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12 de septiembre de 2022

TOMARES 2022

No escribía acerca de Tomares desde antes de la pandemia. Después, había vuelto en un par de ocasiones, para ir a casa de mi amigo Dani, pero esas veces no hice nada relevante que se mereciera un post. El pasado martes, sin embargo, viví una jornada auténticamente cojonuda en dicho pueblo, y tres días más tarde, como si lo hubiera planeado ex profeso, estuve con todos mis amigos en la urbanización tomareña en la que me crie. Esto último, de nuevo no habría dado, de por sí, para escribir sobre ello, pero, ya que pasé una velada entrañable en la Urbanización El Mirador, no puedo dejar de hacer mención a ese rato, aunque el grueso de este artículo vaya a estar centrado en el plan del martes. De hecho, voy a poner hasta una foto de grupo.


Pues sí, en esa foto, además de María, Ana y Julia, salen mis seis amigos de toda la vida, con sus parejas y con toda su prole. Resulta difícil que nos juntemos todos. Hubo un momento en el que el grado de dispersión de la mayoría, por Andalucía, por España, y por el mundo, hacía casi imposible una reunión total. Ahora, como la cabra tira al monte, salvo uno, todo los demás han vuelto al Aljarafe sevillano. En Tomares solo viven dos, y sus casas no están en El Mirador, pero lo cierto es que nos seguimos reuniendo de tarde en tarde en el Club Social de nuestra urbanización de toda la vida. En esta ocasión hicimos pleno. 

El caso es que regreso cuando puedo a El Mirador y siempre le echo un tierno vistazo al lugar donde viví entre los 9 y los 19 años. Ha cambiado un poco, pero no lo suficiente. Sin embargo, sus alrededores sí lo han hecho. Sin ir más lejos, la Calle El Palancar, donde logré aparcar el otro día, así como la Calle Molino, que es la que bordea El Mirador por el este, están irreconocibles. Tampoco es que hayan mutado tanto desde la última vez que anduve por Tomares, pero es que yo tengo grabado en la memoria el aspecto de toda esa zona a principios de la década de los 90 del siglo XX, y ahí sí que hay diferencia.

Pero vayamos al grano, porque si no me voy a poner en plan abuelo cebolleta, y no se trata de eso. A lo que iba es a que el martes, por segunda vez en cinco años, una etapa de la Vuelta Ciclista a España acabó en Tomares.


Yo me mudé a Tomares en 1983, cuando en esta población aljarafeña vivían menos de 6.000 personas. Ahora cuenta con 25.000 habitantes. Tampoco es que sea una locura, pero lo que sí llama la atención es que, desde hace casi una década, Tomares es el pueblo más rico de Andalucía y se encuentra entre los 60 de España con mayor renta per cápita. Un simple paseo por su centro urbano ya deja traslucir que, en el municipio, hay bastante gente con dinero, que es capaz de pagar buenos impuestos. Estos, a su vez son reinvertidos en mantener las calles impecables. 


Todo esto lo cuento para tratar de explicar como es posible que Tomares haya podido albergar el desenlace de una etapa de la Vuelta Ciclista a España dos veces en tan poco tiempo, con lo que eso cuesta. Se ve que hay poderío económico en el pueblo. Aparte, tengo que recordar, antes de pasar a enrollarme, que el ciclismo me encanta. En 2017 hablé de ello en el post que le dediqué a Tomares, la otra vez que acabó allí La Vuelta. Luego, intenté repudiar al deporte de la bici, pero lo cierto es que me sigue gustando. No lo puedo evitar. Por eso, este 2022 me he volcado de nuevo con el Tour de Francia, y tenía previsto hacer lo propio con la ronda española, cuando me enteré de que la etapa 16 iba a acabar en Tomares. En 2017 ya viví intensamente un final de etapa allí, pero ahora decidí darlo todo de verdad. En consecuencia, tras salir del trabajo, me eché una mochila al hombro y me planté con mucha antelación en el entorno de la meta, con la idea de ver bien todo lo que se cuece en sus alrededores, en ese tipo de circunstancias. Dado el plan hardcore que estaba dispuesto a vivir, en esta ocasión María y las niñas optaron por quedarse en casa. Por lo que a mí respecta, aproximadamente a las 15'00 horas llegué a Tomares, saludé a Bombita, que sigue impertérrito en su Monumento, en la Rotonda que lleva su nombre, y me adentré en el centro de la localidad.
 

No obstante, mi destino no era el meollo tomareño, dado que la carrera ciclista no acababa en él, sino en la Avenida del Aljarafe. Esta es una calle larga y ancha, que tiene suficiente capacidad como para albergar el final de una etapa de La Vuelta. Antaño era el límite urbanizado del pueblo, pero después se construyeron cientos de adosados más allá, y en la actualidad ejerce de frontera entre el centro de Tomares y el sector de las casitas unifamiliares que se extiende por el extremo sur del municipio. En todo caso, yo tenía que comer, por lo que, antes de ir a apostarme a las inmediaciones de la meta, me compré un bocadillo y me dirigí a la bonita zona que rodea la Plaza de la Constitución. En la comarca del Aljarafe sevillano, en los siglos XVII y XVIII proliferaron las fincas para el cultivo y la explotación de los campos de olivos. En Tomares había quince haciendas dedicadas a esa actividad a mediados del siglo XVII. En el pasado, ya he hablado de alguna. Ahora toca hablar de lo que queda de la Hacienda Zaudín Bajo, que fue demolida, aunque se conservan partes, precisamente en el entorno de la mencionada plaza. Efectivamente, hoy día, la Plaza de la Constitución es uno de los epicentros de Tomares. Por su lado norte, la cierra el Callejón de la Chipi, que acaba en la portada de la antigua hacienda, y por su lado oeste el límite lo marca un paño almenado del muro de la desaparecida finca. Otro pintoresco callejón que acaba con un arco, denominado Pasaje Párroco Ramón Diez de la Cortina, separa ese trozo de cercado de la Iglesia de Nuestra Señora de Belén.


En el extremo sur de la Plaza de la Constitución está situado el Auditorio Municipal Rafael de León. Pegado a este hay una zona verde, llamada Parque Montefuerte. Allí acudí a comerme el bocata que llevaba, y en ella ya me encontré con el primer detalle relacionado con la carrera. 


En efecto, en la foto, tomada desde el banco en el que me comí mi bocadillo, se ve a dos personas con camisetas rojas, tumbadas en el césped. No eran dos borrachines, ni dos estudiantes haciendo pellas... Eran dos operarios de La Vuelta, de los que cada día montan y desmontan todas las infraestructuras que rodean la carrera. Fuera de plano había otro, sentado en un banco, que en vez de dormir estaba leyendo un libro. Claramente, ese era el momento de asueto de los tres, tras haber estado trabajando hasta unas horas antes, en el montaje del tinglado. Tirados en el parque, estaban a la espera de que llegaran los corredores y se acabara todo, para ponerse a currar de nuevo, con el objetivo de dejar Tomares como si no hubiera pasado nada.

Tras ese primer contacto con los intríngulis de La Vuelta, que es una de las cosas que yo iba buscando ver, me tomé un café en el Quiosco Lobo Feroz, que está dentro del Parque Montefuerte, y salí por la puerta sur del recinto, siguiendo a la megafonía, que ya atronaba el ambiente. Así, con hora y media de antelación me planté en la recta de meta. 



En ese momento, los ciclistas estaban a 81 kilómetros de la llegada. Cuando se sale al paso de la carrera, en algún punto intermedio del recorrido, uno está más perdido con respecto a esta, pero en la meta pude seguir la evolución de la etapa en una gran pantalla que había colocada allí.


Eso me entretuvo y posibilitó que estuviera en todo momento bien informado. Dada la hora que era, yo pensé que podría ponerme muy cerca del arco de llegada, pero lo cierto es que me encontré con bastante gente más fatiga, incluso, que yo. Por eso, dado que mi prioridad era colocarme en primera línea, justo detrás de las vallas, me tuve que situar a 100 metros de la meta. No está mal. El sitio era bueno, y, a la postre, resultó ser un lugar que pasaría a la pequeña historia del ciclismo.


No obstante, antes de que llegaran los ciclistas, tuve tiempo de entretenerme observando el ambiente. Eso alivió el calorazo, y me hizo olvidar, a ratos, que el sol caía a plomo sobre mi cabeza. También pude comprobar hasta que punto los finales de etapa son lugares perfectos para los mitómanos. En efecto, durante los 80 o 90 minutos que estuve a pie quieto en mi posición, un speaker de la organización no paró de amenizar la espera. También animó el cotarro una especie de pasacalles de actores, que llevaban zancos y pistolas de agua. Sin embargo, para mí los verdaderos protagonistas de los momentos de espera fueron varios ex-ciclistas que rondaban por allí. A algunos los entrevistó el speaker. Yo lo tenía a 100 metros, pero esa distancia no era demasiada, por lo que, además de oír lo que decían por megafonía, pude ver a lo lejos a los entrevistados. Uno fue Óscar Freire, que está entre los cuatro o cinco mejores ciclistas que ha dado España. Otra fue Dori Ruano, de la que se puede decir lo mismo que de Freire, pero en mujeres. Después, el speaker se explayó, en especial, en la entrevista a David Martín, que es un joven corredor de Mairena del Aljarafe, que compite desde 2021 en las filas del Eolo-Kometa Cycling Team, un equipo modesto, pero profesional. Siendo de Mairena, el chaval estaba casi en casa, y contó cosas interesantes. Aparte, mientras esperaba, vi pasar andando, a un metro de mí, a Alberto Contador, e igualmente pasó en bici (aunque iba en vaqueros) Alexandre Vinokourov. Ambos son dos de los mejores ciclistas de la historia. Contador brilló más (ahora es comentarista de televisión y tiene una fundación que está ligada al ciclismo), pero Vinokourov fue un clásico de los podios, en las grandes carreras, a lo largo de quince años (en la actualidad es el capo del equipo Astana). Verlos a mi lado, aunque fuera un instante, fue flipante.

Pese a todo, lo mejor estaba por venir. Según se acercaban los corredores, la excitación fue creciendo. Al final, los alrededores de la meta estaban abarrotados, pero yo llevaba allí mucho rato y, gracias a eso, mantuve mi sitio de privilegio. En la pantalla gigante pude reconocer perfectamente por donde iba la serpiente multicolor en los últimos kilómetros, por lo que supe, en todo momento, cuando iba a llegar. Desde el primer kilómetro habían ido escapados dos españoles, pero les habían pillado a 14 de meta. A 2.500 metros del final, en el mismo repecho donde me puse con María y con las niñas en 2017 para ver el paso de los corredores, atacó Primož Roglič, que luchaba por la general. Su arrancada provocó una escabechina apañada en el pelotón, a la que solo pudieron responder otros cuatro ciclistas, entre ellos Mads Pedersen, el esprínter favorito a la victoria de etapa. Los cinco se tiraron a lo loco por las calles de Tomares y desembocaron en la última recta como una locomotora.


Es difícil de explicar el subidón que me dio cuando vi pasar, en pleno sprint final, a los cinco kamikazes a un metro de mi. Fue un segundo, porque irían a 70 kilómetros por hora, pero fue alucinante. Tanto, que mi mirada los siguió hasta que Mads Pedersen levantó los brazos como ganador, 100 metros más allá. En ese momento me giré y me encontré con este impactante cuadro:


La foto es mía, no la he sacado de Internet. El de la imagen es Primož Roglič, que se había pegado un leñazo de campeonato, justo delante de mis narices, en pleno sprint final. El esloveno tiene un palmarés brutal. Por no alargarme, voy a resumirlo diciendo que en los últimos cuatro años ha vencido tres veces la Vuelta Ciclista a España, ha quedado segundo en un Tour de Francia y tercero en otro Giro de Italia. Este verano se cayó en el Tour, cuando luchaba por ganarlo, se vio obligado a abandonar y llegó muy justito a La Vuelta. Por eso, empezó regular, pero fue cogiendo la forma poco a poco y pretendía recuperar el tiempo perdido, para luchar por la victoria en la general. Con esa idea, en Tomares atacó en el repecho y se tiró hacia adelante a lo loco, buscando recortarle unos segundos al líder. Durante los últimos dos kilómetros se colocó el primero de los cinco que abrieron hueco, para conseguir ampliar al máximo la diferencia. Paradójicamente, como no iba a luchar por la victoria de etapa (su aspiración era más alta), en la recta de meta dejó pasar a sus cuatro acompañantes y se puso a cola de ese grupito. No se iba a meter en el fregado del sprint, pero a 100 metros del final, justo donde yo estaba, se pegó demasiado a Fred Wright, se chocó con él y se fue al suelo. Roglič se incorporó a toda velocidad, en plan autómata, casi por instinto, pero estaba tocado. Me dio lástima ver como se montaba torpemente en la bici, aturdido por el golpe, por el calor y por el esfuerzo que llevaba encima. Era un zombi. Las gafas se le quedaron mal puestas en la cabeza y ni siquiera tuvo capacidad para ponérselas bien. El hombre, que dejó manchas de sangre en el asfalto, se levantó, dando muestras de un espíritu combativo encomiable y de una profesionalidad brutal, y solo se preocupó de subirse en la bicicleta para recorrer el centenar de metros que le quedaban. Lo hizo a duras penas, pero lo logró. No obstante, al día siguiente no pudo tomar la salida. No se había partido ningún hueso, pero con semejante trompazo en el cuerpo era imposible que pudiera seguir en carrera.

Una vez que vi marchar a Roglič, mi atención se centró en intentar reconocer a otros corredores. En el momento reconocí, por ejemplo, a Thibaut Pinot. Entró en un grupo importante, que perdió 1:43 con respecto a los primeros.


Al verlos pasar reconocí igualmente a Alejandro Valverde, a Remco Evenepoel y a Chris Froome. Tomares es un pueblo con buenas cuestas y, a partir del repecho en el que había atacado Primož Roglič, la carrera se había desbocado y se había roto. Por eso, en meta no entró un pelotón agrupado, sino que fueron llegando los ciclistas dispersos, reunidos en pequeños grupos o en solitario, pero separados por escasos segundos. Esa circunstancia favoreció que me diera tiempo a reconocer a los que he comentado, y que me pudiera fijar en los dorsales de otros, a los que luego pude poner nombre. Así, se que vi pasar a Kaden Groves y a Alessandro De Marchi, en los últimos puestos y cada uno en solitario, pero no muy descolgados. Los dos últimos en entrar, a 7:43, fueron Thomas Champion y Daryl Impey. Desde que Mads Pedersen pasó hecho un torpedo, todo sucedió muy rápido. Como digo, los corredores fueron apareciendo en grupitos, y eso también favoreció que pudiera echar unas cuantas fotos. En la siguiente, se ve a un mini pelotón que entró a 53 segundos de los primeros, en el que iban tirando Jetse Bol y Óscar Cabedo, que son los dos del equipo Burgos-BH que iban de morado. 


Gianni Vermeersch, del Alpecin-Deceuninck, llegó solo, haciendo de puente entre el grupo anterior y el de Thibaut Pinot.


Tras la entrada de los últimos, también pude ver como algunos ciclistas desandaban la recta de meta para ir a buscar sus autobuses. Los de la siguiente foto son Rubén Fernández y Jesús Herrada, corredores del equipo Cofidis.


Cuando la cosa se calmó, la gente se empezó a ir y yo aproveché para acercarme al podio. He visto en directo un buen número de etapas de la Vuelta Ciclista a España, y también una del Giro de Italia, pero nunca había presenciado en directo una ceremonia de premiación. En esta pude ver a Mads Pedersen, como ganador de la jornada, y a Remco Evenepoel, que era el líder de la general.



Hablando de nombres conocidos, también vi a Óscar Pereiro dando los trofeos. Pereiro ganó el Tour de Francia de 2006, después de colocarse líder gracias a una fuga bidón, de aguantar el tipo, acabando segundo aquella carrera, y de hacerse con la victoria final tras la descalificación por dopaje de Floyd Landis. Aparte, para dar los premios subieron igualmente al podio Canales y Alex Moreno, dos jugadores del Betis (son los dos de naranja en la foto inmediatamente superior). Verlos fue una inesperada sorpresa. Para acabar, cuando me iba pasé por debajo de la cabina de RTVE y vi, arriba, al gran Pedro Delgado. Desde luego, mi vertiente mitómana se fue a gusto de Tomares.


De hecho, mientras iba de regreso al coche aún tuve tiempo de ver como se marchaba el autobús del Lotto-Soudal.


En definitiva, fue una jornada genial. Acabé reventado, pero la verdad es que me lo pasé pipa. Con respecto a Tomares, mientras iba de camino al coche no pude evitar dar un pequeño rodeo para recorrer la Calle Las Vides. Cuando vivía en el pueblo y estaba en el instituto, en esa calle había una academia de inglés, a la que fui tres años. Iba a ella andando, dos días a la semana, por lo que fueron muchos los paseos que me di hasta ese lugar. No tengo malos recuerdos de aquellas clases, por lo que me apeteció desviarme, para ver la casa adosada donde estaba la academia.


Lo cierto es que la academia de inglés ya no está. Ahora el adosado es una vivienda normal y corriente. Sin embargo, el simple hecho de pasar por la calle me puso nostálgico. Fue una bonita manera de despedirme de Tomares, hasta la próxima vez que me deje caer por allí, que no será dentro de tanto.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado TOMARES.
En 1983 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 1'9% (hoy día 65'7%).
En 1983 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'2% (hoy día 21'3%).


30 de diciembre de 2019

TOMARES 2019

A punto de finalizar 2019 voy a cumplir con mi tradición anual y voy a dedicarle un post a Tomares. Desde que escribo este blog no ha faltado uno ningún año, y dado que la pasada semana viví un bonito día en el pueblo donde pasé mi infancia y mi adolescencia, voy a mantener la costumbre.


En 2016, durante las primeras Navidades que quedaron reflejadas en En Ole Väsynyt estuvimos un día en Tomares viendo una exposición de Playmobil que se montó en las dependencias del Ayuntamiento, ubicadas en la Hacienda Santa AnaEste año me enteré por casualidad de que en el mismo sitio habían montado un belén de plastilina de más de 20 m² y, como tenía varias mañanas libres en las que iba a estar con las niñas, me pareció una actividad estupenda para hacer con ellas.


En consecuencia, el pasado jueves volví a asomar la nariz en la hacienda que desde 1987 alberga la casa consistorial tomareña. Ese edificio es la típica construcción rural del Aljarafe sevillano, una comarca donde en los siglos XVII y XVIII proliferaron las fincas para el cultivo y la explotación de los campos de olivos. En Tomares, uno de los centros neurálgicos de esa actividad en la zona, había catorce haciendas cuando el conde-duque de Olivares mandó construir Santa Ana a mediados del siglo XVII. En 1987 esta se adaptó en parte para albergar las dependencias municipales, pero fue en 2004, en los años de mayor enriquecimiento del municipio, cuando se acometió la reforma definitiva, en la que se respetó la fachada, que es donde se encuentra el actual acceso principal.


En el interior de la Hacienda Santa Ana destacan los patios, el primero de ellos es pequeño y tiene un ficus tan enorme que parece que el patio tenga techo (el árbol se ve a través de la puerta y por encima del tejado en la foto superior). El segundo es el patio del señorío propiamente dicho, que ejercía de núcleo de la parte habitable del complejo.


El tercero era el patio central de la hacienda y en la actualidad sigue siendo el más amplio de todo el conjunto.


Hoy día alrededor de esos espacios abiertos se distribuyen todas las dependencias municipales. Más allá todavía hay un cuarto patio y al oeste de todo se han conservado unos bonitos jardines. Toda esa distribución se puede ver muy bien en el dibujo inferior, que está extraído de la página web de la Junta de Andalucía.


En 2016 la exposición de Playmobil estaba montada tanto en la Sala de Exposiciones, que es el edificio que separa el tercer y el cuarto patio, como en el Salón de Plenos, que da por un lado al tercer patio y por el otro a los jardines. En esta ocasión el belén de plastilina estaba en este último. Por su parte, en la Sala de Exposiciones habían colocado una reproducción de la casa de Papá Noel, en la cual vimos a... un rey mago.



Como llegamos apurando la hora del cierre y además nos entretuvimos en los patios, cuando entramos en la casa no me quedó tiempo para indagar si el rey mago había encerrado a Papá Noel en un armario o si, directamente, a Santa le habían rescindido el contrato y le habían expulsado de su propio hogar. Bromas aparte, lo de la visita a la cabaña de Papá Noel nos lo encontramos de sopetón y no tuvimos más remedio que echar en ella unos minutos, pero lo que íbamos a ver era el belén.



Las 220 figuras del belén me encantaron, son obras de arte hechas a mano con 35 kilos de plastilina. Por lo visto, en años anteriores ya estuvieron expuestas en otras ciudades españolas.



He leído que las figuras están inspiradas en el universo del cómic, estoy seguro de que es verdad, pero a mí Ana lo que me dijo es que San José y la Virgen María tenían cara de malotes. No pude decirle que no...


Al acabar salimos a la Plaza del Ayuntamiento, donde estaba montada una gran pista de patinaje sobre hielo.


Las niñas se empeñaron en patinar y tuve que convencerlas de que no era el momento, pero esta vez el destino estaba de su lado, porque por la noche volvimos a Tomares a esa misma plaza. No fue casualidad, yo había quedado con mis amigos de toda la vida para cenar en el Mesón Casa Esteban y cuando decidí ir por la mañana a lo del belén ya lo sabía. Era consciente, por tanto, de que el jueves iba a hacer doblete en Tomares. Lo que no podía saber es que antes de la cena iba a acabar echando el rato precisamente en la Plaza del Ayuntamiento. En efecto, por la tarde los que llegamos pronto a la quedada nos fuimos allí con todos los niños para hacer tiempo y, en ese impasse, Ana y Julia sí pudieron sacarse la espinita.


Los adultos, mientras, como la tarde-noche estaba agradable nos sentamos a tomar una cerveza en el Badá Café Bar. Se da la circunstancia de que en este sitio ya estuvimos en 2016 y hablé de él en el primer post que dediqué a Tomares en este blog, pero desde entonces ha cambiado de nombre. En aquella ocasión lo que hicimos fue desayunar y no quedamos demasiado contentos. Esta vez solo nos tomamos una caña, por lo que no he podido hacerme una idea profunda de como es el nuevo negocio.

Después del rato de patinaje y de la cerveza, cuando ya estábamos todos los que habíamos quedado, llegó la hora de ir a cenar. Todos los años por estas fechas quedo con mis amigos de siempre y vamos en familia a tomar algo, somos siete (más Nacho, que nunca falta porque está presente en nuestros corazones) y es raro que podamos estar todos, ya que algunos viven por España e incluso en el extranjero, pero esta vez los astros se alinearon de manera increíble y no hubo ninguna baja. Éramos toda una tropa y, como he dicho, elegimos para la reunión el Mesón Casa Esteban, pero no fuimos al local que tienen desde 1995 (en el que estuvimos, por cierto, en 2014), sino a la nueva sucursal que han abierto muy cerca, en la Calle Virgen de los Dolores.


Este nuevo emplazamiento me trae muchos recuerdos, ya que en ese mismo local llevo 25 años viendo pasar negocios. Los últimos fueron todos restaurantes, el lugar no es muy grande, pero tiene un patio estupendo para ir con niños (el que se ve en la foto de arriba) y antes de ser Casa Esteban no fueron pocas las veces que fuimos a comer a sus antecesores, en las mismas circunstancias que el otro día. Sin embargo, retrotrayéndome más aún, ese local me recuerda a mi adolescencia, cuando yo y todos mis amigos vivíamos no muy lejos. En aquella época, a mediados de los 90, lo que se sucedían en ese sitio eran los bares de copas, cada vez que cerraban uno abrían al poco otro nuevo sin que hubiera cambiado nada, salvo el nombre. Nosotros, que no llegábamos ni a los 18 años, íbamos allí algunos días a tomar unas cañas (ya teníamos edad legal...) mientras jugábamos al futbolín. Nos gustaba aquello, porque se llamara como se llamase siempre estaba casi vacío y eso hacía que fuera muy cómodo para echar el rato. Un día, estando en ese garito, varios de los que nos vimos el pasado jueves presenciamos en directo como entraba la policía dando voces y lo clausuraba. A nosotros nos dijeron que nos marcháramos, no teníamos nada que ver, pero no se me olvidará la pregunta inocente del camarero preguntándole al policía si él también se iba. Huelga decir que se tuvo que quedar.

Los tiempos han cambiado y ese local alberga ahora un restaurante de ambiente taurino. Nosotros también hemos cambiado y ya no vamos a echar futbolines, sino a cenar con todos nuestros niños y niñas, además de con nuestras parejas. Seguro que dentro de otros 25 años Edu, Dani, Fran, Raúl, Ignacio, Luisma, (Nacho) y un servidor seguiremos parando por allí, se llame Casa Esteban o no.

Como se puede comprobar, me pongo en plan nostálgico siempre que voy a Tomares. Eso esta vez fue más patente que nunca durante el rato que estuve por la mañana con Ana y con Julia. El caso es que al llegar a Tomares aparqué cerca del Monumento a Ricardo Torres Bombita y nos fuimos andando hacia la zona del Ayuntamiento para ver el belén, pero antes de llegar recordé que la entrada al mismo costaba algo de dinero, por lo que me desvié y tiré por la Calle Navarro Caro buscando un cajero. Al hacerlo vi en una bocacalle el cartel del Bar Hermanos Montes y recordé que me habían dicho que allí trabaja un viejo compañero de colegio (en realidad, es uno de los hermanos Montes). En ese momento no me detuve, pero decidí pararme a tomar una caña a la vuelta.

Lo de tener que sacar dinero hizo, no solo que viera el bar de Jesús Montes y se me encendiera la bombilla, sino también que diéramos un rodeo que me hizo pasar por la Plaza de la Constitución.


Hoy día la misma está en todo el meollo de Tomares, que surgió en torno a otra de las haciendas de las que hablé antes, llamada Montefuerte. En otra ocasión hablaré de ella con detenimiento, porque esta vez nos limitamos a bordearla, pasando por la mencionada Plaza de la Constitución, para llegar a la Calle La Fuente, donde está el Ayuntamiento.

Después de ver el belén, como había decidido me paré a tomar una cerveza en el bar de Jesús. Él repitió quinto de E.G.B. y eso hizo que le perdiera la pista, en los años siguientes me lo crucé en alguna ocasión, pero desde hace casi 30 años no lo había visto. Pese a esto, nada más asomar la cabeza en su minúscula tasca lo reconocí, ha perdido el pelo, pero por lo demás no ha cambiado mucho. A él le sonó mi cara, pero no me ubicó (yo iba con ventaja). Le pedí un botellín y un refresco para las niñas, y sin decirle nada salí al exterior.


Durante un rato dudé si darme a conocer, soy muy tímido para esas cosas, pero al poco salió a recoger las mesas de fuera y ya no me lo pensé dos veces. En ese momento, tras decirle mi nombre, sí me situó. Me invitó a otro botellín y durante un cuarto de hora estuvimos charlando. En su día no tuvimos mucha relación, pero sí recordaba que él era de Tomares de toda la vida, es un auténtico autóctono de los pocos que deben quedar en el pueblo, que tenía poco más de 5.500 habitantes cuando yo me fui a vivir allí de niño y que en la actualidad supera las 25.000 almas. El rato de charla con Jesús Montes en ese agradable mediodía navideño me resultó entrañable, al igual que la jornada en Tomares al completo. En 2020 volveré.



Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado TOMARES.
En 1983 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 1'9% (hoy día 62'9%).
En 1983 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'2% (hoy día 20'6%).


28 de febrero de 2018

ESPARTINAS 2018

Espartinas es un pueblo del Aljarafe sevillano que en la actualidad tiene más de 15.000 habitantes. En 1991 rondaba los 2.800 vecinos, pero el boom del ladrillo le pegó fuerte y en 20 años quintuplicó su población. Hoy día su núcleo tradicional ha sido fagocitado por las nuevas urbanizaciones de adosados, cierto es que el pueblo aún conserva un pequeño reducto de casas que vagamente evocan a épocas anteriores a los años del desenfreno urbanístico, pero realmente ese reducto ha sido cercado por innumerables hileras de modernas viviendas con jardín.

Pese a esto, el término municipal de Espartinas es muy grande, por lo que no es un pueblo que cause agobio, es un tanto impersonal, pero no resulta difícil alcanzar sus límites y ver campo. Partiendo de las casas que conforman su casco urbano primigenio las urbanizaciones se han expandido de manera poco uniforme hacia los cuatro puntos cardinales, con la cosa de que tanto por el noroeste como por el suroeste algunas han llegado a los límites del municipio y están unidas a Umbrete y Villanueva del Ariscal. En Villanueva, en concreto, el límite de los términos está totalmente difuminado muy cerca de donde yo vivo.


En el post anterior hablé largo y tendido de las Jornadas Enoturísticas que el pasado fin de semana se organizaron en Villanueva del Ariscal, destinadas a promocionar la localidad, abriendo a las visitas su patrimonio y también organizando una ruta gastronómica por sus bares. El caso es que al hablar de las Jornadas comenté que en el programa de las mismas estaba incluida la visita a una bodega que está realmente en Espartinas y, además, también dije que formaba parte de la ruta de la tapa un establecimiento llamado El Gallinero que también es espartinero. En este último caso la inclusión en el concurso de tapas de ese bar se debió a que el mismo está justo en el límite del término municipal de Espartinas (en la imagen inferior está marcada la frontera con una línea azul).


Lo que sucede es que El Gallinero es frecuentado fundamentalmente por habitantes de Villanueva del Ariscal, ya que está prácticamente inserto en su meollo, mientras que la parte de Espartinas que se ve en la imagen es una urbanización de casas que queda bastante alejada de su centro. No es de extrañar, por tanto, que El Gallinero haya sido incluido en las Jornadas como un establecimiento ariscaleño más. Allí, el domingo a mediodía degustamos una carne con tomate, que si bien no se llevó mi voto como la mejor tapas del concurso, sí resultó estar muy rica.


Curiosamente nos tomamos las dos últimas tapas de carne que quedaban, tuvimos suerte porque ese tipo de guisos no es habitual en El Gallinero, que es una abacería que no tiene una gran cocina. Lo normal allí es tomar montaditos y chacinas. En realidad, el establecimiento es una construcción efímera hecha de madera, en su mayor parte, que levantaron sin demasiada parafernalia hace unos años en la esquina de un descampado a la entrada del pueblo. En principio dudé de que fuera a tener éxito, pero la realidad es que ha resultado ser un lugar perfecto para echar un par de botellines de vez en cuando sin complicarse la vida en exceso, gracias a que está en un sitio accesible que es perfecto para ir con niños.


Por otro lado, como ya he dicho, también se metió en las Jornadas Enoturísticas la visita a Bodegas Loreto, que nosotros realizamos el sábado por la mañana. El lugar donde se ubican las mismas, si bien está en la parte del término municipal de Espartinas que queda más cerca de Villanueva, no justificaba por sí mismo su presencia en las Jornadas, por lo que me preguntaba a que se debía la inclusión. Para salir de dudas, al acabar el recorrido María y yo nos acercamos al guía, que además de ser el actual gerente de la bodega es nieto de su fundador, y le preguntamos el motivo por el cual estaba incluida una bodega de Espartinas en las Jornadas Enoturísticas. La razón, por lo visto, es que Bodegas Loreto son ariscaleñas de origen y su sede fiscal sigue estando en Villanueva, en la casa donde se fundó (la misma se mantiene, aunque en ella no hay indicio alguno de su pasado).


Años después de su fundación en 1901 la empresa vinícola prosperó, su propietario buscó un lugar donde ampliar el negocio y lo encontró en la Hacienda Loreto, originaria del siglo XVI, que se encuentra adyacente al Convento de Loreto. Allí tiene aún sus propios viñedos. Inicialmente ambos edificios estaban a las afueras de Espartinas, hoy día siguen estando rodeados de campo por tres de sus lados (por uno de ellos están las vides), pero por el cuarto ya sí hay casas, aunque ello no le ha restado encanto al lugar.


Por lo visto, el hecho de que desde el punto de vista fiscal la bodega sea una infiltrada ariscaleña en territorio espartinero hace que no sea santo de la devoción de los negocios de restauración de Espartinas, que le tienen puesta la cruz.

Más allá de esa curiosa información, la visita guiada fue muy interesante en general. Cuando fui el año pasado a visitar Bodegas Góngora con motivo de la anterior edición de las Jornadas Enoturísticas ya me sorprendió comprobar la gran cantidad de gente que había acudido a conocerlas. Por ello me esperaba lo mismo en la visita a Bodegas Loreto, aunque en este caso la diferencia fue que la mayoría de la gente que realizó el tour no venía por su cuenta, sino que formaba parte de una excursión de jubilados procedente de Marchena.


En la visita nos enteramos de un montón de cosas relacionadas con la fabricación del vino joven. Bodegas Loreto sigue siendo una pequeña empresa que, además de trabajar con uva autóctona, elabora los caldos de manera 100% artesanal. Allí no solo se hace mosto, sino que también tienen una sala especial llamada La Sacristía, donde se produce fino, vino blanco seco, amontillado, dulce y oloroso.


En cualquier caso, la explicación se centró en el proceso de fabricación del mosto o vino joven, que es la especialidad de la zona. El proceso de realización del vino es el mismo que me explicaron el año pasado en Bodegas Góngora, pero fue útil refrescar la memoria y recordar, por ejemplo, como es el procedimiento de limpiado de los bocoyes y cuales son las diferentes etapas que se siguen para la fabricación del mosto, desde que se recoge la uva en septiembre hasta que se puede empezar a degustar a finales de noviembre. Así, nos explicaron que el vino se exprime, se fermenta en las barricas y de ellas se pasa directamente a las botellas sin ningún tipo de tratamiento o filtrado.


La bodega siempre está a pleno rendimiento en otoño, ahora a finales del invierno el lagar, que se encuentra abierto al otro lado de un patio, parecía un trastero, pero se veía perfectamente el lugar donde se prensa la uva.



También vimos la sala de las barricas, que fue donde al final pudimos degustar de manera gratuita un vasito de mosto, otro de vino blanco y otro de vino dulce.



Vista ya la bodega, ahora tengo ganas de volver a entrar en el Convento de Loreto. Dado lo cerca que queda de mi casa buscaré un buen momento para hacerle a ese edificio una buena visita.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado ESPARTINAS.
En 2008 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 42'8% (hoy día 61%).
En 2008 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 13'7% (hoy día 19'5%).