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31 de marzo de 2023

DUATLÓN CROS CIUDAD DE TOMARES 2023

Hacía tiempo que no le prestaba atención a los deportes combinados. En concreto, desde septiembre de 2018 no participaba en una cita de las que unen la carrera a pie con alguna otra disciplina. Me divierten los triatlones y las pruebas afines, pero solo las he podido entrenar de manera puntual. De hecho, hace años que no nado. Por eso, las competiciones que incluyen la natación las tengo aparcadas de forma indefinida. Diferente es lo del ciclismo. Es verdad que no salgo con la bici desde hace siglos, pero, durante el confinamiento, le quité el polvo a mi infrautilizado rodillo, y, desde entonces, es muy habitual que haga en él una sesión a la semana de bicicleta, además de las cinco de carrera. A lo largo de los casi tres meses que estuvimos encerrados en casa, en 2020, el mencionado rodillo me libró de la inactividad y me ayudó a aguantar el tirón con buena cara. Después, no lo he dejado del todo, y he pensado, a menudo, que estaría bien aprovechar que me siento cómodo sobre la bici, aunque esté en modo estático, para vivir la experiencia del duatlón. Esta primavera decidí que era el momento. Mi idea primigenia fue apuntarme al Duatlón de Sevilla. Este se disputó el pasado 19 de marzo, y se ajusta bien a mis circunstancias, dado que los veinte kilómetros ciclistas son llanos, están llenos de rectas y discurren por asfalto, por lo que demandan menos habilidad y más piernas. Sin embargo, ese día el destino quiso que tuviera que trabajar. Chasco. Se me chafó el plan. No obstante, ya que estaba, decidí curiosear, a ver si había alternativas. Para mí sorpresa, programado para el 26 de marzo apareció, que ni pintado, el Duatlón Cros Ciudad de Tomares.


He dicho repetidas veces en este blog que yo me crie en Tomares. No es, por tanto, un sitio cualquiera para mí. Además, ahora vivo a quince minutos. En ese sentido, la prueba era perfecta. La fecha también me cuadraba. La única pega era que ya no estábamos hablando de un duatlón normal, sino de un duatlón cros. Ahí, la cosa se podía poner peliaguda. No obstante, decidí liarme la manta a la cabeza. Si uno no se tira un poco a la piscina, de vez en cuando, no hay manera de hacer nada. Sabía que no iba a brillar sobre la BTT, precisamente, pero esperaba compensarlo corriendo. Pensé que la distancia de ciclismo no parecía imposible, y que, en cambio, los tramos de carrera tenían su miga, por lo que podría equilibrar la balanza en ellos. Asimismo, tenía la opción de hacerme con una bicicleta de montaña en condiciones. La última vez que participé en un triatlón, decidí que no volvería a competir con una bici que fuera un lastre. Lo cierto es que mi parque móvil no ha mejorado, pero, en esta ocasión, tenía a mi alcance una buena burra.

El caso es que, el pasado viernes por la tarde, me fui a la tienda de mi cuñada, que tiene un negocio turístico de alquiler de bicicletas, en el que también reparan las de otra gente, y le pedí una pedazo de BTT que tienen allí. Esta vez, cuando vi mi bici junto a las de los demás competidores, no me sentí tan intimidado como antaño.


Durante más de un año yo trabajé en el negocio de mi cuñada Ana, encargándome de la parte del alquiler de bicicletas a turistas. Por ello, conocía la bici. Para el evento era perfecta, aunque yo nunca la había montado. En vista de eso, el sábado me fui a dar una vuelta con ella, para probarla y para tratar de recuperar un poco la maña, después de tanto tiempo sin circular sobre dos ruedas. Tampoco podía fundirme el día antes de la competición, así que me limité a ajustar el sillín, a dar pedales, sin irme muy lejos, y a jugar con los cambios. Por último, el domingo me planté en Tomares, con los nervios a flor de piel. Lo de correr lo controlo, pero estas pruebas, en las que lo de dar zancadas parece ser lo menos importante, me ponen como un flan.

No es de extrañar que uno, en este tipo de citas, se ponga inquieto, porque la competición es tan historiada, que los jueces tienen que explicar su dinámica antes de dar el pistoletazo de salida. Es factible retener todo lo que te dicen, pero sale uno con la mosca detrás de la oreja, ante el peligro de cagarla en alguna de las transiciones, o ante la posibilidad de no haberse enterado bien de cómo son los circuitos.


Pese a los nervios, los prolegómenos fueron como la seda. Así, llegué a la salida a la hora apropiada, dejé mi bici a buen recaudo y me preparé. No éramos muchos. La poca participación suele significar que el nivel competitivo será alto, pero en el momento de echar a correr eso se me olvidó.


El duatlón estuvo compuesto de dos tramos de carrera a pie, con otro de bicicleta intercalado, como todos. El primer sector pedestre constaba de 6.000 metros y el segundo de la mitad. En bici, había que recorrer 20 kilómetros. Para la parte atlética, estaba medido un circuito de 3.000 metros, al que se le daban dos vueltas en el tramo inicial y una en el final. Su principal peculiaridad era que no incluía ni un trozo llano.


En efecto, de esos 3.000 metros, los primeros 1.500 eran cuesta abajo, y discurrían, en su mayoría, por tierra, por dentro del Parque Olivar del Zaudín, y los restantes eran cuesta arriba. En estos últimos se bordeaba por fuera la valla del parque, corriendo por la acera o por el carril bici. Yo iba mentalizado para no caer en el error de desbocarme al principio, espoleado por el perfil favorable. Fue fácil no hacerlo, porque, como he dicho, no éramos muchos, la carrera se abrió en seguida, y pronto me vi avanzando sin nadie alrededor que me hiciera alterar el ritmo. Transcurridos unos minutos, fijé la referencia de un par de competidores que llevaba delante, y, al ver que les iba comiendo terreno poco a poco, me propuse pillarlos, sin cebarme. En el trecho ascendente de la primera vuelta rebasé a la chica, y en el de la segunda, pasado ya un rato, al chico. A ella no le saqué, al final del tramo, más de 20 segundos, por lo que mantuvo el tipo de una manera impresionante. Al chaval, por su parte, apenas si tuve tiempo de distanciarlo unos metros, con la cosa de que pude fijarme en que tenía piernas de ciclista. Me di el gustazo de adelantarlo, pero era evidente que me iba a reventar vivo en cuanto nos montáramos en la bicicleta. En lo referido a los números, los 3 kilómetros iniciales los hice en 12:23. Corrí a 4:08, sin ir demasiado asfixiado, pero, al empezar otra vez el trozo descendente, pensé que, en un duatlón, la verdadera fiesta empieza cuando hay que ponerse a dar pedales, por lo que decidí levantar el pie. Tenía que empezar fresco el sector de ciclismo. En consecuencia, el segundo 3.000 lo hice en 13:23, a 4:28. Acabé el parcial en 25:46, en el puesto 36, de los 65 duatletas que éramos. Eso confirmaba que había nivel.

Cuando me monté en la bici iba bien. Al salir de la transición, los 20 metros iniciales fueron cuesta abajo, por asfalto. Los siguientes 70 u 80 discurrieron por un camino de los que atraviesan el Parque Olivar del Zaudín, y, a partir de ahí, la cosa se descontroló. Tampoco me voy a ensañar conmigo mismo, pero no puedo esconder que mis primeros 5 o 6 kilómetros sobre la bicicleta fueron un puto esperpento. Evidentemente, los que acabaron el sector de carrera no muy lejos de mí me adelantaron en un santiamén. Si el tramo en BTT hubiera circulado por caminos de tierra, transitables por coches, también hubiera sido un cros, pero no se habría notado tanto mi poca pericia ciclista y lo cagado que me he vuelto para todo. Sin embargo, no fue así. El circuito fue muy técnico. Yo no recuerdo más que giros cerrados, revueltas, descensos estrechos, caminitos, algún pequeño barranco, cachos off road y hasta un trozo en el que recorrimos una especie de pista de ciclocrós.


Lo reconozco. Me vi dando con los dientes en el suelo un par de veces, me salí del camino y me fui contra los arbustos en otras dos o tres ocasiones, y hasta tuve que saltar de la bici en un giro, para no caerme. Un espectáculo, vamos. Para evitar desgracias, fui tomando unas precauciones tales, que me sentí ridículo. Por suerte, no había nadie por allí. Me adelantaron innumerables compis, o al menos eso es lo que me pareció a mí, pero el público era escaso, salvo en ciertos puntos. Mi otro gran problema, durante ese rato, fue mi limitada maña para jugar con las marchas. A lo largo de mi vida he montado poco en BTT, y también se notó en esto. Por suerte, no toqué fondo, en el sentido de que no me quedé clavado en ninguna pendiente ascendente, pero la verdad es que no supe usar los cambios bien. Siempre iba con la impresión de haber logrado dar con el desarrollo justo, cuando la cuesta, arriba o abajo, ya se estaba acabando. Como consecuencia, fui perdiendo tiempo sin remedio. 

No puedo negar que los primeros 7 kilómetros sobre las dos ruedas fueron un suplicio. Se me hicieron interminables, y es en este punto donde tengo que volver a referirme a la explicación inicial que nos habían dado los jueces. Yo, en casa, había inspeccionado bien las imágenes en las que se especificaba el trazado por el Parque Olivar del Zaudín, y me había parecido que solo se daba una vuelta por el itinerario marcado. En ningún lugar leí que fuéramos a dar varios giros. Por eso, cuando el juez, antes de dar la salida, habló de "vueltas", en plural, creí haber escuchado mal. No obstante, consideré que tampoco era grave. Al fin y al cabo, eran 20 kilómetros, no importaba si se pasaba una o tres veces por los sitios. Lo que sucede es que, luego, yendo ya en la bicicleta, perdí pronto la noción de los kilómetros transcurridos, y cuando había recorrido 5, tenía la sensación de llevar 15. Se me iba haciendo eterno. En ese instante, pensé que era imposible que al circuito le fuéramos a dar tres giros. Yo aún no había pasado dos veces por ningún lado, y ya debía estar terminando... sí... lo que tú digas. En un momento determinado, llegué a una recta entre los árboles, y, al final, vi gente, junto a unos carteles. Uno de ellos señalaba a la izquierda, y en él ponía "Segunda Vuelta". Joder. Estuve a punto de bajarme de la bici. No podía ser que tuviera que sufrir el mismo calvario dos veces más. 

Como es lógico, no puse pie a tierra. De hecho, pensé que, de perdidos al río, y eso me vino bien. Cada vez que me superaba un duatleta asumía que, sin duda, ya iba cerrando la prueba. La resignación me quitó presión. Peor no lo podía hacer. El caso es que, entre esto, entre que fui cogiendo algo de pericia, entre que reconocí los lugares por los que había pasado antes y los afronté con una mayor seguridad, y entre que, en realidad, iba aeróbicamente sobrado, con el transcurso de los kilómetros me fui viniendo arriba. El regusto de mi participación en el tramo de bici no es malo, pese a todo lo que he contado. La verdad es que la segunda vuelta se me pasó más rápido y fui mejor, y en la tercera hasta disfruté y me sentí ciclista. Al principio de esta me rebasó un compi, al que ya no le perdí la estela... y no acabé último... aunque es cierto que, al final, mucha gente detrás no llevaba. En efecto, cruzamos la meta 65 personas, y yo marqué el tiempo 53. Tardé 1h12:27, según mi reloj (1h14:14 oficiales, con las transiciones incluidas. El ganador tardó 50:47, por poner mi marca en contexto). Aparte, me doblaron cinco o seis de los primeros. Parecía que iban en moto. Yo dejé pasar, de manera ostensible, a los que me adelantaron, incluidos los que me ganaron una vuelta. Sin embargo, el que iba en cabeza tuvo mala suerte, porque me pasó en uno de los pedazos más estrechos del circuito. En consecuencia, no logré apartarme por completo y el tipo se me enfadó un poco. Cosas del directo.

De la bicicleta me bajé con las piernas hechas un trapo, pero con confianza. Como digo, fui de menos a más, y la tercera vuelta, circulando por sitios por los cuales ya había rodado dos veces, hasta la disfruté. Tras eso, echar a trotar fue un subidón. Me sentí liberado y libre. Al poco de salir de la transición, pasé al compañero al que había venido persiguiendo en bici, me metí en el Parque Olivar del Zaudín para bajar por la zona de tierra, y empecé a pegarle todo lo fuerte que mi maltrecho tren inferior me permitió. Al principio, delante de mí no vi a nadie. Pensé que no iba a recuperar ni una posición. Sin embargo, en un momento dado, vi bajando, a un centenar de metros, a un chico, y, en la lejanía, a otro. Pasado un rato los volví a avistar, y me percaté de que les iba ganando terreno con cierta rapidez. Pese a esto, no se puede decir que apretara. Iba al límite, pero, aun así, al empezar la rampa ascendente final ya los veía, y pronto fue evidente que, al menos al más cercano, lo iba a pillar. Lo hice. Luego, me fui acercando al siguiente, aunque ahí me faltó terreno. Lo atrapé en la recta de meta. El chaval, al ponerme a su altura apretó, y no quise picarme. Entró justo antes que yo. En el tramo definitivo quedé el 35, de un total de 65 finishers. Terminé en 14:22, lo que significa que corrí los 3.000 metros a 4:47. Si se saca de contexto no es gran cosa, a ese ritmo entreno algunos días, cuando estoy bien y me veo con ganas. No obstante, considero que, con lo que llevaba encima, y con esos últimos 1.500 metros cuesta arriba, pues no está mal. Mi tiempo global fue de 1h54:23. Finalicé en el puesto 50. Acabamos 65 duatletas. 62 fuimos hombres y 3 fueron mujeres.

Como siempre, me lo pasé de miedo. Eso es lo que engancha de estas pruebas. Yo no las entreno de manera específica, y, por ello, me tengo que limitar a salvar los muebles, pero lo cierto es que molan. Además, siempre son exigentes, por lo que tiene su valor el simple hecho de acabar, aunque sea en la zona media-baja de la clasificación. Tras la experiencia, en los próximos meses lo que toca es volver a la carrera a pie, que la tengo muy abandonada, y que no me pone tan atacado. Hasta final de año no voy a tener demasiado espacio mental para aventuras. Después, ya veremos. Me gustaría participar en el Duatlón de Sevilla de 2024, a ver si, por asfalto, y en un circuito llano y libre de curvas, puedo brillar un poquito. Antes, sin embargo, me voy de vacaciones. Con las zapatillas de correr, sí, pero de vacaciones. En Semana Santa, lo que toca es despejar la mente.


Reto 102 TRIATLONES Y SIMILARES
Pruebas de Deportes Combinados completadas: 9.
% del Total de Pruebas de Deportes Combinados a completar: 8'8%.


15 de septiembre de 2018

TRIATLÓN CROS LA PUEBLA DEL RÍO 2018

Con la llegada del calorcito, el pasado mes de mayo volví a apuntarme a la piscina para intentar retomar mi modesta faceta como triatleta, que llevaba aparcada un año. Durante los dos primeros meses la cosa fue bien y logré compaginar sin un estrés excesivo la natación, la carrera y todo lo que no es deporte, que en mi vida es mucho (por suerte). Eso hizo que en ese tiempo pudiera empezar a sentirme de nuevo medio bien como nadador. Sin embargo, con el mes de julio llegaron una serie de circunstancias que provocaron que me resultara casi imposible ir a la piscina. En vista de eso y de que no había logrado sacar apenas tiempo para montar en bicicleta, decidí que iba a intentar aprovechar mi estado de forma en alguna prueba que incluyera natación y que luego iba a aparcar durante un tiempo indefinido mi actividad como triatleta. Asumo que en esta etapa de mi vida ni puedo ni quiero dedicarle a la preparación de deportes combinados la cantidad de tiempo que requieren. Tengo familia, tengo trabajo y encima he empezado a estudiar oposiciones, por lo que no puedo destinar a la puesta a punto tanto tiempo como otras veces. Dentro de pocos meses me examinaré y cuando lo haga seguro que mis circunstancias cambiarán, pero hasta entonces me voy a conformar con salir a correr 10 o 12 kilómetros, cinco días en semana, como hago desde siempre. Para correr puedo madrugar, entreno a las seis de la mañana y ya me enfrento al día con los deberes hechos, pero es imposible nadar y montar en bici a esas horas, por lo que he decidido colgar el mono de triatleta, ya habrá tiempo de cogerlo de nuevo. 

A pesar de todo esto, como he dicho, en junio había conseguido sentirme bien en el agua y me pareció buena idea apuntarme a alguna competición corta de triatlón o de acuatlón. Sin embargo, los fines de semana de julio fueron un caos, me llegué a apuntar a dos triatlones a los que no pude ir finalmente por imprevistos, renuncié a otro acuatlón antes de inscribirme, pese a que en inicio había sido el objetivo que había tenido en mente, volví a apuntarme a otra prueba en agosto en la que tampoco pude participar, y me planté a principios de septiembre ya solo con una bala en la recámara.


En efecto, en septiembre estaba apuntado al Triatlón Cros La Puebla del Río "Puerta de Doñana", mi último cartucho triatlético antes de volver a convertirme en exclusiva en corredor. Por fortuna, en esta ocasión todo cuadró y el pasado domingo me pude ver por fin con los pies metidos en el Río Guadalquivir, dispuesto a nadar, pedalear y correr sin parar.


Participar en triatlones implica que he de salir de mi zona de confort, esa es la razón de que me diviertan tanto, pero también es lo que hace que me ponga tan nervioso. En este caso, además, no ayudó el hecho de ver un par de días antes que las personas apuntadas a la cita no llegaban a 150. A estas alturas ya se que cuando una prueba tiene poca participación eso suele implicar que el nivel de los competidores es alto. Además, el perfil del sector ciclista era más duro de lo esperado, yo tenía la idea de que la zona de La Puebla del Río es llana, y objetivamente lo es, pero resulta que a unos 5 o 6 kilómetros de la cuenca del Guadalquivir, en dirección a Doñana, el terreno, sin que haya grandes montañas, se quiebra mucho, lo que hace que no sea fácil circular por él en bicicleta de montaña. Para colmo, los dos primeros tramos tenían establecidos cada uno un tiempo tope bastante ajustado y superarlo implicaba ser descalificado, por lo que no era una opción olvidarse del cronómetro si la cosa se ponía mal. La prueba tenía, en consecuencia, un nivelazo inesperado.

El caso es que me presenté en La Puebla del Río con esas circunstancias en mente, pero dispuesto a hacerlo lo mejor posible pese a todo. Al llegar allí lo primero que hice fue dejar el material en los boxes, momento en el que me reafirmé en mi idea de que no voy a volver a participar en otra prueba así hasta que mi coyuntura cambie, ya que no solo necesito tiempo para entrenar, sino también para prestar atención a un detalle tan fundamental en triatlón como es la bici: no se puede ir a una competición de este tipo con una bicicleta de tres al cuarto, lo mínimo es llevar una buena y bien cuidada. Mis bicicletas, tanto la de carretera como la de montaña, son del montón, y así no se puede. En cuanto mis circunstancias cambien y recupere parte del espacio mental que he perdido en los últimos dos años, me preocuparé por hacerme con una burra decente, hasta entonces la bici es otra razón extra para no participar más en pruebas de deportes combinados.

De cualquier modo, a pesar de sentirme un poco intimidado por las bicicletas de los demás, ya estaba allí, dispuesto a darlo todo con lo que tenía.

La salida se dio a unos 700 metros de la zona de boxes, por lo que recorrimos andando ese trecho, yendo paralelos al río (anduvimos por la margen lo que después íbamos a nadar en sentido inverso y 200 metros más). El camino fue muy agradable, algún día volveré para completarlo, ya que esta vez nos paramos en el lugar donde estaba ubicada la salida.

Una atractiva novedad de esta prueba, con respecto a otras que he disputado en el Guadalquivir, es que se disputó en la parte del mismo que está abierta a la corriente. Sevilla tiene un solo río, como bien es sabido, pero el mismo a su paso por la ciudad tiene dos cauces, uno vivo y otro muerto. El vivo, que pasaba a los pies de la Torre del Oro, se desvió en 1950 hacia un nuevo lecho artificial que bordea la ciudad por el oeste. Sin embargo, se conservó, de una manera un tanto testimonial, el cauce original, ya muerto, que quedó lleno de agua y taponado, por un lado por una lengua de tierra, que está más allá de la parte más emblemática de la ribera del río, y por el otro por una esclusa, ubicada antes de llegar a Sevilla. Desde entonces lo que queda en medio permanece lleno y la estética del milenario Río Betis se ha mantenido intacta. Precisamente, en ese brazo muerto del lecho del Guadalquivir, que es como un alargado pantano, es donde se celebran todos los triatlones en Sevilla, pero La Puebla está más allá de la esclusa y lo que discurre por allí es el río normal, que ya tiene un solo cauce y marcha sin trabas hacia su desembocadura.


Meterme en el río cerca de La Puebla fue, por tanto, toda una experiencia, teniendo en cuenta, además, que no me tranquilizó el hecho de ver por allí troncos flotando y estacas de madera sobresaliendo de la superficie, por no hablar de la fauna silvestre que seguro que andaba por las orillas y que no veíamos por debajo de las aguas revueltas...


De todas formas, llegado a ese punto siempre me pongo tiquismiquis, pero forma parte de mi ritual, ya que al fijarme en el agreste entorno rebajo los nervios competitivos, la sensación de repelús me distrae, pero no me bloquea, y hace que una vez que he tocado el agua ya solo quiera nadar y salir de allí. Esta vez fue igual, el recorrido constaba de 500 metros en línea recta, no había que hacer giros y eso es bueno, por lo que dejé que salieran delante mía los verdaderos triatletas y me puse a dar brazadas. Iba confiado y no lo pasé tan mal como otras veces, aunque ayudó el hecho de que, al ir de los últimos, nadé solo un buen rato.



Salir del agua fue un alivio, como siempre. El tramo de natación lo había hecho en tiempo y era el momento de ir a por la bicicleta. Los boxes estaban a unos 200 metros, por lo que era inevitable correr un poco, lo cual siempre es como un bálsamo para mí.




En cualquier caso, mi transición fue tan torpe que me adelantaron en ella varios contrincantes. Así, al salir de boxes iba el 106 de 112 participantes masculinos (las chicas habían tomado la salida unos minutos más tarde). 

En los triatlones por asfalto en el tramo ciclista siempre he logrado dar la talla, en él no soy ningún máquina, pero, partiendo de que salgo del agua muy atrás, tengo fondo de sobra para remontar puestos y mantener un ritmo decente. Con la bici de montaña el tema es diferente, me faltan piernas y pericia, fue un error subestimar (otra vez) lo que supone pedalear 17 kilómetros por un montón de caminos bastante irregulares. Para colmo, en este caso éramos tan pocos participantes que el recorrido se hizo más duro aún. Al principio salí escopetado, pero el tramo inicial por La Puebla del Río, salvo los primeros metros, fue ya leñero, cuesta arriba y por adoquines, por lo que decidí no cebarme inútilmente.


A la salida de La Puebla hubo unos 4 kilómetros llanos, estaban llenos de baches, pero ahí sí pude darle caña y llegué a adelantar a un par de ciclistas. Lo malo llegó en el kilómetro 6, que fue donde empezaron las cuestas y, sobre todo, la arena. Para un terreno orográficamente complejo estaba preparado, pero lo de la arena me sorprendió negativamente, los 5 siguientes kilómetros fueron una sucesión de empinados toboganes en los que había que sortear continuamente copiosos bancos de arena de playa. Me adelantaron las primeras chicas, que a esas alturas me habían recortado ya un montón de minutos, y me pasaron también otros hombres que habían salido del agua después que yo. Gracias a eso pude comprobar in situ la diferencia que había entre afrontar los bancos de arena con unas ruedas parecidas a las de un bulldozer y afrontarlos con mis neumáticos de mierda, me dio la sensación de que la mayoría de las bicicletas a mi alrededor tenían ruedas de 29 pulgadas y las mías son de 26, por lo que era el único que en vez de pasar por encima de la arena seca se incrustaba en ella. En consecuencia, ralenticé el ritmo a tope para no matarme, estuve a punto de acabar dando con mis huesos en el suelo varias veces, y solo cuando completé los 5 kilómetros de sube y baja, y salí de nuevo al bacheado terreno llano, pude volver a rodar fuerte, respirando al darme cuenta de que en el segundo tramo iba a esquivar también, pese a todo, el fuera de control. En ese momento, fue una pírrica victoria recortar espacio progresivamente y volver a adelantar a dos triatletas, antes de llegar a boxes marcando en el tramo de ciclismo el tiempo 105 de 112.


El tramo de carrera era, en principio, urbano, en ese sentido no parecía ajustarse a la categoría de cros, pero pronto me di cuenta de que los 5 kilómetros iban a ser tan duros como si fueran por caminos, principalmente porque el 65% eran por adoquines, pero también porque había que subir dos veces un criminal tramo de escaleras de unos 100 metros. Correr es lo mío y no estaba dispuesto a andar ni un metro, después de haber penado en los dos tramos precedentes, por lo que subí las escaleras sin parar ambas veces, pero aquello me dejó listo y no favorecieron mi recuperación ni los adoquines ni el hecho de ir muy rezagado.


Adelanté, a otros cuantos compis, pero al final me tuve que conformar con hacer los 5.000 metros a 4:56 de media (tiempo 76 de 112) y con acabar la prueba en 1h40:28 en el puesto 101.


Acabé fundido, la verdad es que se subestima el esfuerzo que supone acabar un triatlón, incluso uno corto: las distancias parecen llevaderas y uno tiende a pensar que no son para tanto, pero al final acaba siendo más de una hora y media sin parar, yendo al límite en tres disciplinas diferentes. De todas formas, me encantan las pruebas que combinan varios deportes, en ellas me lo paso genial. Aún así, como ya he dicho, no volveré a participar en ninguna hasta que pueda disponer de tiempo, en primer lugar para pensar en comprarme una bici que esté a la altura de envites como este, y en segundo lugar hasta que logre, no solo estar en buena forma, ya que comprobé el otro día que aún puedo acabar con dignidad pruebas como esta, sino entrenar lo suficiente como para sentir que no las afrontó en plan sálvese quien pueda


Reto 102 TRIATLONES Y SIMILARES
Pruebas de Deportes Combinados completadas: 8.
% del Total de Pruebas de Deportes Combinados a completar: 7'8%.


1 de junio de 2017

TRIATLÓN DE SEVILLA 2017

Hace unos años, cuando el triatlón comenzó a hacerse popular, empecé a escuchar que se utilizaba en el mundillo triatlético el barbarismo finisher para hacer referencia a las personas que acaban las pruebas. Finisher es una palabra que suena bien y que en español no tiene una traducción fácil, por lo que no me extrañó mucho que se usara tal cual, pero en realidad consideraba que finishers hay también en atletismo, aunque en ese contexto ese vocablo no sea habitual. 

Realmente, fue en 2010, al debutar en triatlón, cuando descubrí el verdadero calado que tiene el término finisher y el auténtico sentido que adquiere el mismo en este deporte. Las personas que corren una carrera y la acaban son personas que corren una carrera y la acaban, pero los que participan en un triatlón y lo acaban no son personas participan en un triatlón y lo acaban, sino que son finishers, así, con todas las letras. Un triatlón, incluso uno de modalidad sprint, es como una prueba de obstáculos en la que hay que ir superando o esquivando problemas que van apareciendo y que acaban poniendo en serio peligro el simple hecho de llegar al final. Cuando uno, después de dejarse el alma nadando, pedaleando y corriendo, atraviesa la línea de meta habiendo superado todos los contratiempos que rondan o que ocurren, se siente realmente como un superviviente, como un finisher. Ser un finisher en triatlón es algo que se lleva con un gran orgullo interno.


El pasado domingo pude comprobar, una vez más, cual es la verdadera dimensión del termino finisher, al participar en la edición de este año del Triatlón de Sevilla, porque en cada uno de los tramos de la competición me surgió un problema diferente que puso en serio peligro el hecho de que pudiera acabarla. Para empezar, nada más iniciarse el tramo de natación me di cuenta de que me entraba bastante agua en las gafas, no se por qué, porque nunca me habían dado problemas y me las había ajustado a conciencia. Sin embargo, en cuanto daba dos brazadas el lado izquierdo de las gafas se me inundaba y hasta que no me lo ajusté por cuarta vez no conseguí solucionar el incidente. Avanzar con las gafas llenas de agua es imposible, así que, por un momento, me pregunté si iba a tener que recorrer los 750 metros nadando como mi abuela (nadaba a braza y no metía la cabeza más allá de la barbilla). Hubiera sido el colmo, ya quedo de los últimos sin necesidad de nadar en plan balneario, haber tenido que hacer tantos metros usando mi estilo de braza cutre hubiera significado mi fin prematuro, sin duda.

Afortunadamente, solucioné el problema y pude completar el sector, pero en el tramo ciclista, que es donde más probabilidades hay de que ocurran calamidades (pinchazos, averías, caídas,...), tuve que poner pie a tierra dos veces para arreglar con los dedos el mecanismo del cambio de mi vieja bicicleta. Así no se puede, con esa carraca ya he acabado con problemas tres triatlones, pero cualquier día me va a dejar tirado del todo. Para colmo, las dos veces que tuve que parar fueron muy seguidas, por lo que hubo un momento en el que pensé que la bici se me había jodido definitivamente. Por fortuna, tras el segundo apaño el cambio ya no volvió a fallar, en parte porque no volví a subir ni a bajar el piñón, tiré con el que tenía metido hasta el final, pese a que en los desniveles positivos tenía que dejarme los cuadriceps y en los negativos me faltaba algo de desarrollo. El año pasado me sucedió algo parecido...

Para acabar, en el tramo de carrera me sobrevino el tercer percance: a falta tan solo de 500 metros para la meta mis dos biceps femorales hicieron el amago de agarrotarse, noté el latigazo primero en uno y luego en otro. Como quedaba tan poco, fui consciente enseguida de que por el camino no me quedaba, pero se me vino a la cabeza por un instante el recuerdo del Triatlón Puerto de Sevilla del pasado mes de septiembre, en el que el sóleo de la pierna izquierda dijo "hasta aquí hemos llegado" a falta de 2 kilómetros. Ese mal sabor de boca es, precisamente, el que quería desterrar participando en este triatlón, y, por un momento, creí que la liaba de nuevo, pero con las gafas y con la bici había sido capaz de salir del atolladero, y con las piernas esta vez también pude firmar una tregua: reduje el ritmo en ese último kilómetro, en el que iba a apretar al máximo, solventé el ultimo amago de desastre y acabé en 1h26:55 (no hay que echar cuenta al reloj de la foto de abajo, evidentemente).


Después de una competición así, es evidente por qué al atravesar la línea de meta me convertí en un finisher (y eso que yo participé en la distancia sprint, la sensación de terminar una prueba de triatlón en distancias superiores debe ser la leche...)


Pese a todo lo comentado, la verdad es que la competición me fue bastante bien, aunque en triatlón es bien sabido que más vale compartimentar y hablar de la experiencia por sectores.

En mi caso, el tramo de natación volvió a ser un desastre. Cualquiera que se haya leído otros post de este blog, dedicados a mis triatlones, pensará que me repito más que el ajo, porque siempre digo lo mismo, y pensará también que ya que me va tan mal en el agua, más me valdría hacer algo por mejorar mi técnica de nado. Pues bien, algo ya he hecho, he estado tres meses yendo a clase de natación dos días a la semana para intentar pulir mi deficiente estilo (vale, en realidad las circunstancias han hecho que realmente solo haya ido a clase los dos días un par de semanas, pero las otras diez he ido siempre un día). Pese a esto, no solo no he mejorado, sino que el domingo hice el peor tiempo en natación de los tres triatlones sprint que llevo.

Ya de inicio, la cosa no pintaba bien, porque la mañana salió fresca, hasta el punto de que unos minutos antes de tirarme al agua tenía frío (esa temperatura suave luego la agradecimos mucho en los otros dos sectores, eso sí). Afortunadamente, el agua del Río Guadalquivir es como caldo y al tirarme casi noté alivio. En cualquier caso, el tramo de natación, por mi poca destreza, me sigue poniendo atacado, y lo de pasar frío el rato antes no acabó de darme confianza. Para colmo, me encontré, nada más darse la salida, con el problema de las gafas, que me colocó en una posición más que llamativa: la última. En efecto, tras luchar contra los manotazos y las patadas de los demás triatletas en los primeros segundos, y contra mis gafas en los siguientes, hubo un momento, pasado un rato, en el que miré a mi alrededor y vi que no llevaba a nadie detrás... era el último. Curiosamente, algo tan negativo acabó teniendo su lado bueno, porque pensé que peor ya no podía ir la cosa, y eso, lejos de ponerme más nervioso, me relajó. Además, gracias a la posición tan retrasada desde la que empecé, yo creo que por primera vez en mi vida triatlética adelanté a alguien nadando (por muy mal que yo lo haga, siempre hay alguien que va más despacio, por lo que vi). El caso es que, una vez que solventé el incidente de las gafas, me puse a nadar intentando recordar lo aprendido en las clases y llegué a pasar a gente. Eso me animó, como también lo hizo el hecho de que, realmente, nadé los 750 metros, el equivalente a 30 piscinas, más cómodo que nunca. Sin embargo, no solo no mejoré mi tiempo de otras veces, sino que lo empeoré, ya que eché 21:15 minutos, lo que supuso acabar en la posición 426 de 487 triatletas.

Al salir del agua estoy acostumbrado a encontrarme la zona de boxes casi vacía, y, en efecto, en esta ocasión también había recogido ya su bici casi el 90% de la gente. Eso tiene la cosa positiva de que nunca me cuesta trabajo encontrar la mía, porque está allí sola, colgada de la barra como se ve en la foto de abajo, pero sin todas las de alrededor.


Por lo demás, salvo el incidente con el cambio, las cosas empezaron a ir bien en el momento en el que me monté en la bicicleta. Estoy bastante satisfecho del resultado, porque el ciclismo es un sector que prácticamente no preparo y porque lo solvento con una bicicleta que tiene casi tantos años como yo. Pese a esto, desde que empecé a dar pedales comencé a adelantar gente y eso fue un revulsivo genial. A ratos pude engancharme en algunos grupos y, más allá de los problemas con el cambio, no sufrí más percances, de manera que entré en boxes de nuevo, tras los 20 kilómetros, con el tiempo 191 de los 487 participantes.


La parte más espectacular de todas, sin embargo, fue la de la carrera: las sensaciones de las primeras zancadas no fueron en absoluto agradables, no solo porque me sentía como un cowboy que se acabara de bajar del caballo después de atravesar Arizona al galope, sino porque llevaba entre la plantilla y la planta de mi pie una plasta de barro y hierba que se me había quedado ahí en la primera transición. En la bici no me había molestado, pero lo de echar a correr sin calcetines y con esa plantilla extra en el botín fue el remate. De todas formas, esas circunstancias forman parte del juego, así que, cuando nada más salir de boxes me adelantó un corredor y tiró para adelante, decidí que o le seguía o le seguía. Con él (o persiguiéndolo a él, mejor dicho), fui los 5 kilómetros, con la cosa de que los dos juntos seguimos adelantando a decenas de corredores. Finalmente, corriendo marqué el tiempo 126 de los 487 triatletas e hice los 5.150 metros reales en 23:19, un tiempo que hubiera considerado paupérrimo en una carrera normal (fui a 4:32 el kilómetro), pero que en un triatlón no es malo (solo bajaron de 20 minutos 16 corredores, que son muy pocos, lo que demuestra que correr tras darle caña a la bici realmente no es fácil).

Por otro lado, la marca final en este tipo de pruebas no es relevante al segundo, porque, por lo que he visto, las distancias, aunque están bien medidas, nunca están ajustadas con exactitud a las medidas estándar de las pruebas, de manera que a veces se corre y se pedalea de más, y a veces de menos, por lo que es imposible comparar con exactitud los registros de dos triatlones distintos. En cualquier caso, el tiempo logrado es, sin duda, una referencia, y bajar en un triatlón sprint de 1h30 yo considero que está muy bien (en mi caso van tres de tres, tras marcar 1h24 el año pasado en esta misma cita y 1h29, lesionado y todo, en el Triatlón Puerto de Sevilla de septiembre). Mi puesto global final fue el 233 de 487 finishers, no está mal teniendo en cuenta como empecé.

Para acabar, decir que el Triatlón de Sevilla volvió a estar impecablemente organizado, con la mejora añadida, con respecto al año pasado, de que muchas calles de la Isla de la Cartuja estaban reasfaltadas y de que se han aprovechado más las largas rectas que tiene la misma, evitando todas las curvas que hubo en 2016. Estas son las dos cosas que yo reclamé entonces y ambas han sido tenidas en cuenta, por lo que ya solo puedo decir cosas positivas de esta motivante prueba a la que espero volver en años venideros.



Reto de TODOS LOS DEPORTES COMBINADOS
Completado TRIATLÓN SPRINT.
En 2016 (primer Triatlón Sprint completado), % de Pruebas de Deportes Combinados ya completadas: 6'2% (hoy día 6'2%).

Reto 102 TRIATLONES Y SIMILARES
Pruebas de Deportes Combinados completadas: 7.
% del Total de Pruebas de Deportes Combinados a completar: 6'8%.


13 de septiembre de 2016

TRIATLÓN PUERTO DE SEVILLA 2016

En septiembre empieza una de las épocas más bonitas para hacer deporte. Con el final del mes de agosto se reducen bastante los planes viajeros (pese a la escapadita a Matalascañas del otro día) y, por contra, empieza una etapa en la que abundan las carreras y la motivación es enorme para conseguir hacerlo bien en las competiciones que uno se pone como objetivo. 

Yo, desde hace unas semanas, estaba ya centrado en organizar un calendario de carreras compatible con el trabajo y que no fuera demasiado condicionante para la familia. Pensaba solo en las carreras pedestres, ya que con mi participación en el Triatlón Cros Minas de la Reunión del 31 de julio había dado por finalizada la breve temporada triatlética de este año, pero al volver de Irlanda decidimos apuntar a las niñas a clases de natación en el pueblo durante la segunda quincena de agosto y, como años atrás, me pusieron a huevo la posibilidad de utilizar la piscina municipal para nadar yo también esos días (tiene 25 metros y dan la posibilidad de que los adultos la usen durante una hora tras las clases de los niños). Ante la posibilidad de entrenar la natación durante casi tres semanas pensé en buscarme otro triatlón en el que pudiera aprovechar ese entrenamiento, que venía casi como caído del cielo. No me costó mucho trabajo decidirme por la prueba sprint del Triatlón Puerto de Sevilla, que me pillaba al lado y parecía que iba a estar muy bien organizado.


El caso es que el pasado sábado me vi, una vez más, vestido de triatleta y dispuesto a tirarme al Río Guadalquivir a nadar. Para mi sorpresa, después de apuntarme al triatlón vi que el recorrido del mismo ya no discurre, como en ediciones anteriores, por la parte del río y de la ribera que está más cerca del Puerto de Sevilla (el nombre de la prueba ha quedado un poco obsoleto), sino que ahora se disputa en la Isla de la Cartuja: empieza en el Centro Especializado de Alto Rendimiento de Remo y Piragüismo, al igual que el Triatlón de Sevilla, el circuito de natación es idéntico al de esta prueba y el de ciclismo es muy parecido. Solo cambia sustancialmente el trazado de la parte de la carrera. En principio no me importó la nueva ubicación de la competición, de hecho es una zona que ya conozco, pero no sabía si esos cambios afectarían negativamente a la participación. Nada más llegar el sábado al C.E.A.R. vi que no, el ambiente era fenomenal y la prueba iba a estar muy competida.

Los preparativos matutinos del material me resultaron ya menos estresantes que en otros triatlones, poco a poco me voy acostumbrando a la rutina de preparación de las cosas que harán falta durante el transcurso de la prueba.



Por la tarde, sin embargo, todos los protocolos previos al momento de echar a nadar me volvieron a poner atacado: esperar diez minutos en la cámara de llamadas, ver durante un rato como la gente calienta en el agua, ir hasta el pantalán y buscar un hueco, tirarme al agua, esperar flotando a que se de la salida,... Si todo fuera para correr no me importaría, pero tanta espera para empezar a nadar me pone siempre como un flan. Esta vez fue igual. Me moría de ganas de comenzar.

El tramo de natación volvió a ser igual que siempre. Ni mas entrenamiento ni leches, está claro que para mejorar en este sector voy a tener que dar clases para pulir mi deficiente estilo, no es cuestión de ir más días a la piscina por mi cuenta, porque durante tres semanas he entrenado más, he hecho series de 750 metros bastantes días y me he sentido mucho más cómodo nadando, pero en el momento de la verdad he vuelto a repetir el tiempo que hice en mayo, e incluso lo he empeorado un poco, pese a que intenté nadar de una manera más estable y pese a que hubo menos gente, por lo que no tuve apenas roces con otros nadadores (hice 20:26 en mayo, ahora eché 20:39 y salí del agua el 302 de 350 participantes) ¡Que largo se me hace este tramo!

En cambio, el tramo de la bici, que ya fue bien en el triatlón de mayo, ahora fue mejor, si cabe ¡Aquí sí que me divertí! Hice 37:42, incluyendo en ese tiempo los 20 kilómetros y las dos transiciones. Mi bici sigue siendo igual de veterana, sigue teniendo los cambios en el cuadro y sigue siendo de aluminio, pero esta vez la había revisado con más mimo y estaba bien a punto: no se me salió la cadena como la última vez y pude jugar con los cambios sin miedo. Desde el primer momento me vi fuerte, empecé a adelantar gente y acabé enganchado a tres ciclistas a los que pude aguantar hasta los boxes. Finalicé con el tiempo 153 de los 345 acabados, se puede hacer mejor, que duda cabe, pero me sentí competitivo y la actuación me dejó bastante satisfecho (la verdad es que la bicicleta la entreno poquísimo).


El sabor amargo, no obstante, lo estaba reservando todo para el final. Venía tocado, no notaba molestias desde hacía tres días y eso me dio confianza, pero la verdad es que nada más bajarme de la bici en la transición ya noté que el maldito sóleo de mi pierna izquierda estaba muy mal. No había notado nada en la bicicleta, pero al empezar a correr fue automática la aparición de dolor. Lo más cabal hubiera sido retirarse en ese punto, si hay alguien al que no le gusta inmolarse haciendo deporte ese soy yo, alabo a los que acaban las competiciones a rastras a base de pundonor, por puro amor propio, pero a mí no me compensa acabar lesionado. Esta vez, sin embargo, rompí mis propias reglas y seguí. Dejé la bici y eché a correr por la transición. Al principio iba asfixiado, con la bicicleta me había exprimido bastante, de manera que el primer rato corriendo, más allá de los dolores en la pierna, lo hice sin resuello, no hubiera podido ir mucho más rápido, en cualquier caso. En el kilómetro 2 ya sí me vine arriba aeróbicamente, sin dejar de correr me había serenado un poco y empecé a apretar. Era mi momento, si repetía en el tramo el tiempo de mayo estaba para acabar en 1h20, cuatro minutos menos que entonces. La pierna me dolía horrores, pero, ya que estaba, había decidido apurar. Por desgracia, en el kilómetro 3 empezó el principio del fin: me dio el leñazo, el dolor pasó de castaño a oscuro y tuve que parar a estirar por primera vez. A partir de ahí tuve que parar a estirar el sóleo cuatro veces más y durante un minuto, incluso, fui caminando. Iba cojo. Sin embargo, me iba doliendo más el amor propio que la pierna, eran solo 5 puñeteros kilómetros los que tenía que correr, ir andando a falta de uno y medio, como si no pudiera con mi alma, me iba torturando, así que busqué la manera de trotar y, por suerte o por desgracia, encontré la forma de avanzar al trote cochinero, cojeado de una manera muy amorfa sin cargar tanto el sóleo de la pierna izquierda. Ya no paré más, el último kilómetro lo hice del tirón, dando saltitos que me permitían avanzar un poco más rápido, y acabé el tramo en unos paupérrimos 31:19 (por tiempo, puesto 237 de 345), lejos de los 22:30 del mes de mayo. Tiempo final: 1h29:40, puesto 225 de los 345 finishers. Hace cinco meses me hubiera ido a casa con esa marca creyéndome Gómez Noya, pero el sábado, sabiendo que estuve a punto de acabar en 1h20, me fui dolorido, sobre todo de mente.



Pasado ese primero momento, la marca ya apenas me importa, se que lo volveré a intentar y, realmente, veo muy factible bajar de 1h20, visto lo visto, incluso sin necesidad de mejorar la natación. Ahora lo que me jode es lo de la lesión, me hice polvo, tengo una rotura fibrilar en el sóleo que me va a tener parado un tiempo y eso nunca es fácil para mi. De hecho, esa sensación es la que me hace no forzar nunca, si me tengo que retirar me retiro, pienso siempre en que no me compensa no poder hacer un poco de deporte el día después. Esta vez no lo hice así y ahora toca tener paciencia.


Reto TODOS LOS DEPORTES COMBINADOS
Completado TRIATLÓN SPRINT.
En Mayo (primer Triatlón Sprint completado), % de Pruebas de Deportes Combinados ya completadas: 6'2% (hoy día 6'2%).

Reto 102 TRIATLONES Y SIMILARES
Pruebas de Deportes Combinados completadas: 6.
% del Total de Pruebas de Deportes Combinados a completar: 5'8%.


1 de agosto de 2016

TRIATLÓN CROS MINAS DE LA REUNIÓN 2016

En junio de 2010 decidí perder los miedos y debutar en triatlón. Me apetecía probar con esta disciplina y, sin pensármelo mucho, me inscribí en la edición número 13 del Triatlón Cros Minas de la Reunión, prevista para finales de julio.


Las distancias me parecieron asequibles (500 metros de natación, 17 kilómetros de bicicleta de montaña y 4 kilómetros de carrera) y aunque llevaba años sin nadar y sin coger una bicicleta, pensé que, en general, estaba en buena forma y que en un mes tenía tiempo de soltarme un poco en esas disciplinas.

En realidad, el reglamento de la prueba, que se celebra cada verano en el municipio sevillano de Villanueva del Rio y Minas, avisaba (y avisa) de que el tramo ciclista es muy duro y de que hay un tiempo límite para acabar cada sector (20 minutos el tramo de natación y 1h30 los tramos de natación y bici). Yo no hice demasiado caso a esas dos indicaciones, que no llegaron a amedrentarme. Apenas entrené la natación ni la bici, pero realmente estaba en buena forma para correr y decidí ir a por todas, sin preocuparme mucho más.

Como no podía ser de otra forma, la prueba fue un desastre, quería probar con los triatlones y me fui a uno muy jodido. La natación no fue del todo mal, nadé los 500 metros en 13:44 minutos, me sobraron más de 6 minutos, aunque no dejó de extrañarme que salí del agua casi el último (el 214 de 227), lo que es una muestra del nivel que alcanza esta prueba. Sin embargo, lo que acabó en desastre fue la parte ciclista: mi vestusta bici de montaña pesaba muchísimo, hacía más de 35º, subestimé la necesidad de llevar agua y, por desgracia, el perfil que tiene el triatlón fue demasiado para mí. Durante más de 1h20 luché contra las cuestas y el calor, y aunque conseguí completar el recorrido y regresar a boxes, lo hice fuera de control (llegué a la segunda transición en 1h36). Pagué la novatada y lo pasé fatal, pero me fui de allí sabiendo que algún día volvería para saldar esa cuenta pendiente.

Desde entonces han pasado los años, y por unas cosas o por otras hasta ahora nunca había estado en disposición de ir a sacarme la espinita. Este año, sin embargo, tras la estancia en Llanes volvimos a Sevilla unos días, con la idea de hacerle una buena fiesta a Anita el día de su octavo cumpleaños, que es el 29 de julio, así como para cambiar la ropa usada en los días de camping en León y en los días en Asturias, por la que nos íbamos a llevar a Irlanda. El caso es que este año vi que el 30 de julio iba a estar en disposición de ir de nuevo a pelearme con el calor y las cuestas a Villanueva del Rio y Minas, así que me apunté al triatlón. La prueba ahora la han suavizado un poco, ya no son 17 kilómetros de bicicleta, sino 12, y también le han quitado un kilómetro al tramo de carrera, pero, fuera como fuese, tenía que volver a Villanueva a desquitarme.

Con esa idea, a las cinco de la tarde del pasado sábado, con una calufa monumental, me dirigí a las estribaciones del Parque Natural de la Sierra Norte de Sevilla para participar en el 19 Triatlón Cros Minas de la Reunión. Esta vez fui solo, la vez anterior me había acompañado María, embarazadísima de Julia, con Ana con sus dos años recién cumplidos. Pasaron mucho calor, por lo que este año, tras pensarlo, decidieron quedarse en casa descansando de las emociones de la fiesta del día 29.


Iba nervioso, lo reconozco. Me sentía intranquilo, pese a los recortes en las distancias de competición y a pesar de que era consciente de haber puesto remedio a los fallos cometidos en 2010. En efecto, llevaba la MTB de María, que no es una Trek ni una Spezialized, pero que está más nueva que mi BH del pleistoceno, llevaba agua en abundancia y he entrenado un poco la natación durante el año, así que iba más preparado. Aún así, me inquietaba el calor (34º a las 19'15, hora de inicio de la prueba) y la dureza del tramo de bici. En cualquier caso, me había mentalizado para mantener la calma.

Toda esa mentalización se vino abajo, no obstante, cuando, aparcado ya el coche y bajada la bici del portabicis, decidí probar que los frenos seguían a punto, como paso previo a que lo hicieran los jueces. No los había mirado en casa, pero entendía que estaban como el último día que había cogido la bicicleta, es decir, en perfecto estado. Probé el freno de delante y funcionó a la perfección, pero al presionar el de atrás la pastilla de freno se quedó atrancada y no retrocedió a su posición original. Separé la pastilla de la rueda con los dedos, volví a probar y la zapata frenó otra vez la rueda, pero tampoco volvió en esta ocasión a su posición de origen, dejando la rueda de atrás atascada de nuevo.

"¿Que cojones le pasa a esto?". Nuevas pruebas volvieron a arrojar el mismo resultado. "¡Carajo!".

Intenté aflojar el mecanismo de la pastilla, pero no llevaba material mecánico, así que no pude hacer nada. En consecuencia, decidí ir a dejar la bicicleta en boxes tal cual. El objetivo era que los jueces que revisan la bici no se percataran del problema, la idea era meterla en boxes, intentar de nuevo arreglar el freno allí, y si no era posible, pues a nadar, ya vería al empezar el tramo de bici si era capaz de completarlo sin usar el freno de atrás. Tenía que ser así, no me había ido hasta Villanueva otra vez para irme por donde había venido.

Afortunadamente, pasé de milagro el control de jueces: el juez apretó el freno, que detuvo la rueda, pero no se dio cuenta de que la misma se quedó bloqueada y me dio el visto bueno. En ese momento yo me llevé la bici literalmente a rastras, con la rueda de atrás fija como si fuera la de una bici de madera. Por fortuna nadie se percató. Dentro de los boxes volví a desbloquear el freno con los dedos y, tras otro infructuoso intento por arreglar el puñetero mecanismo, desistí y dejé allí la bici.

A la zona de natación me fui como un flan. El sector empezó puntual, ya no en el Lago de San Fernando, como años atrás, sino en el pantanito que forma la pequeña presa que amansa un poco las aguas del Río Huesna. El pantano tendrá unos 300 metros de largo y da para nadar 250 metros de ida y 250 de vuelta, pero es muy estrecho y sus márgenes son bastante agrestes. Desde la orilla, por un lugar en donde, en circunstancias normales, yo no hubiera metido ni las manos para refrescarme, me tiré al agua oscura, nadé 20 metros y esperé flotando a que se diera la salida.



Mis nervios habituales ante los tramos de natación de este tipo de pruebas, exacerbados aún más por el incidente de la bici, estuvieron a punto de jugarme una mala pasada, como me pasa siempre. Los cinco minutos que tuve que estar flotando en mitad del agua, esperando a que se diera la salida, se me hicieron eternos. Después, el tramo de natación resultó ser el más jodido de todos los que he hecho en triatlones o acuatlones. Salí atrás para evitar conflictos, y aún así me llevé unos cuantos golpes, pero lo peor fue que la forma del laguito comprimía a los nadadores, de manera que hasta que no me quedé, literalmente, de los últimos, no pude nadar de una manera medio normal.


Al girar la boya de los 250 metros ya iba más suelto y respiré un poco, porque pensé que empezaba el tramo más calmado del sector, pero al nadar en ese sentido el sol, a esa hora, nos caía justo enfrente a una altura endemoniada, y ni veía debajo del agua, ni era capaz de ver absolutamente nada al sacar la cabeza. Se que no es excusa, porque los que nadaron en siete minutos y pico con seguridad tampoco vieron ni torta, pero yo no soy nada diestro nadando y todos los elementos disturbadores de este tramo lo convierten en un auténtico infierno para mí. El resultado fue que, tras nadar 250 metros a ciegas, salí del agua en el puesto 186 de 197 triatletas, batiendo mi propio récord de incompetencia acuática. En piscina completo 500 metros en algo más de 12 minutos, habitualmente, y en competición tardé 15:15. Una pena.



La primera transición me gustó, aunque fue bastante original: entre la salida del agua y los boxes había unos 400 metros, que había que hacer corriendo. Ese tramito me dio confianza para llegar al momento clave, el sector donde peté la otra vez. Me esperaban subidas muy duras, bajadas peligrosas y firme en mal estado en algunas zonas... y todo ello aderezado con una buena dosis de calor veraniego sevillano.


Al coger la bici me sentí bien. Pese a haber salido del agua tan atrás no iba solo, y pronto me vi encarando la primera rampa asesina en compañía de otros cuatro tíos. Era consciente de que apretar el freno de atrás era sinónimo de tener que bajarme de la bici a desbloquearlo con los dedos, así que me conjuré para no tocarlo... y no matarme. Las sensaciones en la bici, con respecto a mi participación en 2010, fueron totalmente distintas. No digo que me haya convertido en Indurain, de hecho acabé con el tiempo 157 de los 193 que terminaron el sector, pero esta vez me sentí mínimamente competitivo, lo de 2010 fue como si a Mr. Bean le hubiera dado por participar en un triatlón.

Pronto me di cuenta de que en las subidas las piernas me respondían, y en las bajadas me la jugué frenando poco y solo con el freno de delante. El mal estado de los frenos me hizo cortarme un poco en las bajadas y seguramente eso me hizo perder algo de tiempo, pero al llegar entero a boxes y soltar la bici creí tocar el cielo. La segunda transición volvió a ser un poco caótica, como todas las que hago, pero no metí la pata en ningún momento y pude salir corriendo con todas mis ganas.


No hice los mejores 3 kilómetros de carrera de mi vida, precisamente. El perfil del tramo de bici es una auténtica salvajada y lo había dado todo, así que corrí los 3 kilómetros en 13:44 minutos, y gracias. Fui recuperando terreno y adelanté a ocho triatletas, pero en 3.140 metros reales no me dio tiempo de más, iba muy atrás y todos los participantes corríamos ya muy dispersos. Ni siquiera desde el punto de vista global el resultado del tramo fue muy lustroso, ya que acabé con el tiempo 83 de 192 (yendo yo a 4:22 de ritmo, como he dicho en la prueba había buen nivel). El perfil no fue duro, pero el piso era de tierra y picaba a ratitos un poco hacia arriba, así que hubo que echar el resto. Pese a todo, 3.000 metros corriendo sí que no me amilanan, los hice y disfruté de la recta de meta como un niño. Resultado final: puesto 158 de 192, con un tiempo de 1h12:51.


En mi opinión, la prueba no es fácil por el tramo de natación tan encajonado, por la dureza del tramo de bici y por el calor sofocante que hace. No hay profesionales en ella, pero es la competición de triatlón con mas nivel y la mas dura en la que he participado, pese a que le han quitado 5 kilómetros a la parte ciclista y eso la hace un poco más accesible. Conseguí acabarla y me saqué la espina de 2010 ¡Prueba superada! En septiembre volveré a centrarme en la carrera pedestre, que es mi favorita, pero antes ¡Nos vamos a Irlanda!


Reto 102 TRIATLONES Y SIMILARES
Pruebas de Deportes Combinados completadas: 5.
% del Total de Pruebas de Deportes Combinados a completar: 4'9%.


1 de junio de 2016

TRIATLÓN DE SEVILLA 2016

Después del chasco de la Media Maratón Internacional de Albacete, y tras un mes y pico torpedeado por las lesiones, tocaba prestarle atención a una de las categorías de retos más marginadas por mí hasta ahora, que es la del triatlón. Lo hice participando en el Triatlón de Sevilla. A la cita llegué muy justito. En efecto, estuve con molestias hasta el jueves previo, pero el día clave finalmente me vi en condiciones y decidí probar. El resultado no pudo haber sido mejor, dado que acabé la competición, en su versión sprint, y me anoté el primero de mis retos triatléticos.


A la hora de hablar del desarrollo del evento, este hay que dividirlo en sectores. De acuerdo con lo esperado, la parte primigenia de la prueba, la de la natación, fue la peor. Nado fatal, y aunque llevo un año intentando ir a la piscina un día a la semana, lo cierto es que no siempre lo he conseguido. El medio acuático es hostil para mí, que soy más de secano que el Desierto del Gobi, así que el segmento inicial del triatlón me parece un reto en sí mismo. Por eso, antes de lanzarme al agua estaba muy nervioso, y los primeros instantes en remojo fueron de pánico. Incluso, temí quedarme bloqueado, lo que hubiera sido un desastre, teniendo en cuenta que estaba nadando en mitad del Río Guadalquivir. Afortunadamente, pude seguir, y, de manera un tanto sorpresiva, llegué a la primera boya con mayor rapidez y comodidad de la soñada en un principio. A pesar de esto, como iba aún rodeado de mucha gente, en el tramo perpendicular a la orilla tuve que sobrevivir en un mar de manotazos, patadas y golpes, lo cual me rompió completamente el ritmo. Es lo normal en este tipo de competiciones. Hasta ese momento, había ido coordinando la respiración con las brazadas, y me había sentido bien. En ese punto, sin embargo, se acabó la serenidad, seguí avanzando trabajosamente, pero ya no volví a recuperar las buenas sensaciones. Salí del agua el 369 de 435 participantes, con un tiempo de 20:26 en los 750 metros.


La verdadera sorpresa vino en la parte de ciclismo. Nada más montarme en la bici me vi bien, y enseguida empecé a adelantar gente. Lamentablemente, en el kilómetro 1 se me salió la cadena, tras pillar un bache. Ahí me temí lo peor, porque mi vetusta bicicleta tiene los cambios cogidos con alfileres, y los mismos ya me habían venido dando problemas el último día de entrenamiento. Pese a esto, como me había resultado imposible llevar la bici al médico, decidí utilizarla en la competición. El caso es que, al sufrir el primer percance tan pronto, me vi volviendo a boxes antes de tiempo, empujando la bici. No obstante, tuve suerte y no volví a pelearme con la cadena, teniendo en cuenta, eso sí, que tuve un cuidado extremo con los baches (que, por desgracia, no fueron pocos), y que no usé la palanca de cambios ni una vez (en ocasiones fui un tanto atrancado, pero, aprovechando el perfil plano de la carrera, preferí elegir un desarrollo y no tocar el mecanismo de los piñones y los platos). Al salirse la cadena perdí todo lo que había ganado desde que había cogido la bici, pero no volví a tener incidentes graves, por lo que pude recuperar el terreno perdido. Lo cierto es que me sentí genial sobre la burra. En el tramo de ciclismo paré el crono en el puesto 269 de los 435 competidores que había. No es para tirar cohetes, pero considero que es decente hacer los 20 kilómetros en 37:17, dado que no pude jugar con los cambios, que para entrenar este tramo apenas he cogido la bici dos ratos, y que mi bicicleta ya era antigua en la época de Bahamontes. La pobre pesa lo suyo, tiene la maneta para cambiar de velocidad en el cuadro, y la compré de cuarta mano (como mínimo) por 75 euros.

También sobreviví a la bici, por lo que logré llegar a mi sector preferido, que es el de la carrera. Entrar en boxes con la bici entera, después de las dudas que me habían asaltado al principio, fue un subidón, que vino de la mano de las buenas sensaciones mentales que siempre me acompañan cuando corro. Desde que empecé a dar zancadas, comencé a adelantar gente, y es verdad que no dejé de sentirme como Robocop en ningún momento, pero el ir recuperando posiciones todo el rato hizo que disfrutara mucho. La media me hubiera parecido un chiste en cualquier carrera normal (fue de 4:36 el kilómetro), pero marqué el tiempo 104 de los 435 participantes. Hace un mes corrí 10 kilómetros en 40:16, parece mentira que no pudiera bajar de 22:34 en 5, pero por ello me gusta participar en este tipo de pruebas: no sólo se nada y se monta en bici, sino que correr tampoco es igual. Acabé en 1h24:07, y eso me dejó súper satisfecho. No soy triatleta, mi ilusión era bajar de 1h30, y lo conseguí de sobra. Acabé el 257 de los 435 finishers. Puedo mejorar, pero como debut no está mal.


Con respecto al Triatlón de Sevilla, desde el punto de vista general he de decir que sólo tiene dos pegas, ambas en el tramo ciclista. La primera es que el asfalto por el que se circula está fatal en muchas partes del recorrido, aunque esto no es culpa de la organización, sino que, en realidad, es responsabilidad del Ayuntamiento, que debería hacer algo por asfaltar de nuevo la zona de La Cartuja. La segunda pega es que el trazado ciclista es un poco caótico, porque no se aprovecha al máximo la Isla de la Cartuja. Yo creo que el itinerario se podría fijar de manera que se apuraran las calles más largas, al igual que se ha hecho en algunas ediciones de la media maratón que se corre por allí. Sería menos lioso. Pese a lo dicho, con todo lo demás hay que quitarse el sombrero, ya que, en conjunto, organizativamente el Triatlón de Sevilla, que cumplía este año su vigésima edición, está a la altura de la capital de Andalucía.


Reto TODOS LOS DEPORTES COMBINADOS
Completado TRIATLÓN SPRINT.
% de Pruebas de Deportes Combinados ya completadas: 6'2%.

Reto 102 TRIATLONES Y SIMILARES
Pruebas de Deportes Combinados completadas: 4.
% del Total de Pruebas de Deportes Combinados a completar: 3'9%.