En primavera de 2011, María y yo fuimos a Cádiz a echar unos días con las niñas. Uno de ellos, se nos ocurrió que era muy buena idea ir a Gibraltar, por los que nos plantamos en la frontera sin dudarlo. Por aquel entonces, Julia tenía un año y Ana tres. En el paso fronterizo, los policías españoles, al mirar dentro del coche y ver a los dos micos, nos pidieron el libro de familia. Nosotros no habíamos caído en que nos iba a hacer falta, por lo que no lo llevábamos. En consecuencia, tuvimos que volvernos por donde habíamos venido.
El caso es que, aquel día, nos vimos a media mañana en la Línea de la Concepción, sin saber adónde ir ni cómo aprovechar la jornada. En principio, no llevábamos preparado un plan B, pero pronto caí en que un amigo me había contado hacía poco, que en Castellar de la Frontera, cerca de La Línea, hay un castillo muy bonito, dentro de cuyas murallas vive gente. En 2011, ni María ni yo teníamos smartphones, ni nada parecido, así que, a la antigua usanza, cogí el mapa de carreteras del maletero, busqué Castellar, nos encaminamos hacia allí, y conseguimos llegar... a Castellar Nuevo.
Lo que se ve en la foto no es desagradable, pero tampoco es pintoresco. Entonces, no acabé de entender qué cojones había pasado, porque lo que yo sabía de Castellar se limitaba a un comentario de un amigo, cazado al vuelo, no tenía manera de mirar Internet en ningún lado, y en el mapa ponía bien claro que aquello era Castellar de la Frontera, pero en ese lugar era evidente que no había castillos. Es verdad que podría haber preguntado, o podría haber mirado el mapa con un pelín más de detalle, pero la realidad es que Ana y Julia iban ya hasta las narices de coche y estaban empezando a inquietarse, así que me di cuenta de que no iba a ser el día de ir a buscar la fortaleza, estuviera donde estuviera.
Unos días después de aquella fallida experiencia, ya sí me metí en Internet y descubrí que Castellar de la Frontera es un municipio que se divide en tres núcleos de población. Son La Almoraima, Castellar Viejo y Castellar Nuevo. Nosotros habíamos estado en este último, que es donde se encuentra el ayuntamiento, y que, hoy por hoy, es lo que se suele llamar Castellar de la Frontera. El Castillo de Castellar, en cambio, es el eje del asentamiento primigenio del pueblo, que se denomina Castellar Viejo, y que dista unos cuantos kilómetros.
He tardado 14 años en volver a Castellar de la Frontera. Siempre lo había tenido en mente, pero no había visto el momento de hacerlo. El pasado verano, a María le hablaron de las excelencias del Hotel Casa Convento La Almoraima, que se encuentra en el término municipal de Castellar, y me regaló la estancia de una noche en ese alojamiento. Ella no se dio cuenta de que ya habíamos estado en Castellar Nuevo, pero yo sí vi que era la oportunidad perfecta para regresar a Castellar de la Frontera, a completar por fin la visita.
Castellar Nuevo y su interesante origen
Castellar Nuevo es un asentamiento extraño, que tiene pinta de decorado de cine. Está conformado por un montón de casas que son muy similares. Se ve que la mayoría se construyeron a la vez, siguiendo un modelo común. Así, desde que uno entra en el pueblo, percibe que todo surgió de la nada en la misma época. Lo que pasa es que, a diferencia de otras localidades similares, que se planificaron de una forma cuadriculada, en Castellar Nuevo el trazado urbano es más o menos irregular. Me imagino que lo hicieron queriendo, para reducir un poco la sensación de artificialidad del lugar. Sin embargo, lo cierto es que lo consiguieron solo a medias, porque nosotros no vimos a nadie hasta que llegamos a la Plaza de la Constitución. La impresión de sitio irreal no me abandonó hasta que vislumbré esa plaza, que es donde se concentraba la gente, a pesar de que la amplia explanada aparezca vacía en la foto que pongo a continuación.
En Castellar Nuevo no hay desniveles, las calles son espaciosas y abundan las zonas verdes. Por resumir como se ha llegado a desarrollar un sitio de esas características, resulta que en 1939 se creó el Instituto Nacional de Colonización, con la intención de reestructurar y de reactivar el sector agrícola español. Este objetivo estaba muy relacionado con el plan de autarquía que el gobierno de Franco preparó, al acabar la Guerra Civil, para que España sobreviviese a la contienda sin necesidad de depender de terceros. En ese contexto, el Instituto Nacional de Colonización fue el órgano responsable de repartir a un montón de agricultores, de una manera un poco sistemática, por el territorio nacional, de cara a que pudieran sacarle partido a las tierras de labranza infrautilizadas que había. Con esa idea, se financió la edificación de una buena cantidad de asentamientos de nueva planta por todo el país. A ellos, se trasladaron las familias que se mostraron dispuestas a mudarse a cambio de una casa y de un trabajo en el campo. El primer pueblo de colonización erigido fue El Torno, que pertenece al municipio de Jerez de la Frontera. Su construcción se aprobó en agosto de 1943, y en menos de dos años se encontraba ya operativo. Tras El Torno, se crearon más de 300 localidades de repoblación hasta 1971, que fue cuando el Instituto Nacional de Colonización desapareció. Algunas fueron realmente agrandamientos de otras preexistentes, pero la mayoría surgieron de la nada. Castellar Nuevo, que se fundó en 1971, fue una de las últimas.
Por lo visto, el primer encargado de dirigir el Instituto Nacional de Colonización fue el arquitecto falangista Víctor D'Ors, que tenía una idea muy clara de cómo debían ser todos los pueblos que se erigieran. Parece ser que este señor era un tanto inflexible, lo que provocó que le destituyeran en 1943. El régimen necesitaba a gente más moderada al frente de los diseños de las nuevas poblaciones, por lo que, desde ese momento, le dio la potestad creativa a varios constructores. Estos, en muchos casos terminaron planificando asentamientos que son perfectos ejemplos vanguardistas del racionalismo constructivo, que fue la principal tendencia arquitectónica en el mundo en los años centrales del siglo XX.
En España, los proyectos del Instituto Nacional de Colonización acabaron siendo un laboratorio de pruebas sensacional para los arquitectos.
El tema es que, en 1968, en Castellar Nuevo se dieron los últimos coletazos del programa de repoblación. Por aquel entonces, Castellar de la Frontera era un municipio de una notable extensión, que tenía dos núcleos habitados. El primigenio estaba ubicado dentro de las murallas y en los alrededores del Castillo de Castellar, y el otro había surgido junto a las instalaciones de la empresa corchera La Almoraima. Los residentes de la antigua fortificación sobrevivían sin luz ni agua, y en La Almoraima muchas de las viviendas eran simples chabolas. Precisamente, fue a La Almoraima a quien el Instituto Nacional de Colonización le expropió las 700 hectáreas de terreno que se usaron para erigir el nuevo asentamiento y para roturar parcelas para los colonos. En 1971, Castellar Nuevo estuvo terminado, y hasta allí se trasladaron la gran mayoría de los vecinos del original asentamiento de Castellar, que empezó a ser conocido como Castellar Viejo. Por tanto, en este caso el grueso de los desplazados no vino de lugares lejanos, sino del entorno del Castillo de Castellar, que fue casi abandonado.
La segunda juventud del Castillo de Castellar
En 1971, la fortaleza de Castellar de la Frontera estaba destinada a sufrir una inevitable degradación, ya que en sus modestas viviendas, salvo alguna excepción, no quedó nadie. Sin embargo, casi sobre la marcha, salieron a escena una serie de personas, que le dieron un inesperado giro de tuerca a la historia del castillo. En efecto, en 1967, 1968 y 1969, a la vez que alcanzaba su cenit en EEUU, el movimiento hippie había dado el salto a Europa, de manera que el viejo continente se había llenado de un considerable número de jóvenes de origen burgués, que se habían entregado a un modo de vida contracultural y ajeno a lo establecido. En 1971, a unos cuantos de ellos, naturales de distintos puntos de Alemania, de Reino Unido, de España y de Países Bajos, el recién despoblado Castillo de Castellar les pareció un sitio perfecto para acomodarse. Lo que se formó entonces allí no fue exactamente una comuna. Fue, más bien, un asentamiento de gente con un proyecto vital similar. Tras la progresiva adquisición de las casas, los nuevos pobladores las arreglaron, de acuerdo con sus necesidades, y durante unas décadas el enclave ha sido una pintoresca aldea, habitada por una curiosa comunidad de herederos del hippismo primigenio. Lo bueno es que eso ha contribuido a la conservación del lugar, al que se llega después de conducir un rato por una endemoniada carretera, que atraviesa una zona campestre deshabitada.
Por esa carretera, nosotros fuimos a ver el Castillo de Castellar a última hora de la tarde del sábado. Esta vez no hubo dudas de lo que buscábamos. Arriba, dejamos el coche en una explanada que han habilitado extramuros, y subimos a pie el trecho final del camino.
Antes de llegar al Arco de la Villa, que es el sitio por el que se puede atravesar la puerta de la fortaleza, nos cruzamos con dos hippies alemanes bien entrados en años, que venían andando por la carretera, no se sabe desde dónde. Uno de ellos iba caminando descalzo por el asfalto, como si la vida no fuera con él. Aquello me pareció la mejor tarjeta de presentación de Castellar Viejo. Pese a esto, dicen que el ambiente allí ya no es lo que era. Ahora, los verdaderos bohemios escasean en las casas de la fortificación, y los alojamientos rurales han proliferado por todos lados. Digamos que la fama ha acabado un poco con la autenticidad del lugar, pero, no obstante, en mi opinión el Castillo de Castellar está lejos de asemejarse a un parque temático. De momento, conserva su sabor.
Además, a mí me habían dado a entender que dentro de los muros del castillo había cuatro casas, y no es verdad, como se puede ver en el siguiente plano, que es magnífico.
Como se puede ver en la imagen, al Castillo de Castellar se accede por el norte, por la única parte en la que uno tiene la impresión de estar entrando en un recinto fortificado.
Luego, se empieza a callejear y se pierde un poco la noción de estar dentro de un castillo, ya que durante mucho rato no se ve la muralla, ni se camina por ningún adarve. Eso sí, no se dejan de ver esquinas y rincones que se merecen una foto.
El sitio más pintoresco de todo el pueblo es el Balcón de los Amorosos. Se trata del único lugar público de la fortaleza en el que uno puede asomarse desde la muralla. Desde él, las vistas del Embalse de Guadarranque y de sus alrededores son sensacionales.
En definitiva, el Castillo de Castellar está compuesto por un entramado de calles preciosas y cuidadas, por las que merece la pena deambular durante un rato. En la población, hay ya más alojamientos rurales y turistas que hippies, pero no es un lugar que parezca impostado. A mí me gustó mucho.
La cena del sábado... y la comida
Nosotros subimos al Castellar Viejo con la intención de cenar algo tras el paseo, pero nos encontramos conque no es un lugar donde haya demasiada oferta culinaria. Allí, las opciones se limitaban a un restaurante de más postín del deseado, a la desierta cafetería del único hotel que hay en el Castillo, y a un pequeño bistró situado extramuros, en el que había, dentro una ruidosa actuación musical en su punto álgido, y fuera una serie de parejas alemanas de mediana edad muy animadas, pero también muy borrachas. Ninguno de los tres sitios nos llamó ni mínimamente.
Dado que cenar en Castellar Viejo no era una opción, decidimos regresar a Castellar Nuevo, a ver qué nos encontrábamos. Allí, acabamos en el Pub Los Naranjos, que me encantó por cuatro razones. Primero, porque tenía una terraza exterior, en la cual estuvimos tranquilos y relajados. Además, la chica que nos atendió resultó ser eficiente y amable. También disfruté de la comida, pero, por encima de todo, lo que más me gustó fue que me di cuenta de que aquel era el sitio de referencia de los vecinos de Castellar, a la hora de salir el sábado a picar algo.
Realmente, lo de cenar en un bar de copas fue extraño, porque lo cierto es que el Pub Los Naranjos lo era, de puertas para adentro. Lo que pasa es que tenía fuera la agradable terraza mencionada, y, aparte, no solo contaba con cocina, sino que esta daba por atrás a la zona de las mesas exteriores. El tema es que, en esa salida trasera de la cocina habían puesto una barra portátil, por la que despachaban pizzas para llevar, y por la que también sacaban lo demás que ofertaban en la carta. Aquello era un rudimentario apaño, porque para ir al baño se entraba en el pub por las buenas, pero, como digo, me comí un churrasco de pollo que estaba muy bien hecho, la camarera fue un encanto, y nos juntamos allí con la verdadera gente del pueblo. Yo no pedía más.
He de añadir que habíamos comido a mediodía en otro restaurante de Castellar Nuevo, llamado Restaurante Virgil, que tampoco me decepcionó. En él, la experiencia fue diferente, porque este negocio es la referencia en todos los alrededores para darse un buen homenaje de sábado, por lo que vimos. En consecuencia, en su terraza no cabía un alfiler, con la cosa de que los dos camareros encargados de la logística habían petado un poco. A ambos se les veía sobrepasados, pero no lo reflejaban con hiperactividad, sino que estaban en shock, hasta el punto de que, las dos veces que me dirigí a ellos para que me anotaran en la lista de espera de los sitios, me miraron como si fueran Homer Simpson, se dieron la vuelta y no hicieron nada. Junto a mí, había más personas que tenían reserva y que querían sentarse. Sin embargo, los dos chavales sacaban platos y recogían el menaje sucio, pero, cuando llegaba el momento de mirar el cuaderno y de cuadrarlo con los puestos que se iban vaciando, se quedaban mirando las hojas como pillados y no reaccionaban. La cosa avanzaba a trancas y barrancas. El tema es que el asunto pintaba mal para nosotros, porque el resto de Castellar era un desierto, como dije antes, pero, por fortuna, María afinó el instinto y tuvo el ojo de darse cuenta de que dentro había una barra con clientes tapeando, así como una sola mesa con dos plazas, que se encontraba vacía.
En vista de eso, fue a preguntar, y se dio cuenta en seguida de que la que partía el bacalao en Virgil era la camarera de la barra. La chica nos dijo que nos podíamos sentar en la mesa y que, para tapear, nos atendía desde su puesto. Nosotros no necesitábamos más. Tampoco teníamos prisa, de manera que no atosigamos a la chavala, que era la que estaba haciendo de enlace entre la cocina y lo que se pedía en el exterior. Sin pisar la terraza, controlaba las comandas de una forma increíble. Fuera, lo que no funcionaba era lo que físicamente no alcanzaba a dirigir. El resto, marchaba gracias a ella. Además, ponía las bebidas y servía el mostrador, con la cosa de que todo lo hacía con eficacia, con un talante agradable y a buen ritmo. La hostelería es una profesión especializada, no el refugio de los que no valen para nada y no saben qué hacer con su vida, y ahí se volvió a demostrar.
Una vez que nos sentamos a comer, yo desconecté, y no sé como se arregló el cierto descontrol con los sitios que había en la terraza. Nosotros almorzamos tranquilamente, y cuando acabamos nos fuimos. Además, en general, lo que nos sirvieron me gustó.
El hotelazo que nos hizo ir a Castellar
El Hotel Casa Convento La Almoraima tiene 4 estrellas, es decir, su nivel de exclusividad no es exagerado. No obstante, su historia es tan notable como la de cualquier establecimiento de la cadena Paradores.
Lo de que el Hotel La Almoraima esté en un convento en desuso no lo hace destacar especialmente, porque hay muchos establecimientos hoteleros que aprovechan las instalaciones de antiguos cenobios. Este, sin embargo, cuenta con la particularidad de que está en la Finca La Almoraima, que tiene una trayectoria bastante curiosa.
La Finca La Almoraima es la segunda más grande de España. Su superficie es de 14.113 hectáreas, por lo que estamos hablando de un señor latifundio. Por poner esa cantidad de tierras en contexto, solo hay que decir que en España hay 8.133 municipios, y que 7.366 tienen un término que es menor que La Almoraima.
A mí, lo de que una porción tan grande de campo sea de una sola persona no me da muy buen rollo, pero, en este caso, lo cierto es que todo pertenece al Estado español desde 1982. La historia de cómo terminó esa heredad convertida en terreno público comenzó en 1434, año en el que fue conquistada para Castilla por las tropas que dirigía Juan Arias de Saavedra. Este gentilhombre, a raíz de su triunfo se erigió en señor de aquel feudo. Con el paso de los siglos, sus descendientes se emparentaron bien, hasta el punto de que entroncaron con la casa de Medinaceli, que es, seguramente, la segunda casa nobiliaria más importante de España, tras la casa de Alba. Por tanto, los duques de Medinaceli acabaron siendo propietarios de la inmensa finca, que abarca el 77'88% de lo que hoy es el municipio de Castellar de la Frontera, así como un trozo del de Los Barrios y otro del de San Roque.
El devenir de la finca no tuvo nada de particular durante muchas décadas, pero los acontecimientos dieron un giro en 1973, cuando el jerezano José María Ruiz-Mateos compró La Almoraima a los duques de Medinaceli, lo que implicó que esta pasó a estar integrada en Rumasa. Por poner en contexto el remate de la historia, hay que decir que Ruiz-Mateos fundó Rumasa en 1961, y convirtió esa sociedad, en 20 años, en el mayor holding de España, gracias a su habilidad, como no, pero también gracias a que era miembro supernumerario del Opus Dei y a que tenía interesantes contactos entre los que mandaban en época de Franco. El caso es que Rumasa creció tanto, que acabó siendo un peligro para la economía del país, ya que daba trabajo a 60.000 personas y generaba el 1'8% del PIB nacional. En 1983, Rumasa agrupaba, oficialmente, unas 400 empresas, en las que se incluían 18 bancos. Eso significa que controlaba cerca del 25% del mercado bancario español.
Sin embargo, el mayor problema de Rumasa no era su tamaño, sino el reguero de deudas que iba dejando, la escasa confianza que provocaba el modus operandi de Ruiz-Mateos, el cierto descontrol en la gestión que translucía este, así como la opacidad con la que se manejaba, amparado por el poco control fiscal que había en aquellos tiempos y por su provechosos apoyos. La cosa era que el rastreo de las finanzas de la sociedad de Ruiz-Mateos era imposible de seguir, sobre todo porque él no permitía auditorias externas, pese a que los informes del Banco de España se hacían eco de las dudas que suscitaba su heterodoxa política empresarial, e indicaban que Rumasa ponía en riesgo la estabilidad de España. La realidad era que la corporación era un gigante con pies de barro y una especie de agujero negro incontrolado, valorado en 300.000 millones de pesetas, que tenía suficiente entidad como para arrastrar al resto de la economía española si quebraba. En 1982, con la llegada del PSOE al poder, el gobierno intentó poner algo de orden en ese disloque, pero Ruiz-Mateos no se avino a razones, por lo que, al final, le quitaron la macroempresa sin más.
La historia de Rumasa y de Ruiz-Mateos no había acabado, como es lógico. De hecho, el empresario se convirtió en una figura pública muy pintoresca, lo que no evitó que fundara otro holding y modernizara las estrategias para ganar dinero a manta de manera oscura, mientras peleaba en los juzgados para que le devolvieran lo que él decía que era suyo. No obstante, lo que nos atañe a nosotros ahora, es que la Finca La Almoraima pasó a ser del Estado cuando Rumasa fue expropiada. Hoy día, ese extenso latifundio es un bien público, que está administrado por el Organismo Autónomo Parques Nacionales, el cual se adscribe en la actualidad al Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.
El caso es que, dentro de la Finca La Almoraima había un edificio religioso, denominado Convento de San Miguel, que se había construido en 1603 junto a una torre de vigilancia de época musulmana y a una ermita, la cual databa de 1526. Esta se había integrado como capilla del monasterio al erigirse este.
En el Convento de San Miguel vivieron frailes hasta que el cenobio fue desamortizado en 1839. La expropiación implicó que el inmueble dejó de pertenecer a la Casa de Medinaceli durante un tiempo. Esta, tras años de litigios, consiguió recuperar su posesión en 1865. Poco después, el duque de turno acometió la remodelación del edificio, transformándolo en un palacete que sirviera de base para organizar monterías por la gran finca. Así, convertido en casa-palacio, el antiguo monasterio vio pasar lo que quedaba de siglo XIX y todo el XX. En 2010, cuando estaba ya en manos estatales, en él se inauguró el Hotel Casa Convento La Almoraima.
Ni María ni yo somos de los que van a los hoteles y no salen de ellos, pero reconozco que, en este caso, al ver el Hotel Casa Convento La Almoraima optamos por cambiar los planes que teníamos para el domingo, con la idea de sacarle todo el jugo posible a sus instalaciones. Para empezar, por la mañana nos marcamos una ruta por el Sendero de la Duquesa, que no abandona los límites de la Finca La Almoraima. El itinerario es circular y solo mide 1.608 metros.

La Finca La Almoraima da para hacer senderismo del modo más exigente, pero la ruta que han apañado por los alrededores del hotel nos permitió conocer el entorno sin palizas. Además, dado que este, y el 90'4% de la finca, están en pleno Parque Natural de los Alcornocales, que eso no lo había comentado, pues fue chulo caminar bajo los alcornoques, los quejigos y los acebuches que caracterizan ese precioso territorio protegido.
Después del paseo, nos quedamos a comer en el magnífico Restaurante La Gañanía, que es el restaurante del hotel. El tema fue que, por la mañana, cuando habíamos decidido lo que íbamos a hacer, quisimos reservar, pero nos dijeron que ya iba a ser complicado. Por fortuna, como habíamos estado alojados allí, nos ofrecieron que podíamos almorzar a las 13:30, antes que nadie, y dijimos que sí. Fue un acierto, sin duda, porque dejaron que nos sentáramos en la mejor mesa de todas.
El nombre del restaurante me resultó curioso, porque una gañanía es un conjunto de gañanes. Sin duda, es una denominación original.
Lo cierto es que pasamos un rato muy bueno comiendo en La Gañanía. Por último, de nuevo nos volvimos a beneficiar de que habíamos estado alojados en el Hotel Casa Convento La Almoraima, porque nos dieron la posibilidad de echar unas horas en su magnífica piscina, y no la desaprovechamos.
Yo soy muy de secano, siempre lo digo, pero eché en esa piscina una tarde sensacional. En primer lugar, se estaba de maravilla a la sombra, por lo que me eché la siesta y no me moví de la hamaca en mucho rato. Aparte, estuvimos casi solos. Al final, incluso me di un chapuzón. Así da gusto.
Antes de acabar, tengo que decir que, en la explanada trasera del Hotel Casa Convento La Almoraima se celebró, durante todo el fin de semana, la primera edición del Mercado Artesanal La Almoraima. El evento fue un éxito de tal calibre, que sorprendió a los propios empleados del hotel con los que yo hablé.
En efecto, tanto el domingo a última hora de la mañana, como el sábado por la tarde, que fue cuando yo me acerqué, la zona de puestecillos estuvo hasta la bola, la barra que habían montado en el lado de la explanada que pegaba con el hotel también, y las actividades paralelas que se planificaron tuvieron un éxito que ni los organizadores esperaban. La gente del entorno se volcó con el evento, cosa de la que yo me alegro.
La principal particularidad del Mercado Artesanal La Almoraima fue que estaba ambientado en 1915, año en el que la Reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII, visitó la Finca La Almoraima. Por lo visto, en 1911 Luis Fernández de Córdoba, que era el duque de Medinaceli por aquel entonces, se había casado con Ana María Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos (ahí es nada...), la cual era dama de la reina. Eso explica por qué Victoria Eugenia de Battenberg se dejó caer por La Almoraima en 1915.
Debido a ese hilo conductor, tanto los que habían montado los puestos, como los responsables de las actividades paralelas, iban vestidos como si fueran insignes ciudadanos de principios del siglo XX. Nosotros, le echamos un vistazo al mercado, nos tomamos una cerveza en la barra, y nos unimos a una ruta guiada por las instalaciones del hotel. La misma la condujo una voluntariosa chica, que se esforzó por poner en contexto el edificio. No obstante, incluso el más avezado guía turístico hubiera sufrido para dinamizar una visita en la que se juntaron medio centenar de personas, por lo que la joven, que tenía muy pocas tablas, se las vio y se las deseó para contar lo que llevaba preparado y que viéramos algo. Por eso, después de un rato, María y yo decidimos aligerar el nutrido grupo y nos fuimos ya a Castellar Viejo.
En definitiva, los dos días en Castellar de la Frontera fueron un bálsamo. La segunda mitad del verano ha tenido un punto complicado, y el otoño se presenta intenso, por lo que necesitaba esta breve desconexión. Eso sí, nos quedamos sin ir a Gibraltar, que era el plan original para el domingo, a pesar de que estaba tan cerca, que se veía el Peñón desde el Castillo.
Lo de ir a Gibraltar continúa pendiente, pero no va pasar mucho tiempo antes de que salde esa cuenta. Seguiremos informando...
Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CASTELLAR DE LA FRONTERA.
En 2011 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 45'5% (hoy día 59'1%).
En 2011 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 16'6% (hoy día 22'4%).
En 2011 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 45'5% (hoy día 59'1%).
En 2011 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 16'6% (hoy día 22'4%).














































































