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30 de enero de 2023

GETAFE 2023

Fui a Getafe para participar en la Media Maratón Ciudad de Getafe. Esta prueba tiene bastante buen nombre, dentro del mundillo del atletismo popular, y, por fin, este 2023 me decidí a ir a la localidad madrileña a disputarla. Sin embargo, en el último momento no pude tomar parte en ella. En efecto, después de haber montado el plan y de haberme desplazado, la mañana antes de la cita, la del sábado, me levanté con unas inexplicables molestias en la cara interna del muslo de mi pierna izquierda, que se fueron convirtiendo en dolor con el paso de las horas. Tras todo el día, me acosté muy cascado, y el domingo de la carrera me levanté peor. En consecuencia, no pude correr. La aventura se me chafó cuando menos lo esperaba, y eso me jodió tremendamente. No obstante, me queda el consuelo de que aproveché a tope el finde. Para empezar, la excusa de la media maratón me dio la oportunidad de visitar Getafe, que es un lugar que no conocía.


Tengo que reconocer que el sábado me levanté con molestias, como he dicho, y aun así no paré quieto hasta la noche. Esto implica que fui responsable, en cierto sentido, del desastre de ir a Getafe para correr su media maratón, y finalmente no poder hacerlo. Sin embargo, ni se me cruzó por la mente la idea de pasarme la jornada sentado, reposando. Parte de la gracia del fin de semana era disfrutar de Madrid y visitar Getafe, y eso hice. De hecho, la diversión en la 35ª ciudad más poblada de España empezó el viernes a última hora, dado que pernoctamos en ella.


Lo de dormir la primera noche en Getafe tuvo que ver más con la logística del fin de semana, que con el hecho de que fuera a correr una carrera en esa localidad. En efecto, yo quería viajar en automóvil, porque, para dos personas que comen de la misma cuenta corriente, es más barato ese medio de transporte que desplazarse a Madrid en AVE. Sin embargo, no me apetecía entrar en la capital conduciendo, ni deseaba sufrir las consecuencias de no saber qué hacer con el coche, así que decidí que era buena idea aparcarlo en una calle de Getafe el viernes, movernos en metro el sábado y el domingo, y rescatar nuestro vehículo ya en el momento de regresar a casa. Tengo que decir que esa parte del plan fue un éxito. Aparte, en vista de la manera en la que estaba montado el programa, y de que, a la ida, no podíamos salir de Sevilla hasta la hora de comer, me pareció una buena idea llegar a Getafe y pernoctar allí directamente. Debido a eso, busqué un alojamiento y encontré uno, llamado Hostal Carlos III, en el que la habitación nos costó apenas 58 euros. Estuvo sensacional.


El hostal estaba totalmente reformado y tenía hechuras de hotel, por lo que fue un acierto dormir en él. Además, estaba muy bien ubicado. Gracias a su céntrico emplazamiento, tanto la noche del viernes, como la mañana del sábado, pudimos movernos por Getafe.


Getafe, en la actualidad, se divide en once barrios. Nosotros nos pateamos más en profundidad el Centro, y luego anduvimos por el extremo oeste de Las Margaritas, y por el este de Juan de la Cierva. También nos adentramos un poco en la parte sur de Getafe Norte. De esta última zona solo tuvimos ocasión de conocer el Complejo Deportivo Municipal Juan de la Cierva, adonde entramos por la puerta que da a la Avenida de las Ciudades. Dentro, dimos un pequeño rodeo para llegar al Pabellón Deportivo Juan de la Cierva, que fue el sitio en el que sábado por la mañana recogimos el dorsal de la fallida carrera.

Con respecto a los barrios de Las Margaritas y de Juan de la Cierva, que quedan al sur de ese gran complejo polideportivo, y que lo separan del Centro, ambos surgieron en la década de los 70 del siglo pasado, por lo que las calles limítrofes entre ellos, que son las que nosotros recorrimos al ir a por el dorsal y al regresar, son similares. Allí predominan los pisos de tres o cuatro plantas, así como el ambiente típico de barrio humilde, pero digno, que caracteriza a las zonas de expansión que nacieron, en muchas ciudades, en la segunda mitad del siglo XX. 


En todo caso, la mayoría del tiempo que estuvimos en Getafe lo pasamos en el Centro. Como he mencionado, nos alojamos allí, por lo que pudimos ver el ambiente de la zona el viernes. Ese día, cuando llegamos, al final de la tarde, las tiendas estaban aún abiertas, por lo que vimos mucha animación. Después, al salir a cenar los comercios ya habían cerrado, pero las calles se habían llenado de gente que parecía querer disfrutar de Getafe la nuit, a pesar del frío.

Al día siguiente, como en el hostal no teníamos desayuno, María y yo nos echamos a la calle al despertarnos, y buscamos un bar. Nos costó encontrar uno, pero, gracias a eso, llegamos caminando hasta la Plaza de la Constitución, siguiendo la torre del edificio del Ayuntamiento, que nos sirvió de referencia.


Desde la Plaza de la Constitución, llegamos a bajar un poco por la Calle Toledo, que también es peatonal y que tenía más tiendas. Hacía una mañana deliciosa, fría y clara, y disfrutamos mucho del paseo.

En líneas generales, tengo que decir que Getafe me sorprendió gratamente. De las localidades similares del extrarradio de Madrid no conocía más que Alcorcón y Leganés, y solamente de la primera había hablado en este blog. La percepción de Alcorcón, que quedó reflejada en el post que escribí en su día, no fue muy buena. Getafe, sin embargo, no tiene nada que ver. A lo mejor es una impresión mía sin fundamento, pero lo cierto es que Alcorcón no me gustó, y Getafe, en cambio, me ha parecido una ciudad cuidada, habitable y agradable. Tiene vida propia.

Pese a todo, en Getafe, la oferta turística propiamente dicha tiene pinta de ser inexistente. No obstante, en lo que a negocios de restauración se refiere, María y yo sí tuvimos la oportunidad de conocer cuatro, de muy diversa factura. Ninguno me defraudó.

El primero en el que estuvimos se llamaba Café El Violín, y estaba en la calle de nuestro hostal. En principio, nuestra idea fue cenar allí, pero luego vimos que solo era un bar, por lo que apenas servían de comer. Sin embargo, era pronto y decidimos tomarnos una cerveza, a modo de aperitivo, dado que el sitio parecía acogedor, estaba animado y tenía una amplia variedad de bebidas. También nos sirvieron muy bien, por lo que nos gustó. Tras el piscolabis, ya sí fuimos a quitarnos el hambre. La oferta era amplia por los alrededores, y podríamos haber optado por una opción alimenticia algo más local, pero cedimos a lo que se nos metió por los ojos, que fue una buena hamburguesa gourmet de Goiko Grill. Ni María ni yo somos demasiado carnívoros. De hecho, para cenar nos acabamos pidiendo una Edamami, ella, y una Guaca-Chicken, yo, es decir, María se tomó una hamburguesa vegetariana y yo otra de pollo al grill con guacamole. No eran hamburguesas de verdad, por tanto. No obstante, el rollo de los burguers de calidad sí nos mola, por el ambiente y por todo lo que acompaña a la carne. Además, aunque Goiko es una franquicia, no es un Mc'Donalds, precisamente. Yo conocía uno de los tres que hay en Sevilla, y el de Getafe me encantó igualmente, por la atmósfera, por el trato y, por supuesto, por la comida.

El sábado por la mañana teníamos que desayunar en un bar, como he comentado, y al final acabamos en uno que tenía reminiscencias andaluzas. Se llamaba Bar La Puente. En él, las camareras eran sudamericanas, pero la dueña era, seguro, de Puente Genil. Lo supimos por la decoración, que estaba dedicada a este pueblo cordobés. Aparte, tras ver los carteles y los cuadros que había en las paredes del local, nos dimos cuenta de que el nombre del negocio también hacía referencia al origen de, supongo, la propietaria (entiendo que lo de La Puente está relacionado con la manera como se la conoce en Getafe). Con independencia de esto, yo pedí un café y una tostada con tomate triturado, y me pusieron lo que se ve en la foto inferior.


Lo del brick me pareció entrañable. Los zumos de naranja de bote están regulín, pero me gustó tanto el detalle, que ese me lo tomé con gusto. María, por su parte, fiel al estilo intrépido y curioso que la caracteriza, decidió aculturarse y pidió un pincho de tortilla con un café. Este último fue normal, pero el pincho resultó ser 1/4 de tortilla de papas de tres dedos de grosor, acompañado de una pieza entera de pan. Dadas las dimensiones de todo aquello, yo también pude probar el típico desayuno Madrid style.

El sábado a mitad de la mañana nos fuimos a Madrid y ya no retornamos a Getafe hasta el domingo a mediodía. El plan inicial implicaba volver temprano, para que yo corriera, pero como no lo hice, apuramos más en la capital. A pesar de esto, teníamos que regresar a Getafe a por el coche y decidimos almorzar allí. A María se le apeteció comer en un restaurante japonés que habíamos visto el día anterior, llamado Jusco Sushi, y yo accedí. A mí, los japos me encantan, pero este era del tipo buffet libre a la carta, y esa clase de negocios all you can eat no me gustan, porque me da la sensación de que están hechos para que te cebes, a base de comida de derrumbe. No obstante, optamos por el japonés, y no me arrepentí. Barato no era, pero pude devorar deliciosos sushis y sashimis a discreción, sin que el exceso me sentara mal. De nuevo, el ambiente, el servicio, las viandas y el emplazamiento fueron sobresalientes.


En definitiva, Getafe es un lugar un tanto extraño para ir a curiosear, pero yo voy a tener que volver. No es ningún secreto que es complicado ir allí, si uno no tiene una excusa concreta. Sin embargo, yo sí tengo una cosa específica que llevar a cabo, que es por la que he ido esta vez. En efecto, la razón de ser de la visita del pasado finde era participar en la Media Maratón Ciudad de Getafe, en circunstancias normales lo habría hecho y mis motivos para regresar se habrían agotado, pero, dado que finalmente no pude correr, no me va a quedar otra que maquinar un viaje de retorno. No se cuando será, eso sí, pero, cuando sea, podré profundizar en los atractivos de Getafe, una localidad que ha resultado ser agradable en todos los sentidos.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado GETAFE.
% de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 26'9%.
% de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 36%.


12 de junio de 2020

PUNTA UMBRÍA 2020

La parte dura del periodo de cuarentena, declarado el pasado 15 de marzo para luchar contra la epidemia de COVID-19 que aún nos está azotando, se extendió hasta el 11 de mayo. Un día después empezó en la provincia de Sevilla el desconfinamiento progresivo, que ha sido dividido en fases. En ellas, las restricciones están siendo eliminadas progresivamente. La fase 1 duró hasta el 24 de mayo y el 25 empezó la 2, que ha acabado el domingo 7 de junio. El lunes 8 de junio hemos entrado en Andalucía en la fase 3 de la desescalada, que es la que todavía se mantiene.

La crisis sanitaria que estamos sufriendo no está dejando a nadie indiferente. Pocas cosas recuerdo que hayan afectado a tanta gente. Nadie en el mundo se ha podido mantener ajeno a la pandemia. A nivel mundial, no obstante, está habiendo diferencias a la hora de encarar el bache. En España no, toda la población del país está en el mismo saco, cosa que no ocurría desde hace décadas. Casi todos nos hemos pegado 57 días metidos en casa y eso ha provocado un torrente de sensaciones que, dado el desarrollo actual de las comunicaciones, ha sido retransmitido a través de múltiples vías. Hemos vivido, y estamos aún viviendo, un acontecimiento que entrará en los libros de historia igual que las guerras o las epidemias medievales.

Desde el punto de vista personal, nosotros no hemos estado mal. María y yo encaramos la cuarentena con cuatro trabajos y hemos salido de ella con uno, pero lo cierto es que dos de los que se han quedado por el camino eran temporales. La COVID-19 solo adelantó unas semanas su final. Lo del otro trabajo de María sí ha sido más jodido, pero tampoco va a llegar la sangre al río. En cuanto a mí, ha quedado reflejado en este blog que, tras quedarme a finales de diciembre de 2018 sin mi ocupación de los últimos siete años, en febrero de 2019 empecé a trabajar tres o cuatro días semanales en un negocio turístico. Ese ha sido mi único curro durante 2019. Desde 2018, además, estaba estudiando para presentarme a un examen de oposición que me permitiera entrar en la Universidad de Sevilla. En noviembre me examiné por fin y desde entonces hasta el 2 de enero de 2020 me dediqué tan solo a trabajar en la tienda mientras esperaba las notas. Ese 2 de enero, sin embargo, recibí una providencial llamada de la Universidad que no estaba directamente relacionada con el examen que había hecho: resulta que en 2010 ya me había examinado para el mismo puesto que el de la prueba de noviembre, aprobé y entré en bolsa, pero quedé en el penúltimo lugar. La vida continuó y casi había olvidado esa situación. El día 2 llegó mi turno en esa bolsa y de forma totalmente inesperada me llamaron para una sustitución en una de las bibliotecas de la US. Cuando comenzó el estado de alarma todavía no había dejado el trabajo en el negocio de bicis, iba allí los fines de semana y trabajaba en la biblioteca de lunes a viernes. Con el confinamiento hubo que cerrar la tienda y en ese momento pasé a ser ex-trabajador de Bici4city. Por fortuna, sigo en la biblioteca universitaria... y que dure. 

Todo esto en principio no viene a cuento, pero me apetecía recalcar que la cuarentena la hemos llevado bien. A pesar de los vaivenes, hemos estado los cuatro en casa aprovechando para tiempo juntos tras un año de mucho trajín, y eso al final ha sido positivo. Pese a esto, hemos permanecido en stand by y teníamos muchas ganas de hacer planes que fueran divertidos. Por ello, yo me he pegado el confinamiento diciendo que en cuanto nos dejaran nos íbamos a ir a pasar el día a la playa. Durante las fases 1 y 2 eso no ha sido posible, pero en la 3 ya está permitido, de manera que al poco de estrenar la nueva etapa hemos cogido el coche y hemos atravesado por primera vez en medio año el limite de la provincia de Sevilla, camino de la costa de Huelva. Nuestro destino ha sido Punta Umbría.


Punta Umbría es un municipio de la provincia de Huelva que se asoma al Océano Atlántico y que consta de tres núcleos de población. El más importante, con diferencia, es la capital municipal. La ubicación de la misma explica por qué lleva la palabra punta en su nombre.


Como se puede ver en la imagen, la ubicación de Punta Umbría hace que esté rodeada de bonitos parajes. Es verdad que en la parte que da a la ría lo que se ve a lo lejos es el Polo Químico de Huelva, pero está suficientemente alejado como para que no se rompa el encanto.


Por el otro lado, la playa que da al Atlántico es sensacional y por el este, más allá del pueblo, solo hay pinos. En general, la costa onubense es una maravilla natural que ha sido respetada en un alto grado. En todos los municipios que dan al mar se han desarrollado, hasta cierto punto, las infraestructuras turísticas, pero por suerte los parajes naturales se han respetado bastante desde la desembocadura del Guadalquivir hasta la frontera con Portugal.

Yo ya había estado en Punta Umbría dos veces. En mi segunda visita eché con María una bonita jornada en la primavera de 2007. Más intensa fue, de todas formas, mi estancia de 1996, ya que fui con 18 años a disfrutar de un fin de semana veraniego con cuatro amigos. 


De esta visita recuerdo que lo pasamos muy bien (en la foto superior yo soy el de la izquierda). Para mí sorpresa, el lugar donde nos alojamos de manera increiblemente improvisada (eran otros tiempos, supongo), sigue casi igual de aspecto después de 24 años.


Recuerdo a la perfección que nosotros dormimos en la habitación cuya reja azul está más cerca en la foto. Entrábamos en el edificio por la puerta que se ve en el centro. El ventanuco que está a su izquierda era el de nuestro baño. Sin embargo, ahora por ningún lado pone que Oliver sea una pensión, en la actualidad es un chiringuito, aunque su nombre no ha cambiado. Ignoro si se sigue pudiendo dormir ahí (yo no vi ninguna indicación) y tampoco puedo recordar si en 1996 ya era un bar restaurante. Lo que sí recuerdo es que aquel viernes del mes de julio mis cuatro amigos y yo llegamos allí preguntando por un sitio donde pernoctar y accedieron a darnos cobijo, sin formalismos de ningún tipo, en la comentada habitación, donde solo había tres camas (yo me acosté en el suelo junto a la puerta del baño). La ubicación del alojamiento, como se puede ver en la foto, era inmejorable. El otro día me topé con el lugar por casualidad y me hizo ilusión.

Volviendo a la realidad actual, hay que decir que, dado su carácter y su ubicación, Punta Umbría se ha convertido en el destino veraniego de miles de personas. Al estar más lejos de Sevilla que otras playas el número de sevillanos se reduce, pero en cambio para los onubenses es un destino primordial. Sin embargo, la Playa de Punta Umbría en muy extensa y eso hace que la sensación de masificación se mitigue. El crecimiento del casco urbano, además, ha sido controlado, porque los bloques de diez pisos que hay en la localidad son monstruosos, pero no están junto al mar y se encuentran ordenados y separados los unos de los otros, por lo que no resultan atosigantes.



En Punta Umbría cerca de la costa predominan las casas unifamiliares con jardines independientes. Por otro lado, en el centro no hay apenas rastro de edificaciones antiguas, pero no han caído en el error de construir pisos. En lineas generales se ha guardado una cierta armonía con la naturaleza.


En cualquier caso, podría parecer que dejarse caer por Punta Umbría en los albores del verano es como meterse en la boca del lobo, pero pese a esto yo me empeñé en ir, porque sabía que dos días después de que empezara la fase 3 y siendo miércoles no iba a encontrarme con grandes multitudes. Acerté. 

Tengo que decir que la pandemia que estamos padeciendo ha sido una catástrofe para mucha gente. Yo tampoco me he librado de sus efectos, como ha quedado explicado arriba, pero eso no significa que la situación no haya traído cosas buenas. Incluso la más oscura de las sombras nocturnas puede a veces ser iluminada por la luz de la luna. Poder ver Punta Umbría en total calma con clima veraniego ha sido uno de esos rayos de luz. De no ser por las excepcionales circunstancias en las que estamos inmersos yo no habría podido estar allí un día entre semana de junio (ya me he reincorporado al trabajo, pero no tengo que ir todos los días).

En efecto, lo que vi en Punta Umbría fue muy reconfortante. Para empezar, dado que estamos hablando de una población de 15.000 habitantes, no nos encontramos allí con el típico ambiente decadente que pueden llegar a tener algunos núcleos turísticos cuando vas fuera de temporada. Además, se veían por todas partes detalles que demostraban que el sector turístico estaba saliendo del letargo, de cara a intentar aprovechar la temporada de verano, aunque fuera empezando tarde: los parkímetros estaban listos de cara a ser activados el 21 de junio, vi alojamientos que estaban siendo adecentados, y la mayoría de los negocios de restauración ya estaban funcionando y preparados para dar servicio a más clientes. Aún así, era evidente que el pueblo apenas estaba arrancando la temporada estival, dado que junto a la playa había aparcamientos por doquier, que la tranquilidad era la nota predominante, que se veía que la mayoría de las viviendas estaban vacías y, por último, que fue posible comer y cenar en plan relajado en lugares que estoy seguro que otros años en junio han estado a tope.

Tanto nos gustó el ambiente al llegar que, a pesar de que íbamos con la idea de regresar por la noche, decidimos buscar sobre la marcha un sitio donde pernoctar. Realmente fue María la promotora de la idea. Íbamos con lo puesto y, además, solo teníamos las mudas de playa, pero tanto Julia y Ana, como yo, nos dejamos convencer rápido. Necesitábamos, eso sí, un alojamiento barato donde instalarnos, pero por suerte apareció rápido lo que buscábamos: en el Hostal Patio Andaluz encontramos una habitación para los cuatro por 80 euros. El hostal estaba céntrico y luego resultó que estaba muy limpio y reformado. No se puede pedir más.


Una vez solucionado el tema del alojamiento nos dispusimos a disfrutar de la playa a tope. El miércoles nos comimos un bocata en la arena y estuvimos allí desde el final de la mañana hasta media tarde. Al día siguiente nos fuimos para el mismo lugar a mitad de mañana y no nos movimos hasta la hora de comer. Hacía viento y eso hizo que no me bañara, porque el aire redujo la sensación de calor, pero eso también tuvo su lado positivo. Yo estuve en la gloria.


El miércoles por la tarde tras abandonar la playa nos fuimos al hostal, y después de ducharnos (y de ponernos la ropa de la mañana, lo reconozco), nos fuimos a dar un paseo. El Hostal Patio Andaluz está en la Calle Falucho, que es una bocacalle de la Calle Ancha, la más emblemática de Punta Umbría.


Realmente desconozco por qué la Calle Ancha tiene ese nombre, porque es más larga que ancha, pero lo que sí se es que estaba muy animada. En la siguiente foto he tenido cuidado de no sacar a nadie en primer plano, pero lo cierto es que la artería principal puntaumbrieña estaba llena de gente autóctona paseando.


Tras recorrer gran parte de la Calle Ancha nos volvimos bordeando la ría y anduvimos tanto que llegamos hasta el lugar donde se acaba el pueblo, cerca de la punta de la península donde se asienta. En Punta Umbría el paseo marítimo no está por el lado de la gran playa que da al océano, donde lo que llegan hasta la arena son los jardines de las casas que están en primera línea.


En Punta Umbría el paseo marítimo bordea el pequeño arenal que da al puerto y a la ría. En efecto, por ese lado sí se puede andar en paralelo al mar, aunque el trayecto está dividido en varios tramos: al principio se camina por la acera de la Avenida de la Ría, luego esta se convierte en el Paseo de Pascasio, una vez que se deja atrás la zona del muelle pesquero y del puerto deportivo, y al llegar a la amplia Plaza Pérez Pastor ese paseo se convierte en la Calle Almirante Pérez de Guzmán, que al ser peatonal sigue ejerciendo realmente de paseo marítimo.



Al igual que la Calle Ancha, la zona para pasear junto al mar y la estrecha lengua de arena que la separa del agua estaban llenos de personas que disfrutaban de la maravillosa tarde. Las medidas de distanciamiento social funcionaban solo a veces. Es verdad que la provincia de Huelva es la tercera menos castigada de España por la pandemia, es normal que allí la preocupación sea menor, pero vi algún caso flagrante (el peor, el de los jóvenes que se estaban dedicando a fumar en grupo de la misma cachimba). Es lo que hay.

Pese a todo, el ambiente era bueno. No había miedo en la gente, eso era evidente, pero por lo general se guardaban las formas. Nosotros tras estirar las piernas volvimos a la Calle Ancha y elegimos uno de los muchos sitios para cenar que vimos. Había numerosos veladores con mesas y elegimos el de la Pizzería Il Marinelo. No era tarde y fuimos los primeros en sentarnos. Sin embargo, al irnos el restaurante ya estaba hasta los topes. No me extraña, porque estuvimos muy a gusto y comimos de lujo. María y yo compartimos una pizza muy original (llevaba anchoas, gambas y atún) y el tomate con mozzarella que también pedimos estaba soberbio.

 

Las niñas optaron por unos ravioli con salsa boloñesa y ambas se fueron más que satisfechas. Los camareros fueron muy amables y escrupulosos a la hora de mantener las medidas de seguridad exigibles. Fue un buen rato en familia.


Después de cenar no faltó el pertinente helado. La oferta también era amplia en la Calle Ancha, pero por recomendación del camarero de Il Marinelo nos decidimos por la heladería que estaba enfrente, llamada Porto Bello.

No fue este el único homenaje culinario que nos dimos durante nuestra estancia en Punta Umbría, porque en mi lista de cosas que quería hacer para desquitarme de los días de confinamiento estaba incluida la comida en un chiringuito. En consecuencia, el domingo reservé en el Chiringuito El Loro y encargué una paella mixta.




Fue otro acierto. Para empezar pedimos una ración de gamba blanca autóctona que estuvo muy bien servida. También tomamos un tomate con melva. El chiringuito no se llenó, pero tampoco se quedó vacío. Eso hizo que la comida fuera una gozada.


En definitiva, me fui de Punta Umbría habiéndome quitado por completo el mal sabor de boca de las semanas de confinamiento. La escapada fue una bocanada de aire fresco, un pequeño recordatorio de que, pese al golpetazo del virus y a la precaución que habrá que tener aún durante bastante tiempo, todavía nos quedan por delante muchísimos buenos ratos.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado PUNTA UMBRÍA.
En 1996 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Huelva: 5% (hoy día, confirmada ya esta visita en 2007, 30'4%).
En 1996 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 2'5% (hoy día, confirmada ya esta visita en 2007, 20'6%).


20 de enero de 2018

JAÉN 2018

Jaén fue la última capital de provincia de Andalucía en la que puse un pié (me faltaban dos días para cumplir 29 años). María tiene una amiga que, aunque está afincada en Sevilla, es jiennense, de manera que en verano de 2006 pasamos un par de días en su ciudad aprovechando que ella estaba allí de vacaciones.


El pasado fin de semana he estado por segunda vez en Jaén. Esta vez hemos ido en pleno invierno, ya hemos sido cuatro en la expedición (Ana y Julia no existían en 2006, pero en la actualidad son una parte fundamental de la mayoría de nuestras escapadas), la excursión no ha tenido nada que ver con Pilar como la otra vez, y, por fortuna, hemos dormido en un lugar menos infame que en nuestra anterior visita: en aquella ocasión pernoctamos en la Pensión Carlos V, un alojamiento de una sola estrella que tenía el baño en el pasillo, lo que ayudó a que nos cruzáramos por la noche con alguna pareja (por decirlo finamente) con pinta de estar usando aquello como picadero. Sin embargo, lo peor fue que la habitación, cuando dejamos las maletas, apestaba a tabaco rancio, la primera bofetada fue repugnante, pero por suerte íbamos con mucha prisa, estuvimos solo medio minuto allí y cuando volvimos cuatro horas después, dispuestos a pirarnos, habían ventilado y perfumado a conciencia el cubículo, por lo que decidimos que, dado que nuestra estancia en Jaén iba a ser extremadamente callejera, no íbamos a complicarnos la vida buscando otro sitio donde dormir.

Es posible que la  Pensión Carlos V haya mejorado, lo bueno que tuvo (y que tiene) es que está en la Avenida de Madrid, una de las principales arterias de Jaén.


En cualquier caso, la posibilidad de comprobar hasta que punto la pensión está igual o ha sido remozada no ha entrado en esta ocasión, ni remotamente, en nuestros planes, de hecho en este 2018 hemos dormido en el Albergue Inturjoven & Spa Jaén, que ha resultado ser un lugar magnífico que recomiendo a todo el mundo.

El albergue juvenil de Jaén tiene lo bueno de los demás alojamientos andaluces de la Red Española de Albergues Juveniles (está limpio, es bastante barato y hay muy buen ambiente), pero además está recién remodelado (fue inaugurado en 2007 y en 2017 se reformó bastante). Eso hace que sus instalaciones estén nuevas.


Además, está en un inmueble histórico, el de la Antigua Escuela de Enfermería, que dependía del vecino Hospital San Juan de Dios (también desaparecido como tal). Del edificio de la escuela se conserva solo la fachada, porque de puertas para dentro todo lo demás es totalmente nuevo. El Albergue, aparte, tiene la peculiaridad de que cuenta con un llamativo spa. Yo no lo usé, porque en la calle hacía una rasca de muerte, tenía el frío metido en el cuerpo y, en esas condiciones, para entrar en contacto con el agua necesito que esté a punto de entrar en ebullición, pero María y las niñas disfrutaron durante una hora de las instalaciones y salieron muy contentas.


Por otro lado, el desayuno que nos dieron y que iba incluido en los 66 euros que pagamos fue mejor que el de muchos hoteles en los que he dormido (constaba de cereales, dulces, pan, fruta y yogur a discreción). El café estaba malísimo (era de máquina), pero también se podía uno servir todo el que quisiese.

Aparte de todo esto, nuestra estancia en Jaén estuvo marcada por mi participación en la Carrera Urbana Internacional Noche de San Antón, pero también por la lluvia. Me preocupaba que fuera a diluviar el sábado por la tarde y de eso nos salvamos, pero el domingo amaneció metido en agua, por lo que optamos por volvernos a casa a media mañana y no pudimos aprovechar el día. Queda pendiente una nueva visita a la ciudad para ver lo que nos dejamos atrás (afortunadamente, el Castillo de Santa Catalina ya lo conocía de la otra vez, al igual que el Palacio de Villardompardo y sus impresionantes baños árabes).

Sí vimos en esta ocasión la Catedral de Jaén, que será objeto del siguiente post, pero para lo que sirvió esta visita, sobre todo, fue para que me haya quedado con una idea mucho más clara de como está organizada urbanamente la ciudad. En 2006 me moví de una manera más distraída por allí y no recuerdo los detalles de por donde anduvimos, pero en esta ocasión sí se que recorrimos parte de las dos grandes avenidas que, casi en ángulo recto, encierran el centro de la población por dos de sus partes (la Avenida de Andalucía por el norte y el Paseo de la Estación por el este), y, desde ahí, tengo claro cuales fueron los recorridos que hicimos. Realmente, pese a la mala suerte del domingo, el sábado la lluvia se contuvo y eso hizo que desde que llegamos a Jaén a mediodía, hasta la 6 de la tarde, pudiéramos pasear sin problema.

Nada más llegar fuimos directamente al Parque de la Concordia a recoger el dorsal de la carrera, que se iba a disputar por la noche. En mitad de ese parque estaba montada la carpa donde se desarrolló la feria del corredor y la gran macarronada.



En la macarronada la pasta no era gratis (en realidad en la carpa lo que había era una barra con bebidas y tapas, entre ellas los macarrones con tomate), pero por el precio de una bebida nos pusieron un buen plato de comida que disfrutamos en un poyete del parque.


Tras comer, nos fuimos al centro recorriendo el Paseo de la Estación y pasamos por la Plaza de la Constitución, que ejerce como puerta de entrada al casco histórico.


Durante un buen rato estuvimos paseando por el Barrio de San Ildefonso, que queda a espaldas de la Catedral. El núcleo de este barrio, el más tradicional de la ciudad, es la Plaza de San Ildefonso.


Desde ese punto, en vez de alejarnos de la Catedral y meternos por las calles mas intrincadas del barrio, nos encaminamos hacia el gran templo jiennense por la Calle Hurtado, que se extiende a lo largo de la parte mas señorial del centro. 


Estaba todo muy tranquilo, en parte porque ya habían caído unas gotas, pero esa paz hizo que la zona tuviera un atractivo aún mayor. Por la noche, en cambio, la ciudad entera se echó a la calle de una manera increíble con la excusa de la carrera y de las Lumbres de San Antón (pudo influir en la tranquilidad de primera hora de la tarde el hecho de que la gente se estuviera reservando). Las lumbres son hogueras que se encienden por la noche con motivo de las fiestas de San Antón en todos los barrios de Jaén y que ayudan a crear un ambiente mágico.

El caso es por la noche vimos lo mejor del animado ambiente jiennense, incluida la lumbre de la Parroquia de Santiago Apostol (yo venía de correr, no nos pudimos parar mucho ni tampoco tuvimos opción de consumir en la barra, pero durante unos instantes sí nos dejamos hipnotizar por el gran fuego). Por la tarde, sin embargo, pudimos ver los alrededores de la Catedral casi desiertos, lo que ayudó a que disfrutáramos del verdadero sabor del casco histórico (me gustó mucho la visión de la Calle Bernabé Soriano, conocida popularmente como La Carrera, con la torre de la Catedral al fondo, así como la Plaza de Santa María vacía y mojada).



En esta excursión, dado que comimos en la feria del corredor y cenamos unos bocadillos en el albergue después de la carrera, nuestro contacto con los negocios de restauración se limitó a merendar en una cafetería que, pese a todo, se merece un comentario, porque nunca había estado en un sitio así.


La cafetería se llama Entre Cuentos y Cafés, y aunque parezca que está enfocada en exclusiva al público infantil (dicen que es kids friendly), la verdad es que no es así, los niños pueden divertirse en la ludoteca y, evidentemente, disfrutan como nadie de la cuidada decoración, que parece sacada de Alicia en el País de las Maravillas, pero para los adultos es una atractiva cafetería que sirve unas tartas que están de escándalo.


La visita a Jaén se nos quedó a medias, porque aprovechamos el sábado, pero no pudimos disfrutar del domingo por culpa de la lluvia. Aún así, cumplí el objetivo de irme con una idea mucho más clara de como está organizada la ciudad. La próxima vez remataré la faena.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado JAÉN.
En 2006 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Jaén: 20% (hoy día 40%).
En 2006 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 24'5% (hoy día 32'5%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado JAÉN.
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En 2006 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 10'5% (hoy día 19'5%).


15 de agosto de 2016

REINO UNIDO 2016

El Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte es un estado soberano que se compone de cuatro países: tres están en la isla de Gran Bretaña (Inglaterra, Escocia Gales) y el cuarto, Irlanda del Norte, ocupa parte del extremo septentrional de la isla de Irlanda. Yo estuve en 1989 en Inglaterra y en 1995 pasé un mes en Escocia. Este verano he puesto los pies por primera vez en Irlanda del Norte, así que ya solo me falta visitar Gales.


En Irlanda del Norte hemos estado solo dos días, pero es complicado hacer más cosas en ese tiempo: en 48 horas visitamos una maravilla Patrimonio de la Humanidad, seguimos los pasos de la troupe Stark por varios sitios (el que no haya visto Juego de Tronos ya me entenderá un poco más adelante), atravesamos un puente que haría las delicias de Indiana Jones, hicimos senderismo por una reserva natural, desayunamos al más puro estilo británico, cenamos en un pub lleno de fiesteros, almorzamos en una posada pirata y todavía tuvimos tiempo de tener un percance con la furgoneta de alquiler...


Pero vayamos por partes. Por si alguien no lo sabe, Juego de Tronos es una exitosa serie basada en las novelas Canción de Hielo y Fuego del escritor George R. R. Martin. Hasta ahora se han estrenado seis temporadas de la misma y la séptima está al caer (cada temporada tiene diez capítulos). La historia está ambientada en un mundo ficticio que atraviesa una época semejante al medievo real que vivió el norte de Europa. Una de las características de Juego de Tronos es que no es la típica serie rodada en platós o en localizaciones fijas: su presupuesto es enorme desde el primer capítulo y ha ido creciendo, entre otras cosas porque está muy bien ambientada y se rueda por todo el mundo (en España se han rodado partes de la quinta y la sexta temporada). Sin embargo, el lugar principal de filmación es Irlanda del Norte.

No soy muy aficionado a la televisión en general (me gusta el cine, pero en el cine), por lo que no estoy muy al día de lo que está de moda a nivel audiovisual. Alguno dirá que hoy día ver series no tiene nada que ver con ver la televisión, y estará en lo cierto, pero, por alguna razón, los audiovisuales en general no son lo mio. No obstante, si me pongo se disfrutar de una buena película o de una buena serie vista desde mi sofá, como no, así que cuando decidimos que íbamos a ir a Irlanda del Norte, como yo sabía que este país está lleno de localizaciones de Juego de Tronos y, en el fondo, soy un poco friki, pues decidí ponerme a ver la serie, de la que he oído hablar hasta la saciedad. Pronto descubrí que, en efecto, es muy buena (la historia es muy atractiva y la plasmación de la misma está muy currada), pero también me percaté al minuto uno de que, por muy ambientada que esté en un mundo imaginario que mezcla El Señor de los Anillos con la Edad Media, la serie es muy violenta, es sexualmente bastante explícita y está llena de personajes totalmente amorales (los Stark a los que antes hacía referencia son los buenos). Evidentemente, verla con niños no es una opción (no pueden estar ni rondando por la casa). Por esa razón, mi momento de empezar a ver un capítulo no llega antes de las diez de la noche, pero, dado lo que tengo que madrugar, yo a esa hora normalmente estoy más cerca de irme a planchar la oreja que de ponerme delante de una pantalla, por lo que cuando ha llegado el momento de empezar el viaje había logrado ver solo la primera temporada y dos capítulos de la segunda (es decir, 12 capítulos de los 60 que se han estrenado ya). Por suerte, y me encantó darme cuenta, cuando llegamos a The Dark Hedges, primera parada de nuestro Games of Thrones Tour por Irlanda del Norte, reconocí inmediatamente el lugar: sale en el último capítulo de la primera temporada.


The Dark Hedges era hace un buen puñado de décadas un trozo de carretera ubicado en mitad de la nada. Su particularidad residía en que al final de ese tramo de vía, llamada ahora oficialmente Bregagh Road, había una mansión de adinerados llamada Gracehill House (hoy día es un club de golf, los terrenos de la casona se han convertido en el campo de juego). Los dueños de ese palacio decidieron hace más de 250 años que iban a plantar a ambos lados de Bregagh Road un montón de arboles que enmarcaran la llegada a la casa por esa carretera. Casi tres siglos después la fila de arbolitos ha creado uno de los caminos más pintorescos del Reino Unido. El lugar ya era famoso antes de que Juego de Tronos desembarcara allí, pero la serie ha desbocado el tema, cosa que pude comprobar nada más bajarme de la furgoneta: al llegar nosotros aquello parecía la Gran Vía en Navidades. Afortunadamente, los autobuses llenos de japoneses (no es coña) se marcharon antes que nosotros y el lugar se quedó más despejado, aunque es imposible ver aquello a esa hora y en esta época del año igual que como está en las fotos que hay en Internet. Pese a esto, el lugar merece la pena.


Nuestro tour de Juego de Tronos se completó con una parcial visita al Castillo de Dunluce (muy a mi pesar solamente lo vi por fuera) y con la parada para ver las Cuevas de Cushendun. Cushendun es un pueblecito muy pequeño situado en uno de los extremos de una magnífica playa que estaba totalmente vacía. Para llegar a las cuevas hay que atravesar andando parte del pueblo, pasar la desembocadura del Río Dun, bordear una fila de casas y adentrarse en una zona rocosa que hay detrás.


Las cuevas no son muy profundas, no hay que esperar encontrarse allí la Gruta de las Maravillas, pero su entorno estaba desierto, por lo que pudimos disfrutar de todo el encanto de aquel apartado y pintoresco rincón rocoso al borde del mar.




La  cueva es como un túnel, ya que por el otro lado también tiene salida a una especie de aislada cala. Lo que sucede es que hace años alguien debió pensar que aquella recóndita calita era un sitio perfecto para hacerse una casa a la que solo se pudiera entrar a través del túnel. En consecuencia, al final de la cueva lo que hay es una cancela que no se puede atravesar.



Con respecto a Juego de Tronos, el episodio en el que sale esa localización no lo he visto aún, cuando lo haga disfrutaré a la inversa, ya que podré decir sobre la marcha que yo he estado ahí.

Pero, en Irlanda del Norte hay vida más allá de Juego de Tronos. De hecho, su principal atracción, la Calzada del Gigante, creo que aún no ha salido en la serie, a pesar de su mitológico nombre. Se trata de un área de la costa que tiene unas 40.000 columnas hexagonales de basalto formadas al enfriarse relativamente rápido la lava de alguno de los volcanes de la zona hace 60 millones de años (intentan aclararte como fue exactamente el proceso, aunque yo sigo sin hacerme una idea, pero da igual, aquello es una maravilla natural y es alucinante). Lo del nombre del lugar se debe a la leyenda local que trató de darle una explicación, hace tiempo, a como se podía haber formado aquello.







En la Calzada del Gigante, el único enclave Patrimonio de la Humanidad de Irlanda del Norte, hay mucha gente, por supuesto, pero se puede disfrutar incluso así. Hoy día la visita comienza en el Centro de Visitantes (como no), desde donde sale una carretera que solo se puede recorrer a pie o en un autobús lanzadera en el que se suben los que no quieren recorrer andando el kilómetro que separa el Centro de la zona más vistosa de la Calzada. Nosotros fuimos andando, merece la pena.




Realmente a Irlanda del Norte va uno a ver maravillas naturales, principalmente. Tras pasar varias horas recorriendo la Calzada del Gigante nuestra siguiente parada fue otro lugar de los que quitan el hipo, esta vez no solo por la belleza, sino también por el susto que da. Se trata del Carrick-a Rede Rope Bridge. La Isla de Carrick-a Rede es el mejor ejemplo de tapón volcánico de Irlanda del Norte (lo de tapón volcánico describe bastante bien como se formó la isla).


El caso es que esa isla está separada unos 30 metros de la costa y han puesto un puente colgante para que la gente pueda pasar a ella. En la isla no hay nada, es minúscula, pero pasar por el puente de cuerda es muy divertido y, por supuesto, disfrutar del paisaje circundante es casi inevitable. No obstante, para esto último no hay ni que pasar el puente, al inicio del mismo se llega después de otra preciosa caminata de un kilómetro por encima de los acantilados que merece la pena por si misma.








La última maravilla natural que vimos fue el Glenariff Forest Park. En las otras visitas caminamos con el objetivo de ver determinados lugares, pero en este caso se puede decir que caminamos por caminar, ya que hicimos senderismo por parte de las más de 1.100 hectáreas de bosque que componen el parque, que en parte es National Nature Reserve. Cierto es que hicimos una ruta corta (recorrimos el Waterfalls Walk Trail, fueron 3 kilómetros), pero gracias a la misma puede uno adentrarse en esa parte del bosque que es Reserva Natural Nacional y recorrer un camino con escaleras y pasarelas que bordea el Río Glenariff y se interna en su garganta hasta unas bonitas cataratas. Como pudimos comprobar, esta ruta, pese a que tiene buenas cuestas y escaleras, es apta para personas desde 5 a 66 años, al menos.





Pueblos la verdad es que no hemos visto casi ninguno, más allá de Cushendun, que lo atravesamos para ver la cueva, y de Glenarm, que sí lo recorrimos a conciencia, ya que tiene un bonito castillo que sigue siendo privado, por lo que no pudimos entrar en él. En cualquier caso, el recorrido en coche junto a la costa desde Waterfoot a Glenarm fue impresionante, el trayecto mereció la pena.


También estuvimos en Ballycastle, incluso se puede decir que fue allí donde tuvimos la oportunidad de entrar de verdad en contacto con locals, debido al desagradable incidente de la furgoneta. Ahora la cosa la cuento como una anécdota, pero la verdad es que en el momento no me hizo ni pizca de gracia. Como comenté en el post anterior, la furgoneta de 12 plazas en la que hemos estado rulando por Irlanda e Irlanda del Norte la ha conducido casi todo el rato mi cuñado Diego, dada mi pasividad (no me apetecía ni lo más mínimo enfrentarme a ese vehículo tan grande en carreteras donde se conduce por la izquierda con el volante cambiado de lado), dado que mi hermana Inés no conduce y dado que tampoco era lógico que fueran mis padres, estando rodeados de gente joven, los que tuvieran que darse la paliza de mover a la familia. El caso es que la única que dio un paso al frente en un par de ocasiones para relevar a mi cuñado fue María. La noche del primer día que pasamos en Irlanda del Norte, ante la evidencia de que Diego estaba un poco cansado de hacer de chófer, María decidió darle un breve relevo en el trayecto para ir a cenar. Lo malo es que para hacer esto nos metimos en Ballycastle, un pueblo con calles estrechas donde la gente conduce un poco rápido (lo normal en los pueblos). El caso es que en una calle de dos sentidos demasiado estrecha un señor, que no llegó a pararse, decidió no reducir pese a que por allí a duras penas cabían la furgoneta y su coche. María se pegó al lado izquierdo, por el que había que circular, pero se arrimó demasiado y le dejó un bonito recuerdo a nuestra propia furgoneta y al coche que estaba aparcado.



Crisis. María, como no podía ser de otra forma, decidió asumir su acción y se metió en el pub que estaba enfrente del lugar donde estaba aparcado el coche (Anzac Bar & Bistro se llamaba), esperando que el dueño estuviera ahí. Yo la seguí, que menos. Aquello no es que fuera un tugurio de mala muerte, era un pub corriente, pero, precisamente por eso, estaba oscuro y tenía a tres o cuatro armarios empotrados con tatuajes bebiendo pintas en la barra. Lo normal. Reconozco que al ver aquel panorama, dado como habíamos dejado el coche, temí por la integridad de mis piernas. María preguntó al camarero y este le dijo que sí conocía al dueño del coche, al que fue a buscar a otra sala del pub. El mismo resultó ser un chaval joven y delgadito que estaba con su novia. Respiré. Luego comprobé que, además de no ser muy alto ni muy grande, el chaval era listo: vio el coche, se percató de que le acababan de joder el lateral unos guiris (sí, allí los guiris éramos nosotros) con una furgoneta de alquiler, estando él aparcado, y se dio cuenta de que su vehículo iba a salir del percance con una manita de pintura y con la puerta nueva por el módico precio de cero libras. No dejó de sonreír, yo creo que fue por eso. Por nuestra parte, gracias a la clarividencia de mi padre, que decidió, al alquilar la furgoneta, que quería contratar el seguro a todo riesgo, el asunto quedó en un susto que no nos arruinó las vacaciones.

Tras el incidente, y con el cuerpo un poco cortado, llegó el momento de volver a pensar en la cena. Era tarde y el sitio al que íbamos nos lo encontramos cerrado, así que nos vimos un poco fuera de juego. Afortunadamente, enfrente había otro pub, llamado Central Bar, que también servía comida en el piso de arriba. Estaba petado y el camarero nos dijo que no había sitio (eramos ocho), pero mi madre es capaz de ser muy perseverante si se lo propone (además de que es abuela y eso impone), por no hablar de que llevábamos escrito en la cara "nuestros nervios están a flor de piel después de un desafortunado percance, vamos con dos abuelos y las niñas tienen hambre". El caso es que el chaval habló con el jefe y nos ubicó provisionalmente abajo en un rincón, en medio de la algarabía de un pub un sábado por la noche. Al rato, el propio jefe nos indicó que subiéramos y nos colocó en una zona que claramente nos había apañado juntando unas mesas altas, junto a otra barra, en una zona que yo creo que también estaba dedicada a beber (la parte donde había gente comiendo estaba más al fondo). En esa improvisada mesa nos atendieron de lujo y cenamos muy bien, por cierto.

Para acabar este post dejando buen sabor de boca, decir que, tal y como ya pasó en Irlanda, en Irlanda del Norte, más allá de la cena comentada, nos hemos alimentado muy bien. Me encantó, sobre todo, el desayuno de la primera mañana: yo hasta mediodía soy un tanto cuadriculado con la comida, pero en el hotel donde dormimos no había tutía, así que me pedí un desayuno muy británico que me encantó.


Y hablando de especialidades locales, en el Glenariff Cafe (la cafetería del Glenariff Forest Park) acabamos comiendo el día de la caminata, pero antes de empezar la ruta nos tomamos un café y, además, también compartimos un café irlandés (con whisky y nata) que resultó estar bastante bueno. No me podía ir sin probarlo.


Aparte, el primer día comimos en The Smugglers Inn, un pintoresco lugar no muy alejado del mar que es un hotel, pero que tiene un restaurante decorado al modo marinero (pero marinero pirata). El tamaño de la hamburguesa era demoledor, aunque yo me comí un plato de pasta.

Para dormir estuvimos en dos lugares distintos: la primera noche dormimos cerca de Antrim, en el Ballyrobin Country Lodge, un hotel elegante, funcional y moderno.


La segunda noche pernoctamos no muy lejos de Ballycastle, en un B&B llamado Crockatinney Guest House, que, aunque también estaba muy cuidado y reformado, tenía una decoración un tanto kitsch (cabeceros con pedrería de plástico, colores pastel en las paredes, colchas satinadas, algún que otro jarrón de dudoso gusto,...). Sin embargo, este alojamiento resultó ser muy moderno: en Finlandia en 2013 estuvimos en un hotel donde no había recepción (en esos hoteles reservas a través de Internet, entras en el hotel con un código que te envían vía sms, con ese mismo código entras también en tu habitación y listo). Este sitio fue parecido: llegamos, nos encontramos una nota de bienvenida en la puerta y nuestras llaves sobre el mostrador, con ellas entramos en la habitación, nos acomodamos, nos fuimos, volvimos... y allí no vimos a nadie. Al día siguiente, afortunadamente, sí apareció una persona para darnos el desayuno y para cobrarnos...

Aparte de todo, este B&B estaba en un lugar precioso y por fuera era espectacular. Realmente estuvimos muy a gusto.


Como dije al principio, no se pueden hacer más cosas en dos días. Me gustaría volver a Irlanda del Norte a ver Belfast, pero, de momento, me fui muy satisfecho con el intenso recorrido de dos días por la Causeway Coastal Route.



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Visitado REINO UNIDO.
En 1989 (primera visita), de los 44 Países del Mundo que están en Europa, % de visitados: 6'8% (hoy día 34'1%).
En 1989 (primera visita), de los 196 Países del Mundo, % de visitados: 1'5% (hoy día 8'2%).