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2 de septiembre de 2019

CÓRDOBA 2019

Las vacaciones veraniegas de este año acabaron y ya casi hemos vuelto al día a día, pero antes de cambiar el chip definitivamente y de entrar en la rutina otoñal aún tuvimos tiempo María y yo de disfrutar la pasada semana de un finde de relax. Este mes de agosto no ha podido ser tan movido como otros pasados, pero hemos aprovechado las oportunidades que se nos han presentado para viajar. Aún así, me faltaban un par de días de esos que se disfrutan en pareja, por lo que lo maquinamos todo para poder escaparnos una noche a algún lugar que fuera cercano, bonito y asequible. Córdoba se presentó como el sitio que cumplía con los tres requisitos indispensables, así que finalmente fue el destino elegido. En este blog este será el segundo post que le dedique a la ciudad califal, pero dado que allí todavía me quedan muchas cosas por descubrir estoy seguro de que no será el último.


La narración del día y medio que pasamos en Córdoba se podría dividir en cuatro grandes bloques: el alojamiento, la noche del sábado, el rato de turismo dominical y el broche de oro en los baños árabes. Con respecto al alojamiento, fue determinante a la hora de ir a Córdoba a pasar el fin de semana el hecho de que dormir en el Parador de La Arruzafa costara relativamente poco gracias a una oferta, yo nunca había estado en él y había que aprovechar. Los Paradores suelen estar en castillos o en palacios erigidos hace siglos, pero no todos son así. El de Córdoba es uno de los que están en edificios de nueva construcción, se inauguró en 1960 y, pese a que se erigió en los terrenos que albergaron el palacete de verano de Abderramán I, lo cierto es que su atractivo en este caso no tiene que ver con su relación con el pasado, sino más bien con su emplazamiento y sus instalaciones. En efecto, el hotel está situado en El Brillante, el barrio que ejerce de limite de la ciudad por el norte y se encarama ya a la sierra. Por ese lado Córdoba se acaba en esa zona, por allí solo hay adosados y chalets de nivel medio-alto, por lo que todo es tranquilo y abierto. El Parador contribuye a esa sensación, ya que está rodeado de un sensacional jardín en el que destaca una gran piscina.



Además, gracias a que El Brillante es un barrio que está en cuesta, el Parador se abre a la ciudad desde lo alto y ofrece unas estupendas vistas de la misma. En él, por tanto, no se disfruta tanto del edificio como en otros Paradores, pero en cambio sí se obtiene desde una posición de retaguardia una magnífica panorámica global de Córdoba, que es historia en estado puro.

Nosotros llegamos al Parador a eso de las 7 de la tarde, porque yo trabajé hasta las 15 horas y salimos después de comer. Pese a esto, tuvimos tiempo de darnos un chapuzón en la piscina. Yo casi nunca me baño en las piscinas, no me suele apetecer, pero en este caso hacerlo era algo inexcusable, no solo porque esta es espectacular, sino también porque nos pilló uno de los días más calurosos que recuerdo. En ese contexto, nos pegamos media hora en remojo, y no estuvimos más tiempo porque a las 20 horas cerraron las instalaciones y nos tuvimos que salir.

Del resto del Parador también disfrutamos de la cafetería, donde nos tomamos una cerveza por la noche, y de las habitaciones, que fueron tan agradables como siempre. El domingo tampoco nos privamos del bufé, con la cosa de que desayunamos con tanta calma que eso acabó provocando que tuviéramos que cambiar los planes que teníamos para la mañana.

Antes de desayunar, sin embargo, hubo que cenar la noche antes, este fin de semana no quise dejar nada al azar y, aparte de reservar en el Parador, que siempre es una apuesta segura, me lo curré para encontrar en Córdoba un restaurante donde pudiéramos cenar a gusto. El sitio que elegí se llama El Patio de María, por lo que tiene un nombre que vino al pelo. El motivo de la elección no fue ese, realmente pesaron más las críticas en Tripadvisor, la descripción del lugar que leí en Internet y su magnífico emplazamiento en la Calle Don Rodrigo, pero me resultó atractivo ir con María a cenar en plan relajado a un restaurante con ese nombre.


En cualquier caso, elegí El Patio de María por lo bien que pintaba, pero luego tenía que estar a la altura de las expectativas y la verdad es que cumplió. La única pequeña pega que tengo que ponerle es que al fondo del susodicho patio había una celebración de cumpleaños, o algo así, tan multitudinaria que había camareros con bandejas y la gente estaba de pie. Los asistentes al festejo se comportaron con tremenda corrección, pero eran muchos y charlaban alegremente en corrillos, por lo que el ruido de fondo era considerable. En un sitio así hubiera pegado más oír el rumor del agua que las risas y los ecos de la animada charla de una treintena larga de personas, pero pese a esto María y yo pudimos hablar entre nosotros sin problema, por lo que no se puede decir que la situación llegara a ser molesta. Aparte, la comida estuvo muy buena, el encantador patio cordobés del restaurante es magnífico para cenar en pareja en una noche de verano, y nos atendieron perfectamente. El Patio de María no nos defraudó.

Como apunté antes, a la hora del desayuno disfrutamos del bufé como se merecía y se nos hizo tarde para la actividad que había previsto, que era un recorrido guiado por Córdoba que incluía una visita a la Judería. Fue una pena, pero llegamos quince minutos tarde al punto de encuentro y ya no hubo nada que hacer. Afortunadamente, el tour era de los gratuitos (se paga al final el dinero que cada uno estima oportuno) y, además, me dio la impresión de que María no tenía demasiadas ganas de pegarse un pateo de dos horas, pero aún así me dio coraje el retraso. Mi consuelo fue que al menos volví a la Plaza de las Tendillas, un lugar al que hacía muchos años que no iba.


Como alternativa al tour, a María se le ocurrió que intentáramos alquilar un par de bicicletas para recorrer Córdoba. Los que hayan leído los últimos post dedicados a Sevilla que he escrito en este blog ya sabrán que desde febrero trabajo en un negocio de alquiler de bicis a turistas, por lo que la idea de ver Córdoba sobre dos ruedas debería haberme entusiasmado. Sí que es cierto que tenía ganas de ver desde el otro lado, como cliente, como es un establecimiento como el mío en otra ciudad, por ese lado me apeteció el plan de pillar una bici, pero he de reconocer, aunque no se si debería, que yo prefiero hacer turismo a pie, me encanta caminar y mi manera preferida de ver los sitios es andando. El destino me ha llevado a un empleo en el que mi misión primordial consiste en alquilar velocípedos a personas que, precisamente, lo que no quieren es andar. También tiene sus ventajas conocer las ciudades a pedales, yo hago bien mi trabajo y esa es la visión que transmito. Además, tengo pinta de deportista, he hecho triatlones y, aparte, uso la bici como medio de transporte, por lo que no me resulta difícil meterme en mi papel, pero la verdad es que a la hora de hacer turismo, salvo en momentos puntuales, que los ha habido, prefiero ir a pata. El caso es que, pese a esto, pensé que esta vez alquilar una bicicleta no era mala idea, ya pasaban las 12 del mediodía y empezaba a cascar el calor de nuevo, María estaba para pocas palizas andariegas y yo, en realidad, tenía interés por acercarme a un negocio similar al mío desde el lado opuesto del mostrador. En consecuencia, buscamos en Internet si había alguno y, aunque parece que la oferta en Córdoba no es demasiado amplia, encontramos uno llamado Elektrik que se ubica en la Calle María Cristina, cerca de donde nos hallábamos.

Luego resultó que en Elektrik están especializados en bicicletas eléctricas, patinetes, segway y otros artilugios similares. Además, nos atendió un chico que no me recordó demasiado a mí en el talante, yo soy bastante más protocolario. De hecho, el propio negocio de alquiler era bastante menos formal de lo que lo somos nosotros a la hora de arrendar nuestro material. No es que yo me haya tragado un palo, ni tampoco nos ponemos pejigueras con el alquiler de nuestras bicis a los guiris, pero sí es cierto que allí era menos evidente cual era la función principal del establecimiento, había bicicletas eléctricas en venta, material para tours, toda clase de vehículos eléctricos de alquiler y muchos utensilios. Por otro lado, todo se encontraba menos bien dispuesto de lo que lo tenemos nosotros. El chico también parecía dedicarse a más cosas de las que yo hago, ya que lo pillamos reparando no se qué en otra habitación y me pareció entender que en ocasiones ejercía de guía, de hecho por un momento pareció que se había puesto a despacharnos casi por casualidad. Yo tomé nota. Prefiero darle a mi perfil un talante más profesional, pero está claro que el desparpajo con el que nos atendió y su seguridad me dieron que pensar. Con algo de eso también me he quedado, lo mismo que con su talante más polifacético.

Volviendo a Córdoba, que es lo que nos atañe, la verdad es que salimos de Elektrik con dos bicis eléctricas. Nunca había montado en ninguna y me pareció divertido, son como pequeñas motitos en las que no se hace esfuerzo alguno, al menos en ese contexto turístico. Es cierto que con ellas abarcamos mucho más espacio que si hubiéramos ido caminando. Primero fuimos hacia el norte e hicimos una parada junto a la Torre de la Malmuerta, que da a la ronda que bordea el centro por ese lado.


A continuación recorrimos las avenidas que forman esa ronda de circunvalación por el norte y por el noreste, y nos volvimos a meter hacia el corazón de Córdoba por la Calle María Auxiliadora, que atraviesa el Barrio de San Lorenzo. Este es el que está al noreste del centro de Córdoba, en el extremo opuesto a la zona más popular del casco histórico. En la Calle María Auxiliadora nos alojamos la última vez que fuimos a Córdoba y por ello en aquella ocasión pasamos varias veces por delante de la Iglesia de San Lorenzo, que data del siglo XIII y que por fuera es imponente.


Por dentro, sin embargo, no llegamos a visitarla, por lo que esta vez al verla abierta no dudamos en aparcar las bicis en la puerta y entrar.


Tras esta parada continuamos la marcha. En el rato siguiente dimos muchas vueltas y me desorienté en poco. Para mí es importante, cuando visito los sitios, hacerme una idea de como están estructurados a nivel interno, fijándome en su disposición urbana. Para ello no me importa ir con el mapa en la mano, prestando atención a la ruta que voy siguiendo. Me gusta saber como se configuran los barrios de las ciudades y como se distribuyen las calles en ellos, pero circulando en bicicleta percibir eso es harto difícil, en primer lugar porque no se puede ir pedaleando y mirando un mapa, y además porque va uno mucho más rápido. Si a esto le sumamos que yo me desoriento en mi propio cuarto de baño, pues el resultado es que yendo en bici en un contexto como este acabo teniendo la sensación de que voy dando vueltas por la ciudad como un pollo sin cabeza. Esa es la razón de que prefiera caminar cuando hago turismo.

Por todo lo dicho, en Córdoba lo único que recuerdo del final de la primera parte de nuestro recorrido es una serie de sitios concretos descontextualizados. Uno de ellos, por ejemplo, es la Plaza de San Agustín, que está en el meollo del centro, aunque no se como llegué allí.


No obstante, lo positivo de lo de las bicis es que, en efecto, pudimos unir puntos distantes de la ciudad casi sin esfuerzo, de hecho yo estaba empeñado en ver la Judería y, dado como se había desarrollado la mañana, no hubiera podido hacerlo si no hubiéramos ido sobre ruedas. Gracias a esto, tras dar unas cuantas vueltas por el centro bajamos hasta el paseo que corre paralelo al Río Guadalquivir y bordeamos por el sur todo el casco histórico cordobés hasta llegar al entorno de la Judería, en el Barrio de la Catedral. Antes de meternos en ese entramado de callejuelas aparcamos las bicicletas, por lo que recorrimos el antiguo sector judío a pie. Yo ya había visitado Córdoba, pero en esa parte nunca había estado y tenía ganas de que, en esta ocasión, ese lugar no se quedara pendiente.

Mi idea inicial era ver la Judería, comer sin alejarnos mucho de ella y cerrar nuestro fin de semana con una actividad que es ya casi indispensable si se va a Córdoba, que es ir a unos baños árabes. Yo en 2007 estuve en los Baños Árabes Medina Califal, que estaban en la Calle Corregidor Luis de la Cerda, junto a la Mezquita-Catedral, y que siguen en el mismo sitio, aunque ahora han cambiado de nombre. Esta vez, sin embargo, me decanté por otros que están precisamente en la Judería. Yo había planeado que nos quedáramos por allí después de verla, pero tuvimos que ir a devolver las bicicletas, por lo que regresamos al punto de partida. Finalmente, para ir al spa tuve la oportunidad de andar...

Con respecto a la Judería, no me extraña que sea uno de los enclaves más afamados de Córdoba, porque es espectacular. Realmente es una zona pequeña que ocupa una especie de triangulo isósceles al que parece que se le hubiera cortado el vértice a la altura de la Puerta de Almodóvar.


Los límites del triángulo los conforman las calles JudiosTomás Conde por el oeste, la Calle Almanzor, la Calle Romero y el extremo de la Calle Deanes por el este, las calles ManríquezJudería por el sur, y la Calle Puerta de Almodovar por el lado en el que debería estar el pico del triángulo.


En la pintoresca Calle Judios (es la de la foto que está justo abajo) se juntan tres de los principales highlights de la Judería: la Estatua de Maimónides, la Sinagoga de Córdoba y el Zoco Municipal.



Ver la Sinagoga era el principal objetivo turístico que me había marcado este fin de semana, dado que no la conocía a pesar de su importancia. Esta radica en el hecho de que es una de las tres únicas sinagogas de época medieval que sobreviven en España.


El templo judaico es una maravilla, su entrada es gratuita y está muy bien conservado, por lo que no se puede pedir más.



En la Calle Judios, a pocos metros, está también la entrada al Zoco Municipal. El mismo engaña un poco, porque está tan bien hecho que uno se cree que lleva ahí 1.000 años y que era el mercado de la Judería en época medieval, pero lo cierto es que tiene poco más de 60 años.


Lo bueno que tiene es que es precioso y, realmente, es tan espectacular que uno se imagina que en tiempos de Al-Andalus era el zoco del barrio judío. Pese a esto, en realidad hasta los años 50 de siglo XX esa gran sucesión de patios formaba parte de la Casa de las Bulas, cuya fachada da a la Plaza de Maimonides. Esta casa data del siglo XVI y fue adquirida a mediados del XX por el Ayuntamiento de Córdoba, que montó un museo en ella y habilitó los patios a modo de zoco para otorgar a los artesanos locales un lugar donde fabricar y exponer su género. Nosotros lo vimos un domingo casi a la hora de comer y quizás eso ayudó a que estuviera muy tranquilo. Es evidente que está en uso, se ve que hay negocios de artesanía en activo, pero el día que nosotros fuimos estaban casi todos cerrados, gracias a lo cual vimos muy bien la sucesión de patios.





Por último, nuestro fin de semana acabó de la mejor manera, en los Baños Árabes de Córdoba, que para mí también estuvieron a la altura de las expectativas. Están ubicados en una bocacalle sin salida de la Calle Almanzor.


Yo tenía el recuerdo de los Baños Árabes Medina Califal, que han perdurado en mi memoria como los mejores que he visitado.


Pese a esto, decidí no repetir y me decanté por reservar en los otros, que creo que son más pequeños, pero que cumplieron con los tres requisitos básicos que deben tener este tipo de sitios, que son estar bien ambientados, no abusar de la cantidad de gente para que se preserve el ambiente relajado y que las aguas tengan temperaturas apropiadas. Con respecto a todo esto, a los Baños Árabes de Córdoba no les puedo poner ninguna pega, el masaje que nos dieron también estuvo a la altura y se me pasaron las dos horas en un suspiro, por lo que la experiencia fue el colofón perfecto a un fin de semana que, ya sí, da por finiquitado para mí el verano de 2019, en lo que a excursiones y viajes se refiere. El otoño estará mediatizado por un examen muy importante que tengo que hacer en noviembre, por lo que van a ser pocos los post que escribiré en los próximos meses. Gracias a estos dos días empiezo este periodo con las pilas bien cargadas.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado CÓRDOBA.
En 2000 (primera visita real), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Córdoba: 16'6% (hoy día 50%).
En 2000 (primera visita real), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 17'1% (hoy día 34'7%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado CÓRDOBA.
En 2000 (primera visita real, aunque incompleta aún para este reto), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 50% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 50%).
En 2000 (primera visita real, aunque incompleta aún para este reto), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 2'6% (hoy día, estando aún esta visita incompleta, 4%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CÓRDOBA.
En 2000 (primera visita real), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Córdoba: 1'3% (hoy día 5'3%).
En 2000 (primera visita real), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 4'3% (hoy día 20'6%).


7 de junio de 2019

SEVILLA 2019 (JUNIO)

Las pasadas Navidades me volvieron a regalar un bono para disfrutar de Aire de Sevilla, el hamman más pintoresco de mi ciudad. Durante casi medio año lo he tenido a buen recaudo y en mayo reservé sitio para gastarlo el sábado 1 de junio. Hace un par de meses, por otro lado, María me propuso ir al Soulville, un festival de música negra que se celebra desde 2017 en los jardines del precioso Monasterio de Santa María de las Cuevas. Me pareció genial y compramos las entradas, pero se nos había olvidado y hasta hace unos días no caímos en que habíamos hecho coincidir en el mismo fin de semana el plan del spa con el del concierto, ya que este estaba programado para el viernes 31 de mayo. Por último, para ese día 1 por la mañana teníamos contratado en la tienda donde trabajo un tour en bici con una treintena de franceses. Nosotros no solo alquilamos bicicletas, sino que también organizamos rutas turísticas guiadas en ellas, y en esta me tocó a mí acompañar a los clientes y al guía como asistente técnico.

El caso es que por la confluencia de estos tres planes, que implicaban vivir a tope la ciudad durante dos días, me decidí a escribir un nuevo post sobre Sevilla, aunque finalmente el tour se pospuso y se me quedó algo cojo el proyecto. Para solucionar ese hecho el jueves encajé una visita al Museo de Bellas Artes, que en ocasiones ha sido considerado como la segunda pinacoteca más importante de España. Con dicha visita me aseguré de que el contenido de este artículo volviera a estar completito.


Aparte, entre tantos planes María y yo también tapeamos en tres sitios de los que voy a hacer sendos comentarios, para que se unan a los que ya he realizado con anterioridad en este blog de otros restaurantes y bares sevillanos.

He comentado repetidamente en los posts que he escrito últimamente que en febrero empecé a trabajar en un negocio de alquiler de bicicletas a turistas. Como he dicho arriba, en él también organizamos tours guiados que se adaptan a las necesidades de los clientes (a veces las rutas son personalizadas hasta el extremo y otras veces los montamos para grupos de hasta setenta personas, o incluso más). La tienda se llama Bici4city y está en la Calle Peral.


Currar en este negocio me ha dado la posibilidad de entrar en contacto directo con muchos visitantes que vienen a Sevilla. La Calle Peral es una bocacalle de la Alameda de Hércules, por lo que se puede decir que trabajo en uno de los actuales epicentros turísticos en la ciudad. Atrás quedaron los años en los que la Alameda era el meollo de los bajos fondos de Sevilla. Por aquel entonces, allá por los años 80 del siglo XX, en su entorno se contaban más de 35 prostíbulos, lo que convertía la zona en un hervidero de gente poco recomendable. Antes de esto, sin embargo, el lugar había gozado ya de una larga vida, puesto que se inauguró en 1574 y las célebres columnas que adornan su extremo sur se colocaron ahí con sus Estatuas en 1576. Las mismas representan a Hércules y a Julio Cesar con las caras de Carlos I y Felipe II.


Las columnas del otro extremo de la Alameda, por contra, son más modernas, ya que se añadieron en 1764, y tienen encima a dos leones con los escudos de Sevilla y de España.


Durante casi 450 años esas 3'3 hectáreas tan céntricas que conforman la Alameda de Hércules han permanecido a salvo de las idas y venidas urbanísticas, por lo que han visto de todo. Su última reforma data de 2008 y es la que le dio al sitio la fisionomía que tiene ahora. Allí ya no hay putas, ahora hay sobre todo hipsters y turistas. Para ambos grupos, la Alameda es uno de los enclaves predilectos de esparcimiento, por lo que hay infinidad de bares, restaurantes y pubs de todo tipo, repartidos por ella: yo he hecho un exhaustivo recuento y he anotado que hay una sala de conciertos, 19 bares de copas y cafés, 35 restaurantes y bares de tapas, 2 cafeterías de diseño moderno, 3 heladerías y una freiduría. En total, son 61 los negocios de restauración que están en funcionamiento en la actualidad en la Alameda, todo ello sin salir de sus 1.200 metros de perímetro y de los pequeños trocitos de algunas de su bocacalles, que se le han asimilado al haberse pavimentado también con las polémicas baldosas que se instalaron en la remodelación de 2008.


Resulta complicado establecer en cuantos de esos 61 negocios he estado, ya que algunos han cambiado de nombre con los años, pero centrándome solo en los que he catado desde que empecé a trabajar por allí en febrero, puedo decir que desde entonces he tomado café en el Alameda 5, en el Café Piola y en el Habanilla Café, he saboreado algún helado de Freskura, me he tomado unas cervezas en el Bar Versalles en un par de ocasiones (de una de ellas hable en otro post), también estuve tomando una caña en La Latina en marzo y en La Alternativa de Vulcano en abril y, como remate, en los últimos meses he comido alguna vez en Al Solito Posto (un italiano), en Pomodoro (una franquicia que es una especie de fast food a la italiana), en La Parrilla del Badulaque (un restaurante de comida internacional), en La Sureña (otra franquicia, esta vez de tapeo), en Norte Andaluza (todo un descubrimiento, ahí he almorzado cuatro veces porque me ha gustado mucho) y, por supuesto, en Corral del Esquivel, un bar que vale lo mismo para un roto que para un descosido, pues sirve desayunos por la mañana, tapas y cañas a mediodía, meriendas por la tarde y copas por la noche. En total, he ido a trece sitios, a los que hay que sumar ya El Patio San Eloy Alameda, el primer lugar donde cenamos el viernes cuando salí de la tienda, antes de ir al Soulville.


El primigenio El Patio San Eloy es un veterano bar que abrió sus puertas en 1972 y que se halla ubicado en la Calle San Eloy. Siempre está lleno de gente, pero además de mesas tiene unas originales gradas al fondo del local donde resulta muy pintoresco sentarse a picar algo, por lo que yo he ido bastantes veces. En su amplia carta cuenta con una buena variedad de montaditos que tienen un tamaño aceptable y un ajustado precio. Dado el éxito de la propuesta, los Patios San Eloy empezaron a proliferar hace unos años y en la actualidad ya hay diez sucursales franquiciadas en Sevilla con ese nombre y la marca ha dado el salto incluso a Badajoz (el Grupo San Eloy se ha convertido en todo un emporio, ya que tiene además otras tres marcas con varios establecimientos cada una). Por su parte, El Patio San Eloy Alameda tiene unas agradables mesas fuera, como casi todos los bares allí, y en ellas nos empezamos a quitar el hambre el viernes. Como no podía ser de otra forma, una de las cosas que pedimos fue la tarta vegetal, uno de los grandes clásicos del lugar.


Nuestra segunda parada antes del Soulville fue en La Tienda de la Azotea. La Azotea es un negocio diferente en cuanto a estilo a El Patio San Eloy, pero va a acabar igual, es decir, convertido en una cadena de restauración. La Azotea original era un pequeño restaurante que se inauguró en 2009 y que subió como la espuma en pocos meses gracias a su cocina de altura, basada en productos de primera calidad. Han transcurrido diez años, y en ese tiempo los dueños de La Azotea ya han abierto dos establecimientos más, han cambiado de ubicación el originario para ganar espacio, dejando el antiguo local para celebraciones privadas, y han abierto enfrente del nuevo La Tienda de la Azotea, un bar de tapas algo más informal en el que se degustan los mismos buenos productos que en el restaurante padre, pero cocinados en un formato algo más reducido.


La Tienda de la Azotea está a dos pasos de la Alameda y yo paso por delante siempre que voy al trabajo, por lo que tenía ganas de probar lo que podía ofrecer. El viernes fue el momento perfecto para ello y el bar no me decepcionó. No es un lugar barato, pero tampoco es caro para lo que se come. Nosotros pedimos, por ejemplo, un pan de la casa con anchoas, mayonesa de wasabi, tartar de tomate y albahaca, que estaba delicioso, el platito nos costó 14 euros, pero nada más que las anchoas de primera calidad que llevaba el pan ya valían ese dinero.


La cena del viernes la complementamos el sábado por la noche, ya que después de nuestra sesión de baño y masaje en Aire de Sevilla también tapeamos, y elegimos para hacerlo otro lugar de referencia, la Taberna La Fresquita. En el post que dediqué a Sevilla en marzo del pasado año ya hablé de los bares cofrades de la capital andaluza y este es uno de los clásicos en esa categoría. Está en la Calle Mateos Gago, una de las más señeras del centro sevillano, y no hay más que mirar la foto para entender el tipo de negocio que es.


Aparte del ambiente general, que cumple punto por punto el decálogo de la sevillanía más estandarizada y tradicional, en La Fresquita la cerveza la tiran de arte, valga la expresión local, y la comida es muy buena. Nosotros, por no romper la magia nos fuimos a por las tapas más clásicas que se pueden pedir en Sevilla, que son la carne con tomate y las espinacas con garbanzos. Ni que decir tiene que La Fresquita, como muestra de esa sevillanía tan tópica (pero tan real y cotidiana), es un lugar muy afamado para el turismo.



Por otro lado, también quiero hacer una breve reseña del Papanatas, el bar en el que tomo café con María los miércoles y los jueves desde que trabajo en Bici4city. El sitio me gusta, los desayunos en los bares hispalenses son toda una seña de identidad de la gastronomía autóctona, y los sevillanos una de las cosas que echamos más en falta cuando salimos fuera son las pizarras como la del Bar Papanatas.


Cambiando de tercio, tras dejar constancia, una vez más, de lo que me gusta comer en los bares y restaurantes, voy a hablar ahora de los tres pintorescos lugares en los que estuve el pasado fin de semana. Como dije al principio, el tour que iba a hacer con los turistas el sábado se pospuso, pero para compensar esa carencia me fui el jueves al Museo de Bellas Artes, que es una verdadera joya a pesar de que en Sevilla queda un poco eclipsado, y a pesar también de que muchos extranjeros critican que está centrado casi en exclusiva en arte barroco, que en España es mayoritariamente religioso.

Cierto es que la variedad de la pinacoteca es escasa, si se llamara Museo del Barroco quizás estaría más valorado, pero apenas tiene fondos de interés que no sean de los siglos XV, XVI y XVII, por lo que su nombre real confunde. Lo que sucede es que esos siglos son considerados el Siglo de Oro del arte español (se suele considerar que esa etapa va de 1492 a 1681), por lo que en el Museo de Bellas Artes de Sevilla lo que hay son obras maestras a nivel mundial. Hay poca diversidad, pero lo que hay es de primer orden.


Por lo que a mí respecta, como siempre hago en los museos que son inabarcables en una sola sesión, decidí elegir unos pocos cuadros y fijarme bien en ellos. Yo en el de Bellas Artes solo había estado antes una vez, lo vi en una excursión con el instituto que hice en 1996, el año que cursé la asignatura de historia del arte en COU. De aquel día solo me acordaba de la Escultura de Santo Domingo Penitente de Juan Martínez Montañés, así como del hecho de que, aprovechando que la colección está en el antiguo Convento de la Merced, se ha habilitado como gran sala su antigua iglesia. Aparte de eso, todo lo que recordaba de aquella visita poco tiene que ver con la pintura y la escultura (cuando fui tenía 18 años y mi atención tendía a fijarse más en cosas que no eran precisamente el arte barroco). Llevaba tiempo, por tanto, queriendo volver al Museo de Bellas Artes de Sevilla y el jueves lo recorrí durante casi una hora, antes de entrar a trabajar. Estuve casi solo.


Vi cuadros que pintó Velázquez con apenas 21 años, cuando todavía vivía en Sevilla (en la sala IV estaban, por ejemplo, el Retrato de Don Cristóbal Suárez de Ribera o la Cabeza de Apóstol, es increíble que un tío tan joven pudiera alcanzar ya ese nivel artístico). Me fijé también en obras de Valdés Leal, como Las Tentaciones de San JerónimoLa Flagelación de San Jerónimo, y de Zurbarán (San Hugo en el Refectorio, Cristo Crucificado y Cristo de la Misericordia, por ejemplo).


Sin embargo, la sala estrella del Museo sigue siendo la V, que se llama Murillo y la Escuela Sevillana del Barroco, y que es la que está en la antigua iglesia del Convento. Cuando yo la visité en 1996 recuerdo que los lienzos estaban por las paredes, pero en 2018 se conmemoró el IV centenario del nacimiento de Murillo y la última exposición dedicada a esa efeméride, que se montó precisamente en la sala V, se clausuró en marzo de este año. Para ella se ve que se levantó en la estancia una estructura efímera de paredes de madera que compartimentaba el espacio y que permitía exponer más cuadros, con la cosa de que el pasado jueves aún no la habían desmontado. La parte en la que se ve que han estado expuestas obras prestadas por otras instituciones estaba ya vacía y cerrada, pero la que albergaba las pinturas del genio sevillano que se exponen habitualmente en el Museo de Bellas Artes sí se encontraba abierta y los cuadros aún permanecían colocados sobre las mismas paredes de madera en las que se expusieron durante la muestra.


En realidad fue una pena, porque la sala V yo la recuerdo como un espacio grande y diáfano bastante impresionante, pero ahora con la estructura que tiene montada en el centro y por las paredes no se ve ni de lejos en todo su esplendor. Pese a esto, sí vi de maravilla los cuadros que se exponen de Murillo, que en mi opinión son los mejores de la pinacoteca: Santas Justa y Rufina, San Antonio de Padua con el Niño, Inmaculada del Padre Eterno y, como no, la obra titulada Inmaculada del Coro, que también es conocida como La Niña.


Antes de pasar a hablar de los otros dos grandes planes del finde, que fueron menos sesudos, no quiero dejar de mencionar que el Museo de Bellas Artes no solo tiene como atractivo las obras que alberga, sino también el lugar en el que está.


En efecto, como he comentado de pasada el Museo está en el céntrico Convento de la Merced, que data del siglo XIII (su iglesia es del XVII y su portada del XVIII), y que está perfectamente adaptado a su fin actual sin que por ello haya perdido en absoluto su encanto. El edificio merece la pena en sí mismo.


También es digna de mención la Plaza del Museo, un espacio que durante siglos fue parte del Convento. Ese sector del mismo, sin embargo, quedó destrozado tras la ocupación francesa, que en Sevilla duró de 1810 a 1812, por lo que se tiró abajo cuando se desamortizó el edificio religioso en 1835 y en el solar se creó la Plaza. Esta hoy día es una de las más bonitas de la ciudad, con la portada del Museo dando a ella, y está presidida, como no, por el Monumento a Murillo, obra de Sabino Medina.



Hablando de edificios religiosos que ahora se emplean para usos muy diferentes a aquellos para los que fueron concebidos, el viernes por la noche estuvimos en otro, el Monasterio de Santa María de las Cuevas. Por todo lo que ha vivido, esta cartuja es apasionante, pero estuvo injustamente olvidada hasta que se convirtió en uno de los ejes de la Expo'92. Haciendo un poco de historia, el Monasterio se construyó en el siglo XV sobre una ermita que databa del XIII, y con los años su destino fue similar al del Convento de la Merced, ya que primero fue machacado por los franceses, que lo usaron como cuartel, y luego desamortizado, pero antes de todo eso pernoctaron entre sus muros Felipe II y, sobre todo, Cristóbal Colón, que era asiduo y que estuvo enterrado en la Capilla de Santa Ana del cenobio desde 1509 a 1542. Tras la desamortización, Charles Pickman compró el inmueble y fundó en él una fábrica de loza y porcelana. Por ello, el mismo se reformó, se construyeron chimeneas y hornos, y todo el conjunto funcionó como factoría hasta 1981, año en el que se abandonó. En 1986 la Junta de Andalucía decidió restaurar y rehabilitar la abandonada edificación, conservando todos los elementos de su complejo pasado, tanto los monásticos, como los militares y los fabriles, para transformarla en el emblema de la Expo'92 (fue el denominado Pabellón Real, allí se recibieron a los más altos dignatarios de todo el mundo durante la exposición universal). Fue ese el momento en el que el olvidado edificio, que llevaba un siglo y medio convertido en fábrica, en medio de un erial a las afueras de Sevilla, pasó a estar integrado en la ciudad y empezó a brillar con luz propia. Al acabar la Expo la mayoría de los pabellones que habían formado parte de la muestra sufrieron una dolorosa vuelta a la realidad, pero al Monasterio, por su belleza y porque está realmente bien ubicado, se le supo encontrar un uso útil, de manera que ahora es sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, del Rectorado de la Universidad Internacional de Andalucía y del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico. En sus amplios jardines, además, se organizan muchos conciertos de música.


Yo el edificio por dentro solo lo he visto una vez, en 1999, cuando se conmemoró el IV centenario del nacimiento de Velázquez con una gran exposición que se montó allí. Luego, en 2012, creo, estuve recorriendo los exteriores y vi las cinco chimeneas que se conservan de su época fabril. La parte del recinto donde se organizan los conciertos, por contra, no la conocía. Estos se desarrollan en una zona del Monasterio llamada Patio del Padre Nuestro.


Por lo que respecta al espectáculo en sí, la verdad es que me encantó, tanto el ambiente como la música. Tocaron tres grupos y las actuaciones estuvieron encuadradas en el IV Soulville Festival, el festival de música negra de Sevilla.


El Soulville está dedicado al Rhythm & Blues, al Funk y al Soul, no son mis estilos favoritos, pero son primos hermanos del Rock, por lo que me atraen sin duda, sobre todo en directo. El festi lo abrió Dry Martina, un grupo malagueño que por lo visto era más guitarrero hasta hace poco, pero que ha dado un giro y ahora hace una especie de electro Swing con toques de Funk, Soul, Calipso y Mambo. La música fue amable, estuvo muy bien interpretada y nos permitió a los que íbamos tomarnos unas cervezas y charlar un buen rato junto a la barra en una atmósfera genial. Después le llegó el turno a Aretha Soul Divas & The Silverbacks, que era el plato fuerte de la noche y que resultó ser algo así como un supergrupo formado para realizar conciertos en homenaje a Aretha Franklin, una de las grandes del Soul. Por lo visto, las cuatro integrantes de Aretha Soul Divas viven en Madrid y cantan en otras bandas, pero se han unido temporalmente a The Silverbacks, un grupo de R&B sin cantante que actúa con diferentes vocalistas.


En este caso lo que vimos fue a las cuatro artistazas acompañadas de unos músicos de primera, algunas canciones las cantaron todas las vocalistas al unísono, pero en la mayoría fueron tomando las riendas alternativamente de manera individual cada una de ellas, mientras las otras tres hacían los coros. La tercera canción que interpretaron fue Respect, todo un temazo, y para el bis dejaron Say a Little Prayer, otro clásico. Se me pasó el tiempo volando al ritmo de la mejor música. Después, como postre salieron con bastante presteza Los Mambo Jambo, el grupo encargado de cerrar el festival. Su misión era enloquecer al personal tras la elegante actuación de las Soul Divas, y para ello arrancaron a todo trapo, sin vocalista, porque no tienen, pero dándole una caña apabullante a sus cuatro instrumentos (saxo, batería, guitarra eléctrica y contrabajo). Su mezcla de salvaje Rock & Roll primigenio, Rhythm & Blues, Surf Rock y Swing fue una auténtico viaje a los orígenes de la mejor música. Por desgracia, no nos quedamos hasta el final, yo curraba por la mañana, ya pasaba la una de la mañana y hubo que coger el camino de vuelta.

El concierto, en cualquier caso, lo disfrutamos a tope, y por lo que respecta al Monasterio, fue muy interesante verlo funcionando como marco de una actividad así, aunque lo he visitado un poco a salto de mata y se merece una exploración más detallada, por lo que volveré.


Para terminar, voy a dedicarle unas breves palabras al plan estrella del sábado. Ya he hablado de donde cenamos, pero la razón de ser de la salida fue ir por tercer año consecutivo a Aire de Sevilla. Resulta curioso que solo había ido una vez a este spa antes de 2016, pero desde que escribo este blog ya he hablado de él en tres de los ocho posts protagonizados por Sevilla. La visita de 2017 fue la más sencilla, el año pasado, por contra, disfrutamos del paquete estrella que ofrece el hamman. Este año la opción fue la intermedia, pero la misma fue incluso mejor que la de 2018, ya que en aquella ocasión nos dieron un masaje de 45 minutos y este solo fue de media hora, pero tengo que decir que nunca en mi vida me habían dado un flete más agradable, la masajista, que se presentó como Joana, se lució tanto en las piernas como en la espalda. Cuando me levanté de la camilla casi tenía los ojos vueltos del revés...

Luego acabamos tapeando en La Fresquita, como he dicho, pero para llegar allí nos dimos un paseo por la zona que está al norte del Barrio de Santa Cruz, que en mi opinión es de las más bonitas de Sevilla (por las calles Aire, Abades o Guzmán el Bueno, y las de alrededor, no hay tanta gente como por el citado barrio, pero en ellas se ven estampas de lo más pintoresco).


Al final para llegar al coche sí atravesamos por su corazón el mítico Barrio de Santa Cruz, que es una maravilla y que entiendo que esté siempre hasta los topes de guiris. Para mí en esta ocasión esas bellas callejuelas fueron el colofón a otros tres días en los que he disfrutado a tope de lo que ofrece Sevilla. Tanto que ha dado lugar a otro post...



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Sevilla: 14'2% (hoy día 100%).
En 1977, % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 0'2% (hoy día 34'2%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado SEVILLA.
En 1977 (aún incompleta esta visita), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 10% (hoy día, completada ya esta visita, 50%).
En 1977 (aún incompleta esta visita), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'1% (hoy día, completada ya esta visita, 4%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado SEVILLA.
En 1977, % de Municipios ya visitados en la Provincia de Sevilla: 0'9% (hoy día 62'9%).
En 1977, % de Municipios de Andalucía ya visitados: 0'1% (hoy día 20'1%).