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27 de septiembre de 2025

CASTELLAR DE LA FRONTERA 2025

En primavera de 2011, María y yo fuimos a Cádiz a echar unos días con las niñas. Uno de ellos, se nos ocurrió que era muy buena idea ir a Gibraltar, por los que nos plantamos en la frontera sin dudarlo. Por aquel entonces, Julia tenía un año y Ana tres. En el paso fronterizo, los policías españoles, al mirar dentro del coche y ver a los dos micos, nos pidieron el libro de familia. Nosotros no habíamos caído en que nos iba a hacer falta, por lo que no lo llevábamos. En consecuencia, tuvimos que volvernos por donde habíamos venido. 

El caso es que, aquel día, nos vimos a media mañana en la Línea de la Concepción, sin saber adónde ir ni cómo aprovechar la jornada. En principio, no llevábamos preparado un plan B, pero pronto caí en que un amigo me había contado hacía poco, que en Castellar de la Frontera, cerca de La Línea, hay un castillo muy bonito, dentro de cuyas murallas vive gente. En 2011, ni María ni yo teníamos smartphones, ni nada parecido, así que, a la antigua usanza, cogí el mapa de carreteras del maletero, busqué Castellar, nos encaminamos hacia allí, y conseguimos llegar... a Castellar Nuevo


Lo que se ve en la foto no es desagradable, pero tampoco es pintoresco. Entonces, no acabé de entender qué cojones había pasado, porque lo que yo sabía de Castellar se limitaba a un comentario de un amigo, cazado al vuelo, no tenía manera de mirar Internet en ningún lado, y en el mapa ponía bien claro que aquello era Castellar de la Frontera, pero en ese lugar era evidente que no había castillos. Es verdad que podría haber preguntado, o que podría haber mirado el mapa con un pelín más de detalle, pero la realidad es que Ana y Julia iban ya hasta las narices de coche y estaban empezando a inquietarse, así que me di cuenta de que no iba a ser el día de ir a buscar la fortaleza, estuviera donde estuviera.

Unos días después de aquella fallida experiencia, ya sí me metí en Internet y descubrí que Castellar de la Frontera es un municipio que se divide en tres núcleos de población. Son La Almoraima, Castellar Viejo y Castellar Nuevo. Nosotros habíamos estado en este último, que es donde se encuentra el Ayuntamiento, y que, hoy por hoy, es lo que se suele llamar Castellar de la Frontera. El Castillo de Castellar, en cambio, es el eje del asentamiento primigenio del pueblo, que se denomina Castellar Viejo, y que dista unos cuantos kilómetros.

He tardado 14 años en volver a Castellar de la Frontera. Siempre lo había tenido en mente, pero no había visto el momento de hacerlo. A principios del verano, a María le hablaron de las excelencias del Hotel Casa Convento La Almoraima, que se encuentra en el término municipal de Castellar, y me regaló la estancia de una noche en ese alojamiento. Ella no se dio cuenta de que ya habíamos estado en Castellar Nuevo, pero yo sí vi que era la oportunidad perfecta para regresar a Castellar de la Frontera, a completar por fin la visita. 

Castellar Nuevo y su interesante origen

Castellar Nuevo es un asentamiento extraño, que tiene pinta de decorado de cine. Está conformado por un montón de casas que son muy similares. Se ve que la mayoría las construyeron a la vez, siguiendo un modelo común. Así, desde que uno entra en el pueblo, percibe que todo surgió de la nada en la misma época. Lo que pasa es que, a diferencia de otras localidades similares, que se planificaron de una forma cuadriculada, en Castellar Nuevo el trazado urbano es más o menos irregular. Me imagino que lo hicieron queriendo, para reducir un poco la sensación de artificialidad del lugar. Sin embargo, lo cierto es que lo consiguieron solo a medias, porque nosotros no vimos a nadie hasta que llegamos a la Plaza de la Constitución. La impresión de sitio irreal no me abandonó hasta que vislumbré esa plaza, que es donde se concentraba la gente, a pesar de que la amplia explanada aparezca vacía en la foto que pongo a continuación.


En Castellar Nuevo no hay desniveles, las calles son espaciosas y abundan las zonas verdes. Por resumir como se ha llegado a desarrollar un sitio de esas características, resulta que en 1939 se creó el Instituto Nacional de Colonización, con la intención de reestructurar y de reactivar el sector agrícola español. Este objetivo estaba muy relacionado con el plan de autarquía que el gobierno de Franco preparó, al acabar la Guerra Civil, para que España sobreviviese a la contienda sin necesidad de depender de terceros. En ese contexto, el Instituto Nacional de Colonización fue el órgano responsable de repartir a un montón de agricultores, de una manera un poco sistemática, por el territorio nacional, de cara a que pudieran sacarle partido a las tierras de labranza infrautilizadas que había. Con esa idea, se financió la edificación de una buena cantidad de asentamientos de nueva planta por todo el país. A ellos, se trasladaron las familias que se mostraron dispuestas a mudarse a cambio de una casa y de un trabajo en el campo. El primer pueblo de colonización erigido fue El Torno, que pertenece al municipio de Jerez de la Frontera. Su construcción se aprobó en agosto de 1943, y en menos de dos años se encontraba ya operativo. Tras El Torno, se crearon más de 300 localidades de repoblación hasta 1971, que fue cuando el Instituto Nacional de Colonización desapareció. Algunas fueron realmente agrandamientos de otras preexistentes, pero la mayoría surgieron de la nada. Castellar Nuevo, que se fundó en 1971, fue una de las últimas.


Por lo visto, el primer encargado de dirigir el Instituto Nacional de Colonización fue el arquitecto falangista Víctor D'Ors, que tenía una idea muy clara de cómo debían ser todos los pueblos que se erigieran. Parece ser que este señor era un tanto inflexible, lo que provocó que le destituyeran en 1943. El régimen necesitaba a gente más moderada al frente de los diseños de las nuevas poblaciones, por lo que, desde ese momento, le dio la potestad creativa a varios constructores. Estos, en muchos casos terminaron planificando asentamientos que son perfectos ejemplos vanguardistas del racionalismo constructivo, que fue la principal tendencia arquitectónica en el mundo en los años centrales del siglo XX. 


En España, los proyectos del Instituto Nacional de Colonización acabaron siendo un laboratorio de pruebas sensacional para los arquitectos.

El tema es que, en 1968, en Castellar Nuevo se dieron los últimos coletazos del programa de repoblación. Por aquel entonces, Castellar de la Frontera era un municipio de una notable extensión, que tenía dos núcleos habitados. El primigenio estaba ubicado dentro de las murallas y en los alrededores del Castillo de Castellar, y el otro había surgido junto a las instalaciones de la empresa corchera La Almoraima. Los residentes de la antigua fortificación sobrevivían sin luz ni agua, y en La Almoraima muchas de las viviendas eran simples chabolas. Precisamente, fue a La Almoraima a quien el Instituto Nacional de Colonización le expropió las 700 hectáreas de terreno que se usaron para erigir el nuevo asentamiento, y para roturar parcelas para los colonos. En 1971, Castellar Nuevo estuvo terminado, y hasta allí se trasladaron la gran mayoría de los vecinos del original asentamiento de Castellar, que empezó a ser conocido como Castellar Viejo. Por tanto, en este caso el grueso de los desplazados no vino de lugares lejanos, sino del entorno del Castillo de Castellar, que fue casi abandonado. 

La segunda juventud del Castillo de Castellar

En 1971, la fortaleza de Castellar de la Frontera estaba destinada a sufrir una inevitable degradación, ya que en sus modestas viviendas, salvo alguna excepción, no quedó nadie. Sin embargo, casi sobre la marcha, salieron a escena una serie de personas, que le dieron un inesperado giro de tuerca a la historia del castillo. En efecto, en 1967, 1968 y 1969, a la vez que alcanzaba su cenit en EEUU, el movimiento hippie había dado el salto a Europa, de manera que el viejo continente se había llenado de un considerable número de jóvenes de origen burgués, que se habían entregado a un modo de vida contracultural y ajeno a lo establecido. En 1971, a unos cuantos de ellos, naturales de distintos puntos de Alemania, de Reino Unido, de España y de Países Bajos, el recién despoblado Castillo de Castellar les pareció un sitio perfecto para acomodarse. Lo que se formó entonces allí no fue exactamente una comuna. Fue, más bien, un asentamiento de gente con un proyecto vital similar. Tras la progresiva adquisición de las casas, los nuevos pobladores las arreglaron, de acuerdo con sus necesidades, y durante unas décadas el enclave ha sido una pintoresca aldea, habitada por una curiosa comunidad de herederos del hippismo primigenio. Lo bueno es que eso ha contribuido a la conservación del lugar, al que se llega después de conducir un rato por una endemoniada carretera, que atraviesa una zona campestre deshabitada.

Por esa carretera, nosotros fuimos a ver el Castillo de Castellar a última hora de la tarde del sábado. Esta vez no hubo dudas de lo que buscábamos. Arriba, dejamos el coche en una explanada que han habilitado extramuros, y subimos a pie el trecho final del camino.


Antes de llegar al Arco de la Villa, que es el sitio por el que se puede atravesar la puerta de la fortaleza, nos cruzamos con dos hippies alemanes bien entrados en años, que venían andando por la carretera, no se sabe desde dónde. Uno de ellos iba caminando descalzo por el asfalto, como si la vida no fuera con él. Aquello me pareció la mejor tarjeta de presentación de Castellar Viejo. Pese a esto, dicen que el ambiente allí ya no es lo que era. Ahora, los verdaderos bohemios escasean en las casas de la fortificación, y los alojamientos rurales han proliferado por todos lados. Digamos que la fama ha acabado un poco con la autenticidad del lugar, pero, no obstante, en mi opinión el Castillo de Castellar está lejos de asemejarse a un parque temático. De momento, conserva su sabor.


Además, a mí me habían dado a entender que dentro de los muros del castillo había cuatro casas, y no es verdad, como se puede comprobar en el siguiente plano, que es magnífico.


Como se puede ver en la imagen, al Castillo de Castellar se accede por el norte, por la única parte en la que uno tiene la impresión de estar entrando en un recinto fortificado.


Luego, se empieza a callejear y se pierde un poco la noción de estar dentro de un castillo, ya que durante mucho rato no se ve la muralla, ni se camina por ningún adarve. Eso sí, no se dejan de ver esquinas y rincones que se merecen una foto. 



El sitio más pintoresco de todo el pueblo es el Balcón de los Amorosos. Se trata del único lugar público de la fortaleza en el que uno puede asomarse desde la muralla. Desde él, las vistas del Embalse de Guadarranque y de sus alrededores son sensacionales.



En definitiva, el Castillo de Castellar está compuesto por un entramado de calles preciosas y cuidadas, por las que merece la pena deambular durante un rato. En la población, hay ya más alojamientos rurales y turistas que hippies, pero no es un lugar que parezca impostado. A mí me gustó mucho.

La cena del sábado... y la comida

Nosotros subimos al Castellar Viejo con la intención de cenar algo tras el paseo, pero nos encontramos conque no es un lugar donde haya demasiada oferta culinaria. Allí, las opciones se limitaban a un restaurante de más postín del deseado, a la desierta cafetería del único hotel que hay en el Castillo, y a un pequeño bistró situado extramuros, en el que había, dentro una ruidosa actuación musical en su punto álgido, y fuera una serie de parejas alemanas de mediana edad muy animadas, pero también muy borrachas. Ninguno de los tres sitios nos llamó ni mínimamente.

Dado que cenar en Castellar Viejo no era una opción, decidimos regresar a Castellar Nuevo, a ver qué nos encontrábamos. Allí, acabamos en el Pub Los Naranjos, que me encantó por cuatro razones. Primero, porque tenía una terraza exterior, en la cual estuvimos tranquilos y relajados. Además, la chica que nos atendió resultó ser eficiente y amable. También disfruté de la comida, pero, por encima de todo, lo que más me gustó fue que me di cuenta de que aquel era el sitio de referencia de los vecinos de Castellar, a la hora de salir el sábado a picar algo. 

Realmente, lo de cenar en un bar de copas fue extraño, porque lo cierto es que el Pub Los Naranjos lo era, de puertas para adentro. Lo que pasa es que tenía fuera la agradable terraza mencionada, y, aparte, no solo contaba con cocina, sino que esta daba por atrás a la zona de las mesas exteriores. El tema es que, en esa salida trasera de la cocina habían puesto una barra portátil, por la que despachaban pizzas para llevar, y por la que también sacaban lo demás que ofertaban en la carta. Aquello era un rudimentario apaño, porque, para ir al baño, se entraba en el pub por las buenas, pero, como digo, me comí un churrasco de pollo que estaba muy bien hecho, la camarera fue un encanto, y nos juntamos allí con la verdadera gente del pueblo. Yo no pedía más.

He de añadir que habíamos comido a mediodía en otro restaurante de Castellar Nuevo, llamado Restaurante Virgil, que tampoco me decepcionó. En él, la experiencia fue diferente, porque este negocio es la referencia en todos los alrededores para darse un buen homenaje de sábado, por lo que vimos. En consecuencia, en su terraza no cabía un alfiler, con la cosa de que los dos camareros encargados de la logística habían petado un poco. A ambos se les veía sobrepasados, pero no lo reflejaban con nervios, sino que estaban en shock, hasta el punto de que, las dos veces que me dirigí a ellos para que me anotaran en la lista de espera de los sitios, me miraron como si fueran Homer Simpson, se dieron la vuelta y no hicieron nada. Junto a mí, había más personas que tenían reserva y que querían sentarse. Sin embargo, los dos chavales sacaban platos y recogían el menaje sucio, pero, cuando llegaba el momento de mirar el cuaderno y de cuadrarlo con los puestos que se iban vaciando, se quedaban mirando las hojas como pillados y no reaccionaban. La cosa avanzaba a trancas y barrancas. El tema es que el asunto pintaba mal para nosotros, porque el resto de Castellar era un desierto, como dije antes, pero, por fortuna, María afinó el instinto y tuvo el ojo de darse cuenta de que dentro había una barra con clientes tapeando, así como una sola mesa con dos plazas, que se encontraba vacía.
 

En vista de eso, fue a preguntar, y se dio cuenta en seguida de que la que partía el bacalao en Virgil era la camarera de la barra. La chica nos dijo que nos podíamos sentar en la mesa y que, para tapear, nos atendía desde su puesto. Nosotros no necesitábamos más. Tampoco teníamos prisa, de manera que no atosigamos a la chavala, que era la que estaba haciendo de enlace entre la cocina y lo que se pedía en el exterior. Sin pisar la terraza, controlaba las comandas de una forma increíble. Fuera, lo que no funcionaba era lo que físicamente no alcanzaba a dirigir. El resto, marchaba gracias a ella. Además, ponía las bebidas y servía el mostrador, con la cosa de que todo lo hacía con eficacia, con un talante agradable y a buen ritmo. La hostelería es una profesión especializada, no el refugio de los que no valen para nada y no saben qué hacer con su vida, y ahí se volvió a demostrar. 

Una vez que nos sentamos a comer, yo desconecté, y no sé como se arregló el cierto descontrol con los sitios que había en la terraza. Nosotros almorzamos tranquilamente, y cuando acabamos nos fuimos. Además, en general, lo que nos sirvieron me gustó.

El hotelazo que nos hizo ir a Castellar

El Hotel Casa Convento La Almoraima tiene 4 estrellas, es decir, su nivel de exclusividad no es exagerada. No obstante, su historia es tan notable como la de cualquier establecimiento de la cadena Paradores.



Lo de que el Hotel La Almoraima esté en un convento en desuso no lo hace destacar especialmente, porque hay muchos establecimientos hoteleros que aprovechan las instalaciones de antiguos cenobios. Este, sin embargo, cuenta con la particularidad de que está en la Finca La Almoraima, que tiene una trayectoria bastante curiosa.


La Finca La Almoraima es la segunda más grande de España. Su superficie es de 14.113 hectáreas, por lo que estamos hablando de un señor latifundio. Por poner esa cantidad de tierras en contexto, solo hay que decir que en España hay 8.133 municipios, y que 7.366 tienen un término que es menor que La Almoraima


A mí, lo de que una porción tan grande de campo sea de una sola persona no me da muy buen rollo, pero, en este caso, lo cierto es que todo pertenece al Estado español desde 1982. La historia de cómo terminó esa heredad convertida en terreno público comenzó en 1434, año en el que fue conquistada para Castilla por las tropas que dirigía Juan Arias de Saavedra. Este gentilhombre, a raíz de su triunfo se erigió en señor de aquel feudo. Con el paso de los siglos, sus descendientes se emparentaron bien, hasta el punto de que entroncaron con la casa de Medinaceli, que es, seguramente, la segunda casa nobiliaria más importante de España, tras la casa de Alba. Por tanto, los duques de Medinaceli acabaron siendo propietarios de la inmensa finca, que abarca el 77'88% de lo que hoy es el municipio de Castellar de la Frontera, así como un trozo del de Los Barrios y otro del de San Roque.


El devenir de la finca no tuvo nada de particular durante muchas décadas, pero los acontecimientos dieron un giro en 1973, cuando el jerezano José María Ruiz-Mateos compró La Almoraima a los duques de Medinaceli, lo que implicó que esta pasó a estar integrada en Rumasa. Por poner en contexto el remate de la historia, hay que decir que Ruiz-Mateos fundó Rumasa en 1961, y convirtió esa sociedad, en 20 años, en el mayor holding de España, gracias a su habilidad, como no, pero también gracias a que era miembro supernumerario del Opus Dei y a que tenía interesantes contactos entre los que mandaban en época de Franco. El caso es que Rumasa creció tanto, que acabó siendo un peligro para la economía del país, ya que daba trabajo a 60.000 personas y generaba el 1'8% del PIB nacional. En 1983, Rumasa agrupaba, oficialmente, unas 400 empresas, en las que se incluían 18 bancos. Eso significa que controlaba cerca del 25% del mercado bancario español. 

Sin embargo, el mayor problema de Rumasa no era su tamaño, sino el reguero de deudas que iba dejando, la escasa confianza que provocaba el modus operandi de Ruiz-Mateos, el cierto descontrol en la gestión que translucía este, así como la opacidad con la que se manejaba, amparado por el poco control fiscal que había en aquellos tiempos y por sus provechosos apoyos. La cosa era que el rastreo de las finanzas de la sociedad de Ruiz-Mateos era imposible de seguir, sobre todo porque él no permitía auditorias externas, pese a que los informes del Banco de España se hacían eco de las dudas que suscitaba su heterodoxa política empresarial, e indicaban que Rumasa ponía en riesgo la estabilidad de España. La realidad era que la corporación era un gigante con pies de barro y una especie de agujero negro incontrolado, valorado en 300.000 millones de pesetas de la época, que tenía suficiente entidad como para arrastrar al resto de la economía española si quebraba. En 1982, con la llegada del PSOE al poder, el gobierno intentó poner algo de orden en ese disloque, pero Ruiz-Mateos no se avino a razones, por lo que, al final, le quitaron la macroempresa sin más. 

La historia de Rumasa y de Ruiz-Mateos no había acabado, como es lógico. De hecho, el empresario se convirtió en una figura pública muy pintoresca, lo que no evitó que fundara otro holding y modernizara las estrategias para ganar dinero a manta de manera oscura, mientras peleaba en los juzgados para que le devolvieran lo que él decía que era suyo. No obstante, lo que nos atañe a nosotros ahora, es que la Finca La Almoraima pasó a ser del Estado cuando Rumasa fue expropiada. Hoy día, ese extenso latifundio es un bien público, que está administrado por el Organismo Autónomo Parques Nacionales, el cual se adscribe en la actualidad al Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

El caso es que, dentro de la Finca La Almoraima había un edificio religioso, denominado Convento de San Miguel, que se había construido en 1603 junto a una torre de vigilancia de época musulmana y a una ermita, la cual databa de 1526. Esta se había integrado como capilla del monasterio al erigirse este. 


En el Convento de San Miguel vivieron frailes hasta que el cenobio fue desamortizado en 1839. La expropiación implicó que el inmueble dejó de pertenecer a la Casa de Medinaceli durante un tiempo. Esta, tras años de litigios, consiguió recuperar su posesión en 1865, pero los monjes no volvieron. Poco después, el duque de turno acometió la remodelación del edificio, transformándolo en un palacete que sirviera de base para organizar monterías por la gran finca. Así, convertido en casa-palacio, el antiguo monasterio vio pasar lo que quedaba de siglo XIX y todo el XX. En 2010, cuando estaba ya en manos estatales, en él se inauguró el Hotel Casa Convento La Almoraima.


Ni María ni yo somos de los que van a los hoteles y no salen de ellos, pero reconozco que, en este caso, al ver el Hotel Casa Convento La Almoraima optamos por cambiar los planes que teníamos para el domingo, con la idea de sacarle todo el jugo posible a sus instalaciones. Para empezar, por la mañana nos marcamos una ruta por el Sendero de la Duquesa, que no abandona los límites de la Finca La Almoraima. El itinerario es circular y solo mide 1.608 metros. 


La Finca La Almoraima da para hacer senderismo del modo más exigente, pero la ruta que han apañado por los alrededores del hotel nos permitió conocer el entorno sin palizas. Además, dado que este, y el 90'4% de la finca, están en pleno Parque Natural de los Alcornocales, que eso no lo había comentado, pues fue chulo caminar bajo los alcornoques, los quejigos y los acebuches que caracterizan ese precioso territorio protegido.


Después del paseo, nos quedamos a comer en el magnífico Restaurante La Gañanía, que es el restaurante del hotel. El tema fue que, por la mañana, cuando habíamos decidido lo que íbamos a hacer, quisimos reservar, pero nos dijeron que ya iba a ser complicado. Por fortuna, como habíamos estado alojados allí, nos ofrecieron que podíamos almorzar a las 13:30, antes que nadie, y dijimos que sí. Fue un acierto, sin duda, porque dejaron que nos sentáramos en la mejor mesa de todas.


El nombre del restaurante me resultó curioso, porque una gañanía es un conjunto de gañanes. Sin duda, es una denominación original.


Lo cierto es que pasamos un rato muy bueno comiendo en La Gañanía. Por último, de nuevo nos volvimos a beneficiar de que habíamos estado alojados en el Hotel Casa Convento La Almoraima, porque nos dieron la posibilidad de echar unas horas en su magnífica piscina, y no la desaprovechamos.



Yo soy muy de secano, siempre lo digo, pero eché en esa piscina una tarde sensacional. En primer lugar, se estaba de maravilla a la sombra, por lo que me eché la siesta y no me moví de la hamaca en mucho rato. Aparte, estuvimos casi solos. Al final, incluso me di un chapuzón. Así da gusto.

Antes de acabar, tengo que decir que, en la explanada trasera del Hotel Casa Convento La Almoraima se celebró, durante todo el fin de semana, la primera edición del Mercado Artesanal La AlmoraimaEl evento fue un éxito de tal calibre, que sorprendió a los propios empleados del hotel con los que yo hablé. 


En efecto, tanto el domingo a última hora de la mañana, como el sábado por la tarde, que fue cuando yo me acerqué, la zona de puestecillos estuvo hasta la bola, la barra que habían montado en el lado de la explanada que pegaba con el hotel también, y las actividades paralelas que se planificaron tuvieron un éxito que ni los organizadores esperaban. La gente del entorno se volcó con el evento, cosa de la que yo me alegro. 


La principal particularidad del Mercado Artesanal La Almoraima fue que estaba ambientado en 1915, año en el que la Reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII, visitó la Finca La Almoraima. Por lo visto, en 1911 Luis Fernández de Córdoba, que era el duque de Medinaceli por aquel entonces, se había casado con Ana María Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos (ahí es nada...), la cual era dama de la reina. Eso explica por qué Victoria Eugenia de Battenberg se dejó caer por La Almoraima en 1915.

Debido a ese hilo conductor, tanto los que habían montado los puestos, como los responsables de las actividades paralelas, iban vestidos como si fueran insignes ciudadanos de principios del siglo XX. Nosotros, le echamos un vistazo al mercado, nos tomamos una cerveza en la barra, y nos unimos a una ruta guiada por las instalaciones del hotel y por sus alrededores. La misma la condujo una voluntariosa chica, que se esforzó por poner en contexto el edificio. No obstante, incluso el más avezado guía turístico hubiera sufrido para dinamizar una visita en la que se juntaron medio centenar de personas, por lo que la joven, que tenía muy pocas tablas, se las vio y se las deseó para contar lo que llevaba preparado y que viéramos algo. Por eso, después de un rato, María y yo decidimos aligerar el nutrido grupo y nos fuimos ya a Castellar Viejo.

En definitiva, los dos días en Castellar de la Frontera fueron un bálsamo. La segunda mitad del verano ha tenido un punto complicado, y el otoño se presenta intenso, por lo que necesitaba esta breve desconexión. Eso sí, nos quedamos sin ir a Gibraltar, que era el plan original para el domingo, a pesar de que estaba tan cerca, que se veía el Peñón desde el Castillo.


Lo de ir a Gibraltar continúa pendiente, pero no va pasar mucho tiempo antes de que salde esa cuenta. Seguiremos informando...


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CASTELLAR DE LA FRONTERA.
En 2011 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 45'5% (hoy día 59'1%).
En 2011 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 16'6% (hoy día 22'4%).


16 de agosto de 2025

SAN NICOLÁS DEL PUERTO 2025

San Nicolás del Puerto tiene unos 600 habitantes, que se reparten entre dos núcleos de población. En el principal, que es el que da nombre al municipio, viven algo más de 500 personas.


El pueblo de San Nicolás del Puerto está vertebrado por la SE-163, que corta su pequeño casco urbano por la mitad. En el sur de la localidad, esa vía se orienta de sureste a noroeste. En ese tramo, que también se denomina Avenida del Huéznar, a ambos lados la carretera solo hay una hilera de casas. 


Sin embargo, en un momento dado, a la altura del lugar donde se encuentra el edificio del Ayuntamiento, la carretera pasa a llamarse Calle Real, cambia de orientación, y continúa con una trayectoria sur-norte.


En este último tramo, el pueblo se engrosa, y la SE-163 pasa a tener una calle paralela a cada lado, con la cosa de que, entorno a la del oeste, que se denomina Calle Tinado, es donde está ubicado el meollo de San Nicolás.


Hasta hace unos años, el extremo sureste del casco urbano lo marcaba una gasolinera. Más allá, solo había una hilera de casas aisladas, que se asomaban a la Vía Verde de la Sierra Norte, y unas instalaciones deportivas, que estaban ubicadas en mitad de la nada. En un momento determinado, a continuación de la gasolinera se construyeron 44 nuevas viviendas unifamiliares, que han hecho que el campo de fútbol y las otras pistas para hacer deporte estén menos apartadas. En esa urbanización, en el adosado que, a día de hoy, se encuentra en los confines del pueblo por ese lado, he pasado el último fin de semana.
 
                


Dado su reducido tamaño, es normal que haya tenido tiempo de explorar todos los rincones de San Nicolás del Puerto en un par de días. Es verdad que no entré en la Iglesia de San Sebastián, pero sí volví a echarle un ojo al Crucero de Piedra, al Puente Romano y al Nacimiento del Río Huéznar. También me bañé de nuevo en la Playa de San Nicolás del Puerto y recorrí la gran mayoría de calles de la población que no conocía de mis anteriores visitas. Eso me permitió ver el exterior de la Casa Natal de San Diego de Alcalá y lo que queda de una fortaleza, que parece ser que es de época musulmana. 


Como se puede ver en la foto, lo que queda del Torreón es francamente poco y está muy mal conservado.

Un par de lugares de interés limitado

Pues sí, lo cierto es que no creo que nadie deba ir a San Nicolás del Puerto a ver el Torreón o la Casa Natal de San Diego. Una cosa es que uno esté en el pueblo, tenga la oportunidad de darse un paseo y vaya a echarles un vistazo, pero no son sitios que se puedan recomendar.

A propósito del Torreón, ese montón de ladrillos comido por la maleza, que corta la acera e invade la calzada, es lo que sobrevive de una fortaleza que parece que se erigió en ese lugar en la Edad Media, pero que no se puede decir ni que esté medio conservada. Supongo que los restos siguen ahí, porque costaba más trabajo quitar el mogollón rocoso, que usarlo como trozo de valla. Realmente, si lo que queda del Torreón supera los ocho siglos, da un poco de lástima verlo así.


No hay ni una sola referencia in situ de lo que era el Torreón, y en Internet se repiten hasta la saciedad las dos mismas frases, que pasan de una web a otra sin reparo, y que yo no voy a reproducir, porque no tienen ni un mínimo de base histórica. Yo me quedo conque era una torre de vigilancia, que se erigió en un cerro en época islámica, y con eso me aseguro de que no meto la pata.

Con respecto a la Casa de San Diego de Alcalá, sí es verdad que me llamó la atención que el célebre franciscano naciera de San Nicolás del Puerto. No lo sabía. Por lo visto, durante muchos años fue Diego de San Nicolás, pero el hombre murió en Alcalá de Henares en 1463 y allí permanece incorrupto, por lo que se le ha pasado a conocer como San Diego de Alcalá en el santoral. Parece ser que el religioso viajó bastante, y llegó a ser popular en vida, pero fue después de morir cuando su fama creció de forma exponencial, ya que Felipe II, que era muy supersticioso, atribuyó a su cadáver la curación de su hijo Carlos, que debía heredar el trono de España a su muerte, y que tuvo un grave accidente, estando precisamente en Alcalá de Henares. No creo que la momia de fray Diego tuviera demasiado que ver, pero el caso es que el príncipe Carlos sanó, y, a raíz de eso, su devoto padre inició una campaña para que canonizaran al fraile, cosa que logró en 1588. El hecho de ser uno de los santos favoritos del hombre más poderoso de la tierra, hizo que se disparara la popularidad de San Diego de Alcalá, que es el nombre que se le quedó. Por ello, en 1613 Lope de Vega lo hizo protagonista de una comedia en verso, y, a partir de ahí, fue retratado por Zurbarán, por Ribera, por Murillo y por Alonso Cano, entre otros, lo que selló para siempre su inmortalidad. 

El tema es que se sabe muy poco de como fue vida de San Diego de Alcalá cuando era joven, y eso ha eclipsado su origen sevillano. San Nicolás del Puerto en 1400 debía ser una aldea minúscula, lo cual hace que, lo que se considera en la actualidad la Casa Natal de San Diego sea un lugar claramente adaptado. Quizás, ha trascendido el sitio exacto donde estaba la verdadera vivienda en la que vino al mundo el niño Diego, pero es evidente que no queda ni rastro de ella.


Eso sí, la Calle San Diego tiene su encanto, y el recodo adonde se asoma la casa en la que se dice que nació y pasó su humilde infancia el futuro santo, es un rincón precioso de San Nicolás del Puerto, que está muy cuidado.


Las verdaderas atracciones de San Nicolás del Puerto

Más allá de los dos puntos concretos de los que he hablado, los ítems verdaderamente interesantes que se pueden visitar en San Nicolás del Puerto son el Puente Romano y la colindante Playa de San Nicolás del Puerto, así como el Nacimiento del Río Huéznar. Esos ya sí que son lugares de un cierto interés.

Con respecto a la playa, ya conté en 2019 que es mejor no esperar encontrarse allí la Playa de Bolonia. No hay que olvidar que estamos hablando de un pueblo que se ubica en plena Sierra Norte. En realidad, la Playa de San Nicolás del Puerto no es más que un tramo del Río Galindón, en el que se han instalado unas compuertas, que se cierran y embalsan el agua de junio a septiembre, formando una piscina natural. Los márgenes de la misma se han habilitado, y eso hace posible que la gente se pueda refrescar en ella en los calurosos días de verano.



En la Playa de San Nicolás del Puerto hay que tener cuidado a la hora de meterse en el agua, para no resbalar con la verdina y acabar malparado. Por otro lado, tampoco es lo mismo extender la toalla en el cemento de su orilla, que en una verdadera playa marina. No obstante, me agradó regresar y pasar un buen rato de la tarde del sábado al borde del Río Galindón. En 2016, fui a la Playa de San Nicolás un domingo de agosto, en hora punta, y me quedé con una visión equivocada del lugar. Esta vez, estuve mucho más a gusto. Además, el enclave estrella del pueblo está justo allí. Se trata del Puente Romano.


La pregunta del millón es sí queda algo del puente original que construyeron los romanos en ese lugar, hace cientos de años. Por lo que parece, lo que se ha mantenido es el emplazamiento y el aspecto, pero lo que se ve hoy en día es del medioevo.

En realidad, como se puede comprobar, más que por tener sitios concretos destacados, San Nicolás del Puerto es un pueblo chulo para ser paseado. Yo lo fui recorriendo por partes, y, al final, creo que no me dejé prácticamente ninguna calle importante sin ver. 



Otra cosa que hice fue comer y cenar en dos de sus bares. Uno de ellos es una especie de chiringuito, que se encuentra cerca de la entrada del pueblo, y que se asoma al bosque en el que está enclavado el Nacimiento del Río Huéznar.


En ese negocio yo ya había estado tomando café en 2019, aunque ha cambiado de nombre ligeramente. En efecto, hace un lustro se llamaba Bar El Venero, y ahora ha sido rebautizado como Dame Venero Bar. En cualquier caso, cenamos allí en familia la noche del viernes. Fue un rato sensacional.

Al día siguiente, para almorzar nos fuimos hasta la Plaza de España, que, como es evidente por el nombre que tiene, es el corazón de San Nicolás. La Calle Tinado, que dije antes que es la vía entorno a la cual se ubica el meollo del pueblo, se asoma a ella. 


En la Plaza de España hay un bar, que se llama Bar La Plaza. No se trata de un sitio selecto. De hecho, había bastante follón en él, pero nosotros también éramos muchos y nos encontraron un hueco, en el que estuvimos de lujo. Lo cierto es que comimos muy bien.

Para acabar, tengo que decir que San Nicolás del Puerto es el segundo municipio menos poblado de Sevilla, pero que, a la vez, cuenta en su término con dos de las atracciones naturales más señeras de la provincia. De una de ellas voy a hablar en el siguiente post.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado SAN NICOLÁS DEL PUERTO.
En 2004 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 22'8% (hoy día 67'6%).
En 2004 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 8'1% (hoy día 22'4%).


4 de marzo de 2025

ARCOS DE LA FRONTERA 2025

Arcos de la Frontera es como Ronda, en el sentido de que es un pueblo que aúna un tamaño aceptable, con un emplazamiento natural espectacular, y con un entramado urbano histórico precioso y muy bien conservado. Por ello, es un destino turístico de primer nivel. En efecto, a él acuden personas de toda Andalucía, además de una buena cantidad de españoles, e incluso de extranjeros. Al igual que Ronda, está enclavado en un territorio de forma poligonal, cuyos vértices son Sevilla, Córdoba, la costa de Cádiz y la de Málaga, pero, en vez de haber quedado opacada en mitad de la nada, por el brillo de esos gigantes del turismo, Arcos de la Frontera ha sabido hacerse un hueco y construirse un nombre propio. Sin embargo, esto no significa que haya tenido que convertirse en una especie de parque temático. En Arcos, el otro día comprobé que la esencia no se ha perdido.



Hay que reconocer, no obstante, que María y yo fuimos a Arcos de la Frontera en un momento muy propicio. En efecto, el primer día era laborable, y el siguiente salió lluvioso. Si a eso le sumamos que estamos en invierno, pues da como resultado que pasamos en el pueblo gaditano un par de jornadas en las que no estuvimos solos, pero en las que disfrutamos de aquello con un grado de tranquilidad considerable. Basta con decir que, ni para cenar el jueves, ni para almorzar el viernes, tuvimos que reservar sitio, y que ambas comidas las hicimos en dos bonitos restaurantes. En ambos casos, fue llegar y encontrar mesa. Además, nos trataron con cercanía y pagamos poco. Para nada nos sentimos como turistas.

El primero de los restaurantes se denominaba Taberna Jóvenes Flamencos, y su decoración era un canto al tipismo. A mí no me gusta el flamenco, pero tengo que admitir que cada vez lo siento como algo más cercano a mí cultura. Tampoco soy religioso, ni mucho menos taurino, pero me resulta familiar entrar en un bar lleno de imágenes de vírgenes y de cristos. Ni siquiera me choca ver una cabeza de toro en la pared. En la Taberna Jóvenes Flamencos, por tanto, me sentí como en casa.


Con esa pinta y estando en la Calle Dean Espinosa de Arcos de la Frontera, podría pensarse que la Taberna Jóvenes Flamencos era una trampa para guiris, pero lo cierto es que no era así, como he dicho. Además, ofrecían la posibilidad de probar recetas de la gastronomía típica arcense, y yo es lo que hice. En concreto, cené un plato de Abajao.


El Abajao está compuesto de pan, espárragos, patata, cebolla, tomate, pimiento, ajo, aceite y sal. En origen, era un plato de agricultores, en el que se aprovechaba todo lo que había. Ya entonces, los más pudientes le echaban huevo, y así me lo pusieron a mí. Me gustó mucho. Al día siguiente, comimos en el Bar San Marcos, que también me encantó, por su relación calidad-precio, por la amabilidad de su servicio, y por el ambiente del comedor.


Como contrapunto, el primer día almorzamos en el Asador Bar Andalucía, que está junto a un polígono industrial, a la entrada de Arcos. Lo cierto es que salimos de Sevilla tarde, de manera que llegamos a nuestro destino a una hora en la que la necesidad de llenar el estómago ya era patente. Por ello, antes de hacer el check in en el hotel, y sin ponernos a callejear por el pueblo, nos metimos a comer en un sitio al azar. Lo curioso, es que el Asador Bar Andalucía parece ser un restaurante tradicional con una trayectoria dilatada, pero ahora lo regentan unos chinos. Estos, incluso han filtrado unos cuantos platos de su tierra en la carta, aunque la mayoría de la oferta sigue siendo la típica de un bar restaurante poligonero. Yo, sin ir más lejos, me tomé un bocadillo de pollo, tomate y lechuga. Sin embargo, lo de ver un bar de carretera español servido por orientales tuvo un impagable punto surrealista.

Tras esa primera toma de contacto con Arcos de la Frontera, ajena por completo a los estándares turísticos, ya nos metimos de lleno en la parte monumental del pueblo, y nos dirigimos a nuestro hotel, que era el Parador, nada más y nada menos. Cuando era niño, comí en su restaurante con mis padres una vez, pero no había vuelto.


Con el de Arcos, ya he pernoctado en 26 de los 98 Paradores de Turismo que hay (de ellos, en Tordesillas, en Soria y en Salamanca me he alojado dos veces, y en Zafra tres). Los establecimientos de la cadena Paradores siempre intentan destacar por algo, y este sobresale por su ubicación, al borde de la Peña de Arcos. Nosotros no tuvimos la suerte de dormir en las habitaciones que que se asoman al talud, pero nuestras ventanas daban a la Plaza del Cabildo, por lo que no me quejo. Además, desde el salón donde desayunamos sí se divisaba la campiña desde lo alto.


Por desgracia, como el día estaba muy lluvioso, no pudimos desayunar en la terraza, pero después sí nos asomamos al cortado. 



Desde el nivel superior de la terraza del Parador, contemplamos unas vistas espectaculares, que compensaron el hecho de que estuviera cerrada por obras la Plaza del Cabildo. Efectivamente, al Mirador de la Peña Nueva esta vez no pudimos asomarnos, pero disfrutamos de la misma perspectiva desde el Parador.



María y yo tuvimos ocasión de recorrer Arcos de la Frontera con detenimiento, pero antes de relatar lo que vimos, es menester explicar por qué este pueblo es tan especial. El mismo tiene 22.000 habitantes, y se ha extendido bastante, pero su parte más antigua está emplazada encima de un enorme peñón, que sobresale en mitad de una gran llanura, y que, a lo largo de millones de años, ha sido limado por el Río Guadalete, tanto por el norte, como por el sur. En la siguiente foto satélite, se ve como el río llega hasta el espolón rocoso y lo bordea, trazando un amplio meandro que encierra una zona menos abrupta, por la que se ha expandido la población, y que se denomina Barrio Bajo (se muestra dentro del círculo verde).


Debido a la acción erosiva del río, el peñón se ha estrechado mucho en su parte más alta (está marcada con una flecha azul en la imagen).

Por su lado, el casco antiguo de Arcos lo he rodeado con un círculo azul. En él, el epicentro es la citada Plaza del Cabildo, que se encontraba un poco desmejorada por las obras, que según parece se están alargando más de la cuenta, pero que sigue siendo el punto de referencia y el lugar adonde dan varios importantes edificios arcenses, entre ellos el Parador y la Basílica de Santa María de la Asunción. También el Castillo, que es privado y que no se puede visitar, salvo un par de días al año, y de manera muy limitada.



El caso es que Arcos tiene dos amplias zonas modernas, una a cada lado del casco histórico, pero es este el que concentra el mayor interés. Nosotros, la tarde y la noche del primer día ya nos dimos un paseo por él, por lo que disfrutamos de una visión muy pintoresca de su entramado de callejuelas.


No obstante, queríamos sacarle todo el jugo a la población, y para ello es indispensable que alguien que sepa ponga sus rincones en contexto. Por eso, contratamos un tour con la empresa Arcos Tour. Fue un acierto, porque un guía llamado Manuel nos condujo durante dos horas por la zona histórica de la localidad, contándonos un montón de cosas. La visita fue casi personalizada, porque la mañana amaneció lluviosa, por lo que la mayoría de la gente que la tenía reservada por lo visto se rajó. A la cita, solo acudimos nosotros y otra pareja. Luego, resultó que no cayó tanta agua, por lo que pudimos pasear sin problema por las calles arcenses, que estaban muy tranquilas. Manuel, además, era de Arcos, por lo que hizo algo más que soltarnos un rollo aprendido. Teniendo en cuenta la cantidad de gente que saludó, es evidente que ha vivido su pueblo con intensidad.

La ruta la comenzamos en la Cuesta de Belén, que es la empinada calle que conduce, desde la parte noroeste de Arcos, hasta el mismo meollo de su casco histórico. Siguiendo el sentido de la pendiente, subimos a la roca, visitamos los principales emplazamientos del centro, y descendimos un poco por el otro lado, hasta llegar al Mirador de Abades, que se asoma al Barrio Bajo.


En nuestro recorrido, pasamos por un buen número de vistosas calles del centro, y vimos por fuera los edificios más destacados.


Gracias a Manuel, nos enteramos de un montón de curiosidades. Una que me llamó mucho la atención, es que la pendiente de la Cuesta de Belén fue atenuada en 1852, año en el que se derribó la Puerta de Jerez, que era una de las tres que tenía la villa desde la Edad Media. El caso es que, al echarse abajo la citada puerta, se aprovechó para moderar la inclinación de la vía, lo que provocó que quedaran elevados los portones de las casas que estaban en el tramo en el que se rebajaron la calzada y las aceras. Desde entonces, hay viviendas y palacios de la calle que se han construido enteros, a esa nueva altura, pero se ven otros en los cuales se han mantenido las entradas, y lo que se ha hecho ha sido construir escaleras en los zaguanes, así como adaptar las portadas, como se ve en la foto que pongo a continuación. 


Antaño, el nivel del suelo estaba donde acaba la portada de piedra del palacete de la izquierda, y la entrada se ajustaba al marco. Tras la obra de ingeniería, se bajó el portón, se le añadió a las jambas la parte encalada, y se construyó un panel entre el dintel primitivo y la nueva puerta, en el que se puso un azulejo decorativo. Jamás me habría fijado si no me lo hubieran dicho.

Otra curiosidad que Manuel nos explicó, es la del significado del Círculo Mágico que se encuentra delante de la Puerta del Evangelio de la Basílica de Santa María de la Asunción. Se trata de un vestigio de la etapa musulmana de la población, creado en su día por los sufíes, que son los practicantes de una corriente del islam que tiene tendencia al ascetismo, que potencia la espiritualidad, y que tiene una importante base esotérica.  


Por lo visto, en época musulmana el Círculo Mágico se encontraba dentro de la mezquita de la villa, pero, tras la reconquista, dado que parecía claro que iba a ser destruido al convertir la mezquita en iglesia, los que creían en sus propiedades mágicas lo trasladaron, piedra a piedra, al exterior del recinto, con el objetivo de hacerlo pasar por un adorno del suelo. Tuvieron éxito, porque ahí sigue. Manuel nos contó que hay gente que sigue acudiendo allí para beneficiarse de las energías telúricas y cósmicas que dicen que desprende el Círculo. Supongo que saben que, en origen, este estaba a una decena de metros. Es posible que, pese a eso, el dibujo pétreo sea un punto de conexión con energías que emergen en toda esa zona, es decir, que de igual que se plante justo en ese sitio, o en otro cercano. No se. Yo la única certeza que tengo es que las piedras rojas de fuera representan a la tierra y las blancas al cielo. También, que estas últimas tienen unos agujeros que simbolizan las constelaciones.

Lo tercero que me resultó llamativo, de lo que nos contó Manuel, es que en Arcos de la Frontera hay dos iglesias, que rivalizaron por alcanzar la distinción de basílica. Son la Basílica de Santa María de la Asunción, que es la que se llevó el gato al agua, como es evidente, y la Iglesia de San Pedro. La primera es la de la foto que pongo a continuación a la izquierda (la instantánea está tomada desde la ventana de nuestra habitación en el Parador), y la segunda es la de la imagen de la derecha.


La Basílica de Santa María de la Asunción es mayor, aunque su torre está sin acabar. Lo cierto es que, antes de la que se eleva ahora había otra, pero se cayó por culpa del terremoto de Lisboa de 1755. Tras la catástrofe, se empezó a levantar una nueva, pero el proyecto inicial no se culminó. La Iglesia de San Pedro, por contra, a pesar de que también sufrió las consecuencias del cataclismo, sí se terminó por completo. El tema es que, para alcanzar la dignidad basilical, además de por su tamaño, las dos iglesias intentaron destacar por lo que tenían dentro de sus muros, con la cosa de que Santa María de la Asunción la dejaron más armoniosa, mientras que San Pedro ha quedado recargada en exceso, en mí opinión. Como se puede ver a continuación, el interior de la primera es espectacular.


En cambio, sin ánimo de herir susceptibilidades, a mí la Iglesia de San Pedro me gustó menos, porque está demasiado abigarrada. 


De hecho, en Santa María solo se conservan las reliquias de un santo (San Félix), pero en San Pedro hay hasta dos cadáveres momificados, detrás de sendas vitrinas (son San Víctor y San Fructuoso). Por lo visto, dado que las dos iglesias rivalizaban por ser la principal de Arcos, ambas se preocuparon de custodiar reliquias, con la cosa de que, en ese concepto, fue la Iglesia de San Pedro la que se impuso, ya que fue capaz de hacerse con los cuerpos de un par de mártires, mientras que la otra se tuvo que conformar con uno. Eso sí, no está muy claro cual de todos los San Félix y de todos los San Víctor que hay en el santoral católico son los que reposan en Arcos. Tampoco yace en la Iglesia de San Pedro el San Fructuoso de mayor renombre, es decir, que los finados que, con tanto orgullo, se muestran en los templos arcenses más señeros, son beatificados de segunda fila. No importa mucho, porque yo no hice ni intención de mirar de cerca sus restos amojamados. Me da igual quienes fueran.

En cambio, sí me detuve a observar con detenimiento un cuadro que tienen en San Pedro. Dicen que es de Francisco Pacheco. Yo me lo había creído, y, realmente, me hubiera encantado disfrutar de la visión de alguna obra del suegro y maestro del gran Velázquez, pero lo que vi en San Pedro fue una pintura que está hecha papilla, y que se encuentra colocada en un sitio donde se ve de pena.


Por suerte, en el cartel que acompaña al lienzo, titulado San Ignacio de Loyola, han puesto que el autor es Francisco Pacheco, pero, entre paréntesis, han añadido la palabra Atribuido. Menos mal, porque quiero pensar que no estaría conservado en esas condiciones el cuadro, si se supiera con certeza que fue pintado por Francisco Pacheco en 1625.

En resumen, la visita a la Iglesia de San Pedro me pareció interesante, pero más por lo pintoresco que vimos allí, que porque me gustara demasiado. En la Basílica de Santa María de la Asunción también sufrimos a su Rascar Capac particular (los aficionados a Tintín me entenderán), aunque en ella pudimos subir a su torre, lo que compensó el impacto de los detalles gore.



Me encantó ver el interior de la torre, y también contemplar Arcos de la Frontera desde lo alto, en todas las direcciones.

Otro edificio que vimos por dentro fue el Palacio del Mayorazgo. Se construyó en el siglo XVII, y es sede, hoy día, de la Delegación Municipal de Cultura. Lo bueno es que, debido a eso, la casa palacio no solo se halla muy cuidada, sino que también está en uso, ya que en sus múltiples dependencias se encuentran, tanto la Pinacoteca Municipal, como unas cuantas salas que albergan exposiciones temporales y permanentes. De estas últimas, la que más me gustó fue la de la Sala de la Memoria Histórica y Democrática, que se inauguró hace menos de dos años, y que me resultó interesante y emotiva a partes iguales. Sin embargo, lo que me pareció llamativo de verdad del Palacio del Mayorazgo es su laberíntica estructura, organizada a partir de un par de patios porticados preciosos.



Aparte, enfrente de la suntuosa fachada del Palacio del Mayorazgo se encontraba abierta la Capilla de la Misericordia, que está desacralizada, pero que se halla perfectamente conservada, dado que se usa como sala de conferencias.


El segundo día, después de la ruta que hicimos con Manuel, María y yo decidimos ir a ver un par de lugares que no habíamos podido visitar con él, pero que parecían merecer mucho la pena. Para ello, nos dimos un largo paseo, en el que tuvimos que hacer verdaderos esfuerzos para no partirnos la crisma, dado que subimos y bajamos un montón de cuestas, y el suelo empedrado estaba mojado y resbaladizo. La caminata y el riesgo merecieron la pena, porque conseguimos llegar hasta la Puerta Matrera, que es la única puerta que subsiste del recinto amurallado de Arcos, de las tres con las que contó. La misma comunica la parte más antigua del pueblo con el Barrio Bajo. En la actualidad, se encuentra rodeada de viviendas, y tiene encima del arco una pequeña capilla con una imagen.


Al ir hacia la Puerta Matrera, pudimos ver los restos de la Muralla Almohade de la villa. Son muy escasos, y se distinguen regular, pero datan del siglo XII, así que merece la pena echarles un ojo. Otro lugar interesante que vimos, al ir hasta el extremo este del casco histórico, fue el Mirador de la Peña Vieja.


En realidad, la Peña de Arcos tiene un cortado por el lado que da al norte y otro por el que da al sur. Al primero es al que se asoman la Plaza del Cabildo y la terraza del Parador, y se le denomina Peña Nueva. El acantilado que da al norte, en cambio, es conocido como Peña Vieja. De ahí, que el mirador desde el que se contempla se llame Mirador de la Peña Vieja.

El caso es que recorrimos Arcos de la Frontera en un día lluvioso, pero eso fue hasta bueno, porque el agua que cayó no impidió que nos moviéramos por el pueblo, pero creo que sí achantó a mucha gente, por lo que lo vimos todo sin bullicios.


El tiempo que pasamos en Arcos lo aprovechamos lo suficientemente bien, como para ver en condiciones muchos de sus lugares más atractivos. No obstante, es un pueblo que da para algo más. No en vano, es de los sitios que aparecen en cinco de mis siete retos. En concreto, se incluye en los dos andaluces, en los dos españoles, y en el de Tesoros del Mundo. Solo Sevilla, Granada, Córdoba y Arcos de la Frontera pueden decir eso. Lo primero que quiero hacer, el día que pueda volver, es una ruta que discurre a los pies de la Peña Nueva, dado que la Peña de Arcos es Monumento Natural y me gustaría explorarla mejor. Una gran parte ya nos la pateamos, porque está debajo de las calles del casco histórico, y asimismo vi el acantilado desde arriba, pero quiero completar la visita, descendiendo hasta su base por un camino por donde es posible. Cuando haga esto, escribiré el correspondiente post, que duda cabe.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Cádiz: 7'1% (hoy día, confirmada ya esta visita, 78'6%).
En 2005 (primera visita incompleta), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 2'2% (hoy día, confirmada ya esta visita, 36'5%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 2'3% (hoy día, confirmada ya esta visita, 59'1%).
En 1986 (primera visita incompleta), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'4% (hoy día, confirmada ya esta visita, 22'4%).

Reto Viajero MONUMENTOS DE ESPAÑA
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Monumentos Destacados de España visitados en Andalucía: 6'2% (hoy día, confirmada ya esta visita, 81'3%).
En 1985 (primera visita incompleta), % de Monumentos Destacados de España visitados: 4% (hoy día, confirmada ya esta visita, 43%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 30% (hoy día, confirmada ya esta visita, 50%).
En 1986 (primera visita incompleta), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'6% (hoy día, confirmada ya esta visita, 4'7%).

Reto Viajero MARAVILLAS DE ANDALUCÍA
Visitado ARCOS DE LA FRONTERA.
En 1986 (primera visita incompleta), % de Maravillas de Andalucía visitadas en la Provincia de Cádiz: 5'6% (hoy día, confirmada ya esta visita, 75%).
En 1986 (primera visita incompleta), % de Maravillas de Andalucía visitadas: 1'6% (hoy día, confirmada ya esta visita, 40'5%).