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16 de febrero de 2019

SEVILLA 2019 (FEBRERO)

Hacía mucho tiempo que no iba a Sevilla de una manera tan esporádica. Viví allí muchos años y desde que me mudé a Villanueva del Ariscal en 2008 siempre había trabajado en la capital, por lo que he tenido durante años una relación casi diaria con mi ciudad natal. Sin embargo, en los últimos dos meses ya no he tenido que ir allí a currar, dentro de poco la situación habrá vuelto a la normalidad, pero desde el pasado diciembre he ido poco a Sevilla y, sobre todo, se han contado con los dedos de una mano los días que he bajado para algo que no fuera meterme en casa de algún familiar.

Pese a esto, de repente en la última semana me he visto yendo a la gran ciudad tres días casi seguidos, y en todos los casos ha sido para disfrutar de planes que se salen un poco de la normalidad. Por ello, dado que estoy atravesando una etapa en la que paso más tiempo metido en el pueblo que visitando lugares interesantes o corriendo carreras, que son las actividades que reflejo en este blog, he decidido dedicar otro post a Sevilla, perseverando en mi objetivo de que esta vaya quedando descrita al detalle, capítulo a capítulo, en este personal cuaderno de bitácora que llevo ya cerca de tres años escribiendo.


Como decía, tres han sido las jornadas que he pasado sacándole el jugo a Sevilla. La primera fue el viernes de la semana pasada, al día siguiente volvimos a pasar la mañana y la tarde allí, y tras un paréntesis de seis días, ayer, que era nuevamente viernes, acabé disfrutando del que ha sido el plan más propiamente turístico de todos. Al final, el balance es tremendo, ya que en esos días he comido en un restaurante venezolano y en otro italiano, he tapeado en uno de los sitios señeros del centro, he cerveceado de dos maneras muy diferentes, pero ambas muy sevillanas, he desayunado como solo en los bares de Andalucía se hace, he ido al fútbol, he entrado en un museo y he hecho una visita guiada por uno de los edificios hispalenses más representativos. En definitiva, si hubiera sido guiri no me hubiera pateado la ciudad con mayor ahínco.

Como se puede comprobar en el breve resumen que acabo de hacer, quizás lo que más he hecho en los tres días de marras ha sido mover el bigote. Es bien sabido que me encanta comer fuera de casa, así como salir de cañas, por lo que esto no es en absoluto raro. Aún así, siempre es bueno innovar algo en las costumbres, y por ello disfruté mucho el viernes de la semana pasada de la novedad de comer un tipo de comida que no conocía, la de Venezuela. Para probar las especialidades típicas del país sudamericano fuimos a El Arepazo.


Dos fueron las circunstancias que me hicieron estar convencido desde el principio de que en ese restaurante me iba a recrear con el verdadero sabor de la comida de Venezuela: la primera fue que íbamos con una venezolana. Cierto es que Antuanett vive en Sevilla desde hace más de un lustro y que en su entorno familiar la mezcolanza cultural es radical, pero al oírla hablar resulta evidente que se ha criado en su país de nacimiento, por lo que pesa mucho su opinión acerca de las bondades de la comida de El Arepazo. Aparte, el hecho de que este restaurante esté en La Macarena también me hizo estar seguro de antemano de que no nos iban a dar gato por liebre, ya que en el sector extramuros de este barrio se ha asentado en las últimas décadas el grueso de la población inmigrante que ha llegado a la capital de Andalucía. Es allí, por tanto, donde hay que buscar comida internacional hecha por manos expertas.


El Arepazo no es un lugar para finolis, por su aspecto podría ser un bar andaluz de tapeo de los de batalla, pero realmente la carta ya te transporta al Caribe. Nosotros pedimos como si no hubiera mañana, porque Antuanett quiso que probáramos un buen número de especialidades de su tierra. Gracias a ello, además de tomarme un Arepazo Venezuela, que en la base de maíz llevaba ternera mechada, frijoles negros, aguacate y queso, probé la cachapa, los chicharrones (pero no los de Cádiz), los tequeños y, de postre, la Tarta de Tres Leches. El repaso gastronómico fue muy completo.

Con respecto a la comida italiana, saborear este tipo de cucina en cambio no fue nada novedoso para mí, ya que es mi favorita y conozco la gran mayoría de los restaurantes italianos de Sevilla. El sábado mi idea era ir a cenar al Ristorante Il Vesubio, pensaba tirar la casa por la ventana y este es para mí, sin duda, el mejor italiano de la ciudad, pero finalmente nos decidimos por probar La Locanda di Andrea, otro establecimiento que nos habían recomendado y en el que nunca habíamos estado. El mismo está en plena Calle Feria, la vía que ejerce de frontera entre el entorno de la Alameda de Hércules, epicentro de la actual Sevilla hipster, y la parte intramuros de La Macarena, donde el ambiente castizo aún no ha dado paso del todo al mestizaje que comenté antes que dominaba la parte extramuros del barrio.


La Locanda di Andrea resultó tener una relación calidad-precio magnífica: cuesta la mitad que los restaurantes italianos clásicos, pero no han cometido el sacrilegio de despachar fast food a la italiana, sino que sirven recetas elaboradas, con la particularidad de que permiten pedir tapas de sus platos (este ejemplo de fusión cultural ibérico-itálica es muy original). Además, está agradablemente montado. Me gustó y volveré seguro.

Siguiendo con el repaso a los lugares donde comí en estos días, no puedo dejar de lado el tapeo sevillano más tradicional que nos marcamos el segundo viernes en la Taberna Coloniales.


Ubicada en la Plaza del Cristo de Burgos, la Taberna Coloniales es un establecimiento que ha conseguido lo que a veces parece imposible: convertirse en una referencia para turistas sin dejar de gustar a los autóctonos. Las personas que vienen a Sevilla (que son cada vez más) disfrutan en este bar, abierto en 1992, del tipiquismo auténtico, ya que en él se come comida sevillana y andaluza, el local está situado en un punto emblemático del centro, en las mesas que tiene en la acera se goza a tope del benévolo clima que tiene la ciudad desde octubre a mayo, y su interior tiene un sabor tremendo.


Los sevillanos, por otro lado, sabemos que aquello, además de bonito, es bueno y barato (se come genial, la verdad, y las tapas tienen un tamaño considerable). Tengo que destacar, igualmente, la calidad del servicio, los camareros no solo se manejan con eficacia, sino que también son muy amables. Ambas circunstancias tienen un mérito especial en el caso de la Taberna Coloniales, porque tanto los empleados de la barra como los que sirven las mesas trabajan a revientacalderas desde que el negocio abre hasta que cierra. A pesar de ese buen hacer, la masificación es precisamente la pega que tiene el sitio, cierto es que una vez que se ha pillado mesa se está muy a gusto y que en ningún momento hay presión para comer rápido, pero sentarse a partir de las 14 es una heroicidad, e incluso antes hay que esperar (al llegar te apuntan en una pizarra y se guarda el turno escrupulosamente, como si de una carnicería se tratase, es cómodo porque no hay que andar metiendo codos, pero el problema es que dentro apenas hay ocho o nueve mesas y fuera cinco o seis, por lo que incluso comiendo en horario guiri hay que cola, y como se haga un poco tarde la espera puede llegar a la hora, si no más). Yo siempre que he ido he hecho un esfuerzo por estar allí temprano. Ayer, de hecho, llegamos a eso de las 13'45 y, pese a eso, esperamos unos 20 minutos. Además tuvimos que comer dentro, ya que con el maravilloso día que hacía incluso a esa hora comer en la terraza era ya una quimera. Aún así, mereció la pena, tanto la Tabla de Salmorejo con Jamón como la Pechuga de Pollo a la Mostaza Antigua estaban para chuparse los dedos, y estuvimos muy tranquilos. Por otro lado, como gran novedad de esta visita, en vez de cerveza me pedí un par de copas de vino, dispuesto a no abandonar ni en esas circunstancias mi cruzada contra el gas, que empezó el domingo pasado y acabará mañana, cuando haya atravesado la línea de meta del Maratón de Sevilla y me tome un buen botellín para celebrarlo.


Hablando de cerveza, dije antes que no faltaron en mis tres días de tournée ni un cerveceo tradicional sevillano, ni tampoco una parada en un bar en el que sirven cerveza artesanal. Para un amante de la birra como yo ambos planes son las dos caras de una misma moneda. El primer plan tuvo lugar el primer viernes, antes de comer en El Arepazo, y el segundo el sábado, antes de ir a cenar a La Locanda di Andrea.

Para cervecear como está mandado un viernes a mediodía en Sevilla fui probablemente al mejor sitio posible, una minúscula cervecería llamada El Tremendo.


Dicen que en El Tremendo tiran la cerveza mejor que en ningún otro sitio, quizás sea porque aún mantienen tras la barra el antiguo tirador de manilla de cobre, yo realmente no soy capaz de hablar con tanta rotundidad, me falta quizás ese punto esagerao que tiene el sevillano de pura cepa, pero sí es cierto que la caña de El Tremendo no tiene nada que envidiarle a ninguna otra. A pesar de esto, lo que destaca de El Tremendo no es solo la frescura y la espumosidad perfecta de su cerveza, ni tampoco es lo que se come allí, que dado el reducido tamaño del establecimiento se limita a unos montaditos, algo de mojama y poco más. Lo que destaca de El Tremendo es que es el prototipo de lugar donde te paras, sin pensarlo dos veces, a saborear un par de cañas al sol (en invierno) o a la sombra (el resto del año), de pie en la acera, con los amigos, con los compañeros de trabajo, con tu pareja o con quien sea. Cualquier momento es bueno para arreglar el mundo en un cuarto de hora con una Cruzcampo bien fría en la mano. En El Tremendo las exquisiteces brillan por su ausencia, porque el bar lleva en el mismo rincón 70 años y en ese tiempo el grifo para tirar la cerveza no es lo único que no han cambiado, pero tiene tanta solera que eso lo compensa todo. Para conocer Sevilla de verdad hay que tomarse unas cañas un viernes a las tres de la tarde en la puerta de un bar como El Tremendo. Esto es tan importante como subir a La Giralda (en la foto de abajo eran las 13'15, unos 45 minutos después no se cabe en esa acera).


Más allá de lo comentado, para beber en Sevilla alguna marca de cerveza que no sea Cruzcampo hay que buscar algún sitio que sea un poco más selecto. A mí, por ejemplo, me encantan los pubs estilo irlandés, pero el sábado a última hora de la tarde, antes de cenar, María y yo optamos por ir a un bar de otro perfil en el que también se pueden pedir cervezas raras, en este caso no internacionales, sino artesanales (es decir, hechas en la zona). Dicho bar, llamado Bier Kraft, está, por supuesto, en la zona de la Alameda de Hércules. Las cañas en él valen un ojo de la cara y solo elegir qué tomar ya supone todo un reto.


Yo me dejé aconsejar por el camarero y pedí una Ruben's de tirador. En principio pensé que el nombre de la marca estaba puesto en honor a Peter Paul Rubens, pero luego comprobé que el apóstrofe en este caso es determinante. La Ruben's es una cerveza artesanal que se fabrica en La Redondela, una pedanía de Isla Cristina (Huelva), que es un pueblo que a mí me suena a playa. El origen, por tanto, le añadió más exotismo a la bebida.

Cambiando de tercio, la jornada del sábado, que acabó en el Bier Kraft y en La Locanda di Andrea, empezó de una manera muy diferente. El día fue muy intenso y a mediodía tuvimos una comida familiar por todo lo alto, pero antes ya habíamos madrugado un poco para ir al fútbol.


El caso es que esta temporada nos hemos aficionado a ir a ver al Betis Féminas. Yo siempre he sido aficionado al fútbol, de hecho durante siete temporadas fui socio del equipo masculino del Real Betis, pero desde hace años mantengo una relación de amor-odio con el deporte rey. En efecto, no puedo evitar que me guste y lo sigo, atrae mi atención y me divierte verlo, pero me desagrada cada vez más el mundillo que rodea al deporte en sí: no soporto el negocio en el que se ha convertido, ni el amarillismo de la prensa deportiva, ni la manera que se usa el juego por los medios para distraer la atención, ni la violencia que rodea al espectáculo, ni la politización de este, ni puedo aguantar a la mafia que dirige el cotarro, tanto a nivel de clubes como a nivel federativo. También me repele que los futbolistas se comporten como divos cada vez más. Este año, sin embargo, he descubierto el fútbol femenino, lo que ha supuesto para mí como una vuelta a los orígenes. El espectáculo es el mismo, ya que las mujeres suplen la fuerza masculina por el toque, la competitividad es plena porque lo dan todo sin contemplaciones y los partidos transmiten emoción a raudales. Por otro lado, en el balompié femenino el dinero aún no lo ha contaminado todo, las futbolistas, cuya normalidad enamora, juegan por amor al fútbol, y los aficionados van a animar, no a morir matando por su equipo. Es, en definitiva, deporte en estado puro.

Es un hecho que el fútbol femenino se está poniendo de moda y está creciendo por momentos, dentro de poco habrá asimilado muchos de los vicios del balompié masculino, pero yo espero que no se pierda el buen rollo que, a día de hoy, se respira viendo en directo un partido de chicas. Nosotros vamos a ver al Betis Féminas, que juega en la Liga Española de Fútbol Femenino, lo que presenciamos es fútbol femenino del más alto nivel, y aún así no le veo pegas. Lo disfrutaré mientras dure.


Como decía, el sábado María y yo bajamos con Julia y Ana, recogimos a mis sobrinas, que también son socias, y nos acercamos a la Ciudad Deportiva Luis del Sol a presenciar el partido entre el Betis Féminas y el Levante Unión Deportiva, correspondiente a la jornada 20 de liga. No hubo goles, pero lo pasamos genial.


Al final, las niñas pudieron incluso hacerse unas fotos con Paula Perea y con Priscila Borja, dos cracks dentro del campo que demostraron una humildad y una cercanía dignas de elogio.



Tras haber hablado ya de comida, de bebida, de costumbres y hasta de fútbol, en la última parte de este relato voy a hacer mención a los planes más puramente turísticos que disfruté en los tres días sevillanos. Lo de comer y beber es también una actividad indispensable para los que quieren conocer bien los sitios, ya he dicho que cervecear debería ser algo imprescindible para todos los que vienen al corazón de Andalucía, y tapear ya lo es. Pese a esto, hay algo que es turístico en mayor medida que ir a bares y restaurantes, y es hacer visitas culturales. Un post en este blog sobre Sevilla no estaría completo si no hablara de alguno de los muchos lugares destacados que tiene, por lo que programé una visita para ayer viernes. Lo que pasa es que el día no salió en absoluto como lo tenía pensado, aunque esta vez eso no acabó siendo negativo. Mi idea inicial era pegarme estudiando en la biblioteca de la Universidad de Sevilla hasta las 12 de la mañana, hora a la que tenía fijado un tour guiado por el edificio de la Antigua Real Fábrica de Tabacos, que en la actualidad alberga la sede central de dicha institución. Sin embargo, dos hechos trastocaron mis planes bien temprano: por un lado, al llegar me di cuenta de que se me habían olvidado en casa los apuntes, la jornada de estudio se me fue al carajo antes de empezar, pero además al poco me llamaron para avisarme de que el guía de la visita había sufrido un percance y que esta se pasaba a las 16. En consecuencia, me vi en pleno centro de Sevilla a las 9 de la mañana sin nada que hacer hasta mediodía, cuando había quedado con María para comer. Valoré la opción de irme a casa y suspender el plan, pero dentro de poco estaré trabajando de nuevo y también se acercan los exámenes que me estoy preparando, por lo que sabía que no volvería a verme un viernes laborable por la mañana en la capital con todo el tiempo del mundo por delante. Por ello, opté por relajarme y tomarme el día libre.

Dadas las circunstancias, lo primero que hice fue irme a desayunar con María antes de que ella entrara en el trabajo. Tenía entendido que en la Bodega Salvatierra son unos maestros a la hora de poner buenos desayunos de la tierra y, en efecto, allí disfruté de una rica tostada de pan de bollo con tomate, dando comienzo por todo lo alto a una peculiar jornada de viernes al sol, para nada estándar.


Luego me di un paseo por el Mercado de la Encarnación, en el que nunca había entrado. Ahora ya conozco tres de los cinco niveles en los que están divididas las Setas de Sevilla (no he estado en el bar de la cuarta planta, ni he visto los restos arqueológicos que se muestran en la planta sótano, que estaba aún cerrada a la hora a la que yo fui). El Mercado me gustó, está muy nuevo y todo estaba tan bien colocado que me dieron ganas de irme con la compra hecha.


Para echar el resto de la mañana, dado que había decidido convertirme en turista, me pareció que era el momento de eliminar el pequeño cargo de conciencia que llevaba a la espalda desde el mes pasado. Dicho así parece algo grave y no es para tanto, pero sí es cierto que en enero, cuando fui en Madrid al Museo Arqueológico Nacional, puse a parir al Museo Arqueológico de Sevilla. De pasada en el correspondiente post comparé ambas instituciones y me despaché a gusto con el museo hispalense, aunque no lo había pisado desde hacía casi diez años. Esto era precisamente lo que me pesaba un poco, me quedó el resquemor de haber plasmado una imagen suya que ya no se correspondiera con la realidad. Por eso, ayer decidí ir a visitarlo de nuevo para actualizar mis impresiones.

Lo primero que hay que decir del Arqueológico sevillano es que está en un edificio precioso, eso es innegable. El mismo fue realizado por el arquitecto Aníbal González, artífice entre otras muchas obras de la Plaza de España, y se construyó para ejercer de Pabellón de Bellas Artes en la Exposición Iberoaméricana de 1929. También el entorno del inmueble, el Parque de María Luisa, es excepcional. De inicio, por tanto, el Museo atrae por su envoltorio.


La institución se creó en 1880 y en 1942 se trasladaron sus fondos al Pabellón, siendo reinagurada la muestra en su nueva ubicación en 1946. En principio la misma constó de ocho salas, pero tras varias ampliaciones actualmente tiene 28. Estos son los datos objetivos.

Ahora vayamos con la visión subjetiva que sigo teniendo después de mi nueva visita, que se podría resumir en un consejo claro y conciso que le doy a los que vienen a conocer Sevilla: "señores y señoras, en esta magnífica ciudad no pierdan ni cinco minutos entrando en el Museo Arqueológico". Puede parecer duro, pero la verdad es que entré con la idea de ser benevolente y de no ser crítico en exceso, y ni bajando el listón evité salir de allí decepcionado.

Realmente, yo sabía que nada ha cambiado en el Museo en los últimos diez años (ni en los últimos 20, yo lo visité por primera vez en 1999 y creo que lo más que han hecho desde entonces ha sido tapar goteras y humedades). Por ello, esperaba ver lo de siempre: un montón de restos romanos extraídos de Itálica, en su mayoría, y repartidos por las salas, puestos encima de simples pedestales que están colocados delante de desnudas paredes.




Nula información, escasa contextualización y presentación que echa para atrás, el Museo es una sucesión de frías salas llenas de epígrafes, lápidas, torsos de mármol sin cabeza, bustos y algunos mosaicos. Estos últimos, precisamente, son los restos más atractivos, pero todo parece que está repartido sin ton ni son. No es raro que los visitantes recorran la exposición en cinco minutos, vista una sala vistas todas. Es evidente que aquello necesita una buena inversión para que deje de parecer una mezcla entre un museo de los años 50 y una exhibición de pueblo.

Pese a esto, yo tenía la esperanza de que hubiera algo que compensara lo dicho, pensaba que en el Museo se exponía el Tesoro del Carambolo, uno de las piezas top de la Protohistoria en la Península Ibérica, y que con esa joya habría otras piezas de otras épocas. Yo, de mis visitas anteriores no recordaba más que restos romanos, creía que era por mi falta de atención, pero no era esa la razón: en realidad el Arqueológico tiene 28 salas y justo la mitad están dedicadas a la civilización romana, por lo que el sesgo ya queda patente de inicio. Además de estas salas, yo solo pude ver otras dos dedicadas a la Edad Media que son de chiste: una de ellas está llena casi por completo de más lápidas y cosas similares, eso sí, ya de la Alta Edad Media, no de época romana, y en la otra apenas si hay un par de vitrinas con una veintena de piezas almorávides y almohades cada una, amén de otros cuantos restos de esos dos imperios (no me puedo explicar como, estando en uno de los epicentros de la antigua Al-Andalus, no hay algo más lustroso de los cinco siglos que estuvieron por aquí los musulmanes).


Más allá de esas dos salas medievales, además de las dedicadas a los romanos ya no pude ver nada: todas las salas de la Prehistoria y la Protohistoria estaban cerradas. En relación con esto, no critico que se hagan reformas, pero no es lo mismo comunicar al visitante qué es lo que se está mejorando en el Museo, demostrando así un poco de interés divulgativo (las reformas pueden venderse incluso como algo bueno), que limitarse a colocar junto a una puerta cerrada este cartel:


Ni que decir tiene que mi decepción, llegado a ese punto, fue supina. Ya había visto todo lo que el Museo Arqueológico de Sevilla podía ofrecer. ¿Todo? "Pero, ¿y el Tesoro del Carambolo?" No había visto ni una sola indicación, pero pude leer en el folleto que me habían dado al entrar, que en la primera planta del edificio estaba montada una muestra permanente dedicada al Tesoro. La información del papel, no obstante, era tan escasa, que acabé subiendo por las escaleras equivocadas. Al llegar a una sala de conferencias vacía deduje que por allí no era y, poco después, un vigilante que me había visto subir me dio caza y fue el que me explicó que para ver la exposición hay que coger un pequeño ascensor que lleva arriba por otro lado. La realidad es que no hay ni una puñetera indicación que informe sobre como llegar a la muestra del Tesoro, ni siquiera en el propio ascensor. Yo la encontré porque me empeñé, pero es evidente que no tienen demasiado interés en que nadie suba a esa escondida parte del Museo.


Y ¿Por qué tanto desinterés? Pues supongo que porque allí no está el verdadero Tesoro del Carambolo, lo que hay es una réplica, hecho que acabó por confirmar que el Museo Arqueológico de Sevilla es un desastre, su vestigio más valioso ni siquiera está expuesto, está en un banco, me imagino que porque no cuentan en el edificio con suficientes medidas de seguridad. El caso es que yo, que soy sevillano, solo estaba pasando el rato, pero como he dicho, no recomiendo que nadie que venga de fuera con las horas contadas pierda su precioso tiempo en este museo.

Pese a todo, para no terminar con tan mal sabor de boca voy a intentar destacar las cosas buenas que tiene el Arqueológico, que alguna hay: para empezar, no se puede negar que los bustos, mosaicos, lápidas y estatuas romanas que se ven son valiosas. Se sacaron la mayoría de Itálica y, dado que no están donde deberían estar, que es en el inexistente museo de ese complejo arqueológico, pues es normal que se expongan allí. También hay vestigios romanos de otros lugares, a todas esas piezas no hay que restarles valor en sí mismas, a pesar de que no están bien expuestas y de que no son capaces de ocultar que más allá de ellas no hay museo. Aparte, es muy buena la sala dedicada a la epigrafía jurídica romana, que es la única que se sale un poco de la tediosa norma.


Y poco más. Como digo, es mucho mejor echar el rato al sol en el bonito parque que rodea el Museo, que dentro de este. Al salir del edificio ese fue mi primer pensamiento.


Para acabar este largo post, voy a hablar con brevedad de la visita que me llevó, en origen, a Sevilla ayer viernes, la de la Antigua Real Fábrica de Tabacos. En efecto, tras echar la mañana en el Museo Arqueológico y de paseo, comí con María y después fuimos a por el que era mi objetivo del día. Sabía desde hacía tiempo de la existencia de los tours guiados gratuitos que organiza la Universidad de Sevilla por su sede más emblemática, tenía en mente aprovecharlos para profundizar un poco en un edificio que conozco bien (estudié en él durante cinco años) y, finalmente, decidí apuntarme a la visita este viernes, aprovechando la coyuntura en la que me encuentro.


El tour lo guió un joven estudiante de turismo llamado Luis y gracias a él me enteré de cosas que no sabía, vi algún lugar en el que aún no había estado y refresqué un poco mi memoria.

Como he dicho, la mayoría de lo que vimos lo conocía. La visita la comenzamos en el Paraninfo, el salón donde se celebran los actos más solemnes de la Universidad, y continuó en la Galería de Rectores, una amplia estancia a la que dan varios despachos y en la que hay cuadros de la mayoría de los rectores que ha tenido la institución desde el siglo XIX. Mis padres fueron profesores de la Universidad y gracias a eso tuve ocasión un par de veces de acudir a actos que se celebraron en esos dos lugares.



Después de ver el Paraninfo y la Galería de Rectores el objeto de la ruta guiada dio un giro sin necesidad de cambiar de edificio, ya que el foco de la atención viró de la Universidad de Sevilla a la Antigua Real Fábrica de Tabacos en sí. En efecto, la institución universitaria se trasladó al inmueble entre 1954 y 1957, pero este se construyó para servir de sede a la primera factoría de tabaco establecida en Europa, función para la que empezó a funcionar en 1758. Por esta razón, tras abandonar la parte del edificio dedicada a albergar la zona noble de la Universidad, esta pasó a un segundo plano y las explicaciones se centraron en como era la edificación cuando funcionaba como fábrica. Ahí es donde la visita se hizo más interesante para mí, porque había recorrido los mil recovecos del edificio como estudiante, pero la verdad es que nunca me había parado a pensar en su vertiente histórica.

El Patio del Reloj, por ejemplo, ni sabía que se llamaba así. Para mí era un lugar de paso y ahora se que, en su día, fue donde estaban las cuadras de la fábrica.


Igualmente, por el segundo patio, llamado Patio de la Fuente, he pasado en mi vida miles de veces, ya que es el punto de confluencia de los pasillos que desembocan en las cuatro puertas principales del edificio. En él se pesaba el tabaco.


Yo empecé a estudiar en la Antigua Real Fábrica de Tabacos en 1996, han pasado 23 años y la estructura interna del edificio ha cambiado un poco, pero sigue igual el amplio pasillo donde estaba mi clase en los dos primeros años de carrera y donde las cigarreras hacían su trabajo hace unos 200 años.


También sigue conservando su estructura otro sector del edificio por el que igualmente pasé cientos de veces. Está en una de sus esquinas y lo forman dos patios simétricos, al que dan una serie de ventanas. Por lo visto, entorno a un patio vivía el director y alrededor del otro el subdirector de la fábrica. Al mirarlo con otros ojos vi que, en efecto, cada patio tiene pinta de haber sido una vivienda.


El edificio tiene una interesante historia, se construyó extramuros de la ciudad de Sevilla, pero pegado a la muralla, y era una auténtica fortaleza, dado que el Estado tenía el monopolio del comercio del tabaco y quería tener controlada su producción hasta el punto de convertir la fábrica en un bastión inexpugnable en el que fuera imposible el estraperlo. Por esta razón, la finca estaba protegida por soldados y rodeada por un imponente foso.


La fábrica tenía, incluso, su propia cárcel para poder encerrar a los empleados díscolos sin que tuvieran, por ello, que dejar de acudir a su puesto de trabajo, así como una capilla. En la prisión no entramos, pero yo sí he estado en su interior, ya que ahora ahí lo que hay, hoy día, son despachos de profesores del Departamento de Historia Moderna.


Con respecto a la Capilla Universitaria, en ella acabó la visita (es el edificio de color albero y grana que se ve en la foto de abajo).


En ella se conserva el Cristo de la Buena Muerte de Juan de Mesa del que hablé en el post de marzo del año pasado, que dediqué a la Semana Santa sevillana (en aquella ocasión vimos la imagen en procesión).


Yo dentro de la Capilla nunca había estado, por lo que verla fue un colofón perfecto. Ahí acabó la visita y para mí terminaron, también, las actividades que son objeto de este post. Sobre Sevilla habrá más, pero será dentro de unos meses.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Sevilla: 14'2% (hoy día 100%).
En 1977, % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 0'2% (hoy día 34'2%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado SEVILLA.
En 1977 (aún incompleta esta visita), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 10% (hoy día, completada ya esta visita, 50%).
En 1977 (aún incompleta esta visita), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'1% (hoy día, completada ya esta visita, 4%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 0'9% (hoy día 62'9%).
En 1977, % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'1% (hoy día 19'9%).


18 de agosto de 2017

PAÍSES BAJOS 2017

Países Bajos es un país un tanto peculiar. Para empezar, se le suele denominar con mucha frecuencia Holanda, que es en realidad una región histórica cuyo territorio actualmente se haya dividido en dos provincias (el total del país está dividido en doce). Aparte, su capital es Amsterdam, pero la sede del gobierno está en La Haya. Además, es una nación famosa por su tolerancia social y es bastante llamativa la cantidad de personalidades top que ha dado a la historia en múltiples facetas, pese a su reducido tamaño. Tampoco deja de ser curioso que una buena parte del norte y del oeste del país están bajo el nivel del mar. 

Por otro lado, si de Amsterdam te venden que es la ciudad de los porros, las putas y las bicis, pese a que es mucho más, el país al completo te lo presentan como el paraíso de los tulipanes, los zuecos y los molinos de viento. Evidentemente, Países Bajos también destaca por muchas más cosas, pero esa imagen vende y se ve que los neerlandeses no tienen problemas en potenciar sus tópicos. Te lo ponen fácil, en cualquier caso, para que vayas más allá si quieres, de manera que ampliar horizontes no resulta difícil.


En nuestro caso, aparte de los días que pasamos en Amsterdam, las vacaciones que pasamos en Países Bajos se podrían dividir en dos partes: por un lado está la tarde que pasamos formando parte de una excursión organizada en autobús y por otro están los dos días que estuvimos en Delft, en los que también fuimos a La Haya.

Lo de la excursión fue arriesgado: se trataba de realizar un tour en autobús que constaba de una serie de paradas prefijadas y en el que no íbamos a tener demasiada libertad.


Ese tipo de planes no suele gustarme, no va conmigo lo de enlazar visitas una tras otra, encajadas de forma tan ajustada que cada una acaba siendo un chapucero sube y baja del autobús. Por ello, iba un poco con las mosca detrás de la oreja. Nos iban a enseñar un molino de aceite, una fábrica de queso y otra de zuecos, la cosa podía resultar interesante, pero también podía ser una trampa para turistas, así que me mentalicé para no esperar nada de la jornada y, de esa forma, contentarme con los detalles que pudiera sacar. Lo de la excursión no había sido idea mía, pero cuando uno viaja con más gente, incluso aunque sean seres muy allegados con los que hay mucha afinidad a la hora de hacer los planes, como era el caso (íbamos con mis padres, mi hermana y mi cuñado), hay ratos en los que hay que dejarse llevar antes las preferencias de los otros acompañantes. Eso hay que asumirlo y no pasa nada. La realidad es que siempre se saca algo de todos los planes, por lo que trae más cuenta disfrutar de lo positivo que te están poniendo por delante que amargarse por lo negativo.

Con respecto a la excursión en autobús, he de decir, para empezar, que la misma tuvo un inicio un poco surrealista y eso, lejos de ser malo, le puso un poco de pimienta y sal a los primeros momentos de la tarde. El caso es que nos entretuvimos más de la cuenta por la mañana, así que para evitar desastres decidimos no parar a comer, ir al lugar donde debíamos coger el bus, arreglarlo todo y, después, por allí, comprar unos bocadillos y unas bebidas en el tiempo que nos iba a sobrar, para comerlas ya en ruta. Parecía un buen plan, pero no salió bien, en primer lugar porque resultó que en el autobús no estaba permitido comer, en segundo lugar porque casi no nos sobró tiempo y en tercero porque en los alrededores del punto donde estábamos citados solo había un sitio donde comprar algo que no fueran patatas fritas, gominolas y chocolatinas: un McDonald's. Los McDonald's no son plato de gusto para mi, pero he de reconocer que en este caso el de la Calle Damrak de Amsterdam nos salvó la vida. Aún así, de milagro nos dio tiempo a encargar un puñado de hamburguesas, a meterlas en una bolsa y a salir pitando camino del lugar donde estaba aparcado el autobús, persiguiendo a la guía que nos iba a acompañar en la excursión. Andando a paso ligero, durante los cinco o seis minutos que tardamos en llegar al autocar y montarnos, nos tragamos las hamburguesas. Pocas veces he escenificado con tanta fidelidad el concepto quitarse el hambre. Aquello no fue comer, fue ingerir calorías para sobrevivir. No obstante, se podría pensar que la excursión empezó mal, pero realmente fue divertido (mis padres tienen 66 y 67 años, verlos andar a paso ligero por las calles de Amsterdam engullendo hamburguesas del McDonald's fue genial).

El caso es que la excursión, con independencia de la comida, fue de menos a más. A la primera parada le vi más sombras que luces, la segunda mejoró y alcanzó el aprobado, pero luego nos montamos en un barco que nos dio un paseo muy agradable por el Gouwzee (Mar de Gouw, si lo traducimos) y, para acabar, realizamos una tercera visita que me gustó mucho. Además, la parte final del trayecto, de nuevo en bus, me permitió ver los diques y gracias a la audioguía me enteré de cosas interesantes durante todos los desplazamientos. Nuestra guía, por otro lado, fue una italiana muy simpática que se comportó toda la tarde con mucha naturalidad (hablaba muy bien español, por cierto) y, por último, tuvimos una suerte tremenda y cogimos los mejores sitios del autobús (en el piso de arriba, en primera fila, frente al gran ventanal que hizo muy agradables los trayectos por carretera). Por todo ello, una excursión de la que no esperaba casi nada me acabó pareciendo más que satisfactoria. Realmente lo pasamos muy bien y vimos cosas interesantes.

Como he dicho, la primera parada fue la menos conseguida. El objetivo era ver el funcionamiento de un molino de aceite. Para ello, nos llevaron a Zaanse Schans, que resultó ser una especie de parque temático de molinos ubicado a las afueras de Zaandijk.


En Países Bajos hubo miles de molinos y ahora quedan solo unos pocos. Ver el funcionamiento real de un verdadero molino aceitero del siglo XVII fue atractivo, pero la parada tuvo algunas pegas: la primera fue que Zaanse Schans parece demasiado un montaje turístico, el lugar está conformado por un buen número de molinos que han sido trasladados allí desde su emplazamiento original, no hace tanto, los mismos están unidos por caminos muy arregladitos, y, previo pago de la correspondiente entrada, uno puede entrar en los que quiera ver por dentro.


Aparte, allí hay otros museos de lo más variopinto y no faltan las cafeterías ni las tiendas de souvenirs. El molino que vimos realmente era del siglo XVII (se llamaba De Zoeker), pero el entorno se parecía más a Disneyworld que a otra cosa, aunque hay que reconocer que las vistas desde el tejado del molino fueron muy bonitas.


Además, una vez que me metí en el ajo incluso estaba disfrutando, pero el segundo problema fue que la visita fue tan express que no me dio tiempo ni de hacer pis. Antes de bajarnos del bus nuestra guía nos recordó, con buen talante, eso sí, que aquello no era una excursión de colegio en la que se va contando a la gente después de cada parada y que el que no estuviera de vuelta a la hora fijada se quedaba en tierra. La cosa quedó clara. Luego, entre bajar del bus e ir al molino, ver la exhibición y volver al vehículo, ya se nos fue el rato. No sobraron ni dos minutos y no me gustó irme de allí sin acabar de explorar aquello. Una vez que estoy en un sitio me gusta conocerlo bien y el somero barniz en que muchas veces convierten las visitas este tipo de excursiones es lo que me hace huir de ellas.

Afortunadamente, la segunda parada fue algo diferente y ahí es donde mi impresión acerca de la excursión empezó a enderezarse. Para empezar, nos llevaron a una ciudad de verdad, Volendam. Cierto es que en esta población la zona cercana al Puerto es muy turística, todo está montado para el visitante, pero eso ocurre en ciertas partes de muchas ciudades, ahí entramos ya en el terreno de lo normal. Además, esa zona no deja de ser pintoresca, y, aunque estaba repleta de gente, mereció la pena verla (en la foto de abajo la Calle Haven, que va paralela al mar hasta que desemboca en el Puerto).


En Volendam también estaba programada una visita, en este caso a una fábrica de queso, pero el tiempo libre que nos dejaron después ya fue aceptable. La primera parada había sido un poco timo, pero la segunda nos dejó más margen de maniobra, por lo que tuve ocasión de ver que Volendam, más allá de la zona portuaria, que está organizada para el disfrute del turismo más estándar, es una población normal.



Por la parte alejada del Puerto pude andar poco tiempo, pero eso no es achacable a los organizadores del tour, sino que fue responsabilidad nuestra, porque nos dieron una hora libre y la gastamos casi entera en tomarnos una cerveza y en... hacernos una foto familiar disfrazados con el traje típico local. Lo primero es normal para mí, de hecho me tomé una Heineken, la cerveza propia de Países Bajos, así que por ese lado no hice nada que no hubiera hecho yo por mi cuenta (he de decir, llegados a este punto, que la Heineken no se encuentra entre mis cervezas favoritas. Sin embargo, la que he tomado en Países Bajos me ha encantado, quizás porque era de barril y yo en España siempre la he tomado de botellín. En cualquier caso, se demostró una vez más lo recomendable que es probar los productos en el lugar de donde proceden, incluso aunque ese producto se haya internacionalizado tanto como la cerveza Heineken).



Por el otro lado, lo de la foto vestidos de locals vino a sumarle otra dosis de surrealismo a la tarde. En abstracto, lo de entrar en una tienda a hacerse una foto disfrazado es una turistada en toda regla, pero una de las cosas buenas que tienen los viajes es que uno deja en casa parte de sus manías, en la comida y en otros hábitos. Por ello, a menudo te ves haciendo cosas que no harías en tu ciudad y eso forma parte de lo saludable que, para el coco, resulta el hecho de viajar. Bajo esa perspectiva, lo de la foto fue toda una experiencia, odio disfrazarme y lo de la foto fue una horterada de primer nivel... pero lo pasamos genial... y de eso es de lo que se trata.



Tras hacernos la foto, la parada en Volendam no dio para más. Antes, nada más llegar, habíamos visitado la Cheese Factory Volendam, que iba incluida en el tour.


Realmente, la fábrica es una tienda un poco camuflada donde el objetivo es que los visitantes compren quesos. Para meterte el producto por los ojos te pasean por una pequeña exposición, te muestran con brevedad como se fabrican los quesos y te dan a probar todas la variedades que producen.



Desde el punto de vista museístico la visita no tuvo apenas interés, pero nos pusimos pinflos de queso y pudimos probar muchas variedades con total libertad, el queso no es mi fuerte, pero me gustó saborear los diferentes tipos de gouda y de edam que tenían a la venta, nada más que por eso ya mereció la pena la visita. Por supuesto, nos fuimos de allí habiendo comprado una buena cantidad de queso para llevar a España.

Como he dicho, esta segunda parada en el tour ya sí mereció la pena, en Volendam lo pasamos muy bien y considero que tuve tiempo de ver aquello mínimamente. En cualquier caso, fue la tercera parte de la jornada la que más me gustó. Para empezar, a Volendam llegamos en nuestro autobús, pero allí cogimos un barco que nos llevó hasta Marken atravesando el Gouwzee, una de las partes de un lago artificial que han creado en esa zona (mediante la construcción de diques lo que en su día fue una bahía pasó a convertirse en un lago y también se pudo secar una zona. Ese lago es ahora lo que baña Volendam).


Marken es una pequeña aldea que está ubicada en una isla en ese lago (aunque la han unido a tierra firme por una carretera). Ese viaje estuvo agradable y la visita a Marken fue la mejor. Allí el ambiente turístico era menos exagerado y el pueblo se merece un paseo, que pudimos darnos con tranquilidad, porque nos dejaron en el Puerto y nos llevaron sin prisa, atravesando la población, hasta el otro extremo de la misma.



Nuestra guía nos advirtió que, pese a que las casas de Marken parecen de juguete, allí vive gente de verdad. Por lo visto, hay visitantes que creen que aquello es una especie de decorado, llaman a las puertas y se meten en los jardines, lo cual no gusta mucho a los lugareños. Normal.


Nuestro destino en Marken era una fábrica de zuecos llamada Klompenmakerij Marken. Esa visita volvió a ser similar a la del queso: una chica nos contó con gracia como se hace un zueco y poco más. Allí el objetivo era también que después compráramos algo. Yo eché un rápido vistazo a la tienda y me salí a dar otra vuelta por Marken, que era lo que de verdad me interesaba.


Lo de los zuecos volvió a ser un poco interesado y encima allí no había nada que degustar como en la tienda de quesos, pero la explicación no duró más de un cuarto de hora y los paseos por Marken me gustaron mucho. Allí vi que el Puerto está a más altura que el pueblo, que se encuentra como hundido tras un dique. Volviendo en bus desde Marken hasta Amsterdam en el segundo piso del autobús, recorriendo la N-518 que bordea el Gouwzee, pude ver muy bien que toda esa región es realmente inundable, 1/4 del país está bajo el nivel del mar y en esa zona pude comprobar como toda la carretera va por debajo del nivel del agua, protegida por un simple terraplén que si se desbordara sumergiría por completo, bajo varios metros de agua, casas y campos hasta donde se pierde la vista. Resultó muy interesante.

Tras la visita a Marken acabó nuestra excursión turística por Países Bajos. Realmente me lo pasé muy bien y estuve muy relajado dejándome llevar, de manera que el balance final fue positivo.

Bastante más acorde con la manera que tenemos de viajar, sin embargo, fue la segunda fase de nuestra visita a Países Bajos, que fue la que llevamos a cabo tras dejar Amsterdam el día 13 de agosto y que nos permitió visitar Delft y La Haya.

Delft es la ciudad donde nació y vivió Vermeer, y hoy día está pegada a Rotterdam, aunque conserva muy bien un casco histórico que tiene un buen tamaño, lo que ha hecho que no haya perdido su idiosincrasia.


Allí pasamos tres noches en el Best Western Museumhotels Delft, un hotel que estaba situado en todo el meollo de la ciudad, por lo que fue muy cómodo. El desayuno, aún siendo tipo bufé, fue algo más modesto que el de Amsterdam, pero para mí fue perfecto.

Delft conserva muy cuidado el centro, da gusto pasear por allí, porque además, pese a que hay bastante gente, el follón es menor que en Amsterdam, por lo que los paseos son más relajados. Me encantó Markt, su plaza principal, estuvimos en ella el domingo cuando estaba en plena efervescencia (era día de mercadillo, estuvo todo el día llena de gente, me gustó que montan un escenario en el que está sonando gratis buena música en vivo todo el día) y también la vimos el lunes, mucho más vacía y pintoresca.



 

Esa plaza es el epicentro de la ciudad y desde allí se extiende bastante su parte más bonita, que nosotros nos pateamos bien. En Delft también hay canales que, a pesar de su curioso aspecto, están limpios (tienen encima una capa uniforme de verdina que les da un aspecto muy peculiar, pero cuando pasan barcas o se mueven los patos se puede ver que debajo hay agua limpia).


Como he dicho, por Delft paseamos mucho, pero eso no impidió que hiciéramos varias visitas. La que menos me llamó la atención fue la del Vermeer Centrum Delft, quizás porque esperaba otra cosa. Realmente, ese centro no está en la casa de Vermeer, que no se conserva (nació y vivió muy cerca, eso sí, era vecino del barrio). Además, el centro no está planteado para que te imagines como fue su vida ni reproduce con fidelidad el ambiente en el que pintó sus cuadros, sino que es una especie de muestra teórica de su genial estilo pictórico (no en vano está considerado como el maestro de la luz). Sus influencias, sus técnicas y las plasmación de las mismas que hizo en los cuadros están desgranadas en los tres pisos del centro. Me enteré de cosas, pero lo vi todo demasiado técnico, un tono más divulgativo quizás hubiera hecho la muestra más atractiva para los neófitos.


La otra visita fue a una fábrica de cerámica y la aproveché más. El nombre real de la fábrica es De Koninklijke Porceleyne Fles, pero la misma es más conocida por su nombre común, Royal Delft (en Delft hubo más de una treintena de fábricas de cerámica en el siglo XVII, pero ya solo queda esta). En el tour en autobús que ya he narrado vimos un molino de aceite, como se hace el queso y como se fabrican zuecos. En Delft seguimos en esa línea, digna del programa de DMax ¿Como lo hacen?, y vimos cual es el proceso de fabricación de una de las cerámicas más afamadas que hay, la Cerámica de Delft. La diferencia, sin embargo, fue notable, porque las tres visitas del tour fueron como una exhibición en plan museístico hechas por personas que, evidentemente, no se dedican a hacer aceite, queso o zuecos (eran guías turísticos), mientras que lo que vimos en Delft fue una fábrica real.


En Royal Delft vimos primero como se hace la cerámica a mano, la tradicional Original Blue, desde el principio hasta el momento en el que se pinta cada pieza, fue increíble ver como la señora que pintaba aguantaba la presión de no poder equivocarse, manteniendo el pulso firme sin dar muestras de nerviosismo.


Luego también vimos como se hace la cerámica hecha a mano pero pintada mediante serigrafía, que es menos cara (es la Blueware Collection). Este tipo de productos son los que se venden, principalmente, en las tiendas, ya que están pensados para que la Cerámica de Delft sea más accesible a todos los bolsillos. Sin embargo, la reproducción de La Ronda de Noche de Rembrandt que se encontraba expuesta sí estaba pintada a mano y, por ello, tiene un valor difícil de calcular, teniendo en cuenta el alto precio que tenían otras pequeñas piezas.


Por otro lado, el propio edificio donde está la fábrica es digno de ser visitado, por fuera tiene el aspecto de un edificio industrial de épocas pasadas y por dentro han creado unas zonas muy bonitas que se pueden apreciar muy bien, dado que no hay demasiada gente por allí.



Por último, en Delft la última mañana entramos en las dos grandes iglesias que tiene la ciudad. Las dos son muy monumentales, las dos son de culto protestante y las dos tuvieron un punto interesante. En la primera, que estaba casi enfrente de nuestro hotel, la Oude Kerk (que significa Iglesia Vieja), está enterrado Vermeer, de manera que al ver la iglesia un rato antes de irnos de Países Bajos cerramos el recorrido temático dedicado al pintor que parece que hemos hecho estos días. Realmente, en la iglesia está enterrada parte de la familia de Vermeer, que ha resultado ser un personaje muy curioso: solo hay que mirar alguna de sus obras para apreciar que era un auténtico genio y un maestro en la plasmación de la luz en los lienzos, pero pintó poco más de una treintena de cuadros en toda su vida y, en cambio, tuvo once hijos (además de otros cuatro que murieron antes de ser bautizados). El hombre era un pintor muy respetado en su ciudad, pero los problemas económicos le persiguieron toda su vida, hasta el punto de que vivía en casa de su suegra con toda su prole. Se dice que no pintó más, entre otras cosas porque no daba a basto para mantener a su familia, pese a que ya en vida vendió cuadros por altas sumas de dinero. Al morir, dejó a su viuda una buena cantidad de deudas, pero ha alcanzado la inmortalidad gracias a su arte, por lo que supongo que daría por bien empleada su vida.



La otra iglesia que vimos fue la Nieuwe Kerk (o Iglesia Nueva), que está en Markt. Este templo es más moderno (aunque se acabó de construir en el siglo XV), pero juega un papel más relevante, ya que los miembros de la casa real neerlandesa tienen allí una cripta privada con sus tumbas. Los últimos en ser enterrados ahí fueron la reina Juliana y su marido en 2004 (los abuelos del actual rey). Además, la torre de esta iglesia es la segunda más alta de Países Bajos con 108 metros de altitud. La pena es que su interior estaba en obras, pero resultó curioso ver que, en vez del altar, lo más importante en el templo es el mausoleo de Guillermo de Orange, que fue la principal cabeza visible de la rebelión que a la postre, tras una larga guerra, culminó con el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas, el estado precursor de Países BajosGuillermo de Orange fue asesinado en Delft unos años después de que Felipe II lo declarara rebelde, y fue el primero en ser enterrado en la Nieuwe Kerk en 1584. Ese es el motivo por el que los reyes de Países Bajos tienen allí sus tumbas (él no fue aún rey, pero años después sus descendientes, que seguían haciéndose enterrar allí, ya sí alcanzaron ese estatus).


En un curioso cartel que hay junto al mausoleo te recomiendan de manera explícita que te hagas un selfie con él, ya que, por lo visto, el monumento se convirtió en una atracción turística desde el mismo momento en el que se colocó ahí (hoy día recibe 250.000 visitantes al año). Yo soy muy obediente y me hice la correspondiente autofoto.


En otro orden de cosas, en Delft volvimos a constatar que en Países Bajos es relativamente fácil comer buena comida extranjera, porque la primera noche cenamos en un italiano (Pizzeria Ristorante Wijnbar Stromboli) donde me tomé unos spaghetti alle vongole muy buenos, y la segunda noche cenamos en un argentino llamado Toros Santiago (hicimos el mismo recorrido gastronómico que en Amsterdam), donde fueron muy lentos, pero donde la comida y el ambiente fueron excepcionales. Ambos lugares daban a Markt, por lo que estaban muy céntricos, pero los dos estuvieron muy bien.


Delft me gustó mucho, como no, pero ya iba sobre aviso acerca de sus virtudes, porque varias personas me habían dicho en los últimos meses que es una ciudad muy bonita. Por eso, quizás fue La Haya la ciudad que más me sorprendió. La Haya no es uno de los puntos neurálgicos del turismo en Países Bajos, no es tan pintoresca como Delft o Marken, ni tiene la vida de Amsterdam, ni cuenta con una zona montada para deleite de los turistas como Volendam, pero me pareció una ciudad con personalidad, discreta, pero a la vez importante y atractiva.


En La Haya se ven holandeses trajeados que van al trabajo, el ritmo es más pausado y las calles tienen un aspecto funcional, aunque el centro estaba bastante animado a mediodía. De hecho, en la parte más céntrica de la ciudad estuvimos en Plein, una amplia plaza rodeada de magníficos edificios que estaba llena de restaurantes y cafés en los que se apreciaba bastante movimiento. También anduvimos por Korte Poten, uno de los ejes comerciales de la población.


Toda esa zona está adyacente al Binnenhof, el complejo que conforma el centro neurálgico de la política en Países Bajos. Por allí también anduvimos, aunque no entramos en los edificios.


A la espalda del Binnenhof está el Hofvijber, un lago al que dan, por ejemplo, las ventanas del despacho del primer ministro de Países Bajos (en realidad no es un lago, ya que tiene una entrada de agua y una salida que llega al mar, pero parece un gran estanque, porque no se ven).


Como he dicho, en los edificios del Binnenhof no entramos, pero sí lo hicimos en el Mauritshuis, un museo de primer nivel que es, como la ciudad, un tapado en Países Bajos (es una referencia para un cierto tipo de turismo, pero me consta que es un lugar desconocido para las masas, de hecho figura en el puesto catorce en la lista de los museos neerlandeses más visitados en 2016, ya que recibió 410.000 visitantes, que es una cifra más que digna, pero que no es comparable con los números del Rijksmuseum y el Van Gogh Museum, que fueron visitados por más de dos millones de personas). El Mauritshuis está en un bonito edificio del siglo XVII de corte muy clásico y contiene varios cuadros de importancia mundial (destacan La Joven de la Perla de Vermeer y Lección de Anatomía del Dr. Nicolaes Tulp de Rembrandt), pero allí no están rodeados de hordas de turistas, sino que a ratos parece que los han colgado para ti.



Aparte, en La Haya por la mañana visitamos Madurodam, un parque de miniaturas cuyo nombre nos recuerda al polémico presidente de cierto país sudamericano, pero que no hace referencia a él, sino a George Maduro, un estudiante que luchó contra los nazis y que murió en el campo de concentración de Dachau en 1945. Fueron sus padres los que sufragaron Madurodam, en el que están a escala los más importantes edificios y monumentos neerlandeses.



El parque es enorme y sorprende por la cantidad y la calidad de las maquetas. Las que más me gustaron fueron las de Amsterdam, porque ya conocía los sitios que estaban representados (en las fotos de abajo la Plaza Dam y el Rijksmuseum).



Por desgracia, no pudimos detenernos en el parque tanto como me hubiera gustado, porque la jornada tenía un plan apretado, pero sí pude ver bien muchas de las maquetas. Lo menos atractivo de Madurodam son los supuestos juegos interactivos, que no están demasiado currados (en mi opinión sobran, el parque sería igual de bueno sin ellos).


Tan solo me hizo gracia la mesa de mezclas, era muy simple, pero parecía vagamente que uno controlaba los sonidos con ella y provocaba el movimiento de los muñecos del concierto de Armin Van Buuren (un DJ neerlandés tan famoso que incluso yo, que no se casi nada de música electrónica, porque no me gusta, lo conozco).


Ese detalle interactivo fue el único que mereció un poco la pena de todos los que vi en Madurodam. No obstante, solo por las maquetas ya merece la pena ir este parque, es recomendable tanto para niños como para adultos.

En definitiva, La Haya se merece una visita, incluso un simple paseo. Allí está también está el Palacio de la Paz, donde se ubica la Corte Internacional de Justicia, el principal órgano judicial de las Naciones Unidas. Nosotros fuimos desde Maurithuis hasta el exterior de ese edificio y el paseo estuvo muy bien. En el Palacio de la Paz no entramos, pero nos encontramos en la puerta con el Monumento a la Llama por la Paz Mundial (World Peace Flame Monument), que es muy original.


El monumento se inauguró en 2002 y está formado por un monolito en cuyo interior hay una simbólica llama que siempre está ardiendo (el de La Haya fue el primigenio y luego se han erigido otros parecidos en diversos lugares del mundo). Dos años después se construyó a su alrededor el llamado World Peace Flame Pathway, que es lo que más me gustó, ya que en él está colocada una piedra por cada uno de los países del mundo, con la particularidad de que todas las piedras provienen de los estados a los que representan. En total son 197 piedras, además de la donada por la World Peace Flame Foundation, que fue la promotora del monumento.

Lo cierto es que para representar a España podrían haber buscado una piedra algo más lustrosa, sin ánimo de desmerecer la piedra arenisca de Villamayor (Salamanca), que es la que está puesta y que es cierto que, por ser la que se ha utilizado desde siempre en la ciudad castellana, es muy significativa (la piedra española es la que es oscura, tiene forma rectangular y está colocada en posición horizontal en el centro de la imagen que pongo abajo). Yo hubiera puesto una piedra de mármol blanco de Macael, pero como soy andaluz quizás estoy barriendo demasiado para casa...


En cualquier caso, resultó muy entretenido buscar en el listado que está junto al monolito de qué países eran las piedras más bonitas y llamativas. El mensaje escrito a los pies del Monumento es también muy emotivo y fue el colofón perfecto a nuestro día en La Haya.

Quedan muchas cosas por ver en Países Bajos, así que en el futuro haré lo posible por ir, de nuevo, un poco más allá de sus tópicos.


Reto Viajero TODOS LOS PAÍSES DEL MUNDO
Visitado PAÍSES BAJOS.
De los 44 Países del Mundo que están en Europa, % de visitados: 36'3%.
De los 196 Países del Mundo, % de visitados: 8'6%.