ría Formosa.


Pertenecen al Parque Natural da Ría Formosa un total de 60 kilómetros de costa, que son los que van desde Manta Rota hasta Vale do Lobo. Por el este, el último tramo lo ocupa la citada Praia de Manta Rota, que todavía no se encuentra en ninguna isla. A partir de ahí, hacia el oeste, en el litoral se suceden, en forma de barrera, cinco islotes que están separados del continente por un canal de agua, así como dos penínsulas. A pesar de la cantidad de turismo que soporta el sur de Portugal, toda esa franja inmediata al mar conforma un paraíso natural, en el que la gran barra de arena se ha mantenido casi virgen.

De esas cinco islas comentadas, la Ilha de Armona y la Ilha de Tavira son las que yo conozco. Precisamente, a una playa que se ubica en esta última, es adonde fuimos el segundo día.


La Ilha de Tavira es toda de arena, y mide 11 kilómetros. Por el este, está separada de la Ilha de Cabanas por un canal artificial. En cambio, por el oeste, el espacio con la Ilha de Armona se formó de manera natural. En el post que le dediqué a Portugal en 2018, ya hablé de la Ilha de Tavira, porque accedimos a ella a la altura de la Praia do Barril, que se encuentra en su sector central. Por contra, en esta ocasión, y en las demás en las que he visitado la isla, he estado en su extremo oriental. Allí, hay un complejo turístico, integrado por un camping y por varios restaurantes.



A ese complejo se llega con un pequeño barco, que se coge en Quatro Águas, y que atraviesa la Ría Formosa.



Quatro Águas es un asentamiento en el que no tiene pinta de vivir nadie. Allí, lo que hay es un pequeño puerto deportivo, un hotel, un par de restaurantes, dos edificios que parece que pertenecen a la policía y al servicio de guardacostas, así como una caseta, en la que se compran los billetes para ir a la Ilha de Tavira.


La ruta desde Quatro Águas hasta Ilha de Tavira es breve, pero el entorno es precioso, por lo que se disfruta una barbaridad.


Tras el paseo, se arriba al muelle de la isla, y, desde allí, la distancia hasta la Praia da Ilha de Tavira no es grande. Para llegar a ella, hay que recorrer un camino de cemento, que se abre paso entre un buen número de restaurantes. La entrada al Parque de Campismo da Ilha de Tavira también da a ese sendero pavimentado. 


Dada la cantidad de gente que vi en esa zona, temí que nos estábamos metiendo en la boca del lobo, pero lo cierto es que, al poco, llegamos a la paradisiaca Praia da Ilha de Taviraque se abre al Océano Atlántico sin trabas, y la aglomeración se diluyó.


Yo he estado en esa parte de la Ilha de Tavira en bastantes ocasiones. Son muchas las historias que he vivido ese sitio, desde que me estrené, yendo de camping con mis amigos en 1997. A pesar de su reducido tamaño, también podría contar alguna que otra anécdota acaecida en Quatro Águas. La próxima vez será. Ahora, del pasado solo voy a añadir que, en 2010, pasé una noche en el Hotel Vila Galé Albacora, que es el hotel de Quatro Águas al que antes hice referencia. El mismo se encuentra en el lugar donde el Río Gilão desemboca en la Ria Formosa, pero en el lado opuesto al del resto de Quatro Águas.


El hotel lleva abierto desde el año 2000, en las instalaciones rehabilitadas de un antiguo arraial atunero, es decir, de un asentamiento en el que vivían, de manera semipermanente, los pescadores de atún que faenaban en la costa del Algarve, y en el que preparaban el pescado. Alojarme en ese establecimiento fue un privilegio, que no he querido dejar de recordar.

Dos chiringuitos y un restaurante

Pero volviendo al último fin de semana, no quiero terminar el post sin hablar de los tres lugares donde comimos. En el primero, realmente lo que hicimos fue cenar. Estaba en la Avenida da República de Vila Real de Santo António, justo enfrente del puerto deportivo, y se llamaba Restaurante O Pescador.


De él, me gustó que pusieron de su parte para hacernos un hueco, dado que íbamos sin reserva y que estaban los restaurantes hasta la bola. Además, el bacalao dorado y los salmonetes a la brasa que nos sirvieron estuvieron buenos. También disfruté del hecho de que la inmensa mayoría de los comensales que atiborraban el salón eran gente local. Incluso, había allí una familia enorme celebrando un cumpleaños, así como otros grupos de personas que, evidentemente, no eran turistas. En resumen, cenamos en medio de un cierto caos, en un ambiente bastante poco refinado, pero la verdad es que todo fue muy auténtico.

Al día siguiente, ya cambiamos de tercio y comimos en un chiringuito de playa puro y duro. En concreto, reservamos una mesa en el Restaurante Das Marés, que está, literalmente, en la Praia da Alagoa.


Para mí, Das Marés fue el mejor restaurante de los tres que visitamos. El tercero se llamaba Restaurante Água Viva, se encontraba en la Ilha de Tavira, y tampoco estuvo mal, pero era más turístico, es decir, que si en O Pescador y en Das Marés nos atendieron con transparencia sendos camareros, que eran tan eficientes como antipáticos, en Água Viva nos captó un lisonjero vende motos, que nos despachó el pescado que le dio la gana, tras decirnos, estando ya sentados en la mesa, que no tenía carta, y luego se ocuparon de nosotros un par de jovenzuelos desganados, con pinta de estar trabajando como castigo, por no haber dado palo al agua en el instituto durante el curso. En consecuencia, la experiencia podría haber sido nefasta, pero lo cierto es que, al final, nos comimos unas sardinas asadas y un robalo bien cocinados. La relación cantidad-precio solo rozó el aprobado, pero, al menos, conseguimos salir de allí sin ser estafados.  

En definitiva, el improvisado fin de semana me ha dado la oportunidad de hablar de la parte oriental de la Ilha de Tavira. Tenía muchas ganas de hacerlo. Además, he podido reflejar en este post que ya acaba, otros cuantos momentos puntuales que me apetece guardar en la memoria. No obstante, continúa estando pendiente el viaje por Portugal que tengo pensado.


Reto Viajero TODOS LOS PAÍSES DEL MUNDO
Visitado PORTUGAL.
En 1987 (primera visita), de los 44 Países del Mundo que están en Europa, % de visitados: 4'5% (hoy día 43'2%).
En 1987 (primera visita), de los 196 Países del Mundo, % de visitados: 1% (hoy día 10'2%).


14 de diciembre de 2024

EL PUERTO DE SANTA MARÍA 2024

Decía en el post anterior, dedicado a Madrid, que María está de exámenes, y que el segundo episodio de nuestro periplo Opositores on Tour iba a tener lugar en Cádiz, apenas un día después de la prueba que había hecho en las dependencias de la Universidad Complutense madrileña, perteneciente al proceso destinado a dotar de personal a un buen número de archivos de titularidad estatal. Yo, que la había acompañado a la capital, también fui con ella a que hiciera este otro ejercicio, con el que se busca cubrir un puesto de archivero en la Diputación de Cádiz. Sin embargo, en esta ocasión no pisé la Tacita de Plata, porque no hallé ningún alojamiento a un precio razonable allí. En cambio, sí apareció una aceptable opción para pernoctar en El Puerto de Santa María, que se encuentra muy bien comunicado con Cádiz mediante tren. 


La mañana del examen, acerqué en coche a María a la estación, y todo salió rodado. No obstante, yo no me moví de El Puerto, por lo que el presente artículo está centrado en este pueblo, y complementa al que ya escribí sobre él en 2021. 

Antes de pasar a comentar qué es lo que vi en El Puerto de Santa María, en las 20 horas en las que estuve allí, es importante decir que, si bien a Madrid fuimos solos María y yo, a esta segunda parte del periplo también nos acompañaron Ana y Julia, así como David, que es un amigo de Ana que, de momento, se ha ganado el derecho a venir de vez en cuando con nosotros. En efecto, tanto María como yo, teníamos ganas de que los tres se unieran a la comitiva, por lo que hicimos una parada técnica en Sevilla y los recogimos, antes de seguir hacia el sur.

Al llegar a El Puerto, lo primero que hicimos fue ir al apartamento que habíamos alquilado, y luego, en seguida, nos fuimos a cenar. María venía de hacer un examen agotador por la mañana, y tenía el otro al día siguiente, así que necesitaba un rato de distensión. Por eso, decidimos darnos una alegría, y acabamos en la Pizzería Napolitana Ditaly.


Ditaly es una franquicia, que tiene locales por toda España. Eso le podría restar atractivo al restaurante de El Puerto, pero lo cierto es que el trato en él fue bastante personalizado, hasta el punto de que nos atendió, en parte, el capo del lugar. Además, la carta me pareció original, la comida era de calidad, y tenía un toque muy particular. El Ditaly portuense a lo mejor comparte la oferta con las demás pizzerías de la cadena, pero tampoco vamos buscando una exclusividad absoluta. A mí, me vale conque lo que me sirvan esté bueno, y la focaccía y la pizza de Ditaly me encantaron.


Más allá de eso, también me gustó el agradable paseo nocturno que nos dimos por el centro de El Puerto. Era domingo, y aunque no era demasiado tarde, lo vimos todo muy tranquilo, pero ya iluminado para las Navidades.


Al día siguiente, volví por esas calles, para verlas con luz natural. Realmente, la mañana tuvo tres fases. En la primera, estuve yo solo, ya que, tras dejar a María en la Estación de Tren de El Puerto de Santa María y correr un rato, me duché y salí sin compañía, a dar una vuelta matutina por la localidad. A la juventud la dejé durmiendo. 

El Puerto de Santa María es un pueblo que se merece una detallada visita, porque tuvo más importancia en la Edad Moderna de lo que parece, dado que su puerto estuvo muy vinculado al comercio con América en esa época. Efectivamente, ya en 1680 se decidió que la flota de Indias empezara a descargar sus mercancías en Cádiz, en vez de en Sevilla, pero fue en 1717 cuando la Casa de la Contratación, y, con ella, el monopolio de las transacciones, se trasladó a la Tacita de Plata. Eso hizo que El Puerto de Santa María, que se encuentra situado justo enfrente, en mitad de la Bahía de Cádiz, y en la desembocadura del Río Guadalete, pasara a jugar un destacado papel, desde el punto de vista mercantilista. Allí, se asentaron multitud de comerciantes, se estableció la Capitanía General del Mar Océano, y se fijó el sitio donde las galeras reales fondeaban en invierno. Por ello, la localidad está repleta de casas-palacio, de conventos, de iglesias, de hospitales y de otros edificios de interés. 

En consecuencia, El Puerto de Santa María no se ve en un rato, porque hay mucho patrimonio inmueble en el que entrar. Sin embargo, el dinero que llegó al pueblo no solo dejó huella en los edificios, sino también en el urbanismo, por lo que es igualmente interesante recorrer las calles del centro con calma, para tomar conciencia, en plan general, de lo que fue El Puerto de Santa María en su época de esplendor. En ese sentido, en la población hay un número importante de llamativas plazas que explorar. La Plaza del Polvorista, por ejemplo, se hallaba cerca de nuestro alojamiento, y, aunque está muy reformada, alberga una notable casa-palacio, así que es una buena muestra de lo que es, hoy día, el meollo portuense. En él, no se han dejado de hacer renovaciones, pero aún se conservan un montón de vestigios del pasado reciente de la localidad.



El Palacio de Juan Vizarrón es la casa-palacio que se encuentra situada en la Plaza del Polvorista, y es un buen ejemplo de cómo son este tipo de construcciones en El Puerto. Lo suyo sería verlas por dentro, dado que los interiores están llenos de ricos elementos característicos, pero los exteriores son igualmente peculiares. En ellos, destacan las portadas de piedra arenisca labrada. También llama la atención el forjado de las ventanas, las rejas y los balcones. Las fachadas suelen ser de piedra encalada, y, en ocasiones, presentan ornamentos, que pretendían hacer ostentación del estatus y de la fortuna de sus propietarios. El Puerto de Santa María es conocida como La Ciudad de los Cien Palacios, y, si bien hoy día ya no quedan tantos, la verdad es que se van viendo construcciones así, en el centro de la localidad, de manera constante. Otro enclave paradigmático es la Plaza de la Herrería. En ella, sobresale la Casa de los Diezmos.


En la Plaza de la Cárcel lo que destaca es la Fuente de la Cárcel. Se construyó en 1839, y tiene forma de pilar. En el edificio que tiene enfrente, se ubicaba la antigua cárcel de la ciudad (no se ve en la siguiente foto, ya que era el inmueble que me quedaba a la espalda cuando la hice).


La Plaza de Cristóbal Colón también es singular. Antaño, se la llamó, tanto Plaza del Carbón, como Plaza de la Aduana Vieja. En aquella época, se caracterizaba por su intensa actividad pesquera y comercial, dado que estaba cerca de los muelles. En ella, destaca la Casa-Palacio de Pablo Vizarrón, que albergó la Real Aduana durante un tiempo. En 1938, la plaza se reformó, y fue entonces cuando se dedicó a Cristóbal Colón. El marino está representado en los azulejos sevillanos que decoran la Fuente de Colón, que, si bien ya no se usa, sí se conserva aún al fondo.


No obstante, la plaza más señera, de las que yo vi, es la Plaza de Alfonso X El Sabio, que se abre en uno de los laterales del Castillo de San Marcos.


El Castillo de San Marcos es tremendo, y denota que El Puerto de Santa María ya destacaba en la Edad Media. Su visita es obligada, y yo no tuve tiempo de entrar, por lo que hablaré de él cuando pueda verlo de manera adecuada.

Además de las plazas, el centro de El Puerto también está lleno de atractivas calles, que unen aquellas y que se merecen un paseo.


Algunas de esas calles comparten las características de las plazas, ya que tienen inmuebles modernos, pero están salpicadas de palacios decimonónicos, y también de históricos edificios en los que, aún hoy, hay bodegas. Otras vías, como la Calle Luna, que es en la que estaba Ditaly, se han peatonalizado, y presentan bastantes casas arregladas, con cuidadas fachadas y con comercios en sus bajos.

Con respecto a las mencionadas bodegas, en El Puerto de Santa María también es menester visitar alguna de las muchas que hay, ya que el turismo del vino es otro de los puntos fuertes de la localidad. Todo se andará.

Otra calle que pude ver en mi rutilla matutina, y que es muy destacada, es la Calle Micaela Aramburu de Mora. Esta importante arteria, que al principio tiene pinta de avenida con palmeras, que se estrecha después, y que acaba cambiando de nombre en su tramo final, va todo el rato paralela al Rio Guadalete, pero la separa del curso del agua una manzana de casas, por lo que no ejerce de paseo fluvial.


Hay tres cosas concretas en El Puerto de Santa María que pude ver bien al pasear, y a las que voy a hacer referencia. La primera es el Mural de la Carta Universal, que está hecho de azulejos


La Carta Universal es el primer mapa cartográfico en el que se representó América. Hace menos de un año, yo vi el original en el Museo Naval de Madrid, tal y como ya conté. Sin embargo, no era consciente de que Juan de la Cosa realizó la carta en El Puerto de Santa María. Eso lo he aprendido ahora.

Otro elemento significativo concreto que vi, mientras paseaba, fue el Arco de la Santísima Trinidad, que se erigió en el Siglo XVIII. Se trata de un arco barroco, que sigue el modelo que se repite en la entrada de las casas dieciochescas de El Puerto. No obstante, esta vez la construcción no da paso a un inmueble, sino que comunica la Plaza de los Jazmines con la Calle de la Santísima Trinidad.


El tercer sitio destacado en el que estuve es el Paseo de la Victoria. El terreno en el que se encuentra, en origen lo ocupaban las huertas del Monasterio de la Victoria, que fueron cedidas para que se trazara este primer paseo público de El Puerto. En la actualidad, el parque conserva huellas de su pasado como bulevar.


Decía antes, que la mañana que pasé en El Puerto de Santa María tuvo tres fases. En la segunda, ya se unieron al plan Ana, Julia y David. Efectivamente, a eso de las 11'00 volví al apartamento y toqué diana. El trío se levantó con cierta diligencia, y, para empezar, nos fuimos a desayunar. Para hacerlo, tiramos en dirección opuesta a la que yo había tomado a primera hora, es decir, nos dirigimos a la parte del casco urbano portuense que queda al suroeste de la Plaza de Toros. Esa zona colinda con el centro de la localidad, pero en ella el panorama cambia bastante.


En efecto, el barrio que queda entre el casco histórico y el Parque Periurbano Dunas de San Antón es puramente residencial, y es más moderno. Nosotros nos paramos a desayunar en el Bar La Jarra, y luego nos dirigimos hasta la Playa de la Puntilla. Para llegar allí, callejeamos un poco, y tuvimos que bordear el mencionado parque periurbano, que, en El Puerto, separa el espacio habitado del litoral costero.

El municipio de El Puerto de Santa María cuenta con otros arenales, además de la Playa de la Puntilla, que tienen un carácter diferente al de esta. La Playa de Valdelagrana, por ejemplo, se llena de jerezanos y de sevillanos, mientras que las playas que quedan al este dan servicio a todos los chalets y urbanizaciones que han proliferado por esa parte del término municipal de El Puerto. Por lo que respecta a la Playa de la Puntilla, la misma la usan los portuenses, porque es la que está más pegada al centro. Desde luego, sus dimensiones son espectaculares. 


Otra cosa es que, por su ubicación, cerca de la entrada de la zona portuaria, nos encontramos la playa algo sucia. Además, la arena estaba como apelmazada y dura. Supongo que le darán una vuelta de cara al verano. En todo caso, nosotros no teníamos la intención de tumbarnos, sino que pretendíamos llegar hasta el final del Espigón de la Puntilla, que separa la playa de la embocadura del Río Guadalete


El espigón mide unos 1.800 metros, por lo que es el más largo de la provincia de Cádiz. Recorrerlo entero parecía una buena idea, pero, en primer lugar, nos topamos conque estaba lleno de basura. Eso, ya de inicio, le restó atractivo. Sin embargo, lo que nos hizo desistir de andar hasta el extremo de la escollera fue la aparición de Susi.



Lo de llamar Susi al enorme bicho que se cruzó en nuestro camino, con toda la tranquilidad del mundo, fue cosa de David. Yo me eché unas risas con la ocurrencia, pero lo cierto es que el animal se apostó en medio del espigón, y se quedó inmóvil. Además, ya habíamos visto otro enorme roedor entre las rocas, por lo que dejó de hacernos gracia lo de ir caminando por ese estrecho camino infestado de ratas, y nos dimos la vuelta a la mitad.

Una vez que acabó la segunda fase de la mañana, comenzó la tercera y última. En ella, Ana, Julia, David y yo cogimos el coche, y fuimos a buscar a María a la Estación de Tren de El Puerto de Santa María. La opositora llegó cansada, pero nos habíamos prometido un buen homenaje, después de un fin de semana muy intenso, y eso, en El Puerto, es sinónimo de ir al Restaurante Romerijo.


El germen del actual Romerijo hay que buscarlo en la empresa de venta de marisco cocido que montó José Antonio Romero en 1946. Durante mucho tiempo, este negocio fue un simple cocedero, que empaquetaba y distribuía su género para llevar, pero uno de los hijos de José Antonio tuvo la idea, en 1975, de inaugurar una cervecería, con una amplia terraza en la que podían despachar el producto para su consumo instantáneo. La versión evolucionada de esa marisquería primigenia sigue en el mismo local, que da a la Calle Ribera del Marisco. Nosotros fue donde almorzamos. Hoy en día, Romerijo tiene seis establecimientos, ubicados en El Puerto de Santa María, en Cádiz y en Sevilla, pero el originario es ese. A mí me recuerda a los veranos de mi adolescencia, porque estuve en él varias veces en esos años, comiendo con mis padres en las mesas que ponen, en época estival, en el Parque Calderón. Sin embargo, nunca había comido a mesa y mantel en el propio restaurante.

Como expliqué en el post anterior, tanto el examen que hizo María en Cádiz, como el de Madrid, fueron simples ensayos para la verdadera prueba importante, que es la que aspiramos a que le de estabilidad de una vez por todas. Esta será en Sevilla, y ya me buscaré la manera de hablar de ella. Cuando tenga lugar, será un placer para mí reflejar el éxito en el artículo que escriba.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado EL PUERTO DE SANTA MARÍA.
En 1993 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Cádiz: 21'4% (hoy día 78'6%).
En 1993 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 9% (hoy día 36'3%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado EL PUERTO DE SANTA MARÍA.
En 1993 (primera visita consciente), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 6'8% (hoy día 59'1%).
En 1993 (primera visita consciente), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 1'1% (hoy día 22'2%).