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12 de julio de 2022

MADRID 2022 (VISITA DE JULIO)

Esta vez, la experiencia en Madrid fue de las que dejan huella. Me fui hasta la capital de España para ir a un concierto, y la verdad es que cumplí el sueño de ver a una banda que, sin duda, está en el podio de mis favoritas.


En efecto, este año tocó Metallica en la jornada inaugural del Mad Cool. Este festival se organizó por primera vez en 2016, y en 2022 ha celebrado su quinta edición. A lo largo de cinco días, han pasado un montón de grupos por el Recinto IFEMA-Valdebebas, que es donde tiene lugar desde 2018.


María me regaló las entradas del concierto de Metallica por mi cumpleaños, el agosto pasado, y once meses después he podido, por fin, verlos en directo. Ha sido apoteósico.


Hasta esta gira, Metallica habían dado 30 conciertos en España. El primero fue en enero de 1987. En esa época, yo aún escuchaba a Enrique y Ana, y no sabía ni que existían. Después, se han prodigado bastante por nuestro país, pero nunca han bajado al sur. En 2012 estuvieron en Madrid y podría haber ido, pero estaba en plena etapa hardcore de crianza y no me arranqué. Desde entonces, tenía clavada la espinita, porque Metallica, para mí, son lo más. Regresaron a Madrid y a Barcelona en febrero de 2018, y en mayo de 2019, pero esas fueron dos nuevas ocasiones perdidas. No me ha vuelto a ocurrir. El año pasado me enteré de que venían al Mad Cool, le lancé la indirecta a María, pocos días antes de mi cumple, ella la cogió al vuelo, me regaló dos entradas (una era para ella, en un principio), y este mes de julio he podido ver en vivo, por fin, a James Hetfield, a Lars Ulrich, a Kirk Hammet y a Robert Trujillo.


No puedo ser objetivo con Metallica. Desde el primer momento sabía que el concierto me iba a gustar. No obstante, partiendo de esa base, el show podía impactarme algo, bastante, mucho o, incluso, muchísimo. Finalmente, me dejó con la boca abierta, es decir, me encandiló en el más alto grado posible. En efecto, se dieron una serie de circunstancias que hicieron que la experiencia fuera redonda.



Hay que decir, antes de nada, que finalmente no fui al Mad Cool con María. Ella lleva un año estudiando para un examen de oposición, que, en principio, iba a ser en otoño. Sin embargo, hace unos meses se empezó a rumorear que se iba a celebrar en verano, y, tras un buen número de incertidumbres, lo han puesto justo una semana después de la fecha del concierto. El esfuerzo que está haciendo María para llevar adelante el trabajo, el estudio y el resto de la vida misma, está siendo titánico. Además, con el adelanto de la prueba, su planificación, que ya era ajustada, se ha visto desbordada por completo. En consecuencia, era imposible que, siete días antes del gran día, ella pudiera irse a Madrid en plan festivo. Por ello, tuve que pasar al plan B y le dije a mi amigo Andrei que se viniera conmigo. A él le encanta Metallica y le regalé la entrada. Evidentemente, no dijo que no.


Una de las claves de que el concierto me pareciera una pasada es que nos situamos muy cerca del escenario. Resulta que, cuando se publicó el cartel completo del Mad Cool, vi que el día que tocaba Metallica también estaba previsto que lo hiciera Placebo. El grupo de Brian Molko hace una música diferente a la del cuarteto angelino, pero igualmente me gusta mucho. Aparte de estas dos bandas, no conocía, ni por el nombre, a ninguna otra, pero ver a Metallica y a Placebo, en una misma tarde, era para mí un triunfo apabullante. A pesar de esto, cuando se hicieron públicos los horarios concretos de las actuaciones, vi que Placebo tocaba en el segundo escenario hasta las 21'25, y que Metallica comenzaba en el escenario principal a las 21'30. Dada esa circunstancia, era evidente que era imposible ver bien a ambos. Por eso, ya sobre el terreno, decidí jugar en exclusiva la carta de Metallica. Me jode, porque Placebo me encanta, y los oí, a lo lejos, empezar su concierto. Sin embargo, centrarme en exclusiva en Metallica hizo que los viera a una veintena de metros, el rato que estuvieron tocando en un trozo de escenario que se adentraba en el público.


Después, Lars Ulrich trasladó su batería al fondo, pero los otros tres se dejaron ver bastante por la pasarela. El sitio donde pudimos ponernos, casi sin esfuerzo, fue magnífico. Nosotros habíamos llegado una hora antes del inicio del espectáculo, cuando aún estaba tocando en el escenario principal el anterior artista. Era un tal Yungblud


Yo a Yungblud no lo conocía de nada, pero las seis o siete canciones que le oí cantar en vivo me gustaron. El tío lo dio todo, junto a su banda. Eso sí, se fue sin despedirse... o al menos yo no me enteré de que se marchó. El caso es que vimos el final de su actuación, desde una distancia prudencial, pero cuando se fue, la bulla se abrió y aprovechamos para acercarnos al escenario. Cuando me di cuenta, estábamos muy cerca de este, sin haber dado un solo empujón. Me perdí a Placebo, pero a cambio logré ver a Metallica desde un lugar privilegiado.


Más allá de esto, otros detalles hicieron que el concierto fuera especial. Uno de ellos fue que los cuatro músicos fueron pródigos en gesticulaciones, se movieron mucho y Hetfield interactuó bastante con el público. En este tipo de eventos, es importante que los artistas no parezcan robots. Además, el espectáculo estuvo plagado de elementos visuales que complementaron a la música. En efecto, en las pantallas laterales no dejamos de ver a los four horsemen, pero en las centrales proyectaron mogollón de imágenes interesantes, la mayoría de las veces relacionadas con las canciones. También pusieron fotos antiguas de la banda, referencias a actuaciones pasadas de Metallica en Madrid, y, como no, montajes con la bandera de España.



En general, dio la sensación de que el espectáculo estaba bastante personalizado, y muy centrado en impresionar al espectador. Esto debería ser siempre así, pero lo cierto es que he visto actuaciones que han acabado siendo mucho más sosas. En definitiva, todo lo que rodeó a la música fue la bomba. No obstante, no hay que olvidar que en un concierto las canciones tienen que ser el centro. En este sentido, Metallica también se salió, ya que el sonido fue impecable y el set list elegido lo bordó. Abrieron con Whiplash, lo que fue una declaración de intenciones. Después, desgranaron quince temas más, a lo largo de dos intensas horas. Fue una gozada, y el final con fuegos artificiales fue grandioso. 


Tenía la cuenta pendiente de ver a Metallica en directo, y en el escenario principal del Mad Cool me quité esa espinita para siempre.


Con respecto al Mad Cool en general, la verdad es que el festival me sorprendió positivamente. Realmente, dados los grupos que tocaban, en él Metallica estuvo un poco fuera de contexto. El festi es más de Rock Alternativo que de Metal. Sin embargo, como la entrada me costó 70 euros, ir solo a ver a Metallica no fue descabellado. No fui el único que lo hizo. En todo caso, se congregaron en el Recinto IFEMA-Valdebebas, que tiene el tamaño de once campos de fútbol, un total de 75.000 personas.


Las entradas para la jornada se agotaron. Dada la muchedumbre, hay que reconocer que el evento estuvo muy bien organizado. Desde IFEMA-Valdebebas hasta la boca de metro más cercana había un buen pateo, pero, a cambio, no hubo aglomeraciones ni atascos. Dentro del recinto, además, había muchas barras para conseguir bebida y comida. Una caña de cerveza valía 5'5 euros y una maceta 11, pero al menos eran fáciles de pedir.

En otro orden de cosas, la excusa de esta vez para echar un par de días en Madrid fue el concierto, pero yo los quería aprovechar al máximo, haciendo más cosas. El miércoles, apenas pude hacer nada, aparte de ir al Mad Cool, pero el jueves sí tuve tiempo libre, hasta las 16 horas. Andrei y yo nos quedamos a dormir en Malasaña, y eso me dio la posibilidad de pasear bastante, de hacer una interesante visita, y de comer en Lavapiés antes de tener que tirar para la Estación de Atocha.

Por lo que se refiere al hospedaje, hasta abril nunca había reservado un apartamento en Madrid a través de Airbnb. Creo que lo de criticar a los pisos turísticos, por las buenas, es hipócrita e interesado, pero es cierto que no hay que favorecer la especulación, y en las grandes ciudades resulta más difícil atinar, a la hora de evitar reservarle el alojamiento a alguien que lo que pretende es sacar toda la pasta posible, a cualquier precio. Quieras que no, las noticias que buscan, de manera un tanto mezquina, demonizar los alquileres vacacionales, ponen el foco por sistema en los casos aberrantes, que los hay, y estos suelen estar focalizados en ciudades como Madrid o Barcelona. Por ello, en la capital siempre había pernoctado en hoteles, o en casas de conocidos, amigos o familiares... hasta hace tres meses. En efecto, en abril me alojé en el garaje reformado de un adosado, y le perdí el miedo a buscar dónde dormir en Madrid, a través de Airbnb. En esta ocasión, volví a confiar en la plataforma digital que ofrece esa compañía. Necesitaba un apartamento céntrico, por motivos logísticos, por lo que me puse a buscar y encontré uno en Malasaña, la célebre zona que forma parte del Barrio Universidad.


Malasaña es un lugar rodeado de un aura un tanto mítica. En ese conglomerado de calles tuvo su origen La Movida, por lo que está asociado a los movimientos alternativos y contraculturales. Yo he ido mucho a Madrid, pero la verdad es que me había pateado muy poco esa zona. El apartamento que encontré estaba localizado en la Calle Amaniel


Gracias a la ubicación del apartamento, vi el barrio de día y de noche. De noche, en realidad no hice más que atravesar la zona. El concierto de Metallica acabó a las 11'45, pero tardamos 45 minutos en poder pillar el metro. El mismo, pasada la medianoche, ya solo ejercía de lanzadera, llevando gente sin parar, desde las inmediaciones de IFEMA, hasta la Estación de Metro de Nuevos Ministerios. Una vez que nos bajamos del metro podríamos haber cogido un taxi, pero decidimos caminar. Lo cierto es que íbamos tiesos. Por eso, tiramos de Google Maps y, tras recorrer un pequeño tramo del Paseo de la Castellana, nos metimos en Chamberí y lo atravesamos en diagonal, de lado a lado. Malasaña limita con este distrito. Eran casi las 2 de la madrugada cuando llegamos al piso. A esas horas, en Malasaña aún vi locales abiertos, pese a que era laborable, y algunos tenían gente fuera, en actitud tranquila.

Por la mañana del jueves tenía programada una actividad de la que hablaré más abajo. Por ello, dejé a Andrei sobando y me eché a la calle al despertarme. A esa hora, atravesé de nuevo el barrio, yendo menos cansado, y con otra actitud. Quería verlo bien, y por eso callejeé un poco. Realmente, me lo tendría que patear en un contexto diferente, pero un día de trabajo, en horario matutino, me pareció una zona con mucho sabor.


Llegué a ver algunos de los bares míticos de Malasaña, pero a esa hora estaban cerrados. Caminando, me dirigí a la Plaza del Dos de Mayo, que había leído que es el corazón del barrio.


En la Plaza del Dos de Mayo me encontré una curiosa mezcla de ambientes. En efecto, allí había padres con niños, jugando en una zona infantil, gente con perros, currantes dando buena cuenta de sus bocatas, y un par de nutridos grupos de jóvenes, que estaban fumando porros y bebiendo. Con respecto a estos últimos, no eran ni las once de la mañana, evidentemente daban un poco de mal rollo esos grupitos de hábitos tan poco saludables, pero la verdad es que no estaban armando follón. No había ni rastro de hostilidad en ellos.

Tras abandonar la Plaza del Dos de Mayo me dirigí a Chueca, que es el barrio que está ubicado entre Malasaña y el Paseo de Recoletos, el cual era mi destino final. Chueca es la zona gay de Madrid, como es bien sabido. Su epicentro es la Plaza de Chueca. Se da la circunstancia de que los primeros diez días del mes de julio se ha celebrado MADO, un gran festival lleno de actividades, dedicadas a aplaudir y a mostrar la diversidad sexual. Ha sido la gran fiesta del orgullo LGTBIQ+. Yo ya me pierdo con esta sigla, que me perdonen, pero, más allá de eso, lo cierto es que Chueca ha sido el epicentro de los festejos del MADO. El miércoles dio comienzo la parte más importante de la festividad, y yo me paseé por el barrio el jueves por la mañana, por lo que lo vi todo engalanado, pero tranquilo. Supongo que por la noche aquello fue un hervidero.


Aunque había desayunado antes de salir del apartamento, como iba con tiempo decidí parar a tomar un segundo tentempié. Tras dudar un poco, acabé en el Restaurante Cafetería Pastelería Rocafría. El sitio me gustó mucho y resultó ser justo lo que iba buscando, dado que me pude sentar tranquilo, junto a un ventanal, y me tomé un desayuno de los que ya, por suerte, son normales también en Madrid.


Paseando por Chueca también tuve ocasión de entrar en el Mercado San Antón. Nunca había visto un mercado tan arregladito. Realmente, la mayoría del espacio estaba ocupado por negocios de restauración, pero sí había aún algunos puestos de alimentos frescos, que evocaban al pasado de esa zona comercial.


Antes de abandonar Chueca hice una paradita en la Plaza del Rey, que ya está fronteriza con el Madrid de los museos y de los edificios institucionales. Eso es algo que se nota en su aspecto y en el ambiente general. 


Aparte de todo, el paseo del jueves por la mañana tenía su razón de ser, que no era otra que regresar a la Biblioteca Nacional. Con la presente, he estado allí en tres de mis últimas cuatro visitas a Madrid. Va a parecer que tengo una especie de obsesión con la institución bibliotecaria y con su edificio.


En realidad, en 2018 lo que vi fue el Museo de la Biblioteca Nacional de España, pero no entré en la parte fundamental del edificio. El pasado mes de abril me quise desquitar de ese hecho y asistí a una visita guiada a esta, que acabó siendo un poco decepcionante. No obstante, durante el transcurso de esa visita vi que acababan de inaugurar una exposición de incunables, llamada Incunabula, que me llamó la atención, aunque no pude verla. Dicha exposición se clausurará el próximo 23 de julio, por lo que esta semana aún se encontraba abierta al público. Por ello, decidí que no iba a perder la oportunidad de disfrutarla. 


Los incunables son todos los libros impresos antes de el 1 de enero de 1501. La imprenta fue inventada en 1453, por lo que no son tantos los libros que se imprimieron entre ese año y el último día de 1500. De hecho, se ha estimado que en esos 47 años surgieron unas 1.200 imprentas, en unas 260 ciudades, las cuales crearon unas 35.000 obras. En total, en el mundo hay unos 525.000 incunables. Es un número reducido. Por tener una referencia, solo en 2020 vieron la luz en España más de 181 millones de ejemplares, con la cosa de que, en 2008 el número fue el doble. La cifra ha ido bajando desde entonces, por el auge del libro digital, pero si nos diese por averiguar el número de volúmenes impresos en Europa en los últimos 47 años, el resultado sería mareante. Al lado de esas decenas de miles de millones de ejemplares, los 525.000 incunables alumbrados en el siglo XV son tan pocos, que se consideran, como es lógico, piezas de museo. La colección de la Biblioteca Nacional está compuesta por 3.200 de ellos. En Incunabula se expusieron los más valiosos. En la foto de arriba se ve, a la izquierda, el Catholicon de Johannes Balbus, que fue impreso en Maguncia por Johannes Gutenberg, o por alguien de su taller, en 1460. Se trata del libro impreso más antiguo conservado en la Biblioteca Nacional. En la misma foto, a la derecha, está la Biblia Pauperum, que no es realmente un libro impreso, sino uno xilográfico, es decir, un libro realizado con planchas de madera, en vez de con tipos móviles. Vio la luz entre 1440 y 1450, en algún lugar de los Países Bajos

No obstante, la joya de la corona de la exposición era una obra que no se conserva en la Biblioteca Nacional, sino en la Catedral de Segovia. Se trata del Sinodal de Aguilafuente, que es el primer libro salido de una imprenta en España. El impresor fue el alemán Johannes Parix, que se instaló en Segovia en 1472 e instaló allí su taller. De la tirada primigenia solo ha sobrevivido un ejemplar, que es el que se expuso en Incunabula.


Tras Segovia, la imprenta llegó a otras 30 localidades españolas, que imprimieron un 4% de los incunables de Europa. En Barcelona, el primer libro impreso data de 1473, en Valencia de 1473 o 1474, y en Zaragoza de 1475. En la exposición, vi el primer libro impreso en Zaragoza, el primero de Barcelona, el primero de Burgos (1485), el primero de Zamora (1483), uno de los primeros impresos sevillanos, uno de los primeros valencianos, el primer libro español con grabados (Sevilla, 1480) y la primera gramática conservada, dedicada a nuestro idioma (es la Gramática Castellana de Antonio de Nebrija, impresa en 1492 en Salamanca, en el taller de Juan de Porras). En definitiva, vi 24 incunables, a cada cual más valioso. Me encantó, la verdad.

Además de ver la exposición, yo estaba muy interesado en conocer la estancia donde la habían montado, que era la Antesala del Salón de Lectura. El día de la visita guiada no había podido entrar y me había dado mucho coraje. Ahora pude verla, y también contemplé a través del cristal la propia Sala de Investigadores.


Fue mi tercera visita a la Biblioteca Nacional desde 2018. Sigo sin haber visto bien sus instalaciones al completo, que solo se abren a los curiosos un día al año. Sería mucha casualidad que, en alguna ocasión, yo pudiera estar en Madrid esa fecha, pero nunca se sabe. Mientras, con lo que vi me doy por satisfecho.

Tras ver la exposición llegó el momento de comer, antes de coger el tren de vuelta. Para hacerlo, me reuní de nuevo con Andrei, que ya había amanecido, y nos fuimos los dos a almorzar con mi amiga Ruth. No quería irme de Madrid sin echar con ella un ratillo. Ruth salió del trabajo a las 14'00 y nos reunimos en el Bar Benteveo.

Del Benteveo ya hablé en otra ocasión. Está en la Calle Santa Isabel, en Lavapiés. Es un bar con un sabor único y, además, se come muy bien en él, por poco dinero. Después de echar allí un rato muy agradable con Ruth, tuvimos que partir. Desde el Benteveo a Atocha no hay ni diez minutos andando. 

Esta estancia en Madrid fue de lo más peculiar. Fue diferente a todas las precedentes, y por eso me lo pasé tan bien. No se si volveré a la capital en otoño, o si tendré que esperar ya hasta 2023, pero, de momento, lo que se nos viene encima son las vacaciones de verano, las cuales las voy a exprimir hasta el último día. Lo que vayamos haciendo lo seguiré narrando, como de costumbre, en En Ole Väsynyt.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 7'7% (hoy día 23'1%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'4% (hoy día 35'7%).

Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya estaban visitadas: 2'7% (hoy día 45'9%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que ya estaban visitadas: 1% (hoy día 19%).


30 de diciembre de 2019

TOMARES 2019

A punto de finalizar 2019 voy a cumplir con mi tradición anual y voy a dedicarle un post a Tomares. Desde que escribo este blog no ha faltado uno ningún año, y dado que la pasada semana viví un bonito día en el pueblo donde pasé mi infancia y mi adolescencia, voy a mantener la costumbre.


En 2016, durante las primeras Navidades que quedaron reflejadas en En Ole Väsynyt estuvimos un día en Tomares viendo una exposición de Playmobil que se montó en las dependencias del Ayuntamiento, ubicadas en la Hacienda Santa AnaEste año me enteré por casualidad de que en el mismo sitio habían montado un belén de plastilina de más de 20 m² y, como tenía varias mañanas libres en las que iba a estar con las niñas, me pareció una actividad estupenda para hacer con ellas.


En consecuencia, el pasado jueves volví a asomar la nariz en la hacienda que desde 1987 alberga la casa consistorial tomareña. Ese edificio es la típica construcción rural del Aljarafe sevillano, una comarca donde en los siglos XVII y XVIII proliferaron las fincas para el cultivo y la explotación de los campos de olivos. En Tomares, uno de los centros neurálgicos de esa actividad en la zona, había catorce haciendas cuando el conde-duque de Olivares mandó construir Santa Ana a mediados del siglo XVII. En 1987 esta se adaptó en parte para albergar las dependencias municipales, pero fue en 2004, en los años de mayor enriquecimiento del municipio, cuando se acometió la reforma definitiva, en la que se respetó la fachada, que es donde se encuentra el actual acceso principal.


En el interior de la Hacienda Santa Ana destacan los patios, el primero de ellos es pequeño y tiene un ficus tan enorme que parece que el patio tenga techo (el árbol se ve a través de la puerta y por encima del tejado en la foto superior). El segundo es el patio del señorío propiamente dicho, que ejercía de núcleo de la parte habitable del complejo.


El tercero era el patio central de la hacienda y en la actualidad sigue siendo el más amplio de todo el conjunto.


Hoy día alrededor de esos espacios abiertos se distribuyen todas las dependencias municipales. Más allá todavía hay un cuarto patio y al oeste de todo se han conservado unos bonitos jardines. Toda esa distribución se puede ver muy bien en el dibujo inferior, que está extraído de la página web de la Junta de Andalucía.


En 2016 la exposición de Playmobil estaba montada tanto en la Sala de Exposiciones, que es el edificio que separa el tercer y el cuarto patio, como en el Salón de Plenos, que da por un lado al tercer patio y por el otro a los jardines. En esta ocasión el belén de plastilina estaba en este último. Por su parte, en la Sala de Exposiciones habían colocado una reproducción de la casa de Papá Noel, en la cual vimos a... un rey mago.



Como llegamos apurando la hora del cierre y además nos entretuvimos en los patios, cuando entramos en la casa no me quedó tiempo para indagar si el rey mago había encerrado a Papá Noel en un armario o si, directamente, a Santa le habían rescindido el contrato y le habían expulsado de su propio hogar. Bromas aparte, lo de la visita a la cabaña de Papá Noel nos lo encontramos de sopetón y no tuvimos más remedio que echar en ella unos minutos, pero lo que íbamos a ver era el belén.



Las 220 figuras del belén me encantaron, son obras de arte hechas a mano con 35 kilos de plastilina. Por lo visto, en años anteriores ya estuvieron expuestas en otras ciudades españolas.



He leído que las figuras están inspiradas en el universo del cómic, estoy seguro de que es verdad, pero a mí Ana lo que me dijo es que San José y la Virgen María tenían cara de malotes. No pude decirle que no...


Al acabar salimos a la Plaza del Ayuntamiento, donde estaba montada una gran pista de patinaje sobre hielo.


Las niñas se empeñaron en patinar y tuve que convencerlas de que no era el momento, pero esta vez el destino estaba de su lado, porque por la noche volvimos a Tomares a esa misma plaza. No fue casualidad, yo había quedado con mis amigos de toda la vida para cenar en el Mesón Casa Esteban y cuando decidí ir por la mañana a lo del belén ya lo sabía. Era consciente, por tanto, de que el jueves iba a hacer doblete en Tomares. Lo que no podía saber es que antes de la cena iba a acabar echando el rato precisamente en la Plaza del Ayuntamiento. En efecto, por la tarde los que llegamos pronto a la quedada nos fuimos allí con todos los niños para hacer tiempo y, en ese impasse, Ana y Julia sí pudieron sacarse la espinita.


Los adultos, mientras, como la tarde-noche estaba agradable nos sentamos a tomar una cerveza en el Badá Café Bar. Se da la circunstancia de que en este sitio ya estuvimos en 2016 y hablé de él en el primer post que dediqué a Tomares en este blog, pero desde entonces ha cambiado de nombre. En aquella ocasión lo que hicimos fue desayunar y no quedamos demasiado contentos. Esta vez solo nos tomamos una caña, por lo que no he podido hacerme una idea profunda de como es el nuevo negocio.

Después del rato de patinaje y de la cerveza, cuando ya estábamos todos los que habíamos quedado, llegó la hora de ir a cenar. Todos los años por estas fechas quedo con mis amigos de siempre y vamos en familia a tomar algo, somos siete (más Nacho, que nunca falta porque está presente en nuestros corazones) y es raro que podamos estar todos, ya que algunos viven por España e incluso en el extranjero, pero esta vez los astros se alinearon de manera increíble y no hubo ninguna baja. Éramos toda una tropa y, como he dicho, elegimos para la reunión el Mesón Casa Esteban, pero no fuimos al local que tienen desde 1995 (en el que estuvimos, por cierto, en 2014), sino a la nueva sucursal que han abierto muy cerca, en la Calle Virgen de los Dolores.


Este nuevo emplazamiento me trae muchos recuerdos, ya que en ese mismo local llevo 25 años viendo pasar negocios. Los últimos fueron todos restaurantes, el lugar no es muy grande, pero tiene un patio estupendo para ir con niños (el que se ve en la foto de arriba) y antes de ser Casa Esteban no fueron pocas las veces que fuimos a comer a sus antecesores, en las mismas circunstancias que el otro día. Sin embargo, retrotrayéndome más aún, ese local me recuerda a mi adolescencia, cuando yo y todos mis amigos vivíamos no muy lejos. En aquella época, a mediados de los 90, lo que se sucedían en ese sitio eran los bares de copas, cada vez que cerraban uno abrían al poco otro nuevo sin que hubiera cambiado nada, salvo el nombre. Nosotros, que no llegábamos ni a los 18 años, íbamos allí algunos días a tomar unas cañas (ya teníamos edad legal...) mientras jugábamos al futbolín. Nos gustaba aquello, porque se llamara como se llamase siempre estaba casi vacío y eso hacía que fuera muy cómodo para echar el rato. Un día, estando en ese garito, varios de los que nos vimos el pasado jueves presenciamos en directo como entraba la policía dando voces y lo clausuraba. A nosotros nos dijeron que nos marcháramos, no teníamos nada que ver, pero no se me olvidará la pregunta inocente del camarero preguntándole al policía si él también se iba. Huelga decir que se tuvo que quedar.

Los tiempos han cambiado y ese local alberga ahora un restaurante de ambiente taurino. Nosotros también hemos cambiado y ya no vamos a echar futbolines, sino a cenar con todos nuestros niños y niñas, además de con nuestras parejas. Seguro que dentro de otros 25 años Edu, Dani, Fran, Raúl, Ignacio, Luisma, (Nacho) y un servidor seguiremos parando por allí, se llame Casa Esteban o no.

Como se puede comprobar, me pongo en plan nostálgico siempre que voy a Tomares. Eso esta vez fue más patente que nunca durante el rato que estuve por la mañana con Ana y con Julia. El caso es que al llegar a Tomares aparqué cerca del Monumento a Ricardo Torres Bombita y nos fuimos andando hacia la zona del Ayuntamiento para ver el belén, pero antes de llegar recordé que la entrada al mismo costaba algo de dinero, por lo que me desvié y tiré por la Calle Navarro Caro buscando un cajero. Al hacerlo vi en una bocacalle el cartel del Bar Hermanos Montes y recordé que me habían dicho que allí trabaja un viejo compañero de colegio (en realidad, es uno de los hermanos Montes). En ese momento no me detuve, pero decidí pararme a tomar una caña a la vuelta.

Lo de tener que sacar dinero hizo, no solo que viera el bar de Jesús Montes y se me encendiera la bombilla, sino también que diéramos un rodeo que me hizo pasar por la Plaza de la Constitución.


Hoy día la misma está en todo el meollo de Tomares, que surgió en torno a otra de las haciendas de las que hablé antes, llamada Montefuerte. En otra ocasión hablaré de ella con detenimiento, porque esta vez nos limitamos a bordearla, pasando por la mencionada Plaza de la Constitución, para llegar a la Calle La Fuente, donde está el Ayuntamiento.

Después de ver el belén, como había decidido me paré a tomar una cerveza en el bar de Jesús. Él repitió quinto de E.G.B. y eso hizo que le perdiera la pista, en los años siguientes me lo crucé en alguna ocasión, pero desde hace casi 30 años no lo había visto. Pese a esto, nada más asomar la cabeza en su minúscula tasca lo reconocí, ha perdido el pelo, pero por lo demás no ha cambiado mucho. A él le sonó mi cara, pero no me ubicó (yo iba con ventaja). Le pedí un botellín y un refresco para las niñas, y sin decirle nada salí al exterior.


Durante un rato dudé si darme a conocer, soy muy tímido para esas cosas, pero al poco salió a recoger las mesas de fuera y ya no me lo pensé dos veces. En ese momento, tras decirle mi nombre, sí me situó. Me invitó a otro botellín y durante un cuarto de hora estuvimos charlando. En su día no tuvimos mucha relación, pero sí recordaba que él era de Tomares de toda la vida, es un auténtico autóctono de los pocos que deben quedar en el pueblo, que tenía poco más de 5.500 habitantes cuando yo me fui a vivir allí de niño y que en la actualidad supera las 25.000 almas. El rato de charla con Jesús Montes en ese agradable mediodía navideño me resultó entrañable, al igual que la jornada en Tomares al completo. En 2020 volveré.



Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado TOMARES.
En 1983 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 1'9% (hoy día 62'9%).
En 1983 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'2% (hoy día 20'6%).


31 de diciembre de 2017

SEVILLA 2017 (DICIEMBRE)

Los dos últimos meses han sido un auténtico desierto a la hora de viajar y de correr carreras. En lo relativo a lo primero, 2018 se presenta cargadito de proyectos, pero hacía falta poner un poco de calma en este final de 2017 y casi no nos hemos movido de casa desde principios de noviembre. Por lo que respecta a las carreras, al empezar el otoño lo di todo en dos de esos eventos que te dejan bien trabajado y exigen un periodo posterior de regeneración física y psicológica (fueron el Maratón de Berlín y el Doñana Trail Marathon). En noviembre y diciembre no he dejado de correr, ni mucho menos, pero bajé el ritmo y luego lo he ido subiendo poco a poco sin intención de forzar la máquina antes de fin de año, lo que ha significado que no he participado en ninguna competición.

En consecuencia, durante casi dos meses no he tenido nada que contar en este blog, pero no quería despedir el año sin escribir un par de nuevos posts, uno viajero y otro atlético. El primero está dedicado a Sevilla, donde no soy turista, pero donde me gusta, de vez en cuando, visitar lugares como si lo fuera (de ahí que haya escrito viajero en cursiva). El segundo estará dedicado a la última carrera que voy a disputar en el presente año, la San Silvestre Sevillana, que va a ser una manera liviana de volver a ponerme un dorsal, como paso previo a los retos que tengo planeados para 2018 (este post ya lo escribiré en enero, realmente).

Sobre Sevilla ya escribí en junio y tenía ganas de escribir otra vez ahora en invierno, coincidiendo con las Navidades. Con la excusa de ver belenes, en estos días es bonito disfrutar un rato del centro de la ciudad en plena efervescencia y entrar en algunos edificios destacados que se abren de par en par para que se puedan ver dentro sus nacimientos. Con esa idea, antes de ayer me fui con María y con las niñas al centro para aprovechar las horas diurnas y disfrutar de una tarde navideña muy completa. Como extra, ayer estuve con María de nuevo por Sevilla y, dado que comimos en un lugar muy especial y que acabamos viendo una película en el cine más emblemático e histórico que queda en la ciudad, he decido ampliar el objeto del post y hablar, más que de una jornada aislada, de un fin de semana completo.

El caso es que el viernes, tras salir del trabajo y después de haber comido en el Restaurante La Tagliatella, del que hablaré más tarde, nos dirigimos al meollo de Sevilla dispuestos a ver algún belén. Hacía una tarde bastante templada y el simple hecho de dar un paseo por la Avenida de la Constitución a una hora en la que no estaba aún demasiado masificada ya mereció la pena.


Nuestro objetivo al principio no estaba muy claro, pero al poco de empezar a andar decidimos ir a ver el Belén de la Fundación Cajasol. Sin embargo, antes de llegar al lugar donde está montado ya vimos el Belén del Ayuntamiento de Sevilla, que, como de costumbre, está colocado bajo el arquillo que tiene la casa consistorial en uno de sus laterales y que tiene la particularidad de que se puede ver desde el lado del arco que da a la Plaza Nueva y desde el que da a la Plaza de San Francisco.



Después cruzamos la Plaza de San Francisco y nos pusimos en la cola del Belén de la Fundación Cajasol, que siempre suele ser bastante larga. Por suerte, nosotros llegamos temprano y solo esperamos veinte minutos. Ese belén me recuerda a mi niñez, ya que de pequeño me llevaron varias veces a ver a su más directo antepasado, el de la Caja San Fernando (Cajasol, antes de ser en exclusiva una fundación, fue una caja de ahorros que se formó en 2007 al fusionarse El Monte y la Caja San Fernando. En 2012 desapareció como entidad bancaria tras ser absorbida por CaixaBank). Precisamente, la Caja San Fernando montaba un espectacular belén en el mismo lugar donde hoy lo hace la Fundación, lo recuerdo y me pareció bastante simbólico ir a ver con las niñas a su sucesor.

El belén se monta en el patio de la sede de la Fundación Cajasol, ubicada en un edificio histórico que da a la Plaza de San Francisco.


Dicho edificio se construyó en el siglo XVI para albergar la Real Audiencia de Sevilla y se merece una visita. El viernes su patio estaba irreconocible, ya que el montaje del belén lo ha camuflado completamente.


El belén fue muy bonito, desde luego no estaba hecho para salir del paso. Ana y Julia lo disfrutaron mucho, que era de lo que se trataba, pero el conjunto es espectacular también para los adultos.






A mí me gustaron especialmente los guiños a la figura de Bartolomé Esteban Murillo, en el año de la conmemoración del cuarto centenario de su nacimiento (el cuadro que asoma por la puerta del edificio en la foto de abajo, por ejemplo, es la Inmaculada del Coro, también conocido como La Niña, una de las obras de Murillo que se conservan en el Museo de Bellas Artes de Sevilla).


Después de ver con calma todo el belén entramos en la exposición Belenes del Mundo, que estaba abierta al público en la Sala Murillo. La misma está también en el edificio principal de la Fundación, pero se accede a ella desde la Calle Francisco Bruna.


Esta exposición mostraba belenes de la Colección Basanta-Martín, la más importante del mundo en su rango (en total está formada por 25.000 figuras procedentes de casi 150 países).


Me gustó mucho, por ejemplo, el belén de gnomos procedente de Dinamarca y también me llamó la atención el nacimiento japonés, en el que estaban representados los abuelos maternos y paternos de Jesús (una de las raíces de la cultura japonesa es el respeto a los mayores, por lo que el conjunto era una mezcla de la cultura occidental y la oriental).



Me resultó curioso que hubiera belenes artesanales procedentes de países como Japón, donde el cristianismo es más que minoritario. Más normal fue ver un buen número de belenes sudamericanos.


También había un belén español, obra de José Luis Mayo. Le hice una foto porque, aunque era de los más clásicos, Mayo es uno de los grandes belenistas de nuestro país. Yo solo lo conozco de vista, pero mis padres tuvieron hace tiempo algo más de trato con él, por casualidades de la vida, y me llamó la atención que en esta exposición tan importante el nacimiento español fuera, precisamente, suyo.


En definitiva, el viernes disfrutamos de una tarde en familia en la que, además de ver belenes, nos dimos una vuelta por una parte del centro de Sevilla que se pone muy entrañable en esta época del año y que está un poco menos masificada que otras, por la relativa ausencia de tiendas (aunque en la Plaza Nueva estaba montado el Mercado Navideño de Artesanía, que este año ha cumplido su XVIII edición).




Como dije antes, ayer sábado volvimos María y yo al centro, esta vez para ir al cine. En Sevilla el tema cinematográfico está regular, apenas quedan tres cines que no estén ubicados en centros comerciales y hay muchas películas que es muy difícil o imposible ver. De los tres cines míticos que quedan, el Cervantes es el único de una sola sala, el mas antiguo y el único histórico. Originalmente fue un teatro que abrió sus puertas en 1873 y aunque ha sufrido algunas remodelaciones (fue en los años 50 del siglo XX cuando se adaptó para proyectar pelis), aún conserva la estructura antigua, por lo que tiene un encanto único.


El Cine Cervantes es una auténtica reliquia. La calidad de sus instalaciones no se puede comparar con la de los nuevos multicines (la pantalla es más pequeña, el patio de butacas tiene menos inclinación y todo, en general, está más viejo), pero tiene un sabor que lo compensa todo. En él revives ese viejo placer que provoca ir al cine de manera relajada.


A la hora de proporcionar ese valor añadido a la película que se ve, al Cervantes solo se le acercan los otros dos que están en el casco histórico, el Avenida y el Alameda, aunque estos son de mediados del siglo XX. Todos están en serio peligro, y aunque en los últimos dos años se ha generado una corriente popular que está intentando que se garantice su supervivencia, la verdad es que no está nada claro que vayan a sobrevivir demasiado tiempo. Es por ello que el sábado, cuando surgió la posibilidad de ir al Cervantes, me alegré de tener una nueva oportunidad de ver allí una película. Es complicado hacerlo, la verdad, el cine está en la céntrica Calle Amor de Dios, llegar a él es difícil y solo tiene una sala, lo cual reduce al máximo su oferta. Yo voy al cine solamente tres o cuatro veces al año, por lo que no suele coincidir que proyecten alguna de las películas que más me apetecen en esos momentos conque, a la vez, tenga tanto tiempo extra como para echar la tarde en meterme en el centro y en salir luego de allí. Por eso, en los últimos diez años solo había ido una vez. En esta ocasión vimos que ponían allí El Gran Showman, que era una de las pelis que más nos apetecían, y, realmente, teníamos tiempo de sobra para ir y volver paseando, así que surgió una buena oportunidad para visitar el Cine Cervantes de nuevo.

Tras ver la película atravesamos el meollo comercial tradicional de Sevilla, que tiene su epicentro en La Campana y que ayer sábado por la tarde era una auténtica locura.


Afortunadamente, no tuvimos la tentación de ir de tiendas, porque yo habría acabado mal de la cabeza. Fue mucho más agradable, como complemento a la sesión de cine, la paradita para tomar café en el Café Bar Emperador Trajano.


En esa cafetería desayuné a diario los dos años que estuve trabajando enfrente. Siempre fue un lugar simpático y lo sigue siendo.

Antes de acabar el último post de este 2017 no puedo dejar de hablar de los dos lugares donde comimos en nuestro fin de semana sevillano. En primer lugar, el viernes a mediodía, antes de ir a ver los belenes, fuimos a comer al Restaurante La Tagliatella. Por un error de cálculo creí que comer en el centro de Sevilla un viernes navideño no tenía por qué ser difícil, pero cuando quise reservar mesa para seis (nosotros cuatro y mis padres) me resultó imposible, pese a que lo intenté en tres sitios distintos. Finalmente, encontré acomodo en La Tagliatella, que está en la Avenida de la República Argentina, un poco en el extrarradio del centro.


La Tagliatella es una franquicia y no es precisamente barata, pero sus restaurantes me resultan muy agradables por como están ambientados. Normalmente, además, se come bien allí, aunque en esta ocasión toda la comida estuvo extremadamente salada (además de mis spaguetti peperoncino e gamberi probé los fusilli con salsa bolognesa de las niñas y los tortellone caprese con salsa trapanese de María, y en todos los platos al cocinero se le había ido la mano con la sal). Habrá que darle más oportunidades.


El almuerzo estrella, no obstante, fue el del ayer. Ya he hablado en otras ocasiones de lo que me gusta la comida japonesa. Por ello, he comido ya en la gran mayoría de los restaurantes japoneses que hay en Sevilla, pero había uno al que aún no había ido: Kakure Sushibar.


Kakure está en la Calle Marqués de Paradas y hace un año me enteré de que es propiedad de Fernando, un antiguo compañero de colegio (compartimos clase de 3º a 6º de E.G.B.), que también fue mi vecino durante casi una década. Su hermano mayor, además, es dueño del Cadillac, un pub que está justo debajo del piso en el que viví entre 1996 y 2005 (mis padres siguen viviendo allí), por lo que no había olvidado su cara (se parecen una barbaridad).

No había vuelto a ver a Fernando desde principios de los 90, pero el pasado año retomé el contacto con los compañeros del colegio y también con él. Fue entonces cuando me enteré de que es el propietario de Kakure. Me alegré de que le hubiera ido tan bien, porque de niño era un pieza bueno, hasta el punto de que con 12 años me tiro a la cara un petardo encendido que me explotó a escasos 5 centímetros de la oreja izquierda, provocándome una aparatosa quemadura en el cuello y un pitido que me duró un día entero. Él recuerda el incidente (mi padre se encargó de que su madre se enterara del percance) y yo también, aunque nunca me cayó mal y eso ha hecho que hayamos retomado el contacto con bastante cordialidad. De hecho, ir a Kakure era una cuenta pendiente que tenía desde hace un año.

Tengo que decir que, por la relación que tengo con Fernando, mi opinión con respecto a su restaurante no es nada imparcial. De hecho, si la experiencia en Kakure no hubiera sido satisfactoria simplemente habría corrido un tupido velo y en este blog no habría quedado reflejada opinión alguna sobre mi almuerzo allí. Lo que pasa es que la comida que probamos me encantó y eso sí que lo cuento, en realidad ya sabía que la visita iba a ser un éxito, porque Fernando es un apasionado de su trabajo, es muy detallista y también es meticuloso con la calidad de sus productos. Además, es de los que se remangan y supervisan in situ que todo funcione a la perfección, pero, aún conociendo todo eso, no sabía hasta que punto íbamos a comer bien. Para empezar, la ensalada de espinaca frita que pedimos de entrante nos la recomendó él y estaba sobresaliente.


También el variado de sushi y sashimi estuvo delicioso, lo mismo que el yakisoba udon, y, aunque nos pedimos un coulant de postre, que no es precisamente una especialidad japonesa, también pedimos, por recomendación, un par de mochi que fueron todo un acierto (es una especialidad nipona hecha a base de una masa de harina de arroz rellena de una mousse dulce).


Al final ha resultado que Kakure es uno de los mejores restaurantes japoneses de Sevilla, algo de lo que ya se ha hecho eco incluso El Comidista.

Hace unas semanas, en una quedada con otros antiguos compañeros de clase, Fernando ya me invitó a una copa para compensarme por el daño ocasionado cuando lo del petardo (fue una buena excusa para tomarnos la penúltima...). El pasado viernes nos invitó al postre y a una ronda de bebidas, y nos trató de lujo. Me temo que ahora soy yo el que está en deuda con él...


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Sevilla: 14'2% (hoy día 100%).
En 1977, % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 0'2% (hoy día 32'5%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado SEVILLA.
En 1977 (aún incompleta esta visita), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 10% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 50%).
En 1977 (aún incompleta esta visita), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'1% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 4%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 0'9% (hoy día 61%).
En 1977, % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'1% (hoy día 19'5%).