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7 de agosto de 2024

SANTANDER 2024

Santander es un lugar magnífico para celebrar un cumpleaños, sobre todo si es el de mi madre, que es una enamorada de esa ciudad. Por eso, el pasado 5 de agosto nos fuimos para allá, con la intención de darnos un homenaje junto a ella en el Restaurante Cañadío.


El Restaurante Cañadío se inauguró en 1981, y parece que en su día fue un negocio de restauración muy innovador. Como referencia, en Tripadvisor está situado en el puesto 15, de los 634 restaurantes de Santander que aparecen en esa web. En ella, cuenta con más de 2.300 reseñas, por lo que los clientes satisfechos son muchos. Formalmente, la puerta del local se asoma a la Calle Gómez Oreña, pero sus mesas exteriores están ubicadas en la Plaza Cañadío, que se encuentra enfrente.


Con lo que he dicho, queda claro que Cañadío es toda una institución en Santander. Sin embargo, a mí me decepcionó un poco. No es que no sea un buen restaurante, ni mucho menos, pero uno se pone exigente, cuando paga 27 euros por un trozo de rodaballo al horno con patatas panaderas, así como 15 euros por un plato de croquetas, por poner dos ejemplos de lo que costaron las cosas que pedimos. En mi opinión, en Cañadío, ni el emplazamiento, ni el servicio, ni el tamaño de las raciones valen ese dinero. Con respecto a lo primero, en la foto superior se puede apreciar que la Plaza Cañadío es muy bonita, pero que las mesas de la terraza del restaurante están colocadas en una simple acera en pendiente. En ella, comes debajo de una carpa y con la hilera de coches aparcados a un metro. El lugar está lejos de ser idílico. Aparte, nos sirvió un camarero en prácticas que estaba tremendamente verde, lo cual no es grave, porque tampoco soy marqués de nada, pero resulta raro que en un sitio de esa categoría, el camarero tenga tantas lagunas, que la encargada le acabe enmendando la plana y le llegue a reprender allí mismo. Por último, el rodaballo estuvo rico, pero a mí se me quedó corto, para el precio que tenía.

No obstante, una vez que he he puesto a parir al restaurante, voy a decir lo bueno que tiene, que también lo hay. En efecto, puedo confirmar que la tortilla de patatas que ponen en Cañadío entra, sin ningún problema, en el Top 3 de las mejores que yo he probado en mi vida, que han sido muchas. De hecho, está tan deliciosa, que no le doy directamente la medalla de oro de milagro. Por otro lado, a la tarta de queso le sucede un poco lo mismo. 


A mí los dulces me llaman más bien poco, y casi se me cayeron dos lagrimones al probar la tarta de la foto. Con eso lo digo todo.

En definitiva, lo que pasa es que el Restaurante Cañadío tiene truco. En efecto, se vende como un elegante restaurante, y en parte lo es, pero, en realidad, también dispone de una zona de bar, es decir, en su interior tiene una barra y mesas altas, y en la terraza cuenta, igualmente, con varias de estas últimas. Las mismas no se reservan, y se petan, pero es en ellas en las que hay que acomodarse, pidiendo del tirón los platos estrella. De hecho, mi cuñado, que es santanderino, nunca había comido a la carta en Cañadío, pero nos dijo que allí sí había picado unas raciones un montón de veces. Desde luego, había cola para coger los sitios menos formales, y yo, incluso, vi a gente zampándose una porción de tortilla de patatas de pie en la acera, apoyando las bebidas en el alfeizar de la ventana. Me da la impresión de que la fama del establecimiento proviene más de los que se dan un homenaje sentados en un taburete, o ni eso, que de los que se dejan en almorzar más de 50 euros por comensal. Tomo nota para la próxima.

De todas maneras, nosotros íbamos a celebrar un cumpleaños, y estuvimos muy a gusto. En esta ocasión, no tuve tiempo de sacarle más jugo a Santander, pero sí nos pudimos dar un breve paseo por la zona de la ciudad que mejor conozco, que es la del Centro y la del barrio de Puertochico. El primero lo pisé tan de refilón, que lo único que hice fue cruzar los Jardines de Pereda, tras aparcar. Por lo que respecta al segundo, dado que en su extremo oeste es donde está la Plaza Cañadío, el ir allí nos permitió pasar por la Plaza de Pombo y por el Paseo de Pereda. Aparte, a pesar de que no nos eternizamos en Santander, después de comer nos dimos el gustazo de ir hasta el Paseo Marítimo, para asomarnos desde él a la Bahía de Santander.


Ya he hablado en este blog de Santander un par de veces, además de esta, pero tengo pendiente regresar allí, a recorrer bien la ciudad, para contarlo en un post. Seguramente, ese día vuelva a Cañadio... a comer en las mesas altas.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SANTANDER.
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Cantabria: 33'3% (hoy día 100%).
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 12'7% (hoy día 36'7%).


26 de febrero de 2022

SANTANDER 2022

Uno de los días que estuvimos en Santillana del Mar y que nada reclamaba nuestra atención en Llanes, mi madre y yo decidimos ir en Santander. La capital cántabra es una de sus ciudades favoritas desde siempre, y yo también le tengo cariño. De hecho, son muchas las veces que he ido a ella y en este blog ya he hablado de la visita que hice en 2019. Además, el día en cuestión salió algo lluvioso, por lo que nos pareció que echar la jornada en un contexto urbano podía ser buena idea.


Como he dicho, en Santander he estado bastantes veces, pero tampoco es una ciudad que tenga muy explorada. Por ello, esta visita era una gran oportunidad para ampliar un poco el número de cosas conocidas en ella. Mi madre propuso ir al Centro Botín y me pareció fantástico. En 2013, cuando estuve en Santander por penúltima vez, el mismo ni siquiera existía. En 2019 sí, pero no me fijé en él. En la actualidad, el edificio ya es un referente, por lo que ver su interior era una buena manera de conocerlo y de profundizar en uno de los principales puntos neurálgicos de la localidad.

En el post dedicado a la visita de 2019 comenté que el Puerto de Santander es muy grande y que está dividido en varios tramos. En aquella ocasión, hablé del Muelle de Calderón, que es uno de ellos. También mencioné la Grúa de Piedra, que es una antigua grúa que ha sido convertida en un monumento. Sin embargo, no hice mención al trozo del Puerto en el que está dicha grúa. Pues bien, esta se encuentra ubicada en el sector portuario que está justo al oeste del Muelle de Calderón, es decir, en el Muelle de Albareda y Maura. En él, antaño solo estaba la Grúa de Piedra y la parte más cercana al mar de los Jardines de Pereda. Ahora, en lo que era ese pedazo de parque es donde se ha erigido el Centro Botín.


El Centro Botín es un centro de arte inaugurado en 2017 por la Fundación Botín, que está íntimamente ligada al Banco Santander. Es obra del arquitecto Renzo Piano y está dedicado a desarrollar la programación de arte, música, cine, danza y literatura de la fundación. Como suele ocurrir con este tipo de lugares, yo al visitarlo estaba más interesado en ver el edificio por dentro, que en conocer la exposición de turno que albergaba. No entiendo tanto de arte como para disfrutar de las obras que no son clásicos. No obstante, otras veces lo expuesto en este tipo de centros me ha llegado más. Esta vez, sin embargo, salvo algunos de los ocho cuadros de grandes maestros de la exposición permanente, lo demás me pareció decepcionante. 

El edificio, en cambio, me gustó a todos los niveles. La estructura general de la construcción me pareció muy atractiva.

 
Aparte, me encantaron las vistas de Santander a través de sus enormes cristaleras, tanto las del lado que daba al mar, como las del que miraba directamente a la ciudad. Por las ventanas sí se podían sacar fotos del exterior, por fortuna, aunque no era posible fotografiar el interior del edificio.



Por último, me parecieron también bonitas las vistas desde la azotea. Para subir a ella no es necesario pagar la entrada, cualquiera puede hacerlo a través de unas escaleras que dan a la calle.

Después de ver el Centro Botín llegó el momento de comer. Nos apetecía pizza o pasta y, por ello, buscamos el restaurante italiano más cercano. Para llegar a él nos dimos un pequeño pateo, pero para mí estaba incluido en el plan andar por Santander, por lo que no me importó. Así pues, desde el Paseo de Pereda nos internamos en el llamado ensanche, que es la parte de la ciudad que se erigió en la segunda mitad del siglo XVIII, en forma de cuadrícula, al este del núcleo amurallado de Santander. Es la zona santanderina que mejor conozco. Cerca del mar es plana, pero pronto empieza a empinarse cuando se deja atrás la primera línea de costa. Nosotros nos encaminamos hacia Nomada Pizza, un restaurante que está situado precisamente un poco en el interior, en el Paseo de Menéndez Pelayo


Esta arbolada avenida es la que une el ensanche con El Sardinero. Nosotros, en nuestro paseo atravesamos la Plaza de Pombo y la Plaza Cañadío, dos de los enclaves emblemáticos de un barrio del ensanche llamado Puertochico.


Tras la caminata acabamos desembocando en el principio del Paseo de Menéndez Pelayo y, poco después, llegamos a nuestro destino. Tengo que decir que Nomada Pizza tuvo luces y sombras para mí. El local está ambientado de forma agradable y el servicio me pareció correcto, pero la comida está muy recomendada en webs como Tripadvisor, y la verdad es que a mí no me pareció para tanto. Yo me pedí una pizza que no estaba mal, pero las he tomado mejores en bastantes sitios. Aparte, mi madre se pidió un plato de pasta y se comió lo que quiso, pero yo no pude rebañar el resto, porque el tercio de tagliatelle que se había dejado estaba nadando en aceite en el fondo del plato. Personalmente, volvería a comer allí, porque ya digo que parece un restaurante muy popular, tiene una carta muy amplia y, además, sus dueños fueron amables, pero lo que comí el otro día me pareció mejorable.

Dicho esto, lo cierto es que echamos un buen rato almorzando. Luego, desandamos nuestros pasos, más o menos, hasta el aparcamiento de los Jardines de Pereda. No obstante, no teníamos intención de irnos aún. Muy al contrario, lo que hicimos fue desplazarnos hasta la zona de las playas de El Sardinero.


Por el extremo de El Sardinero que da al mar también nos dimos un agradable paseo verpertino. Recorrimos el final de la Avenida de la Reina Victoria y el tramo de la Avenida de Castañeda que llega hasta los Jardines de Piquío. Esa zona ajardinada está situada sobre el saliente rocoso que separa la Primera Playa de El Sardinero de la Segunda Playa de El Sardinero. Allí nos sentamos durante un rato, contemplando el mar.

Antes de regresar a Santillana aún nos desplazamos hasta una tercera parte de Santander. En concreto, fuimos a los alrededores del Faro de Cabo Mayor. En 2019 no estuve muy lejos de allí, pero no llegué hasta la zona del Cabo Mayor donde está el faro. En la actualidad, el mismo es un centro de arte, que por la tarde estaba cerrado.


Desde ese lugar las vistas también son espectaculares. Hay, en ese extremo norte de la ciudad de Santander, unas cuantas cosas que explorar. Realmente, es una zona que está casi sin construir, y merece la pena recorrerla por los caminos, bordeando los acantilados.


Esta vez, sin embargo, nos quedamos en el entorno del Monumento a los Caídos, que está situado frente al Faro y se asoma al mar. Aún quedan muchas cosas por descubrir en Santander. Por fortuna, se que volveré.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SANTANDER.
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Cantabria: 33'3% (hoy día 100%).
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 12'7% (hoy día 35'7%).


22 de enero de 2022

TORRE DEL ORO Y PASEO COLÓN 2022

Hace unos meses decidí que iba a dejar de darle bola en los posts a la COVID-19 y a sus efectos. Es evidente que la pandemia está marcando nuestras vidas, pero me niego a que afecte a mi motivación por hacer cosas. Desde siempre, en cada momento he hecho lo que se ha podido, en lo que a viajes y a carreras se refiere, adaptándome a las circunstancias. Por ejemplo, cuando he tenido más dinero he viajado más, y cuando he estado tieso me he movido menos. Sin embargo, ni en uno ni en otro caso he hecho referencia al dinero en los posts. Doy por hecho que se sobreentiende que hago siempre todo lo que estoy en posición de hacer. Partiendo de esa mentalidad, en relación con la COVID-19 tomé una postura similar, por lo que empecé a obviar al virus al escribir. El bicho persiste y limita, pero yo sigo exprimiendo las posibilidades que nos va dejando. Por ello, las cortapisas por la pandemia las puse al mismo nivel que las monetarias y, en vista de eso, dejé también de mencionarla en cada artículo. Pese a esto, en algunos posts no me ha quedado más remedio que nombrarla. Este va a ser uno de ellos: resulta que en diciembre le regalé a María por su cumpleaños un par de entradas para ir al ballet. Tras las navidades, es bien sabido que el SARS-CoV-2 está campando a sus anchas por España y, por lo que a nosotros respecta, tras varias falsas alarmas, entró en casa la semana pasada. El bache se ha sobrellevado bien, pero María ha tenido algo de fiebre y ha estado una semana aislada. Los demás no nos hemos contagiado, no me explico como. El caso es que el sábado, María y yo teníamos previsto ir al ballet, pero ella, como es lógico, no pudo ir. Yo sí fui, no era plan de que se echaran a perder las entradas, y tanto Ana como Julia se mostraron bien dispuestas a acompañarme. De hecho, llegué a intentar comprar otra entrada para que vinieran las dos, pero me encontré conque ya no había. En consecuencia, lo eché a suertes y, finalmente, fue Julia la que vino conmigo. Dicen que no hay mal que por bien no venga, y esto es una prueba más, porque pasé con mi hija en el Teatro de la Maestranza una velada que perdurará en mi memoria para siempre. Además, puede entrar en el edificio.


En cualquier caso, todo esto lo cuento porque, a raíz de pensar en ir con María al Teatro de la Maestranza, se me ocurrió que era el momento perfecto para terminar de explorar uno de los lugares que están en mi lista de enclaves andaluces que hay que conocer sí o sí. En efecto, en dicho listado hay uno que fijé como Torre del Oro y Paseo Colón, incluyendo el Kiosco. En diciembre de 2020, tras ver la Torre del Oro, escribí el primero de los posts que tenía pensado dedicar a este edificio y a la calle en la que está. El presente complementa a aquel. La visita al Maestranza ha provocado la coyuntura idónea para diseccionar el Paseo Colón.


Como ya conté en el post de 2020, toda la orilla oriental del Río Guadalquivir forma un continuo de varios kilómetros, desde el Puente de San Telmo hasta el del Alamillo. En todo ese tramo hay un camino peatonal al nivel del agua y, pocos metros por encima, una calle asfaltada paralela, por donde circulan los coches (realmente, el nivel de la ciudad se encuentra por encima del río, como queda patente). Paseo de Cristóbal Colón es el nombre completo que recibe el tramo de esa larga arteria que va desde su confluencia con la Calle Almirante Lobo hasta el Puente de Isabel II. Por uno de sus lados tiene una acera normal, a la que dan un buen número de inmuebles de varios tipos. Por el opuesto, en cambio, lo que tiene es un amplio paseo, a cuyos pies está el otro que va al nivel del Río Guadalquivir.

Se podría decir que los enclaves destacados del Paseo Colón se agrupan en cuatro grupos. En primer lugar, están los edificios especialmente destacados, entre los que se encuentran la Torre del Oro, la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla y el Teatro de la Maestranza. De los dos primeros ya he hablado en este blog, y del tercero lo haré un poco más abajo. 


El teatro y la plaza de toros están en el lado edificado de la calle, mientras que la torre se encuentra en el que da al río. La acera de este último es, en sí misma, otro de los lugares sobresalientes de la avenida. En efecto, dado su destacado emplazamiento al borde del río y frente a Triana, las vistas desde el flanco oeste del Paseo Colón son una maravilla, que lo convierten en una atracción turística. 

El tercer grupo de enclaves destacados de la calle, además de los inmuebles y de los sitios desde donde hay bonitas vistas, es el de los muchos bares de copas que están emplazados en la acera edificada, así como el de los dos kioscos que, en cambio, están en la que da al río. Por último, en cuarto lugar, la avenida tiene diseminadas, por sus 770 metros, hasta siete esculturas, que son independientes, pero que tienen una cierta relación.

Como he comentado, el pasado sábado fui con Julia al Teatro de la Maestranza. De los edificios más destacados del Paseo Colón, este era el que tenía pendiente. 



Vimos en él una representación de El Lago de los Cisnes, que es un auténtico clásico del ballet. Su partitura es de Piotr Ilich Chaikovski y tiene un fragmento que se repite en cada acto, que es muy conocido. En este caso, la pieza musical fue interpretada por la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Aparte, El Lago de los Cisnes es la obra de danza por excelencia. Se estrenó en 1877 y en un primer momento no tuvo mucho éxito, pero en 1895 se representó de nuevo con una nueva coreografía, creada por Lev Ivanov y Marius Petipa, y ahí sí pegó el pelotazo. Desde entonces, se han sucedido las revisiones a esa versión, hasta el punto de que, en la actualidad, El Lago de los Cisnes está considerado como el paradigma del ballet. Por tanto, para un absoluto desconocedor de lo que es este arte, como lo soy yo, es perfecta. En el Teatro de la Maestranza la puesta en escena correspondió al Aalto Ballet Essen. Vi bailarinas con tutú blanco, bailarines que eran como juncos, giros por doquier y movimientos llenos de lirismo, es decir, no faltaron ninguno de los elementos que yo identifico con el ballet. Eso sí, no fui capaz de seguir la historia. En efecto, disfruté de la función y capté el sentido de la trama, pero lo hice sin tener apenas idea de por donde iba el hilo argumental. Aún así, como buena expresión artística que es, me da la impresión de que el espectáculo no pretendía contar una historia en plan realista, sino que era como un cuadro abstracto, que te transmite sensaciones sin que entiendas demasiado bien lo que ves. En todo caso, con independencia de esto, me encantó ver que el Teatro de la Maestranza se llenó a tope. En el patio de butacas, que tiene capacidad para 1.800 personas, no cabía ni un alfiler, lo que fue bastante estimulante. 


Además, el público fue muy variado, en lo que a edad se refiere: había muchos veteranos, pero yo no desentonaba en absoluto, y también vi a jóvenes, a adolescentes e incluso a niños. Julia no estuvo fuera de lugar, ni mucho menos. En el entreacto, bajamos abajo y nos tomamos un piscolabis en el bar. Antaño, parece que este estaba en el interior del edificio, pero ahora, con la pandemia, lo han montado en el rellano de la entrada, que está bajo unos soportales, pero al aire libre. 


En definitiva, las tres horas que eché con Julia en el Teatro de la Maestranza fueron inolvidables para mí.


He dicho antes que los enclaves destacados del Paseo Colón se agrupan en cuatro grupos. El primero es el de los edificios. El segundo sería el de los sitios outdoors con vistas destacables, que realmente son solo uno, dado que todo el frente occidental de la avenida forma un continuo, abierto por completo al río. En un buen tramo de esa parte, además, el acerado se ha ensanchado, con la idea de que se pueda pasear con más facilidad, disfrutando del lugar.


El tercero de los puntos fuertes del Paseo Colón sería el de los bares. A este respecto, el propio sábado vi que el extremo norte de la calle es un auténtico foco de marcha pureta. Nosotros aparcamos en un aparcamiento subterráneo que recorre el subsuelo de la avenida, y salimos a la superficie a la altura de los veladores de los baretos. Hace tres o cuatro siglos, cuando yo salía, estos eran de ambiente. Yo una vez estuve en uno de ellos. Desde hace años, el perfil ha cambiado, y tanto esos pubs, como lo que hay a la vuelta de la esquina, en la Calle Reyes Católicos, son locales de copas para gente de mi quinta, sin que la orientación sexual de los clientes esté ya tan definida. En uno de los de Reyes Católicos sí estuve una noche, hace un par de años o tres. 

Pese a todo, del conjunto de bares que hay en la vía, yo adonde quería ir esta vez era a uno de los dos kioscos que hay en la otra acera. No en vano, en mi lista de lugares andaluces de imprescindible visita, la maravilla que ha originado este post se fijó como Torre del Oro y Paseo Colón, incluyendo el Kiosco. Así estaba en la relación de sitios que me sirvió de base para elaborar mi listado, y así la incluí yo. Lo que pasa es que, para ir a alguno de los kioscos tenía que volver en otro momento que no fuera el sábado por la noche. Para hacerlo, aproveché que, apenas un par de días después de ir al teatro, tuve que ir al centro de Sevilla. En efecto, el lunes no me fui para casa después del trabajo y, antes de ir a hacer los mandaos que tenía pendientes, me fui hasta el Paseo Colón para dar un paseo, valga la redundancia. En ese rato hice dos cosas: la segunda fue ir a ver todas las estatuas que están repartidas por la calle, pero antes me tomé un café en el Kiosco del Agua.


De los dos kioscos que hay en el Paseo Colón, el Kiosco del Agua es el que es apropiado para tomar un café tranquilo. El otro está más enfocado a las copas. Yo, por tanto, me senté en el lugar correcto. En principio, estaba dispuesto a que me clavaran. Era consciente de que el emplazamiento se paga y, sin duda ninguna, el del Kiosco del Agua es soberbio. Por eso, la minúscula bebida me costó dos euros, pero di por bien gastado el dinero.


Lo que pasa es que, además, el café estuvo muy bueno. No daba un duro por la calidad de lo que me iban a poner en el Kiosco del Agua, dado que es un lugar tan enfocado al turismo, que yo nunca había parado en él. Sin embargo, para mí sorpresa, lo que me tomé me gustó mucho. Eso que me llevé.

El cuarto punto fuerte del Paseo Colón es el comentado de las estatuas. En efecto, a lo largo de la avenida hay siete obras escultóricas de diversa factura, que representan a personas concretas. Se han ido colocando a lo largo del tiempo, por lo que no forman ningún conjunto. No obstante, no se si por lo turístico que es el emplazamiento o por qué, pero seis de las siete esculturas son de lo más costumbrista: hay tres de toreros, una de un cantaor flamenco, otra de una condesa vestida de corto y, por último, otra de una cigarrera gitana. La séptima es de Mozart.

Por orden cronológico, la más antigua es la Estatua de Carmen La Cigarrera, que data de 1973. Se encuentra enfrente de la Plaza de Toros de la Real Maestranza, en la acera contraria. Como digo, es la estatua más veterana, pero también es la que menos se ve, ya que desde su lado de la calle queda oculta por la vegetación que hay, en ese tramo, entre el bordillo y la zona por la que se pasea. Además, la acera opuesta queda un poco alejada. Por ello, desde donde mejor se aprecia es desde el asfalto por el que pasan los coches, pero cuando uno va circulando no se repara en ella. Sin embargo, ahí lleva casi medio siglo, homenajeando a Carmen, la gitana que trabajaba en la Real Fábrica de Tabacos, y que sirvió de inspiración en 1845 a Prosper Mérimée para escribir su novela Carmen, que años después fue convertida en una ópera por Georges Bizet


Algo posterior a la de Carmen es la segunda estatua que se erigió en el Paseo de Cristobal Colón. Está situada en la zona ajardinada, denominada Jardines de Rafael de Montesinos, que se encuentra en el extremo norte de la calle, en el lado del río, enfrente de la zona de bares de copas. En medio de ese pequeño espacio de parterres y glorietas se erige, desde 1990, la Estatua de Antonio Mairena. Por lo visto, Antonio Mairena es uno de los cantaores más relevantes de la historia del flamenco, y por eso se le inmortalizó cantando. Hace años, cuando estaba recién inaugurado el monumento y yo estaba entrando en la adolescencia, un amigo mío dijo de broma que, en vez de cantar, parecía que se estaba quemando. Aquel día me entró la risa floja con el comentario jocoso, y desde entonces cuando la veo ya no se me viene a la cabeza otra cosa que el "¡Ay! Que me quemo".


Bromas aparte, lo que sí que es cierto es que el busto debería estar más limpio. Yo mismo eché la foto e inmortalicé a una paloma sobre la testa del cantaor. No queda muy bien que la representación de la cabeza calva de Antonio Mairena esté llena de heces de paloma. No obstante, el jardín urbano en el que está el monumento es agradable.


La Estatua de Mozart es la tercera más antigua, y es la única que se sale del costumbrismo sevillano. Se colocó ahí en 1991, unos meses después de que se inaugurara el Teatro de la Maestranza, que ahora está al lado. No obstante, pese a que parece lógica su ubicación, el monumento y el teatro no siempre formaron un tandem. En efecto, la estatua estuvo durante trece años no muy lejos de la Torre del Oro. En 2004 se desmontó para su restauración y, dado que había sufrido ataques vandálicos, se fue a colocar en los Jardines de La Caridad, que están junto al Teatro de la Maestranza y que, por la parte de atrás, dan al Paseo Colón. Sin embargo, Wolfgang Amadeus Mozart nunca llegó a estar en ese recinto vallado, ya que al final se ubicó en el lugar donde sigue hoy día, delante de esos jardines, pero fuera.


En 1991 la estatua conmemoraba el segundo centenario de la muerte del genio, que situó en Sevilla la trama de dos de sus óperas más famosas, Las Bodas de Fígaro y Don Giovanni, a pesar de que nunca estuvo en España.

De vuelta al costumbrismo, en el presente siglo se colocaron, en tres puntos no muy alejados de la Plaza de Toros de la Maestranza, otras cuatro estatuas, tres de toreros y otra de un personaje de la familia real española. La más antiguas de las taurinas es la de Curro Romero, que data de 2001. En realidad, la misma no está en el Paseo Colón, sino en una pequeña plaza que da a ella, que se ha denominado Glorieta de Curro Romero


Sin embargo, esa minúscula zona ajardinada realmente no es más que un ensanchamiento de la acera oriental del Paseo Colón, por lo que considero que la Estatua de Curro Romero no debe faltar en este post.

Enfrente de la Plaza de Toros de la Maestranza, pero en la otra acera, están las otras dos estatuas de toreros. De ellas, la más antigua es la de Pepe Luis Vázquez, que se inauguró en 2003.


La otra es la de su hermano, Manolo Vázquez, que data de 2006. Los dos diestros eran sevillanos y tienen una calle en el recinto de la Feria de Abril, al igual que Curro Romero. Pepe Luis fue el más importante, pese a que toreó a pleno rendimiento menos de tres lustros, en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Su hermano pequeño, Manolo, recibió la alternativa en 1951 y toreó hasta los años ochenta.


Por último, la séptima estatua de la calle es la de María de las Mercedes de Borbón y Orleans, condesa de Barcelona y abuela del actual rey de España. Se inauguró en 2008. Mercedes de Borbón vivió en Sevilla entre los diez y los veinte años, aunque realmente estuvo interna en el mismo colegio de Castilleja de la Cuesta en el que mi madre pasó dos años, como ya conté en su día. Por ello, su relación con la ciudad hispalense fue siempre especial. De todas las obras escultóricas que hay en el Paseo Colón, la suya es la que mejor se ve.


En definitiva, con este post el Paseo Colón queda analizado con detalle. El enclave que denominé Torre del Oro y Paseo Colón, incluyendo el Kiosco ya no tiene secretos para mí.



Reto Viajero MARAVILLAS DE ANDALUCÍA
Visitado TORRE DEL ORO Y PASEO COLÓN, INCLUYENDO EL KIOSCO.
En 1988 (primera visita), % de Maravillas de Andalucía visitadas en la Provincia de Sevilla: 18'7% (hoy día 68'7%).
En 1988 (primera visita), % de Maravillas de Andalucía visitadas: 4'1% (hoy día 38%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado SEVILLA.
En 1988 (aún incompleto este reto), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 10% (hoy día 50%).
En 1988 (aún incompleto este reto), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'1% (hoy día 4%).


14 de agosto de 2019

SANTANDER 2019

Siempre me ha parecido que Santander es como dos ciudades en una. Ello se debe a que es una población abierta al mar, pero por su particular disposición parece tener dos puntos neurálgicos: por un lado el casco urbano mira hacia el sur, donde se ubican el puerto y tres de sus playas, y por el otro se vuelca también hacia el este, donde tiene otros cuatro sensacionales arenales.


Cuando uno se adentra en Santander por el norte, lo cual es muy normal, y ve la zona de El Sardinero, ya tiene la sensación de estar en el meollo de la ciudad. Luego continúa y parece que al llegar al itsmo de la Península de la Magdalena ha alcanzado el final de ese meollo, pero después de un brusco giro a la derecha empieza a bajar, sigue paralelo a la costa y acaba en otra parte de la población que es igualmente céntrica (de hecho, es el centro propiamente dicho). Realmente Santander es una ciudad dispuesta en ángulo recto, cuyo vértice es la mencionada Península de la Magdalena. Su gran atractivo se basa en que los dos lados de ese ángulo se han desarrollado en paralelo, ambos suman y conforman una urbe con dos caras encantadoras.

Por otra parte, a pesar de lo que pudiera parecer por encontrarse rodeada de mar, Santander tiene bastantes cuestas, ya que tanto por un lado como por el otro en cuanto la ciudad se aleja un poco del agua empieza a empinarse, lo que hace que la estampa general que ofrece sea más llamativa, si cabe.


En definitiva, en Santander los monumentos y los museos están totalmente eclipsados, allí los paseos al borde del Cantábrico, las playas y las fachadas de los palacetes roban el protagonismo a todos los atractivos indoor que pueda haber.

Mi madre veraneó durante su infancia y su juventud en Santillana del Mar, por lo que siempre ha tenido a Cantabria y a su capital como referentes. Curiosamente, pese a esto mis padres se construyeron la casa en el año 2006 en Asturias, pero el lugar concreto del Principado donde lo hicieron fue Llanes, que está equidistante entre SantanderGijón. Ellos, por inercia, cuando tienen necesidades urbanitas, a pesar de estar en Asturias siempre miran a Santander, adonde van todos los veranos unas cuantas veces. Esto ha provocado que yo también haya ido con cierta frecuencia, aunque mi primera visita consciente fue con 19 años.


Además, el marido de mi hermana es santanderino, él se ha criado y vive en Sevilla, pero gran parte de su familia vive en Santander. Gracias a eso estuve en 2012 en la espectacular casa de sus abuelos, que está en El Sardinero, uno de los barrios por excelencia de la ciudad.


En cualquier caso, aún no había ido a Santander desde que escribo en este blog y el presente año me pareció perfecto para programar una excursión, que al final fueron dos, ya que el primer día que fuimos, siguiendo la recomendación de un vecino, comimos en El Barco, un restaurante que resultó estar en el extremo norte de la ciudad, cerca de la Playa de Mataleñas.


Allí nos lo tomamos con mucha calma, nos pegamos una buena comilona y acabamos bajando a la playa para darnos un baño. Como era de esperar, debido a eso se nos hizo tarde y no pudimos llevar a cabo el plan previsto inicialmente, que incluía coger en el Puerto un barquito de los que recorren la Bahía. Nos quedamos con las ganas y eso hizo que unos días después, antes de regresar al sur, decidiéramos volver a Santander.

Lo del barco fue muy divertido, yo ya me había montado en él en 1998 y en 2002, y tenía un recuerdo tan grato, que me empeñé en repetir el viaje para que Ana y Julia lo disfrutaran (en las dos fotos de abajo se puede comprobar que los 21 años que hay entre ambas imágenes no han pasado en balde...).



El barco de Los Reginas (la empresa que fleta las lanchas desde 1967) nos llevó, bordeando toda la ciudad, hasta Cabo Mayor. Para recorrer el último tramo salió durante un rato a mar abierto antes de dar la vuelta. Esa fue la parte más divertida de la travesía, por como se movía la embarcación.


Santander está volcada al mar y verla desde él es indispensable. Gracias al paseo se pueden poner en conexión todas las partes que componen la ciudad, partiendo de su Puerto, que es muy grande y se encuentra dividido en varios tramos. Nosotros cogimos el barco en el Muelle de Calderón, el trozo de 270 metros que va desde el Palacete del Embarcadero hasta el edificio del Real Club Marítimo de Santander.




Muy al principio se pasa junto al Puerto Deportivo y se dejan a la izquierda todos los edificios de Santander que miran hacia la Bahía.


Yendo a pie bordeando la costa, en un momento dado la calle se eleva, en el tramo en el que esta se llama Avenida de la Reina Victoria, y pese a que varios edificios quedan al nivel del agua, la mayor parte de Santander pasa a estar en alto mientras busca el principio de la Península de la Magdalena. Desde el mar esa configuración urbana se aprecia a la perfección.


Desde el barco la visión de la Península de la Magdalena y de su palacio también es espectacular. Nosotros los visitamos ambos y de ello hablaré en el próximo post, pero, si bien recorrer a pie la Península es básico para conocerla, hay que decir que verla desde el mar es un complemento perfecto que nadie debería perderse.


Al otro lado de La Magdalena se extiende la otra parte de la ciudad, la que da al este. Allí no hay puerto, sino que son las playas las protagonistas (dando al sur también las hay, no obstante). Desde la lejanía se ve El Sardinero en alto y como se desliza la población suavemente hasta el mar.


Tras llegar a Cabo Mayor el barco gira sobre sí mismo y de regreso se separa algo más de la costa para bordear por fuera la Isla de Mouro y acercarse al otro lado de la Bahía, de manera que se pueda ver de cerca el Puntal de Somo, una barra de arena que se adentra en el mar y que conforma una playa virgen a la que quiero ir sin falta.



Tras pasar junto al extremo del Puntal el barquito atraviesa la Bahía y enfila el embarcadero, donde atraca después de una agradable hora de travesía.

Ese día, dado que estábamos en la zona del Puerto, dimos una vuelta por la parte considerada como el centro de la ciudad. Se trata de un sector bastante cuadriculado, que va desde la Plaza del Ayuntamiento hasta la Calle Casimiro Sainz. Nosotros anduvimos por una de sus grande arterias, el Paseo de Pereda, que durante un buen tramo da directamente al Muelle de Calderón.


Luego nos adentramos hasta la Plaza de Pombo y, un poco más allá, comimos en el Mesón Rampalay, todo un clásico del picoteo en la ciudad al que vamos casi siempre.


En la propia Plaza de Pombo hicimos después un alto en el Café de Pombo, un local al que se va a disfrutar de su ambiente decimonónico, más que a otra cosa, aunque en este caso cubrió nuestras necesidades, que no eran otras que tomar unos cafés y un par de helados (creo que es un sitio que decepciona a muchos, aunque a mí me gusta su ambiente viejuno, pero cuidado y pulcro. No obstante, es verdad que las niñas iban con la idea de pedirse unos helados y a duras penas pudieron elegir entre un par de sabores).


La jornada la acabamos acercándonos de nuevo al mar para echar un rato en los Jardines de Pereda, que dan a la Grúa de Piedra (es una antigua grúa que ahora se ha convertido en un monumento). Allí encontramos un parque infantil muy animado con cacharritos bastante originales que hicieron las delicias de Ana y de Julia durante un buen rato. En vista de eso, María y yo nos sentamos en la Cafetería Jardines de Pereda, dispuestos a que nos sajaran por un descafeinado y por una Coca Cola. Así lo hicieron, pero como estaba asumido disfrutamos del agradable emplazamiento que tiene su terraza sin mayores problemas.


En toda esa parte de la ciudad que cae a la Bahía de Santander se concentran muchos de sus atractivos, yo algunos los he visto en el pasado y otros no. En visitas futuras los iré desgranando para no hacer este post demasiado largo.

El primer día, por otro lado, no habíamos llegado hasta el Puerto, ya que echamos la mañana en el Palacio de la Magdalena, que está, como he dicho, en el vértice de la ciudad, y después de verlo, en vez de tirar hacia el centro tiramos hacia el entorno de la Playa de Mataleñas.

Yo ese extremo norte de Santander no lo conocía en absoluto, el mismo ocupa el terreno de dos cabos que sobresalen del, ya de por sí, gran saliente terrestre sobre el que se asienta la capital cántabra, que está ubicada en una amplia lengua de tierra que deja a un lado el Mar Cantábrico y al otro la Bahía de Santander. Sobre esos dos cabos (Cabo Mayor y Cabo Menor) ya no hay apenas edificaciones, allí lo que hay, por ejemplo, son un par de grandes parques, un campo de golf, dos playas y una zona boscosa. En Cabo Mayor también hay un restaurante, que ya he mencionado, llamado El Barco. En él nos habían recomendado pedir caldereta de pescado y nosotros, que somos muy obedientes, hicimos caso.


Aparte, la carta es muy variada y la terraza cubierta es muy agradable, por lo que no nos arrepentimos de habernos ido a comer a los confines de Santander.

Gracias a eso, además, pudimos aprovechar las amplias explanadas verdes que tiene la zona para echar una cabezada, que se antojaba indispensable después de semejante homenaje. Las niñas estuvieron un rato leyendo, y María y yo pudimos cerrar los ojos unos minutos. Tras el breve paréntesis, cogimos la Avenida del Faro y bajamos a la Playa de Mataleñas, que estaba llena, pero que se encuentra situada en un lugar impresionante, entre el saliente del Cabo Mayor y el del Cabo Menor. Allí nos pegamos un baño que nos hizo revivir.



Muchas cosas me quedan por ver en Santander. De ellas y de otras que sí conozco tendré que hablar en próximos artículos. En este me voy a cortar un poco para no recargar en exceso la narración, cuando vuelva y venga al caso seguiré haciendo un repaso de los atractivos que ofrece la bonita ciudad cántabra.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SANTANDER.
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Cantabria: 33'3% (hoy día 100%).
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 12'7% (hoy día 34'2%).