27 de noviembre de 2025

BORMUJOS 2025

Bormujos es un municipio de 23.000 habitantes, que está situado en la segunda corona metropolitana de la ciudad de Sevilla. En 1991, vivían allí unas 5.300 personas, pero duplicó su población en la última década del siglo XX, y en la primera del XXI volvió a hacerlo. Desde 2010, la cosa ha seguido subiendo, pero el ritmo se ha ralentizado.

El caso es que yo, que resido cerca, a menudo encuentro razones para ir a Bormujos, pero ninguna tiene relación con su belleza. Curiosamente, la localidad es originaria del medioevo, puesto que el nacimiento de la villa se asocia a una alquería musulmana. Sin embargo, allí apenas queda rastro de algo que sea anterior a mediados del siglo XX. Hoy en día, la que se intuye que es la zona más antigua de Bormujos, que es la que ya existía en 1990, está compuesta por un conjunto de calles, en las que las casas presentan el típico aspecto de las viviendas populares modernas de muchos pueblos andaluces, que, con sus zócalos de ladrillo, de azulejo o de cemento, sus fachadas claras y sus tejados aterrazados, ofrecen un atractivo limitado.


No obstante, el entramado original de Bormujos presenta una curiosidad, que se puede apreciar desde el aire, y es que su centro está formado por una serie de calles casi rectilíneas, que se cruzan en aspa.


Por encima de ese aspa, discurre la travesía del pueblo, que está formada por un trozo de la A-474. Esta carretera nace en Castilleja de la Cuesta y va a morir a Almonte, después de recorrer 48 kilómetros. Al atravesar Bormujos, recibe el nombre de Avenida del Aljarafe.


Las calles que forman el aspa se llaman Calle Manuel Esquivias y Calle Vicente Aleixandre por un lado, y Calle Hernán Cortés y Calle Daoiz por otro. El punto en el que las dos diagonales se cruzan es la Plaza de la Cruz, que se está remodelando.


Quitando esas calles y las que quedan alrededor, Bormujos se ha extendido de forma bastante cuadriculada, dado que abundan en su casco urbano los adosados, que son los que hacen que sea un pueblo dormitorio de libro. Ese carácter residencial es el que provoca que la localidad sea pródiga en servicios. Por esa razón digo, que yo, que no vivo muy lejos, acabo yendo a Bormujos con cierta frecuencia. Sin embargo, no es un lugar donde haya demasiadas cosas que ver. En vista de eso, como quiero escribir al menos un poco acerca de cada municipio de Andalucía, voy a aprovechar que el otro día estuve en un sitio especial en Bormujos, denominado Baños Árabes Medina Aljarafe, para presentar la población en este blog. 


Relax absoluto

Realmente, los Baños Árabes Medina Aljarafe son un reflejo, a escala reducida, de lo que es Bormujos, porque, cuando vas buscando un sitio en el que relajarte, a base de aguas termales, de masajes y de una atmósfera que te traslade a lugares y a costumbres remotas, y te topas con una especie de nave, que se encuentra ubicada junto a unas instalaciones deportivas, en una horrenda calle de un pueblo periférico de una gran ciudad, te llevas una pequeña decepción. Sin embargo, desde el mismo instante en el que atraviesas la puerta del spa todo cambia. La verdad es que allí dentro se está en la gloria.


Bormujos es un poco así. En apariencia, es un pueblo sin atractivo, pero, al final, uno termina yendo allí con frecuencia, al cine, a cenar rico, a disfrutar de alguno de sus parques o a un spa. Es evidente que no es un sitio tan hostil.

El caso es que el rato en los Baños Árabes Medina Aljarafe fue una gozada. El spa lo han montado tan bien, que dentro se pierde la noción de la realidad. En sitios así, no es relevante lo que haya fuera. Por otro lado, al final es contraproducente ir a hamames que se encuentren en zonas turísticas, por muy pintorescos que sean. En efecto, yo he estado en un buen número de baños árabes en Sevilla, en Córdoba y en Granada, y los de Bormujos son mucho mejores. Es fantástico lo de entrar en unas instalaciones que aprovechen un edificio histórico de una antigua medina, pero si luego, en las piscinas, te rodean tropecientos turistas que no paran de parlotear, pues la cosa pierde parte de su encanto. En los Baños Árabes Medina Aljarafe, María y yo estuvimos completamente solos durante dos horas. Fuera, todo sería más feo que los bajos de un camión, pero dentro el entorno fue idílico, relajante e íntimo. Como digo, al poco yo ya no sabía me encontraba en Bormujos, en Marrakesh o en Córdoba en el siglo XI. 

La experiencia se compuso de varias fases. En la primera, pudimos pasar a nuestro antojo de la piscina caliente a la fría, y también a la templada. En la segunda, visitamos la sauna húmeda, y, después, accedimos a un jacuzzi, en el que estuvimos metidos casi veinte minutos. Para acabar, nos dieron un masaje sensacional. Me metí en el ajo hasta tal punto, que ni siquiera me importó que me untaran el cuerpo en esencia de vainilla. 

En resumen, lo de los baños árabes en sitios del estilo del Barrio de Santa Cruz está genial, tal y como he reflejado en otros posts, pero lo del sábado en Bormujos superó con creces esas experiencias.

Además, en Bormujos se come muy bien. Es verdad que lo de unir un rato en pareja en los baños, con una cena o con un almuerzo tranquilo, es lo que pega, pero eso no solo se puede hacer en las grandes ciudades. Nosotros, al salir del los Baños Árabes Medina Aljarafe nos dimos un buen homenaje en la Bodega Pepe Girón, que es un clásico.

Comer en Bormujos

La gente, normalmente a lo que va a Bormujos es a comer. Allí, hay opciones para todos los gustos, por lo que yo mismo he ido a eso un buen número de veces. Por ello, podría hablar de unos cuantos negocios de restauración bormujeros, pero, para no alargarme en exceso, voy a hacer referencia solo a los dos que he visitado en el último par de semanas. Uno es, como he dicho, un sitio legendario. Se trata de la Bodega Pepe Girón.


Pepe Girón es un buen sitio para ir con amigos y ponerse fino de comer y de beber. Yo, en el pasado disfruté de ese plan en alguna ocasión, pero esta vez se trataba de sacarle el jugo a un rollo más tranquilo. Lo cierto es que María y yo tuvimos mucha suerte, porque cogimos una pequeña mesa apartada, en la que nos atendió un camarero que era una máquina. Para almorzar, me pedí, entre otras cosas, un plato de garbanzos con bacalao, que hizo honor a la fama del restaurante. Eso sí, la Bodega Pepe Girón no es un lugar refinado. Tampoco está en un emplazamiento pintoresco.


Pepe Girón, que lleva abierto desde 1979, es otro ejemplo de la idiosincrasia bormujera, ya que ofrece mucho más de lo que parece a simple vista.

El otro sitio en el que estuve en Bormujos, hace unos días, fue en el Cocomá Noodle Bar. En este caso, no hablamos de un restaurante rústico y tradicional, sino de asiático moderno, en el que la comida es asequible, pero cuya oferta se encuentra a años luz de la de aquellos chinos de siempre, a los cuales hemos sobrevivido no sé ni como. 


Cocomá empezó, hace una década, como un negocio familiar de venta y distribución de productos caseros ecológicos, y ha acabado en un punto muy diferente. En efecto, ahora se trata de un restaurante más o menos barato, pero en el que se degusta comida asiática de calidad. 

El tema es que a María le gustó Cocomá hace unos meses, y por esa razón fuimos el otro día. La comida, por supuesto, estuvo deliciosa. Yo pedí Noodles de arroz con pollo y gambas. Sin embargo, me fastidió el acoso de los camareros, que no fue casual. Yo, si salgo a cenar y me gasto 17 euros por persona, espero poder echar un rato medio tranquilo. En cualquier restaurante, es importante que el servicio no te ignore, pero tampoco es bueno que te pregunten por la bebida sin que te hayas sentado aún, que te la traigan a los 30 segundos de haberla pedido, que te tomen la comanda un instante después, que te sirvan los platos en 3 minutos, y que se los lleven y te dejen con la mesa vacía cuando aún estás masticando el último bocado. En Cocomá, nos atropellaron un poco, la verdad, pero, eso sí, lo hicieron con una educación extrema, no fuera a ser que nos mosqueáramos, porque era evidente que el plan era dar en nuestra mesa cuantas más cenas mejor.

María había ido a Cocomá un jueves a almorzar, y, por lo visto, entonces no fue igual. Si vuelvo, tendré en cuenta ese detalle, pero, para mí, que me despachen es de las peores cosas que me pueden hacer en un restaurante, así que no se si me quedan ganas de regresar.

Un rato de cine

De todas formas, no quiero acabar de mal rollo el post, así que voy a hacerlo hablando del tercer momento en el que he estado en Bormujos en las dos últimas semanas. Para mí fue un rato entrañable, por lo que pega mucho más como colofón.

Resulta que en Bormujos hay un centro de ocio, llamado, como no, Megaocio. No es un centro comercial al uso, porque allí no hay tiendas. Solo hay bares, restaurantes, cafeterías, una bolera y un multicines.


Nosotros fuimos a Megaocio para ver la reposición de Regreso al Futuro. Esta mítica película me marcó en mi infancia, y fue un placer disfrutarla en la pantalla grande, junto con Ana, con Julia y con María. Hasta ahora, solo la había visto en la televisión. En el cine, pude comprobar que ha envejecido de maravilla.

En definitiva, doy por presentado el pueblo de Bormujos. En el futuro, me gustaría profundizar en su oferta culinaria, y, quizás, también estaría bien partir de la Plaza de la Cruz y hacer un recorrido más exhaustivo por las calles céntricas de la localidad, pasando luego a ampliar un poco el radio, con la idea de plasmar como es el entorno residencial bormujero. Puede ser divertido, por lo que queda apuntado el plan.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado BORMUJOS.
En 2007 (primera visita consciente), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 35'2% (hoy día 67'6%).
En 2007 (primera visita consciente), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 12'2% (hoy día 22'4%).


30 de octubre de 2025

CARRERA POPULAR VILLA DE OLIVARES 2025

Un año más, la Carrera Popular Villa de Olivares se cruzó en mi camino.


Con la de 2025, ya han sido ocho las veces que he traspasado la línea de meta de esta carrera, que siempre está situada en la Avenida Virgen del Rocío de Olivares.



En esta edición de la consolidada prueba atlética olivarense, de nuevo fue todo igual. En el pasado, ya he hablado de que me encanta que, en ella, se repitan la fecha de celebración, la distancia y el circuito, al que se le dan dos vueltas. Luego, cada año tiene sus particularidades, como es lógico, pero no hay incertidumbres en lo importante. Yo creo que eso ha sido básico para el afianzamiento del evento, no solo por la comodidad de los corredores, sino también por la de los organizadores, que no se ven obligados a montar una carrera desde cero una temporada tras otra.

El domingo, todo volvió a salir rodado. Es verdad que la participación de nuevo fue cortita, con respecto a la que era normal hace una década, pero es que la Carrera Solidaria Tus Kilómetros nos dan Vida sigue congregando, en Sevilla capital, a miles de corredores la misma mañana, y, además, este año se organizaba también otra carrera en Tomares, por lo que es casi un milagro que acabáramos la prueba en Olivares 193 personas.

Sufrido final

Por lo que respecta a mi participación de este año, yo aún conservaba el regusto dulce de la buena experiencia en Almensilla de hace pocas semanas, pero en Olivares salió la de arena. El problema no fue tanto el ritmo, pese a que se me volvió a ir a 4:45 por kilómetro de media, sino que tuvo que ver, más bien, con las sensaciones nefastas que sufrí en el último tramo de carrera. Lo cierto es que conocía el recorrido como la palma de mi mano, por las veces que he disputado la prueba y por las innumerables ocasiones que he entrenado por el pueblo. Eso hizo que no me dejara llevar en las largas bajadas, porque sabía que después se iba tener que subir todo de golpe. Sin embargo, me desfondé al final y no pude evitar pasarlas canutas. 


En este mapa, la salida, que era el punto más alto del recorrido, está marcada con una flecha negra. La línea azul indica el circuito. Por él, avanzamos en el sentido de las agujas del reloj. El lugar más bajo por el que corrimos lo he rodeado con un círculo verde. En ese largo trecho en descenso, que fue desde el comienzo hasta la cota inferior, pasamos de los 173 metros sobre el nivel del mar a los 144. 


Aparte, el lugar indicado con una circunferencia roja se encuentra a 167 metros, por lo que se puede deducir que el corto tramo que hay entre los redondeles verde y rojo tiene un desnivel positivo considerable. Luego, para llegar al sitio señalado con un círculo azul, bajamos de nuevo hasta los 161 metros, pero el último mil de cada vuelta fue duro otra vez, ya que la meta siempre la ponen junto a la salida, que, como he dicho, estaba a 173 metros de altura.

En definitiva, cada vuelta deparó 3.000 metros muy benevolentes al principio, seguidos de dos subidas largas y leñeras en las segundas partes. 

Mi impresión es que no me tiré a tumba abierta en los 3 kilómetros iniciales. De hecho, no llevé mal las subidas de la primera vuelta. Tampoco enloquecí en la bajada del segundo giro, pero, en este, el ascenso desde el círculo verde al rojo se me atragantó hasta el extremo. Ese mil lo hice a 5:08. Fui frito. Después, el último kilómetro aceleré el ritmo a 4:49, a pesar de la pendiente desfavorable, pero las sensaciones fueron desastrosas hasta casi el final.


Total, que entre que guardé fuerzas en las bajadas, en teoría, y que eso luego no sirvió de gran cosa al final, pues me tuve que conformar con una marca de 47:38. Estoy convencido de que todavía puedo rondar los 45 minutos largos en un diezmil, pero el domingo no era el día.


Reto Atlético PROVINCIA DE SEVILLA 105 CARRERAS
Completada Carrera en OLIVARES.
En 2002 (año de la primera carrera corrida en Olivares), % de Municipios de la Provincia de Sevilla en los que había corrido una Carrera: 4'7% (hoy día 40%).

Reto Atlético 1.002 CARRERAS
Carreras completadas: 268.
% del Total de Carreras a completar: 26'7%.


17 de octubre de 2025

CARRERA POPULAR NOCTURNA DE ALMENSILLA 2025

Hacía tiempo que no me divertía tanto disputando una carrera. 


Lo cierto es que, desde hace meses, me noto algo pesado a la hora de correr a ritmos altos, y me cuesta ir de menos a más en las carreras, que es como a mí siempre me ha gustado afrontarlas. Por una parte, es consecuencia de que me estoy acercando al medio siglo de vida, y, por otra, se debe también a que he empezado a ir al gimnasio y he cogido unos kilos. Sin embargo, el pasado sábado, en la Carrera Popular Nocturna de Almensilla me volví a sentir aceptablemente fuerte y estable.

Yo siempre he dosificado mucho a la hora de disputar carreras. No participo en demasiadas, con la idea de cogerlas con ganas. Supongo que por esa razón llevo 25 años en la brecha y sigo motivado. Este 2025, tras el verano solo había ido a competir a Castilleja de la Cuesta. Allí sufrí como un bellaco. Después, iba a volver a la Nocturna de Sevilla, pero me lastimé un gemelo unos días antes, por lo que tuve que abortar la misión. En vista de eso, me busqué una alternativa en cuanto estuve bien, y apareció que ni pintada la octava edición de la Carrera Popular Nocturna de Almensilla.


Mejorando la carrera

La Nocturna de Almesilla ya la corrí en 2021 y en 2022, y me gustó. Por eso, al ver que esta temporada me volvía a cuadrar decidí regresar, con la cosa de que, incluso, la han mejorado. El primer cambio clave que me he encontrado este año ha sido que han trasladado la salida y la meta a la Plaza de la Iglesia, es decir, al verdadero meollo almensillero.


Hasta ahora, la carrera finalizaba delante del Pabellón Deportivo Municipal, lo cual es lógico, pero el mismo está en un extremo del pueblo y allí la zona de meta quedaba mucho más fría. Con el cambio, el último tramo ha ganado en vistosidad, sin necesidad de modificar apenas el recorrido. En efecto, antes se pasaba a toda velocidad por la céntrica Plaza de la Iglesia y se acababa en la apartada Calle Francisco Verdejo, y el otro día fue al revés, es decir, esta calle del extrarradio la atravesamos en plena competición, y terminamos en el corazón de la localidad.

Pese a ese cambio del emplazamiento de la salida y de la meta, el recorrido fue casi idéntico al de los otros años, como he dicho. Así, le dimos tres vueltas a un circuito que unía el entorno del Pabellón con el centro de Almensilla. Toda la impersonal zona de adosados del pueblo ni la rozamos.


Aparte, en relación con el circuito, en este 2025 ha habido otra modificación con respecto a 2022. Ha sido que han alterado el sentido de la marcha. Al acabar, los compañeros con los que hablé me dijeron que les había parecido más fatigoso dar las vueltas al revés de lo que lo habíamos hecho en las ediciones anteriores, pero yo no estoy de acuerdo. El desnivel que ascendimos y el que bajamos fue el mismo que entonces, pero al invertir la dirección de los giros, cambiamos una larga subida dura, por un tramo picando arriba que era prolongado en mayor medida, pero que era llevadero, y por una cuesta muy empinada, pero corta. Yo lo prefiero así.

Una experiencia a repetir

El caso es que me fui con María para Almensilla, y me encontré de sopetón conque el dorsal se recogía en el Edificio Multiusos Municipal, que está junto al lugar donde se tiene que aparcar, y también bastante cerca de la Plaza de la Iglesia. Lo agradecí, porque la verdad es que llegamos con el tiempo muy justo y hubiera sido un problema ir hasta la zona del Pabellón Deportivo Municipal

Por lo que respecta a la carrera en sí, la primera vuelta la completé en 9:12, la segunda en 9:32 y la tercera en 9:40. Se ve que el ritmo fue decreciendo, por tanto, pero tampoco fue una escabechina. 


Dado que la carrera era a tres vueltas, mi objetivo prioritario fue que no me doblaran los primeros. Cuando pasé por segunda vez por meta llevaba 18:44 y el ganador acabó en 19:35, lo que implica que cumplí con el propósito sin estrés. 

Aparte, tras un inicio un poco más loco, pronto me vi corriendo estable detrás de una chica llamada Yolanda Torres, a la que ya no le perdí la estela. En la tercera vuelta, conseguí cerrar el hueco con ella y con otro atleta, con la cosa de que avanzamos los tres un tanto aislados del resto de los competidores mucho tiempo. En la última subida dura, decidí no cebarme y les di unos metros, pensando en pegarme de nuevo en el largo descenso que quedaba hasta meta, pero claro, cuando yo apreté cuesta abajo, ellos también lo hicieron, de manera que no fui capaz de recortar los tres segundos que me sacaban. Por detrás, notaba la presencia de alguien, pero a él le debió pasar lo mismo conmigo, que a mí con los de delante, porque yo iba bien, bajé a buen ritmo, y no me pilló. El final en la Plaza de la Iglesia fue muy chulo.


El caso es que fue divertido. Mola mucho cuando uno logra correr pudiendo plasmar una estrategia que vaya un poco más allá de sobrevivir, y se entretiene intentando alcanzar pequeños objetivos, como por ejemplo no perder la estela de alguien, o que no te pille el de atrás. Para eso, hay que dosificar bien y conseguir que las fuerzas aguanten. Yo, el otro día pude hacerlo, lo cual no significa que no me vaciara y que no sintiera que se me iba a salir el corazón por la boca en las subidas. Sin embargo, noté como recuperaba en las bajadas, por lo que me pude dar el gustazo de ir fuerte en la última, y de encarar la recta de meta disfrutando.

Por otro lado, cuando entré en meta mi reloj marcaba 28:24, por lo que calculé que había ido a 4:44 el kilómetro, pero luego resultó que el circuito tenía 6.250 metros, no los 6.000 que creía al principio. Por eso, la media se me quedó en 4:33, que no está mal para los tiempos que corren. Mi objetivo, ahora, es llegar en un estado decente a la carrera de Villanueva, que tendrá lugar a mitad de noviembre. De momento, vamos bien.


Reto Atlético PROVINCIA DE SEVILLA 105 CARRERAS
Completada Carrera en ALMENSILLA.
En 2021 (año de la primera carrera corrida en Almensilla), % de Municipios de la Provincia de Sevilla en los que había corrido una Carrera: 36'1% (hoy día 40%).

Reto Atlético 1.002 CARRERAS
Carreras completadas: 267.
% del Total de Carreras a completar: 26'6%.


27 de septiembre de 2025

CASTELLAR DE LA FRONTERA 2025

En primavera de 2011, María y yo fuimos a Cádiz a echar unos días con las niñas. Uno de ellos, se nos ocurrió que era muy buena idea ir a Gibraltar, por los que nos plantamos en la frontera sin dudarlo. Por aquel entonces, Julia tenía un año y Ana tres. En el paso fronterizo, los policías españoles, al mirar dentro del coche y ver a los dos micos, nos pidieron el libro de familia. Nosotros no habíamos caído en que nos iba a hacer falta, por lo que no lo llevábamos. En consecuencia, tuvimos que volvernos por donde habíamos venido. 

El caso es que, aquel día, nos vimos a media mañana en la Línea de la Concepción, sin saber adónde ir ni cómo aprovechar la jornada. En principio, no llevábamos preparado un plan B, pero pronto caí en que un amigo me había contado hacía poco, que en Castellar de la Frontera, cerca de La Línea, hay un castillo muy bonito, dentro de cuyas murallas vive gente. En 2011, ni María ni yo teníamos smartphones, ni nada parecido, así que, a la antigua usanza, cogí el mapa de carreteras del maletero, busqué Castellar, nos encaminamos hacia allí, y conseguimos llegar... a Castellar Nuevo


Lo que se ve en la foto no es desagradable, pero tampoco es pintoresco. Entonces, no acabé de entender qué cojones había pasado, porque lo que yo sabía de Castellar se limitaba a un comentario de un amigo, cazado al vuelo, no tenía manera de mirar Internet en ningún lado, y en el mapa ponía bien claro que aquello era Castellar de la Frontera, pero en ese lugar era evidente que no había castillos. Es verdad que podría haber preguntado, o que podría haber mirado el mapa con un pelín más de detalle, pero la realidad es que Ana y Julia iban ya hasta las narices de coche y estaban empezando a inquietarse, así que me di cuenta de que no iba a ser el día de ir a buscar la fortaleza, estuviera donde estuviera.

Unos días después de aquella fallida experiencia, ya sí me metí en Internet y descubrí que Castellar de la Frontera es un municipio que se divide en tres núcleos de población. Son La Almoraima, Castellar Viejo y Castellar Nuevo. Nosotros habíamos estado en este último, que es donde se encuentra el Ayuntamiento, y que, hoy por hoy, es lo que se suele llamar Castellar de la Frontera. El Castillo de Castellar, en cambio, es el eje del asentamiento primigenio del pueblo, que se denomina Castellar Viejo, y que dista unos cuantos kilómetros.

He tardado 14 años en volver a Castellar de la Frontera. Siempre lo había tenido en mente, pero no había visto el momento de hacerlo. A principios del verano, a María le hablaron de las excelencias del Hotel Casa Convento La Almoraima, que se encuentra en el término municipal de Castellar, y me regaló la estancia de una noche en ese alojamiento. Ella no se dio cuenta de que ya habíamos estado en Castellar Nuevo, pero yo sí vi que era la oportunidad perfecta para regresar a Castellar de la Frontera, a completar por fin la visita. 

Castellar Nuevo y su interesante origen

Castellar Nuevo es un asentamiento extraño, que tiene pinta de decorado de cine. Está conformado por un montón de casas que son muy similares. Se ve que la mayoría las construyeron a la vez, siguiendo un modelo común. Así, desde que uno entra en el pueblo, percibe que todo surgió de la nada en la misma época. Lo que pasa es que, a diferencia de otras localidades similares, que se planificaron de una forma cuadriculada, en Castellar Nuevo el trazado urbano es más o menos irregular. Me imagino que lo hicieron queriendo, para reducir un poco la sensación de artificialidad del lugar. Sin embargo, lo cierto es que lo consiguieron solo a medias, porque nosotros no vimos a nadie hasta que llegamos a la Plaza de la Constitución. La impresión de sitio irreal no me abandonó hasta que vislumbré esa plaza, que es donde se concentraba la gente, a pesar de que la amplia explanada aparezca vacía en la foto que pongo a continuación.


En Castellar Nuevo no hay desniveles, las calles son espaciosas y abundan las zonas verdes. Por resumir como se ha llegado a desarrollar un sitio de esas características, resulta que en 1939 se creó el Instituto Nacional de Colonización, con la intención de reestructurar y de reactivar el sector agrícola español. Este objetivo estaba muy relacionado con el plan de autarquía que el gobierno de Franco preparó, al acabar la Guerra Civil, para que España sobreviviese a la contienda sin necesidad de depender de terceros. En ese contexto, el Instituto Nacional de Colonización fue el órgano responsable de repartir a un montón de agricultores, de una manera un poco sistemática, por el territorio nacional, de cara a que pudieran sacarle partido a las tierras de labranza infrautilizadas que había. Con esa idea, se financió la edificación de una buena cantidad de asentamientos de nueva planta por todo el país. A ellos, se trasladaron las familias que se mostraron dispuestas a mudarse a cambio de una casa y de un trabajo en el campo. El primer pueblo de colonización erigido fue El Torno, que pertenece al municipio de Jerez de la Frontera. Su construcción se aprobó en agosto de 1943, y en menos de dos años se encontraba ya operativo. Tras El Torno, se crearon más de 300 localidades de repoblación hasta 1971, que fue cuando el Instituto Nacional de Colonización desapareció. Algunas fueron realmente agrandamientos de otras preexistentes, pero la mayoría surgieron de la nada. Castellar Nuevo, que se fundó en 1971, fue una de las últimas.


Por lo visto, el primer encargado de dirigir el Instituto Nacional de Colonización fue el arquitecto falangista Víctor D'Ors, que tenía una idea muy clara de cómo debían ser todos los pueblos que se erigieran. Parece ser que este señor era un tanto inflexible, lo que provocó que le destituyeran en 1943. El régimen necesitaba a gente más moderada al frente de los diseños de las nuevas poblaciones, por lo que, desde ese momento, le dio la potestad creativa a varios constructores. Estos, en muchos casos terminaron planificando asentamientos que son perfectos ejemplos vanguardistas del racionalismo constructivo, que fue la principal tendencia arquitectónica en el mundo en los años centrales del siglo XX. 


En España, los proyectos del Instituto Nacional de Colonización acabaron siendo un laboratorio de pruebas sensacional para los arquitectos.

El tema es que, en 1968, en Castellar Nuevo se dieron los últimos coletazos del programa de repoblación. Por aquel entonces, Castellar de la Frontera era un municipio de una notable extensión, que tenía dos núcleos habitados. El primigenio estaba ubicado dentro de las murallas y en los alrededores del Castillo de Castellar, y el otro había surgido junto a las instalaciones de la empresa corchera La Almoraima. Los residentes de la antigua fortificación sobrevivían sin luz ni agua, y en La Almoraima muchas de las viviendas eran simples chabolas. Precisamente, fue a La Almoraima a quien el Instituto Nacional de Colonización le expropió las 700 hectáreas de terreno que se usaron para erigir el nuevo asentamiento, y para roturar parcelas para los colonos. En 1971, Castellar Nuevo estuvo terminado, y hasta allí se trasladaron la gran mayoría de los vecinos del original asentamiento de Castellar, que empezó a ser conocido como Castellar Viejo. Por tanto, en este caso el grueso de los desplazados no vino de lugares lejanos, sino del entorno del Castillo de Castellar, que fue casi abandonado. 

La segunda juventud del Castillo de Castellar

En 1971, la fortaleza de Castellar de la Frontera estaba destinada a sufrir una inevitable degradación, ya que en sus modestas viviendas, salvo alguna excepción, no quedó nadie. Sin embargo, casi sobre la marcha, salieron a escena una serie de personas, que le dieron un inesperado giro de tuerca a la historia del castillo. En efecto, en 1967, 1968 y 1969, a la vez que alcanzaba su cenit en EEUU, el movimiento hippie había dado el salto a Europa, de manera que el viejo continente se había llenado de un considerable número de jóvenes de origen burgués, que se habían entregado a un modo de vida contracultural y ajeno a lo establecido. En 1971, a unos cuantos de ellos, naturales de distintos puntos de Alemania, de Reino Unido, de España y de Países Bajos, el recién despoblado Castillo de Castellar les pareció un sitio perfecto para acomodarse. Lo que se formó entonces allí no fue exactamente una comuna. Fue, más bien, un asentamiento de gente con un proyecto vital similar. Tras la progresiva adquisición de las casas, los nuevos pobladores las arreglaron, de acuerdo con sus necesidades, y durante unas décadas el enclave ha sido una pintoresca aldea, habitada por una curiosa comunidad de herederos del hippismo primigenio. Lo bueno es que eso ha contribuido a la conservación del lugar, al que se llega después de conducir un rato por una endemoniada carretera, que atraviesa una zona campestre deshabitada.

Por esa carretera, nosotros fuimos a ver el Castillo de Castellar a última hora de la tarde del sábado. Esta vez no hubo dudas de lo que buscábamos. Arriba, dejamos el coche en una explanada que han habilitado extramuros, y subimos a pie el trecho final del camino.


Antes de llegar al Arco de la Villa, que es el sitio por el que se puede atravesar la puerta de la fortaleza, nos cruzamos con dos hippies alemanes bien entrados en años, que venían andando por la carretera, no se sabe desde dónde. Uno de ellos iba caminando descalzo por el asfalto, como si la vida no fuera con él. Aquello me pareció la mejor tarjeta de presentación de Castellar Viejo. Pese a esto, dicen que el ambiente allí ya no es lo que era. Ahora, los verdaderos bohemios escasean en las casas de la fortificación, y los alojamientos rurales han proliferado por todos lados. Digamos que la fama ha acabado un poco con la autenticidad del lugar, pero, no obstante, en mi opinión el Castillo de Castellar está lejos de asemejarse a un parque temático. De momento, conserva su sabor.


Además, a mí me habían dado a entender que dentro de los muros del castillo había cuatro casas, y no es verdad, como se puede comprobar en el siguiente plano, que es magnífico.


Como se puede ver en la imagen, al Castillo de Castellar se accede por el norte, por la única parte en la que uno tiene la impresión de estar entrando en un recinto fortificado.


Luego, se empieza a callejear y se pierde un poco la noción de estar dentro de un castillo, ya que durante mucho rato no se ve la muralla, ni se camina por ningún adarve. Eso sí, no se dejan de ver esquinas y rincones que se merecen una foto. 



El sitio más pintoresco de todo el pueblo es el Balcón de los Amorosos. Se trata del único lugar público de la fortaleza en el que uno puede asomarse desde la muralla. Desde él, las vistas del Embalse de Guadarranque y de sus alrededores son sensacionales.



En definitiva, el Castillo de Castellar está compuesto por un entramado de calles preciosas y cuidadas, por las que merece la pena deambular durante un rato. En la población, hay ya más alojamientos rurales y turistas que hippies, pero no es un lugar que parezca impostado. A mí me gustó mucho.

La cena del sábado... y la comida

Nosotros subimos al Castellar Viejo con la intención de cenar algo tras el paseo, pero nos encontramos conque no es un lugar donde haya demasiada oferta culinaria. Allí, las opciones se limitaban a un restaurante de más postín del deseado, a la desierta cafetería del único hotel que hay en el Castillo, y a un pequeño bistró situado extramuros, en el que había, dentro una ruidosa actuación musical en su punto álgido, y fuera una serie de parejas alemanas de mediana edad muy animadas, pero también muy borrachas. Ninguno de los tres sitios nos llamó ni mínimamente.

Dado que cenar en Castellar Viejo no era una opción, decidimos regresar a Castellar Nuevo, a ver qué nos encontrábamos. Allí, acabamos en el Pub Los Naranjos, que me encantó por cuatro razones. Primero, porque tenía una terraza exterior, en la cual estuvimos tranquilos y relajados. Además, la chica que nos atendió resultó ser eficiente y amable. También disfruté de la comida, pero, por encima de todo, lo que más me gustó fue que me di cuenta de que aquel era el sitio de referencia de los vecinos de Castellar, a la hora de salir el sábado a picar algo. 

Realmente, lo de cenar en un bar de copas fue extraño, porque lo cierto es que el Pub Los Naranjos lo era, de puertas para adentro. Lo que pasa es que tenía fuera la agradable terraza mencionada, y, aparte, no solo contaba con cocina, sino que esta daba por atrás a la zona de las mesas exteriores. El tema es que, en esa salida trasera de la cocina habían puesto una barra portátil, por la que despachaban pizzas para llevar, y por la que también sacaban lo demás que ofertaban en la carta. Aquello era un rudimentario apaño, porque, para ir al baño, se entraba en el pub por las buenas, pero, como digo, me comí un churrasco de pollo que estaba muy bien hecho, la camarera fue un encanto, y nos juntamos allí con la verdadera gente del pueblo. Yo no pedía más.

He de añadir que habíamos comido a mediodía en otro restaurante de Castellar Nuevo, llamado Restaurante Virgil, que tampoco me decepcionó. En él, la experiencia fue diferente, porque este negocio es la referencia en todos los alrededores para darse un buen homenaje de sábado, por lo que vimos. En consecuencia, en su terraza no cabía un alfiler, con la cosa de que los dos camareros encargados de la logística habían petado un poco. A ambos se les veía sobrepasados, pero no lo reflejaban con nervios, sino que estaban en shock, hasta el punto de que, las dos veces que me dirigí a ellos para que me anotaran en la lista de espera de los sitios, me miraron como si fueran Homer Simpson, se dieron la vuelta y no hicieron nada. Junto a mí, había más personas que tenían reserva y que querían sentarse. Sin embargo, los dos chavales sacaban platos y recogían el menaje sucio, pero, cuando llegaba el momento de mirar el cuaderno y de cuadrarlo con los puestos que se iban vaciando, se quedaban mirando las hojas como pillados y no reaccionaban. La cosa avanzaba a trancas y barrancas. El tema es que el asunto pintaba mal para nosotros, porque el resto de Castellar era un desierto, como dije antes, pero, por fortuna, María afinó el instinto y tuvo el ojo de darse cuenta de que dentro había una barra con clientes tapeando, así como una sola mesa con dos plazas, que se encontraba vacía.
 

En vista de eso, fue a preguntar, y se dio cuenta en seguida de que la que partía el bacalao en Virgil era la camarera de la barra. La chica nos dijo que nos podíamos sentar en la mesa y que, para tapear, nos atendía desde su puesto. Nosotros no necesitábamos más. Tampoco teníamos prisa, de manera que no atosigamos a la chavala, que era la que estaba haciendo de enlace entre la cocina y lo que se pedía en el exterior. Sin pisar la terraza, controlaba las comandas de una forma increíble. Fuera, lo que no funcionaba era lo que físicamente no alcanzaba a dirigir. El resto, marchaba gracias a ella. Además, ponía las bebidas y servía el mostrador, con la cosa de que todo lo hacía con eficacia, con un talante agradable y a buen ritmo. La hostelería es una profesión especializada, no el refugio de los que no valen para nada y no saben qué hacer con su vida, y ahí se volvió a demostrar. 

Una vez que nos sentamos a comer, yo desconecté, y no sé como se arregló el cierto descontrol con los sitios que había en la terraza. Nosotros almorzamos tranquilamente, y cuando acabamos nos fuimos. Además, en general, lo que nos sirvieron me gustó.

El hotelazo que nos hizo ir a Castellar

El Hotel Casa Convento La Almoraima tiene 4 estrellas, es decir, su nivel de exclusividad no es exagerada. No obstante, su historia es tan notable como la de cualquier establecimiento de la cadena Paradores.



Lo de que el Hotel La Almoraima esté en un convento en desuso no lo hace destacar especialmente, porque hay muchos establecimientos hoteleros que aprovechan las instalaciones de antiguos cenobios. Este, sin embargo, cuenta con la particularidad de que está en la Finca La Almoraima, que tiene una trayectoria bastante curiosa.


La Finca La Almoraima es la segunda más grande de España. Su superficie es de 14.113 hectáreas, por lo que estamos hablando de un señor latifundio. Por poner esa cantidad de tierras en contexto, solo hay que decir que en España hay 8.133 municipios, y que 7.366 tienen un término que es menor que La Almoraima


A mí, lo de que una porción tan grande de campo sea de una sola persona no me da muy buen rollo, pero, en este caso, lo cierto es que todo pertenece al Estado español desde 1982. La historia de cómo terminó esa heredad convertida en terreno público comenzó en 1434, año en el que fue conquistada para Castilla por las tropas que dirigía Juan Arias de Saavedra. Este gentilhombre, a raíz de su triunfo se erigió en señor de aquel feudo. Con el paso de los siglos, sus descendientes se emparentaron bien, hasta el punto de que entroncaron con la casa de Medinaceli, que es, seguramente, la segunda casa nobiliaria más importante de España, tras la casa de Alba. Por tanto, los duques de Medinaceli acabaron siendo propietarios de la inmensa finca, que abarca el 77'88% de lo que hoy es el municipio de Castellar de la Frontera, así como un trozo del de Los Barrios y otro del de San Roque.


El devenir de la finca no tuvo nada de particular durante muchas décadas, pero los acontecimientos dieron un giro en 1973, cuando el jerezano José María Ruiz-Mateos compró La Almoraima a los duques de Medinaceli, lo que implicó que esta pasó a estar integrada en Rumasa. Por poner en contexto el remate de la historia, hay que decir que Ruiz-Mateos fundó Rumasa en 1961, y convirtió esa sociedad, en 20 años, en el mayor holding de España, gracias a su habilidad, como no, pero también gracias a que era miembro supernumerario del Opus Dei y a que tenía interesantes contactos entre los que mandaban en época de Franco. El caso es que Rumasa creció tanto, que acabó siendo un peligro para la economía del país, ya que daba trabajo a 60.000 personas y generaba el 1'8% del PIB nacional. En 1983, Rumasa agrupaba, oficialmente, unas 400 empresas, en las que se incluían 18 bancos. Eso significa que controlaba cerca del 25% del mercado bancario español. 

Sin embargo, el mayor problema de Rumasa no era su tamaño, sino el reguero de deudas que iba dejando, la escasa confianza que provocaba el modus operandi de Ruiz-Mateos, el cierto descontrol en la gestión que translucía este, así como la opacidad con la que se manejaba, amparado por el poco control fiscal que había en aquellos tiempos y por sus provechosos apoyos. La cosa era que el rastreo de las finanzas de la sociedad de Ruiz-Mateos era imposible de seguir, sobre todo porque él no permitía auditorias externas, pese a que los informes del Banco de España se hacían eco de las dudas que suscitaba su heterodoxa política empresarial, e indicaban que Rumasa ponía en riesgo la estabilidad de España. La realidad era que la corporación era un gigante con pies de barro y una especie de agujero negro incontrolado, valorado en 300.000 millones de pesetas de la época, que tenía suficiente entidad como para arrastrar al resto de la economía española si quebraba. En 1982, con la llegada del PSOE al poder, el gobierno intentó poner algo de orden en ese disloque, pero Ruiz-Mateos no se avino a razones, por lo que, al final, le quitaron la macroempresa sin más. 

La historia de Rumasa y de Ruiz-Mateos no había acabado, como es lógico. De hecho, el empresario se convirtió en una figura pública muy pintoresca, lo que no evitó que fundara otro holding y modernizara las estrategias para ganar dinero a manta de manera oscura, mientras peleaba en los juzgados para que le devolvieran lo que él decía que era suyo. No obstante, lo que nos atañe a nosotros ahora, es que la Finca La Almoraima pasó a ser del Estado cuando Rumasa fue expropiada. Hoy día, ese extenso latifundio es un bien público, que está administrado por el Organismo Autónomo Parques Nacionales, el cual se adscribe en la actualidad al Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

El caso es que, dentro de la Finca La Almoraima había un edificio religioso, denominado Convento de San Miguel, que se había construido en 1603 junto a una torre de vigilancia de época musulmana y a una ermita, la cual databa de 1526. Esta se había integrado como capilla del monasterio al erigirse este. 


En el Convento de San Miguel vivieron frailes hasta que el cenobio fue desamortizado en 1839. La expropiación implicó que el inmueble dejó de pertenecer a la Casa de Medinaceli durante un tiempo. Esta, tras años de litigios, consiguió recuperar su posesión en 1865, pero los monjes no volvieron. Poco después, el duque de turno acometió la remodelación del edificio, transformándolo en un palacete que sirviera de base para organizar monterías por la gran finca. Así, convertido en casa-palacio, el antiguo monasterio vio pasar lo que quedaba de siglo XIX y todo el XX. En 2010, cuando estaba ya en manos estatales, en él se inauguró el Hotel Casa Convento La Almoraima.


Ni María ni yo somos de los que van a los hoteles y no salen de ellos, pero reconozco que, en este caso, al ver el Hotel Casa Convento La Almoraima optamos por cambiar los planes que teníamos para el domingo, con la idea de sacarle todo el jugo posible a sus instalaciones. Para empezar, por la mañana nos marcamos una ruta por el Sendero de la Duquesa, que no abandona los límites de la Finca La Almoraima. El itinerario es circular y solo mide 1.608 metros. 


La Finca La Almoraima da para hacer senderismo del modo más exigente, pero la ruta que han apañado por los alrededores del hotel nos permitió conocer el entorno sin palizas. Además, dado que este, y el 90'4% de la finca, están en pleno Parque Natural de los Alcornocales, que eso no lo había comentado, pues fue chulo caminar bajo los alcornoques, los quejigos y los acebuches que caracterizan ese precioso territorio protegido.


Después del paseo, nos quedamos a comer en el magnífico Restaurante La Gañanía, que es el restaurante del hotel. El tema fue que, por la mañana, cuando habíamos decidido lo que íbamos a hacer, quisimos reservar, pero nos dijeron que ya iba a ser complicado. Por fortuna, como habíamos estado alojados allí, nos ofrecieron que podíamos almorzar a las 13:30, antes que nadie, y dijimos que sí. Fue un acierto, sin duda, porque dejaron que nos sentáramos en la mejor mesa de todas.


El nombre del restaurante me resultó curioso, porque una gañanía es un conjunto de gañanes. Sin duda, es una denominación original.


Lo cierto es que pasamos un rato muy bueno comiendo en La Gañanía. Por último, de nuevo nos volvimos a beneficiar de que habíamos estado alojados en el Hotel Casa Convento La Almoraima, porque nos dieron la posibilidad de echar unas horas en su magnífica piscina, y no la desaprovechamos.



Yo soy muy de secano, siempre lo digo, pero eché en esa piscina una tarde sensacional. En primer lugar, se estaba de maravilla a la sombra, por lo que me eché la siesta y no me moví de la hamaca en mucho rato. Aparte, estuvimos casi solos. Al final, incluso me di un chapuzón. Así da gusto.

Antes de acabar, tengo que decir que, en la explanada trasera del Hotel Casa Convento La Almoraima se celebró, durante todo el fin de semana, la primera edición del Mercado Artesanal La AlmoraimaEl evento fue un éxito de tal calibre, que sorprendió a los propios empleados del hotel con los que yo hablé. 


En efecto, tanto el domingo a última hora de la mañana, como el sábado por la tarde, que fue cuando yo me acerqué, la zona de puestecillos estuvo hasta la bola, la barra que habían montado en el lado de la explanada que pegaba con el hotel también, y las actividades paralelas que se planificaron tuvieron un éxito que ni los organizadores esperaban. La gente del entorno se volcó con el evento, cosa de la que yo me alegro. 


La principal particularidad del Mercado Artesanal La Almoraima fue que estaba ambientado en 1915, año en el que la Reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII, visitó la Finca La Almoraima. Por lo visto, en 1911 Luis Fernández de Córdoba, que era el duque de Medinaceli por aquel entonces, se había casado con Ana María Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos (ahí es nada...), la cual era dama de la reina. Eso explica por qué Victoria Eugenia de Battenberg se dejó caer por La Almoraima en 1915.

Debido a ese hilo conductor, tanto los que habían montado los puestos, como los responsables de las actividades paralelas, iban vestidos como si fueran insignes ciudadanos de principios del siglo XX. Nosotros, le echamos un vistazo al mercado, nos tomamos una cerveza en la barra, y nos unimos a una ruta guiada por las instalaciones del hotel y por sus alrededores. La misma la condujo una voluntariosa chica, que se esforzó por poner en contexto el edificio. No obstante, incluso el más avezado guía turístico hubiera sufrido para dinamizar una visita en la que se juntaron medio centenar de personas, por lo que la joven, que tenía muy pocas tablas, se las vio y se las deseó para contar lo que llevaba preparado y que viéramos algo. Por eso, después de un rato, María y yo decidimos aligerar el nutrido grupo y nos fuimos ya a Castellar Viejo.

En definitiva, los dos días en Castellar de la Frontera fueron un bálsamo. La segunda mitad del verano ha tenido un punto complicado, y el otoño se presenta intenso, por lo que necesitaba esta breve desconexión. Eso sí, nos quedamos sin ir a Gibraltar, que era el plan original para el domingo, a pesar de que estaba tan cerca, que se veía el Peñón desde el Castillo.


Lo de ir a Gibraltar continúa pendiente, pero no va pasar mucho tiempo antes de que salde esa cuenta. Seguiremos informando...


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CASTELLAR DE LA FRONTERA.
En 2011 (primera visita), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 45'5% (hoy día 59'1%).
En 2011 (primera visita), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 16'6% (hoy día 22'4%).