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30 de abril de 2022

MARATÓN DE MADRID 2022

Este post lo voy a empezar con una foto que es todo un spoiler.


Efectivamente. Acabé por quinta vez el Maratón de Madrid y el resultado de esta última participación no me pudo dejar más satisfecho. No voy a desvelar todavía el resultado final de la carrera. Antes, me voy a enrollar un poco, que es lo que me divierte.

Como digo, cinco han sido las veces que he cruzado la meta del Maratón de Madrid. En las dos primeras ocasiones, acaecidas en 2003 y en 2005, todavía se le podía llamar MAPOMA. Por aquel entonces, la prueba reina de la capital de España se denominaba oficialmente Maratón Popular de Madrid, por lo que era común designarla con el acrónimo comentado.


Después, regresé a Madrid a correr su maratón en 2007 y en 2010. En esos años, la prueba ya era denominada Maratón de Madrid, a secas. El adjetivo popular lo habían quitado del nombre, intentando, supongo, darle a la carrera una cierto aire de profesionalidad y de elitismo.


Desde entonces, yo no había vuelto. No obstante, en 2012 me enteré de que la cita había empezado a llamarse Rock 'n' Roll Madrid Maratón. La misma siempre había estado organizada por la Asociación Deportiva Mapoma, pero, desde ese 2012, la empresa estadounidense World Triathlon Corporation pasó a tener algo que decir en la puesta en marcha de la carrera. Esa sociedad, aparte de organizar los triatlones Ironman, había creado otra marca, denominada Rock 'n' Roll Marathon, con la que se dedicaba a participar en el desarrollo de maratones por todo el mundo, los cuales eran bautizados con el apelativo rockero. Por tanto, la implicación de World Triathlon Corporation en el Maratón de Madrid trajo consigo el cambio de nombre de este. Más recientemente, esta compañía ha variado un poco la mencionada marca, y ahora llama a sus eventos Rock 'n' Roll Running Series.


Para acabar de complicar el tema de la denominación de la carrera, en 2015 EDP empezó a patrocinarla, por lo que también empezó a formar parte del nombre, que fue hasta 2020 EDP Rock 'n' Roll Madrid Maratón, y desde 2021 EDP Rock 'n' Roll Running Series Madrid distancia Maratón (ahí es nada). Este 2022 se ha llamado casi igual. La diferencia ha sido que la aseguradora Zurich ha sustituido a EDP como principal patrocinador del evento, por lo que el galimatías de la designación ha sido definitivo (EDP es una empresa de producción de energía eléctrica y Zurich es una compañía aseguradora, pero además es una ciudad, por lo que lo de Zurich Rock 'n' Roll Running Series Madrid distancia Maratón ya no hay por donde cogerlo. Menos mal que, para entendernos, el común de los mortales denominamos a la prueba Maratón de Madrid o, todo lo más, Rock 'n' roll Madrid Maratón).

El caso es que mi idilio con la cita maratoniana madrileña, se llame como se llame, viene de lejos. Como he dicho, la acabé en 2003, 2005, 2007 y 2010. Además, me retiré en el kilómetro 5 de la edición de 2004. Desde hace doce años no había vuelto. Nunca dije que no fuera a regresar más, aunque no hay duda de que las probabilidades eran escasas, en primer lugar porque es un maratón muy duro, y en segundo porque las circunstancias han cambiado para mí, desde 2010. Ahora me cuesta, tanto o más, ir al Maratón de Madrid, que ir a muchos otros. Lo cierto es que, durante un tiempo, lo tuve fácil para organizar escapadas a la capital, dado que, entre verano de 2003 y finales de 2006, mi hermana Inés vivió allí. Por consiguiente, para disputar el MAPOMA en 2004 y 2005 apenas tuve que preocuparme por la logística, ni por el presupuesto. Esas dos veces me metí en su casa casi sin preguntar. Con respecto a 2003, ese año, el que era su novio en aquella época vivía en Villaviciosa de Odón, por lo que tampoco tuve que comerme el coco. Yo lo conocía bien y la confianza da asco, por lo que me instalé en su salón dos noches y santas pascuas. Cuatro años después, en 2007, mi hermana estaba de vuelta en Sevilla, pero conservaba frescas muchas amistades madrileñas. No recuerdo como surgió el tema, pero en aquella ocasión dormí en casa de su amigo Carmelo. Por último, en 2010 era yo el que tenía a un amigo de confianza viviendo a dos pasos del Parque del Retiro. Él iba a participar también en la carrera y me encalomé en su casa, sin que pasara nada. Desde entonces, no obstante, las facilidades para plantarme en Madrid para correr han desparecido. En parte, por eso, desde 2010 no había tenido demasiadas intenciones de volver al maratón del oso y el madroño... hasta ahora. Está claro que no había cerrado la puerta por completo. Este 2022, tras el bache de la pandemia, no andaba muy motivado con la idea de pelear mi maratón número 21. Sin embargo, tras las Navidades se me encendió la llamita, y en vez de intentar apagarla, decidí echarle gasolina. Para el Maratón de Sevilla no llegaba, pero ¿y volver a Madrid? Mecachis. Se me vino la idea a la mente, como un fogonazo, y ya no logré sacármela de la cabeza. Parecía el momento de quitarme el sabor agridulce que me habían dejado las ediciones de 2007 y 2010. El de 2007 fue uno de los peores maratones de mi vida (paré el crono en 4h02:51), y el de 2010 lo culminé en 3h43:09, mecho mejor, pero me golpeé más fuerte que nunca contra el muro, y terminé totalmente desfondado. Esas dos eran mis ultimas experiencias en el Maratón de Madrid, y me había quedado con el regustillo amargo de ese infernal maratón de 2007, y de los últimos kilómetros de la cita de 2010. Por ello, cuando decidí regresar, este 2022, lo hice tras haberme comprometido a darlo todo para correr en condiciones. Finalmente, he acabado en 3h39:07. Ni siquiera ha sido mi mejor marca en Madrid, pero, aun así, he corrido de maravilla. Ha sido uno de los maratones mejor competidos de mi vida, como ahora desgranaré. 


Antes de entrar en detalles, voy a hablar con brevedad de mis anteriores maratones en Madrid. He estado tentado de contar más extensamente como fueron. La verdad es que todos tienen sus historias y sus anécdotas. Sin embargo, no quiero extenderme demasiado. Cada una de las cuatro participaciones que llegaron a buen puerto, y la que no lo hizo, darían para un largo post cada una. No puede ser. Por ello, solo voy a escribir un resumen sobre mis experiencias pasadas, sin extenderme más. 

El primer Maratón de Madrid que corrí, en 2003, ya dio que hablar, porque perdí un cuarto de hora en un wáter. Años después, me pasó lo mismo en Berlín, pero en Madrid la situación fue mucho más extrema. Para empezar, descansé menos de la cuenta los dos días antes, pero es que, además, iba estreñido, me alimenté de pena... y hasta ahí puedo contar, sin ponerme escatológico (fue mi segundo maratón y acabé, finalmente, en 4h12:53. Esa marca sigue siendo la peor de mi historial). 

En la cita de 2004 me tuve que retirar por una lesión de rodilla en el kilómetro 5. Nunca sabré lo que me pasó, porque no había tenido ningún tipo de problema, entrenando en las semanas anteriores. En la carrera tampoco eché a correr como un caballo desbocado. Más bien al contrario, en esa ocasión me puse mal en la salida y empecé al trote cochinero. En el kilómetro 2 noté molestias en la rodilla izquierda, en el 3 se habían convertido en fuertes punzadas, en el 4 ya no podía con el dolor que sentía, y, aun así, llegué hasta el 5, forzando en plan salvaje, con la esperanza de que el fisio que había allí pudiera hacer algo. El chico lo intentó, pero no era mago, y mi dolor al trotar era insoportable. Esa mañana creo que fui el primer atleta que abandonó. No obstante, al año siguiente regresé. Lo hice después de la citada retirada de 2004, en Madrid, y de la que sufrí en Sevilla en febrero de 2005. En maratones, solo me he quedado por el camino dos veces, pero fueron seguidas, y tuvieron lugar cuando todavía no tenía demasiada experiencia. Tras esos dos fracasos, llegué a pensar que no volvería a poder culminar con éxito una prueba de 42 kilómetros. Aun así, me tiré al ruedo de nuevo, en Madrid en 2005, pasando por encima de mis miedos, y completé el que, hasta ese momento, era el mejor maratón de mi vida. Acabé en 3h38:19. Ese día lo recuerdo con mucha emoción.

El de la edición de 2007 he dicho que fue de los peores maratones de mi vida. No fue el peor, porque el de 2012 de Sevilla lo corrí tres semanas después de haber padecido una gripe, y ese día las pasé más putas, pero el Maratón de Madrid de 2007 se lleva la medalla de plata, en la categoría de calvarios de 42.195 metros. No obstante, en este caso me lo merecí, dado que me fui a Madrid a correr, después de llevar tres días dando vueltas por España en plan alocado. En ese viaje intenté cuidarme, pero llegué a la capital el sábado, a última hora, me pasó mi amiga Ruth el dorsal, que ella me había recogido, y me acabé acostando hecho puré, bastante pasada la medianoche. A la mañana siguiente tenía cuerpo de turista, no de maratoniano. Todo mi organismo era un galimatías, desde los pies al estómago. No tenía resaca, pero la cabeza era lo único que no me dolía. En circunstancias normales, trotar un rato en esa condiciones ya hubiera tenido mérito, y yo corrí 42 kilómetros. Lo que más me jode es que terminé en 4h02:41, que no está muy mal, la verdad, para como estaba de hecho mierda. Eso significa que no me hallaba en mala forma, realmente había entrenado, y habría podido lograr una buena marca, pero no supe decir que no, junté dos planes que no son compatibles, y eso me hizo desperdiciar una buena oportunidad de hacer un buen papel en Madrid. Eso sí, ese día, y el del maratón de la gripe, comprobé hasta donde soy capaz de llegar por amor propio, tirando de cabeza y de fuerza de voluntad. 

Con respecto a la mala experiencia de 2010, la cosa fue totalmente distinta. Ese año ya había corrido el Maratón de Valencia en febrero, en 3h32, pero mi amigo Peña se apuntó al de Madrid, y dado que estaba viviendo a tres pasos de la salida, y a dos de la meta, me comió el coco para que me fuera a correrlo yo también, utilizando su casa de piso franco. Ese día, durante mucho rato fui bien, de hecho pasé la media en 1h45:32, yendo muy cómodo. Pese a esto, salió una jornada muy calurosa, y se ve que no me había recuperado del todo de la paliza que me había pegado en Valencia, por lo que el tío del mazo me terminó golpeando salvajemente, con el agravante de que, en Madrid, el final del recorrido es asesino, como detallaré luego. En consecuencia, apretando los dientes me vi haciendo kilómetros, desde el 36, a 6:01, 6:06, 6:48,... El problema para mí no fue tanto la marca, como la sensación de acabar arrastrándome.

Por todo lo comentado, cuando se me pasó por la cabeza, en enero, la posibilidad de ir a Madrid, a su maratón, tuve que reconocer que nunca había desaparecido de mi interior el deseo de volver, para borrar el regusto amargo de mis dos últimas participaciones en él. Sin embargo, si me echaba de nuevo al ruedo en ese maratón, tenía que asegurarme de cumplir, para no acabar con tres experiencias negativas, en vez de con dos. Nunca me había decidido a aceptar ese compromiso, por lo que no había vuelto.... hasta este año. En 2022, se alinearon los astros y sentí que era el momento. Por suerte, puedo decir que he conseguido el objetivo. Por ello, ya sí que dudo que vaya a regresar a Madrid a correr su prueba de 42 kilómetros. Ahora mismo, mi recuerdo ha pasado a ser plenamente cojonudo, y mi mejor marca madrileña es muy difícil que la supere. Quiero conocer otros maratones, y creo que el capitalino lo he dejado en el lugar que se merece.

Aparte, tengo que decir que este maratón, con independencia de lo entrañable que ha sido, debido al entorno, me ha hecho vivir el mayor baño de masas de mi vida. Ese premio se lo debo al Real Betis Balompié y a su camiseta, aunque parezca mentira. Lo cierto es que soy bético, y tuve la mala suerte de que mi equipo se clasificó para la final de la Copa del Rey, 17 años después, y el partido lo programaron el día antes del maratón. Yo, la noche de la finalísima ya tenía que estar en Madrid, y eso me fastidió, como conté en el post anterior. No me voy a repetir sobre eso. Ahora solo voy a añadir que, antes del encuentro, prometí que si el Betis ganaba el título de campeón de España, yo correría vestido de verdiblanco, con el 17 de Rosa Márquez a la espalda. No soy mucho de esos folclores, una vez corrí un maratón con una camiseta heavy de Children of Bodom, pero en todos los demás he usado siempre indumentarias de lo más discreto. La duda ahora es si volver a correr sin la elástica del Betis... porque nunca en mi vida me habían animado tanto.


Por lo que pude comprobar, el Betis es un equipo que cae muy bien en Madrid. Además, tiene en sus filas a Joaquín, que es toda una figura mediática. Aparte, está haciendo una temporada sensacional y, por último, la final la habíamos ganado, de manera agónica, unas pocas horas antes. Por todo eso, o por la razón que sea, lo cierto es que me pudieron animar, a mí en concreto, a lo largo de la carrera, unas 200 veces. Me dieron la enhorabuena compis que me adelantaron y gente a la que yo pasé, también me jalearon muchos voluntarios, me gritaron desde la primera fila, me animaron desde lejos, en grupo, con un megáfono, tocando las palmas,... Hasta un policía local me dijo algo relacionado con el Betis, cuando pasé a su lado. Fue tremendo. El momento de la salida y de la entrada a la Casa de Campo, donde había un pasillo humano enorme, así como el tramo anterior al de la recta de meta, que igualmente estaba muy lleno de personas, fueron sencillamente espectaculares para mí. 

Desde un punto de vista puramente deportivo, la carrera también me fue genial. En Madrid, llegar a la salida no plantea los mismos problemas que en otros lugares, como Sevilla o San Sebastián, gracias al metro. En los dos maratones que corrí en 2019, en esos dos sitios, lo de conseguir llegar a tiempo fue un poco estresante. En cambio, en Madrid todo cuadró a la perfección, de manera que me vi accediendo a mi cajón media hora antes del pistoletazo inicial. Eso hizo que me pudiera colocar casi en primera fila, ya que, aunque no estaba en el cajón de los pros, estos salieron con cinco minutos de antelación, y, para cuando nos llegó el turno a los mortales, los del segundo cajón habíamos podido avanzar. Yo me había quedado prácticamente debajo del arco de salida.

Antes de hablar de cómo me fue la carrera, es menester dedicarle unas palabras al perfil del Maratón de Madrid. La principal cita atlética de la capital de España carga con el lastre de su sinuoso trazado. Eso ha hecho que la hayan superado, en cuanto a cantidad de participantes, Barcelona, Valencia y Sevilla. Además, ni por asomo puede competir en ese aspecto con los grandes maratones de otras ciudades europeas. La razón es que su recorrido es demoledor. No obstante, visto sobre el plano, el de esta edición moló mucho.


Otra cosa es ver su perfil altimétrico. El mismo siempre ha sido bastante jodido, y en esta ocasión, pese a que el circuito ya no acabó en el Parque del Retiro, no lo fue menos.


A lo largo de los años, el recorrido del Maratón de Madrid lo han ido cambiando, con la idea de ir buscando trazados lo más llevaderos posibles. En este caso, la salida se dio en el Paseo de Recoletos, y los primeros 4 kilómetros nos lo pegamos corriendo cuesta arriba por el Paseo de la Castellana. Luego, es verdad que tendimos a bajar, yendo por la Calle Bravo Murillo, pero lo malo fue que todas esas pequeñas tachuelillas que se ven en el perfil, hasta el kilómetro 26, fueron rampas de las que desgastan, aunque la mayoría fueran tendidas. Toda esa parte, que discurrió por los distritos de Salamanca y de Chamberí, estuvo conformada por largas rectas, que tenían un cierto desnivel. Correr cuesta arriba obliga a exigirle más al corazón y a los pulmones, pero hacerlo cuesta abajo no es tan bueno como parece, dado que castiga las piernas más de lo normal. Por tanto, en los kilómetros entre el 10 y el 21 estuvo la clave del Maratón de Madrid. Si me hubiera dejado llevar en ese tramo, cuando aún tenía fuerzas, el final hubiera sido una escabechina, porque el tema de los repechos se vio acrecentado, si cabe, en los últimos 16 kilómetros, que fueron en los que marchaba más cascado. En efecto, tras abandonar Chamberí, entramos en la Casa de Campo en el kilómetro 27, y corrimos 3 kilómetros cuesta arriba, sin descanso. Luego, los siguientes 6 fueron cuesta abajo, los 4 hasta salir de la Casa de Campo y los 2 siguientes. En esos 9 kilómetros observé como la gente empezaba a caer de madura. No obstante, la puntilla vino después, porque, desde el kilómetro 36 a la meta, ya no paramos de subir. Fue tremendo. A mí se me ocurrió que podían cambiar el sentido del circuito, para empezar y acabar cuesta abajo, pero no se si eso arreglaría gran cosa. Madrid es así.

Dado ese panorama, yo iba muy mentalizado para no cometer errores. La clave era correr por sensaciones, no intentando seguir ritmos preestablecidos. Para ello, tapé mi cronómetro y no lo miré ni una vez, hasta que no pasé por el punto kilométrico 37. Hasta entonces, no tuve ni la más remota idea del tiempo que llevaba. Gracias a eso, me desentendí de piques conmigo mismo. Si miro el reloj, me cuesta no apretar cuando me veo bien. Sin echarle cuenta, todo dependió de como me fui sintiendo. Esa táctica hizo, por ejemplo, que los 4 kilómetros iniciales, que fueron cuesta arriba, como ya he comentado, los hiciera sucesivamente en 5:02, 5:10, 5:09 y 5:02. Al pasar por cada punto kilométrico le di al botón del crono, para que se quedara registrado el parcial, pero la pantalla la llevé tapada completamente por el manguito elástico. Se de buena tinta que, de haber ido mirando el reloj, hubiera apretado, lleno de motivación, para superar el punto 4 en menos de 20 minutos. A hacerlo en 20:23 fui guardando unas fuerzas, que después resultaron fundamentales. 

El caso es que los primeros kilómetros en ascenso se sucedieron sin percances. Como se puede comprobar en las siguientes fotos, estos fueron multitudinarios, pero yo fui muy cómodo, corriendo a mi ritmo y protegido por la muchedumbre.



Una vez que llegamos al final del Paseo de la Castellana y dimos la vuelta, los siguientes kilómetros fueron cuesta abajo. Ahí sí empecé a correr a menos de 5:00 minutos el mil. 


Sin saberlo, en el kilómetro 10 me planté en 49:58. Ahí empezaron mis peores minutos de toda la prueba, porque se me juntó todo. En primer lugar, me empezó a doler el pubis. Eso fue lo peor. Lo cierto es que la zona púbica a mí me da la lata, en ocasiones, cuando me paso entrenando o cuando hago sobreesfuerzos. Como ya tengo mucha experiencia, en los últimos tiempos he aprendido a entrenar lo suficiente, pero también a saber escuchar a mi cuerpo para no colarme. Sin embargo, cuando llega el momento de comerse el coco, las supuestas molestias en el pubis son las que me suelen quitar el sueño. Me sucede en ocasiones, las semanas antes de algunas carreras señaladas, y me pasó corriendo el Maratón de Madrid. Ahora sé que aquello no fue más que el típico miedo escénico, que tantas veces me ha dado, cuando la cosa ha empezado a ponerse seria en los maratones, pasado el kilómetro 10. No obstante, es innegable que, durante ese rato, sentí dolor, y mucho. Eso se unió a la entrada en el Distrito Salamanca y al comienzo de sus largas cuestas inmisericordes. 


Hubo un instante, en el kilómetro 12 o 13, en el que llegué a pensar que no podría seguir mucho tiempo con el dolor que llevaba en el pubis. De hecho, como íbamos junto a los participantes de la media maratón, y estos se tenían que separar de nosotros en el kilómetro 16, valoré la opción de retirarme de manera digna, siguiendo la estela de los mediomaratonianos cuando tomaran su camino, para poder llegar a la zona de meta antes de tiempo sin que se notara mucho. Evidentemente no lo hice. En algún punto, entre el kilómetro 13 y el 16, las molestias se estabilizaron, y después se acabaron diluyendo en la sensación de piernas trabajadas que uno empieza a llevar cuando ya ha corrido 1/3 de un maratón. No me volví a acordar del pubis, pero durante un rato me hizo sufrir momentos de auténtica zozobra.

Acabo de comentar, de pasada, que corrimos junto a los participantes de la media maratón de las Rock 'n' Roll Running Series. Lo de juntar las pruebas de 42 kilómetros con las de 21 se está generalizando, y creo que va en perjuicio de los maratones. En algunos casos, veo lógico ese matrimonio de conveniencia. En Ciudad Real, por ejemplo, hacen un esfuerzo encomiable por sacar adelante el Quixote Maratón, en una ciudad pequeña. Montar allí una media un día, y un maratón otro, es inasumible, y además, el maratón lo corren menos de 300 personas, por lo que veo casi necesario que se planifiquen, simultáneamente, varias carreras, para llegar a los 1.000 participantes en total, y que la cita no sea deficitaria. Poner en funcionamiento la infraestructura de un maratón, solo para 300 corredores, no es sostenible. En Madrid, sin embargo, el maratón lo disputan más de 5.000 runners y, si bien ese número es inferior al de los grandes eventos del calendario maratoniano, lo cierto es que no es necesario, para nada, organizar a la vez una media. Madrid ya es sede de una prueba de 21 kilómetros en marzo. Lo de celebrar otra en abril solo tiene el objetivo de juntar a mucha gente, para que queden bien las fotos de las multitudes, y para sacar más pasta, pero es negativo para los maratonianos.

Yo noté más el impacto de tener corredores adelantándome por todos lados, precisamente cuando peor andaba. En el kilómetro 16, las dos carreras se separaron, pero durante el rato anterior los mediomaratonianos iban ya oliendo la meta y apretando, y yo no marchaba bien y me quedaban más de 25 kilómetros por delante. En esas circunstancias, se hace un esfuerzo, para que la rápida inercia que te rodea no te afecte, pero considero que, en casos como el del Maratón de Madrid, es una jodienda obligar a los maratonianos a aislarse del entorno, cosa que, por otro lado, no es nada sencillo. Estoy seguro de que un buen número de las catástrofes que se dieron en la Casa de Campo, y después, tuvieron que ver con la sobrexcitación de los primeros kilómetros, debido al jaleo de correr a más velocidad de la cuenta, por ir entre personas que tienen su meta en el kilómetro 21. Al final, por sumar a toda costa, juntando las dos distancias, el maratón pierde prestigio, ya que se diluye el aura mítica de la prueba reina en un galimatias de gente, corriendo a diferentes ritmos. Y que conste que a mí las medias me encantan. He acabado más de 40, tomándomelas en serio al 100%, pero una media maratón y un maratón son dos desafíos que hay que afrontar con talantes distintos, y mezclarlos no es bueno.

Dicho esto, lo cierto es que los trazados de la media y del maratón se separaron en el kilómetro 16, por lo que, a partir de ahí, esa excusa ya no valía para justificar problemas con el ritmo. De todas formas, en ese punto yo dejé de penar. De repente, durante 3.000 metros empecé a rodar de nuevo por debajo de 5:00 minutos el mil, yendo muy cómodo. Pasé la media maratón en 1h46:53.

Inmediatamente después nos internamos en la Ciudad Universitaria. Por allí, mi avance se enlenteció un poco, y pasé otra vez a hacer los kilómetros a un ritmo superior a 5:00, pero la verdad es que me notaba comodísimo. Esa zona es la más llana de la carrera. Acto seguido, cogimos dirección sur y nos dirigimos hacia la Casa de Campo. Las siguientes fotos están tomadas en los instantes antes de entrar en esa enorme zona boscosa. En la primera, iba recorriendo los últimos metros del Paseo de la Florida, en la segunda había accedido ya a la Glorieta de San Vicente, y en la tercera había cogido el corto caminito enlosado, que lleva directamente al Puente del Rey y a la Puerta del Río de la Casa de Campo.




El hecho de plantarme en la entrada de la Casa de Campo, en el kilómetro 27, tras haber pasado 10 kilómetros buenos, fue fundamental. Llegué con confianza. La Casa de Campo es el gran pulmón de Madrid. Es un lugar muy agradable, pero es una trampa mortal para los maratonianos, como dije antes. Si no te mata la cuesta arriba constante que se sube, desde su entrada, hasta el sitio donde está el kilómetro 30, te liquida la que pica hacia abajo, y eso si uno tiene suerte y no hace mucho calor. Lo de correr entre árboles puede estar muy bien, y supongo que refresca, pero a mí, en la edición de 2010, la humedad que sufrí en ese tramo me dejó listo. Esta vez, por suerte, el termómetro no subió tanto, y en los 7 kilómetros de la Casa de Campo fui genial. Entré bien, me vi con fuerzas y arriesgué. No forcé, pero tampoco me corté a la hora de tirar para arriba en la rampa de 3 kilómetros.




Al llegar al kilómetro 30 no había sufrido demasiado, y me lancé para abajo sin pensármelo dos veces. No hay que engañarse. Fui todo el rato a un ritmo que osciló entre los 5:15 y los 5:28. No me iba marcando un Kipchoge, precisamente. Sin embargo, llevaba ya una paliza considerable, fui corriendo cuesta arriba mucho rato, y me mantuve tremendamente estable. Por eso me muestro tan optimista. Es significativo que marchaba en el puesto 2150, en la clasificación masculina, en el kilómetro 25 (en los puntos de referencia parciales solo se han publicado las posiciones por sexo), y en el 35 había adelantado a más de 200 hombres, dado que iba el 1944. No obstante, mi verdadero avance en la clasificación se dio a partir de ahí. A mí, en 2010, donde me dio la pájara fue al salir de la Casa de Campo. En este 2022 no me pasó, pero la escabechina a mi alrededor sí la percibí. El tío del mazo esperaba agazapado en el Paseo de la Virgen del Puerto, y fue duro con mucha gente. Es significativo que, a mitad de esa calle, poco antes de llegar al kilómetro 37, estábamos a 574 metros sobre el nivel del mar. La meta, 5.300 metros después, se encontraba a 647 metros. La diferencia son 73 metros, que es lo que mide un edificio de 20 o 21 pisos. Evidentemente, nosotros no los subimos en horizontal, pero tampoco dejamos de ascender por una rampa continua, que, a esas alturas, me pareció el Angliru.  




Como he comentado, salí de la Casa de Campo en el puesto masculino 1944. En meta, entré en el 1696. Adelanté a 248 hombres en esos 8 kilómetros (y a 464 desde el kilómetro 25). En la general, quedé el 1768 de 5784 personas. La clave fue que seguí yendo al mismo ritmo, siempre entre 5:16 y 5:27. No obstante, a mi lado cada vez más gente se echaba a andar, desfondada. El final del Maratón de Madrid es tremendo, aunque, en esta ocasión, yo no mordí el polvo. Es más, el kilómetro 41 lo hice en 5:17, y el último en 5:13. A pesar del esfuerzo que llevaba dibujado en el rostro, corriendo cuesta arriba por el Paseo del Prado disfruté como un cochino en un charco. Pasé la Fuente de Neptuno, pasé la Fuente de Cibeles...


... y en el Paseo de Recoletos saboreé las mieles del triunfo (del triunfo personal, como es lógico). Acabé en 3h39:07. Ni gané nada, ni tan siquiera me acerqué a las marcas que hacen otros atletas muy populares, que logran rondar las 3h15, o menos. Para mí, eso es una quimera. Sin embargo, ser capaz de correr todo ese tiempo, sin parar, a un ritmo medio de 5:12, en un maratón tan duro como el de Madrid, me sabe a victoria.



Los maratones de 2007 y 2010 acabaron en el Parque del Retiro. Eso hizo que la recta de meta, en esas ediciones, fuera una gozosa cuesta abajo. A cambio, coincidiendo con los kilómetros 41 y 42, se hacia subir a los corredores, casi rozando el sadismo, por una última rampa de 45 metros de desnivel. Este año, la meta volvió a estar donde yo la atravesé en 2003 y 2005, en pleno Paseo de Recoletos.



En definitiva, como se puede comprobar, el regusto amargo que me producía el Maratón de Madrid ha desaparecido. Es lo que buscaba. En 2005 terminé muy contento, en 3h38:19. Luego regresé dos veces más, y la alegría se disipó, pero ahora la he recuperado. Creo que es la que conservaré siempre. Me quedé a menos de 50 segundos de mi MMP en Madrid, pero ni siquiera eso empaña el recuerdo. Lo cierto es que, hasta el kilómetro 37, no consulté el crono. Hacerlo me sirvió para asegurarme de que iba a bajar de 3h40, pero recortarle 50 segundos más a la marca que hice fue imposible. No hubo de donde rascar. A pesar de la euforia, que quizás he transmitido, hice un esfuerzo brutal, y acabé extenuado. Por otro lado, mirar el reloj antes, e intentar forzar el ritmo, con tiempo de limar esos segundos, hubiera sido un error. Corrí por sensaciones, hasta que ya vi que quedaba suficientemente poco, como para echar el resto sin miedo. En mi opinión, la táctica me salió bien.

No he dicho nada, a modo de introducción, de la feria del corredor, que fue en IFEMA. Esta vez no me entretuve mucho allí, pero me di una vuelta y me gustó. 


Hoy día, las ferias previas de todos los grandes maratones se parecen. La del Maratón de Sevilla ya es igual a la del de Madrid, pero todavía recuerdo la emoción que sentí en la feria del corredor de la primera edición del MAPOMA en la que participé, en abril de 2003. Vi a Abel Antón, y, aunque luego la tinta se corrió por culpa del sudor y del agua derramada, me firmó el dorsal Alberto García, que en aquel momento estaba en la cima, tras haber ganado el oro en los 5.000 metros del europeo de Múnich, en verano de 2002. 


Unos meses después lo pillaron con el carrito del helado, lo sancionaron dos años y nunca volvió a hacer nada relevante. Curiosamente, el día que yo lo vi e intercambié con él dos frases, ya estaba en serios problemas, puesto que había dado positivo tan solo tres semanas antes. Él lo debía saber, pero no lo hizo público hasta poco después. En cualquier caso, verlo allí me flipó, y no olvidaré nunca la excitación que me produjo aquella feria de corredor del Maratón Popular de Madrid de 2003. Han pasado casi dos décadas, y, para mí, el círculo se ha cerrado en este maratón de 2022. Lo he conseguido.



Reto Atlético 1.002 CARRERAS
Carreras completadas: 234.
% del Total de Carreras a completar: 23'3%.

Reto Atlético 51 MARATONES
Maratones completados: 21.
% del Total de Maratones a completar: 41'7%.

Reto Atlético PROVINCIA DE SEVILLA 105 CARRERAS
Completada Carrera en SEVILLA.
En 2000 (año de la primera carrera corrida en Sevilla), % de Municipios de la Provincia de Sevilla en los que había corrido una Carrera: 0'9% (hoy día 37'1%).

Reto MARATONES DE ESPAÑA Y PORTUGAL
Completado Maratón en la COMUNIDAD DE MADRID.
En 2003 (año del primer Maratón corrido en la Comunidad de Madrid), % de Comunidades en las que había corrido un Maratón: 11'1% (hoy día 33'3%).

Reto PRINCIPALES CARRERAS DE ESPAÑA
Completado MARATÓN DE MADRID.
En 2003 (año del primer Maratón de Madrid), % de Principales Carreras de España que había corrido: 6'9% (hoy día 27'9%).

Reto 7 MARATONES 7 CONTINENTES
Completado Maratón en EUROPA.
En 2002 (año del primer Maratón corrido en Europa), % de Continentes en los que había corrido un Maratón: 14'2% (hoy día 14'2%).

Reto MARATONES DE LA UE
Completado Maratón en ESPAÑA.
En 2002 (año del primer Maratón corrido en España), % de Países de la UE en los que había corrido un Maratón: 3'5% (hoy día 14'2%).


1 de diciembre de 2019

MARATÓN DE SAN SEBASTIÁN 2019

El 16 de febrero de 2019, en la feria del corredor del Maratón de Sevilla, eché en una urna una papeleta con mis datos, para participar en el sorteo de una inscripción gratuita al Maratón de San Sebastián, que se iba a celebrar en noviembre. Siempre que puedo participo en ese tipo de sorteos, pero nunca me había tocado nada. Esta vez, sin embargo, tan solo nueve días más tarde recibí un correo electrónico con este mensaje: 


Ni que decir tiene que dije que sí, a pesar de los inconvenientes que había. El primero era que el 19 de febrero había empezado a trabajar en un negocio turístico y mi horario implicaba echar horas todos los fines de semana, tanto los sábados como los domingos. Aparte, me estaba preparando para un examen que iba a tener lugar un día de otoño aún por determinar. Ambas circunstancias ponían en serio peligro mi participación final en el evento, pero aún así decidí jugármela, ya vería después del verano como arreglaba los problemas.


Me animé a aceptar el premio porque sabía que no podía desaprovechar la oportunidad de participar en el Maratón de San Sebastián, pese a que me di cuenta de que, gracias a él me iba a ahorrar los 49'50 euros de la inscripción, pero me iba a dejar a cambio una buena pasta en ir un fin de semana de noviembre a Donostia. El regalo, por tanto, tenía trampa, pero en el fondo me chifla participar en carreras que se celebran en otros sitios y el gasto se asume, lo que cuenta es que surjan las oportunidades, y el premio en este caso era la excusa perfecta para ir a correr a un lugar que me queda tan a trasmano como el País Vasco. Si uno no se lía la manta a la cabeza en este tipo de circunstancias, los sueños, al final, se acaban diluyendo en el día a día como un azucarillo en un vaso de agua.

Y es que participar en el Maratón de San Sebastián era un sueño que tenía que llevar a cabo. Cierto es que tengo un montón de retos que quiero cumplir. Entre otras cosas, quiero acabar un maratón en cada comunidad autónoma de España, pero no se si podré lograrlo, probablemente no, por lo que tengo un especial interés en correr antes de nada los grandes maratones españoles, por si acaso. Mi idea es participar también en la mayoría de los pequeños maratones que en la actualidad salpican la geografía de nuestro país, pero, para empezar, es una prioridad para mí conocer nuestros majors particulares. El Maratón de San Sebastián es uno de ellos, por lo que el premio que me tocó era casi una señal que me decía que ahora era el momento.


Casi cualquier aficionado al mundo de las carreras populares sabe que en el mundo hay seis maratones que son considerados como los Majors. Son los más míticos y, en su caso, ese apelativo es oficial, hasta el punto de que esas seis citas se han unido y han hecho suyo el calificativo, al que no puede aspirar ninguna otra. En España, por contra, nadie ha creado un grupo de majors españoles, ni hay una serie de maratones que se hayan juntado y se consideren a sí mismos como los legendarios. Pese a esto, es tan descarado que hay cinco que están por encima de los demás, que yo los he etiquetado como los Spanish Big Five. Son nuestros majors. Los cinco maratones a los que me refiero son el de Madrid, el de Barcelona, el de Valencia, el de San Sebastián y el de Sevilla. La razón de que destaquen tanto es que están en lo alto de todos los rankings que se puedan hacer para comparar los maratones de España. Al acabar 2019 se habrán celebrado a lo largo del año, dentro de nuestras fronteras, 28 pruebas urbanas de 42.195 metros, pero hay una clara división entre las cinco top y el resto. En las siguientes clasificaciones se puede ver gráficamente como los cinco grandes copan los primeros puestos en todas:


Los datos de los maratones de Valencia y Málaga son de 2018, ya que este año aún no se han disputado.

En definitiva, hay advenedizos en algunos de los rankings que he hecho, pero lo que está claro es que solo cinco maratones están en arriba en todos, con registros de primer nivel mundial, y esos cinco son los ya comentados: Valencia, Madrid, Sevilla, Barcelona y San Sebastián. Yo he corrido diez veces el Maratón de Sevilla, porque se disputa en mi ciudad, y el de Madrid lo acabé en 2003, 2005, 2007 y 2010. A Valencia fui también en 2010, el último año que se celebró en febrero. Hasta la semana pasada, por tanto, de los cinco grandes españoles me quedaban dos, y ahora ya solo me queda organizar de una vez por todas una excursión atlética a Barcelona para completar ese simbólico pleno.

En lo relativo al Maratón de San Sebastián, que realmente es el protagonista de este post, el día que me inscribí me enteré de que iba a participar en la edición 42, justo en el año en el que he cumplido 42 tacos. Está claro que viajar en noviembre de 2019 a San Sebastián para correr era mi destino. Por ello, hace meses busqué alojamiento y también la manera más económica de llegar allí. En principio iba a ir solo, pero al barajar las opciones de transporte vi que volar en avión hasta el Aeropuerto de Bilbao y coger después un autobús a Donostia no solo era la opción más cómoda, sino que era muy barata. Tanto, que María y yo decidimos que vendría conmigo. En consecuencia, he estado con ella el fin de semana y, como es lógico, me acompañó al Velódromo Antonio Elorza a recoger el dorsal el sábado.


El marco en el que montaron la feria del corredor del Maratón de San Sebastián me pareció precioso y me dio la oportunidad de entrar en el velódromo, donde todo estuvo muy bien organizado. Con respecto a la organización, al maratón hay que darle un diez. De hecho, en el guardarropa, la voluntaria que me entregó la bolsa con mi ropa tras la carrera fue la más eficaz que he visto, porque vio desde lo lejos que me estaba acercando al mostrador y cuando llegué a él ya tenía mi mochila en la mano. Chapeau.


Por lo demás, todo en el maratón salió rodado y, además, vi bastante gente animando en la calle, lo que es señal de que la cita está bien publicitada y de que ha arraigado en la ciudad. Por último, sin que tenga ya nada que ver con los organizadores, me resultó curioso la cantidad de franceses que había corriendo (en torno al 21% del total de participantes, según he leído). San Sebastián está a 20 kilómetros de la frontera francesa, lo que hace que no sea raro el dato.

La organización me dio buenas vibraciones desde el principio, pero, para que no me relajara más de la cuenta, el sábado salió un día muy ventoso. Correr con ese viento hubiera sido un problema, lo que hizo que me estuviera comiendo el tarro el día entero. También había visto que, muy probablemente, durante la carrera iba a llover, por lo que ya estaba mentalizado para mojarme, pero lo de viento fue una sorpresa que me tuvo en vilo hasta el último momento.

Por fortuna, el sábado me fui a dormir con lluvia y viento, pero, como por arte de magia, el domingo amaneció con un leve chispeo, pero sin aire. La mañana no era muy fría y, además, tenía noticias de que el día no iba a estar metido en agua, lo que me hizo coger confianza desde que asomé la nariz por la puerta. Afortunadamente, esa previsión se cumplió, apenas si cayeron cuatro gotas poco después de las 9'00 y las condiciones para correr fueron espectaculares: entre 9° y 13° de temperatura, escasa humedad, sin sol y sin viento.


Para dormir habíamos alquilado un apartamento que estaba más o menos cerca de Anoeta, el estadio de fútbol junto al que comenzaba la competición. A la hora de elegir ese lugar para alojarnos había pesado mucho el hecho de que el día de la carrera pudiera ir desde allí caminando a la salida. Además, para no dejar cabos sueltos, el sábado habíamos realizado una prueba y habíamos visto que era factible. Aún así, recorrer el trayecto implicaba un pateillo de una media hora, por lo que el domingo intenté coger el autobús de linea en una parada que había cerca de nuestro apartamento, para ahorrarme el paseo. Sin embargo, dada mi penosa experiencia el día del último Maratón de Sevilla, me puse en la parada, pero no dejé de tener presente cuanto se tardaba andando hasta la salida, no me confié, y antes de traspasar el punto de no retorno me puse en marcha caminando sin esperar más. Había estado más de un cuarto de hora esperando y no tenía muy claro que fuera a funcionar el servicio de autobuses en condiciones, de manera que, cuando aún estaba a tiempo, decidí ir a pie. Así fui sobre seguro y no tuve que estresarme, pero tampoco pude relajarme, de hecho caminé a paso firme y, tras pasar por el guardarropa, llegué a la salida apenas un par de minutos antes del pistoletazo inicial.

El Maratón de San Sebastián tiene a gala que es muy plano y que es perfecto para batir marcas personales (llegué a leer un anuncio oficial en el que decían que el porcentaje de gente que hacía allí su personal best llegaba casi al 70%). Pese a esto, yo no puedo remediar comparar siempre el desnivel de los maratones con el del Maratón de Sevilla, y esa es una batalla perdida para la mayoría. El de Berlín, por ejemplo, pasó la prueba del algodón, pero el maratón donostiarra no es, ni de lejos, tan llano como el sevillano. Aún así, en él las cuestas no son una excusa y, siendo objetivo, tengo que decir que no es una carrera dura, ni muchísimo menos.


Por otro lado, era consciente de que llegaba al Maratón de San Sebastián muy cortito de kilómetros. Como he dicho al principio, me he enfrentado a varios inconvenientes en estos meses, que han provocado que finales de noviembre no fuera para mí la mejor época para participar en un maratón. Es más, he estado a punto de no poder correr, porque el examen que sabía que tendría que hacer en otoño al final me lo pusieron justo quince días antes de la carrera. Durante un tiempo temí incluso que acabaran coincidiendo. Ese examen era de capital importancia y me he vaciado para que saliera bien, intentando compaginar lo mejor posible el estudio con el trabajo y con las responsabilidades familiares. En esas condiciones, el entrenamiento estaba, como es lógico, en cuarto plano. Aún así, yo salgo a correr como parte de mi rutina, lo hago muy temprano y eso es fundamental para mi equilibrio diario, sobre todo cuando se me acumulan las situaciones de estrés. Es por ello que, ni siquiera en la semana previa al día del examen han faltado mis 10 kilómetros casi diarios de running. Pese a esto, no he hecho ni una tirada medio larga, ni una serie, ni he controlado ritmos, ni nada de nada. He salido a rodar para despejar la mente, sin más, y no he tenido capacidad para dedicar ni un segundo a pensar en entrenamientos ni en preparaciones específicas. Nunca en mi vida le había echado menos cuenta a un maratón. A pesar de esto, ni por asomo pensé en renunciar, por fortuna tengo callo en esto del atletismo popular y sabía que estaba en condiciones de bajar de las cuatro horas.

En cualquier caso, iba mentalizado para amoldar la velocidad a las sensaciones, no quería morir en el intento y decidí hacer un esfuerzo por no ir flechado al comienzo. No obstante, pese a las buenas intenciones salí embalado, como no, e hice los cuatro primeros kilómetros a 4:53 de media. En parte, la culpa la tuvo que esos primeros 4.000 metros fueron bastante rectos, pero los maratonianos íbamos corriendo junto a los que participaban en la media maratón que se organizó de manera simultánea, lo que provocó que la calzada se quedara un pelín estrecha. Esa circunstancia hizo que no pudiera centrarme en exclusiva en mi ritmo.


Al principio, con tanta gente no pude evitar avanzar adelantando corredores a base de ir buscando huecos, no quería correr demasiado rápido, pero tampoco me apetecía quedarme atascado detrás de nadie, y la carrera tardó un kilómetro en abrirse. A partir de ahí ya iba lanzado, y cuando quise darme cuenta había hecho los primeros 4.000 metros en 19:33. De todas formas, iba genial de piernas y eso me reconfortó.

Una de mis tácticas para aflojar el ritmo en este tipo de situaciones es distraerme y fijarme en el entorno. Esta vez lo tuve fácil, porque todo era novedoso. De los primeros kilómetros por el barrio de Amara Nuevo apenas había retenido nada, pero en el kilómetro 5 nos internamos en el Centro y allí tomé conciencia de que me encontraba en San Sebastián, gracias a la bonita visión de la Calle Urbieta, toda recta y flanqueada por enormes arces plateados. A esa hora ya no llovía, el ambiente estaba fresco y todo brillaba. Luego torcimos a la derecha, corriendo por la Calle San Martín pasamos por delante de la Plaza del Buen Pastor, donde está la Catedral, y poco después volvimos a hacer un giro de 90° a la izquierda. La parte del Centro de San Sebastián es muy cuadriculada, por lo que fueron inevitables las esquinas, pero aún así la carrera ya iba lo suficientemente abierta como para que no fueran molestos los cambios de dirección. En esta parte me gustó también el paso por la Plaza Gipuzkoa, donde había estado de paseo el día anterior.

Al salir al Boulevard, ya en el kilómetro 7, mi ritmo se había ajustado bastante a lo pretendido, unos segundos por encima de 5:00 minutos el kilómetro, pero ahí fui consciente de que se acercaba el lugar donde había quedado en ver a María, y aunque no fue queriendo, el reloj no engaña y dice volví a apretar y que hice ese kilómetro de nuevo en 4:53. Efectivamente, vi a María en el sitio donde habíamos quedado, junto al Kursaal, ya en el barrio de Gros. Por ese mismo punto iba a volver a pasar en el kilómetro 9, pero el recorrido por Gros lo hice cómodo. Iban pasando los kilómetros y yo seguía yendo suelto de piernas.


Al final de Gros hicimos uno de los cinco giros de 180° de la carrera. En ese primer momento lo del brusco giro lo llevé bien, pero no pude evitar pensar que esa revuelta me iba a sentar como una patada en la segunda media maratón (la prueba estaba compuesta de dos vueltas casi idénticas por el mismo trazado).

Hasta el kilómetro 13 no hubo más novedades en mi ritmo, la segunda vez que vi a María fui más estable y luego transcurrió el tramo en el que gocé con mayúsculas de la experiencia, ya que recorrimos entero el Boulevard, luego supe sobre la marcha que la Calle Zubieta iba a dar paso al Mirakontxa Pasalekua, y una vez allí corrí bordeando la Playa de la Concha, disfrutando a tope.


Tras pasar el Túnel del Antiguo miré a lo lejos y vi con total nitidez El Peine del Viento, en el extremo de la Bahía de La Concha.

Tras esa visión, me interné por primera vez en la parte más complicada de la prueba, que fue la que transcurrió por el barrio de El Antiguo. Llevaba un rato rodando cómodo unos segundos por encima de los 5:00 minutos el mil, pero en esos kilómetros, entre el 11 y el 17, está acumulado la mayor parte del desnivel de la carrera, en ellos hay unos cuantos toboganes que son tendidos, pero que desgastan y que a mí me pegaron el primer leñazo. Como ya he dicho, en mi entrenamiento las tiradas largas y las medio largas han brillado por su ausencia, me he hartado en los últimos meses de hacer rodajes de 10-12 kilómetros, y he subido puntualmente hasta 14, pero llevaba un año sin pegarme un buen entrenamiento paliza. No es raro, por tanto, que en el kilómetro 14 mi organismo se extrañara mucho de que yo me empeñara en seguir corriendo. Su reacción ante esa inusitada novedad fue protestar. Me quedaba un mundo y las piernas pasaron, en cuestión de unos cientos de metros, de ir genial a pesarme el doble. Fue un momento complicado, ya he contado también que no le he echado ni cuenta a este maratón durante meses, psicológicamente no me había preparado apenas y de repente me dio una pereza mortal tener que dejarme los higadillos. Faltaban mucho y la sensación no fue de agobio, sino de desgana. Durante meses he corrido sin hacer esfuerzo mental, ya que cuando he empezado a estar desgastado de coco he parado, todas mis energías mentales estaban enfocadas al examen y no quería gastar nada en tonterías. No han sido meses fáciles, la verdad, correr ha sido una terapia y, como tal, no he usado el running para darme caña, sino más bien para soltar lastre. Lo malo de eso es que, en la carrera, al empezar a estar un poco apretado, mi primera reacción inconsciente, como en los meses anteriores, fue la de dejar hablar a mi Smeagol interior ("nada de sufrir, hasta aquí ha sido divertido, pero no tenemos ganas de exprimirnos" le oí decir). Afortunadamente, junto al Smeagol que llevaba dentro también estaba oculto mi Gollum, que después de un rato afloró con rabia... ("Lo queremos, es nuestro, mi tesssoroooo" replicó). No hago spoiler si digo que finamente fue Gollum el que se salió con la suya. En el fondo quería estar allí y quería acabar el Maratón de San Sebastián lo mejor posible, así que encaré los toboganes de la zona de El Antiguo y me preparé mentalmente para sufrir una debacle... que no llegó.


En efecto, no hubo desastre, pese a que hice un esfuerzo tal, que al acabar tardé cerca de media hora en ser capaz de arrancarme del escalón donde me había sentado. Por motivos logísticos, María cogió el avión de vuelta esa tarde y abandonó San Sebastián sobre las 12 de la mañana. Yo, por contra, aún iba a estar en la ciudad hasta el día siguiente, ya solo. El caso es que, tras cruzar la meta me tuve que pegar sentado 30 minutos, no me sentí mal ni por un momento, pero sí estaba tan profundamente agotado, que llegué a preguntarme como cojones iba a volver yo solo al apartamento. Ni que decir tiene que volví, claro, es más, después de comer me fui a hacer turismo y me pegué un pateo de cuatro horas, pero la verdad es que la hora inmediatamente posterior a dejar de correr la pasé devastado. Aún así, como digo la debacle no llegó, eso fue lo que me ha dejado con mejor sabor de boca. Tras mi primer bajón, en el kilómetro 14, mi ritmo hasta el 25 solo descendió unos 15 segundos por kilómetro, y rondó los 5:20 todo ese tiempo, aunque la mayor diferencia estribó en que pasé de ir a 5:05 silbando marina, a ir a 5:20 haciendo un señor esfuerzo, físico y mental.

En ese tramo, el peor kilómetro fue el 20, en el que los maratonianos aún íbamos mezclados con los de la media maratón, que iban ya echando el resto. Debido a eso, por todos lados me empezó a adelantar gente que estaba apurando su carrera, se que es una tontería, otras veces no me ha pasado, pero esta vez llegó un momento en el que me dio por culo que me adelantaran sin parar corredores que iban a acabar su media maratón por encima de 1h45. Cuando las pruebas, por fin, se separaron, justo delante del Estadio de Anoeta, y los participantes de la media se desviaron buscando su meta, me sentí aliviado y los siguientes kilómetros no fueron malos.

Lo de los maratones a dos vueltas a mucha gente no le gusta, yo he descubierto que no me molesta, aunque, eso sí, el contraste entre las dos vueltas es abrumador. Yo, en este caso, durante la primera vuelta había disfrutado bastante del entorno, incluso en la parte de El Antiguo. En la segunda vuelta, por contra, me metí para adentro y apenas si fui consciente de por donde iba. Lo bueno de las maratones a dos vueltas es que no te pierdes nada, ya que la primera vez que pasas por los sitios, que es cuando vas bien, ya te da lugar a verlo todo.

Dado que había empezado a penar en el kilómetro 14, esperaba sufrir una auténtica debacle al final, y, ciertamente, el bajonazo a partir del kilómetro 25 fue tremendo, pero para mi sorpresa fue el último. Yendo a 5:45 desde tan pronto, lo lógico hubiera sido acabar andando y haciendo kilómetros a 9:00, algo que para mí empaña una carrera, hasta el punto de que prefiero retirarme. Sin embargo, no me vi en semejante tesitura y esa es la gran alegría que me deja este maratón. Será que ya soy un diesel, o será lo que sea, pero empecé a tragarme kilómetros a ese ritmo, hice alguno incluso por encima de 6:00, en el segundo paso por El Antiguo, pero sin andar, y aún me quedó cuerpo para apretar al final: en 5:53 corrí el kilómetro 40, en 5:41 el 41 y en 5:36 el último mil. Tiempo final: 3h49:27, a 5:26 de media.


Para no haber preparado la cita en condiciones, no está mal.


Mi experiencia en el Maratón de San Sebastián fue muy bonita y se encuadra dentro de un fin de semana que resultó entrañable. Mi siguiente objetivo será correr el Maratón de Sevilla en febrero, habiendo entrenado de una manera algo más ortodoxa. Me voy a encontrar con el hándicap, que quizás he sufrido ya en Donostia, de que desde hace un año trabajo de pie, lo cual se nota en las piernas. En mis trabajos siempre me había pasado las horas sentado, pero en esta etapa eso se acabó. No se hasta que punto ese hecho ha tenido consecuencias ahora y tampoco sé como me afectará en el futuro, en febrero lo veremos, pero lo que se seguro es que me lo volveré a pasar de miedo.


Reto Atlético 1.002 CARRERAS
Carreras completadas: 226.
% del Total de Carreras a completar: 22'5%.

Reto Atlético 51 MARATONES
Maratones completados: 20.
% del Total de Maratones a completar: 39'2%.

Reto MARATONES DE ESPAÑA Y PORTUGAL
Completado Maratón en PAÍS VASCO.
% de Comunidades en las que he corrido un Maratón: 33'3%.

Reto PRINCIPALES CARRERAS DE ESPAÑA
Completado MARATÓN DE SAN SEBASTIÁN.
% de Principales Carreras de España que he corrido: 27'9%.

Reto 7 MARATONES 7 CONTINENTES
Completado Maratón en EUROPA.
En 2002 (año del primer Maratón corrido en Europa), % de Continentes en los que había corrido un Maratón: 14'2% (hoy día 14'2%).

Reto MARATONES DE LA UE
Completado Maratón en ESPAÑA.
En 2002 (año del primer Maratón corrido en España), % de Países de la UE en los que había corrido un Maratón: 3'5% (hoy día 14'2%).


22 de febrero de 2019

MARATÓN DE SEVILLA 2019

En 2002 participé por primera vez en el Maratón de Sevilla y desde entonces hasta 2012 fui viendo poco a poco como la prueba iba a menos. Gracias al boom del atletismo popular su número de inscritos creció por inercia, pero en 2012 la carrera estaba casi muerta, era un evento proscrito, cada vez más arrinconando, su repercusión mediática en la ciudad era escasa, a pesar de sus 4.000 participantes, y su triste recorrido estaba trazado mayoritariamente por calles impersonales del extrarradio sevillano (en las fotos inferiores, que corresponden respectivamente a 2012 y 2007, y que están elegidas de entre las muchas que tengo que podrían ejemplificar mis palabras, se puede apreciar como en aquellos años los corredores no nos dábamos ningún baño de masas ni corríamos precisamente por los sitios más bonitos de Sevilla).


El Ayuntamiento, que en aquella época se encargaba de la organización, intentaba esconder el abandono al que fue sometiendo a la prueba ofreciendo a los corredores el caramelo del final en el Estadio de la Cartuja, y también trayendo a pelear por la victoria a unos cuantos keniatas de segundo nivel (sin ánimo de menospreciar a nadie, eran máquinas de correr, pero en 2012 ni siquiera ganaron, ese año el vencedor masculino fue el marroquí Mohamed Bilal, que acabó en 2h13:42, y la campeona fue la irlandesa Jill Hodkins, que marcó 2h46:58).

Afortunadamente, tras la edición de 2012 el Ayuntamiento aceptó su incapacidad, lógica por otro lado, para poner en marcha en solitario un evento mejor que ese, y decidió externalizar el servicio. Hubo voces críticas que denunciaron la mercantilización y la privatización de la prueba, pero yo creo que el consistorio, en un acto de cierta humildad, lo que hizo fue reconocer que no podía asumir la inversión necesaria para montar un evento de mayor envergadura. En mi opinión, el tiempo ha confirmado que la decisión fue acertada, estoy seguro de que Motorpress-Ibérica, la empresa que ahora organiza el maratón, saca por su trabajo pingües beneficios, pero también es cierto que sin dislocar el precio de la inscripción ha sido capaz de hacer crecer la carrera hasta un punto tal, que ahora su impacto económico en Sevilla supera los diez millones de euros en tres días. Lo mejor de todo, sin embargo, es que para conseguir ese gran éxito económico se ha diseñado y plasmado una cita de primer nivel, y eso es justo lo que agradecemos los corredores. En 2012 el maratón era un muerto viviente, desde 2013 hasta 2018 la cita no paró de crecer y este 2019 su magnitud ya ha sido gigante: el fin de semana del maratón ha sido la gran la fiesta del atletismo en la ciudad, no se ha masificado la carrera (10.000 personas corriendo es el tope para el tamaño de Sevilla, pero no se ha superado esa cifra) y este año, además, se ha dado el paso definitivo, diseñando un nuevo circuito que ha venido a mejorar el que ya se venía usando desde 2013.


La conjunción de todos esos factores ha derivado en un evento mayúsculo en el que uno corre rodeado de una gran cantidad de público y pasa por todos los lugares más emblemáticos de la capital de Andalucía. El maratón tristón que se celebró en 2012 y los de los años anteriores parecen ahora un vago recuerdo de otro siglo.


Con respecto al circuito, no era este el año en el que estaba pensado darle el giro de tuerca definitivo, hasta 2020 no estaba previsto empezar y terminar la prueba en el Paseo de las Delicias, pero el pasado enero se anunció que el Estadio de la Cartuja había dejado de cumplir las medidas mínimas de seguridad necesarias para albergar el evento y que no podía ser sede de la meta. Afortunadamente, la organización tenía ya medido y homologado el nuevo trazado y decidió que a rey muerto, rey puesto, la relación del Estadio de la Cartuja con el Maratón de Sevilla pasó a la historia después de 18 años. Para mí fue una buena noticia, reconozco que siempre me gustó la sensación de desembocar en la pista de atletismo del estadio y de recorrer por él los últimos 300 metros, pero han sido muchas las competiciones que he acabado ahí y desde hace tiempo era consciente de que por disfrutar de ese final nos estábamos perdiendo otro quizás más espectacular aún, en el que pudiéramos atravesar un pasillo humano como colofón a la carrera (el Estadio de la Cartuja era muy frío, las gradas cercanas a la línea de llegada sí estaban siempre llenas de gente, pero en la vacía inmensidad del resto del estadio esa multitud se empequeñecía y no era capaz de calentar el ambiente). Este año he confirmado que, en efecto, era posible un final mejor: yo he completado ya 19 maratones y la recta de meta de este último ha sido la mejor y la más emocionante que he vivido, la misma estaba encerrada entre vallas, pero a ambos lados se agolpaban cientos de personas que convirtieron los metros finales en un premio difícil de olvidar.

El circuito, por otro lado, parece que es un diseño mío, ya que pasamos corriendo muy cerca de casa de mis padres, de mi hermana y de mis cuñadas, y por delante de la puerta de la urbanización donde vive mi suegra. El apoyo, por tanto, lo tenía asegurado.


Como he dicho, el inicio y el final de la carrera estuvieron en el Paseo de las Delicias, una avenida perfecta para que 10.000 personas echen a correr a la vez y para absorber sin estrecheces a todos esos corredores cuando van llegando a meta.


El principio del Paseo, además, tiene la ventaja de que está bastante cerca del meollo de Sevilla, tanto si se va en dirección al centro como si se bordea el Río Guadalquivir. Por ello, está asegurado que el circuito rondará todo el rato los enclaves más emblemáticos de la ciudad.

Pese a todo, he de ponerle una pega al Maratón, y es que no es fácil acceder a la salida en transporte público, lo cual es un gran atraso. Yo seguramente me confié, entono el mea culpa, pero la verdad es que no comprendo por qué estaba ya suspendido el servicio de autobuses de la línea 6 a las 7'45 de la mañana. Entiendo que dicha línea a esa hora ya no podía realizar su recorrido completo, pero durante media hora más aún podría haber acercado a gente a la salida en plan lanzadera (se impone organizar algo así). Para colmo, el autobús que me traía de Villanueva ya se encontró conque no podía avanzar hasta la estación de autobuses y me dejó poco menos que abandonado en la rotonda de entrada a Sevilla, viniendo por la A-49, a las 7'35. De todas formas, esto aún no fue grave, ya que desde allí pude alcanzar en menos de diez minutos la parada de autobús de línea, de hecho al llegar a ella coincidí con otra chica que iba a la carrera, lo cual me tranquilizó, pero tras quince minutos de espera me di cuenta de que los autobuses ya no iban a pasar más por ese lugar. Como he dicho, está muy mal montado el tema de los traslados a la salida. Evidentemente, todo el mundo puede buscarse la vida, incluso si se viene desde el Aljarafe, pero lo ponen bastante complicado y eso no es bueno.

A mí, el tema del transporte casi me costó un disgusto y yo creo que la chica que estaba conmigo en la parada llegó tarde (en su caso era de Triana, ella se durmió más que yo, si cabe). El caso es que, estando ya seguros de que allí estábamos olvidados, ambos nos echamos a andar hacia la salida un poco nerviosos, teníamos media hora por delante y, en apariencia, nos daba tiempo, pero cuando llevábamos caminando cinco minutos me di cuenta de que no llegábamos ni de coña. Por suerte, vi un aparcamiento de bicicletas de Sevici y se me encendió la bombilla de manera inmediata: María tiene el bono anual de este servicio de bicis públicas, por lo que la llamé para que me dijera su clave, en ese instante mi participación pendía de un hilo, ella debía estar recién levantada, pero no es nada raro que no oiga las llamadas... Por fortuna, esta vez escuchó el móvil, me dijo la clave, todos los mecanismos funcionaron correctamente y la estación liberó una bicicleta que estaba en buen estado. Ahí respiré, me quedaban solo 22 minutos, pero calculé que dando pedales era capaz de cubrir la distancia sin pegarme un calentón (carajo, iba a correr un maratón, no estaba la cosa como para quemar mis cuadriceps en el mamotreto de Sevici). Comencé a avanzar a ritmo vivo, pero tratando de no fundirme, vi que así sí llegaba y me calmé, pero según me fui acercando me puse a pensar en el siguiente problema que se me iba a plantear: necesitaba otra terminal cercana al Paseo de las Delicias donde dejar la bici, el sistema solo permite usar los vehículos durante media hora y si antes del límite no se vuelven a enganchar en otro lugar comienzan las penalizaciones. Por desgracia, se de buena tinta que no siempre hay puntos de anclaje libres en las estaciones, y era evidente que en la que estaba más cerca de la salida no iba a encontrar hueco ni en broma. Para colmo, estando aún lejos se me heló la sangre cuando me fijé en que un aparcamiento junto al que pasé estaba petado. En ese momento decidí aparcar en el siguiente si tenía hueco, aunque eso me obligara a andar de nuevo. Increíblemente, al llegar al susodicho aparcamiento vi que quedaba un enganche libre, el último. "Dios aprieta pero no ahoga", pensé, solté la bicicleta y salí escopetado a pie. Quedaban menos de quince minutos para el pistoletazo inicial. Ni que decir tiene que al pasar andando junto a la estación de Sevici que hubiera estado más cerca de mi destino ya no había ni un solo sitio, menos mal que no apuré. Andando (o marchando, más bien), logré hallar al guardarropa a las 8'25, me arranqué el chándal, dejé las cosas y a falta de un par de minutos eché a trotar en dirección a mi cajón. Entré en él justo a las 8'30, echando el corazón por la boca por culpa de los nervios.

Pese a todo lo comentado, mentiría si dijera que me pasaron factura todas las vicisitudes para llegar a la salida. El nerviosismo y la aventura ciclista quizás tuvieron consecuencias que yo no percibí conscientemente, pero el Highway to Hell que empezó a sonar a toda voz tras el pistoletazo me puso las pilas a tope y al echar a correr me sentí bien de piernas, por lo que pronto olvidé el incidente.

Los primeros kilómetros fueron muy buenos. Enseguida se vio que este año no nos iba a faltar el aliento del público, hasta ahora el primer tramo lo corríamos más solos que la una, pero en esta ocasión atravesamos un pasillo de gente interminable desde el primer momento. Al pasar por primera vez bajo la Torre del Oro y junto a la Plaza de Toros de la Maestranza iba tranquilo, pronto vi que me sentía fresco y eso auguró un largo disfrute. De hecho, hasta más allá de la media maratón rodé como un reloj: quitando el segundo parcial, en el que aceleré por inercia, todos los demás kilómetros hasta el 22 los hice a un ritmo que estuvo siempre entre 4:50 y 4:58. Aún así, es curioso que durante todo ese rato pasé por rachas muy diferentes, durante 9 kilómetros fui sereno y estable, disfrutando del ambiente, luego tuve 3.000 metros de bajón anímico, experimenté un subidón en el kilómetro 12 y luego volví a estabilizar mis ánimos hasta que llegué a la media. El peor momento de toda la carrera me sobrevino, curiosamente, en el citado kilómetro 9. Había corrido a gusto por la Isla de la Cartuja y por Ronda de Triana, los tramos con menos apoyo en las aceras. Sin embargo, por la experiencia que tengo, supongo, en López de Gomara me di cuenta de que, pese al ritmo que llevaba y a que iba bien, no iba a lograr rondar las 3h30 en meta. Me asaltaron mil dudas, lamenté no haber salido más lento y valoré aflojar la marcha, pero realmente iba muy cómodo, por lo que me rayé un poco. Fueron unos kilómetros difíciles hasta que enfilé Virgen de Luján. Ahí, sin más remedio me distraje, mis padres viven en la paralela derecha de esa calle y mi hermana en la paralela izquierda. Con respecto a mis padres, sabía que a esa hora tan temprana no iban a estar abajo, iban a ir a animarme ya al final, pero sí vi a alguno de sus vecinos y la familiaridad de la zona me reconfortó. Un poco más adelante pasé a la altura del piso de mi hermana, mi cuñado hubiera estado al pie del cañón como otras veces de no haber tenido una emergencia en el trabajo, no lo vi pero lo busqué, y sabía que mi hermana a esa hora no estaba ni levantada de la cama, pero fijé la vista en su terraza, que se ve desde Virgen de Luján. Luego pasé por delante de un kiosco donde María trabajó más de un lustro, y entre unas cosas y otras me planté en el Puente de los Remedios bastante más despejado. Al atravesarlo me acabé de venir arriba y olvidé las dudas, porque desde el comienzo del puente la algarabía de la gente fue atronadora y eso me subió la moral definitivamente.

A partir de ahí los kilómetros fueron pasando sin percances, iba corriendo suelto y disfruté del trayecto por el Paseo Colón, la Calle Arjona y la Calle Torneo, escuchando voces de ánimo en todo momento. También me vino genial, como siempre, el detalle de la animación musical. Siempre viene bien la música, pero este año fui consciente de su importancia más que nunca, por ejemplo en el punto situado cerca de la Torre del Oro, donde se reunió mucha gente. En él, un grupo llamado Maraña estaba tocando rock del bueno. Yo venía ya animadillo del Puente de los Remedios y ahí me dio otro gran subidón, en primer lugar por la música, pero también porque Maraña estaba animando a saco al nutrido grupo de espectadores que allí se congregaba. Había montada una buena (esta vez vi, no obstante, menos actuaciones y más música enlatada, en muchos de los puntos había DJ, no les resto mérito y todos los estilos musicales tienen que tener su sitio, pero a mí me gustan menos y, en mi modesta opinión, donde esté la música en vivo para levantar el ánimo, sea del género que sea, que se quiten todos los pinchadiscos del mundo. No obstante, hay que decir que había muchos puntos de animación y que, a falta de pan, buenas son tortas).

Volviendo a la carrera en sí, tras pasar junto al Puente del Alamillo giramos por la Ronda Urbana Norte y nos alejamos del río durante bastante rato, los inmediatos fueron probablemente los kilómetros más feos de todos, pero me estaba acercando a la media y esto para mí, con el nuevo recorrido, era una doble fuente de motivación: en un maratón siempre lo es pasar el ecuador de la competición, pero en esta ocasión además se dio la circunstancia de que el punto exacto de la media estaba bajo la ventana del piso de mi suegra.


Durante varios meses veré a menudo, por tanto, la pintura en el asfalto marcando ese lugar, cada vez que vaya a su casa, pero, más allá de eso, lo importante en la carrera es que allí se iba a congregar parte de mi club de fans para animarme como ellos saben. Apenas un kilómetro antes había pasado cerca de casa de mi cuñada, pero ella y su familia, junto a María, AnaJulia y, como no, junto a mi suegra, se habían juntado para animarme un poco después de pasar la media. Fue un momento precioso.


Pasado ese punto aún mantuve la velocidad un poco más, pero sabía seguro que ahí me iba a dar el primer bajón y lo encaré con entereza mental. En efecto, a partir del kilómetro 22 mi ritmo bajó unos diez segundos por kilómetro, mi temor era sufrir ya una hecatombe, pero respiré al comprobar que el hundimiento no llegaba, entre el kilómetro 23 y el 31 marqué entre 5:01 y 5:10 por parcial y no tuve que lamentar ninguna debacle. Durante ese tramo no dejó de haber público en muchos lugares, atravesamos Nervión y llegué más o menos entero a la Avenida de Manuel Siurot. Esta larga calle se hace en un sentido y, tras llegar al final, se vuelve en sentido opuesto por su paralela, la Avenida de La Palmera, a la que se desemboca a la altura del Estadio Benito Villamarín. Esto ha sido así en todos y cada uno de los diez maratones que he corrido en Sevilla. Lo que ha cambiado en estos años es el kilómetro en el que se encuentra el estadio, la primera vez ahí estaba el 27, en 2008 ya estaba aproximadamente el 29, en 2013 pasó a estar el 32 y ahora ese punto ronda el 31. El Tío del Mazo, por tanto, estuvo durante años un poco más adelante, pero ahora se ha instalado junto al coliseo verdiblanco y de ahí no hay quien lo mueva. Para intentar desviar un poco la atención sobre ese hecho el Real Betis se había volcado (también lo hizo el Sevilla F. C. más adelante) y había colocado un arco, junto al que estaba Palmerín dándolo todo, como suele hacer. A mí aún me quedaban fuerzas para intentar chocarle la mano, lo que es buena señal, pero el muñeco me hizo un quiebro involuntario (estaba enloquecido) y me dejó con la palma extendida al infinito. Nunca había encarado la Avenida de La Palmera en un maratón con un ataque de risa floja...

En cualquier caso, a partir del 31 como siempre nos quedaba lo mejor, pero también lo más duro. Yo iba escasíto de gasolina, tras el incidente con Palmerín aún aguanté tres kilómetros rondando los 5:30, pero fue salir de la Plaza de España (precioso paso por la misma y por el Parque de María Luisa, petado de gente, dicho sea de paso) y tener que empezar ya a trotar bastante por encima de 6:00 minutos el kilómetro. Yo había quedado con María en intentar verla de nuevo en el kilómetro 35 aproximadamente, por lo que me centré en llegar allí. Finalmente no la vi, por lo que mi siguiente objetivo pasó a ser alcanzar el 38, en el que sabía que comenzaba la parte más espectacular de la carrera. Confiaba en que esos cuatro kilómetros restantes, atravesando el centro de Sevilla de norte a sur, me llevaran en volandas, lo necesitaba porque iba frito. Por fortuna, ni el recorrido ni el público me defraudaron, atravesar el centro con el trazado anterior ya era chulo, pero hasta el año pasado, tras salir de la Alameda de Hércules, que se corría en sentido opuesto, aún quedaban casi tres kilómetros atravesando la desértica Isla de la Cartuja. Ahora el trecho desde el 38 es una auténtica pasada, el pasillo humano es casi continuo y a mí me dio alas para volver a correr el último kilómetro incluso a 5:39. Tras pasar por el arco del kilómetro 40 me dio un flato tremendo, tanto que tuve que parar a caminar unos segundos, pero en cuanto me vi andando en medio de esa algarabía pensé que no podía permitirme dar esa imagen. La gente me llevó a hombros como nunca.


Poco antes del kilómetro 41 tenía, además, mi último cartucho guardado, allí estaba apostada mi madre, por delante de la cual tenía que pasar sí o sí con buena cara (más me vale). A pesar del bullicio logré verla bien, a ella y a las niñas, que tras no llegar con María por un pelo a mi paso por el kilómetro 35 habían logrado acercarse al 41 a tiempo. Fue otro momento de plena emoción por mi parte.


A partir de ahí el último kilómetro fue una gozada, tras dejar atrás a la familia volví a caer en la cuenta de que el flato me estaba torturando, pero decidí aguantar el dolor y disfruté del pasillo final como nunca. En otros maratones he recorrido los 195 metros que rematan la faena bastante más entero, pero nunca en mi vida había disfrutado de esa forma de un final.


En definitiva, acabé en 3h42:43, a diez minutos de mi objetivo, pero bastante contento por la experiencia vivida. El clima acompañó, el ambiente de toda la carrera fue fantástico, los últimos kilómetros atravesando el centro fueron míticos y yo acabé con ganas de más (no con cuerpo, por ahora, pero sí con ganas). El Maratón de Sevilla se ha convertido en un evento al que cuesta encontrarle pegas y eso hay que agradecérselo a la organización (y a los voluntarios, que son de diez). Yo tengo otros muchos maratones en mente, en España y en el extranjero, pero es seguro que volveré a participar dentro de no mucho en la prueba reina del atletismo hispalense.

Antes de acabar tengo que decir que esta edición del Maratón de Sevilla homenajeaba a Abel Antón, que el 28 de agosto de 1999 se proclamó campeón del mundo de maratón por segunda vez en Sevilla. Para conmemorar ese vigésimo aniversario Antón ha aparecido en el cartel de la prueba de este 2019.


Yo, aquella calurosa tarde de verano en la que Abel Antón apareció por el túnel sur del Estadio de la Cartuja, corriendo solo y sabiéndose ya, a falta de 300 metros, campeón del mundo de nuevo, estaba allí, en la grada. El momento fue de los que ponen la carne de gallina, el estadio ese día estaba hasta los topes y la vuelta que dio el soriano fue inolvidable, por supuesto para él, pero también para los que lo vimos en vivo. Hubiera sido bonito que Antón hubiera podido volver a irrumpir en el Estadio por el mismo túnel, que es el que se ha usado siempre en el Maratón de Sevilla, ya que ha tenido el detalle de correr entera esta edición en poco más de cuatro horas. Finalmente no pudo ser y la meta no estuvo en el mismo lugar que en 1999, pero aún así Abel se dio un baño de multitudes y recibió su merecido homenaje. Aparte de esto, este año se batieron tanto el récord masculino de la prueba como el femenino (el etíope Tsedat Abegue acabó en 2h06:36 y su compatriota Guteni Shone en 2h24:25). Son marcas de primer nivel, creo que este maratón se ha instalado entre los mejores del mundo y me da la sensación de que no tiene intención de dar ni un paso atrás.


Reto Atlético 1.002 CARRERAS
Carreras completadas: 218.
% del Total de Carreras a completar: 21'7%.

Reto Atlético 51 MARATONES
Maratones completados: 19.
% del Total de Maratones a completar: 37'2%.

Reto Atlético PROVINCIA DE SEVILLA 105 CARRERAS
Completada Carrera en SEVILLA.
En 2000 (año de la primera carrera corrida en Sevilla), % de Municipios de la Provincia de Sevilla en los que había corrido una Carrera: 0'9% (hoy día 35'2%).

Reto MARATONES DE ESPAÑA Y PORTUGAL
Completado Maratón en ANDALUCÍA.
En 2002 (año del primer Maratón corrido en Andalucía), % de Comunidades en las que había corrido un Maratón: 5% (hoy día 27'7%).

Reto PRINCIPALES CARRERAS DE ESPAÑA
Completado MARATÓN DE SEVILLA.
En 2002 (año del primer Maratón de Sevilla), % de Principales Carreras de España que había corrido: 4'6% (hoy día 25'5%).

Reto 7 MARATONES 7 CONTINENTES
Completado Maratón en EUROPA.
En 2002 (año del primer Maratón corrido en Europa), % de Continentes en los que había corrido un Maratón: 14'2% (hoy día 14'2%).

Reto MARATONES DE LA UE
Completado Maratón en ESPAÑA.
En 2002 (año del primer Maratón corrido en España), % de Países de la UE en los que había corrido un Maratón: 3'5% (hoy día 14'2%).