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17 de junio de 2020

BARRIO DE TRIANA DE SEVILLA 2020

El sevillano barrio de Triana es uno de los 16 entes andaluces que se encuentran en mi lista de monumentos o conjuntos monumentales españoles que son de visita obligatoria. Yo en este blog ya he hecho alguna referencia a Triana, pero aún no le había dedicado ningún post monográfico y hacerlo es preceptivo, dado que voy a redactar al menos uno sobre cada una de las 100 maravillas que están incluidas en esa citada lista. Hasta la fecha, de ella he visitado 42 y he escrito acerca de nueve. Triana será la décima con artículo.


Triana es un barrio cuya fama ha traspasado fronteras. De hecho, la revista de viajes Traveler publicó en 2014 un reportaje sobre los 19 barrios españoles más bonitos y Triana estaba en él. También lo he visto citado en otros listados, porque tiene un atractivo innegable. Forma parte de Sevilla, pero tiene una idiosincrasia propia, debido a que siempre estuvo separado por una de las fronteras más claras que puedan existir: un río. En efecto, durante siglos Triana fue un asentamiento extramuros que se erigía en solitario en la orilla oeste del Río Guadalquivir. El resto de la ciudad quedaba en la orilla opuesta. Hoy día ya comparte su margen del río con la barriada de Los Remedios, con la de Tablada y con los terrenos en los que se montó la Expo'92, pero sus límites siguen estando bien definidos. Triana es como una ciudad dentro de la ciudad, lo que hace que no sea raro escuchar a los trianeros de pura cepa decir que van a Sevilla cuando, en realidad, simplemente van a cruzar el Puente de Isabel II.


Yo no soy trianero ni de lejos. Sin embargo, viví durante casi doce años en Los Remedios, el mencionado barrio vecino. Eso no significa gran cosa, porque los dos son como el agua y el aceite, pero al menos puedo decir que nunca he estado muy lejos de Triana. Previamente, durante tres años fui integrante de un grupo scout, el Híspalis 136, que tenía su sede en la Calle Betis, adonde iba cada semana. También, como conté de manera profusa en el post dedicado a Sevilla que escribí en marzo de 2018, en Semana Santa salgo de nazareno desde 1994 en La Estrella, una de las hermandes trianeras por excelencia. Además, mi suegra sí creció en Triana, la abuela paterna de María vivió allí cerca de 30 años, una prima hermana suya vive en López de Gomara, otra tiene un bar en la Calle Procurador llamado Sala El Cachorro, adonde he ido mil veces, y, para rematar, mis dos hijas nacieron en una clínica que está en plena Calle San Jacinto. Su toma de contacto con el mundo, por tanto, tuvo lugar en el corazón del barrio.

Lo cierto es que cualquier sevillano acaba teniendo mil historias que contar relacionadas con Triana, puesto que atrae como un imán. Yo, aparte de lo comentado, he tapeado allí, he ido a restaurantes, he paseado, he salido de fiesta, he corrido carreras, he ido al dentista, he impartido clase particulares, he ido al fisioterapeuta, he asistido a una boda, he jugado al fútbol, he ido a casa de amigos que vivían en el barrio,... Los trianeros llevan a gala su origen y lo proclaman a los cuatro vientos, lo que hace que sepa, sin ningún género de dudas, que he conocido a decenas de ellos en mi vida.

En definitiva, podría decir mil cosas sobre Triana, pero se me había metido en la cabeza que fuera una actividad de Ispavilia lo que me diera pie a escribir este post, por lo que voy a centrar el mismo en lo que he visto del barrio en el marco de la ruta turística que hice el viernes por la noche con esa empresa sevillana, de la que ya he hablado otras veces y que se dedica a enseñar la ciudad desde los más variados enfoques.


El turismo ha sido uno de los sectores más golpeados por la pandemia que estamos viviendo e Ispavilia no ha sido ajena a ese hecho. No obstante, el negocio de Jesús Pozuelo se nutre de sevillanos que están deseosos de profundizar en el conocimiento de su ciudad, más que de foráneos. Por esto, Jesús, tras haber tenido la empresa parada tres meses, la ha reactivado en cuanto ha sido legalmente posible. Durante la fase 1 y 2 de la desescalada no se podían organizar rutas turísticas, pero en la tercera, con grupos reducidos para que la gente se pueda mantener alejada, sí.


Yo no pensaba hacer ahora una las rutas de Ispavilia, pero cuando vi por casualidad que la del viernes era por Triana no me pude resistir: se lo dije a mi madre, que ha sufrido mucho a causa del aislamiento provocado por la COVID-19 y está necesitada de salir, y nos fuimos juntos para el mítico barrio, dispuestos a echar un buen rato.


Como se puede ver en el plano, Triana tiene unas lindes claras, pero es un barrio muy grande (el mapa coloca mal el nombre de Los Remedios, que es el trozo de ciudad que está entre Triana y Tablada). Por el oeste, el límite trianero es el actual verdadero trazado del Río Guadalquivir, mientras que por el este la separación con el resto de Sevilla la marca el antiguo cauce de este río, que desde 1951 es una dársena. En la imagen inferior se aprecia perfectamente como ha sido la evolución del lecho del Guadalquivir a lo largo de la historia.


La infografía está extraída de una página web que mantienen los integrantes de una caseta de la Feria de Abril llamada El Sitio, y que está dedicada a la propia Feria y a Sevilla en general. En los croquis se ve como en 1926 se eliminaron los grandes meandros que tenía el río de manera natural y que, por favorecer la deposición de sedimentos, dificultaban cada vez más la navegación. Luego, en 1951 se creó la Corta de la Vega de Triana y se cegó un trozo del Guadalquivir, al crearse un gran tapón en la zona conocida como Chapina, que hoy ya no existe. Paralelamente se creó una esclusa al sur de la ciudad, de manera que el río a la altura del casco histórico hispalense se convirtió en una especie de lago cerrado. De esa forma, sin vaciar el lecho dejaron de producirse las inundaciones que anualmente tenían efectos devastadores. Años después, de cara a la celebración de la exposición universal de 1992, el tapón se llevó hasta San Jerónimo y el cauce del Guadalquivir se modificó de nuevo para que no quedara ni un meandro. Así es como está hoy día. El resultado de todos esos cambios para Triana ha sido que ha pasado de tener agua por delante a tenerla por delante y también por detrás. Su parte mítica, sin embargo, sigue siendo la que se asoma al antiguo trazado del río. En ese sentido, la Calle Betis, que ejerce de fachada del barrio, no ha perdido ni un ápice de su encanto. Nosotros el viernes nos adentramos en Triana caminando por ella, dado que el punto de partida de la ruta estaba fijado en la Plaza del Altozano, que se encuentra en uno de sus extremos.


El Altozano es la plaza que ejerce de punto neurálgico de la Triana más clásica. Era, por tanto, el lugar perfecto para comenzar la ruta de Ispavilia. Allí, a los pies del Monumento Triana al Arte Flamenco, nos vimos con Jesús Pozuelo y con otras 16 personas.


Es imposible reproducir en un solo post todo lo que nos contó Jesús sobre Triana. Él es una enciclopedia andante especializada en Sevilla, pero encima resulta que es trianero de cuna y la relación de su familia con el barrio se pierde en la noche de los tiempos. Quedó patente que estaba en su patria chica, porque en dos horas y media de recorrido saludó familiarmente a cuatro personas con las que nos cruzamos. También pasamos junto al lugar donde, por lo visto, vive su madre, y nos enteramos de cual es su casa actual, entre otros datos personales que fue contando. Era, sin duda, la persona perfecta para ilustrarnos en esta ruta. 

Como dije al principio, Triana es una ciudad dentro de la ciudad. Al estar separada del resto de Sevilla, siempre fue un arrabal que estaba al margen de los controles más férreos. En él se bebió alcohol incluso en época de los musulmanes, era el barrio de los marineros, que suelen desembarcar con ganas de jarana, allí es donde se juntaron los alfareros y los ceramistas, dos gremios incómodos en las ciudades, puesto que usaban hornos y generaban humo (de ello nos habló Jesús frente a la puerta del Centro de Cerámica Triana, sito en la Calle Callao), y también era el territorio de los cantaores y los bailaores flamencos, que están muy ligados al pueblo gitano (de cante, toque y baile nos contó cosas junto al Monumento a los Alfareros, Ceramistas y al Cante por Soleá, que está en el otro extremo de la Calle Callao, junto a la desembocadura del pintoresco Callejón de la Inquisición). 


Ese carácter popular, tradicional pero algo outsider, y un poco dado a la parranda, Triana no lo ha perdido del todo. 

Por lo que se refiere al citado Callejón de la Inquisición, el mismo se llama así porque se encuentra junto al Castillo de San Jorge, una pequeña fortaleza que fue sede de la Inquisición durante 145 años. Por el callejón bajamos al Paseo de Nuestra Señora de la O, que bordea el río a su nivel como una especie de paseo marítimo.


Andando por él llegamos hasta los pies del Puente de Isabel II, conocido como Puente de Triana. Hasta 1171, Triana y Sevilla solo estuvieron unidos por barcazas. Ese año se construyó un puente de barcas que ya permitió pasar a pie de una orilla a otra, pero hasta 1852, cuando se acabó de construir el Puente de Isabel II, no existía ninguna estructura estable que uniera ambos lados.



Una de las cosas que aprendí durante la ruta fue que el puente trianero, el primero firme que tuvo Sevilla, estuvo a punto de desaparecer en los años 60 del siglo XX, dado que en su día no se había proyectado para soportar tráfico rodado y estaba muy deteriorado. Finalmente se salvó de milagro, gracias a un proyecto mediante el cual se le colocó encima un tablero que no se sujeta sobre los arcos y los aros que conforman su inconfundible estética y que lo sustentaban hasta entonces, sino que está aguantado por una serie de elementos más resistentes al peso. En otras palabras, se colocó un puente invisible encima del ya existente. Nunca me había percatado de eso, pero desde nuestra posición lo vi con total claridad.


Tras abandonar el borde del río y sus mosquitos nuestro recorrido continuó por la Calle Pureza, que discurre paralela a la Calle Betis y que es otra de las imprescindibles del barrio. En ella está la Capilla de los Marineros, delante de la cual escuchamos más historias interesantes, y también la Antigua Universidad de Mareantes, en cuya puerta hicimos una nueva parada. 


Caminando por Pureza llegamos hasta la Iglesia de Santa Ana y tras bordearla arribamos a la Plazuela de Santa Ana. Esta es una de las partes más bonitas del barrio. La mencionada iglesia es digna de ser vista, a tenor de lo que nos contó Jesús.


La ruta acabó en la Calle Betis. Como he dicho, Triana es muy grande y nosotros solo nos movimos por el sector cercano al cauce del antiguo Guadalquivir (y solo por la mitad sur). Hay aún mil cosas pendientes de ver, pero no estuvo mal como toma de contacto con el barrio, ya que, aunque ha conservado su idiosincrasia, esa es la parte más selecta.


Adelanté antes que en Triana gusta bastante la farra. En efecto, en Sevilla cualquier excusa es buena para darse un homenaje, pero en Triana ese carácter está reconcentrado. En consecuencia, sus bares son muy afamados por su ambiente popular y por su animación. El gusto por el cerveceo, el tapeo, y lo que surja, ha hecho que en Triana no solo haya tascas y baretos. También se pueden tomar tapas selectas e incluso hay buenos restaurantes. 

Con este post estoy rompiendo el hielo con el barrio de Triana, en el futuro elegiré momentos especiales para ir desgranando cuales son sus enclaves más señalados, lo mismo que vengo haciendo desde 2016 con la propia ciudad de Sevilla. Ya tendré, por tanto, ocasión de hablar de muchos otros lugares, pero no quería cerrar este artículo sin hacer referencia a algún negocio de restauración, precisamente por el hecho comentado de que Triana no puede ser entendida sin sus bares. Por ello, le propuse a María y a las niñas que fuéramos, al día siguiente de realizar la ruta, a cenar a algún sitio trianero chulo. 

La pandemia ha complicado lo del tapeo, pero aún así pude reservar en el Restaurante Bicho Malo para el sábado por la noche. Para llegar a él recorrimos la Calle Castilla, una de las principales arterias de la parte norte de Triana. Desde el Altozano hacia el sur, las columnas vertebrales de la Triana que está cerca del río son Betis y Pureza, mientras que del Altozano al norte ese papel lo juegan Alfarería y Castilla. La Calle Castilla en ese sentido es como la Calle Betis, pero no se asoma al Guadalquivir, porque en su lado este tiene una hilera de casas.


Más allá de esa hilera de casas, al nivel del agua, está el Paseo de Nuestra Señora de la O del que hablé arriba. La Calle Castilla acaba en el extremo norte de Triana, pero curiosamente, pese a lo que acabo de decir en el párrafo anterior, por el sur no llega hasta el Altozano, sino que poco antes hace una pequeña revuelta que tiene dos denominaciones diferentes: Callao y San Jorge. En el pequeño trocito llamado Callao está Bicho Malo y también la salida trasera del Mercado de Triana.


El Mercado de Triana se levanta sobre una parte de los restos del antiguo Castillo de San Jorge (la otra parte de estos se muestran como un museo). Nosotros, como íbamos con tiempo entramos en el Mercado para echarle un vistazo. No cabe duda de que se merece una visita más detallada, ya que no solo tiene puestos de verduras, frutas, carnes y pescados, sino que también tiene en su interior un montón de sitios originales para comer.


Con respecto al Restaurante Bicho Malo, con independencia de su simpático nombre tengo que decir que hacía mucho tiempo que un sitio no me gustaba tanto. Para empezar, el trato fue exquisito y, aparte, el emplazamiento me pareció una delicia, porque nos sentaron fuera y esa acera de la Calle Callao resultó ser muy agradable para cenar.



Sin embargo, en un restaurante lo que cuenta es la comida y en la carta de Bicho Malo me encontré con un montón de tapas deliciosas, algunas eran tradicionales y otras más modernas, pero en cualquier caso eran variadas y destacaron por su relación calidad-cantidad-precio. Las patatas bravas que pedimos, sin ir más lejos, están el el podio de las mejores que he tomado en mi vida.


También me encantó la tapa de arroz negro de sepia.


En definitiva, a lo largo de mi vida son muchos los bares a los que he ido en Triana. Algunos ya no existen, pero otros sí. Entre estos últimos, los hay que son más nuevos (Bicho Malo abrió sus puertas en 2016) y los hay que destilan solera por cada rincón. En el futuro los iré desgranando todos.



Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado BARRIO DE TRIANA DE SEVILLA.
En 1988 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados en Andalucía: 6'2% (hoy día 75%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados: 7% (hoy día 42%).


17 de junio de 2017

SEVILLA 2017 (JUNIO)

Por lo visto, más de dos millones y medio de personas visitaron Sevilla en 2016. Es mucha gente, y eso que las estadísticas solo tienen en cuenta a los que se quedaron a dormir en establecimientos reglados de la capital. Realmente, ya sabía que Sevilla es un referente mundial desde el punto de vista turístico, pero ese dato que he buscado en Internet confirma que su atractivo sigue intacto. De hecho, ha habido un incremento de turistas del 9%, con respecto a 2015.


Yo he vivido muchos años en Sevilla, que es donde nací, y el resto del tiempo no he andado muy lejos, salvo en etapas muy puntuales. Ahora vivo en un pueblo que está a 10 kilómetros de la capital, pero, aún así, mi contacto con ella es diario, por familia y por trabajo.

De todos modos, uno puede llevarse años viviendo en un lugar y no conocer apenas nada de él. En mi caso, siempre he intentado que eso no me pase con Sevilla, las personas vienen desde muy lejos para conocerla y sería una pena que yo, que soy de aquí, hubiera visto menos cosas de la ciudad que muchas de ellas. Por esta razón, muy de vez en cuando me transformo en guiri y organizo algún tipo de visita, que me permita ir profundizando, poco a poco, en las maravillas de la antigua Hispalis. Para hacerlo, se tienen que dar una serie de circunstancias. A veces cuesta sacar el hueco, pero este pasado fin de semana tenía la excusa perfecta para convertirme en turista en mi propia ciudad: gastar un bono de Ispavilia, que tenía desde el último día de Reyes (Ispavilia es una pequeña empresa local, que se dedica a organizar originales rutas temáticas guiadas por Sevilla. Las pasadas Navidades me regalaron un bono, para que buscara, a lo largo de 2017, el momento más oportuno para hacer alguna de esas rutas).


En efecto, aprovechando que tenía que gastar el bono, el pasado sábado María y yo organizamos una jornada de auténtico turismo sevillano en pareja. Es cierto que ambos somos autóctonos, pero el plan que realizamos podría haberlo hecho igual cualquier foráneo que quisiera conocer la capital de Andalucía, porque, además de realizar la ruta de Ispavilia, también gastamos otro bono que me habían regalado, igualmente en Navidades, para realizar un circuito termal en Aire de Sevilla, que es el hammam más famoso de la ciudad. Si tenemos en cuenta que no perdimos la oportunidad de tapear y que, incluso, echamos más de una hora en el Starbucks de la Avenida de la Constitución, rodeados de japoneses, pues se puede decir que el sábado fue el primer día, desde que escribo este blog, en el que me convertí en guiri en mi propia tierra.

Sin embargo, el fin de semana también incluyó dos actividades que estuvieron enmarcadas dentro de la cotidianidad, pero que me pusieron en contacto con otros dos lugares de Sevilla que, aunque son menos turísticos, son toda una referencia en la ciudad: el Auditorio Rocío Jurado y el Parque del Alamillo.

El año pasado hablé, en uno de los primeros post de este blog, del Proyecto LUNA. En aquella ocasión fuimos a Sanlúcar la Mayor, a ver un espectáculo organizado en el marco de ese proyecto. Por ello, me referí a él y a ese pueblo. Este año, no solo he asistido a la gran representación del Proyecto LUNA, sino que he vivido mucho más de cerca su puesta en marcha, porque Ana y Julia han participado como integrantes del coro (el Proyecto LUNA, que es un acrónimo de Lenguaje Universal para Niños Artistas, es un proyecto educativo que incluye la música cantada, la práctica instrumental, la expresión corporal y las artes plásticas. Los niños y niñas que participan en él, a lo largo del curso ensayan el espectáculo, divididos por centros escolares, y luego lo representan todos juntos, uniendo las partes en un increíble puzle final).


Como digo, en 2016 asistimos a una representación parcial del espectáculo, que se hizo en Sanlúcar, un mes después de su estreno, y este año, dado que el colegio de Villanueva del Ariscal volvía a participar en el tema, Ana y Julia se apuntaron y han actuado, formando parte del coro de niños y niñas, que canta de manera coordinada con la música, la danza y las imágenes que se proyectan en una pantalla gigante (las imágenes son dibujos de los peques, relacionados con la historia que va contando la letra).


El caso es que la gran función fue el viernes por la noche, en el Auditorio Rocío Jurado, lo que me permitió entrar, una vez más, en este edificio, inaugurado en 1991 (está en el recinto de lo que fue la Expo'92).


Yo en él he asistido a bastantes conciertos, aunque el último data ya de 2012 (fue uno de Blind Guardian y de Judas Priest). También fui allí en 1995 a un cotillón de fin de año, de esos que son una auténtica porquería, pero que te encantan porque tienes 17 años y te lo pasas bien con tus amigos casi en cualquier sitio. Sin embargo, no había estado nunca sentado en las gradas, por lo que esta ha sido la primera vez que he estado allí cómodamente ubicado.


El espectáculo fue grandioso y muy emocionante (en esta edición se interpretó la obra Tiempo de Paz, compuesta por Francisco Rosado Castillo), pero lo que no me gustó fue volver a comprobar que el Auditorio, que está muy bien como recinto, sigue siendo un edificio situado en un lugar aislado, que no tiene aparcamiento, ni un acceso lógico. El pateo que nos dimos con las niñas, casi al filo de la medianoche, hasta que conseguimos, con problemas, coger un taxi en la Calle Torneo, fue de traca.

La otra actividad del fin de semana sevillano, que estuvo dentro de la cotidianidad, fue el domingo, y no salió bien del todo, pero nos permitió ir un rato al Parque del Alamillo, que es un espacio que, a pesar de lo que parece, se merece una visita. Este parque se inauguró en 1993, al norte de lo que fue el recinto de la Expo'92, y, dada su ubicación, se puede decir que es el límite noroeste de la ciudad de Sevilla.


A mí, durante bastante tiempo este parque no me gustó demasiado, pero tengo que decir que me ha ido conquistando poco a poco y ahora me encanta. Parte de la responsabilidad de ese cambio la tienen los que lo gestionan, ya que, además de mantener el recinto muy cuidado, han sabido poner en valor lo que hay allí, y no han dejado que aquello acabe siendo pasto de los canis, que es lo que pareció durante un tiempo que iba a suceder. Dentro de lo que cabe, la crisis, que tanto daño ha hecho en múltiples ámbitos, al Parque le vino bien, porque durante los años en los que todos vivíamos un poco por encima de nuestras posibilidades, no eran muchos los que, pudiendo ir a echar el domingo a la playa, a la sierra o al Aljarafe, iban a tirarse en una manta al Alamillo. En esos años, el ambiente allí era un pelín choni (los canis, por muchas razones, no se van muy lejos, y fueron los únicos que permanecieron fieles al Parque). Sin embargo, con la crisis todos tuvimos que cortarnos a la hora de gastar dinero los fines de semana, pero no por ello dejamos de necesitar aire, los sábados y los domingos. En esa contexto, no fuimos pocos los que descubrimos en el Parque del Alamillo un magnífico espacio donde, sin alejarte apenas de casa, puedes disfrutar de un día de campo muy cómodo y agradable (es un sitio bien organizado, con mucha vegetación autóctona, que no es demasiado agreste, pero que tampoco está prefabricado en exceso).


El caso es que el Parque se ha llenado de gente normal y los canis han dado un paso atrás. Eso es lo que subyace del cambio de ambiente que se ha vivido allí, pero eso no hubiera sido posible, realmente, si los que gestionan aquello no hubieran potenciado el carácter multidisciplinar del recinto: ahora, en el Alamillo hay una magnífica zona para pasear a los perros, se organizan cursos de patinaje, se celebran pruebas deportivas y acampadas, se ha potenciado que se celebren cumpleaños (el parque aporta mesas y sillas), es un lugar donde puedes hacer reuniones familiares enormes sin molestar y sin ser molestado, se ha favorecido que toda clase de organizaciones sin ánimo de lucro celebren allí sus quedadas, se puede hacer esquí náutico, carreras de barcos teledirigidos, hay conciertos ocasionales, bicicletas de alquiler, a veces se organizan talleres para niños, se proyectan películas infantiles, se montan exposiciones,... Y todo gratis. Además, el parque tiene varias entradas con buenos aparcamientos, dos bares, amplias zonas de juegos para peques, praderas, sombra abundante,... En definitiva, vayas cuando vayas, aquello es un hervidero de gente motivada con lo que está haciendo. El ambiente me resulta muy agradable.

Por desgracia, pese a todo lo dicho, el domingo no era el día para ir al Parque del Alamillo. Nosotros fuimos, porque el grupo scout de Ana organizó allí una reunión de cierre de ronda, a la que estábamos invitados niños y padres (pero... ¿no nos reunimos ya a comer todos en Mairena, hace tres semanas, precisamente para terminar la temporada scout?). A nosotros, el asunto nos pilló un poco a trasmano, porque nos avisaron tres días antes y ya teníamos el fin de semana bastante apretado, pero, aún así, decidimos hacer un esfuerzo de integración e ir, pese a que María y yo nos acostamos el sábado a las dos de la mañana (sin pretenderlo, luego explicaré por qué), y a que las niñas estaban durmiendo con sus abuelos. Lo que pasó fue que, a pesar de que nos levantamos a tiempo, tuvimos que ir a por las niñas y nos presentamos en el Alamillo a las doce del mediodía, 30 minutos tarde. A esa hora, el calor ya era excesivo, y nos dimos cuenta de que aquello se iba a convertir en un infierno, el parque estaba casi desierto, porque, sinceramente, a poca gente se le ocurre ir a un sitio así, a pasar el domingo a 40º debajo de un árbol. Como la idea era que los niños y los padres hicieran cosas juntos, como patinar o montar en bici, las niñas y María se llevaron sus patines, pero, antes de conseguir llegar al lugar donde se había colocado el grupo scout, ya estábamos todos pensando que no teníamos ninguna gana de echar allí el día. En consecuencia, nos dimos media vuelta y nos fuimos. Otra vez será.


No obstante, a estas alturas he ido ya tantas veces al Alamillo, que puedo decir que lo conozco más que bien.


En cualquier caso, el día en el que se concentró la actividad verdaderamente turística fue el sábado. El viernes por la noche y el domingo por la mañana estuvimos en dos lugares de Sevilla de un cierto interés, pero fue el sábado por la tarde cuando María y yo nos exprimimos como si fuéramos dos turistas, que quieren hacer todas las cosas posibles en el poco tiempo que tienen.

La jornada sevillana, no obstante, la comenzamos con las niñas, comiendo en el Restaurante Japonés Sushi Chaki, uno de nuestros sitios de referencia. La comida japonesa está viviendo un boom, se encuentra inmersa en una burbuja que acabará explotando, lo que se llevará por delante a muchos de los negocios que han proliferado por doquier. El Sushi Chaki, sin embargo, tiene bastantes papeletas para sobrevivir, porque se come muy bien en él. Nosotros vamos de vez en cuando, ya que está a dos pasos de casa de mis padres, y más cerca aún de donde vive mi hermana, pero además lo frecuentamos porque nos gusta mucho.


Este restaurante no tiene nada de turístico, porque está en Los Remedios, que es un barrio eminentemente residencial, pero el sábado María y yo queríamos empezar nuestra jornada compartiendo un rato con las niñas, y, por eso, antes de dejarlas a buen recaudo con la familia, decidimos darnos una vez más un homenaje en forma de sushi.


Tras el almuerzo, y una vez que hubimos dejado a las niñas en casa de mi hermana, llegó el momento de sumergirnos de lleno en el corazón guiri de la ciudad. Nuestro primer destino fue Aire de Sevilla, un hammam que abrió en 2004, y que se ha asentado como un destino para turistas al que también vamos los sevillanos.


Aire de Sevilla son unos baños de estilo griego y romano, que se construyeron en una céntrica casa palacio del siglo XV. Están muy bien hechos, y en ellos se une el gustazo que supone disfrutar de un spa, con el atractivo de hacerlo en un ambiente de lo más pintoresco.


Yo soy muy friolero, y en alguna ocasión he ido a algún spa donde no lo he pasado bien, porque no estoy a gusto si el agua templada está demasiado fría. Por suerte, en Aire de Sevilla comprobé que el agua de la piscina templada (el Tepidarium), de la piscina de burbujas (el Baño de Mil Chorros) y del Flotarium, está a una temperatura perfecta (36º, por lo visto). Junto a la piscina templada, que es la más grande, está la caliente (que arde) y la fría (en la que hay que ser muy duro para meterse más allá de los muslos, ya que está a 16º). Tras realizar el circuito completo, la circulación se queda más que activa. Aparte, la piscina de burbujas te da un buen meneo, y en el Flotarium da gusto hacer el muerto durante un buen rato. Para acabar, puede uno darse una vuelta por la sauna húmeda (el Laconicum o Baño de Vapor), donde es difícil aguantar más de dos minutos (hay tanto vapor, que al principio es complicado incluso verse la mano). A mí me gustan más las saunas secas (las finlandesas), pero en un sitio así lo que pega es una húmeda. En definitiva, la hora y media que se pega uno de piscina en piscina pasa volando. Nosotros tuvimos el acierto de ir a las 4 de la tarde, una hora a la que había menos gente. Luego, a las 5, entró el siguiente turno, que coincidió con nosotros 30 minutos (entra gente cada hora, pero se puede estar allí una hora y media). En ese último rato la cantidad de bañistas que había estuvo un poco al límite, pero, entre que nosotros ya llevábamos allí bastante tiempo, y que la gente, realmente, se comportó de un modo muy respetuoso, pues no se desvirtuó en absoluto la experiencia. No obstante, la misma no fue comparable a la de la otra vez que yo estuve allí, que fue en 2006: en aquella ocasión fui un jueves por la mañana (fue el día antes de mi boda), y entre que era laborable, y que el hammam llevaba abierto solo dos años, estuvimos en el agua más solos que la una. Desde entonces, este ha cambiado un poco, porque en 2006 la piscina templada era casi de tamaño olímpico, pero en cambio no había piscina de burbujas. Ahora han levantado un muro y han achicado la piscina templada, pero a cambio han ganado otra piscina de un tamaño considerable. Lo que sí que no ha cambiado es lo arreglado que está todo, el sitio tiene mucho éxito entre los autóctonos y entre los foráneos porque están muy cuidados los detalles. Después de más de una hora y media, de allí sale uno de lo más relajado.

En nuestro caso, salimos a las 6 de la tarde, y hasta dos horas después no empezaba la ruta de Ispavilia, así que, para pasar ese rato, nos metimos, primero en el Starbucks (es una americanada, es cierto, pero en ningún otro sitio puede uno tirarse en un sofá a charlar durante una hora con un simple café), y luego en la Fnac que está enfrente. Finalmente, el inicio de la ruta se retrasó hasta las 9 de la noche por el calor, por lo que nos sentamos en la Cervecería Puerto Plata para hacer tiempo.


Allí cometimos el error de pedir para picar, sin mirar los precios de la carta, un plato de tomate con melva. En consecuencia, nos pusieron una ración de tomate, que si hubiera costado 7 u 8 euros me habría dejado satisfecho, pero que costó 12 (más 1'50 euros por el pan y los picos que venían de serie), precio por el cual uno ya exige una calidad que, evidentemente, no tenía el plato. Asumí que nos habíamos sentado en una terraza, en un lugar muy turístico, está claro que errores como el de pedir, en sitios así, sin consultar antes los precios, no los cometen solo los guiris. Pese a todo, el servicio fue muy bueno (no nos metieron prisa, ni nos despacharon), y en la terraza, hay que decirlo, estuvimos muy a gusto.

Mucho más ajustado, aunque parezca mentira, estuvieron los precios en el bar donde cenamos después de la ruta de Ispavilia. A esa hora ya era tarde, y no nos complicamos mucho, por lo que acabamos sentados en una mesa, en plena Calle Mateos Gago. El sitio era arriesgado, dado que, como se puede comprobar en la foto de abajo, no andábamos muy lejos del epicentro turístico de Sevilla.


Sin embargo, en el bar donde nos sentamos (La Sacristía de Mateos Gago) nos costaron lo mismo dos cervezas y tres tapas, que el plato de tomate de la tarde (y esta vez el pan y los picos fueron gratis). En un principio, tenía pensado que fuéramos a cenar a la mítica Bodega Santa Cruz - Las Columnas, que está en la esquina de Mateos Gago con la Calle Rodrigo Caro, y que es un sitio genial adonde hace tiempo que no voy, pero estaba hasta arriba y no era factible sentarse, por lo que, tras tres horas de pateo, decidimos dejarlo para otra ocasión.

Porque, en efecto, tres horas duró la actividad de Ispavilia (de 9 a 12 de la noche), aunque se me pasó el tiempo volado. El recorrido lo guio Jesús Pozuelo, que es el alma mater de la empresa y que, por lo que vi, es toda una enciclopedia andante sobre Sevilla. De hecho, la ruta dura oficialmente dos horas, pero se alargó una hora más, por las mil explicaciones que nos dio sobre todo.

De todos los tours que oferta Ispavilia, el de la noche del sábado se tituló Sevilla Oculta 3. Misterios de Santa Cruz. El nombre era sugerente, desde luego.


La ruta, que comenzó en la Puerta de Jerez y acabó en la Plaza de Santa Marta, estaba destinada a mostrar leyendas, misterios y curiosidades relacionadas con lo que fue la antigua judería sevillana, que estaba ubicada en el actual Barrio de Santa Cruz. Realmente, es imposible reflejar aquí todas las cosas que se dijeron a lo largo de la actividad. La misma estuvo jalonada de muchas paradas, y en todas Jesús nos contó historias de lo más interesante. Quizás, yo me quedo con las explicaciones que estuvieron relacionadas con los lugares que llegamos a pisar, por decirlo así (salieron a relucir cosas curiosas del edificio de la actual Diputación de Sevilla, que está ubicada en el antiguo Cuartel de la Puerta de la Carne, o del Hotel Alfonso XIII, por ejemplo, pero no entramos en ellos. Por contra, me resultó muy interesante escuchar, in situ, las explicaciones relativas a la Plaza de Santa Cruz o a la Plaza de Santa Marta). En general, toda la parte de la visita que estuvo centrada en el Barrio de Santa Cruz fue muy evocadora (a pesar del nombre de la ruta, durante la primera parte del recorrido, lo que hicimos fue bordear ese barrio, al que accedimos por la parte de los frondosos Jardines de Murillo).


En el Barrio de Santa Cruz tuvo su asiento, en la Edad Media, la abundante comunidad hebrea sevillana, y actualmente es uno de los pedazos más pintorescos de la ciudad, ya que está formado por un laberinto de estrechas calles, donde no hay apenas monumentos ni museos que visitar, pero sí un montón de rincones en los que detenerse. Nosotros solo recorrimos una parte, Ispavilia tiene otra ruta que se centra con más detenimiento en todas las calles de la judería, pero nuestro objetivo era ver lugares relacionados con alguna historia curiosa. Uno de los que más me gustó, como he dicho, fue la Plaza de Santa Cruz, donde hubo una iglesia, que antes había sido sinagoga, y que fue derruida por las tropas napoleónicas en 1810. Ahora, en su lugar está esa sugestiva plaza, presidida por la Cruz de la Cerrajería, que data del siglo XVII. Me encantó hacer esta ruta por la noche, ya que el barrio destila un encanto especial en penumbra. 


Antes, me habían resultado también especialmente interesante las explicaciones relativas a la Antigua Real Fábrica de Tabacos. En este edificio tampoco entramos, pero sí lo hicimos en sus jardines. En este caso, no entrar dentro del inmueble me dio igual, porque lo tengo visto hasta la saciedad. En la actualidad, el mismo es la sede central de la Universidad de Sevilla, y es el lugar donde yo estudié a lo largo de cinco años. Durante ese tiempo, fue mi segunda casa y tuve la oportunidad de explorarlo bien por dentro. Gracias a las explicaciones, me he enterado ahora de un montón de cosas que no sabía.


Como dije antes, la ruta acabó en la Plaza de Santa Marta, un lugar mágico en el que, curiosamente, solo había estado una vez (es una plaza a la que solo se puede acceder a través de un estrecho callejón que, además, da unas cuantas revueltas).


La visita fue una gozada, al principio me sorprendió ver que el 99% de los asistentes eran sevillanos, pero luego he comprendido que, si bien un tour guiado se disfruta sea donde sea, el hecho de que te cuenten cosas sobre lugares que ya conoces hace que la experiencia sea más apasionante, si cabe. Por ello, es normal que Ispavilia atraiga a tantos autóctonos (había gente de todo tipo, además).


En definitiva, mi fin de semana de turismo sevillano fue fantástico. La mejor noticia es que tengo otro bono de Ispavilia (el regalo era para hacer dos visitas en pareja, no una), y también otro de Aire de Sevilla, ya que el que gastamos el pasado sábado era, realmente, un regalo de Reyes de ¡2016! Las pasadas Navidades me regalaron uno nuevo, y no vamos a tardar tanto en hacer uso de él, eso seguro...


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Sevilla: 14'2% (hoy día 100%).
En 1977, % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 0'2% (hoy día 32'2%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado SEVILLA.
En 1977 (aún incompleto esta visita), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 10% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 50%).
En 1977 (aún incompleto esta visita), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'1% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 4%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 0'9% (hoy día 61%).
En 1977, % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'1% (hoy día 19'3%).


24 de noviembre de 2016

MADRID 2016 (VISITA DE NOVIEMBRE)

Cuando estuvimos en Madrid en agosto no tenía ni idea de que podría volver a esta ciudad antes de final de año. Esta posibilidad surgió en septiembre, cuando decidimos que no nos íbamos a perder el concierto de Paul Simon en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid, programado para el 18 de noviembre.


En origen, el motivo del viaje fue ir a dicho concierto el viernes por la noche, pero después el plan del fin de semana se ha ido completando hasta el punto de que en los dos días que hemos estado en Madrid tampoco han faltado las visitas culturales ni el buen comer. Hemos, incluso, corrido una carrera el domingo por la mañana...

Como he dicho, la mecha del viaje se encendió en septiembre cuando mi madre nos propuso ir con ella y con mi padre al concierto de Paul Simon. Yo he crecido escuchando las canciones de Simon & Garfunkel gracias a los gustos de mis padres, pero, además de esto, es algo universalmente reconocido que Paul Simon es un mito de la música, de manera que no lo dudé demasiado y le dije que sí. Mucha gente que me conoce se ha sorprendido un poco de que me haya ido hasta Madrid para ver a un cantante tan melódico como el estadounidense. No es rara la sorpresa, porque es cierto que desde hace más de dos décadas escucho fundamentalmente música de estilos como el Heavy Metal o el Punk Rock. Sin embargo, en realidad me gustan casi todos los géneros del denominado metal y tampoco le hago ascos al rock en la mayoría de sus vertientes. Está claro que hay estilos que me gustan más que otros, pero tengo oídos para todos los hijos y nietos del Rock & Roll. El Folk Rock de Simon & Garfunkel no es una excepción y la música en solitario de Paul Simon, que es en su mayoría una especie de Pop Rock plagado de influencias, tampoco.

Mis padres nunca habían ido a un concierto de los que llenan pabellones, el evento les imponía un poco de respeto y nos pidieron que les acompañáramos. Mi hermana Inés y mi cuñado Diego se unieron después y, al final, resulta que también han venido dos primos de mi madre de su misma generación... El concierto acabó convertido en todo un acontecimiento familiar.

Para poder ir al concierto dejamos a las niñas en Sevilla. Ellas se quedaron encantadas de pasar el fin de semana mimadas por su otra abuela y nosotros aprovechamos la ocasión para vivir Madrid a ritmo adulto.

Yo nunca había estado en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid (el edificio se ha llamado durante dos años Barclaycard Center por motivos de patrocinio y desde hace unos días ha cambiado su nombre oficial a WiZink Center, pero yo prefiero llamarlo por el nombre que perdurará). El concierto estuvo genial y fue un inicio de fin de semana magnífico. Sobre el escenario Simon se mostró relajado y su banda, más de una decena de músicos, me sorprendió por su maestría.


El concierto empezó algo frío (estaba todo el mundo sentado), pero tras su primera incursión en los clásicos de Simon & Garfunkel (cantó America), Simon enlazó dos de sus temas más famosos, entre ellos Mother and Child Reunion, el ambiente se caldeó y a partir de ahí el nivel se mantuvo hasta el final. Hizo el amago se acabar el concierto tres veces, yo nunca había visto tantos bises, pero gracias a eso tocó 30 canciones, incluidas varias muy conocidas de su época con Garfunkel (fue preciosa la versión acústica de The Sound of Silence y también brilló Bridge Over Troubled Water, con la que acabó definitivamente). No obstante, mi momento favorito fue cuando tocó The Werewolf, que no es un clásico, sino que es un tema de su último disco. Me encantó como sonó esa canción. Gran parte de la culpa del éxito del concierto la tuvieron los músicos de la banda, que demostraron ser unos ases (entre todos tocaron una treintena de instrumentos, yo creo). También ayudó la calidad del sonido en el recinto, que fue espectacular. No se como era el Pabellón antes de quemarse en 2001, pero ahora el mismo, que estaba casi lleno, tiene una acústica sensacional. Durante más de dos horas Simon repasó muchas de sus canciones y dio un espectáculo soberbio.

Como dije antes, ir al concierto fue la razón de ser inicial del viaje, pero las circunstancias invitaron a ampliar el plan todo lo posible. En muchas ocasiones en Madrid se está de paso (así estuvimos en agosto), lo que limita un tanto. Por ello, merece la pena ir de vez en cuando de manera expresa a esta gran ciudad para hacer cosas que de otra forma son complicadas.

En agosto dije que a Madrid he ido en múltiples circunstancias que me han hecho desde pernoctar en grandes hoteles hasta dormir en sofás. El pasado verano tocó pernoctar en un hotel, pero en esta ocasión no tuve problemas en sacarle partido al cómodo sofá de nuestra amiga Ruth. Tras el concierto nos fuimos para su casa y con ella estuvimos todo el sábado y gran parte de la mañana del domingo. Ella no solo es autóctona, sino que además conoce en profundidad el ambiente del madrileño de a pié (conoce un montón de sitios geniales donde comer o donde picar en zonas como Lavapiés, Malasaña o el Barrio de las Letras). Gracias a ella, el tour gastronómico del sábado, que empezó con el desayuno y acabó con la cena, no tuvo desperdicio.


Para empezar, desayunamos en La Infinito, un café-librería ubicado el la Calle de los Tres Peces (nos metimos de lleno en Lavapiés desde primera hora). Ahí no me salí del tradicional "café sólo y tostada con tomate" que suelo pedir siempre de desayuno en los bares, el pan estuvo a la altura, pero lo mejor fue el ambiente relajado del lugar. Para comer, tras pasar parte de la mañana en el Barrio de las Letras, volvimos a Lavapiés, que realmente es una porción del Barrio de Embajadores, y allí almorzamos en el Restaurante Ecológico Yatiri, un lugar famoso en Internet por tres razones: porque comió allí la reina Letizia cuando aún era princesa, porque su dueño, por lo visto, es un personaje bastante peculiar (lo acusan de ser un gurú que se ha forrado a costa de sus discípulos) y porque la sucursal ibicenca del restaurante, regentada por los hijos del susodicho, era una ruina y salió en el programa de Chicote.


Por fortuna, yo, cuando entré a comer, no sabía nada de esto y disfruté de la comida sin ideas preconcebidas. Algunos de los platos eran veganos, otros eran vegetarianos y otros eran directamente carnivorianos. Allí había para todos los gustos: yo me pedí un crepe con revuelto de verduras y setas, María una brocheta de seitán con salsa de boletus (probé el seitán y creo que con eso bastará, porque, además de ser una gran fuente de proteínas para vegetarianos, resulta que es bastante indigesto) y Ruth se pidió albóndigas de bacalao. Para el entrante todos nos dimos una vuelta por el bufé libre de ensaladas, guisotes y similares, y de postre me tomé un riquísimo bizcocho con chocolate. El almuerzo fue, además, divertido, porque nos sentamos sobre una especie de cojines altos. Nuestra amiga come allí a menudo y la conocen, de manera que, pese a que era sábado, nos cobraron el precio del menú de entre semana: solo 11 euros por comer en cantidad con calidad. Un lujo.

Para cenar estuvimos en otro lugar que no tuvo desperdicio, pero a lo largo de la tarde hicimos otras tres paradas de lo más variopinto. Para empezar, ante la necesidad de tomar un café medicinal antes de la hora fijada para la visita vespertina que teníamos concertada, pasamos en un momento del cielo al suelo sin cambiar de barrio: habíamos comido en un restaurante con evocaciones místicas y, poco después, nos tomamos el café en uno de esos bares costras que tienen en la pared la misma foto del bocadillo de calamares desde los tiempos en que Conchita Velasco era una chica de la Cruz Roja. No obstante, el objetivo era estar bien activo para patear Lavapiés con frío durante dos horas y la tacita de petroleo que me tomé cumplió su misión. Después, tras la interesantísima visita guiada que disfrutamos por el citado barrio, estábamos un tanto pelados de frío e hicimos la segunda parada de la tarde. Esta vez volvimos a cambiar el chip y nos metimos en Cafelito, una cafetería de ambiente muy similar al de La Infinito, donde me pedí un Cola Cao por las buenas. Más repuestos, continuamos nuestro paseo, ya sin guía, por Lavapiés y a las nueve de la noche nos metimos a tomar una cerveza en un curioso local llamado La Vida Tiene Sentidos. El mismo es como una tienda de ultramarinos en plan moderno, donde también se organizan cursos de cocina y talleres similares, y donde se podían consumir productos in situ. En carta había cervezas normales y corrientes, y también cervezas exclusivas. Yo opté por una San Miguel de toda la vida, pero María se pidió una cerveza con un nombre muy sugerente:


Estaba buena, aunque su sabor era muy intenso y yo a esa hora buscaba suavidad, así que fui a lo seguro.

Tras disfrutar de esta última pequeña parada llegó el momento de ir a por la experiencia culinaria estrella de la noche: las hamburguesas veganas de La Oveja Negra. Puede sonar raro eso de tomarse una hamburguesa de garbanzos y remolacha con cebolla caramelizada, pero doy fe de que la misma estaba absolutamente deliciosa. La de quinoa con aceitunas negras también la probé y estaba igualmente riquísima.


Los precios fueron increíblemente baratos para Madrid, por lo que no es de extrañar que la hamburguesería estuviera hasta arriba. Había mucha gente joven, como es normal, pero lo que ya no es tan común es encontrar un lugar donde se sirva comida vegetariana de batalla (barata y en formatos poco selectos). En Sevilla, al menos, es imposible. Con respecto al ambiente, resultaba evidente que la gente que allí había no estaba sufriendo por no estar viendo el partido entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid que se estaba jugando justo a esa hora...


La noche no dio para más, somos jóvenes, pero Madrid la nuit, más allá de una buena cena en un buen restaurante, ya no me llama demasiado, así que nos recogimos poco después de la media noche.

Al día siguiente madrugamos para correr la Carrera Solidaria Madrid Emprendedores y, después de acabar y de ducharnos, volvimos a salir a la calle. Lloviznaba y ya no había tiempo para planes complicados, así que optamos por acompañar a Ruth a recoger un tiramisú que había encargado para una comida a la que iba. Eso nos permitió tomar un café en una agradable cafetería de Malasaña llamada Café de la Luz y probar, también nosotros, el delicioso tiramisú que hacen en Medri, El Mundo del Tiramisú. Este lugar es, más bien, una pastelería en cuya trastienda hacen los dulces, pero tiene habilitada una tranquila zona donde se puede degustar el tiramisú acompañado de café.


Antes de coger el AVE, María y yo aún tuvimos tiempo de probar el cuscús de Lacaña, un bar que está muy cerca de la Estación Madrid Puerta de Atocha y que es muy recomendable para comer, cuando uno tiene que coger un tren y no quiere alejarse mucho, pero tampoco quiere que le timen en alguno de los negocios de restauración de la estación. En Lacaña yo ya había desayunado y había tapeado por la noche, pero aún no había podido probar su recomendado cuscús. El domingo lo hicimos y no nos defraudó.


Pese a lo que pueda parecer, no todo ha sido comer y beber en el fin de semana madrileño. De hecho, el sábado hicimos turismo del bueno: por la mañana visitamos la Casa Museo Lope de Vega, que podría estar en la calle dedicada al Fénix de Ingenios, pero que está en la Calle Cervantes. La casa del genio madrileño, como se puede deducir, está en el Barrio de las Letras y visitarla es muy recomendable.


Es preciso reservar con tiempo la visita, ya que en cada pase solo entran unas diez personas, pero la misma es gratuita y es guiada, con lo que se entera uno de un montón de cosas. La casa se conserva como estaba en su día y los muebles, aunque no son los mismos, son piezas de museo de la época (los libros, por ejemplo, son ejemplares auténticos cedidos en depósito por la Biblioteca Nacional).


Lope de Vega era uno de los galácticos de su época y, aún así, en su casa, pese a ser grande, él y su familia estaban bien apretados (eran muchos y tenía servicio). Con la visita se hace uno a la idea, a la perfección, de como era la vida de un hombre de éxito, pero no noble, en el Siglo de Oro.



El sábado por la tarde la visita fue diferente, pero no resultó menos interesante: nos unimos a una de las rutas guiadas de PlanVe, una iniciativa llevada a cabo por dos chicas que se han inventado un buen número de recorridos temáticos por la capital. Nuestra ruta se tituló Madrid de los Barrios Bajos, aunque, evidentemente, no nos dieron una vuelta por Pan Bendito, sino por los barrios bajos históricos de Madrid, es decir, por Lavapiés.


Hacía frío, pero el recorrido por el Madrid castizo fue muy interesante. Nuestra guía se llamaba Vanessa y nos recogió en la Plazuela de Antón Martín. Allí mismo empezó las explicaciones, que continuaron en lugares como la Plaza de Tirso de Molina, la Plaza de Cascorro o la Calle Embajadores, por ejemplo. Durante el recorrido nos habló de las figuras históricas de los chulapos, los manolos, los majos y sus equivalentes femeninas, de como vivían y de como se movían por aquellas calles y plazas.


El grupo fue bastante nutrido, más de veinte personas. Me alegro por las chicas, es una buena noticia que estas iniciativas tengan éxito, aunque se hubiera disfrutado más la visita con un grupo más reducido, con tanta gente se interactúa menos con la guía y todo es más académico. No obstante, las chicas, supongo que por motivos legales, no cobran oficialmente, les das la voluntad y ellas no miran ni lo que echas en la bolsa. En esas condiciones, es normal que no limiten el número de personas del grupo.

Uno de los sitios más interesantes que nos mostró la visita fue la Plaza del Duque de Alba, a la que da el Palacio de la Duquesa de Sueca. El mismo, construido en el siglo XVIII, vio tiempos mejores (en él vivió Manuel Godoy), pero lleva décadas abandonado. Pese a esto, su popularidad se ha disparado últimamente, ya que es una localización de la serie El Ministerio del Tiempo (se supone que en él está la sede de ese ministerio en la serie, que yo apenas he visto, pero que creo que ha tenido mucho éxito).


También fue muy ilustrativa la explicación sobre La Corrala, un símbolo del Madrid galdosiano. Desde la Calle del Mesón de Paredes se ve lo que queda del interior de esta corrala (solo uno de los laterales, los otros tres han desaparecido), que ayuda a que nos hagamos una idea de lo que era una vivienda popular madrileña en el siglo XIX.


La visita duró dos horas y al acabar la misma volvimos por nuestra cuenta a ver por dentro el Mercado de San Fernando, uno de los lugares de los que nos habían hablado. No esperaba encontrarme en su interior el buen ambiente que había, la mayoría de los puestos de pescados, frutas y verduras estaban cerrados, pero entre ellos se intercalaban puestos habilitados como pequeños bares. Allí se podía estar de charla tomando algo sin pasar frío, por lo que había bastante gente.


La próxima visita a Madrid volverá casi seguro a ser con las niñas, estoy deseando ir con ellas al Museo del Prado, por ejemplo, pero en esta ocasión estuvimos solos y aprovechamos para adaptar los planes a esa circunstancia. Madrid se disfruta de todas las maneras.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 7'7% (hoy día 19'2%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'4% (hoy día 31'7%).

Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de las Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya estaban visitadas: 2'7% (hoy día 37'8%).
En 1988 (primera visita consciente), % de las Principales Ciudades del Mundo que ya estaban visitadas: 1% (hoy día 16%).