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10 de agosto de 2025

SANTUARIO DE COVADONGA 2025

Covadonga es el corazón de Asturias. El lado positivo de esa posición de privilegio es evidente, pero ese protagonismo también tiene algunas consecuencias negativas para el enclave. La peor es que se llena de gente en los meses de verano. He leído que, últimamente, suelen subir al Santuario entre 1'5 y 1'7 millones de visitantes cada año. Eso arrojaría una media de entre 4.100 y 4.600 personas por jornada, si tuviéramos en cuenta los 365 días del año, pero claro, no es lo mismo ir a Covadonga un martes de febrero por la mañana, que en agosto. Pese a esto, ahora matizaré que los alrededores de la Santa Cueva y de la Basílica de Santa María la Real no están tan masificados como pudiera parecer, ni siquiera en plena época estival. 


Lo que quiero decir, es que he visto sitios mucho más saturados de visitantes que Covadonga, por lo que no es tan malo lo menos bueno que tiene. Además, la cantidad de gente que deambula por el Santuario no impide que desprenda una energía especial. Resulta curioso que piense esto, porque yo no soy religioso, pero sí creo en el efecto que pueden ejercer determinados lugares en el espíritu de las personas. 


Quizás sea una sensación subjetiva, pero, incluso a mí, que soy menos místico que un botijo, no me resulta inverosímil creer que hay lugares donde se concentra de manera excepcional la energía, que, ya de por sí, está por todas partes. Nosotros, lo mismo que sentimos la energía solar en mayor medida cuando nos exponemos directamente a los rayos del sol, también tenemos que tener capacidad para percibir que hay sitios donde la fuerza fluye con más intensidad. No estoy hablando de La Guerra de las Galaxias ("que la Fuerza te acompañe"...), ni digo que en Covadonga se pueda encender una bombilla levantándola, ni tampoco he mencionado a Dios. Yo solo digo que, sin necesidad de ser creyente, uno nota algo especial en Covadonga.

Covadonga es un lugar singular desde tiempos inmemoriales, pero bueno, bajando un poco a la tierra, decía antes que no es un sitio tan masificado como pudiera parecer. Eso se debe a que tiene el acceso bastante restringido. Esa restricción es positiva, pero también provoca que no resulte sencillo llegar allí en los meses de verano. Al final, las dificultades hacen que uno tenga la impresión de que está metido en la rueda loca del turismo de masas.

Yo, el otro día traté de alargar la fantasía de que no es para tanto lo de que haya una multitud de personas que pugnan por ir a ver a la Santina en agosto, y subí en coche. Sin embargo, tras dar varias vueltas por el Santuario, me convencí de que era imposible estacionar, en él o en sus alrededores. En vista de eso, tuve que ceder a la realidad, y bajé al más cercano de los aparcamientos que se han habilitado para que los visitantes dejen sus vehículos particulares. En ellos, también se pilla el autobús que lleva a los Lagos de Covadonga, el cual tiene una parada en el Santuario. El tema es que, cuando logré encontrar un hueco en el parking turístico, que tampoco fue fácil, fui a la taquilla y quise comprar los billetes para tirar para arriba sobre la marcha, como si estuviera allí solo, pero no pude, claro. Los siguientes disponibles eran para la tarde. Las dos primeras tentativas para llegar a Covadonga habían fallado.

Por la tarde, volvimos con los tickets ya comprados, pero tampoco fue sencillo coger el bus, porque los horarios no parecen ser estrictos ni exactos, ni te dan mucha información. Nosotros nos pegamos más de 40 minutos esperando en una parada, que se encontraba en mitad de la nada, viendo pasar de largo autobuses de todos los colores. Finalmente, uno se paró y nos montamos. Cuando puse los pies en el Santuario respiré, porque me di cuenta de que, a lo tonto, llevaba medio día porfiando por lograr llegar a él. Si no hubiera perseverado, en plan cabezón, estas líneas no se estarían escribiendo. Luego, como he dicho, en Covadonga no vi a tanta gente. No me extraña, dadas las dificultades que hay que solventar para echar allí un rato.

Algo más que una cueva y una basílica

Lo cierto es que yo ya había estado en el Santuario tres veces. La ultima fue en 2018. Entonces, hablé en este blog de él, e hice un relato más o menos detallado de su historia y de su trascendencia. Ahora, voy a explicar un poco cómo se encuentra estructurado.


En este mapa, que fotografié en un cartel del propio Santuario, están identificados 13 ítems. En realidad, hay algunos más. Todos los elementos que componen el complejo se encuentran repartidos en cuatro niveles. El superior, que es donde nosotros nos bajamos del autobús, se organiza alrededor de una gran explanada.



A esa explanada dan, yendo de oeste a este, el Museo de Covadonga, la tienda del Santuario, la Casa Capitular y la Basílica de Santa María la Real


El Museo tendré que verlo en el futuro, pero no me llama nada el arte sacro, por lo que lo voy a dejar para el final. No obstante, habrá que darle una oportunidad, porque, además, el edificio en el que está es interesante, ya que antaño ejerció de hostal de peregrinos, y también fue sede de la Escolanía de Covadonga, hasta que esta echó el cierre en julio de 2023.

Con respecto a la Basílica, la misma la visité en 2018, aunque no entré en la cripta, que está pendiente. En la tienda del Santuario, por su parte, compré el otro día unas velas, de las que luego hablaré. En ella solo había souvenirs religiosos, como es lógico.

Por último, la Casa Capitular está enfrente de la Basílica, y tiene dentro la sala capitular del Santuario, un salón de recepciones, una biblioteca y una pequeña capilla anexa.

Al margen de esos cuatro edificios, que son los más relevantes de la parte alta del Santuario, en el entorno de la enorme zona aterrazada hay una torre, que se construyó hace medio siglo para albergar un cuartel de la Guardia Civil que ya no existe, así como otro inmueble con aseos. Además, entre la Basílica y la Casa Capitular se alza el Monumento a Pelayo, y enfrente de la tienda hay que echarle un ojo a la Fuente del León, que se encuentra situada en el Jardín del Príncipe. Por este no me he paseado. Está pendiente también.

Hay que decir, que toda la parte de la explanada que está delante de la tienda y de la Basílica se peatonalizó en 2020, por lo que ha ganado bastante desde la última vez que yo la vi.


Por otro lado, detrás del edificio de la tienda hay una pequeña zona residencial, por la que estuve curioseando esta vez. Por lo visto, en esas casas vive parte del personal del Santuario, así como algunos de los religiosos que atienden la Basílica de Santa María la Real.


Por último, junto a la Torre hay una escalera, que se encarama un pelín por la ladera del Monte Auseva, y que conduce al Hórreo Merendero y a la Campanona. Se trata de otra zona que me queda por explorar.

Bajando por la carretera desde la rotonda que queda delante del Museo, se llega al segundo nivel del Santuario. En él está, desde 1909, el Gran Hotel Pelayo, pero lo más importante es que el lateral de dicho hotel se encuentra a la misma altura que la Santa Cueva. Por eso, desde ese punto, que he rodeado en rojo en la siguiente imagen, se excavó un túnel en la roca, que atraviesa la montaña en sentido horizontal, hasta alcanzar la cueva en torno a la cual gira la existencia del Santuario de Covadonga.


Ese túnel de acceso alternativo a la Santa Cueva se construyó en 1908, y ofrece la posibilidad de llegar hasta ella sin subir tantos escalones.


A mitad del túnel hay un lugar que se encuentra lleno de velas. Yo no puedo soportar el olor de la cera derretida, que en ese sitio está muy concentrado, por lo que siempre he pasado por allí como una exhalación.


Sin embargo, en esta ocasión habíamos comprado unos pequeños cirios en la tienda, porque a veces hay cosas tan importantes por las que pedir ayuda, que da igual lo que uno crea. Con esa mentalidad, Julia puso una vela para aprobar las matemáticas el curso que viene, pero yo tenía mi propia plegaria. Si hay Dios, necesito que le le eche una mano a mi amigo Edu, que está luchando contra un cáncer de páncreas desde primavera. Dada la fatiga que me da la cera, las niñas encendieron la vela en mi lugar, y estoy seguro de que parte de la energía que flota en Covadonga, le dará fuerzas a Edu para pasar el trance.

Más allá de eso, resultó que, cuando llegamos a la Santa Cueva, un cura estaba allí rezando el rosario, delante de la pequeña capilla que hay. Yo me senté en silencio, en los bancos de atrás, y observé durante un rato. Luego me fui, porque no era el día de acercarse a la Santina ni a la tumba de Pelayo. En cambio, pude ver el enclave de la Santa Cueva cumpliendo sus funciones religiosas, en vez de las turísticas, lo cual fue interesante.


Si se bajan los 103 escalones de la Escalera de las Promesas (contando los 9 que van de la cueva al túnel), se llega al tercer nivel del Santuario, empezando por arriba. Ahí empieza otra escalera, que sube a la Casa de Ejercicios y a la Real Colegiata de San Fernando. Este último es el edificio más antiguo del Santuario, ya que fue construido en el siglo XVI. 

Sin embargo, lo que atrae la atención, cuando se desciende por la Escalera de las Promesas, es el Pozónque es el laguito donde vierte sus aguas el chorro natural que brota bajo la cavidad, en época de deshielo, así como la Fuente de los Siete Caños, a la que se llega por un camino de piedra que bordea el Pozón, y que recoge las aguas de otro pequeño manantial. 



No muy lejos del Pozón se ubican los Leones, uno a cada lado de la carretera, custodiando la entrada al Santuario. Están hechos de mármol de Carrara y se compraron en 1964. Hasta ese momento, habían decorado un parque de Betanzos.

Como se puede ver en la siguiente imagen, más abajo del tercer nivel todavía hay una cuarta zona, que también está ligada al Santuario. Se llega a ella descendiendo por otras escaleras.


Esa zona se denomina Parque del Príncipe. Por lo visto, por allí discurre un sendero, que avanza entre la frondosa vegetación. En ese nivel también hay algunas edificaciones, como la llamada Casa de los Músicos, que están ligadas a la actividad del Santuario. De nuevo, para mí es un enclave a descubrir, lo mismo que el Cementerio, que se encuentra un poco apartado, oculto no muy lejos de la carretera que sube a los Lagos.

En definitiva, el Santuario de Covadonga es un lugar en el que las máquinas expendedoras venden velas, en vez de refrescos... 


...pero que no me parece que sea un Disneyland religioso. Por ello, volveré pronto, para tratar de echarle un vistazo a los elementos que he identificado en este post, y que todavía no conozco. 


Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado SANTUARIO DE COVADONGA.
En 1997 (primera visita), % de Monumentos Destacados de España visitados en el Principado de Asturias: 66'6% (hoy día 100%).
En 1997(primera visita), % de Monumentos Destacados de España visitados: 20% (hoy día 39%).


29 de agosto de 2021

COLUNGA 2021

Otra de las excursiones que hemos hecho este verano, durante nuestra estancia en Llanes, ha sido a Lastres, aprovechando que han estado con nosotros Dani y Ángela, y que, por ello, era preceptivo hacer un recorrido por los lugares más destacados del oriente del Principado de Asturias. El día de Lastres también fuimos al Museo del Jurásico, que se halla muy cerca. Eran dos planes indispensables en nuestras circunstancias. Además, para redondear la jornada comimos en Colunga, que ejerce de capital del concejo del mismo nombre. Lastres está en él, al igual que el museo.


Con respecto al Museo del Jurásico, yo ya estuve en él en 2016, pero en aquella ocasión no comenté nada en este blog. Ahora sí pega hacerlo, porque exploramos el concejo de Colunga con más intensidad y la visita museística encaja en el contexto de este post.

El Museo del Jurásico (MUJA) se inauguró en 2004 y tiene varias cosas a su favor. Una de ellas es que está en un sitio precioso.


Aparte, realmente es un museo entretenido. No obstante, es un lugar al que solo es lógico ir si se tienen niños y, aunque yo he ido dos veces, no tiene mucho sentido hacer doblete en él, porque no aporta más que un rato de entretenimiento, similar al de ir al cine. Yo, cuando voy a un museo, lo que quiero es ver piezas originales. Poner tus ojos en ellas es lo que le da valor a la experiencia. Para mí, ver reproducciones detrás de una vitrina es como mirar fotos sentado en el sofá de casa. De hecho, a nadie se le ocurriría visitar el Museo del Prado si estuviera lleno de réplicas de los cuadros. Se va hasta allí y se paga la entrada para disfrutar las obras de arte que crearon los grandes pintores, las que tuvieron entre sus manos. Por eso, cuando voy a un museo, ya sea una pinacoteca, uno arqueológico o uno paleontológico como el MUJA, lo que no espero es encontrarme copias. Por desgracia, en el Museo del Jurásico casi todas las cosas expuestas son duplicados. Me parece que solo eran auténticos algunos fósiles.



Lo de que el museo sea muy divulgativo lo valoro positivamente, pero eso no está reñido con el hecho de mostrar piezas originales, que es lo que le da sentido al desplazamiento que uno hace. Ir y pagar una entrada para ver una réplica de unos huesos, modelados con láser hace quince años, no me motiva mucho. Ni siquiera aunque me reproduzcan los esqueletos de dos Tyrannosaurus rex copulando...



Sí, sí, uno de ellos le está dando fuerte y flojo al otro. No me podía creer que hubieran hecho ese montaje, pero es así.

En el museo hay bastantes esqueletos reconstruidos de dinosaurios, pero los demás no están tan jocosamente colocados como los de los tiranosaurios. Por ejemplo, en la imagen que sigue hay un Camarasaurus en una posición bastante menos chocante.


En cualquier caso, lo cierto es que cuando uno va al cine normalmente echa un buen rato, y en el MUJA, pues también se pasan un par de horas relajadas, la verdad. Además, si uno tiene suerte, como tuvimos nosotros, y sale una mañana climatológicamente deliciosa, pues acaba echando casi una hora extra de gozoso relax en la pradera exterior del edificio, en la que hay numerosas distracciones para los niños.


En definitiva, en el contexto de la semana asturiana que hemos pasado, en la que ha primado el hecho de pasar el tiempo entretenidos con la familia de Dani, por encima de nuestras habituales pretensiones de profundizar en el conocimiento del Principado de Asturias, la visita al Museo del Jurásico estuvo simpática.

Tras la misma, llegó el momento de comer. En la semana de vacaciones que nos hemos pegado con Dani, Ángela y Hugo, nuestros almuerzos se han basado, casi por completo, en los bocadillos. Sin embargo, el día de Colunga decidimos darnos un homenaje y reservé en Casa Laureano.

Casa Laureano es un restaurante del que había oído hablar bien, pero nunca había almorzado en él. Por ello, corrí un cierto riesgo a la hora de llevar allí a Dani y a Ángela, porque no tenía ninguna referencia real de primera mano. La apuesta no salió mal, aunque no es el mejor sitio donde he comido. Como primera cosa positiva que nos encontramos, estuvo el hecho de que resultó muy fácil aparcar cerca del restaurante. Además, la terraza que tiene me resultó muy agradable.


Por último, lo que comimos estuvo bien, yo volvería, aunque, como he dicho, a lo que tomamos no le pude dar un sobresaliente. Tuvimos la oportunidad de pedir un menú, pero aún así no fue barato. Además, me resultó raro que ni la cerveza ni el café estuvieran incluidos en dicho menú. Para beber, las opciones eran vino peleón con gaseosa o agua. En ese aspecto, el menú estaba al nivel de uno del comedor de la universidad. Tampoco pude cambiar el postre por un café, como ocurre casi siempre. En consecuencia, me pedí aparte, tanto la bebida como el café, y eso subió el precio de un menú que, ya de por sí, tenía un coste medio. Al final, lo que comprobamos es que en el Restaurante El Sucón, donde habíamos estado unos días antes, a la carta habíamos comido más y mejor, por menos dinero. Las comparaciones son odiosas, pero hay veces que las cosas caen por su propio peso. De todas formas, la comida estuvo buena y tampoco quiero que parezca que nos clavaron. El almuerzo en Casa Laureano fue correcto, sin más. No es poco.

Después de comer me di un pequeño paseo para ir a ver la Plaza del Monumento. Yo ya había estado una vez en Colunga capital y la recordaba. Lo gracioso es que, a pesar de su nombre, en esa plaza no hay ningún monumento. Por lo visto, el espacio fue remodelado en 2009 y se diseñó para que en su centro hubiera una fuente, pero la misma no está...



Me hubiera gustado ir también a la Plaza del Ayuntamiento, que la recuerdo de la visita de 2011, pero no tuve tiempo. No obstante, conservo esta foto de Anita en ella, cuando era un mico.


En esta ocasión, para rematar la excursión, tras la comida nos acercamos a Lastres, que realmente es el principal lugar del concejo en cuanto a capacidad de atracción. De hecho, Lastres es de esos pueblos que todo el mundo visita cuando va a Asturias. Sus casas se desparraman por una ladera y van a caer a la zona de la playa y del puerto. Es un sitio muy pintoresco, lleno de callecitas empedradas en cuesta. 



Entre 2009 y 2011 el pueblo se hizo especialmente famoso, porque se usó de escenario en la serie Doctor Mateo, que tuvo cierto éxito en la televisión. La misma tenía lugar en una localidad llamada, en teoría, San Martín del Sella. En realidad, era Lastres. Dicha serie tenía un montón de exteriores y la población multiplicó su notoriedad. Yo ya había estado allí en 1999. Luego regresé en abril de 2010, justo cuando se encontraba en la cresta de la ola y habían hecho, incluso, una ruta mostrando las localizaciones que aparecían en la tele.


En esta ocasión, nosotros aparcamos en la zona portuaria y, por un momento, me temí que la visita iba a ser un desastre, porque acabábamos de comer, llevábamos en danza desde la mañana, y el pueblo es una sucesión de calles en cuesta y escaleras.



Sin embargo, nos pusimos a pasear con calma, charlando, y cuando nos dimos cuenta habíamos subido hasta arriba, recorriendo la Calle Real. Llegamos hasta el Monumento a las Sardineras y hasta el Antiguo Lavadero. Más allá ya queda poco pueblo.



Luego bajamos por otro camino, disfrutando del entramado de pequeñas callejuelas y escalinatas. Eso nos permitió pasar por delante de la Torre del Reloj, ubicada en una especie de ensanchamiento que tiene la Calle Reloj. Es muy bonita.



Tirando hacia abajo por unas estrechas escaleras también vimos, en un pequeño callejón, la Capilla del Buen Suceso, que data del siglo XVI y estaba ligada a los mareantes, es decir, a las personas relacionadas con el mundo de la navegación. 


Al grupito de casas en el que está la capilla se le denomina Barrio del Buen Suceso. Por lo visto, el mismo era, antaño, el barrio de los balleneros. Desde allí, enlazamos con las Escaleras de la Fragua, construidas en el siglo XVII sobre el sendero que los pescadores de Lastres usaban cada madrugada, desde hacía 300 años, para ir desde sus casas hasta el puerto, para coger sus embarcaciones. En esa escalinata había comenzado nuestra subida y acabó, igualmente, la bajada.

En definitiva, ya he presentado el concejo de Colunga. Lastres es un referente en él y no descarto volver, con la idea de hablar de los puntos de la población que el otro día no pisamos. Aparte, en el término municipal también hay cositas aún por ver, así como en la capital del concejo. En esta, es posible que la próxima vez que vuelva hayan construido, por fin, el monumento en la plaza del ídem.


Mientras, el próximo post estará dedicado a Llanes, que, como de costumbre, fue donde más horas echamos a lo largo de nuestra semana de vacaciones.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado COLUNGA.
En 1999 (primera visita incompleta), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Asturias: 46'6% (hoy día, confirmada ya esta visita desde 2011, 60%).
En 1999 (primera visita incompleta), % de Poblaciones Esenciales de Asturias ya visitadas: 15'9% (hoy día, confirmada ya esta visita desde 2011, 35'7%).


28 de julio de 2020

TERUEL 2020

Ya puedo decir por mí mismo que Teruel existe y, es más, estoy en posición de afirmar, después de la visita del otro día, que es una ciudad que merece la pena.

Dicho esto, tengo que empezar el presente post hablando del contexto en el que seguimos. Llevaba más de un mes sin escribir en el blog, en parte porque hemos estado de mudanza durante el mes de julio y eso siempre absorbe, pero también porque la vida sigue golpeada por el impacto del maldito SARS-CoV-2. En efecto, durante la primavera de este apocalíptico año la crisis de la COVID-19 nos ha tenido dos meses metidos en casa y luego ha provocado que durante el largo desconfinamiento haya sido muy complicado moverse. En junio hicimos un esfuerzo para inventarnos algunos planes, pero la cosa no se arregla, la pandemia nos sigue azotando y tras lograr una relativa estabilidad están apareciendo por doquier un montón de rebrotes. En España se está extendiendo un cierto clima de psicosis, no entre toda la población, pero sí entre parte de ella. Yo, a pesar de esto, no quería dejarme llevar por la negatividad y he programado unas vacaciones que sean compatibles con la realidad que estamos viviendo, pero que no se vean afectadas por el clima catastrofista. Por ello busqué un lugar asequible y retirado donde pudiéramos pasar unos días tranquilos, haciendo senderismo, que es un plan muy aséptico. Lo encontré en los Pirineos franceses, por lo que hemos pasado unos días en Ax-les-Thermes. Esto, sin embargo, será objeto de otro post. Este se va a centrar en la tarde-noche que pasamos en Teruel, que es donde paramos a pernoctar camino de Francia.

Dada la preocupación que hay en España con el tema de los rebrotes, existe mucha información sobre qué sitios están peor o mejor en ese sentido, por lo que unos días antes de partir vi que atravesar la Península Ibérica es como cruzar un campo de minas, dado el elevado número de lugares afectados por casos de COVID-19 que hay repartidos por la geografía nacional. Yo no estoy muy preocupado por el tema, pero tampoco quiero ser irresponsable y, sobre todo, cumplo las normas, así que me propuse atravesar el país evitando puntos conflictivos y sin entrar en bares ni parar en ninguna población, salvo para dormir, con la idea de evitar riesgos. Llevando bocadillos solventamos el tema de las comidas y para pernoctar elegí hacerlo en Teruel, que permanece ajeno a los rebrotes y que nos cogía más o menos de camino. Además, reservé un par de habitaciones en el Parador de Teruel, en principio porque es un hotel que ofrece todas las garantías de salubridad del mundo. Sin embargo, no se puede negar que, además de por precaución, también nos alojamos allí para darnos el gustazo.


El Parador de Teruel es el 19º establecimiento de la cadena Paradores de Turismo en el que he pernoctado (el 8º desde que escribo este blog). El mismo es menos señorial que otros que conozco, pero lo disfruté mucho. Se inauguró en 1956, por lo que es el 19º más antiguo de los 98 que ya hay. Su edificio es un palacete de inspiración mudéjar, lo que hace que a pesar de ser menos espectacular que los de otros Paradores, en Teruel se encuentre dentro de contexto.


Al hacer la reserva no miré cuales eran los servicios que ofrecía el Parador, pesaron más otras circunstancias, pero al llegar nos enteramos de que tiene piscina y de que estaba abierta. Dado que iba con María y con las niñas, desde el momento en el que nos lo dijeron en recepción fui consciente de que íbamos a aprovecharla. Yo no soy muy aficionado a las piscinas, pero en este caso no me resultó difícil darme un chapuzón, porque hacía bastante calor y porque está realmente bien, la han hecho rodeada de una amplia explanada de césped, a pocos metros del edificio principal, y su recinto es muy agradable.


Como pude comprobar, allí se podían respetar perfectamente las medidas de distanciamiento social, así que fue un rato relajado. El otro momento conflictivo en el hotel, en relación con las posibles bullas, era el del desayuno, pero también estaba bien resuelto: para evitar aglomeraciones se organizaron turnos y en el mostrador del desayuno bufé todo lo habían empaquetado, o bien se cogía con unas pinzas individuales que nos dieron a cada uno. El uso de la mascarilla para ir a coger la comida era, por otro lado, obligatorio, pero no fue desagradable cumplir lo que estaba prescrito y pudimos desayunar a gusto. Por lo demás, la noche antes decidimos no quedarnos en el Parador para cenar. Creímos que iba a ser posible dar un paseo por Teruel y buscar un sitio seguro sin problema y, en efecto, no fue complicado. En Teruel lo que vi se parece a lo que hay en Sevilla: la gente que sale de casa necesita desfogar y, aunque se cumplen las medidas de seguridad, los veladores están llenos y la gente parece estar en actitud distendida, pese al uso generalizado de mascarillas.

El Parador de Teruel está algo separado del casco urbano, por lo que es necesario coger el coche para ir al centro. Nosotros aparcamos junto al Camino de la Estación y por esta calle llegamos hasta La Escalinata, que es un monumento en sí mismo y que, además, permite salvar el desnivel que hay entre la parte baja de la ciudad y el meollo turolense, que está en alto.



La Escalinata se inauguró en 1921 y aunque su propósito era eminentemente práctico, el ingeniero José Torán de la Rad, a quien se debe el diseño, decidió darle un carácter monumental para engrandecer el acceso al casco antiguo de Teruel desde la Estación de Trenes, que está abajo. No cabe duda de que lo consiguió.




Una vez que llegamos arriba de La Escalinata enfilamos la Calle Nueva, ya que es la que lleva a la Plaza del Torico, en cuyo centro está el monumento turolense más emblemático, la Fuente del Torico. No íbamos a tener mucho tiempo para explorar la ciudad, así que quise ir al grano. No dejar de echarle un ojo al símbolo de Teruel era mi principal objetivo.



Después de ver la fuente regresamos en la misma dirección, buscando ya un buen lugar para cenar, pero recorriendo la calle paralela a la de la ida, que se llama Ramón y Cajal. En esta vía peatonal casi paramos para quitarnos el hambre, dado que tenía muy buena pinta. 


También habíamos visto muy animado, pero no demasiado, el Paseo del Óvalo, que es donde termina La Escalinata. Sin embargo, buscando un bar no llegamos allí, porque andando desembocamos en la Plaza de San Juan, un espacio muy diáfano al que se abren varios edificios oficiales. A ella da, igualmente, el inmueble que alberga el Teatro Marín y el Casino de Teruel, en cuyo bajo se abre un bar llamado Ambigú, el cual tenía muchas mesas repartidas por una de las esquinas de la plaza. 


Allí fue donde nos sentamos a cenar. Se da la circunstancia de que el bar realmente estaba especializado en jamón, así que además de unas patatas bravas que estuvieron muy buenas me pedí un bocadillo de jamón de Teruel. El jamón turolense no es el de Jabugo, pero tiene denominación de origen y una cierta fama, así que me pareció una buena oportunidad para probarlo.

En general el Ambigú Jamónbar me gustó, aunque hay que decir que en la carta ponía los precios del interior, no de la terraza, donde la comida era más cara, sin que eso quedara muy claro, por lo que el precio final, sobre todo por la sorpresa del incremento, nos pareció un poco excesivo.


En cualquier caso, Teruel se merece una visita más detallada. Cierto es que es la capital de provincia más pequeña de España, que es una ciudad que está un poco aislada en mitad de ninguna parte, y que se halla muy mal comunicada viniendo desde el sur, como pudimos comprobar, pero está muy cuidada y me pareció que tiene un centro muy amable y coqueto, a la par que animado en las noches de verano. Además, con los años han adquirido bastante renombre algunos de sus monumentos, construidos en estilo mudéjar, ya que es una población con una cierta historia. Yo esos monumentos no los vi de cerca, quedan pendientes para la próxima visita, que espero que no se demore demasiado.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado TERUEL.
% de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Teruel: 20%.
% de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 35'7%.