7 de febrero de 2026

MADRID 2026

La Revuelta es un programa de televisión que se emite en La 1 desde el 9 de septiembre de 2024, a partir de las 21'45 de la noche. Lo presenta David Broncano. Se trata de un talk show cómico, cuyo eje es una entrevista desenfadada que Broncano le hace a alguien que tiene algo interesante que contar. Normalmente, los invitados son actores, directores de cine o músicos, pero a veces también van escritores, deportistas, gente de la tele, políticos, e incluso científicos y otras personas notables, pero poco conocidas.


Delante de las cámaras, no muy lejos de Broncano, pero en segundo plano, siempre están Marcos Fernández y Ricardo Castella, que son otros dos showmen que le dan espontaneidad y dinamismo al espectáculo, añadiendo música, efectos de sonido y comentarios jocosos. Por último, en la mayoría de los programas tiene cabida la sección de algún colaborador, que dedica unos 10 o 15 minutos a hablar en clave cómica sobre algo. En realidad, se trata de un espacio de humor, que usa una entrevista promocional para generar situaciones de comedia improvisadas e imprevisibles, en las que participan, a menudo, los propios espectadores.

Después de un año y medio, La Revuelta se ha afianzado en la parrilla, pero empezó en RTVE con el pie cambiado, porque el fichaje de David Broncano y su equipo por esta cadena tuvo un punto polémico. En principio, el ente público, supervisado por el Gobierno, que en España está formado aún por un bloque de izquierdas, buscaba a una estrella que le hiciera sombra a El Hormiguero. La razón es que este programa de Antena 3 es el imbatible líder del prime time televisivo desde hace siglos, y su presentador, Pablo Motos, no solo es conocido por su ideología neoliberal, sino que hace una sibilina campaña a favor de esos valores. Por ese motivo, RTVE decidió apostar fuerte y se fue a por Broncano, que es un referente mediático de nuevo cuño. Hasta ahí no hubo nada raro.

Sin embargo, la cosa se torció, porque la productora de Broncano puso unas condiciones para hacer el programa para RTVE, el jefe de contenidos de la casa, José Pablo López, las aceptó, pero la presidenta, Elena Sánchez, no. Ambos tenían motivos fundados para mantener su postura, pero lo importante es que la disparidad de opiniones degeneró en un enfrentamiento abierto entre los dos. En el fragor del mismo, Elena Sánchez logró que el Consejo de Administración de la corporación cesara a José Pablo López, pero ella también fue despedida al poco. En principio, parecía que el tema había sido zanjado en plan salomónico, pero, al final, resulta que Broncano y su equipo acabaron firmando un contrato por dos años, y que el ex jefe de contenidos fue nombrado, unos meses después, presidente de RTVE, por lo que es evidente a quién apoyaron en la pelea los gerifaltes del ente, que son de la cuerda del PSOE, lógicamente. Quedó muy patente que arriba se quería a Broncano a toda costa, porque hay interés en hacerle la competencia de verdad a Pablo Motos, que tiene mucho tirón y que, entre risas, entrevistas y desenfado, cada vez está más desatado con sus juicios y con su inclinación por la derecha moderna.

La historia anterior la he contado porque, a partir de aquí, voy a echarle bastantes flores a La Revuelta, y porque no puedo ver a Pablo Motos y a su gente, por lo que no quiero que ese sesgo oculte lo que es real, y es que no es inocente la presencia de Broncano y compañía en la parilla televisiva.

La Revuelta

Es muy probable que los que hayan llegado hasta aquí se estén preguntando que a qué viene lo que acabo de escribir. El hilo de En Ole Väsynyt son mis experiencias viajeras y atléticas. También suelo narrar todo lo que flota alrededor de ellas, en un sentido amplio, pero en el blog no vienen a cuento, per se, los temas televisivos, ni tampoco los políticos. Sin embargo, lo de hablar de La Revuelta tiene su razón de ser, porque María y yo nos fuimos el otro día hasta Madrid para asistir como público al programa. En el marco de ese pequeño viaje, sí está justificada la chapa anterior, por tanto.

Tengo que decir que yo no veo mucho la tele. En teoría, nadie lo hace, lo mismo que nadie le echa cuenta al móvil, ni a las redes sociales, ni vota al partido que está en el gobierno, ni se olvida de la verdura en su dieta. Yo ídem. No veo la televisión... aunque, con cierta frecuencia la pongo un ratito por la noche. Vale, sí la veo un poco, igual que los 29'9 millones de españoles que, en algún momento del día, la encienden casi sin percatarse.

Pero bueno, no me quiero ir de nuevo por las ramas. El tema es que yo no me siento delante de la tele a ver Tú Cara Me Suena ni First Dates, pero la suelo poner entre las 22'30 y las 23'00, mientras cenamos. Durante un tiempo (poco), a esa hora veíamos El Hormiguero, hasta que me acabó de inflar las pelotas, y en otras etapas lo que poníamos eran series de policías, a las que no les prestábamos apenas atención. A La Revuelta, hay ratos en los que tampoco le damos bola, porque siempre nos ponemos a hablar, pero sí sé que es un programa entretenido. Hay que decir que Broncano no es muy diestro cuando sus entrevistados son paradillos, o cuando intentan contar cosas con una cierta sustancia. En mi opinión, en el primer caso no destaca por su capacidad para hacer que se sientan cómodos, y en el segundo tiende a cortarles demasiado, con comentarios tontos o con preguntas que se le ocurren, cuando pretenden narrar algo con un poco de enjundia. Sin embargo, cuando los invitados van mínimamente relajados y no se enrollan en exceso, el presentador gana enteros, y, sobre todo, es un crack si tienen tablas y le siguen el rollo. Entonces, el show se repentiza, se desmadra y es tronchante.

Por otro lado, desde el punto de vista técnico, La Revuelta se graba del tirón en falso directo y luego se edita un poco, para ajustar el minutaje, por lo que está construido como un espectáculo del que se saca un programa a posteriori. De hecho, el rodaje no tiene lugar en un plató de televisión, sino en el escenario del Teatro Príncipe Gran Vía.

       

Por eso, hace unos meses me apeteció ir a presenciar el show, me informé, y vi que era posible. Lo que sucede es que no es fácil. Hay que estar atento a la página web del programa, esperar día a día a que abran, por semanas, las inscripciones para ir de público, y apuntarse rápido cuando por fin pillas abierta la agenda. Pese a las dificultades, yo perseveré, por lo que acabé consiguiendo sitio para mí y para María el pasado 4 de febrero.



La experiencia de ir al programa ha sido cojonuda. Para empezar, son tres horas de show y es gratis. Viéndolo con perspectiva, lo que haces es asistir a un espectáculo de humor, en el que actúan un buen puñado de cómicos de alto nivel, sin pagar ni un euro. Merece mucho la pena. Aparte, también ves los intríngulis de la tele y compartes el espacio con uno o dos personajes de actualidad, lo que es muy divertido. No obstante, vas sin saber quienes van a ser los protagonistas, por lo que todo es posible. Yo iba preparado para ver la entrevista a algún reguetonero de cara tatuada o a alguna influencer desconocida para mí, pero tuve un mínimo de suerte y me encontré como invitados a Arturo Valls y a David Uclés

Arturo Valls es actor y presentador de televisión, y es un tipo que siempre me ha cargado un pelín, pero resultó ser de la clase de invitados que tienen tablas y confianza con David Broncano. De hecho, quedó patente que son amigos, directamente. Por tanto, aquello fue como colarse en la conversación de dos colegas que son bastante ocurrentes y que están sembrados. Me gustó esa parte del programa. Sin embargo, lo mejor fue la entrevista un poco más formal al escritor David Uclés. Este es el último ganador del prestigioso Premio Nadal, y ha despachado 145.000 ejemplares de su novela anterior, entrando en el top ten de ventas español de 2024 y 2025. En principio, uno puede esperarse que un literato esté en el grupo de los entrevistados paraditos. Yo no me hubiera sorprendido, pero luego comprobé que Uclés va sobrado de desparpajo. El tío estuvo relajado, natural, gracioso, no rehuyó los temas polémicos, sin acritud ni mal rollo, y encima, dijo verdades como puños, sin ser dogmático. Yo salí de allí deseando leerme sus libros.

En definitiva, ir de público a La Revuelta fue un acierto. El espectáculo grabado duró más de dos horas, aunque luego solo se vio por la tele el 65%. El show tiene lugar por la tarde, y, dado que es muy improvisado, con frecuencia se les va el minutaje. En nuestro caso, le tuvieron que meter bastante la tijera antes de emitirlo por la noche. 

Además, con anterioridad a que se encendieran las cámaras asistimos al preshow, que corre a cargo de Sergio Bezos. Bezos también es cómico, y en La Revuelta solo tiene apariciones puntuales, pero es el responsable de hacer de enlace entre Broncano y los espectadores, así como de gestionar las intervenciones de estos, que a veces son bastante extensas. Sin embargo, antes, el tío sale al escenario a pecho descubierto, para averiguar qué personas, de la concurrencia que haya ese día, son capaces dar un poco de juego durante el transcurso del programa. Para ello, se echa al ruedo sin nada preparado, y monta una especie de espectáculo improvisado de interactuación con el público, basada en la chispa y en el ingenio. Gracias a él, cuando ya están grabando, sabe qué puede esperar de la gente que se sienta en el patio de butacas, y es el encargado de que la misma tenga su cuota de protagonismo. A mí, me pareció otro crack. Me gustó menos, en cambio, la participación de Pablo Ibarburu, que fue el humorista al que le tocó encajar su sección en medio de las entrevistas. En general, no es un tío que me haga reír, aunque sus bromas tampoco desentonaron.

Al margen de lo narrado ya, me lo pasé bien en todos los momentos de la experiencia. Nosotros nos presentamos en la puerta del Teatro Príncipe Gran Vía a la hora convenida, e hicimos cola en la Calle de las Tres Cruces.

        

Al rato, pasó una chica y revisó qué estábamos en su lista y que éramos los que decíamos ser. Luego, entramos y disfruté de los prolegómenos del show. 


En el equipo del La Revuelta todos parecen tener gracia, desde la que se encarga de sentar a la gente, hasta la que da las pautas generales de comportamiento. Para cuando salió Bezos, ya nos habíamos echado unas risas.


Luego, enlazaron el preshow y la parte grabada, y todo se desarrolló seguido. Yo estuve tres horas sin respirar, ya que el ritmo fue trepidante. De eso va el tema. La verdad es que no sé como ellos aguantan, porque yo acabé fundido. No obstante, me lo pasé genial y lo recomiendo.  

No puedo poner más fotos del transcurso del programa, porque está prohibido tomar instantáneas desde antes de que salga Bezos, hasta que se va Broncano. Una vez que este desapareció entre bambalinas, ya sí tuve un momento para inmortalizar como es el escenario tras el telón. 


Y, por lo que respecta a La Revuelta, eso es todo. Sin embargo, el viaje dio para más, porque ya que nos habíamos ido hasta Madrid, decidimos aprovechar el día siguiente allí.

De gratis por Madrid

Lo de pasar la tarde viendo gratis un espectáculo de nivel pro, en el Teatro Príncipe Gran Vía, me pareció todo un lujo, pero lo que hicimos en Madrid, el día siguiente al de la grabación de La Revuelta, también estuvo muy bien y tampoco nos costó ni un euro. 

El caso es que, después de llevar años queriendo conocer el Templo de Debod, en mi ultima estancia en la capital me fui a verlo y me quedé con dos palmos de narices, porque resulta que las entradas se sacan por Internet y que se acaban con bastante antelación. En vista de eso, esta vez, en cuanto supe los días en los que íbamos a estar en Madrid, me puse manos a la obra para intentar conseguir los tickets. Por fortuna, aún no se habían agotado. Además, la alegría fue doble, porque me encontré conque la visita es gratuita.

Sin embargo, la entrada la tuve que sacar al final de la mañana, por lo que María y yo nos planteamos qué hacer antes. Yo quería regresar a dos museos que visité por primera vez en 2023, formando parte de un grupo organizado, como ya conté. En aquella ocasión, estuve tanto el Museo de Historia de Madrid, como en el Museo de San Isidro, pero los dos los vi un poco a la carrera. Entonces no me importó, porque yo no sabía ni que existían, y me tomé los recorridos por sus salas como una toma de contacto con ellos, pero tenía en mente volver a ambos. El otro día me pareció que cuadraba a la perfección echar un par de horas en el segundo.


El Museo de San Isidro se encuentra en el barrio de La Latina. En ese lugar se conformó el primer arrabal extramuros del Maŷrit árabe, llamado Arrabal de San Andrés. En él, vivía una pequeña comunidad de cristianos, esto es, de mozárabes. Años después, cuando Madrid pasó a manos castellanas, se levantó una segunda muralla, que englobó a la totalidad de los arrabales que habían ido surgiendo hasta entonces, incluido al de San Andrés. Hoy en día, toda esa zona es el meollo sentimental del Madrid más castizo. A mí me encanta, pero a lo que iba es a que, muy cerca del corazón de La Latina, que se ubica en la Plaza de la Paja, es donde abre sus puertas el Museo de San Isidro, que oficialmente se denomina Museo de San Isidro. Los Orígenes de Madrid, supongo que para que quede claro a qué está dedicado.


El tema es que el Museo de San Isidro también es gratis. Dada la cantidad de atractivos que tiene Madrid, es evidente que el museo de San Isidro no se ha pensado para los turistas. En él, en la mayoría de los casos te cruzas con excursiones de escolares y con jubilados. Yo, la primera vez que lo visité, lo hice estando incluido en un grupo turístico, pero este era muy particular. De todas formas, pese a que no es un lugar pensado para competir con los highlights de Madrid, en él pone mucha pasta el Ayuntamiento de la capital. Eso se ve. Supongo que el objetivo es despertar el madrileñismo de los locals, que, en ocasiones, se diluye demasiado por culpa del madricentrismo, que lleva a algunos madrileños a pensar que los límites de su ciudad coinciden con los de España...

Pero dejemos atrás las polémicas. Lo relevante es que el Museo de San Isidro está muy bien montado. Se inauguró en el año 2000, en un edificio de nueva construcción, que se emplaza en el sitio donde antaño se encontraba la casa en la que se dice que vivió San Isidro Labrador. Después, en el lugar hubo un palacio, del que se conserva la capilla y el patio renacentista. 


También se ha respetado el emplazamiento del Pozo del Milagro de San Isidro, en el que San Isidro parece que salvó de morir ahogado a su hijo, que se había caído en él, haciendo que el agua subiera hasta el brocal de manera milagrosa.


Por lo que respecta a la exposición permanente del Museo de San Isidro, la misma se organiza en tres ámbitos. El primero es Antes de Madrid, que está centrado en la prehistoria, así como en la presencia romana y visigoda en la zona. Por su parte, Mayrit: Madrid se ha dedicado a mostrar la historia de la ciudad desde su fundación, en época musulmana, hasta que fue convertida en sede de la Corte por Felipe II. Por último, San Isidro gira entorno al patrón de Madrid y a su mujer, Santa María de la Cabeza

Mi objetivo con esta visita era, precisamente, conocer bien qué había en el Museo de San Isidro y cómo estaba organizado, pero, aparte, me fijé en varias cosas concretas, como siempre hago en los museos. En este caso, las mismas complementaron a las que guardé en mi retina en 2023, que, además del famoso Pozo del Milagro de San Isidro (que se encuentra en San Isidro), fueron Colmillo de Mamut Mosaico de las Cuatro Estaciones (ambos ubicados en Antes de Madrid). En el mosaico me volví a detener el otro día, porque es uno de los elementos más llamativos que se exponen en la muestra.


Esta vez, además, en Antes de Madrid me llamaron la atención Cráneo de Uro y Cráneo de Elefante Antiguo, porque ambos pertenecen a animales que están extinguidos.


Los uros son los ancestros salvajes de las vacas y de los toros. Yo, hasta hace muy poco creía que se habían extinguido en la prehistoria, pero resulta que no es así. El del Museo de San Isidro vivió en el Pleistoceno Medio, es decir, que en ese caso el cráneo sí tiene 127.000 años como mínimo, pero, por lo visto, hubo uros en la Península Ibérica hasta la Edad Media, y el último conocido en el mundo murió en Polonia en 1627. En cambio, el elefante antiguo sí desapareció de la faz de la tierra cuando el ser humano aún iba en taparrabos, allá por el Paleolítico Superior. No obstante, el del museo es coetáneo al de uro, por lo que es bastante más antiguo.

De Antes de Madrid, otro par de elementos llamativos que vi fueron Brazalete de Oro y Monedas Romanas. El abalorio es de la Edad del Bronce, mientras que el dinero se acuñó en época romana.


La parte denominada Mayrit: Madrid tiene menos fondos en el museo, pero Peón de Ajedrez me pareció un vestigio digno de ser resaltado. Se encontró en las excavaciones realizadas en la Calle Cuesta de la Vega de Madrid, que es donde se conserva el tramo más importante de la muralla árabe de la capital.


Como he dicho, el Museo de San Isidro está muy bien montado. Sus fondos no te dejan con la boca abierta, pero se encuentran tan bien presentados, que el recorrido por las salas resulta lúdico y didáctico a la vez. No obstante, en este caso no fue la exposición permanente del museo la que me llamó más la atención, sino la temporal...

La azarosa vida del Templo de Debod

No soy muy aficionado a las exposiciones temporales de los museos. No es la primera vez que lo comento. Normalmente, con ver una parte de la colección permanente de los mismos ya agota uno el tiempo del que dispone, y también las energías. Por esa razón, no me gusta dejar de lado los objetos estables de las muestras, para prestarle atención a algo que uno se encuentra allí por casualidad. Sin embargo, el otro día, en el Museo de San Isidro me topé con una inesperada sorpresa, a la que sí que le dediqué un buen rato.


En efecto, en la primera planta del museo había una exposición, titulada Debod 1954-1964, en la que se mostraba parte de la abundante documentación gráfica que se realizó sobre el Templo de Debod antes y durante su proceso de desmontaje, así como en el transcurso de su traslado inicial a la isla de Elefantina.


Junto a las fotografías, en la exposición se podían leer un montón de explicaciones acerca del templo y de los avatares que sufrió, con motivo de la construcción de la Presa Baja de Asuán y de la Presa Alta de Asuán. Como es lógico, tener la posibilidad de empaparme de toda esa información, un rato antes de ir a ver el propio monumento, me vino de maravilla.

El Templo de Debod, para dejarlo claro, es un edificio que se alzaba al borde del Río Nilo desde el siglo II a. C. A pesar de la creencia popular, el mismo no lo construyó un faraón egipcio, sino un soberano del Reino de Kush. Este estado se encontraba en Nubia, al sur de Egipto. Por lo visto, ese monarca, que se llamaba Adijalamani, aprovechando una revuelta y un largo periodo de conflictos internos que hubo en Egipto, se adueñó de la parte meridional del reino, y allí fue donde levantó el templo. Años después, los siguientes faraones echaron a lo kushitas y recuperaron el control de la zona, pero, lejos de destruir el santuario, lo ampliaron. En el 30 antes de Cristo, cuando Egipto se convirtió en una provincia del Imperio Romano, el Templo de Debod seguía en su sitio, pero tampoco entonces sufrió daños. De hecho, tiene decoraciones que datan de la época de Augusto y de Tiberio. El momento del abandono de la edificación llegó mucho más adelante. En 1960 estaba en ruinas.


El caso es que, en 1902, se inauguró la antes mencionada Presa Baja de Asuán, que se proyectó y se levantó en el transcurso de la primera etapa de la ocupación de Egipto por parte del Reino Unido. El objetivo de esa obra fue regular el caudal originado por la excesiva y brusca crecida anual del Nilo. Sin embargo, los británicos no lo hicieron bien, y pronto se comprobó que la altura de la presa era insuficiente. De todas formas, esta ya tuvo consecuencias para el Templo de Debod, que empezó a ver como el agua penetraba entre sus muros con las subidas del río. Posteriormente, la altura del dique se elevó dos veces, en 1907 y en 1912, con la cosa de que, tras la segunda ampliación, el templo pasó a quedar sumergido por completo durante 10 meses al año. En semejante situación estuvo hasta 1961.

Unos años antes de esa última fecha, en 1953, el nuevo gobierno egipcio, que acababa de derrocar a los dirigentes pro británicos y había tomado las riendas del país, decidió que iba a cortar por lo sano con los problemas que seguía dando el Nilo, pese a la existencia de la Presa Baja de Asuán, y que iba a levantar otra presa, unos 6 o 7 kilómetros al sur de la primigenia. Las obras de la Presa Alta de Asuán empezaron en 1960. En ese momento, fue cuando se determinó que había que trasladar el Templo de Debod, dado que iba a desaparecer del todo y para siempre con la erección del definitivo dique.

Por tanto, el salvamento del Templo de Debod se programó para el verano de 1961. Su desmontaje se realizó en un tiempo récord, entre otras cosas porque la Presa Baja de Asuán seguía en funcionamiento y el santuario apenas si estaba un par de meses fuera del río. El caso es que, tras convertirlo en 1.350 sillares independientes, los bloques se transportaron en barco aguas abajo, y se dejaron depositados en Elefantina, junto al Templo de Taffa y al de Dendur. Esto es importante, porque la construcción de la Presa Alta de Asuán no solo afectó al Templo de Debod. En realidad, cuando esta empezó a funcionar y surgió de la nada el Lago Nasser, que anegó 5.250 km², es decir, que inundó una superficie equivalente a la de Cantabria, eso afectó a 22 templos y complejos arquitectónicos, además de a un buen número de poblaciones. 


De hecho, Debod era un poblado (en el mapa está arriba, en la margen izquierda del río), el cual desapareció de manera un tanto abrupta. La cosa es que, en octubre de 1963, la población de Debod y de sus alrededores fue invitada a irse a otro asentamiento de nueva construcción, ubicado a 5 kilómetros del Nilo. Por lo visto, el traslado de las personas se hizo de un modo más negligente que el de los templos, y hubo centenares de ellas que fueron movilizadas y recolocadas de una forma un poco deficiente. De todo eso también me enteré en la exposición.

Pero volviendo a los templos, 22 de ellos se desmontaron piedra a piedra y se reconstruyeron en lugares más seguros, como decía. La mayoría siguen en Egipto, pero hubo 4 que se convirtieron en regalos de agradecimiento por la ayuda prestada en la campaña de salvamento, y pasaron a ser patrimonio de otros tantos países. Fueron el Templo de Dendur, que se conserva en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York (EEUU), el Templo de Ellesiya, que se montó en el Museo Egizio de Turín (Italia), el Templo de Taffa, que se expone en el Rijksmuseum Van Oudehen de Leiden (Países Bajos) y el Templo de Debod, que es el único que se reedificó al aire libre. Está dentro del Parque de la Montaña, en Madrid.


El tema de la ubicación del templo en un parque no es un problema de menor importancia. De hecho, desde su apertura al público, en 1972, la conservación del Templo de Debod ha estado rodeada de polémica, ya que este se ha usado como marco de los espectáculos más variados y ha sido pasto del vandalismo salvaje.


Además, la contaminación y el clima de Madrid también le han dado bastante caña a las piedras. Sin embargo, las protestas de los expertos y de la UNESCO no han variado la postura del Ayuntamiento de Madrid, que es el ente que ostenta la tutela del monumento, y que nunca ha tomado medidas de envergadura para acabar con su degradación. En cambio, lo que sí se hizo, cuando se montó, fue poner una cristalera en la columnata exterior del templo, fijada con silicona. Gracias a ella, se ha creado dentro un habitáculo más confortable, pero a la vez se ha alterado el aspecto primitivo de la construcción. 


Gracias a la cristalera, el Templo de Debod se ha musealizado por dentro. No obstante, a mí la verdad es que me sorprendió lo desprotegido que está. Yo entendí que lo de tenerlo a la intemperie era normal, porque no deja de ser un edificio, pero ahora me he enterado de que los otros tres templos primos hermanos del de Debod se conservan bajo techo, y eso me parece lo más lógico, porque en el Parque de la Montaña la exposición al clima, a la contaminación y a la gente es máxima. En la actualidad, dado que el estanque de agua que lo rodea se encuentra vacío, yo vi incluso como un empanado se saltaba el murete que bordea el perímetro del santuario, y se iba hacia él por toda la cara, sin pasar por la puerta de acceso al recinto. El guardia de seguridad que vigila el mismo sacó un pito, le gritó y le silbó, le puso la cara colorada, y el tío se saltó de nuevo el pretil hacia fuera y se marchó, pero el hecho de que el segurata llevara un silbato colgado del cuello, me hace pensar que no es raro que la peña invada el espacio por donde no es.


De todas formas, hay que reconocer que el templo luce precioso en el Parque de la Montaña. Además, parece que ahora está bien defendido. De hecho, a pesar de sus reducidas dimensiones, su interior se encuentra bien dotado de cuidadores, que no te quitan ojo de encima. Por último, entiendo que hablar degradación es muy relativo, teniendo en cuenta que era un edificio en ruinas, que se pegó cinco décadas sumergido en el Nilo durante 10 meses al año, sin que nadie hiciera gran cosa. Aparte, en Elefantina los 1.350 bloques resultantes del despiece estuvieron otros 9 años almacenados a la intemperie, hasta el punto de que algunos perdieron las marcas que identificaban su posición. Fue en 1970, cuando el gobierno egipcio concretó el regalo a España y los sillares se llevaron a Madrid. En la capital, un equipo de arqueólogos se devanó los sesos para lograr montar un rompecabezas, que presentaba la dificultad añadida de que se habían perdido y se habían roto piedras en el traslado.

El caso es que es un lujo tener el Templo de Debod en Madrid, pero está claro que debe ponerse en un lugar bajo techo tarde o temprano. En principio, no parece tan difícil, porque el edificio del conjunto cuenta con una superficie de apenas 180 m² (una cancha de baloncesto en España mide 420 m², por ofrecer una referencia).


Luego, si le incluimos al conjunto los dos pilonos o portadas de piedra, el estanque y la plataforma sobre la que  se alza el templo, la superficie de todo alcanza unos 1000 m², por lo que es verdad que no cabe en cualquier sitio, pero no parece lógico que se eche a perder, y el granito de Nubia no se encuentra preparado para resistir a una eternidad de polución y de cambios de temperatura. Por tanto, en mi opinión, el Templo de Debod, como diría Indiana Jones, "debería estar en un museo".

El Templo de Debod por dentro

El Templo de Debod está dividido en una serie de estancias, que se pueden ir visitando con toda la calma que uno quiera. En un artículo de la egiptóloga Cristina Carracedo, que se lee en la pagina web Amigos del Antiguo Egipto, he encontrado esta magnífica imagen de la planta del templo.


En el edificio del santuario, lo primero que uno se encuentra al entrar es el vestíbulo o Pronaos, que cuenta con un programa decorativo que fue realizado en tiempos de Augusto y de Tiberio, entre el 22 a. C. y el 14 d. C. En ese vestíbulo está el mostrador de recepción, dado que, como he dicho, el Templo de Debod se ha montado como un pequeño museo en sí mismo.


El vestíbulo tiene su interés, pero yo me fui directo hacia adelante cuando entré en el Templo, y penetré enseguida en la Capilla de Adijalamani, que es la parte más antigua del mismo. Se trata de una estancia que está bien conservada, salvo su policromía, que, tras haber resistido durante 21 siglos, se echó a perder del todo en los 50 años en los que el santuario se inundó por sistema.


A continuación de la Capilla de Adijalamani, accedí a la Antesala del Naos, y, desde allí, le eché un vistazo a la Sala del Naos. El Naos era la capilla central del templo, es decir, el lugar más sagrado, donde se realizaba el ritual diario de culto a la divinidad, pero en él se conservaba, a su vez, el naos físico, que era una estructura, tallada en una sola piedra, que servía de sagrario de la figura divina. 


En el Templo de Debod, la Sala del Naos se erigió en época tolemaica, cuando los egipcios ya habían recuperado la región en la que se encuentra el santuario. En esa estancia sagrada se conserva el Naos de Amón, que está hecho de sienita. Se trata del sagrario monolítico, en el que se guardaba la desaparecida estatua de culto del dios Amón.

Por mi parte, después de ver la Sala del Naos me asomé a las capillas laterales, que están ubicadas a sus dos lados. Ambas se muestran vacías.


Tras llegar al final del templo, desanduve mis pasos y volví al vestíbulo, para asomarme al llamado Mammisi. Los mammisi eran unas salas que había en algunos santuarios, en las que se celebraban, en concreto, los ritos de gestación y de nacimiento de un dios. 


Sin embargo, no está muy claro que la capilla del Templo de Debod que recibe el nombre de mammisi realmente lo sea. En todo caso, es un añadido, que se hizo en época romana, en la primera mitad del siglo I, y que rompe la simetría del edificio, como se puede ver en el plano que puse antes. En su interior, se guardan los restos de un tercer portal exterior que tenía el templo, cuando se ubicaba en Egipto. En Madrid, solo se han colocado dos.

Una cosa que yo no sabía es que el Templo de Debod tiene dos plantas. A la segunda, se sube por una estrecha es escalera, que comienza en el vestíbulo. 


En origen, en la segunda planta había un sector techado, pero la mayoría era una terraza. En ella, se hacían rituales solares. Sin embargo, en el Parque de la Montaña se decidió cerrar la azotea por completo con un tejadillo. La razón fue triple. En primer lugar, de ese modo se selló el edificio y se protegió por arriba de las inclemencias del tiempo madrileño, que no se parece en nada al de Nubia. En segundo, los arqueólogos que montaron el templo en Madrid, se encontraron, en su día, conque algunas piedras de la cubierta se habían perdido o estaban muy deterioradas, por lo que se dictaminó que no era una mala idea sustituirlas por un armazón de madera. Por último, al hacerlo y extender esa estructura se pudo crear un pequeño museo en la estancia resultante, que sirve un poco de complemento a la visita.


Aparte de todo, en el Templo de Debod hay otra capilla, que parece que servía de lugar de purificación de los sacerdotes, así como un par de criptas que yo no vi. Por ultimo, también es menester fijarse en los relieves que se han salvado del paso de los años. Se tallaron a comienzos del siglo II a. C.


Yo recomiendo a todo el mundo que vaya a ver el Templo de Debod. Por lo que a mí respecta, por fin he saldado esa cuenta pendiente. No obstante, dentro de unos años el santuario estará en un museo, espero, y me gustará volver a verlo allí.

Madrid y su variada oferta gastronómica

Acabo ya con un rápido repaso a los momentazos culinarios que nos pegamos en Madrid esta vez. Hubo de todo. Para empezar, antes de ir a grabar La Revuelta almorzamos en el Steakburger de la Calle Fuencarral


Steakburger es la típica franquicia de hamburguesas gourmet, en la que todo parece estar un poco hecho en serie, pero en donde se come buena carne en un ambiente muy agradable. Yo pedí Pollo Ranchero, y también tomamos nachos con guacamole.

Para cenar, cambiamos totalmente de tercio y nos metimos en el primer bareto que vimos abierto en el Barrio de las Letras. El bar restaurante se llamaba A'Cañada, y estaba en la Calle Fúcar.


Por el nombre, A'Cañada parece un restaurante gallego, pero no lo es. Sí es, en cambio, un bar de barrio, que resiste en una de las zonas más turísticas de Madrid. A mí, solo por eso ya me llamó la atención. Luego, resultó que cenamos barato y a gusto. Yo me tomé un montadito de jamón con tomate y dos tercios de Mahou, y compartí con María una ensalada mixta. Fue un menú de andar por casa, pero lo que comimos estaba rico y el servicio cumplió, así que salí contento.

Después, sin abandonar la Calle Fúcar, nos metimos de lleno en un ambiente mucho más cool, ya que nos topamos con la Cervecería La Maripepa y entramos para tomarnos una birra especial. 


La Cervecería La Maripepa es uno de esos bares decorados en plan retro que tanto me gustan, en los que hay cervezas de muchos tipos, cuyo ambiente está trufado de referencias musicales, y que tienen un atractivo aire de pub british.

Al día siguiente, antes de almorzar, le dimos otra vuelta a la tuerca y nos tomamos una cerveza en Bodegas Alfaro. Este es un bar de Lavapiés que lleva en la esquina de la Calle Olmo y de la Calle Ave María desde 1929. 


Parece ser que, hace un siglo, en la época en la que Lavapiés era el meollo de los bajos fondos madrileños, en Bodegas Alfaro se juntaban los gitanos y la liaban a su manera. Por eso, en el contexto del Madrid más galdosiano, popular y castizo, esa taberna se convirtió en uno de los epicentros del flamenco en la ciudad. Ya en 1997, cuando Lavapiés había rebajado su perfil underground, el negocio estuvo a punto de cerrar, pero un antiguo cliente se hizo cargo de él y lo salvó. Hoy en día, él y sus hijos son los que siguen al frente del bar. 

El caso es que llegamos a la puerta de Bodegas Alfaro casi a las 13'15, un poco por casualidad, porque habíamos quedado para comer al lado y queríamos hacer tiempo tomando algo. A esa hora, el camarero estaba abriendo aún el negocio con una parsimonia bastante acusada. Un ratito después, una vez que dio por bajada la bandera, ya nos pudimos tomar una caña. 

Parece ser que Bodegas Alfaro sigue manteniendo un poco del aire flamenco que siempre tuvo, pero nosotros no vimos jaleo. A la hora del aperitivo, el ambiente en el local era tranquilo. Por nuestra parte, tras el ratillo allí nos pasamos al local contiguo, donde íbamos a almorzar con Ruth. Con ella, he estado en restaurantes madrileños de lo más variopinto, pero nunca me había llevado a uno de comida china. 


Yo, hasta la fecha, solo había ido a restaurantes chinos en los que la comida te destruye por dentro, y a restaurantes chinos algo mejores, en los que no llegas a temer por tu vida, pero que están cortados por el mismo patrón que los malos. El chino al que fuimos con Ruth, además de estar en un emplazamiento muy peculiar, resulta que se encuentra en una tercera categoría, que es la de los restaurantes chinos de calidad.

El caso es que comer en un chino elegido al tun tun es como jugar a la ruleta rusa. Yo, en Sevilla conozco un par o tres que no están mal, pero nunca iría a uno random en Madrid. Sin embargo, de Ruth me fio. Además, al entrar en El Rincón de Pangpang me quedé tranquilo, porque me encontré con un local austero, que cuenta con una decoración sencilla. Por el aspecto, la mayoría de los restaurantes chinos parecen parques temáticos, y eso ya me hace sospechar de ellos. El Rincón de Pangpang, en cambio, no es así. Está claro que tiene sus detalles de corte asiático en las paredes, que menos, pero el aspecto general es el normal de cualquier negocio de restauración de España. A mí, me inspira confianza el hecho de que no tengan la necesidad de distraerte y de hacerte creer que aquello es muy auténtico, a base de llenarlo todo de dragones dorados, de sillas forradas de pseudo seda, de ventanas con celosías, de biombos con geishas, de farolillos y de cortinas con borlones. 

En El Rincón de Pangpang la primera impresión fue positiva, por tanto, pero luego también comprobé que lo que nos pusieron dio la talla. Realmente, los platos eran similares a los que estamos acostumbrados a comer en los restaurantes chinos, pero pedimos a la carta, pagamos un precio lógico, y constatamos que lo que nos sirvieron no era comida de derrumbe en versión oriental. Por la tarde, la digestión confirmó que la calidad de lo que habíamos almorzado era más que decente.

Después de comer, nos fuimos con Ruth a tomar café. La lista de cafeterías de primer nivel que he visitado con ella es amplia, y no para de crecer. En este caso, estuvimos en Nomade Café


Para desayunar, María y yo nos habíamos metido en el Restaurante Cafetería Pando, que está enfrente de la Estación de Atocha y del hotel donde dormimos. El café y las tostadas que me pusieron cumplieron con creces con mis necesidades, pero Pando sería un Dacia y Nomade Café sería un BMW, si trazásemos un símil automovilístico para marcar el contraste entre las dos cafeterías en las que estuvimos en el mismo día.

Durmiendo en un mítico hotel

Y hablando, ya para acabar, del hotel en el que nos alojamos, lo primero que quiero decir es que llevo toda la viendo el impresionante edificio del Hotel Mediodía cuando llego a Madrid en tren, pero jamás había tenido la oportunidad de dormir en él. 


El Hotel Mediodía es historia viva de la capital, porque abrió sus puertas en 1914. Yo no tenía previsto dormir en él, pero no quería ir a un apartamento turístico en Madrid, por lo que decidí volver a caer en las garras del lobby hotelero, me metí en Booking por primera vez en mucho tiempo, y he comprobado, para mi sorpresa, que la dura competencia de Airbnb y de ese tipo de plataformas, ha bajado de la nube especuladora a los dueños de los hoteles. 

Lo cierto es que lo de los alquileres vacacionales se ha ido un poco de las manos, hasta el punto de que, ahora, los que están pervirtiendo un sistema que empezó brindando opciones de movilidad a los parias son los que poseen apartamentos, sin que los gobernantes se atrevan a ponerle coto al descontrol. Sin embargo, al principio esto no era así, de manera que los ciudadanos que tenían alojamientos libres y los ofrecían a los viajeros, por un precio razonable, eran los buenos, y los malos eran los dueños de los hoteles, que querían manejar a su antojo el cortijo turístico y hacían que pernoctar en cualquier lugar distinto a tu casa fuera un lujo. En la actualidad, parece que la tortilla se ha dado la vuelta, y los establecimientos hoteleros han comenzado a esforzarse por atraer clientes, al mismo ritmo al que se derrumba la honorabilidad de los alquileres vacacionales.

El caso es que yo necesitaba dormir una noche en un sitio céntrico de Madrid y creí que iba a tener problemas, pero, para mi sorpresa, pude reservar una habitación doble en el Hotel Mediodía por 88 euros. En vista de ese precio y del aspecto decimonónico del establecimiento, y habida cuenta de que este en la actualidad solo tiene 2 estrellas, me vi durmiendo en una anticuada habitación, en el mejor de los casos, pero luego me encontré alojado en una moderna y reformada estancia, que colmó todas mis expectativas.

En definitiva, volví a pasar un par de días mágicos en Madrid. La capital nunca me decepciona, y su oferta lúdico festiva parece infinita. Espero no tardar mucho en regresar.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Comunidad de Madrid: 7'7% (hoy día 34'6%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'4% (hoy día 36'8%).

Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado MADRID.
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya estaban visitadas: 2'7% (hoy día 48'6%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Principales Ciudades del Mundo que ya estaban visitadas: 1% (hoy día 20%).


31 de enero de 2026

REINO UNIDO 2026

Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte es un Estado de Europa que está compuesto por los tres países que se reparten la isla de Gran Bretaña, que son Inglaterra, Escocia y Gales, así como por el que ocupa el norte de la isla de Irlanda, que se denomina Irlanda del Norte. En 2016, cuando visité este último, ya comencé el post correspondiente diciendo justo esto. Ahora, voy a ir un poco más allá, porque voy a explicar como se organizan todos los territorios incluidos bajo el paraguas de la Corona británica, empezando por los enumerados, y terminando por el que va a ser objeto del presente relato, que es Gibraltar


Para entender como está montado el sistema político de los territorios que antaño formaron parte del Imperio Británico y que han seguido reconociendo al rey del Reino Unido como su jefe de Estado, hay que saber, lo primero, que a la cabeza de todos se halla una institución concreta, que es la mencionada Corona británica. 


Lo cierto es que el monarca británico es el jefe de Estado de 15 naciones soberanas. A efectos prácticos, este asunto es poco relevante, porque en todas ellas el rey no ejerce sus teóricos poderes, pero, sobre el papel, en la actualidad Carlos III es la máxima autoridad del Reino Unido, y también de otros 14 países, entre los que se incluyen Canadá, Australia, Nueva Zelanda o Jamaica. En ocasiones, se nos olvida que estos Estados son monarquías, que cuentan con un gobernador, o con una gobernadora, que representa a la Corona británica, pero es así. 

Lo comentado hasta aquí ya es un poco complicado, pero el tema se lía más cuando decimos que hay tres islas que son independientes desde el punto de vista político, pero que no son soberanas, sino que acatan la autoridad del Reino Unido en determinados aspectos. Son la Isla de Man, la Bailía de Jersey y la Bailía de Guernsey. La diferencia entre todos los territorios mencionados que están bajo el paraguas de la Corona británica, es que Australia, Canadá, Bahamas, Papúa Nueva Guinea o Nueva Zelanda realmente no se someten para nada al Reino Unido, mientras que la Isla de Man y las dos bailías sí le han transferido algunas competencias, entre ellas la defensa y las relaciones internacionales, aunque tampoco integren el Reino Unido (tienen un estatus especial que las convierte en Dependencias de la Corona).

Para embarullar aún más el asunto, hay que terminar hablando de los 14 lugares que sí forman parte del territorio soberano del Reino Unido, pero que mantienen variados regímenes de autogobierno, lo cual les confiere una cierta independencia real en numerosos aspectos. Uno de esos 14 territorios es Gibraltar, que ya no está considerado oficialmente como una colonia, sino como un territorio británico de ultramar. 

En España, el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación indica de una manera meridianamente clara en su web, que Gibraltar es una colonia, y que eso choca con la Resolución 1514 (XV) de 1960 de la ONU, la cual se subtitula Declaración sobre la Concesión de la Independencia a los Países y Pueblos Coloniales. De igual modo, en la página oficial del presidente del Gobierno y el Consejo de Ministros, que se denomina La Moncloa, se afirma de forma expresa, y en inglés, que "Gibraltar is not an integral part of the United Kingdom. It is a British colony in Spanish Country". Queda patente que no hay medias tintas en el conflicto entre Reino Unido y España por Gibraltar

Gibraltar español...

Venga. No quiero entrar en polémicas, ni pretendo herir susceptibilidades. Gibraltar es un territorio perteneciente al Reino Unido, y lo va a ser siempre. No importa en qué circunstancias se lo arrebataron a España. Para bien o para mal, el tiempo provoca que los cambios eventuales terminen siendo definitivos, si no se regresa pronto a la situación primitiva. En Gibraltar, hace mucho que se cruzó la línea de no retorno. Allí residen 29.000 personas que son gibraltareñas y británicas, no españolas. Ya no sería legítimo querer arrancarles las raíces, en virtud de un derecho que se convirtió en papel mojado cuando aún no habían ni nacido. A un llanito de 2026 le da igual lo que sucedió en 1704. Eso hay que entenderlo.

Sin embargo, esa realidad no significa que Gibraltar no acabara en poder de los ingleses por toda la cara. Es un hecho que se pusieron en plan matón, allá por los albores del siglo XVIII, cuando eran más fuertes y la impunidad internacional era mayor que la actual, si cabe, y se salieron con la suya. Aparte, según el Tratado de Utrech, que legalizó la invasión, pasaron a ser una propiedad de la Corona Británica "la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas", por lo que, encima, el Reino Unido se ha apropiado de un buen puñado extra de metros cuadrados en las últimas décadas. Vale que la población ha crecido, pero eso tampoco debería ser excusa para que se hayan convertido en territorios gibraltareños los terrenos que ocupan el istmo, así como para que Gibraltar le haya ganado 100 hectáreas a un pedazo de mar que era de España.


Lo cierto es que estas cuestiones tampoco me quitan el sueño. Gibraltar es territorio británico, hoy por hoy, y no es conveniente tener la piel demasiado fina con temas como dónde se pone una frontera. Yo tenía ganas de volver a Gibraltar, y eso es lo que he hecho. Sin embargo, no hay que echar tierra sobre las cosas. La historia nunca debe ser olvidada.

Una miradita al pasado

Resulta que el rey español Carlos II, al que apodaban El Hechizado, murió en 1700 sin descendencia. Cuando eso ocurrió, España se quedó convertida en una colosal nación que no tenía quien la gobernase. En vista de esa circunstancia, las grandes potencias de la época vieron la oportunidad de poner a un monarca en el trono de España que fuera afín a ellas, e igualmente aprovecharon el vacío de poder para repartirse un puñado de territorios del país, sin ningún tipo de miramiento. 

En principio, el racionamiento de la tarta fue equitativo y todos se quedaron contentos, pero Francia rompió la baraja antes de la conclusión del proceso y se desataron las hostilidades. En efecto, Luis XIV se movió con habilidad para colocar en el trono de España a su nieto, Felipe de Anjou, amparado en que era sobrino nieto de Carlos II, pero esa jugada fue en contra de los intereses de Países Bajos (que no incluían la parte que aún era de España), de Inglaterra y del Sacro Imperio Romano Germánico (que abarcaba lo que hoy son Alemania y Austria, más o menos). Por ello, estos tres países se aliaron y postularon a Carlos de Habsburgo como candidato. Este era primo segundo del último monarca español, por lo que también valía para el puesto. 

El caso es que los Estados europeos se enzarzaron en una guerra, que duró 12 años. La razón de la disputa era que habían troceado parte de España y no se ponían de acuerdo en el reparto de los pedazos, dicho de una manera llana. Al final, en teoría la contienda la ganó Francia, que logró que Felipe V permaneciera en el trono, pero lo cierto es que la verdadera vencedora fue Inglaterra, que se apropió de Gibraltar y de Menorca, a la vez que ponía los cimientos del fabuloso imperio que estaba a punto de empezar a crear, gracias a los privilegios comerciales que consiguió en la América española. También Países Bajos y el Sacro Imperio cerraron el capítulo con concesiones territoriales. Es innegable que la nación realmente derrotada fue España, que solo había sido un convidado de piedra, y que no sacó nada positivo del litigio. Más bien al revés.

La clave del tema es que, en el contexto de la Guerra de Sucesión, en 1704 Gibraltar, que era una población tan española como Cuenca o como Almendralejo, fue tomada al asalto por las tropas angloholandesas. En principio, la presencia extranjera en el Peñón se debió a motivos estratégicos ligados a la contienda, pero, en 1713, cuando se firmó el Tratado de Utrech que puso fin a la guerra, Inglaterra decidió que se quedaba la ciudad. Sin más. A Francia, que era la teórica aliada de España, dado que había logrado mantener en el trono a su candidato a rey, como es lógico el asunto le dio igual. Regalar lo que no es tuyo no es algo que sea muy difícil. España, por su parte, con un monarca francés al mando y con una economía desecha, no tuvo capacidad para decir ni mu. De hecho, también perdió para siempre Cerdeña, Sicilia, sus posesiones en la Península Itálica y los territorios de Países Bajos que aún conservaba.

A lo largo del siglo XVIII, España intentó tres veces recuperar Gibraltar por las bravas. No tuvo éxito, y el tren de volver a reintegrar esos 6'8 km² dentro de nuestras fronteras pasó. Desde entonces, Gibraltar es como un grano en el culo para España. Sin embargo, como he dicho antes, en esa porción de tierra ya no queda más remedio que respetar la voluntad de sus habitantes, y no creo que haya ni un solo llanito que ansíe ser español. 


British Gibraltar...

Hace unos meses, leí que España y Reino Unido habían firmado un tratado político, mediante el cual redefinían su relación. El brexit ha tenido mucho que ver en el nuevo giro de tuerca. Es un hecho que los gibraltareños querían continuar formando parte de la UE, ya que, aunque se sienten británicos, en gran medida dependen económicamente de España. Las trabas a la libre circulación de personas y de mercancías no les benefician nada. Por esa razón, con una participación en el referéndum del 83'5%, un 95'9% de los votantes de Gibraltar dijeron que sí a seguir en la Unión Europea. El resultado fue aplastante, pero ganaron por un pelo los euroescépticos en el global de la votación del Reino Unido, así que esta nación va por libre en Europa desde 2020. Desde entonces, España podría estar paladeado su venganza, pero ha optado por no putear a los llanitos y por mirar por los intereses de los 15.000 españoles que atraviesan la frontera cada día para ir a trabajar a Gibraltar. La prueba es que, lejos de aislar a la colonia levantando más la célebre verja, el Gobierno ha firmado un acuerdo, que implica que la misma va a desaparecer del todo. En teoría, eso iba a suceder en enero, pero es evidente que no la han quitado todavía, ni tiene pinta de que vayan a hacerlo pronto.


En efecto, nosotros entramos en Gibraltar con el coche, y tuvimos que pasar una aduana con todas la de la ley. En ella, tras esperar durante un buen rato en una cola, que avanzó de forma lenta, un guardia civil español nos dio el alto, nos pidió la documentación y la revisó con cuidado. Unos metros más adelante, un policía británico hizo lo mismo. Lo cierto es que la verja, ni ha desaparecido, ni da la sensación de que la vayan a quitar dentro de poco, porque el celo con el que se estaban empleando las autoridades fronterizas fue notorio.

De todas maneras, no saben, ni los guardias civiles ni los bobbies, la ilusión que me hizo que nos pidieran y nos chequearan los documentos. Yo aspiraba a vivir la experiencia de atravesar la aduana, porque mi reacción al enterarme de que, en teoría, en unos años se podrá pasar de La Línea de la Concepción a Gibraltar solo cruzando una calle por un semáforo, fue de cierta curiosidad. Me alegro de que se limen asperezas, cuantas menos verjas haya en las fronteras mejor para la humanidad, pero, en el caso de Gibraltar, antes de que se avance y se produzca el cambio, yo deseaba ver con mis ojos ese arcaico vestigio. Por eso, aunque estuve en Gibraltar con 15 años, y en aquella ocasión entré y salí de allí andando, tenía un recuerdo vago del paso fronterizo, por lo que me apetecía volver para refrescar mi memoria. Ahora que lo he hecho, ya sí, por favor, eliminen esa cicatriz de metal de la faz de la tierra.

Un territorio de contrastes

Gibraltar está dividida en dos partes contiguas, que se diferencian con claridad. Una es urbana y la otra es una reserva natural. El contraste entre ambas es total, con la cosa de que se encuentran tan pegadas, que es posible pasar andando, en cuestión de minutos, de la ciudad a la montaña. 


En efecto, gran parte de la superficie del Peñón de Gibraltar se ha mantenido en un estado casi virgen, y está incluida dentro de los límites de la Reserva Natural del Peñón de Gibraltar. Sin embargo, en las estribaciones de ese macizo rocoso ya empieza el casco urbano gibraltareño, que continúa por el resto de la Península de Gibraltar y por el istmo que la une con la Península Ibérica


El tema es que, cuando se está en la Reserva, la ciudad ni se intuye. De igual modo, al pasear por las calles del casco urbano gibraltareño, es fácil olvidar que el 40% del territorio de la colonia se halla conformado por un espacio natural protegido.


En realidad, en Gibraltar se pueden llevar a cabo dos planes antagónicos. En uno, el objetivo es pasear por un paraíso fiscal, que cuenta con unos 38.000 habitantes, sumando los gibraltareños, los demás británicos y los extranjeros, y que tiene una de las densidades de población más altas del planeta. En sus calles, cuesta no pensar que aquello es como una especie de parque temático del mundo british


El otro plan, en cambio, implica visitar una zona natural protegida, en la que apenas vive nadie, llena de lugares que son historicos, pero que han quedado eclipsados por el lado un tanto pirata de la colonia. 

De la historia ya he hablado, y no pretendo ocultar que ese trozo de tierra outsider entre África y Europa ha sido, desde siempre, un imán para el contrabando y para los negocios opacos, sin que las autoridades locales hayan hecho gran cosa por evitarlo. No obstante, a mí Gibraltar me sorprendió gratamente, por lo que, a partir de aquí, me voy a ceñir en mi relato a lo que yo vi, que fue casi todo positivo.

La parte urbana de Gibraltar

Como he dicho antes, en Gibraltar el número de habitantes por km² es tan elevado, que ocupa la quinta posición en el ranquin mundial de países y territorios dependientes ordenados por densidad de población. Sin embargo, ese dato es engañoso, porque la superficie de Gibraltar es muy reducida. De hecho, incluso si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría de los llanitos viven realmente en 4'6 km², hay una veintena de municipios en España que superan en densidad poblacional a la colonia, sin ir más lejos. Eso significa que uno no va a encontrarse allí con una especie de hormiguero. Es verdad que en el casco urbano gibraltareño abundan los edificios altos, que apenas hay espacios verdes y que la planificación brilla por su ausencia, pero sus calles yo las vi tranquilas, y en ellas el ambiente era amable.

Desde el punto de vista administrativo, la ciudad de Gibraltar se divide en siete distritos. Nosotros estuvimos en Westside, en Queensway Quay, en Upper Town y en Town Area.

Westside es el distrito financiero y económico de Gibraltar. Allí es donde se hacen los negocios al más alto nivel. Por eso, aunque aquello no es la City de Londres, ni recuerda a Lower Manhattan, es una zona en la que abundan los edificios modernos con muchos pisos. 


En ellos hay oficinas, y también apartamentos, ya que es el sitio donde tienden a vivir los profesionales que no quieren separarse de su lugar de trabajo. Yo, para dormir reservé un alojamiento a través de Airbnb que estaba en Westside, precisamente. La verdad es que no pude elegir mejor, porque acabamos en el piso 21 del edificio de la foto superior. Las vistas desde la terraza del estudio quitaban el hipo.


A mí me gusta cada vez menos lo de los alquileres vacacionales. Siempre los he defendido en este blog, y antaño me parecieron una buena alternativa a lo que ofrece el exclusivo lobby hotelero. Ahora, sin embargo, el sistema se ha pervertido. La falta de regulación por parte de las autoridades, así como las ansias especuladoras de los particulares y de los profesionales del sector inmobiliario, están provocando que colapse el mercado de la vivienda en España. Por esa razón, yo estoy siendo cuidadoso con los sitios que reservo para dormir. No quiero contribuir al problema. Pese a esto, en Gibraltar pasé olímpicamente de tener escrúpulos. Dificultarle las opciones de alojamiento a un yuppie que hace sus negocios en un paraíso fiscal, y que no se aleja ni un rato de su fuente de ingresos, no me causa demasiado reparo. Por eso, reservé un apartamento ubicado en pleno Westside. Luego, me encontré conque estaba en la última planta de uno de los tres pequeños rascacielos de un complejo llamado Eurocity. A las niñas les encantó el pisito y a mí también.


Más allá de eso, a pie de calle Westside es un barrio en el que los grandes bloques de pisos se han ido construyendo sin una aparente planificación, en una zona de terreno ganado al mar.


Otra zona de Gibraltar que vimos fue Queensway Quay. La misma no tiene nada que ver con Westside, ya que se trata de un área residencial que está conformada en el entorno de un puerto deportivo. A mí pareció una versión tranquila y menos ostentosa de Puerto Banús.


Queensway Quay, con su atmósfera lujosa y serena, es un magnífico lugar para dar un relajado paseo al atardecer.


Sin embargo, Upper Town y Town Area son los dos distritos de Gibraltar que merecen más la pena, por su originalidad y por su historia. El segundo es el eje comercial, político y cultural de la colonia. En él, brilla con luz propia Main Street.


Main Street está repleta de tiendas de todo tipo, en las cuales puede uno dejarse un riñón comprando productos de marca libres de impuestos. No obstante, yo anduve por ella el sábado al caer la tarde y el domingo por la mañana, por lo que vi cerrados los comercios. A pesar de eso, había gente por la calle, lo que parece indicar que debe llenarse a tope en horario comercial. En cualquier caso, a mí me gustó mucho.

Otro lugar relevante en Town Area es Casemates Square. Se podría decir que Main Street es la columna vertebral de Gibraltar, y que Casemates Square, que es una plaza que está en el extremo norte de esa gran arteria, es su corazón.


Casemates Square es amplia y está repleta de negocios de restauración de todo tipo, que hacen que sea un lugar muy animado. Por lo visto, allí se celebran eventos culturales, y también es el principal foco de la vida nocturna gibraltareña.

En todo caso, el centro político de Gibraltar no está en Casemates Square, sino en John Macintosh Square.


John Macintosh Square se ubica al final de Irish Town, que es una calle que discurre paralela a Main Street durante muchos metros, pero que es más corta. En esa plaza hay dos importantes edificios oficiales. El de la foto de arriba alberga el Parlamento de Gibraltar. El segundo, llamado City Hall, está justo en el extremo opuesto. En él vive el mayor de Gibraltar, que podría decirse que es el alcalde, pero que solo tiene funciones protocolarias y ceremoniales. Aparte, hay otros dos edificios públicos destacados en la colonia, que son la residencia del gobernador y la sede del Gobierno gibraltareño. Los dos se encuentran en la parte sur de Main Street, por lo que yo no los vi.

Es curioso, porque en Gibraltar el poder real lo ostenta el ministro principal, pero este no está tan claro donde tiene su domicilio. Como atracciones, solo se publicitan las residencias oficiales del gobernador y del mayor, que apenas pintan nada, políticamente hablando.

Por otro lado, como he dicho antes, el 40% del territorio de Gibraltar es un gran espacio verde, pero lo cierto es que en la parte del casco urbano apenas si se ven árboles. De hecho, yo solo vi un parque. Era el Commonwealth Park, que parece ejercer de frontera entre Town AreaQueensway Quay.


Tampoco Commonwealth Park es un prodigio de verdor, pero da para que los niños monten en bici y jueguen a la pelota, por lo que pude ver.

El último distrito de Gibraltar en el que estuve fue Upper Town, que también es conocido como Old Town. Se trata de la zona más antigua de la ciudad, ya que era la que se encontraba dentro de la muralla en el siglo XVIII. Desde entonces, el barrio se ve que ha cambiado un poco.


Nosotros subimos andando hasta la Reserva Natural, y luego bajamos también a pie, por lo que atravesamos Upper Town por dos partes distintas. Para ir para arriba, cruzamos una zona residencial bastante fea, llena de bloques de pisos que se han ido construyendo de manera desordenada.


No obstante, luego descendimos por otras calles que están más al sur, las cuales conservan el trazado y el aspecto aproximado que tenía la zona intramuros de Gibraltar cuando cayó del lado inglés. Esas callejuelas me recordaron a las del barrio portuario de Génova.

    
Luego, me he enterado de que, tras la conquista inglesa de Gibraltar, el grueso de la población española se marchó, y llegaron a la ciudad una importante cantidad de malteses y de genoveses. Por lo visto, a mediados del siglo XVIII estos últimos eran mayoría entre los civiles que residían en la colonia. Eso me confirma que no me inventé lo del aire ligur que se observa en la arquitectura de la parte más antigua del casco urbano gibraltareño.

La Reserva Natural

Hasta hace unos días, Gibraltar era para mí una larga calle llena de tiendas. Sabía que había monos en la colonia por algún lado, pero no tenía ni idea de que una porción enorme de la Península de Gibraltar es una zona natural protegida. Ahora, por fortuna soy un poquito menos ignorante, y ya conozco la realidad de lo que hay detrás de la verja. Para mí, la existencia de la Reserva Natural del Peñón de Gibraltar fue una grata sorpresa. Además, la misma tiene individualizados once ítems en su interior, que se pueden ver, en teoría, con una entrada conjunta, por lo que todo está muy bien montado.


Y digo "en teoría", porque la verdad es que no todos los ítems están abiertos. Esto, sin embargo, no supone una reducción en el precio de la entrada a la Reserva, que vale la friolera de 34'50 euros por persona. Nosotros los pagamos, claro. No habíamos ido hasta allí para volvernos sin haber visto nada, pero el sistema no me gustó, porque no te permite ahorrar un poco si no dispones de tanto tiempo y no vas a poder visitar el completo, ni les da a ellos la posibilidad de cerrar enclaves sin perjudicar al personal. No obstante, son sus atracciones y son sus reglas. Cada uno es libre de pasar o de no pasar por el aro, y nosotros elegimos rascarnos el bolsillo. 

De todas formas, sí es verdad que, aparte de los once lugares específicos, hay otros sitios que se pueden ver, y que añaden un interés extra al espacio protegido.

Una de las cosas que yo quería ver dentro de la Reserva era el Castillo Árabe, por lo que tomamos su torre como referencia y subimos por esa parte de la ciudad, hasta alcanzar el acceso de ese lado de la zona protegida. Por desgracia, la fortificación fue lo primero que nos encontramos cerrado. Antes, sin embargo, como compensación habíamos visto la musulmana Puerta de Granada. Esta es interesante, aunque lo menos llamativo de ella son los restos del medioevo.

El caso es que Gibraltar en época nazarí se extendía por la ladera occidental del peñón y por parte de la llanura de la Península de Gibraltar. La ciudad, en esos tiempos, estaba triplemente fortificada. Su punto más elevado lo ocupaba la alcazaba, que es lo que nosotros no pudimos ver, y que se correspondía con el área de mayor protección de la población. En la foto que pongo a continuación, la torre de la fortaleza es la que se ve al fondo, con una bandera encima. 


A los pies de la alcazaba, envuelto por otro recinto fortificado, estaba lo que había sido, en su día, el núcleo inicial de la ciudad. A él se accedía por la citada Puerta de Granada. Sus restos se ven en primer plano en la foto superior.

Lo que pasa es que los ingleses decidieron modernizar el sistema defensivo de Gibraltar en el siglo XVIII, y destruyeron la puerta. Además, durante la Segunda Guerra Mundial, ese enclave aterrazado se usó como puesto antiaéreo, por lo que hay más restos de construcciones del siglo XX que otra cosa. Por eso, ahora es difícil imaginar como era aquello cuando el lienzo de muralla bajaba desde el Castillo Árabe hasta el mar. En la actualidad, en la Puerta de Granada lo mejor son las vistas.


Algo más arriba de ese lugar, localizamos el acceso a la Reserva Natural del Peñón de Gibraltar. A partir de ahí, ya solo podían continuar los que soltaran la pasta.


Como he dicho, el Castillo Árabe nos lo encontramos chapado, pero lo que de verdad yo quería ver era The Tunnels, es decir, los túneles que se excavaron por debajo de La Roca durante la Segunda Guerra Mundial, así que nos dirigimos directamente hacia su entrada, que estaba cerca.



Durante el transcurso de ese gran conflicto bélico, la importancia estratégica que llegó a alcanzar Gibraltar fue tan enorme, que los británicos planearon convertir el Peñón en una fortaleza inexpugnable. Había que hacer lo que fuera necesario para que no cayera en manos enemigas, por lo que se creó una ciudad subterránea, en la que cabían hasta 16.000 soldados. En esa intrincada red de túneles, autosuficiente eléctricamente, se podían almacenar víveres para 16 meses. En la actualidad, como es lógico no se enseñan los 52 kilómetros de pasadizos que se llegaron a construir, pero sí se recorre un buen tramo, que permite que uno se haga una idea de como era aquello.


Al adentrarse en los túneles de la Segunda Guerra Mundial, lo primero que uno se encuentra es un sector de los mismos que se ha musealizado. A mí, muchas de las cosas que pude leer en esa parte inicial me resultaron muy interesantes. 



Después, tras echar un buen rato leyendo paneles seguimos avanzando, giramos a la izquierda, y nos metimos de lleno en un pasadizo bautizado como Victory Walk, que parecía no tener fin.


Sin embargo, Victory Walk no solo tuvo fin, sino que el mismo nos deparó una muy grata sorpresa, ya que en el extremo nos topamos con Jock's Balcony, que es un balcón excavado en la roca, el cual se asoma al lado noreste de Gibraltar y a La Línea de la Concepción.


Durante el rato que anduve por Victory Walk pude ver varias cancelas con barrotes, que impedían el paso hacia otras galerías, las cuales se perdían en las profundidades del Peñón. En la exposición, consulté un mapa en el que se representaba como está conformada la laberíntica red de túneles gibraltareños, y la verdad es que semejante obra de ingeniería me pareció impresionante.

Después de salir de The Tunnels nos dirigimos al Ape's Den, que era la otra atracción que no nos queríamos perder. Eso nos hizo recorrer un buena porción de la Reserva por algunos de sus caminos. Por el que anduvimos, realmente era una carretera asfaltada, pero apenas si nos cruzamos con un par de coches, y el entorno era todo natural. 


Además, a cada momento fuimos disfrutando de las vistas. La verdad es que, a lo largo del fin de semana, contemplé extraordinarias panorámicas cenitales de Gibraltar desde un montón de lugares.



Por lo que respecta a los monos, la verdad es que Gibraltar es famosa por ellos, casi tanto como por sus tiendas. Los primates en realidad son macacos de Berbería (Macaca sylvanus).


La cosa es que los monos gibraltareños son los únicos primates que viven en libertad en toda Europa. En total, son unos 300, que se reparten en cinco grupos familiares. Una de esas familias es la que habita en Ape's Den.

Ape's Den se traduce como guarida de los monos. Sin embargo, en ese lugar no hay cuevas ni refugios. Ape's Den realmente es el nombre que recibe la Prince Ferdinand's Battery y su entorno.


Resulta que los túneles no han sido las únicas infraestructuras bélicas que se han construido en Gibraltar a lo largo de la historia. En efecto, debido a las contiendas, el Peñón también se ha llenado de baterías de artillería defensiva. La O'Hara's Battery es, seguramente, la más famosa. De hecho, es la única que se incluye dentro de los once ítems destacados de la Reserva, pero hay otras antiguas unidades de tiro por la montaña. La Prince Ferdinand's Battery es una de ellas, aunque ya no conserva su dotación militar, sino que se ha adaptado un poco, para que sea la casa de una manada de macacos.



Junto a la Prince Ferdinand's Battery nos encontramos, sin esperarlo, con la impresionante Muralla de Carlos V. Se trata de un largo lienzo de pared, que fue construido en tiempos de Carlos V (en Gibraltar, llaman por su apelativo de monarca del Sacro Imperio Romano Germánico al rey español Carlos I). El muro serpentea por la ladera hasta lo alto del Peñón. Junto a él, hay una escalera, que permite subir mucho. En principio, nosotros decidimos echarle valor y ascender los cientos de escalones, ya que arriba está el Skywalk Gibraltar, que es otra de las atracciones de la Reserva.


Sin embargo, no llegamos al final de la escalinata, ya que sufrimos un encontronazo con unos macacos. El incidente se convirtió en la anécdota del viaje. La historia es que, cuando habíamos cubierto la mitad de la subida, vi como bajaban por las escaleras cuatro o cinco monos con mucha decisión. El ancho de la escalera era bastante estrecho y los animales no parecían tener la intención de detenerse, así que fuimos nosotros los que nos paramos, nos apartamos todo lo que pudimos y nos protegimos un poco, para que pasaran por nuestro lado. A mí, el tema me intimidó un tanto. Está claro que los macacos no son gorilas, pero hay carteles por doquier en los que se avisa de que no se les moleste, porque se pueden poner flamencos. En vista de eso, yo permanecí quieto, con la esperanza de que me ignoraran. En mi caso, lo hicieron, pero detrás mía venía María con una bolsa de papel en la mano. Dentro, llevaba una taza de metal, que habíamos comprado como recuerdo en The Tunnels. La misma, no solo no era comestible, sino que, además, iba en una caja de cartón marrón, que a su vez se encontraba en el interior de la comentada bolsa, que también era marrón. No destacaba en absoluto, pero uno de los primates le echó el ojo al bulto, y, ni corto ni perezoso, se fue para María y se lo quitó de las manos con un pelín de brusquedad. Luego, se sentó muy tranquilo y no paró hasta sacar de la bolsa y de la caja la taza. Por último le pegó un mordisco a esta. Tras el bocado, se convenció de que aquello no se comía y la dejó caer, pero entonces apareció otro mono, que la agarró enseguida, la miró, y optó por quedársela. El primero, por su parte, quiso asegurarse de que María no escondía nada más, se fue a por ella, pese a que se había dado la vuelta e iba para abajo, y se le subió en la espalda, literalmente.


De los tres monicacos de la foto, el del medio es el que cogió la taza, que era amarilla. En la imagen, se ve que la tenía en la mano. Durante un rato, siguió sobre la Muralla, y yo pensé que la iba a acabar soltando, pero no fue así. Más bien, pegó un salto, con ella en la mano, se enganchó a unos árboles, y despareció para siempre con nuestro souvenir. El macaco de la espalda de María, por su parte, vio pronto que esta no llevaba otros paquetes y la dejó en paz. Reconozco que me asusté por un momento, porque dicen que los monos a veces se ponen agresivos, y un mordico de ese animal puede provocar un problema muy serio.

La cosa no fue a más, así que no fuimos de Gibraltar sin taza, pero con una buena anécdota. No todos los días te acosan y te roban, con total impunidad, una manada de monos macarras. Aparte, con la movida habíamos vuelto casi a bajar lo que llevábamos subido de la escalera, y el incidente nos quitó las ganas de subir de nuevo. No pasa nada. Lo cierto es que, de los once ítems de la Reserva solo vimos dos, pero también nos encontramos con regalos como la Muralla de Carlos V, por lo que dejo los nueve restantes para otra ocasión.

La última sorpresa no esperada, con la que nos topamos en la Reserva Natural del Peñón de Gibraltar, fue la Devil's Gap Battery. Se trata de otra batería militar, que es una de las más antiguas de Gibraltar. Esta sí conserva su cañón.



Para regresar a la civilización tras la última parada, cogimos otro camino, que esta vez no estaba asfaltado. Por tanto, en este caso sí se puede decir que hicimos una mini ruta de senderismo, ya que recorrimos el Devil's Gap Footpath


Devil's Gap Footpath mide apenas 320 metros, pero conduce a las calles más pintorescas de Upper Town


La primera calle que uno se encuentra, al abandonar Devil's Gap Footpath, es Devil's Gap Road, que está llena de escalones. Los mismos ha sido decorados por los vecinos con una Union Jack que se ha convertido en toda una atracción. 


Con nuestra rentrée en la parte urbanizada de Gibraltar dimos por concluida nuestra mañana de turismo, y, prácticamente, nuestro fin de semana en la colonia. El mismo me dejó un gran sabor de boca.

Unas pinceladas de british food

No obstante, antes de terminar este largo post voy a hablar de las comidas que degustamos. Todo el mundo sabe que la gastronomía británica no es demasiado brillante, pero yo tenía muchas ganas de paladearla. Por ello, mi objetivo para cenar el primer día fue encontrar el pub más british posible. Por fortuna, tuve éxito, ya que acabamos en un sitio llamado The Star Bar.


Por lo visto, The Star Bar es el bar más antiguo de Gibraltar. Yo no tengo claro que eso sea verdad, y, en todo caso, el negocio lo han reformado mucho, pero da igual. Allí me encontré con unos cuantos británicos prototípicos bebiendo cerveza, con una gran tele por la que estaban retransmitiendo en directo el Burnley-Tottenham de la Premier League, y con una carta en la que no faltaba el All Day Breakfast, los Fish & Chips y, por supuesto, el Club Sandwich que yo me tomé.

Al día siguiente, ya no teníamos tanta necesidad de almorzar en un pub, pero se nos hizo un poco tarde y tampoco había muchas opciones, por lo que estábamos dispuestos a cualquier cosa. Sin embargo, volvimos a tener suerte, porque acabamos en The Clipper, que resultó ser otro sitio magnífico.


The Clipper era un restaurante un poco más refinado que The Star Bar, pero yo me comí una buena pieza de pollo asado con patatas, lo que demuestra que la oferta culinaria no variaba demasiado. En general, estuvimos allí súper a gusto.


En definitiva, Gibraltar me agradó mucho. Me gustó su ambiente, colmaron mis expectativas las atracciones turísticas que pude conocer, me sorprendió lo que ofrece al margen de los tópicos, me encantó también lo típico que vi, por qué no decirlo, y, por último, me resultaron muy simpáticos los gibraltareños con los que me relacioné. Yo, por deferencia hice por hablarles en inglés, y esa estrategia no me falló. En efecto, por lo general, en cuanto vieron que iba en plan respetuoso, fueron ellos los que saltaron al español para ponérmelo fácil, con más o menos acento británico. Por todo esto, opino que, pese a las rencillas históricas, Gibraltar es un lugar que merece ser explorado a fondo.




Reto Viajero TODOS LOS PAÍSES DEL MUNDO
Visitado REINO UNIDO.
En 1989 (primera visita), de los 44 Países del Mundo que están en Europa, % de visitados: 6'8% (hoy día 43'2%).
En 1989 (primera visita), de los 196 Países del Mundo, % de visitados: 1'5% (hoy día 10'2%).