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2 de septiembre de 2019

CÓRDOBA 2019

Las vacaciones veraniegas de este año acabaron y ya casi hemos vuelto al día a día, pero antes de cambiar el chip definitivamente y de entrar en la rutina otoñal aún tuvimos tiempo María y yo de disfrutar la pasada semana de un finde de relax. Este mes de agosto no ha podido ser tan movido como otros pasados, pero hemos aprovechado las oportunidades que se nos han presentado para viajar. Aún así, me faltaban un par de días de esos que se disfrutan en pareja, por lo que lo maquinamos todo para poder escaparnos una noche a algún lugar que fuera cercano, bonito y asequible. Córdoba se presentó como el sitio que cumplía con los tres requisitos indispensables, así que finalmente fue el destino elegido. En este blog este será el segundo post que le dedique a la ciudad califal, pero dado que allí todavía me quedan muchas cosas por descubrir estoy seguro de que no será el último.


La narración del día y medio que pasamos en Córdoba se podría dividir en cuatro grandes bloques: el alojamiento, la noche del sábado, el rato de turismo dominical y el broche de oro en los baños árabes. Con respecto al alojamiento, fue determinante a la hora de ir a Córdoba a pasar el fin de semana el hecho de que dormir en el Parador de La Arruzafa costara relativamente poco gracias a una oferta, yo nunca había estado en él y había que aprovechar. Los Paradores suelen estar en castillos o en palacios erigidos hace siglos, pero no todos son así. El de Córdoba es uno de los que están en edificios de nueva construcción, se inauguró en 1960 y, pese a que se erigió en los terrenos que albergaron el palacete de verano de Abderramán I, lo cierto es que su atractivo en este caso no tiene que ver con su relación con el pasado, sino más bien con su emplazamiento y sus instalaciones. En efecto, el hotel está situado en El Brillante, el barrio que ejerce de limite de la ciudad por el norte y se encarama ya a la sierra. Por ese lado Córdoba se acaba en esa zona, por allí solo hay adosados y chalets de nivel medio-alto, por lo que todo es tranquilo y abierto. El Parador contribuye a esa sensación, ya que está rodeado de un sensacional jardín en el que destaca una gran piscina.



Además, gracias a que El Brillante es un barrio que está en cuesta, el Parador se abre a la ciudad desde lo alto y ofrece unas estupendas vistas de la misma. En él, por tanto, no se disfruta tanto del edificio como en otros Paradores, pero en cambio sí se obtiene desde una posición de retaguardia una magnífica panorámica global de Córdoba, que es historia en estado puro.

Nosotros llegamos al Parador a eso de las 7 de la tarde, porque yo trabajé hasta las 15 horas y salimos después de comer. Pese a esto, tuvimos tiempo de darnos un chapuzón en la piscina. Yo casi nunca me baño en las piscinas, no me suele apetecer, pero en este caso hacerlo era algo inexcusable, no solo porque esta es espectacular, sino también porque nos pilló uno de los días más calurosos que recuerdo. En ese contexto, nos pegamos media hora en remojo, y no estuvimos más tiempo porque a las 20 horas cerraron las instalaciones y nos tuvimos que salir.

Del resto del Parador también disfrutamos de la cafetería, donde nos tomamos una cerveza por la noche, y de las habitaciones, que fueron tan agradables como siempre. El domingo tampoco nos privamos del bufé, con la cosa de que desayunamos con tanta calma que eso acabó provocando que tuviéramos que cambiar los planes que teníamos para la mañana.

Antes de desayunar, sin embargo, hubo que cenar la noche antes, este fin de semana no quise dejar nada al azar y, aparte de reservar en el Parador, que siempre es una apuesta segura, me lo curré para encontrar en Córdoba un restaurante donde pudiéramos cenar a gusto. El sitio que elegí se llama El Patio de María, por lo que tiene un nombre que vino al pelo. El motivo de la elección no fue ese, realmente pesaron más las críticas en Tripadvisor, la descripción del lugar que leí en Internet y su magnífico emplazamiento en la Calle Don Rodrigo, pero me resultó atractivo ir con María a cenar en plan relajado a un restaurante con ese nombre.


En cualquier caso, elegí El Patio de María por lo bien que pintaba, pero luego tenía que estar a la altura de las expectativas y la verdad es que cumplió. La única pequeña pega que tengo que ponerle es que al fondo del susodicho patio había una celebración de cumpleaños, o algo así, tan multitudinaria que había camareros con bandejas y la gente estaba de pie. Los asistentes al festejo se comportaron con tremenda corrección, pero eran muchos y charlaban alegremente en corrillos, por lo que el ruido de fondo era considerable. En un sitio así hubiera pegado más oír el rumor del agua que las risas y los ecos de la animada charla de una treintena larga de personas, pero pese a esto María y yo pudimos hablar entre nosotros sin problema, por lo que no se puede decir que la situación llegara a ser molesta. Aparte, la comida estuvo muy buena, el encantador patio cordobés del restaurante es magnífico para cenar en pareja en una noche de verano, y nos atendieron perfectamente. El Patio de María no nos defraudó.

Como apunté antes, a la hora del desayuno disfrutamos del bufé como se merecía y se nos hizo tarde para la actividad que había previsto, que era un recorrido guiado por Córdoba que incluía una visita a la Judería. Fue una pena, pero llegamos quince minutos tarde al punto de encuentro y ya no hubo nada que hacer. Afortunadamente, el tour era de los gratuitos (se paga al final el dinero que cada uno estima oportuno) y, además, me dio la impresión de que María no tenía demasiadas ganas de pegarse un pateo de dos horas, pero aún así me dio coraje el retraso. Mi consuelo fue que al menos volví a la Plaza de las Tendillas, un lugar al que hacía muchos años que no iba.


Como alternativa al tour, a María se le ocurrió que intentáramos alquilar un par de bicicletas para recorrer Córdoba. Los que hayan leído los últimos post dedicados a Sevilla que he escrito en este blog ya sabrán que desde febrero trabajo en un negocio de alquiler de bicis a turistas, por lo que la idea de ver Córdoba sobre dos ruedas debería haberme entusiasmado. Sí que es cierto que tenía ganas de ver desde el otro lado, como cliente, como es un establecimiento como el mío en otra ciudad, por ese lado me apeteció el plan de pillar una bici, pero he de reconocer, aunque no se si debería, que yo prefiero hacer turismo a pie, me encanta caminar y mi manera preferida de ver los sitios es andando. El destino me ha llevado a un empleo en el que mi misión primordial consiste en alquilar velocípedos a personas que, precisamente, lo que no quieren es andar. También tiene sus ventajas conocer las ciudades a pedales, yo hago bien mi trabajo y esa es la visión que transmito. Además, tengo pinta de deportista, he hecho triatlones y, aparte, uso la bici como medio de transporte, por lo que no me resulta difícil meterme en mi papel, pero la verdad es que a la hora de hacer turismo, salvo en momentos puntuales, que los ha habido, prefiero ir a pata. El caso es que, pese a esto, pensé que esta vez alquilar una bicicleta no era mala idea, ya pasaban las 12 del mediodía y empezaba a cascar el calor de nuevo, María estaba para pocas palizas andariegas y yo, en realidad, tenía interés por acercarme a un negocio similar al mío desde el lado opuesto del mostrador. En consecuencia, buscamos en Internet si había alguno y, aunque parece que la oferta en Córdoba no es demasiado amplia, encontramos uno llamado Elektrik que se ubica en la Calle María Cristina, cerca de donde nos hallábamos.

Luego resultó que en Elektrik están especializados en bicicletas eléctricas, patinetes, segway y otros artilugios similares. Además, nos atendió un chico que no me recordó demasiado a mí en el talante, yo soy bastante más protocolario. De hecho, el propio negocio de alquiler era bastante menos formal de lo que lo somos nosotros a la hora de arrendar nuestro material. No es que yo me haya tragado un palo, ni tampoco nos ponemos pejigueras con el alquiler de nuestras bicis a los guiris, pero sí es cierto que allí era menos evidente cual era la función principal del establecimiento, había bicicletas eléctricas en venta, material para tours, toda clase de vehículos eléctricos de alquiler y muchos utensilios. Por otro lado, todo se encontraba menos bien dispuesto de lo que lo tenemos nosotros. El chico también parecía dedicarse a más cosas de las que yo hago, ya que lo pillamos reparando no se qué en otra habitación y me pareció entender que en ocasiones ejercía de guía, de hecho por un momento pareció que se había puesto a despacharnos casi por casualidad. Yo tomé nota. Prefiero darle a mi perfil un talante más profesional, pero está claro que el desparpajo con el que nos atendió y su seguridad me dieron que pensar. Con algo de eso también me he quedado, lo mismo que con su talante más polifacético.

Volviendo a Córdoba, que es lo que nos atañe, la verdad es que salimos de Elektrik con dos bicis eléctricas. Nunca había montado en ninguna y me pareció divertido, son como pequeñas motitos en las que no se hace esfuerzo alguno, al menos en ese contexto turístico. Es cierto que con ellas abarcamos mucho más espacio que si hubiéramos ido caminando. Primero fuimos hacia el norte e hicimos una parada junto a la Torre de la Malmuerta, que da a la ronda que bordea el centro por ese lado.


A continuación recorrimos las avenidas que forman esa ronda de circunvalación por el norte y por el noreste, y nos volvimos a meter hacia el corazón de Córdoba por la Calle María Auxiliadora, que atraviesa el Barrio de San Lorenzo. Este es el que está al noreste del centro de Córdoba, en el extremo opuesto a la zona más popular del casco histórico. En la Calle María Auxiliadora nos alojamos la última vez que fuimos a Córdoba y por ello en aquella ocasión pasamos varias veces por delante de la Iglesia de San Lorenzo, que data del siglo XIII y que por fuera es imponente.


Por dentro, sin embargo, no llegamos a visitarla, por lo que esta vez al verla abierta no dudamos en aparcar las bicis en la puerta y entrar.


Tras esta parada continuamos la marcha. En el rato siguiente dimos muchas vueltas y me desorienté en poco. Para mí es importante, cuando visito los sitios, hacerme una idea de como están estructurados a nivel interno, fijándome en su disposición urbana. Para ello no me importa ir con el mapa en la mano, prestando atención a la ruta que voy siguiendo. Me gusta saber como se configuran los barrios de las ciudades y como se distribuyen las calles en ellos, pero circulando en bicicleta percibir eso es harto difícil, en primer lugar porque no se puede ir pedaleando y mirando un mapa, y además porque va uno mucho más rápido. Si a esto le sumamos que yo me desoriento en mi propio cuarto de baño, pues el resultado es que yendo en bici en un contexto como este acabo teniendo la sensación de que voy dando vueltas por la ciudad como un pollo sin cabeza. Esa es la razón de que prefiera caminar cuando hago turismo.

Por todo lo dicho, en Córdoba lo único que recuerdo del final de la primera parte de nuestro recorrido es una serie de sitios concretos descontextualizados. Uno de ellos, por ejemplo, es la Plaza de San Agustín, que está en el meollo del centro, aunque no se como llegué allí.


No obstante, lo positivo de lo de las bicis es que, en efecto, pudimos unir puntos distantes de la ciudad casi sin esfuerzo, de hecho yo estaba empeñado en ver la Judería y, dado como se había desarrollado la mañana, no hubiera podido hacerlo si no hubiéramos ido sobre ruedas. Gracias a esto, tras dar unas cuantas vueltas por el centro bajamos hasta el paseo que corre paralelo al Río Guadalquivir y bordeamos por el sur todo el casco histórico cordobés hasta llegar al entorno de la Judería, en el Barrio de la Catedral. Antes de meternos en ese entramado de callejuelas aparcamos las bicicletas, por lo que recorrimos el antiguo sector judío a pie. Yo ya había visitado Córdoba, pero en esa parte nunca había estado y tenía ganas de que, en esta ocasión, ese lugar no se quedara pendiente.

Mi idea inicial era ver la Judería, comer sin alejarnos mucho de ella y cerrar nuestro fin de semana con una actividad que es ya casi indispensable si se va a Córdoba, que es ir a unos baños árabes. Yo en 2007 estuve en los Baños Árabes Medina Califal, que estaban en la Calle Corregidor Luis de la Cerda, junto a la Mezquita-Catedral, y que siguen en el mismo sitio, aunque ahora han cambiado de nombre. Esta vez, sin embargo, me decanté por otros que están precisamente en la Judería. Yo había planeado que nos quedáramos por allí después de verla, pero tuvimos que ir a devolver las bicicletas, por lo que regresamos al punto de partida. Finalmente, para ir al spa tuve la oportunidad de andar...

Con respecto a la Judería, no me extraña que sea uno de los enclaves más afamados de Córdoba, porque es espectacular. Realmente es una zona pequeña que ocupa una especie de triangulo isósceles al que parece que se le hubiera cortado el vértice a la altura de la Puerta de Almodóvar.


Los límites del triángulo los conforman las calles JudiosTomás Conde por el oeste, la Calle Almanzor, la Calle Romero y el extremo de la Calle Deanes por el este, las calles ManríquezJudería por el sur, y la Calle Puerta de Almodovar por el lado en el que debería estar el pico del triángulo.


En la pintoresca Calle Judios (es la de la foto que está justo abajo) se juntan tres de los principales highlights de la Judería: la Estatua de Maimónides, la Sinagoga de Córdoba y el Zoco Municipal.



Ver la Sinagoga era el principal objetivo turístico que me había marcado este fin de semana, dado que no la conocía a pesar de su importancia. Esta radica en el hecho de que es una de las tres únicas sinagogas de época medieval que sobreviven en España.


El templo judaico es una maravilla, su entrada es gratuita y está muy bien conservado, por lo que no se puede pedir más.



En la Calle Judios, a pocos metros, está también la entrada al Zoco Municipal. El mismo engaña un poco, porque está tan bien hecho que uno se cree que lleva ahí 1.000 años y que era el mercado de la Judería en época medieval, pero lo cierto es que tiene poco más de 60 años.


Lo bueno que tiene es que es precioso y, realmente, es tan espectacular que uno se imagina que en tiempos de Al-Andalus era el zoco del barrio judío. Pese a esto, en realidad hasta los años 50 de siglo XX esa gran sucesión de patios formaba parte de la Casa de las Bulas, cuya fachada da a la Plaza de Maimonides. Esta casa data del siglo XVI y fue adquirida a mediados del XX por el Ayuntamiento de Córdoba, que montó un museo en ella y habilitó los patios a modo de zoco para otorgar a los artesanos locales un lugar donde fabricar y exponer su género. Nosotros lo vimos un domingo casi a la hora de comer y quizás eso ayudó a que estuviera muy tranquilo. Es evidente que está en uso, se ve que hay negocios de artesanía en activo, pero el día que nosotros fuimos estaban casi todos cerrados, gracias a lo cual vimos muy bien la sucesión de patios.





Por último, nuestro fin de semana acabó de la mejor manera, en los Baños Árabes de Córdoba, que para mí también estuvieron a la altura de las expectativas. Están ubicados en una bocacalle sin salida de la Calle Almanzor.


Yo tenía el recuerdo de los Baños Árabes Medina Califal, que han perdurado en mi memoria como los mejores que he visitado.


Pese a esto, decidí no repetir y me decanté por reservar en los otros, que creo que son más pequeños, pero que cumplieron con los tres requisitos básicos que deben tener este tipo de sitios, que son estar bien ambientados, no abusar de la cantidad de gente para que se preserve el ambiente relajado y que las aguas tengan temperaturas apropiadas. Con respecto a todo esto, a los Baños Árabes de Córdoba no les puedo poner ninguna pega, el masaje que nos dieron también estuvo a la altura y se me pasaron las dos horas en un suspiro, por lo que la experiencia fue el colofón perfecto a un fin de semana que, ya sí, da por finiquitado para mí el verano de 2019, en lo que a excursiones y viajes se refiere. El otoño estará mediatizado por un examen muy importante que tengo que hacer en noviembre, por lo que van a ser pocos los post que escribiré en los próximos meses. Gracias a estos dos días empiezo este periodo con las pilas bien cargadas.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado CÓRDOBA.
En 2000 (primera visita real), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Córdoba: 16'6% (hoy día 50%).
En 2000 (primera visita real), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 17'1% (hoy día 34'7%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado CÓRDOBA.
En 2000 (primera visita real, aunque incompleta aún para este reto), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 50% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 50%).
En 2000 (primera visita real, aunque incompleta aún para este reto), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 2'6% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 4%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CÓRDOBA.
En 2000 (primera visita real), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Córdoba: 1'3% (hoy día 5'3%).
En 2000 (primera visita real), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 4'3% (hoy día 20'6%).


10 de marzo de 2017

MEANDRO DE MONTORO 2017

En el post dedicado a la Real Colegiata de Santa María la Mayor de Antequera expliqué cual es el criterio que seguí para hacer mi lista de los monumentos andaluces que hay que visitar sin excusa, pero entonces solo hablé de los que están hechos por el hombre y no dije nada de los naturales, que también están en esa lista y que tuvieron su propio criterio de selección. Realmente, para encontrar una fuente relevante que me ayudara a elegir los monumentos hechos por la mano humana más destacados de Andalucía tuve que complicarme un poco la vida, pero en el caso de los naturales la fuente estuvo mucho más clara, ya que la Junta de Andalucía creó en 1999 la figura Monumento Natural de Andalucía para agrupar a los espacios o elementos de la naturaleza que destacan por su rareza o belleza, y que merecen ser objeto de una protección especial (pueden ser geológicos, bióticos, geográficos, ecoculturales o mixtos, y se pueden considerar también como tales las formaciones geológicas, los yacimientos peleontológicos y los demás elementos inorgánicos que tengan un interés especial por la singularidad o importancia de sus valores científicos, culturales o paisajísticos).

El caso es que los Monumentos Naturales de Andalucía son un conjunto de enclaves que pueden recogerse directamente en una lista. En la provincia de Córdoba hay tres y uno de ellos es el Meandro de Montoro. El mismo es un tramo del Río Guadalquivir de unos cinco kilómetros de extensión en el que este discurre encajonado en un meandro de curvatura muy acusada, formando uno de los ejemplos más espectaculares de este tipo de formaciones en la Península Ibérica.


El pasado fin de semana, además de explorar bien el casco histórico de Montoro, teníamos como objetivo recorrer también su Meandro y conocerlo bien. Durante gran parte de la mañana del domingo estuvo chispeando, por lo que la visita estuvo pendiente de un hilo, pero a las doce, cuando ya no quedaba otra que arriesgarse o renunciar, decidimos hacer la ruta. Fue una decisión acertada, porque apenas si cayeron cuatro gotas más.

Al nivel del río bajamos por el extremo de la parte de Montoro que queda más encajada en el meandro. Como en esa parte no hay puente para cruzar a la otra orilla, nos dirigimos a la izquierda siguiendo el curso del río y recorrimos el trozo de la zona declarada Monumento Natural que queda a los pies del centro de la población.


En esa parte lo que hay es un camino de tierra bien preparado que deja el río a su derecha. Entre el camino y el agua hay un buen número de huertas que, de hecho, forman parte del Monumento Natural Meandro de Montoro de manera explícita, ya que se pretende proteger también esa forma tradicional y sostenible de explotar la tierra, que es compatible con la preservación de la riqueza natural y biológica de la ribera. Ese uso de la orilla como huerta y la dinámica natural del río, que crece de vez en cuando, ayudan a preservar los laterales del río de ocupaciones más agresivas.



En nuestro caso, tras recorrer esa parte del camino llegamos, finalmente, al puente por el que queríamos cambiar de orilla. Ese puente se inauguró en julio de 2009, por lo que hace apenas diez años no hubiera sido posible realizar el cómodo recorrido casi circular que nosotros hicimos.


Tras cruzar el puente caminamos, ya en la otra orilla, por la parte más arreglada del recorrido. En ese tramo fuimos por una acera que está muy bien para pasear e incluso para correr, sin mancharse los zapatos. Desde la valla vimos bonitas vistas del pueblo, del meandro y del camino por el que habíamos caminado antes de atravesar el puente, pero también pudimos observar que por la parte más cercana al río, en ese trozo es imposible avanzar.



Tras un rato caminando por esa acera divisamos el Puente de las Donadas, construido con piedra molinaza en 1498. Este es el puente tradicional de Montoro y une el núcleo principal de la población con el barrio de Retamar.


Antes de llegar al Puente vimos que se podía bajar de la zona peatonal y no lo dudamos dos veces. El acceso al nivel inferior realmente está construido para que se pueda uno acercar a la Fuente de la Oliva, otro emblemático lugar de Montoro. Se trata de un manantial que ya existía a finales del siglo XV, aunque la estructura actual con los caños es posterior. Esta construcción es uno de los elementos de patrimonio monumental que están insertos en el Monumento Natural Meandro de Montoro. Por desgracia, había bastante basura en los alrededores de la Fuente, aunque conseguí que no se notara mucho en la fotografía.


En ese punto vimos que la parte agreste que va pegada al río ya era más transitable y que había un acceso a ella desde la plataforma de la Fuente. El día anterior nos habían comentado que hace un tiempo (no se si dos o tres años), habilitaron por esa zona un paseo para que se pudiera recorrer el meandro al nivel del río. El Guadalquivir, sin embargo, tiene sus propios ciclos y no pareció muy dispuesto a permitir que aquello durara mucho, de manera que el camino no aguantó ni un invierno. En la actualidad, aún se pueden ver los restos de la valla de madera que se construyó, aunque me parece a mí que dentro de no mucho ya no quedará nada.




En cualquier caso, pese a que las crecidas del río no permiten que ninguna estructura se mantenga en esa zona de manera perenne, la verdad es que la misma es transitable, hay un caminito que, dado lo que había llovido, estaba bastante embarrado, pero que pudimos recorrer sin problemas. Finalmente, tras un rato pasamos por debajo del Puente de las Donadas y accedimos a la parte del Meandro que más me gustó. En ella se puede, incluso, tocar el agua del río, que el domingo iba bastante embravecido (razón por la cual no llegué a acercarme tanto como para meter la mano).


El hecho de que nos encontráramos, en esa parte, con arena de playa da muestras de que por ahí el agua corre de vez en cuando. No debe ser una cosa muy brutal, porque los bancos que pusieron resisten a duras penas, pero está claro que tampoco es una zona por la que puedan pasear los abuelos de Montoro con facilidad.



La parte final del recorrido que hicimos fue la más desoladora, aunque las vistas siguieron siendo una maravilla.


Sin embargo, al llegar al punto donde el Monumento Natural se ensancha nos encontramos con el típico merendero que, seguramente, un día se construyó con buenas intenciones y con algún tipo de partida presupuestaria puntual, pero que luego no se ha mantenido... o quizás es que se construyó en una zona poco apropiada que también se inunda...

El caso es que había repartidas por la planicie un montón de mesas con bancos y varias barbacoas de piedra, pero es evidente que aquello no se usa. Un poco más allá, cruzamos un riachuelo que desemboca en el Guadalquivir y accedimos a la Huerta de la Isla, una zona donde en su día había huertas que, con las crecidas, quedaban aisladas. En ese lugar se construyó un Arboreto para la educación ambiental que gestionaba el Ayuntamiento, pero que está cerrado y que, al igual que el merendero, se encuentra algo deteriorado (sobre todo el edificio y la valla, los árboles que se ven en el interior parecen estar bien).



Tras bordear la valla del Arboreto llegamos al Puente de Hierro, por el que volvimos a pasar por encima del río.



Tras cruzar el Puente de Hierro y salvar una buena pendiente volvimos a acceder al casco urbano de Montoro. Al final de esa cuesta hay un mirador desde el que nos despedimos el Meandro disfrutando de otra bonita vista. Está claro que el Meandro de Montoro no es una de esas maravillas naturales que quitan el hipo, pero tras recorrerlo casi en su totalidad puedo decir que bien ser merece un detenido paseo.


Reto Viajero MARAVILLAS DE ANDALUCÍA
Visitado MEANDRO DE MONTORO.
% de Maravillas de Andalucía visitadas en la Provincia de Córdoba: 45'5%.
% de Maravillas de Andalucía visitadas: 33'9%.


9 de marzo de 2017

MONTORO 2017

En navidades de 2016 me regalaron un Cofre VIP que incluía una estancia de una noche para dos personas en alguno de los hoteles rurales del catálogo que venía en él. Durante todo el año 2016 he tenido en la recámara ese fin de semana de escapada rural, pero no he visto el momento de encajarlo en el calendario. Por un error, hace un par de meses creí que el 31 de marzo de este año expiraba el plazo para usar el bono y, por ello, busqué a marchas forzadas el fin de semana en el que nos pudiéramos ir María y yo una noche, dejando a las niñas a buen recaudo. Finalmente, resulta que miré mal la fecha límite para gastar la estancia hotelera, pero para cuando me enteré ya teníamos maquinado completamente el plan y habíamos elegido Montoro como nuestro destino, así que decidimos utilizar finalmente el bono sin dejarlo para más adelante.


La provincia de Córdoba es para mi una zona bastante desconocida, ya que, pese a estar colindante con la de Sevilla, apenas si conozco de ella un par de pueblos y la capital. El poder de atracción de la ciudad califal tiene un poco que ver con esa circunstancia, pero es raro que estando tan cerca haya mirado tan pocas veces al noreste de Sevilla a la hora de organizar una escapada. La razón de ir a Montoro a gastar el Cofre VIP ha tenido un poco que ver con las ganas de empezar a remediar esa carencia, aparte del atractivo del pueblo en sí, como no (hay que tener en cuenta también que con un bono solo para una noche muy lejos no se puede ir, y, por el error comentado, creí que ya no iba a tener la oportunidad de encajar la estancia en el contexto de un viaje más largo por España).

El caso es que el pasado sábado dejamos tempranito a las niñas con sus abuelos y pusimos rumbo a Montoro con ganas de conocer este bonito pueblo, cuyo nombre, hoy día, nos trae a la mente la cara de un ministro, antes que otra cosa.

A la hora de elegir el lugar donde gastar el bono no solo tuve en consideración que el pueblo elegido fuera cordobés, que no estuviera muy lejos y que fuera bonito, sino también que el propio hotel tuviera unas determinadas características. Realmente, se puede decir que hice un auténtico casting en el que tuve en cuenta que el alojamiento en cuestión estuviera céntrico en el pueblo (para olvidarme del coche) y que fuera atractivo. Estoy acostumbrado a ahorrar dinero al viajar buscando lugares donde dormir poco llamativos. En julio, en Ribadesella, por ejemplo, María y yo dormimos en una habitación alquilada en su piso por un casi-estudiante, la cual era de todo menos romántica. En aquel momento primó el hecho de que queríamos hacer dos días de senderismo por los Picos de Europa y buscábamos una simple cama cercana y barata para pasar la noche. En esta ocasión, sin embargo, era preceptivo buscar un hotel que fuera bonito y que invitara al relax. Del mencionado casting salió elegida Casa Maika, una casa rural ubicada en pleno centro de Montoro que tenía muy buena pinta.


Hay que decir que Casa Maika es un alojamiento muy vistoso, ubicado en una antigua casona montoreña. En el centro de esa casa hay un bonito patio de dos pisos que distribuye las estancias. La más grande de las del piso de abajo hace las veces de salón comedor y a ella da una espectacular terraza que se asoma desde lo alto al Río Guadalquivir.



Aparte, en mi opinión, el hotel destaca por lo cuidado que está todo, tanto en las zonas comunes, como en la habitación que nos dieron (estaba completamente reformada, parecía casi de estreno). Realmente, es un lugar perfecto para una escapada en pareja.

Pese a esto, en nuestro caso tuvimos un poco de mala suerte, porque, por una confusión un tanto inexplicable, nos quedamos con la peor habitación de la casa: resulta que creyeron que teníamos reservada la noche del jueves, en vez de la del sábado, y cuando me llamaron el jueves por la noche, algo mosqueados, para preguntarme dónde estaba, y pudimos aclarar la confusión, ya solo tenían libre para el fin de semana una habitación, la de minusválidos, que está junto a la puerta de entrada. Quizás debí anular el plan y dejar el viaje para otro momento, pero, como comenté antes, teníamos a las niñas ya ubicadas para el sábado y, además, todavía no me había percatado de que no era a finales de marzo de este año cuando caducaba el bono, sino en 2018. En consecuencia, dije que sí a la habitación de minusválidos junto a la entrada, y la misma resultó ser un poco oscura, fría y ruidosa. No digo que estuviera mal, pero si la comparo con las bonitas habitaciones que dan al otro lado de la casa, pues es evidente que salimos perdiendo. Aparte, el desayuno fue del montón (pan rústico, pero de los envasados, y café de máquina, estilo sala de juntas de una oficina). Además, casi nos lo tuvimos que preparar todo nosotros, porque la chica llegó un pelín tarde y, al final, para no esperar sentados, las dos parejas que allí estábamos optamos por ayudarla a meter el pan en la tostadora y a hacer los cafés. Pese a todo, yo repetiría, así que no quiero transmitir al rollo: la chica que nos atendió fue muy simpática en todo momento y, con respecto a las pegas que le he puesto a la habitación, hay que decir que el hecho de que la misma fuera algo oscura dejó de ser importante en cuanto se fue el sol. Por otro lado, resultó que no era tan ruidosa en horario nocturno como temimos, por lo que no llegamos a tener problemas. Lo de que fuera fría, por último, se podría haber solucionado poniendo la calefacción un par de horas antes de nuestra llegada. Eso hubiera evitado el primer rato helador, que nos sentó bastante mal. Realmente, por la tarde-noche, tras llevar la calefacción tres o cuatro horas dando caña, la habitación estaba bastante más acogedora. En consecuencia, se puede decir que la estancia en Casa Maika fue positiva.

Aparte de esto, María y yo dividimos el fin de semana en dos días totalmente distintos, no por nada en concreto, sino porque nos relajamos y nos salió así: el sábado nos dedicamos a dormir, correr, comer y beber. Todo lo hicimos en Montoro, pero creo que si hubiéramos estado solos en casa, el plan hubiera sido el mismo. El domingo, por contra, nos levantamos temprano y con las pilas bien puestas, con ganas de conocer a fondo el pueblo y también el Meandro de Montoro.


En el plan del sábado influyó que llegamos muy cansados y, tras comer, nos echamos una buena siesta. Después, nos levantamos con el muermo y para espabilarnos salimos a correr un rato. Por último, por la noche nos topamos con una de las fiestas grandes de Montoro: resulta que allí lo dan todo por el Carnaval, yo no me lo esperaba, pero desde media tarde ya vimos que se iba a formar una buena y, en efecto, cuando salimos a cenar el pueblo se había echado a la calle... disfrazado.


Si lo hubiéramos hecho a posta no nos habría salido mejor: fuimos a Montoro en uno de sus días más señalados. Seguramente, si el ambiente nocturno hubiera sido más triste María y yo habríamos acabado viendo la tele en la habitación después de la cena, pero en ese clima de locura no fue difícil venirse un poco arriba: antes de cenar vimos entero el pasacalles en la Plaza del Charco y, al acabar este, la citada plaza se quedó muy animada (había buen ambiente de tipo familiar).


En esas circunstancias, nos dejamos llevar por el buen rollo y, tras la cena, acabamos en el Bar Moroco  (que está en la misma Plaza del Charco) echando algo más que un rato (cayeron tres Desperados...). Me agradó mucho el ambiente de este pub, donde tuvieron el buen gusto de poner rock como fondo musical.

Como he dicho, el primer día nos mezclamos con los autóctonos y lo pasamos de miedo, pero no fue una jornada precisamente turística. El domingo, por contra, sí nos levantamos con ganas de ver Montoro con más cuidado. Realmente, los eventos carnavalescos no habían acabado, ya que en la Plaza de España estaba prevista una gran fiesta para niños que, por lo visto, se suele petar. Por desgracia, llovía y el evento se suspendió. Nosotros, en cualquier caso, ya a lo que íbamos era a por un plan turístico más ortodoxo: en la Oficina de Turismo nos informaron de maravilla de las opciones y vimos la Iglesia de San Juán de Letrán y el Museo Arqueológico Municipal, ubicado en la Iglesia de Santa María de la Mota, la más antigua de la localidad (el edificio es del siglo XIII y se levantó sobre una mezquita anterior).




El Museo lo vimos con calma y me gustó por el contenido, pero también por el hecho de estar situado en un edificio tan bonito. Aparte, partiendo de la Plaza de España, donde está la Iglesia de San Bartolomé, también recorrimos el entramado de callejuelas que conforman el precioso casco histórico de Montoro.


Los edificios de piedra roja molinaza (los más importantes) están combinados con las casas con fachadas encaladas, dándole a todo el centro de Montoro un aspecto uniforme y atractivo.



Durante un par de horas nos pateamos bien el pueblo, pero sobre las doce abandonamos el casco histórico y bajamos al entorno del Guadalquivir, un río que es espectacular en muchos lugares y que en Montoro ha generado un enclave que ha sido declarado Monumento Natural, del cual escribiré en el siguiente post.

Para acabar, no me puedo despedir sin hablar de los lugares donde comimos, ya que, como no podía ser de otra forma, este fin de semana tocaba disfrutar también de algún que otro homenaje culinario. De los tres establecimientos que visitamos, sin duda el mejor fue el primero y el menos céntrico. Su nombre es La Tapería del Pintor y de él me gustó su ambiente distendido, la amabilidad de la dueña (era alemana, yo creo), así como la calidad y la originalidad de las tapas, que parece que se deben al otro dueño, que es el que está entre los fogones (es un gastro bar).



Las tapas de las fotos de arriba son de diseño, pero como tapa de regalo con la primera bebida (que buena costumbre es esa, en Sevilla no se practica) nos pusieron un arroz normal y corriente, que estaba para chuparse los dedos.

Los otros dos establecimientos donde comimos son más tradicionales y están en la céntrica Plaza del Charco, pero nos los recomendaron y, realmente, estuvieron bien: el sábado cenamos en el Restaurante Belsay, que tiene un aspecto poco sofisticado, por decirlo así, pero que ofrece comida sin florituras aceptable, y el domingo comimos en Casa Bar Yépez, que tiene un aspecto más rústico, pero que también ofreció una buena relación calidad-precio (aquí pedí un flamenquín, que es algo típico de Córdoba, hacía bastante tiempo que no me comía uno). Ambos sitios estaban hasta los topes, así que es verdad que son dos lugares bastante apreciados por los montoreños.


En definitiva, me quedé con una muy grata impresión de Montoro, el Toledo andaluz, como lo llaman. A mí, al menos, ya se me vienen a la cabeza imágenes más entrañables, cuando pienso en su nombre, que la cara del ministro.



Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado MONTORO.
% de Municipios ya visitados en la Provincia de Córdoba: 5'3%.
% de Municipios de Andalucía ya visitados: 19%.

Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MONTORO.
% de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Córdoba: 50%.
% de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 32%.