Según mi amiga
Ruth,
Dinamarca es el país bonito más soso del mundo... ¿o era el país soso más bonito del mundo? No recuerdo con exactitud como lo dijo, pero sea como fuere, ahora que lo conozco ya puedo decir que para mí no es un muermo de sitio, ni tampoco diría que es el país más bonito que hay... aunque es verdad que sus atractivos son evidentes y que es un lugar tan tranquilo que para algunos puede resultar aburrido.
En lo que sí estoy de acuerdo es en que es uno de los países más seguros que existen. Cada año el
Instituto de Economía y Paz (
IEP) clasifica mediante un índice global a 163 estados y territorios según su nivel de seguridad. En este 2018
Dinamarca está en el puesto 5 (
España en el 30) y doy fe de que lo que he visto allí en una semana hace justicia a esa posición en el ranking: lo de los niños de 6 o 7 años yendo solos en bici al colegio puede sonar a tópico y posiblemente sea un ejemplo que ya ni sorprenda, pero lo de tener una bicicleta
Giant Terrago 1, que vale 2.000 euros, aparcada día tras día y noche tras noche delante del adosado de nuestro vecino, suelta y sin el bloqueo de la rueda echado, a mí me dejó impactado (huelga decir lo que hubiera durado en esas circunstancias en
España...). También vi una impresionante
Specialized nuevecita y reluciente apoyada sin ningún tipo de vigilancia en los arbustos de un parque durante una hora sin que le pasara nada. Sucede, no obstante, que en
Dinamarca hay bicicletas por todos lados, se podría pensar que allí no se mangan bicis porque no hay nadie que no tenga una y no es un bien por el que se pueda sacar una gran cosa. En cualquier caso, lo que me flipó más, y a esto sí que no hay forma de quitarle importancia, fue que estuvimos una semana durmiendo en una casa que no tenía cerraduras, ni en la puerta de la calle, ni en la que daba al patio de atrás. En esa casa vive normalmente una chica danesa, que fue la que nos alquiló el alojamiento y que tenía sus cosas por las habitaciones, incluida una tele de plasma de tamaño monumental que se veía, a través de la ventana del salón, desde la acera de la calle. Ella se marchó, y sin conocernos de nada nos dejó allí sus pertenencias como yo se las dejaría a mi hermana o a mi mejor amigo, lo cual me sorprendió, pero lo que de verdad me dio hasta miedo fue que la casa no se podía cerrar, ni cuando nos íbamos, ni cuando estábamos arriba durmiendo a pierna suelta en mitad de la noche. Visto el panorama, mi primera intención fue dejarme contagiar por el espíritu del norte, "allá adonde fueres haz lo que vieres", pero tras la primera noche de acojone decidí que soy latino y que esa
mochila no se queda en
Sevilla cuando vuelo al norte, por desgracia la mosca detrás de la oreja se la lleva uno adonde sea, en el sur de
Europa la sociedad nos ha criado un poco como piratas y aunque la inmensa mayoría hemos renunciado al parche y a la pata de palo, tendemos a no jugar con fuego más de la cuenta, por si acaso. En consecuencia, a partir de la segunda noche convertí en una costumbre el hecho de atrancar las puertas por dentro con sillas justo antes de acostarme.
Todo esto, hay que decirlo, son anécdotas acaecidas en un lugar de
Dinamarca que está fuera de las rutas turísticas, supongo que en
Copenhague el tema de la envidiable candidez danesa variará algo.
El viaje a
Dinamarca de este verano lo planeamos porque unos amigos se trasladaron a vivir a
Aarhus hace justo un año y pensamos que sería divertido hacerles una visita. Sin embargo, en junio hicieron el petate y se volvieron para
España, lo que hizo que nos quedáramos sin alojamiento de la noche a la mañana. En realidad, me alegro mucho de que vuelvan a vivir a dos calles de mi casa y no a 3.000 kilómetros, pero para el tema de las vacaciones veraniegas nos vimos contra la espada y la pared, ya que teníamos los billetes de avión comprados desde enero. Dadas las circunstancias, en junio busqué a la desesperada un sitio bueno, bonito y barato donde pudiéramos pernoctar una semana. No discriminé ninguna zona, nosotros volábamos a
Billund, así que desde allí podíamos movernos en todas las direcciones. Gracias a eso encontré un alojamiento perfecto: por 287 euros hemos estado los cuatro durante siete noches en una casa preciosa en la que no nos faltó de nada.
Lo que sucede es que la casa estaba en
Svendborg, una población que, a priori, no es especialmente turística. Pese a esto, la misma no está mal situada, tiene su encanto y, sobre todo, nos ha permitido ver a la perfección como viven su día a día los daneses de una ciudad cualquiera.
En total,
Svendborg cuenta con unos 27.000 habitantes y está al sur de la isla de
Fionia, la tercera más grande del país. Nuestra casa estaba situada en una zona residencial ubicada sobre una colina, a unos 15 minutos a pie del centro.
Durante siete días nos movimos por la ciudad para ir y venir a la estación de trenes o al supermercado. Además, yo salí a correr a diario una hora por la mañana temprano, y gracias a todo eso me he hecho una idea bastante certera de como es la vida normal en
Dinamarca, al menos en esta época del año. Realmente, en
Svendborg se respira tranquilidad y seguridad por doquier. Quizás desde la perspectiva latina el ambiente pueda parecer aburrido, pero yo he llegado a la conclusión de que allí el que quiere también se divierte. Cierto es que no se ven muchos bares, pero al menos a finales de verano hay gente paseando por las calles, corriendo, remando, en los parques, comprando y arreglando sus jardines.
Como he dicho,
Svendborg no es un lugar turístico, no se ven extranjeros apenas, pero tiene un
Puerto bastante apañado en el que atracan muchos veleros, principalmente daneses, pero también alemanes y holandeses.
Nosotros, aparte de las vueltas que dimos en nuestra vida cotidiana, dedicamos una jornada entera a patearnos
Svendborg. Fue un domingo y ese día el centro era un desierto, pero me gustó lo cuidado que estaba todo. El epicentro de
Svendborg es
Torvet, una diáfana plaza que se abre a
Møllergade, la principal calle de la ciudad.
El centro de
Svendborg es fácilmente paseable y no es muy extenso, pero no tiene grandes atractivos concretos. En sus calles lo que destaca es el conjunto, armónico e impoluto.
Por dentro, nosotros solo visitamos la
Sankt Nicolai Kirke, una iglesia de ladrillo del siglo XIII que es la más antigua de la ciudad.
Entre ella y el mar está el
Barrio Latino, donde surgieron las primeras casas de
Svendborg hace unos mil años, aunque de aquellas no queda ni rastro. Por último, la zona del
Puerto es también muy agradable.
Realmente, aparte de la
Iglesia de San Nicolás, también vimos por dentro los dos museos de
Svendborg. El primero, el
Danmarks Museum for Lystsejlads, es un museo gratuito de yates que me entretuvo, pero poco más, porque no pasó de ser un hangar con un montón de barcos y artilugios relacionados con la navegación colocados por allí sin aparente orden, aunque algunos veleros habían sido protagonistas de hazañas interesantes.
El otro museo que vimos fue
Naturama, un museo de animales disecados que resultó ser la principal atracción turística de
Svendborg.
Naturama se creó en 2005 en un edificio de nueva construcción y absorbió al contiguo
Svendborg Zoological Museum, que llevaba en funcionamiento desde 1935, pero que se había quedado un tanto obsoleto como museo de historia natural. El edificio antiguo y el moderno quedaron conectados, de manera que actualmente todo forma parte del mismo conjunto. En la parte antigua se siguen pudiendo observar vitrinas llenas de insectos, por ejemplo, pero el atractivo principal de la colección está en el innovador edificio que se construyó al lado, en el que se colocó la joya de la corona de la muestra, un esqueleto de 18 metros de largo perteneciente a una ballena que apareció varada en la cercana isla de
Tåsinge en 1955.
Repartidos por el resto del espacio del nuevo edificio hay otro buen montón de animales ya muertos, y destacan por encima de las demás cosas unos curiosos juegos interactivos en los que nos lo pasamos muy bien.
Se trataba de remar y de pedalear compitiendo con una serie de animales virtuales, algunos de los cuales eran muy veloces. Todos jugamos con ganas, claro (en mi caso, en la prueba de la bicicleta, dejándome los higadillos peleé el segundo puesto con el oso blanco, que finalmente me venció en un apretado sprint).
Además de los museos, otra atracción que disfrutamos en
Svendborg fue la del barquito.
Efectivamente, uno de los días bordeamos la costa en un barco llamado
M/S Helge, que hacía un recorrido turístico muy agradable con varias paradas. En realidad, su destino era la antes mencionada isla de
Tåsinge, donde hay un castillo bastante célebre para los daneses en el que no llegamos a entrar, pero antes de esa parada final el barco hacía otra en
Troense, que fue donde nosotros nos bajamos.
Tras atravesar ese pequeño pueblo, famoso por conservar casas de arquitectura tradicional danesa, recorrimos una pequeña parte del
Archipelago Trail, una larga ruta que cuenta con siete etapas, una de las cuales sale de
Svendborg y atraviesa
Tåsinge.
Esa etapa mide 20 kilómetros y nosotros cubrimos un par de ellos, a partir de
Troense, antes de abandonar el sendero para dirigirnos hasta la última parada del barco, donde lo cogimos de vuelta.
Tåsinge es una isla llana que alterna las partes boscosas con otras más abiertas (así es toda
Dinamarca, realmente). En el breve trecho del sendero balizado que recorrimos pudimos ver una de las principales atracciones de la ruta, un roble de cuatro siglos de antigüedad llamado
Ambrosius-Egen.
Por otro lado, en
Tåsinge, al ir a comernos los bocatas del almuerzo sufrimos nuestro primer encontronazo con unos insectos que resultaron ser un auténtica plaga en
Dinamarca, las avispas. En principio pensamos que había sido mala suerte, pero los bocadillos abundaron en la dieta familiar a lo largo de las vacaciones, por lo que acabamos comprobando que las avispas no estaban solo en
Tåsinge, porque también nos dieron el coñazo en
Odense y
Roskilde. Para colmo, una mañana a mí me picó una mientras iba corriendo, algo que en 20 años no me ha pasado en
España ni de lejos.
De todas formas, no fue esta la única plaga animal que nos encontramos en tierras danesas, aunque la otra nos resultó más curiosa que molesta.
En efecto, no se como será el resto del litoral danés, pero en los alrededores de
Svendborg el mar estaba literalmente infestado de medusas. Yo vi, incluso, un par de pequeñas playas, las dos con banderas azules que indicaban que ambas contaban con todos los servicios pertinentes, pero no se como se bañará la gente en ellas, porque en el mar se contaban decenas de medusas de múltiples tamaños.
En cualquier caso, para mí el día más divertido en
Svendborg fue el que pasamos montando en bicicleta. Para alquilar las bicis nos fuimos hasta
Frederiksø, un sector del
Puerto en el que han convertido los hangares en negocios de diversos tipos (también está allí el museo de yates). Uno de ellos es
Svendborg Cykeludlejninj, un establecimiento en él que tenían disponibles cientos de bicis para alquilar (yo nunca había visto tantas juntas). El caso es que echamos una jornada genial con nuestras cuatro bicicletas, por la mañana no nos alejamos del casco urbano, pero por la tarde cogimos un carril bici que nace cerca del centro y que bordea la costa alejándose de él. En todo ese tramo las casas apenas se ven y es el bosque el que llega hasta el mar, por lo que el recorrido es precioso. Por ese carril bici fuimos hasta la isla de
Thurø, que está unida a
Fionia por un puente. El trayecto costeando fue una delicia, pero lo más bonito lo vimos en
Thurø.
En esa isla al principio nos fuimos directos a
Thurø By, su principal población. La misma no tiene demasiado atractivo, porque es básicamente residencial, por lo que nos pareció que lo mejor hubiera sido ir en otra dirección, pero al regresar encontramos otro camino, peatonal en su mayor parte, que acabó siendo una maravilla.
No exagero si digo que la belleza del atardecer cayendo sobre el estrecho que separa
Thurø de
Fionia, el
Skårupøre Sund, es difícil de superar.
Todo lo comentado hasta ahora es lo que dieron de sí los días en que nos quedamos en
Svendborg.
En esta ciudad hicimos muchas cosas, como ya ha quedado reflejado, pero teníamos ganas de conocer también otros lugares de
Dinamarca, así que planeamos varias excursiones de ida y vuelta. Una de ellas nos llevó a
Copenhague, de la que hablaré en otro post, y también estuvimos en
Odense y en
Roskilde. El día antes de volvernos, por último, lo pasamos en
Billund, pueblo al que habíamos llegado y en el que cogimos también el avión de regreso.
Para movernos por
Dinamarca en tren adquirimos cuatro bonos de
Interrail. He tenido que esperar 41 años para disfrutar de una de las experiencias mochileras por excelencia, la del
Interrail, lo normal es vivirla siendo un veinteañero, pero en mi caso no lo hice y siempre me había quedado esa espinita clavada. Cierto es que en esta ocasión seleccionamos un pase de tren válido para un solo país, no utilizamos el bono para cruzar
Europa en plan nómada, pero al menos pude comprobar por mí mismo como funciona el sistema, aparte de que los desplazamientos nos salieron mucho más baratos.
Tengo que decir, llegados a este punto, que la información en las estaciones de trenes danesas, quitando quizás la de
Copenhague, brilla por su ausencia. Parece que se han propuesto ponerle las cosas difíciles a los neófitos. En consecuencia, nuestra toma de contacto con los trenes en
Dinamarca fue de todo menos fluida, pero el ferrocarril fue sin más remedio el medio de transporte que más usamos y al final, a duras penas, conseguimos aclararnos.
Con respecto a los sitios que vimos,
Roskilde fue el que más me gustó, no en vano es uno de los lugares de
Dinamarca que no puede uno perderse. Fuimos porque no queríamos irnos sin ver alguno de los
highlights del país.
Roskilde es una ciudad de 50.000 habitantes que está a pocos kilómetros de
Copenhague y que, no solo es uno de núcleos habitados más antiguos de
Dinamarca, sino que también fue la capital del estado hasta el siglo XV. Hoy día se beneficia de su cercanía a la actual capital y de su historia, pero destaca igualmente por ser la sede de una universidad, que si bien es joven (se fundó en 1972), se ha convertido es una de las instituciones educativas danesas más punteras.
Aparte de esto, en
Dinamarca decir "historia" es decir "vikingos", y por ello en
Roskilde es condición
sine qua non visitar el
Museo de Barcos Vikingos, pero realmente destaca más por su importancia la
Catedral de Roskilde, uno de los seis monumentos
Patrimonio de la Humanidad que hay en
Dinamarca.
Nosotros fuimos a ver la
Catedral poco después de llegar a
Roskilde, y tuvimos buena y mala suerte. La mala suerte fue que quedaba menos de una hora para que la cerraran, a una hora inusual, porque iban a rodar en ella parte de un episodio de
The Rain, una serie danesa estrenada en
Netflix en mayo de 2018, de la que se estaba filmando la segunda temporada. La buena suerte fue que gracias a eso no nos cobraron entrada. Además, podríamos haber tenido menos tiempo, incluso, para ver la iglesia, y eso sí hubiera sido un chasco, pero los tres cuartos de hora que estuvimos en el interior de la
Roskilde Domkirke fueron suficientes para recorrerla bien.
La principal particularidad de la
Catedral de Roskilde es que contiene 40 tumbas pertenecientes a reyes y reinas de
Dinamarca, y también yacen allí otros miembros fallecidos de la familia real danesa. La sepultura más antigua es la de
Sven II, que murió en el 1076, y desde que los restos de
Margarita I fueron depositados en ese emplazamiento en 1413, enterrar a los monarcas daneses en la
Catedral se ha convertido en una costumbre. La tumba de
Margarita I está situada justo detrás del altar mayor, que en esta iglesia es una estructura que no está acoplada al edificio, sino que parece como un tríptico gigante.
Otras muchas tumbas están repartidas por diferentes criptas y capillas, algunas más suntuosas y otras menos (no todos los enterrados fueron reyes o reinas).
Federico IX, muerto en 1972, fue el último rey en ser enterrado en
Roskilde,
y su hija
Margarita, la actual reina, ya tiene allí su mausoleo preparado en una capilla que da a la nave norte (el sepulcro está tapado, eso sí).
Todas las tumbas tienen sus particularidades, por lo que pega hacer el recorrido completo, nosotros no hicimos pleno, pero casi (la de abajo, por ejemplo, es la sepultura de
Cristián IX, rey desde 1863 hasta 1906).
Una de las capillas más impresionantes es la de
Cristián IV, que reinó durante 59 años y fue contemporáneo de
Felipe II,
Felipe III y
Felipe IV.
Especialmente impactante también fue la cripta dedicada a los niños muertos.
Antes de irnos tuvimos ocasión de subir, apurando ya el tiempo, a la segunda planta, lo que nos permitió asomarnos a la balaustrada y ver bonitas vistas del interior de la
Catedral desde arriba.
Por otro lado, lo del rodaje de
The Rain tuvo su puntillo simpático, no vimos a los actores ni nada del proceso de rodaje, pero sí el lugar donde habían montado el catering en el que estaban comiendo los técnicos, así como parte de la escenografía.
Después de comer ya sí nos metimos de lleno en el universo vikingo y fuimos caminando hasta el
Vikingeskibsmuseet, que está junto al mar.
Roskilde era un asentamiento que estaba en una elevación, como a un kilómetro de la costa. En la actualidad todo está unido por casas y por una preciosa zona verde llamada
Byparken, que se atraviesa dando un agradable paseo camino de la zona portuaria.
En el extremo este del
Puerto está el
Museo de Barcos Vikingos, que me encantó. Por lo visto,
Roskilde está en la parte final de un fiordo que es como un alargado y estrecho fondo de saco. Aprovechando esa estratégica situación los vikingos del año 1000 hundieron cinco barcos de diversos tamaños en mitad de la principal zona navegable del fiordo para obstruirla y proteger de esa manera la ciudad de los ataques por mar. Los barcos no fueron sacados del agua hasta 1962 y desde 1969 se exhiben en un museo, junto a los paneles explicativos pertinentes.
En el
Vikingeskibsmuseet los cinco barcos son el epicentro de la exposición, pero a la misma se le han añadido otros atractivos que complementan la visita. Como buen museo histórico del norte de
Europa que es, no falta, por ejemplo, la parte en la que uno puede disfrazarse y ponerse en situación.
Aparte, en el exterior del edificio museístico uno puede ver muchas réplicas de barcos vikingos, e incluso es posible montarse en algunos.
De todos ellos nos montamos en la versión moderna del
Skuldelev 2, un barco originalmente construido en 1042 del que se hizo una réplica en 2004. La misma en 2007 fue de
Roskilde a
Dublín, volviendo sana y salva.
También hay una amplia y preparada zona para talleres, en los que pueden participar niños y mayores, pero nosotros no llegamos a tiempo de realizar ninguno.
Roskilde, aparte de las visitas, resultó ser una agradable ciudad con un centro muy bien conservado y con un ambiente universitario muy marcado, que diluía un poco el turístico y que ayudaba a potenciar el buen rollo en sus principales calles.
Un día antes de ir a
Roskilde estuvimos
Odense, que es un sitio bastante distinto. Después de pasar en
Svendborg la primera parte de la semana,
Odense fue nuestra toma de contacto con el resto de
Dinamarca. No se trata tampoco una ciudad puramente turística, pero es la tercera urbe más grande del país (tiene unos 166.000 habitantes) y el contraste con
Svendborg me chocó, ya que había en sus calles mucha más gente, por no hablar de que en
Svendborg apenas nos habíamos cruzado con turistas y en
Odense, por contra, ya vimos hasta japoneses. Hay que decir, sin embargo, que en
Odense han sabido sacarle partido muy bien a lo poco que tienen, aprovechando que allí nació
Hans Christian Andersen, el genio danés por excelencia (el del cuadro de abajo es él, no
Howard Wolowitz, aunque lo parezca).
El caso es que en
Odense han montado una completa ruta que recuerda la figura de
Andersen, que nació en un ambiente extremadamente pobre. De su ciudad natal se marchó con tan solo 14 años y fue toda su vida un viajero empedernido, pero su figura se ensalza a lo grande en su patria chica, gracias a la presencia de multitud de elementos que le recuerdan, aunque algunos de esos homenajes, como el
Barco de Papel del
Eventyrhaven, exijan tener un conocimiento algo más profundo de la obra del escritor para relacionarlos con él (el barquito de papel, en concreto, aparece en el cuento
El Soldadito de Plomo).
En mi opinión, la manera con la que las autoridades locales ensalzan a
Andersen es muy acertada, ya que han creado un recorrido urbano jalonado por una serie de hitos y se puede comprar un bono para verlos de manera conjunta por menos dinero, con la cosa de que si se realizan un mínimo de tres visitas te regalan un pequeño soldadito de plomo de recuerdo. Para
Ana y
Julia fue divertido ir recolectando los sellos, y gracias al bono pudimos entrar en los tres principales lugares de la ciudad dedicados al célebre literato.
Primero vimos el
Hans Christian Andersen Museum, que me resultó entretenido, sobre todo por la gran cantidad de objetos pertenecientes al escritor que pude ver (había un gran número de manuscritos suyos y me llamó la atención, por ejemplo, el documento con las notas de su Examen Artium, que era la versión danesa, en su época, de la actual Selectividad. El documento muestra que el futuro autor de
La Sirenita aprobó el examen en 1828 y pudo matricularse en la
Universidad de Copenhague).
Muy cerca del
Museo está la
casa donde nació en 1805. En aquella época era miserable, tanto la vivienda en sí, como el barrio donde se encontraba, pero hoy día la calle es una de las más bonitas de
Odense.
La
casa, por su parte, también se ha adecentado, de manera que ya no tiene el suelo de tierra apelmazada, ni las paredes de ladrillo visto, ni parte del tejado hecho de tablones y de lona. Pese a esto, el entorno no ha sufrido grandes alteraciones en el último siglo y medio.
En realidad, la vivienda no era propiedad de sus padres, sino que pertenecía a su tía abuela, que les dio cobijo poco antes de nacer el futuro escritor. En el hogar donde nació, el pequeño
Hans y su familia vivían bastante apretados.
El tercer lugar que visitamos fue la
casa donde
Andersen pasó su infancia (vivió allí entre los 2 y los 14 años), que está en otro punto de la ciudad y no es mucho más grande que aquella en la que nació, aunque tiene un bonito patio trasero.
La reconstrucción interior de la vivienda que le vio nacer se parece mucho a la de su niñez, pero esta segunda me gustó menos, porque de puertas para afuera el sitio donde se encuentra, a diferencia del otro, ha sido remodelado por completo, por lo que la
casa está un poco fuera de contexto.
En cualquier caso, ese fue el sitio donde las niñas consiguieron sus soldaditos de plomo.
Como he dicho, en
Odense hay otros múltiples lugares que rememoran el paso de
Andersen y también su posterior faceta como literato. De todos ellos, el más destacado es el
Eventyrhaven, un precioso parque cercano al centro en el que vimos una función teatral gratuita que atrajo a un montón de
locals con sus hijos e hijas.
De la actuación nosotros no entendimos nada, porque la obra se representó en danés, pero dio igual, porque tenía muchas partes musicales y fue divertida de todas formas.
A mediodía la temperatura era estupenda y eso se notó en la cantidad de gente que había en el parque gozando del sol. En los países del norte de
Europa se celebra el buen tiempo de una manera especial, es verdad que en muchos momentos quizás se divierten de una manera diferente a como lo hacemos en el sur, pero también es cierto que en cuanto sale el sol la calle se llena de gente que hace un montón de cosas al aire libre.
Nosotros almorzamos en el parque, disfrutando del ambiente a la vez que nos preguntábamos por qué las avispas se venían a nuestros bocatas y no iban, en cambio, a los de los daneses que teníamos alrededor. Luego, al terminar el teatro fuimos a ver la
Estatua de Hans Christian Andersen que preside los jardines desde 1949.
En definitiva,
Odense es un lugar poco brillante, pero la figura de
Hans Christian Andersen le da empaque a la ciudad, con la cosa de que han planteado muy bien como aprovechar el poder de atracción que fue capaz de generar este. Por otro lado, su centro está muy cuidado, como todo en
Dinamarca, y pasear por él fue un buen remate a nuestra jornada. En él destaca
Flakhaven, la plaza del
Ayuntamiento, así como
Vestergade, una infinita calle peatonal que estaba muy animada a primera hora de la tarde.
La última población que vimos en
Dinamarca fue
Billund, que no se parece demasiado a lo que conocíamos.
Billund cuenta con 6.000 habitantes y gira en torno la fábrica de juguetes
LEGO y al parque temático que la misma tiene al lado.
Billund fue un minúsculo núcleo rural hasta bien entrado el siglo XX, pero su destino cambió cuando en 1932
Ole Kirk Christiansen, un carpintero nacido en una aldea vecina, abrió allí una carpintería en la que comenzó a producir pequeños utensilios domésticos y también juguetes de madera. La cosa funcionó y un par de años después su negocio ya tenía seis empleados, que se habían convertido en 40 en 1943. No obstante, el pelotazo definitivo lo dio
Christiansen cuando en 1946 compró una máquina de inyección de plástico para hacer piezas de este material, decisión que hizo que
LEGO despegara definitivamente.
Ole Kirk Christiansen murió en 1958, pero su hijo
Godtfred ya trabajaba con él desde hacía años y logró que la compañía siguiera creciendo. Como no podía ser de otra forma,
Billund en general se vio beneficiado por semejante éxito, porque además en 1968 junto a la fábrica se abrió
Legoland Billund, un parque temático que acabó por convertir el pueblo en uno de los epicentros de
Dinamarca. Curiosamente, a raíz de eso
Billund no se convirtió en un sitio monstruoso, pero sí se nota que es un núcleo habitado eminentemente funcional, en el que viven gran parte de los 4.000 empleados de la empresa juguetera y también los del parque, y en el que se ve que el dinero no es un problema a la hora de mantenerlo todo arreglado y limpio.
Evidentemente,
Billund no es un lugar que brille por su personalidad, realmente en ocasiones parece una especie de decorado, pero desde luego no se puede negar que allí la gente debe vivir muy bien.
En cualquier caso,
Billund en sí mismo no interesa a casi nadie, ni siquiera sale en las guías de turismo, pero
Legoland Billund, a pesar de que no fue objeto de nuestra atención, es uno de los lugares de referencia de
Dinamarca, por lo que el pueblo cuenta con un buen número de hoteles cercanos al parque temático. En
Billund también hay un
Aeropuerto, que curiosamente tuvo su germen en un sencillo aeródromo privado que
Godtfred Kirk Christiansen hizo construir en 1961 para
LEGO, cerca de la propia fábrica. Tres años después el mismo pasó a ser de uso público y actualmente es el segundo aeropuerto más grande de
Dinamarca. Nosotros es el que usamos, tanto a la ida como a la vuelta, con la cosa de que nuestros vuelos fueron a unas horas intempestivas. Ello hizo que fuera necesario hacer uso del
Zleep Hotel Billund, que está a escasos 100 metros de la terminal.
La cercanía del hotel fue la que hizo que no fuera un problema tocar tierra en
Dinamarca a las 00:30 horas, ni tener que coger el vuelo de vuelta a las 5:20. La razón de pernoctar allí tuvo que ver sobre todo con esos horarios, pero luego también nos encontramos conque el alojamiento estaba mejor que bien, el mismo tenía un cierto aire
IKEA, tanto en las habitaciones como en las zonas comunes, por lo que era sencillo, pero también confortable y cómodo.
Para acabar, no he hablado en ningún momento en este largo post de gastronomía, a pesar de que siempre nos gusta probar las comidas allá adonde vamos. En este caso, sin embargo, se juntó la realidad de que la comida danesa no se puede decir que tenga demasiado prestigio internacional, con el hecho de que íbamos cortitos de presupuesto para alimentación. Por esto, solo comimos en restaurantes tres veces y en ninguna de ellas degustamos comida danesa: en
Copenhague y en
Odense nos conformamos con quitarnos el hambre a base de
fast food internacional, y en nuestro último día comimos en un agradable establecimiento llamado
Restaurant Billund, cuya principal seña de identidad era el mestizaje: estaba en
Dinamarca (evidentemente), pero el amable propietario y el chef eran turcos (lo que se notaba en parte de los elementos decorativos) y la comida era mayoritariamente italiana, aunque había platos americanos y mexicanos, y en la carta no faltaba ni el
tzatziki y ni el
kebab. Finalmente yo opté por pedirme una
pizza capricciosa, pero, eso sí, la cerveza fue danesa...
Se dio, por otro lado, la curiosa circunstancia de que entramos a comer en el restaurante casi a las 16:00 horas, al más puro estilo español, no por gusto, sino porque habíamos salido de
Svendborg a primera hora y la mañana fue un auténtico periplo. Podríamos haber parado a comer antes, pero íbamos cargados de maletas y preferimos llegar al hotel, soltarlas y luego pensar en llenar el estómago estando ya relajados. Eso fue lo que hizo que nos viéramos almorzando a la vez que otras familias danesas se pedían la cena...
Este simpático contraste cultural sirvió de simbólico colofón a nuestras vacaciones en
Dinamarca. Como siempre, tengo la firme intención de volver a este bonito país para ver cosas que me interesan y que se me han quedado pendientes, aunque en esta ocasión me voy con la sensación de haber aprovechado a tope las posibilidades que teníamos.
Reto Viajero TODOS LOS PAÍSES DEL MUNDO
Visitado DINAMARCA.
De los 44 Países del Mundo que están en Europa, % de visitados: 36'3%.
De los 196 Países del Mundo, % de visitados: 8'6%.