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24 de agosto de 2021

SALAMANCA 2021

A finales del agosto de 2020 estuve en Salamanca. Hacía cinco años que no pisaba esta ciudad y, por ello, me gustó ir de nuevo y echar allí un día. Sin embargo, el pasado verano fue muy complicado, dado que la pandemia estaba aún en su punto álgido, por lo que la visita fue un poco tensa. Me di un buen paseo por las calles salmantinas más llamativas y tuve la oportunidad de dormir en el Parador, pero el sabor de boca que se me quedó fue agridulce.

Por otro lado, este 2021 hemos vuelto a Llanes. Lo hemos hecho, incluso, en un par de ocasiones, aunque las dos estancias han sido un tanto diferentes. De la de julio hablé en su día y la de agosto será objeto de uno de los próximos posts, pero en ambos casos la ruta de subida ha sido la misma, aunque la primera vez fuimos del tirón y la otra no. Normalmente, cuando vamos de Andalucía a Asturias ya no hacemos noche en el camino. Ha dejado de ser necesario, porque las niñas han crecido. Pese a esto, en este segundo viaje a Llanes de este verano decidimos tomarnos las cosas con calma y pensamos en pernoctar en algún punto intermedio del trayecto. Salamanca es un lugar que queda casi equidistante en la ruta y yo tenía el regusto amargo de la estancia extraña del año pasado, por lo que pensé que esta era una buena oportunidad para borrar de un plumazo esa sensación. Por eso, busque un apartamento para alojarnos y, si bien no encontré nada bueno, bonito y barato en la propia ciudad salmantina, lo que necesitaba apareció en Santa Marta de Tormes. Este pueblo es bastante moderno y está muy a mano del casco histórico de la capital. Dormir allí fue un acierto rotundo. 

Con respecto a la estancia de 2020 en Salamanca, la misma se basó en dar el típico paseo por las calles del centro de la ciudad, por lo que tenía claro que ahora no quería limitarme a repetir aquello. Siempre que uno vuelve a algún sitio tiene que intentar profundizar un poco más en él y esta vez no iba a ser menos. Yo barajé varias opciones y, finalmente, fijé mi mirada en las catedrales, dado que nunca había entrado en ninguna de las dos que tiene Salamanca. Sin embargo, viajaba con las niñas y con mi sobrina, es decir, con tres niñas de entre once y trece años, por lo que sabía que iba a ser un error meterlas en una iglesia con el simple objetivo de mirar al techo. No obstante, cuando vi que había una visita a las torres y cubiertas de las catedrales, que permitía, más que mirar desde el suelo hacia arriba, hacerlo desde lo alto hacia abajo, tanto por dentro de los templos como por fuera, pensé que en ese plan podían confluir los intereses de todos. Por un lado, incluso los preadolescentes disfrutan viendo vistas espectaculares y andando por los tejados, y, por otro, para María y para mí ver las magníficas catedrales salmantinas desde una perspectiva tan atractiva era, sin duda, un buen plan. En consecuencia, calculé que a mediodía estaríamos ya en Salamanca y reservé entradas para subir a las torres catedralicias a las 19'00 horas. Finalmente, tras viajar por la mañana, llegamos a nuestro destino a la hora de comer e incluso pudimos dormir la siesta, por lo que no hubo nadie que estuviera a disgusto con el plan vespertino.

Realmente, la visita a las torres está enmarcada en una exposición permanente más amplia, que recibe el nombre de Ieronimus. La subida es el aliciente principal de la exposición, pero al ascenso se le da coba, de manera que mientras se va para arriba se van viendo las diferentes salas en las que se dividen las torres. En ellas se encuentran expuestos diversos objetos, y también está explicado que funciones tenían las estancias en el pasado. 

Antes de continuar, es conveniente explicar lo de que Salamanca tenga un par de catedrales contiguas. Resulta que en la ciudad charra se erigió un primer templo catedralicio entre los siglos XII y XIII. Ya en el siglo XVI, este se había quedado pequeño y se proyectó al lado uno más grande, pero las obras se debieron prever largas, porque decidieron no derruir la antigua seo hasta que no acabaran la nueva, para poder así seguir manteniendo un lugar abierto al culto. En el siglo XVIII, cuando, por fin, la nueva catedral estuvo terminada, reconsideraron la idea de tirar la otra. Después de todo, las dos juntas no quedaban mal. De hecho, desde fuera son difíciles de distinguir, puesto que están pegadas. Además, la torre de la Catedral Nueva está erigida sobre el campanario de la primigenia, que también perdió uno de sus brazos y vio como se tapaba su fachada.


Desde el aire se aprecia bien como hay dos edificios adyacentes, uno mucho más grande que el otro, pero que comparten la torre (rodeada en la foto con un círculo azul).


Esa torre, precisamente, es una de las que nosotros fuimos a ver. No resultó complicado estar a la hora convenida en la base de la otra, llamada Torre Mocha. Por una puerta lateral de esta, que da a la Plaza de Juan XXIII,  accedimos a la visita. 


La Catedral Vieja fue proyectada, en origen, con dos torres sobre su frente principal. La de la izquierda quedó, a la postre, debajo del campanario de la Catedral Nueva, pero la de la derecha ni siquiera llegó a acabarse. Por ello, se le dio el nombre de Torre Mocha. En la visita esta es la primera que exploramos, ya que subimos por ella hasta su terraza. El ascenso no fue directo, dado que la torre está dividida en diferentes estancias en las que nos fuimos deteniendo. Estas tienen nombre propio (Sala del Alcaide, Estancia del Carcelero,...). En algunas de ellas había vitrinas, con documentos, objetos y libros antiguos. Como siempre, yo me dedique a buscar originales, y comprobé que había uno muy interesante.


En efecto, en una de las vitrinas estaba el Inventario de los Libros de la Biblioteca de la Catedral de Salamanca. Me gano la vida como bibliotecario, así que ese manuscrito, que era un original de 1533, no podía dejar de gustarme.

Tras ir dejando atrás las diversas salas acabamos esa primera parte de la visita en la terraza de la Torre Mocha. Desde allí, ya vimos más cerca el trozo superior de la torre de la Catedral Nueva.


Tras la correspondiente sesión de fotos en la terraza de la Torre Mocha accedimos al tejado de la Catedral Vieja


Gracias a eso pudimos acercarnos a la Torre del Gallo, que se eleva sobre el crucero de la catedral. Esa torre es un cimborrio con escamas, que se ha bautizado con ese nombre por su veleta, que es un gallo de chapa.


El gallo que se ve es una copia de 1927. El original se conserva en el interior de la catedral.

Después de ver bien la Torre del Gallo pasamos a la Catedral Nueva por una puerta que da al tejado de la Catedral Vieja. Como ya estábamos a una buena altura, adonde accedimos fue a una especie de balcón corrido que tiene aquella.


Ni que decir tiene que la balconada nos encantó a todos. Desde ella se puede mirar abajo y arriba, y en ambas direcciones las vistas son espectaculares.



Me pareció también curioso estar tan cerca de los desperfectos que el Terremoto de Lisboa de 1755 ocasionó en la catedral. Las grietas dan un poco de yuyu, pero lo cierto es que llevan ahí más de 250 años y el edificio no se ha caído.


Tras recorrer entera la balconada pasamos al tejado de la Catedral Nueva, subiendo por una escalera de caracol. Aunque después íbamos a ascender más, desde allí las vistas ya fueron chulas y fue interesante caminar por lo alto de la fachada principal del templo catedralicio.

 

Desde la cubierta de la Catedral Nueva volvimos a observar otra bonita panorámica de la Torre del Gallo.


Caminando por el tejado de la Catedral Nueva nos acercamos a su torre, que recibe el nombre de Torre de las Campanas. Junto a ella tuvimos que esperar para seguir ascendiendo, ya que los que suben y los que bajan no caben a la vez por la escalera. Para evitar atascos han instalado una especie de semáforo. 


Cuando llegó el momento en el que pudimos subir, comenzamos el ascenso al nivel más alto. La Torre de las Campanas tiene un piso intermedio, la Sala del Reloj, pero nosotros apenas si pudimos detenernos en él, por una razón de la que ahora hablaré.

Antes, voy a hacer referencia a la planta más alta, que es donde están las campanas. Desde que accedimos por la puerta inferior de la Torre Mocha todo había estado encaminada a llegar a ese nivel superior y, por eso, para rematar el tour intentamos tomarnos allí las cosas sin prisa... y digo intentamos, porque en realidad no nos lo pusieron fácil. Hicimos lo posible por ver aquello, incluida la Sala del Reloj, con cierta calma, pero resulta que la visita de las 19'00 había que despacharla en menos de 45 minutos, porque los cuidadores de las salas se marchaban a las 19'45 horas. En consecuencia, desde que estábamos en la balconada de la Catedral Nueva una señora bastante siesa se nos pegó a la espalda y comenzó a meternos presión para que fuéramos abreviando. Nadie nos había avisado de que el recorrido tuviera que realizarse en un tiempo determinado y, tanto nosotros, como la veintena de personas que estaban en nuestro turno, nos estábamos tomando las ascensión con cierta pachorra. Por ello, cuando la mujer nos dio el toque, a pesar de que, como digo, no nos habían advertido de que hubiera un límite de tiempo, aceleramos un poco. Lo malo es que parece que no fue suficiente, por lo que la presión de la señora, que ya había metido sus pertenencias en una bolsa que llevaba consigo y no era capaz de disimular su impaciencia, fue en aumento. Esa circunstancia empañó un poco la parte final de la subida.

Yo, en la Torre de las Campanas no quise dejar de asomarme por sus cuatro lados. Pude, gracias a eso, disfrutar las bonitas vistas que se contemplan desde el punto más elevado de la catedral. También logré, incluso, sacarme una foto, pero en ella lo más destacado que ha quedado para la posteridad ha sido la postrera bronca que nuestra cancerbera nos dedicó, cuando dejó atrás su actitud hosca y pasó, directamente, a la hostil. Por lo visto, su jornada acababa a las 19'45 y se quería ir.


Yo no quise dejar que aquello me inflara las pelotas y me lo tomé con filosofía. No en vano, estaba en mi primer día de vacaciones. Tampoco es que fuera solo culpa de la señora, la verdad. Su actitud debería haber sido menos huraña, pero realmente los responsables son los promotores de la exposición, que encajan con calzador el último turno de visitas. No tiene sentido ninguno que te vendan una entrada para las 19'00 horas sin avisarte de que a las 19'45 tienes que estar fuera. Si lo hubieran hecho, a lo mejor hubiera comprado la entrada antes, que se podía, o bien me hubiera entretenido menos en las salas inferiores de las torres. No fue así y nos tuvimos que fastidiar. Hubo gente que protestó en taquilla y la chica que allí estaba, que era bastante más profesional y que demostró tener mejor carácter que la otra, les ofreció la posibilidad de volver al día siguiente sin pagar más. Nosotros no teníamos esa opción, porque por la mañana teníamos que salir temprano para Llanes, así que no le di más vueltas. En cualquier caso, logré verlo casi todo bastante bien, aunque a la última parte tuviera que echarle sangre fría.

Tras bajar, me gustó pasar por delante de la fachada de la Catedral Nueva, viendo desde el suelo la altura del lugar desde el que habíamos asomado la cabeza. Por la noche también disfruté de la visión de la torre desde su base, sabiendo que había estado junto a las campanas.



Por lo demás, al final también nos dimos por Salamanca el paseo típico, que nunca está de más. Mientras nos dirigíamos a las catedrales ya cruzamos el precioso Puente Romano y pasamos por delante de la Cruz de los Ajusticiados, que estaba ubicada junto a la que era la puerta más antigua de acceso a la ciudad. Hoy día, el puente ha dejado de conducir a esa puerta, que ha desaparecido, pero se conserva la cruz, sita en el lugar donde dice la tradición que se colgaban, a modo de advertencia pública, las cabezas de los ejecutados por algún delito.



Después de la visita a las torres de las catedrales nos dirigimos al norte por la Rua Mayor, siguiendo las huellas de las miles de personas que recorren esa famosa calle cada año. Nuestro caminar fue distraído, no teníamos intención de ir a ningún sitio concreto. Más bien, íbamos buscando ya un bar donde cenar, pero nuestros pasos nos llevaron, como no podía ser de otro modo, a la Plaza Mayor. Accedimos a la misma por el arco que da a la Plaza del Corrillo y, como novedad, salimos por la esquina opuesta, atravesando el que da a la Plaza del Mercado. Para no acabar de nuevo en la Rua Mayor anduvimos buscando un bar por la parte oriental de la plaza y acabamos sentados en Llamas Casa de Comidas, que pone sus mesas en un ensanchamiento de la Calle Clavel.


Por lo visto, Llamas Casa de Comidas es el negocio heredero de otro, denominado Bar Llamas, que se pegó en ese sitio desde 1960 hasta bien entrada la pasada década. Cuentan que el antiguo bar, castizo y cutre a partes iguales, era un lugar lleno de sabor, frecuentado por autóctonos. En un momento determinado cerró, en el mismo local hubo un negocio distinto, y ahora alguien ha reabierto allí el Bar Llamas, lavándole la cara y modificando un poco su nombre. Lo que comimos me gustó y la camarera fue muy simpática.

En definitiva, el paseo fue un tanto estándar, pero aportó alguna novedad. Lo principal, sin embargo, fue la visita que hicimos a las catedrales. En cualquier caso, Salamanca es una ciudad maravillosa que volverá a ser objeto de nuestra atención, por supuesto. Ocasiones habrá muchas para seguir desentrañando sus encantos.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SALAMANCA.
En 1989 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Salamanca: 20% (hoy día 40%).
En 1989 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'7% (hoy día 35'7%).


22 de agosto de 2020

SALAMANCA 2020

Este año liquidamos las vacaciones en Salamanca, no es un mal lugar. Después de pasar una semana en el sur de Francia y otra en Llanes, el domingo 9 nos fuimos para Sevilla, pero dejamos a Ana y a Julia en Asturias con sus abuelos. Unos días después volvimos a coger el coche y fuimos a por ellas, pero esta vez no tuvimos que subir hasta tan arriba, sino que fijamos con mis padres un encuentro a medio camino y, gracias a eso, pasamos una noche todos juntos en el Parador de Salamanca.


El Parador de Salamanca no es el establecimiento más bonito de la cadena Paradores de Turismo, pero es un lujazo de hotel. Se inauguró en 1981 y en 2003 fue reformado de arriba a abajo. Desde entonces es un alojamiento de estilo moderno cuyo punto fuerte es que se ubica en una colina a las afueras del centro y ofrece unas panorámicas inigualables de este y de sus monumentos.


En el Parador de Salamanca hagas lo que hagas estás disfrutando de los magníficos servicios que son comunes a todos los Paradores y, además, estás alucinando con unas vistas sensacionales de Salamanca.

Yo ya había estado en la capital charra varias veces. No se por qué, pero Salamanca es una ciudad a la que he ido de modo recurrente desde niño, pese a que no tengo nada que ver con ella... o sí. Realmente, una prima hermana de mi madre con la que tiene bastante relación tiene un piso allí, a dos pasos de la Plaza Mayor.


En ese piso pernocté en 2000 y en 2008. No obstante, de las nueve veces que he estado en Salamanca solo en un par de ocasiones lo he hecho por algo relacionado con mi tía. Yo a ella la he visto casi siempre en Madrid o en otros lugares. A Salamanca he ido con cierta frecuencia simplemente porque es un placer recorrer sus calles. 


Por lo que al Parador se refiere, he de decir que esta tampoco era la primera vez que dormía en él, ya que en 2010 estuve pasando allí una noche cuando Ana era muy pequeña.


Entonces no nos privamos de sacarle partido a la piscina del hotel y en esta ocasión iba igualmente convencido de que íbamos a echar la tarde en ella, pero el destino quiso que la jornada saliera muy fresca y sobre la marcha tuvimos que cambiar de plan. Yo y las niñas, para empezar, echamos un rato en el gimnasio después de la siesta.



Además, el hecho de no poder ir a la piscina hizo que nos fuéramos antes de lo esperado a dar un paseo por la ciudad, que es algo que quería hacer. Esta vez el dios del clima estuvo de mi lado.

Yo vi Salamanca como siempre. Cierto es que la mayoría de las veces que he estado allí ha sido en agosto y durante ese mes la ciudad es pasto de los turistas como yo. Sin embargo, debido al verano que estamos viviendo tenía la esperanza de verla más tranquila, pero no aprecié diferencias con respecto a las visitas estivales de 1989, 1997, 1999, 2008, 2010 o 2015. 


En 1993 estuve en Salamanca en otra estación. En efecto, ese año eché allí una tarde durante el Puente del Pilar, pero esa visita fue tan poco turística que acabé en el cine viendo Parque Jurásico, apenas diez días después de su estreno en España. A pesar de esto, aquella fue la primera vez que vi al astronauta y al dragón comiendo helado en la Portada de Ramos de la Catedral Nueva. Recuerdo que fue mi tío el que nos los enseñó, mucho antes de que existiera Internet y de que cualquiera pudiera encontrar esa información en cuestión de segundos sin más ayuda que la de un móvil, como ocurre ahora.

    

Otra visita especial para mí fue la de 2008. Fui a mediados de diciembre a un curso en la célebre Universidad de Salamanca y eso, además de molarme mucho de por sí, me permitió disfrutar en persona del ambiente universitario de la ciudad. 


Salamanca no es igual un martes de diciembre y otro de agosto. El ambiente es diferente. En verano los edificios universitarios están cerrados, no hay estudiantes y, en cambio, todo está enfocado al turismo. Un día normal durante el curso, por contra, lo que hay por las calles son jóvenes y, por ejemplo, en vez de un montón de gente parada delante de la puerta cerrada de las Escuelas Mayores lo que se ve es la entrada abierta sin nadie delante.



No he vuelto a ir a Salamanca fuera de los meses de verano, pero en 2015 recuerdo otra visita que también fue entrañable para mí. Ese año María tenía trabajo y se bajó antes a Sevilla desde Asturias. Yo me quedé una semana más allí, solo con las niñas, y unos días después regresé con ellas en coche. Dado que eran pequeñas dividí el viaje en dos partes y pernoctamos en Doñinos de Salamanca, un pequeño pueblo que está apenas a 8 kilómetros del centro mismo de la capital. Por la tarde fuimos a la ciudad charra, nos tomamos un helado y lo pasamos genial.


En esta ocasión he vuelto a ir con Julia y con Ana, pero ya tienen 10 y 12 años. En cualquier caso, el paseo con ellas, con María y con mi madre fue muy agradable. Después de dejar el coche en las inmediaciones del meollo de la ciudad nuestro primer destino fue La Casa de las Conchas. Esta vez no entré, pero ese imponente palacio renacentista alberga ahora una biblioteca pública en la que estuve en 2008, por lo que entonces pude ver su patio interior.


Desde la Calle de la Compañía, donde se ubica La Casa de las Conchas, tiramos por la Rua Antigua y luego por la Calle Libreros. Nuestra siguiente parada fue el Patio de Escuelas. Desde él buscamos la célebre ranita en la Fachada Rica de las Escuelas Mayores (está sobre una calavera). 


El Patio de Escuelas está presidido por la Estatua de Fray Luis de León, que se colocó ahí en 1869 y homenajea a uno de los más célebres profesores que ha tenido la Universitas Studii Salmanticensis en su larga historia. Desde esa plaza no solo se accede a las Escuelas Mayores, sino también a las Escuelas Menores, que esta vez estaban en obras.


Yo tuve la suerte de entrar en 2008 en las Escuelas Menores. El edificio estaba desierto y pude contemplar con total calma El Cielo de Salamanca, una obra atribuida a Fernando Gallego. Esta pintura mural no está dentro de los highlights salmantinos, pero merece la pena. Es del siglo XV y estaba originalmente en la bóveda de la antigua biblioteca de las Escuelas Mayores (hoy es la capilla). En el siglo XVIII se hundió gran parte de esa bóveda y lo que quedó fue tapado por otra bóveda que estaba algo más abajo. En los años 50 del siglo XX el mural fue redescubierto durante unas obras y trasladado a las dependencias de las Escuelas Menores. No tengo fotos, pero el mismo es una pasada.

En esta ocasión, sin embargo, tras ver la rana nos encaminamos a seguir buscando figuritas en las fachadas de los edificios (esta es una de las tradiciones que uno no puede dejar de lado cuando visita Salamanca). Por ello anduvimos en dirección a las catedrales para buscar al astronauta y al dragón con el helado de los que hablé antes. La ciudad charra tiene dos catedrales, pero se encuentran pegadas y comparten la torre, por lo que no son fáciles de distinguir (la torre de la Catedral Nueva está erigida sobre el campanario de la Vieja). Las figuras están talladas en la Portada de Ramos de la Catedral Nueva.



Lo de que la Catedral Nueva se llame así y tenga en una jamba un astronauta puede llevar a error, porque se acabó de construir en 1733. El edificio, por tanto, no es tan nuevo y, además, no tiene al astronauta en su fachada desde el siglo XVIII. Realmente, este y el dragón se esculpieron en la portada en 1992, cuando se añadieron en una restauración, como parece ser que es costumbre cuando se acometen ese tipo de obras. Cuando yo los vi por primera vez llevaban tallados apenas unos meses. 


Una vez vistos los lugares anecdóticos de Salamanca nos volvimos hacia el sitio donde teníamos el coche, dando un rodeo para ver la Plaza Mayor. No era el día de profundizar en las visitas, yo lo he hecho otras veces y volveré a hacerlo en el futuro, pero en esta ocasión la idea era pasear por las calles más significativas y disfrutar de los edificios salmantinos, tan característicos gracias a que muchos de ellos están construidos con piedra arenisca procedente de las canteras de Villamayor, un pueblo que solo está a 4 kilómetros de la capital.

Para cenar volvimos al Parador. Se trataba de tomar algo en un lugar que estuviera al aire libre y donde no hubiera follón, dado como está España por culpa de la pandemia. En la cafetería no había demasiada gente y pudimos acomodarnos en la terraza, por lo que resultó ser el sitio perfecto. Desde allí, además, las vistas fueron de nuevo espectaculares.


No acabó ahí, sin embargo, mi estancia de este año en Salamanca. Yo quería ver la Plaza Mayor bien, porque le voy a dedicar un post específico en el que hablaré de ella con detenimiento. Por ello, el domingo por la mañana, además de madrugar para correr, como suelo hacer cuando estoy en los hoteles, me fui una hora antes y me llevé una sudadera. Tras correr con normalidad acabé la tirada en la Plaza Mayor y, después de verla, regresé andando al hotel dándome un maravilloso paseo matutino.


Me encantó ver Salamanca en un estado de quietud total. Ya era completamente de día y la ciudad estaba empezando a despertar, pero las calles aún estaban casi desiertas. Tiré por la Rua Mayor y llegué a la Plaza de Anaya, donde reinaba la tranquilidad más absoluta. Bordeando las catedrales me encaminé hacia el Río Tormes y salí a él a la altura de la Cruz de los Ajusticiados.



El Río Tormes lo crucé por el Puente Romano, donde pude ver el Verraco del Puente Romano, una escultura que no conocía. Aunque es de origen vetón, su aspecto no impresiona, porque ha sufrido mil vicisitudes, pero es una pieza mítica, ya que juega un papel destacado en La Vida de Lazarillo de Tormes, obra de 1554 que yo me leí cuando estaba en el instituto y que es una de las cumbres de la literatura española.


A excepción de la comida y de la cena en el Parador, en Salamanca no comimos ni bebimos nada. Tenía ganas de tapear algo en el Café El Ave, un bar que me recomendaron en 2008 y que me gustó. También tengo pendiente otra visita a la Las Caballerizas, la mítica cafetería de la Facultad de Filología, pero para comer allí tendré que volver durante el curso. Esta vez, como no pude disfrutar de ambos sitios no me voy a extender hablando de ellos, lo haré cuando vuelva.

Sí voy a hablar en cambio, para acabar, de algo que tengo documentado y que me parece pintoresco. Resulta que en 2006 llegó a su culmen un conflicto surgido años atrás y que tenía relación con la documentación que las autoridades franquistas incautaron cuando tomaron Cataluña durante la Guerra Civil española. Desde 1999 esos papeles se conservaban en el Archivo de la Guerra Civil Española, que se creó para albergar todo lo incautado durante la contienda. En la actualidad, lo que contiene ese archivo es una fuente de gran valor para los historiadores, pero en 2006 la Generalitat consiguió, en medio de una gran polémica, que el Congreso de los Diputados, en donde el PSOE tenía mayoría, autorizara el traslado a Cataluña de los documentos que procedían de allí. En Salamanca, donde se ubica el archivo, la decisión de desgajar el fondo sentó como un tiro, con la cosa de que el alcalde de entonces, llamado Julián Lanzarote, era del PP y el presidente de la Junta de Castilla y León también, por lo que la cosa degeneró en un conflicto político de altos vuelos. Al final, los catalanes se salieron con la suya y el 19 de enero de 2006 los legajos fueron trasladados. Menos de un mes después el alcalde fue autorizado a aliviar su frustración modificando el nombre de la calle donde está el archivo, que pasó a llamarse Calle El Expolio. Cuando yo estuve en Salamanca en 2008 no perdí la oportunidad de ir a ver él rótulo. 


Yo no lo sabía, pero en 2011, pasado el calentón, Lanzarote, tres días antes de abandonar la alcaldía, ordenó devolver a la calle su anterior nombre. Como se puede ver en la foto inferior, la misma se ha vuelto a llamar Calle Gibraltar.


Después de haber ido en el pasado ocho veces a Salamanca esta fue, sin duda, la visita más rara que he hecho a la ciudad charra. Nos encontramos en una situación anormal y eso hizo que ni siquiera nos planteásemos tomar algo, ni hiciéramos la intención de entrar en ningún edificio. Sin embargo, disfrutamos a tope del Parador y nos dimos un buen paseo. Yo, además, tuve la ocasión de ver mejor que nunca la Plaza Mayor, con la idea de poder escribir el siguiente post.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA 
Visitado SALAMANCA
En 1989 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Salamanca: 20% (hoy día 40%).
En 1989 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'7% (hoy día 35'7%).