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26 de enero de 2025

CÁDIZ 2025

María regresó hace unos días a Cádiz, para leer el examen de oposición que hizo en diciembre. Entonces, ella se desplazó a la Tacita de Plata y puso por escrito esa prueba, pero yo no me moví de El Puerto de Santa María, que fue donde nos alojamos la noche antes. En cambio, para la lectura lo lógico era madrugar e ir desde Sevilla del tirón, así que es lo que hizo. Yo la acompañé, por lo que esta vez estuve también en Cádiz


El trámite de leer el examen duró toda la mañana, porque los 14 opositores estaban citados a las 10'00, pero luego los fueron llamando uno a uno. Cuando María acabó, se quedó hasta que leyó el último, al filo de las 13'00 horas. Debido a eso, tuve tiempo para pasear por Cádiz, y también hice un par de interesantes visitas.


Hasta hace una década, yo fui a Cádiz con cierta frecuencia, porque mis tíos vivían allí, y porque mis padres tenían un apartamento cerca de la Playa de la Victoria. Sin embargo, la mayoría de las veces no hice verdadero turismo, sino que estuve con la familia, o bien fui a la playa por las buenas. Además, en los últimos diez años he ido menos. Esa deficiencia, a la hora de profundizar en los encantos de Cádiz, la empecé a subsanar en 2017 y en 2018, que son las dos ocasiones en las que he ido con la posibilidad de hacer visitas, desde que escribo en este blog. El otro día, de nuevo dediqué la mañana a seguir ahondando en el conocimiento de la ciudad habitada más antigua de España. No obstante, antes de pasar a hablar sobre lo que vi, me gustaría presentarla un poco, desde un punto de vista general. En los post de 2017 y 2018 no lo hice, y es muy pertinente aclarar que es el 12ª municipio más poblado de Andalucía, y que tiene una estructura muy particular.


Como se puede ver en la imagen satélite, Cádiz se halla en una península, que solo tiene salida por tierra a través de un estrecho istmo. Este une la población con la Isla de León, la cual está rodeada de agua por sus demás lados. Por ello, se puede decir, sin mentir, que Cádiz no se encuentra unida con la tierra firme de manera natural. Por otra parte, todo el suelo edificable de la capital gaditana está urbanizado. En realidad, no se ha construido en un 66'91% de su término municipal, pero ese terreno lo ocupan marismas y playas. Cádiz es, por tanto, un caso poco frecuente de ciudad que no puede crecer ni un metro, desde hace mucho. Para superar el duodécimo puesto en el ranquin andaluz de localidades con más habitantes, tendría que construir bloques de mayor altura, cosa que no es deseable.

En origen, Cádiz nació en el extremo de la península que queda más lejos del istmo, y estuvo encerrada por una muralla, que daba al mar por tres de sus cuatro lados. Por ello, era una población fácilmente defendible, lo que fue determinante para que se convirtiera en un bastión inexpugnable durante la Guerra de la Independencia Española contra los franceses, entre 1810 y 1812. Esa circunstancia propició que se promulgara allí la primera Constitución española de la historia, el 19 de marzo de 1812. En esos tiempos, tan importantes en el devenir de nuestro país, Cádiz tuvo un papel protagonista, y la ciudad no se ha desprendido de ese aura.

Con los años, las construcciones desbordaron la muralla por el flanco en el que había tierra, y, hoy día, en Cádiz ya no hay ni un metro de terreno sin construir, como he dicho. Es curioso, porque la mayoría de las localidades tienen un núcleo primigenio, y luego crecen en círculos concéntricos alrededor de él. En cambio, en Cádiz el meollo está rodeado por el mar por tres lados, por lo que los suburbios empiezan en Puertas de Tierra, y se extienden hasta llegar al istmo. En la ciudad heredera de Gadir, el contraste entre lo antiguo y lo moderno es mucho más patente que en otro sitios. Tanto, que los gaditanos llaman Cádiz al casco histórico, y se refieren a todo lo que queda fuera del perímetro fortificado como Puertas de Tierra.

Partiendo de eso, hoy voy a hablar de cómo se encuentra estructurado Cádiz. La parte nueva la dejaremos para el futuro. Cádiz está oficialmente organizada en cuatro distritos, aunque estos son más bien instrumentales. En realidad, son los barrios los que tienen nombre, y los que son identificados por la gente. Es cierto que los mismos, al no ser ya oficiales, tienen a veces unos límites un poco imprecisos, pero en 1812 se hizo el siguiente plano de la zona intramuros, y la división que se reflejó en él sigue muy presente en la cabeza de los gaditanos. 


Pese a que lo que se dibujó en el mapa sigue gozando de una aceptación general, en ocasiones el barrio 7 (Falla) se incluye en el 8 (El Mentidero), y el 4 (Callejones) en el 3 (San Juan). Sin embargo, yo voy a tomar como referencia la división exacta de 1812, teniendo en cuenta, de todas maneras, que el desarrollo urbanístico la ha modificado un poco. Conforme a ella, yo estuve el otro día en los barrios denominados Candelaria, San Francisco-Mina, San Antonio, El Mentidero, Falla, Balón y La Viña. La mayoría de ellos, en realidad se distribuyen, de un modo más o menos claro, alrededor de plazas. 

Yo empecé mi recorrido en el Paseo de Canalejas, que ocupa por completo el frente costero de Candelaria (número 13), el cual da a la dársena principal del Puerto de Cádiz. En el subsuelo de ese paseo ajardinado dejamos el coche, y al salir a la superficie anduvimos por él, buscando ya San Francisco-Mina (12, en el plano), que es donde se encuentra el Palacio de la Diputación o Palacio de la AduanaMaría hizo el examen y lo leyó en este histórico inmueble. Como fuimos con tiempo por si surgían imprevistos, y no surgieron, tuvimos la oportunidad de parar a desayunar en un bar, que está en uno de los laterales del edificio, llamado La Esquinita de Beato. María iba nerviosa y fue un rato balsámico.


A la lectura yo no no entré, lógicamente, así que nos despedimos en la Plaza de España, que es adonde da el Palacio de la Diputación. En ella, se alza el Monumento a las Cortes de Cádiz


Por el interés que tiene, en 2017 le dedique un post aparte a este monumento, pero esta vez solo lo voy a mencionar de pasada. Al entrar María en el Palacio de la Diputación, yo me encaminé a la Plaza de Mina, que es el punto principal del barrio San Francisco-Mina. Lo hice recorriendo la Calle Antonio López. En ella, vivieron mis tíos muchos años. Yo estuve en la casa de la foto de la derecha en un buen número de ocasiones.


Desde la Plaza de Mina, me dirigí a la Plaza de San Antonio. La misma es el eje del pequeño barrio homónimo (en el mapa, está marcado con el 11).


Desde ahí, busqué la Plaza del Mentindero


La Plaza del Mentindero es una de las más famosas de Cádiz, y ejerce de epicentro de El Mentidero, que es uno de los cuatro barrios que atesoran la esencia de lo gaditano (los otros tres son Pópulo, Santa María y La Viña). En el plano de arriba está señalado con un 8.



El Mentidero se urbanizó a mediados del siglo XVIII, y se encuentra situado en la esquina noroeste del casco histórico Cádiz. Lo que pasa es que hay divergencias a la hora de establecer sus límites. Se puede considerar que se extiende por el entorno inmediato de la Plaza del Mentidero, tal y como aparece en el mapa que he puesto arriba, pero mucha gente considera que abarca también las calles que yo he enmarcado en los barrios de Falla y San Antonio. En este caso, la Plaza Fragela, que es la que está delante del Gran Teatro Falla, formaría parte de El Mentidero. En la versión más restrictiva, en cambio, esta plaza es el corazón de Falla (7).


Lo que sí parece claro, es que la vía que queda a la espalda del Gran Teatro Falla marca el límite norte de Balón (6). Por el sur, este vecindario linda con el barrio de La Viña (5), del que hablaré luego. En Balón, el meollo está situado en la Plaza Jesús Nazareno, que, en realidad, no pasa de ser un simple ensanchamiento de la calle.

Yo, desde la Plaza Jesús Nazareno emprendí la vuelta, regresando al barrio San Francisco-Mina, y cerrando así un recorrido poligonal por el extremo noroccidental del casco histórico de Cádiz. Sin embargo, antes de acabar en la Plaza de España, donde me reencontré con María, atravesé la Plaza de San Francisco, que está muy cerca de la Plaza de Mina.


Aparte de pasear, en mi mañana gaditana llevé a cabo dos visitas. Me quedaba echarle un ojo al mítico barrio de La Viña, pero al él volví con María un rato después.

Con respecto a las visitas, la que tenía más ganas de hacer fue un poco fiasco, pero, en cambio, la que no estaba prevista me encantó. La primera la hice al Museo de Cádiz, que se encuentra en la Plaza de Mina. Yo ya había entrado en él dos veces, la segunda en 2008, aunque no recordaba nada. Fue inaugurado en 1838, y se construyó en los terrenos desamortizados del Convento de San Francisco. Su colección se divide en tres partes. La arqueológica tiene el típico aspecto de los museos centrados en la Prehistoria.


Yo quería sacarle el jugo al museo, y dado que se encontraba dividido en salas, y que cada una estaba dedicada a un periodo histórico, creí que eso sería fácil. Sin embargo, pronto me percaté de que lo expuesto se mostraba deslavazado, de que había pocas explicaciones, y de no que no acababa de aclararme. En consecuencia, opté por centrarme en los objetos que aparecían destacados en los carteles de presentación de las diferentes épocas, que estaban a la entrada de las respectivas salas. Supuse que lo que estaba reflejado en ellos era lo más importante, y decidí fijarme en esas piezas, sin intención de ponerlas en contexto.

Lo dos primeros elementos que vi con calma fueron el Sarcófago Antropoide Masculino y el Sarcófago Antropoide Femenino, que, además de ser fenicios y de tener 26 siglos de antigüedad, son la joya de la corona del Museo de Cádiz


Por lo demás, la mayoría de los vestigios destacados que se conservan en el museo son romanos. A mí, me llamó la atención el Tratado de Hospitalidad entre Iptuci y la Colonia Iulia Claritas Ucubi (hoy día, los restos de esas poblaciones se encuentran en Prado del Rey y en Espejo). También la Escultura de Trajano, procedente de Baelo Claudia, así como el Dibujo del Faro Romano de Gades, que está hecho en carboncillo sobre mortero, la Escultura Thorocata del Emperador, que apareció cerca de Sancti Petri, y el Sarcófago Tardorromano.




Como bonus extra, me gustaron especialmente unos cuantos dibujos, que mostraban cómo era Cádiz antaño. Sin embargo, la parte arqueológica del Museo de Cádiz me dejó un poco frío, en líneas generales. A pesar de esto, tenía mis esperanzas puestas en que la sección dedicada a las bellas artes variara mi percepción, pero, cuando me disponía a verla, me di cuenta de que la planta en la que se exponían todos los cuadros, que era la segunda, se hallaba cerrada a cal y canto, en teoría debido a unas reformas. No obstante, al subir al tercer piso por la escalera, vi que no era verdad. Las salas de las pinturas estaban a oscuras, y en ellas no había movimiento alguno. No se entiende muy bien. 

En cambio, la planta superior sí se encontraba operativa. En ella, se expone la sección de etnografía del museo. La misma está centrada, casi en exclusiva, en la colección denominada Títeres del Sainete de la Tía Norica. Los títeres más antiguos datan de 1815, y constituyen una curiosa muestra de arte popular.


Yo estuve un buen rato viendo las marionetas, y también me detuve en una vitrina con entradas, tickets de representaciones y flyers auténticos de época muy pretéritas. Todo eso me resultó interesante, pero no logró quitarme la sensación de que esperaba más del Museo de Cádiz. Quizás, en el futuro pueda ver las pinturas y la cosa varíe.

Muy distinta fue la impresión que me llevé del Oratorio de la Santa Cueva, que era algo que no pensaba visitar. Entré en él, porque tenía tiempo, me encontraba cerca, y sé que es uno de los enclaves gaditanos que hay que ver. El mismo está formado por dos capillas superpuestas. La de abajo es muy austera, y acoge prácticas penitenciales.


La de arriba, en cambio, es pródiga en ornamentación y en riqueza decorativa. En ella, hay tres lienzos de Goya, nada más y nada menos. Son La Santa Cena, La Multiplicación de los Panes y los Peces, y La Parábola de la Boda del Hijo del Rey.


A diferencia del Museo de Cádiz, que es gratuito, entrar en el Oratorio de la Santa Cueva cuesta dinero, pero los 5 euros que me gasté estuvieron muy bien invertidos, porque me dieron una audioguía, en la que oí una somera explicación de lo que fui viendo y de su contexto. A veces, es mejor pagar por las visitas, y que estas estén organizadas para que se les pueda sacar el jugo. 


Gracias a la audioguía, me enteré de que el Oratorio tuvo unos orígenes bien humildes, ya que la planta baja era un sótano lateral de la vecina Iglesia del Rosario, que había sido clausurado y olvidado, y que apareció a mediados del siglo XVIII, con motivo de unas obras. Cuando se redescubrió, la cripta fue convertida en una capilla subterránea, muy propicia para rezar con recogimiento. Desde 1771, el director espiritual de la congregación que se reunía en esa capilla era un religioso, llamado José Sáenz de Santamaría, que además de ser sacerdote, se convirtió en marqués poco después, al morir su padre. Sáenz de Santamaría, junto con el título, heredó una cuantiosa fortuna, que dedicó a edificar el oratorio. 


La capilla originaria la reformó, pero la austeridad siguió siendo su seña de identidad. Sin embargo, compró los terrenos que tenía encima, que se encontraban al lado de la Iglesia del Rosario, y allí se explayó, gastándose un dineral para que la nueva iglesia fuera un prodigio de exuberancia. De hecho, no solo le encargó tres cuadros al mismísimo Goya en 1796, en un momento en el que el aragonés estaba a punto de ser nombrado primer pintor de cámara, lo que le iba a convertir en el artista más relevante de España, sino que también se pegó el lujazo de pedirle a Joseph Haydn, mentor de Mozart y maestro de Beethoven, que creara una pieza musical adaptada a una práctica devocional que se llevaba a cabo en el oratorio cada Viernes Santo. Haydn compuso Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz, y ahora esa obra orquestal suena en el hilo musical del Oratorio de la Santa Cueva mientras se realiza la visita.

En definitiva, cuando uno va a ver un lugar, lo que quiere, precisamente, es contextualizarlo y aprender acerca de él. En el Oratorio de la Santa Cueva pude hacerlo, y por eso pasé un rato excepcional. El Museo de Cádiz, en cambio, me dio un poco de pasión de ánimo....

Pero el caso es que yo estaba en Cádiz por lo del examen de María, y era obligado que ella se pudiera pegar un pequeño homenaje al acabar. Para eso, había localizado un sitio que le apetecía, por lo que nos fuimos paseando hasta La Viña en su búsqueda. Al final, llegamos entorno a las 13'00 horas, y el restaurante en cuestión aún estaba chapado. Realmente, era pronto. Sin embargo, nosotros teníamos hambre, por lo que nos metimos en el de enfrente, que ya había abierto, aunque todavía se encontraba casi vacío. Se llamaba Restaurante Entre Castillos, y no nos arrepentimos de haber decidido comer en él.


Tras almorzar, nos dimos un paseo por La Viña, que es el vecindario más señero de Cádiz. Tanto, que se incluye en todas las listas de barrios más bonitos de España que he consultado. Se trata del antiguo barrio de los pescadores gaditanos, y se encuentra estructurado a partir de un entramado de calles estrechas y empedradas, en las que perviven los aromas del Cádiz autóctono. Esta última frase podría estar sacada de cualquier revista de viajes, y es cierto que refleja la realidad. No obstante, yo voy a ser un poco desmitificador, al afirmar que La Viña comparte su fisonomía con gran parte del centro de Cádiz, es decir, que no es tan exclusivo. Sin embargo, sí es verdad que La Viña muestra un mayor desgaste. Con ese toque, parece que se pretende preservar, en estos tiempos que corren, su tradicional aire popular. En efecto, el casco histórico de Cádiz es bastante uniforme, y se asemeja, en general, a lo que se ve en las siguientes fotos, que están tomadas en la Calle Sacramento y en la Calle Rosario, respectivamente.



En esta última instantánea se ve una casa típica, hecha de piedra ostionera. El barrio de La Viña se parece a lo que se ve en las imágenes de arriba, aunque con un puntillo más de erosión. Por lo demás, destaca por su supuesto ambiente, pero un foráneo tampoco es capaz de percibir la diferencia entre lo que se observa en la Calle de la Rosa, por poner un ejemplo, y lo que hay en las calles de otros vecindarios. Eso, parece que le quita encanto a La Viña, pero yo creo que lo que hace es sumarle valor al conjunto del casco histórico gaditano. Lo que vengo a decir, es que la esencia  de Cádiz se percibe en todo su centro, no solo en los cuatro barrios notables.

Tras la comida aún nos quedaba otra visita, que es la que hicimos María y yo al Castillo de San Sebastián. Sin embargo, este pertenece a la Muralla Costera de Cádiz, y, por tanto, le voy a dedicar un post aparte. Nosotros, después de recorrer esa fortaleza con mucha calma, atravesamos de nuevo el centro hasta el Paseo de Canalejas, recuperamos nuestro coche, y pusimos rumbo a Sevilla. Ya estoy deseando volver a la Tacita de Plata, para continuar desentrañando todos sus encantos. 


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado CÁDIZ.
En 2000 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Cádiz: 35'7% (hoy día 78'6%).
En 2000 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 16'5% (hoy día 36'5%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CÁDIZ.
En 2000 (primera visita consciente), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 20'4% (hoy día 59'1%).
En 2000 (primera visita consciente), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 4'1% (hoy día 22'2%).


31 de diciembre de 2018

CÁDIZ 2018

Ya había contado en otros posts que tengo a parte de la familia dispersa por Andalucía, principalmente. En Cádiz, en concreto, viven unos tíos míos y mi prima, esta circunstancia me ha llevado a la Tacita de Plata muchas veces, pero aún no me había dejado caer por allí por motivos familiares desde que escribo en este blog (sí con otros fines). Sin embargo, el pasado fin de semana mi prima bautizó a su cuarta hija (nada más y nada menos), nos invitó, y como no suelo perderme ese tipo de saraos nos plantamos en la capital gaditana con la idea de pasar un buen rato y también, como no, de disfrutar de las bondades de una ciudad en la que siempre es un verdadero placer estar, aunque sea solo unas horas (la siguiente foto es de 2007, yo he cambiado un poco, pero la luz y el olor de Cádiz siguen siendo una gozada para los sentidos).


Como digo, cuatro son los bautizos que me prima ha celebrado ya en Cádiz, y a esos hay que sumar los dos de los hijos de mi primo, que también han sido allí pese a que él vive en Gijón desde hace años. Realmente creo que no he ido a los seis, pero casi. Todos los actos religiosos anteriores habían tenido lugar en la Iglesia de San Severiano, un templo construido en 1947 que está en la zona moderna de la ciudad. Por ello, en esta ocasión pensé que el sitio iba a ser el mismo, pero no se por qué problema mi prima se tuvo que buscar otra iglesia y todos salimos ganando, ya que acabamos en el corazón del popular barrio de La Viña, la cuna del Carnaval y la más fiel representación urbana de la idiosincrasia gaditana. La Viña es a Cádiz lo que Triana a Sevilla, y ocupa parte de la esquina suroeste del centro, que es a mi juicio la más bonita de este.

En efecto, la ceremonia se celebró esta vez en la Iglesia de Nuestra Señora de la Palma, que está en la confluencia de la Calle San Nicolás y la Calle Virgen de la Palma. Ambas están adoquinadas y forman un ángulo recto en cuyo vértice está el templo.


El mismo es muy curioso, ya que además de ser pequeño es de planta circular. No es muy antiguo, data de 1768, pero no lo conocía y me gustó verlo con calma.


Después del bautizo recorrimos la Calle Virgen de la Palma, tampoco había estado en ella, me pareció de las más pintorescas de la ciudad y va a dar justo a la Playa de la Caleta.


El día estaba maravilloso y el paseo por la Avenida Duque de Nájera, bordeando la playa, fue una delicia.


Nuestro destino era el Parador de Cádiz, el emblemático sitio donde tuvo lugar el convite.


En este Parador no he dormido nunca, pero he estado en varios eventos celebrados en él, antes de su remodelación y después. Se abrió en 1929 con el nombre de Hotel Atlántico y fue el segundo establecimiento de la red Paradores que se inauguró (dicha red cumplió 90 años hace poco más de dos meses y cuenta en la actualidad con 97 alojamientos). Al hotel primigenio se le añadió en 1964 un anexo, luego la parte antigua se demolió en 1981 y se sustituyó por una edificación funcional (así lo conocí yo), y finalmente en 2009, cuando era ya evidente que el Parador estaba anticuado y avejentado, fue derribado entero y levantado de nuevo. Su nueva versión se inauguró en 2012 y sigue siendo toda una institución en Cádiz. En la actualidad, es un dechado de modernidad.



A pesar de lo innovador de sus aspecto, en mi opinión el Parador está muy bien integrado en el entorno, por el lado de la calle no resulta chocante y por el del mar tiene una terraza en la que yo me podría pasar horas.


A esa terraza da el Salón Camposoto donde se celebró el bautizo y en ella echamos un agradable rato, disfrutando del inigualable sol invernal del sur de España.



De niño recuerdo haber estado en la predecesora de esa terraza, en aquella época la misma llegaba hasta la balaustrada que da al océano. Hoy día se ha respetado la Ley de Costas al levantar el nuevo edificio y la zona inmediata al mar forma parte de un paseo marítimo público, de manera que la plataforma de madera perteneciente al Parador no llega hasta la barandilla, sino que comunica con el paseo por medio de unos escalones. Nosotros no desaprovechamos la oportunidad de bajar por ellos y asomarnos a ver las vistas.


Después de comer no pudimos alargar mucho más nuestra estancia en Cádiz. En los últimos tiempos no he ido por allí tan a menudo como antaño, pero para mí es una de las ciudades de referencia y se que no tardaré en volver.


Con esta breve excursión y con su correspondiente post me despido hasta 2019, un año que seguro que me traerá un montón de planes interesantes que me encantará reflejar en este blog, en el que sigo escribiendo después de 32 meses con la ilusión del primer día.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado CÁDIZ.
En 2000 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Cádiz: 35'7% (hoy día 78'6%).
En 2000 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 16'5% (hoy día 33'9%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CÁDIZ.
En 2000 (primera visita consciente), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 20'4% (hoy día 50%).
En 2000 (primera visita consciente), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 4'1% (hoy día 19'9%).


19 de octubre de 2017

CÁDIZ 2017

En 2006, mis padres compraron un pequeño apartamento en Cádiz, ciudad en la que viven mis tíos desde hace décadas. El mismo se encuentra a escasos 50 metros de la bajada a la playa, pero está en un entorno totalmente urbano. Por eso, siempre ha sido aprovechable, tanto en invierno, como en verano. En realidad, su ubicación es perfecta, aunque la calle donde se halla no sea demasiado pintoresca.


A partir de 2006, el hecho de tener en Cádiz un refugio gratuito, hizo que María y yo, durante cuatro años, fuéramos con cierta frecuencia a esa ciudad, al principio solos, luego con Ana, y, al final, incluso con Julia. Sin embargo, entre 2011 y 2012 las circunstancias no favorecieron que nos dejáramos caer por allí, y apenas fuimos al pisito. Mis padres, por otro lado, siempre hicieron poco uso real de él. Iban a Cádiz de vez en cuando, a ver a la familia, pero casi nunca se quedaban a dormir. Por todo ello, en un momento determinado optaron por alquilar la propiedad, y, desde principios de 2013, hasta hace unas semanas, el apartamento ha estado ocupado por inquilinos.

A finales de agosto, el pequeño piso se quedó vacío. Mis padres, ante esa circunstancia, en lugar de tratar de alquilarlo de nuevo, decidieron ponerlo en venta. A mí, la decisión me pareció muy bien, pero eso no impidió que, al enterarme, me entraran unas ganas enormes de echar un último par de días en el apartamento. Pese a esto, durante varias semanas nos ha resultado imposible ir, pero la venta no se ha acabado de materializar, de manera que el pasado finde aún estuvimos a tiempo de aprovechar, una vez más, el alojamiento. Como todavía hacía buena temperatura, pudimos disfrutar de la playa, pero ese plan no fue impedimento para que profundizáramos también, un poco, en las demás maravillas de la Tacita de Plata.


Cádiz es, con seguridad, la población en la que, sin haber vivido, he pasado más tiempo en mi vida. La posibilidad de poder disponer allí, durante unos años, de un alojamiento magníficamente situado, ha influido en ello, pero también lo ha hecho que tengo familia gaditana, y que la ciudad, en sí misma, me encanta. He ido varias veces a la Semana Santa, he estado en las barbacoas del Carranza, he comido en restaurantes magníficos y en otros no tan excelsos, he ido por trabajo, he disfrutado de la playa, he salido de marcha por la noche, he dado muchos paseos por su centro y por su Paseo Marítimo, he disfrutado de multitud de celebraciones y de encuentros familiares, he ido al cine, al fútbol, a correr carreras, he ejercido de turista,... Han sido decenas de visitas, desde que era niño, por lo que he tenido ocasión de hacer innumerables cosas. Solo me ha faltado ir al Carnaval, pero todo se andará.

Como dije antes, el pasado fin de semana volvimos a Cádiz, una vez más. Estuvimos de viernes a domingo, y aprovechamos muy bien el tiempo. Para empezar, el viernes, al llegar, ya bajamos a la Playa de la Victoria, que es el mejor arenal urbano que he visto. A esa hora de la tarde, sin embargo, no hacía suficiente calor como para bañarse, y nos contentamos con estar un buen rato junto al mar, dejando que nuestros sentidos disfrutaran del entorno.


Realmente, el rato más playero del fin de semana lo vivimos el domingo, justo después de comer. En ese momento, sí hacía calorcillo, y, echándole valor, hasta yo me di un chapuzón.

Las horas centrales del sábado también hubieran sido apropiadas para pasarlas en la playa, pero ese día decidimos ir ver la Torre Tavira, que es algo que me apetecía hacer desde que me enteré de su existencia, hace nueve años, y que no había podido llevar a cabo.



La Torre Tavira es una torre del siglo XVIII, que corona la Casa-Palacio de los Marqueses de Recaño. Está ubicada en el centro del casco antiguo de Cádiz, y es la cota más alta de la ciudad, por lo que fue designada torre vigía oficial del Puerto en 1778 (su primer oteador se llamó Antonio Tavira, de ahí su nombre).


Hoy día, en la última planta de la Torre Tavira se ha colocado una cámara oscura, que permite hacer un recorrido visual de 360º por toda la ciudad, a través de imágenes reales y en movimiento.

El sábado reservé la visita, pero llegamos unos minutos tarde y no pudimos entrar. Nos quedamos con la miel en los labios, pero decidimos ponerle remedio, y, sin esperar, cogimos sitio en otra sesión, al día siguiente por la mañana. Retrasarnos de nuevo ya hubiera tenido delito, pero el domingo nos aseguramos de estar allí a la hora apropiada, y pudimos, finalmente, subir a la Torre. Antes de llegar arriba, vimos que esta también cuenta con dos salas de exposiciones. La primera está dedicada a la historia de Cádiz, y la segunda se centra en las cámaras oscuras.


Para llegar a a la Torre, que está en el mismo corazón de Cádiz, los dos días tuvimos que atravesar parte de su casco histórico. Sin ir más lejos, la Calle Sacramento, que es la que vertebra el sector oeste del centro, la recorrimos casi entera (desde lo alto, se observa a la perfección hasta que punto esa calle ejerce de columna vertebral del meollo de Cádiz).


Al ir a la visita, pudimos ver como el casco antiguo de Cádiz, que está dividido en varios barrios, tiene, en general, ese aire desgastado y encantador de los centros de las ciudades de mar.


También pasamos por la Calle Columela, y vimos la diferencia entre como estaba el sábado por la tarde, y como estaba el domingo. La razón del cambio es que es una de las principales vías comerciales de la ciudad. De hecho, en ella se encuentran representadas las firmas multinacionales de moda más importantes, aunque todavía resisten algunos pequeños comercios de corte tradicional.

La visita a la Torre Tavira mereció la pena, ya que, además de la mencionada cámara oscura, tiene también una atractiva azotea, que es la verdadera atalaya que permite contemplar Cádiz en todas las direcciones, desde su punto más alto. El día estaba claro y luminoso, por lo que pudimos permanecer veinte minutos disfrutando de las vistas.



No obstante, la atracción estrella de la Torre Tavira es la cámara oscura, que está en el piso inmediatamente inferior a la azotea. Durante un rato, la habitación en la que se encuentra se queda sin luz, y en una especie de pantalla blanca, horizontal y cóncava, se refleja la ciudad, como si la estuviéramos mirando a través de un periscopio, con capacidad para alejar o aumentar las imágenes. El ingenio lo maneja un guía, que es el que va explicando todo lo que se va viendo.

Llegados a este punto, hay que decir que lo de la cámara oscura habría estado muy bien, simplemente con un cicerone que hubiera hecho de forma correcta su trabajo, pero, haciendo honor al tópico, que dice que en Andalucía somos graciosos, y que los gaditanos son los andaluces con más arte, el guía que nos tocó sumó a su explicación, el valor añadido del desparpajo, de manera que nos ofreció una explicación, a la par interesante y desenfadada. No se hizo el gracioso, porque no hizo falta, el salero lo llevaba de serie, y nos obsequió con un rato muy divertido, que no por ello dejó de ser didáctico.

Aparte, como dije antes, el sábado llegamos con retraso a la Torre Tavira, pero, a la vez, llegamos igualmente tarde a la cita con Teresa y con José Lucas, unos amigos de Sevilla que estaban también en Cádiz, y con los que habíamos quedado para hacer la visita. Ellos fueron puntuales, y pudieron subir a ver la cámara oscura, por lo que a nosotros no nos quedó más remedio que esperarlos abajo, dado que la idea era echar el resto de la jornada juntos. Cuando acabaron, lo primero que hicimos fue irnos hasta el Parque Genovés, a comernos unos bocatas. El día era sensacional, y el plan de comer de pícnic nos apeteció a todos. Gracias a eso, tuve la oportunidad de recorrer, de nuevo, esa preciosa zona ajardinada, que está situada en el extremo noroeste de Cádiz, y que, en realidad, es un jardín botánico, creado a finales del siglo XIX, cuando se plantaron los árboles y arbustos, y se le dio el aspecto actual a una zona verde que ya existía con anterioridad (se hizo siendo alcalde Eduardo Genovés, de ahí su nombre). En el parque, hay un centenar de especies vegetales, además de un vivero, en el que no se puede entrar, y un auditorio (el de la foto de abajo es un ejemplar, bastante llamativo, de palo borracho, que es el nombre común de la chorisia speciosa).



Realmente, por su ordenación y por su carácter, el Parque Genovés no está pensado para hacer pícnics en él, pero nosotros no llevábamos apenas parafernalia, solo unos bocadillos, así que no fue complicado comer allí. Luego, nos dimos una vuelta, para ir a ver la Gruta de la Cascada y el lago que tiene al lado. Ambos le acaban de dar al lugar un aire muy romántico, en el sentido más becqueriano de la palabra.



La siguiente foto es de marzo de 2008, que es cuando yo estuve en el Parque Genovés la otra vez, y da fe de lo agradable que puede llegar a ser el mismo. Su paseo central tiene los árboles podados al estilo inglés.


Tras la comida y el paseo, nos dirigimos hasta la Playa de la Caleta, la más propia de Cádiz. Es la que está junto al centro de la ciudad, por lo que es la playa gaditana histórica por antonomasia.


Yo, en ella solo he estado una vez en plan playero, siempre me ha pillado a trasmano, pero paseando la he visto a menudo, y en esta ocasión creo que la disfruté más que nunca, porque nos sentamos a tomar café en el Bar Club Caleta, un bar cuyo interior tiene un aspecto extremadamente cutre, pero que cuenta con una terraza que es una delicia.


Al Bar Club Caleta le tengo que dar un punto positivo, por algo que considero muy importante, y es que estuvimos en su terraza dos horas, habiéndonos pedido solo un café cada uno, sin que los del bar nos pusieran mala cara ni por un momento. En el resto de las mesas hubo movimiento continuo de personas, que estuvieron, en la mayoría de los casos, comiendo, a pesar de que era media tarde, pero nosotros éramos cuatro adultos con cinco niños, y nos tomamos una única ronda de bebidas, sin movernos del mismo sitio en ese tiempo. Se estaba en la gloria y se agradeció el detalle. Aun así, he de decir que, en la mesa de al lado, vi uno de los episodios más exagerados de chulería por parte de un camarero que he presenciado nunca: un cliente echó para atrás una ración de chipirones, porque decía que estos no estaban frescos, y el susodicho camarero, ni corto ni perezoso, metió sus dedazos en el plato sobre la marcha, agarró un chipirón y se lo zampó de un bocado, relamiéndose, ante la estupefacción del chico. Luego añadió, visiblemente irritado, que los chipirones estaban de escándalo, porque eran del día. Como es lógico, a continuación se llevó el plato, y luego intentó suavizar el arrebato con mil explicaciones. Por fortuna para él, el cliente, que en mi opinión había pedido demasiada comida y es verdad que tenía pinta de estarle echando un poco de morro, a ver si lograba no pagar lo que se iba a dejar seguro, optó por no decir nada. Después de todo, había conseguido su objetivo.

De cualquier modo, en nuestro caso no llegamos a pedir comida en el Bar Club Caleta, así que la crítica gastronómica la tendré que hacer en la próxima visita. Nosotros, en esta ocasión, el homenaje culinario nos lo dimos el domingo, a la hora del almuerzo, en el Burguer Yiyi, un lugar que nos parece mítico, y que está muy cerca del apartamento (ante la posibilidad de que el mismo deje de ser pronto nuestro piso franco, y de que la hamburguesería ya no nos coja tan a mano, decidimos darnos el gustazo de comer allí una vez más).


El Burguer Yiyi es el típico bar de barrio, en la que se puede comer de todo: perritos calientes, bocatas, tapas, pizzas, y, por supuesto, hamburguesas. El propio Yiyi es el que está tras la barra, y el lugar no es en absoluto refinado, pero es entrañable y barato, y si no se esperan florituras, no se come mal (me encanta el bocadillo Milagrito... jamón serrano, tomate natural y tortilla francesa). Además, se encuentra justo enfrente de la playa.


No se si podremos volver a Cádiz durmiendo en el apartamento, pero estoy seguro de que, en cualquier caso, la Tacita de Plata seguirá siendo un lugar por el que nos dejaremos ver cada cierto tiempo.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado CÁDIZ.
En 2000 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Cádiz: 35'7% (hoy día 78'6%).
En 2000 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 16'5% (hoy día 32'5%).

Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado CÁDIZ.
En 2000 (primera visita consciente), % de Municipios ya visitados en la Provincia de Cádiz: 20'4% (hoy día 50%).
En 2000 (primera visita consciente), % de Municipios de Andalucía ya visitados: 4'1% (hoy día 19'5%).