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21 de agosto de 2024

EL VALLE 2024

Algo que me divierte, a la hora de viajar, es elegir los destinos en base a criterios monetarios, es decir, más que partir de ideas preconcebidas, para las vacaciones o para las escapadas me gusta escoger sitios donde sea barato alojarse, o a los que sea económico llegar, siempre que sean interesantes, claro está. Se podría afirmar, que organizar así las vacaciones es propio de pobretones o de tacaños, pero yo creo que no tienen nada que ver. Realmente, se puede uno mover por todo el planeta partiendo de tales premisas, y esa persona seguro que no será un menesteroso, ni un agarrado. Es verdad que tampoco es lógico abusar de ir siempre en ese plan, porque en algún momento uno tiene que ir a París y tiene que entrar en el Louvre, por poner un ejemplo. Da igual cuánto cueste. Sin embargo, en otras muchas circunstancias, buscar gangas es una manera magnífica de salirse de los circuitos establecidos, y de conocer lugares que se encuentran fuera de las rutas típicas, pero que merecen la pena. 


Por ello, en ocasiones me gusta organizar las rutas en función de los alojamientos baratos que encuentre, dentro de que estos estén en emplazamientos mínimamente atractivos. Eso, más o menos, es lo que nos llevó la semana pasada al municipio de El Valle, y, en concreto, a su capital, que se denomina Restábal. En realidad, las premisas, a la hora de elegir ese destino, no fueron solo la economía y la belleza del lugar, sino que también tuve que tener en cuenta que estuviera cerca de casa, porque apenas si teníamos tres días libres, pero, a la postre, lo que hice fue lo que me gusta, que es meter en Airbnb un precio tope, e ir abriendo el mapa, a ver donde aparecían opciones para pernoctar por esa cantidad de dinero. Esta vez queríamos ir a la sierra, así que me puse a buscar por las zonas del interior de Andalucía, luego cribé los hospedajes que, partiendo de las fotos y de la información existente, no me ofrecían garantías, y, al final, fue el de El Valle el que ganó el particular casting.


El Valle es un municipio de la provincia de Granada, que está enclavado en el Valle de Lecrín. La región donde se sitúa, se encuentra un tanto eclipsada por dos cercanos gigantes del turismo, que son Granada capital y la Alpujarra. Desde Restábal, se llega en 45 minutos a la ciudad nazarí, y a Lanjarón en 25, por lo que queda claro que se ubica en una zona de gran belleza, aunque ese rincón tienda a permanecer en segundo plano.

Con respecto a las características de El Valle como municipio, el mismo es pequeño, ya que no llega a los 900 habitantes, pero, aun así, su población se divide en tres núcleos. La capital ronda las 350 personas, en Melegís viven unas 380, y en Saleres poco más de 155. La razón de ser de que haya tres localidades tan bien definidas, en un solo ente municipal, se debe a que todas fueron independientes hasta 1972. Ese año, se fusionaron los términos, y el Ayuntamiento se quedó en Restábal. Nosotros, en Saleres no estuvimos, y en Melegís apenas si hicimos una breve parada, para asomarnos al Mirador de las Alvirillas. Desde él, se contemplan unas bonitas vistas del Embalse de Béznar, de Sierra Nevada, y de los campos que circundan el propio pueblo de Melegís.


Enfrente del Mirador de las Alvirillas hay un restaurante, llamado Los Naranjos, que es toda una referencia en la zona. En él, nosotros solo nos tomamos una cerveza y una tapa.

En cambio, Restábal nos lo pateamos a fondo, tanto sus calles, como los alrededores. Se trata de un pueblo bastante pintoresco, pero no se puede negar que, desde lejos, sería más espectacular si sus fachadas estuvieran bien encaladas. 


Por lo visto, ha llovido barro en Granada varias veces en los últimos años, y muchas casas no se han podido limpiar. En cualquier caso, la panorámica del pueblo desde las afueras merece la pena.


Nosotros salimos al campo a pasear un par de veces, para explorar el entorno de Restábal y de Melegís, que solo están separados por 1.500 metros de carretera. En ambas ocasiones, transitamos por trozos de la ruta SL-A 214, que es conocida como Ruta del Azahar. La misma mide poco más de 5 kilómetros, pero María y yo no llegamos a hacerlos del tirón, e incluso nos dejamos algún pedazo por andar. 


De hecho, el Mirador de las Alvirillas está inserto en la SL-A 214, pero nos detuvimos en él en un momento distinto. Además, toda la parte que va desde él, hasta el inicio de otro sendero que lleva hasta el Embalse de Béznar, así como el trecho en el que se avanza por las calles de Melegís, fueron tramos que no hicimos. A cambio, recorrimos caminos fuera de ruta, que también nos permitieron ver lugares muy chulos. En efecto, el primer día, yendo María y yo con las niñas, en vez de abandonar el pueblo por su extremo norte y enlazar la Ruta del Azahar directamente, salimos por el este y atravesamos una bonita zona de huertas y frutales. 


Cuando cruzamos el Río Ízbor, ya sí nos unimos a la Ruta del Azahar, que nos llevó hasta el inicio del mencionado caminito que lleva hasta el Embalse de Béznar. Ahí, nos volvimos a salir de la ruta y fuimos a bañarnos al pantano.



El segundo día, María y yo, ya sin Ana y sin Julia, sí nos unimos a la Ruta del Azahar en la salida norte de Restábal, justo en el sitio donde confluyen el Río Dúrcal y el Río Albuñuelas, y se crea el mencionado Río Ízbor. Sin embargo, en vez de dirigirnos al Embalse, tiramos en sentido contrario, y fuimos bordeando el Río Dúrcal, hasta que llegamos a un puente que lo cruza. En ese punto, nos equivocamos de camino, y acabamos recorriendo unos cuantos kilómetros de subida, que no tenían nada que ver con la Ruta del Azahar, pero que nos depararon unas vistas estupendas.


De vuelta, nos tomamos la libertad de coger un par de mazorcas de maíz en un campo que estaba abierto, así como unos cuantos tomates en otro que había más adelante. No es algo que se deba hacer por sistema, pero tampoco creo que ese pequeño regalo le haga verdadero mal al dueño de los terrenos. 


El trecho que lleva desde el pequeño puente que cruza el Río Dúrcal hasta Melegís, así como el que va desde la parte norte de Restábal hasta el lugar donde nosotros enganchamos el camino el primer día, los hice yo corriendo, cuando salí temprano por las mañanas a entrenar. Al trote, también recorrí otros tramos que ya habíamos hecho andando, por lo que se puede decir que la Ruta del Azahar la exploré bastante bien.

Con respecto al pueblo de Restábal en sí, lo primero a reseñar es que no empezamos con buen pie nuestro contacto con su casco urbano, ya que, mientras buscábamos nuestro apartamento e íbamos por una calle muy estrecha, empotramos el neumático delantero derecho del coche en un escalón. Afortunadamente, estaba cerca la Calle Virgen del Rosario, que es una de las más amplias de la localidad, por lo que pudimos dejar allí el vehículo.


Finalmente, el coche solo nos lo pudieron arreglar en la ciudad de Granada, un par de días después, pero de eso ya he hablado en el post dedicado a la capital

Aparte, en Restábal, el epicentro simbólico se encuentra situado entorno a la Iglesia de San Cristóbal. Precisamente, la Calle Virgen del Rosario queda a su espalda. Toda esa zona es llana, y se extiende por la cumbre plana del pequeño cerro en el que se halla el pueblo. Yo, el templo no lo pude ver por dentro, pero está muy reconstruido, ya que se quemó en 1965.


Otro lugar pintoresco es la Antigua Lonja de Pescado. Se trata de un pequeño edificio cuadrado, que tiene arcos en tres de sus fachadas. De ellos, uno ejerce de puerta. 


Por delante de ese espacio pasaba el Camino Real, que iba de Granada a Motril, por lo que se construyó el soportal, a principios del siglo XX, para facilitar la venta del pescado que se llevaba de la costa al interior por esa vía. Curiosamente, en una restauración reciente, salió a la luz la Antigua Fuente del Camino Real, cuyos caños están en el muro de detrás, que es anterior a la construcción de la Antigua Lonja, y que ahora se han dejado a la vista, aunque no estén en uso.

El Camino Real, a su paso por Restábal, hoy día recibe el nombre de Calle Real. La misma cruza la población de norte a sur. En ella, hay dos ensanchamientos destacados. El primero se denomina Plaza de la Santísima Trinidad, y queda enfrente de la Antigua Lonja de Pescado. El segundo se bautizó como Plaza de la Guitarra, y tiene un bonito mirador, llamado Mirador de los Guitarros. En esa plaza, además de las vistas, destaca el suelo, ya que se ha creado en él, con pequeños guijarros, la imagen de una guitarra. Aparte, otro punto interesante del pueblo es la Fuente de Restábal, que se ubica en su zona baja. En este caso, el manantial sí está operativo.


Por último, hay que mencionar que la travesía, entendida como el cacho de la GR-3204 que atraviesa Restábal, se denomina Avenida de Andalucía. Esa calle no tiene un especial atractivo, pero en ella se ubica el edificio del Ayuntamiento.


Lo curioso en Restábal, es que su epicentro real ni está en el entorno de la iglesia, aunque esta ejerza de foco simbólico, como dije antes, ni se encuentra en la travesía, donde no vi apenas movimiento. En Restábal, la vida se respira en el Cafe Bar Jovi, que también se denomina Mesón La Despensa del Valle.


No se por qué se usan dos nombres para denominar al mismo negocio, pero el caso es que el Cafe Bar Jovi, o el Mesón La Despensa del Valle, como se prefiera, está en una estrecha calle, llamada Santa Ana, que no destaca para nada. De hecho, se halla un tanto escondida. Sin embargo, en él es donde se reúne, a cualquier hora, la gente de Restábal. Nosotros almorzamos y cenamos allí el primer día, y también fuimos a desayunar la mañana del segundo. Luego, ya compramos comida en el supermercado, pero eso no evitó que nos dejáramos caer por su terraza para tomar una cerveza, a la caída de la tarde, los demás días. No es un sitio refinado en absoluto, pero el trato fue exquisito, y el buen rollo de los clientes y de los camareros me encantó.

Para terminar, no quiero dejar de comentar, a modo de curiosidad, que además de ir un día a Granada, como ya he comentado, fuimos también otro a la playa. Fue gracioso, porque, como no conozco la Costa Tropical, me dejé aconsejar, y acabamos yendo a la Playa de la Rijana. La misma está completamente aislada de cualquier núcleo habitado, y no tiene un acceso fácil, por lo que yo esperaba encontrarme un remanso de paz... pero no fue así.


La Playa de la Rijana terminó siendo una de las más agobiantes en las que he puesto mis pies. Para empezar, no solo estaba aislada, sino que tenía acantilados por todos sus lados. Eso tampoco tendría por qué convertirla en un lugar asfixiante, pero lo malo es que nos la encontramos atiborrada de gente. Arriba, junto a la carretera, había una especie de aparcamiento medio habilitado, en el que logré dejar el coche no sé ni como. De hecho, llegamos a media mañana, y creo que ocupé el último cachito de descampado libre. Después, al bajar a la playa, descubrí que era una pequeña pestaña pedregosa, en la que no cabía ni un jodido alfiler. Sin embargo, no estaba dispuesto a mover el coche de donde lo había encajado, ni conocía un sitio mejor al que ir a esa hora, así que nos ubicamos en un diminuto rectángulo lleno de piedras, que hallamos a duras penas, y allí me dispuse a pasar la jornada. No obstante, al final me quedo con dos cosas estupendas que tuvo el día, que fueron que comimos muy a gusto en el Chiringuito La Rijana, que, curiosamente, era el rincón menos masificado de todo el entorno, y que hicimos una excursión guiada en kayak por la costa, que acabó siendo súper divertida.


Porque resulta que, en la Playa de la Rijana, aparte del chiringuito, solo hay otro negocio, que se llama Paddle Surf y Kayak La Rijana. En él, ofrecían rutas guiadas bordeando los acantilados. Yo, al principio era un poco reacio, pero luego tuve que reconocer que fue una experiencia cojonuda. A lo largo de más de una hora entramos en tres cuevas, bautizadas como Cueva del Monstruo, Cueva del Sifón y Cueva de la Grieta, y desembarcamos en una minúscula calita, inaccesible desde tierra, denominada Calafardo. Lo mejor de todo fue, que también pudimos hacer snorkelling en la Cueva de la Grieta, que era una raja en la que llegaba un momento en el que no cabía la canoa, pero en la que se podía penetrar un montón buceando, y se veían colores espectaculares bajo el agua.

En definitiva, los días de vacaciones familiares volvieron a depararnos un montón de ratos felices. Las niñas ya se van haciendo mayores, pero seguimos encontrando planes para hacer todos juntos, y me encanta poder reflejar eso en En Ole Väsynyt.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado EL VALLE.
% de Municipios ya visitados en la Provincia de Granada: 7%.
% de Municipios de Andalucía ya visitados: 22%.


16 de agosto de 2019

LLANES 2019

Tres posts le he dedicado a Llanes antes de este y empiezo a tener ya peinada del todo la capital del concejo. En ellos he hablado también de otras poblaciones que están dispersas por su término municipal. Con respecto al casco urbano llanisco, no obstante, aún me quedaban por visitar algunos lugares y este año me propuse liquidar al 100% lo que me restaba por hacer, cosa que prácticamente he hecho. Sin embargo, la mayor de todas las cuentas pendientes, que era coronar el Picu Castiellu, no estaba relacionada con el pueblo de Llanes, sino con La Galguera, la aldea donde mis padres tienen la casa. Poder saldar esa cuenta es lo que más ilusión me ha hecho de mi estancia asturiana de este verano.

En agosto de 2017 en el post sobre Llanes ya conté como María y yo habíamos intentado por dos veces alcanzar la cúspide del Picu Castiellu, un impresionante macizo de roca que emerge con claridad del extremo este de la Sierra del Cuera. Este picacho queda justo delante de la casa de mis padres, de hecho La Galguera al completo está a los pies de la montaña, siempre había querido llegar a su cima y por ello año tras año ha repiqueteado en mi mente el famoso "porque está ahí" que George Mallory esgrimió como razón para querer escalar el Everest cuando le preguntaron por qué se empeñaba en hacerlo. El sentimiento que se esconde detrás de la simpleza de esa respuesta lo he sentido yo desde hace tiempo, a mi ínfima escala, al ver cada día asomar el Picu entre las brumas de la mañana.


Cada día veía que la mole de roca seguía ahí y cada día me entraban ganas de subir nada más que por eso. Hace dos años María y yo nos quedamos muy cerca, pero no llegamos arriba y sentía que no iba a ser fácil para mí volver a encontrar el momento de aventurarme, entre otras cosas porque me daba la impresión de que en nuestros dos intentos fallidos no habíamos ascendido por el mejor camino, sino por uno bastante arduo, y yo no tenía ni idea de por donde estaba la verdadera ruta de subida. 

En esas estaba cuando este año, charlando con Ángel, un vecino de mis padres con el que me llevo muy bien, este me contó de pasada que un par de días después iba a subir al Picu con dos huéspedes de su hermano, que tiene una casa rural allí en La Galguera. Ángel nació y ha vivido toda su vida en la aldea, por lo que se conoce de sobra todos y cada uno de los caminos que la rodean. Además, pese a tener más de 50 tacos está en una forma física alucinante. Era mi oportunidad de coronar el Picu, por lo que me uní a la expedición sin dudarlo.


Ni que decir tiene que esta vez hollé la cima. Las diferencias con los intentos anteriores fueron grandes: para empezar, salimos a las 8 de la mañana, bien temprano. Además, caminamos primero hasta San Roque del Acebal, la aldea vecina, y desde allí empezamos la ascensión. Eso supuso dar un rodeo, pero también implicó que fuimos para arriba por un camino mucho más tendido y progresivo que el que empleamos María y yo en 2017. Nosotros recorrimos una ruta mucho más directa y acabamos subiendo campo a través por una zona indudablemente más empinada y dura (seguimos la línea que está a la izquierda en la foto inferior. Por contra, este año ascendimos por donde está la flecha, y seguimos la línea de la derecha, por un camino de cabras mucho menos agreste).




La tercera diferencia fue que ninguno de los cuatro que íbamos dimos muestras de debilidad a pesar del ritmo vivo. María en 2017 subió muy bien, pero a la hora de encarar el último tramo estaba ya bastante cansada y había perdido reflejos, circunstancia que nos convenció de que era mejor regresar (también se nos hizo tarde y además estaba a punto de ponerse a llover, todo hay que decirlo). Nada de esto ocurrió esta vez, por lo que logramos nuestro objetivo y pisamos la cumbre del Picu, que está a 385 metros.


En esta ocasión también pasamos antes por lo alto de la montaña que tiene al lado, que realmente está más alta (se encuentra a 417 metros, hasta allí llegamos hace dos años) e incluso por otra anterior que está a 454. Desde esta última fuimos cruzando los collados entre los picos hasta llegar al objetivo.


La parte final resultó ser la más complicadilla, ya que el Picu Castiellu por el lado sur tiene su propio Escalón de Hillary.


Por fortuna, pese a que me estoy yendo un poco de flipado, la pequeña pared de roca que antecede a la cima del Picu se puede bordear (no como el mítico escalón del Everest), y aunque para hacerlo hay que recorrer una tramo donde la pendiente es apañada, en ningún momento hizo falta sacar arneses, cuerdas ni mosquetones, precisamente.

En la cumbre estuvimos unos minutos buscando abajo puntos de referencia. Yo llamé a casa y hablé con Ana, que me dijo que veía unos puntitos de colores moverse en lo alto de la montaña.


Éramos nosotros. La bajada sí la hicimos por una zona mucho más salvaje y empinada, pero bastante más directa (habíamos llegado al pico desde el este y bajamos por el oeste).


En definitiva, la excursión fue una gozada, ir con Ángel fue una garantía de que recorrimos la ruta más cómoda y segura posible, y aparte, la compañía de Julio y de Javi, los dos madrileños que estaban en la casa rural del hermano de Ángel, resultó ser muy grata.

A todo esto, este año hemos estado en La Galguera doce días y, como dije al principio, en ellos me había propuesta saldar las cuentas pendientes que tenía en el casco urbano de Llanes. Estas eran ver por dentro, tanto el Casino, como la Iglesia de Santa María del Conceyu, dos de las edificaciones más importantes del pueblo. Para hacerlo tuve que seguir tácticas bien distintas.

La más normal fue la de la iglesia. Para averiguar la forma de entrar fui a la Oficina de Turismo de Llanes, que por cierto ahora está en la Antigua Lonja de Pescado, un coqueto edificio que al ser restaurado para su nuevo uso ha quedado precioso.



Allí pregunté por los horarios de apertura del templo, me los dijeron, fui una mañana y lo vi por dentro. Todo muy normal.


Menos ortodoxa fue la manera de entrar en el Casino de Llanes. Este edificio es todo un referente en el pueblo y sigue en uso con el mismo fin para el que fue erigido en 1912, es decir, servir de club social. Esto es bueno, pero en realidad complica bastante la visita, porque la entrada solo está permitida a los socios. Los demás no pueden acceder sin colarse, salvo que se celebre algún tipo de acto de entrada libre. Mi plan era ir a alguno de estos, ya que allí se programan algunos conciertos cada verano, la cosa parecía fácil, porque pedí un programa de las actuaciones en la Oficina de Turismo, busqué las que coincidían con los días en los que íbamos a estar en Llanes y encontré dos. La primera quizás hubiera estado mejor, porque era un recital de guitarra clásica, pero no pudimos ir y hubo que echar toda la carne en el asador para la segunda, que resultó ser un concierto lírico.


Dejando a un lado nuestras dudas, al final María y yo decidimos lanzarnos e ir al concierto. Ni que decir tiene que a nivel artístico no le puedo poner ningún pero al recital de Lourdes Martínez y Carlos de Maqua (los dos tenían unas voces impresionantes). Igualmente, Rosa Goitia al piano demostró un talento tremendo. En problema en este caso era yo, lo reconozco, me encanta la música, a diario necesito mi dosis, pero lo que escucho es Heavy y Rock, cierto es que a mi edad me he abierto ya a todas las vertientes que ofrecen estos géneros (puedo escuchar a Pantera, pero no le hago ascos a estas alturas a The Beatles, por ejemplo, como cuando era un adolescente e iba de duro). Pese a esto, lo de la música operística me supera, en directo me resulta agradable un rato, lo mismo que me gusta mirar un buen cuadro, pero no sirvo para estar más de una hora escuchando ópera en una habitación cerrada y sin escenificación (fui a la Arena de Verona hace años, pero eso es otra cosa). María está más o menos en el mismo punto que yo.


A pesar de todo, a mí me mereció la pena ir al concierto, el edificio indiano de inspiración modernista es espectacular y verlo en uso realzó su interés (su belleza es un poco decadente, también hay que decirlo, pese a que está muy mantenido flota en el ambiente un ligero aroma a humedad y su recargada decoración invita a ver música de otros siglos, todo tiene allí un aire muy antiguo).


Además, para acabar de meternos en faena al sentarnos pude comprobar que allí la edad media del público sobrepasaba los 60 años. María y yo éramos claramente la nota discordante, pero aún así, allí estábamos. La primera mitad del concierto la vimos sin pestañear, luego hubo un descanso y ahí tengo que reconocer que fuimos débiles y nos fuimos. Lo de pirarse antes del final de un espectáculo no mola nada, me sentí un poco macarra, pero es verdad que lo que habíamos ido a hacer allí ya estaba hecho. Ver más ópera tampoco pegaba y, gracias a que el aforo se había cubierto (lo cual fue para mí una alegría, dicho sea de paso), nos pudimos ir a la francesa aprovechando el revuelo del intermedio sin que mi conciencia sufriera más de lo permisible. Fue todo un poco surrealista y por eso me divertí tanto.

Más allá de las visitas, durante los días vacacionales fueron varios los paseos que nos dimos por el pueblo. Muchos fueron para hacer mandaos, cuando veraneamos en Llanes siempre estamos relajados y eso provoca que hacer cosas como ir a la farmacia o al supermercado no resulte pesado, sino que sea la excusa perfecta para dar una vuelta.


Sin embargo, con independencia de esos paseos hubo dos que estuvieron destinados específicamente a disfrutar de los encantos de Llanes. En el primero recorrimos parte del Paseo de San Pedro, desde donde era impresionante la visión del Picu Castiellu a lo lejos, bajo la capa de nubes que habitualmente se le pone encima.


Tras bajar del Paseo de San Pedro y alcanzar la Muralla Medieval fuimos bordeando la línea de costa hasta que llegamos al Puerto, donde recorrimos el espigón hasta el fondo. No hacía esto desde 1997. Gracias a eso vimos Los Cubos de la Memoria desde cerca (algunos están bastante desgastados ya), en 1997 no estaban (la obra es de 2001), por lo que esta ha sido la primera vez que los he visto a un metro.



El segundo día de paseo, una semana después, vimos la Iglesia y después disfrutamos de un mercadillo que ponen a su alrededor, en el que se puede comprar desde bisutería y marroquinería a productos alimenticios de la tierra, pasando por camisetas y juguetes. De allí salimos con dos riñoneras, una para Ana y otra para Julia, y con unos pendientes para María, así como con un par de quesos. Estaba asumido, los mercadillos en mi familia tienen bastante éxito.


En cualquier caso, lo del mercadillo nos llevó a la zona más pintoresca de Llanes, que queda al sur de la Iglesia de Santa María del Conceyu y de la contigua Plaza de Cristo Rey.

El día del primer paseo me pareció que Llanes estaba más tranquila que otros años en las mismas fechas, realmente vimos algunos lugares con menos gente de lo normal, como por ejemplo la Plaza de Santa Ana.


Sin embargo, esa sensación fue un espejismo, como pude comprobar en los días sucesivos. La realidad es que por las calles del pueblo había gente a cascoporro, y la zona más céntrica estaba tan transitada como de costumbre en verano, sobre todo la Calle Mayor.


No obstante, hubo jornadas lluviosas y en ellas la gente suele esconderse un poco, por lo que se pueden sacar fotos como la de la Plaza de Parres Sobrino que pongo a continuación.


Si uno pasa una semana en agosto en el oriente asturiano no es raro que le caiga algún chaparrón de los buenos.


Como he dicho, en Llanes capital pocas son las cosas que me quedan por ver, pero el concejo está salpicado de multitud de pequeños pueblos, muchos de los cuales no conozco. Este año he ido por primera vez a dos de ellos: Celorio y Naves.

A Celorio fui dos días, se trata de una población eminentemente vacacional, lo que marca su fisonomía (hay bastantes pisos de dos, tres y hasta cuatro plantas). Cerca de la carretera LL-9 el asentamiento tiene su zona original (en la primera foto inferior), pero el mismo se ha extendido hacia las dos magníficas playas que tiene al fondo y en todo ese espacio sí se han construido bastantes casas que tienen más vida en verano.



Al final, junto a las playas hay un pequeño Paseo Marítimo que refuerza la sensación de que Celorio es un núcleo turístico veraniego, aunque en general no deja de ser un lugar espacioso y agradable.


Nosotros acabamos allí porque María, Ana y Julia han estado este año apuntadas a clases de surf. Yo soy de secano y opté por ir solo de acompañante (estar tres horas mojado en el Mar Cantábrico no es lo mio, ni siquiera con neopreno). La primera clase fue en la Playa de los Curas y la tercera en la de Palombina, y por eso fuimos a Celorio.


Entre la Playa de Palombina y la Playa de los Curas hay otra, denominada Playa de las Cámaras. Las tres quedan unidas cuando la marea está baja, pero se individualizan bastante cuando sube.

La segunda clase fue en la Playa de Portiellu, que es mucho más agreste (para enseñar surf las escuelas buscan las horas y los enclaves más idóneos cada día).

Lo de Naves fue diferente, porque no está en el lado de la costa, sino algo hacia el interior. Allí las playas no son lo importante, aunque muy cerca está la de Gulpiyuri, pero esa parte del litoral llanisco está llena de acantilados. En Naves, por tanto, lo que destaca es el propio pueblo, de hecho en la carretera de entrada ya te cuentan que fue elegido Pueblo más Bonito de Asturias en 1961 (es lo que pone en el cartel de la derecha en la foto inmediatamente inferior).



Nosotros a Naves fuimos a comer, esa es siempre la excusa perfecta para dar una vuelta por los pueblos y conocerlos bien. En concreto, comimos el día de mi cumpleaños en la Sidrería Cabañón, uno de los mejores restaurantes de la zona.

Lo bueno de este restaurante es que en él la comida está muy buena, además de que está montado en un edificio muy pintoresco. Por otro lado, al estar en el meollo de Naves dar un paseo tras la comilona de turno para ver la población es muy fácil.



Aparte, por circunstancias he estado también en Posada tomando café y he dado buenos paseos por Niembro, Barro y San Roque del Acebal. Esta última localidad está al lado de La Galguera, yo todos los años paso por ella corriendo varias veces, pero no siempre vamos allí en plan más calmado. Este verano, sin embargo, la atravesé cuando subimos al Picu Castiellu y vi que han seguido arreglándola, la verdad es que desde que fui por primera vez no han dejado de ponerla bonita. Por eso otro día volví con María. Destacan en San Roque, por ejemplo, sus dos lavaderos, el de Covielles (en la foto inferior) y el de L'Acebal (más abajo).



El primer lavadero es el que queda más cerca de La Galguera y he podido ver su evolución en la última década. En origen el núcleo en el que está se llamaba Covielles, mientras que el otro está en el antiguo L'Acebal. En 1891 entre ambos había desaparecido la separación física y desde entonces forman el pueblo de San Roque del Acebal, que en la actualidad cuenta incluso con una pequeña zona industrial con 21 empresas. Como he dicho, paso por él corriendo a menudo cada verano, por lo que le tengo un cariño especial.

Por Barro y por Niembro también dimos un buen paseo María y yo un día, ya que entre medias de estas dos poblaciones, que están cerca del mar, se extiende la Ría de Barro (o de Niembro, según la fuente que se consulte), formada por la desembocadura del Río Calabres.



El cementerio que da a esa ría es muy fotogénico visto desde las cercanías de Barro, y tras visitarlo merece la pena seguir bordeando la ensenada y llegar a la zona donde la misma va a dar al Cantábrico. Ese entrante del mar en la tierra es realmente una ría, porque en ella desemboca el mencionado Río Calabres, pero este es tan pequeño y el entrante de agua marina es tan grande, que también puede ser considerado una simple ensenada independiente del cauce de agua.



La zona de la salida al mar está más cerca de Niembro, un núcleo de casas residenciales sin demasiada historia, pero que es la puerta de acceso a dos de las playas más bonitas del concejo, la de Torimbia y la de Toranda o Niembro. A esta última iba bastante con mis padres en el pasado.



Hacía tiempo que no visitaba la Playa de Niembro, lo cierto es que su acceso sigue siendo un coñazo, pero el rincón no ha perdido su encanto y en ella sigue habiendo un chiringuito, el Bar La Arena, en el que esta vez no perdonamos un buen botellín.


Hablando de playas, este año cuando estuve en Conil hice un recuento de todas las de la provincia de Cádiz que conozco y tenía en mente hacer lo propio con las playas del concejo de Llanes. En realidad, me gustaría hacer un cómputo de todos los arenales que tiene el Principado como hice con Cádiz. Sin embargo, llevar a cabo ese inventario en los 334 kilómetros de costa que tiene Asturias es una tarea titánica que habrá que ir haciendo poco a poco, dado que esta es la quinta provincia de España con más litoral (en la Península solo la supera La Coruña), y que además cuenta con infinidad de pequeñas calas que hacen que sea más recomendable dividir el trabajo por concejos (son 20 los que en Asturias tienen salida al mar). En el caso de Llanes, que es el que mejor conozco, en su término están 48 de los 334 kilómetros de costa asturiana, lo que lo convierten en el municipio con el litoral más extenso. Consultando diversas fuentes, en él he contado un total de 53 playas, aunque el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente solo identifica 38 en su Guía de Playas. Es confuso, porque hay pequeñas calas que con la marea baja se unen a otras, o que incluso desaparecen con la marea alta. De hecho, entre esas 38 playas del listado del Ministerio hay una que me parece inverosímil que esté incluida, ya que la he visto desde arriba y es inaccesible, tanto por tierra, como casi por mar (está al pie de un acantilado), por no hablar de que no es más que un pequeño entrante lleno de rocas. En cualquier caso, yo voy a considerar que hay un total de 53 playas, lo que incluye a las 38 de la lista del Ministerio (incluida la del acantilado), más otras quince calas que el organismo oficial no ha tenido en consideración por su reducido tamaño, pero que son accesibles y se pueden usar para el baño. De esas 53 playas, yo conocía antes de estas vacaciones 11, y en este blog ya había mencionado 7 de ellas. Ahora en el presente post he nombrado también la de Toranda y, de pasada, la de Gulpiyuri, así como la de los Curas, la de Palombina, la de las Cámaras y la de Portiellu, que son las 4 que se han sumado a la lista este mes de agosto. Además, también hemos estado en la Playa de San Antolín y en su chiringuito, como en años anteriores.

La foto inferior muestra la Playa de los Curas (igualmente llamada de los Frailes). La Playa de las Cámaras y la Playa de Palombina estarían al otro lado del saliente que se ve a la izquierda, sobre la misma arena. La de Palombina es la de la segunda foto.



Para cerrar este largo post voy a escribir sobre los bares y restaurantes donde hemos comido, que es algo que siempre he hecho en los post sobre Llanes.

Dejando a un lado los lugares adonde vamos cada año y que ya han sido mencionados en el pasado (la Sidrería La Casona, el Café Bitácora y el Restaurante El Sucón, por ejemplo), en 2019 hemos regresado también a la Heladería Revuelta, que es un sitio de referencia en el pueblo al que solo voy a veces. Este verano sí hemos logrado sacar el hueco para dejarnos caer por allí, aunque en esta heladería la especialidad son los helados artesanos y yo me pedí yogur helado, por lo que fui infiel a la tradición.


Aparte, bastantes párrafos más arriba he hablado del Casino de Llanes, pero no he contado que el mismo tiene un bar y que también estuvimos en él.


El Bar Casino es un sitio tan curioso como el propio edificio. Su patio delantero da a la Calle Castillo, por lo que está muy bien situado, pero la puerta propiamente dicha del bar no se ve desde la calle y yo nunca había traspasado la verja exterior. El día del concierto antes de su inicio nos tomamos allí una cerveza y pude ver que aquello se asemeja más un negocio clandestino que a otra cosa, dado que al entrar parece que tras la pequeña terraza con mesas no hay nada. Sin embargo, al ir hasta el fondo se pasa por una estrecha abertura entre el muro del Casino y la pared de la casa contigua, y desde allí ya se ve la puerta del local. Dentro el ambiente está lejos de ser siniestro, si en el recital de música la edad media era de 60 años, en el bar debía rondar los 80. Realmente aquello es una tasca en toda regla (también conecta por dentro con las dependencias del Casino). Era un lugar que quería conocer y ya lo he hecho.

Siguiendo con los descubrimientos, de la Sidrería Cabañon ya he hablado y el otro restaurante que hemos visitado por primera vez ha sido la Sidrería El Pescador, que está en pleno centro de Llanes.


Este restaurante prometía, está en la Calle Manuel Cué, que va del fondo del Puerto a la Calle Mayor y es una de las más pintorescas de Llanes. Aparte, en el callejón sin salida que tiene en su lateral (arriba, en la foto de la derecha) tiene unas mesas en las que se puede comer ajeno al bullicio. El caso es que decidimos buscar restaurante a la antigua usanza, sin tirar de la información de Internet, y lo elegimos por ese tipo de detalles. Quizás debió hacernos sospechar el hecho de que era el negocio, de todos los que estaban alrededor, que menos bulla tenía, estaba casi hasta los topes, pero los demás tenían cola y ese no. Nosotros vimos que no había gente esperando y que se había quedado una agradable mesa libre en el callejón, así que nos sentamos... y al final la experiencia no fue buena. Tampoco fue un desastre, la verdad es que si me hubieran dado de comer así en un bar de carretera me hubiera ido satisfecho, pero en Llanes y a ese precio me esperaba otra cosa. La camarera, además, fue de esas a las que en vez de darle las gracias dan ganas de pedirle perdón. Es indudable que no estaba a gusto en el trabajo y aunque intentaba no pagarlo con la clientela, daba la sensación de que tenía ganas de estrangular a alguien. En vista del éxito, por la noche me metí por curiosidad en Tripadvisor a ver como estaba valorado el restaurante y no di crédito: en Llanes hay registrados en esta web un total de 178 negocios de restauración y El Pescador está en el puesto... 177. Menuda puntería tuvimos. Solo tiene 2 puntos de 5 y cuenta con 188 valoraciones, por lo que no se trata de que la competencia le haya hecho un par de críticas malas para putear (90 personas lo han valorado como un lugar pésimo...). Por establecer una referencia, la Sidrería Cabañon está en el puesto 21 y El Sucón en el 22. Por otro lado, en Google le dan una media de 2'9 puntos sobre 5. Aquí al menos saca un aprobado raspado, que yo creo que es lo que se merece (tampoco está tan mal).

En definitiva, este año pasamos doce días en Llanes y no dejamos de aprovecharlos para ver cosas nuevas, pero tampoco nos privamos de volver a los sitios que más nos gustan. En 2020 más...


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado LLANES.
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Asturias: 13'3% (hoy día 60%).
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 11'8% (hoy día 34'4%).