29 de septiembre de 2020

ACANTILADO DEL ASPERILLO 2020

Curso nuevo, vida nueva. Pues sí, este verano a pesar de la COVID-19 salvamos las vacaciones de una manera más que aceptable, pero volvimos a casa y el final del mes de agosto y el mes de septiembre al completo han sido una locura. El regreso a la rutina después de la época de asueto estival siempre es un poco estresante, pero este año la pandemia, que está por todos lados, ha convertido las últimas semanas en una auténtica montaña rusa. Fruto de la situación que hemos vivido, con la vuelta al cole y al trabajo en medio de una crisis sanitaria, la verdad es que no ha habido tiempo ni espacio mental para hacer nada susceptible de ser reseñado en este blog. Sin embargo, hace tres días, una vez que ya ha arrancado por fin el curso, decidimos tomarnos un pequeño respiro y organizamos una jornada de playa. Gracias a ello generé material para escribir este post y eso ha hecho que no se me haya ido el mes de septiembre sin haber publicado ni una palabra.

Lo cierto es que me encantan las playas urbanas, pero esta vez lo que buscábamos era perdernos en la naturaleza. No está la cosa como para mezclarse con la gente al libre albedrío y, además, estamos saturados de ir a todas partes con mil miramientos, por lo que queríamos aislamiento. Por ello, decidimos ir a un pedazo de costa lo más salvaje posible. Eso podría haber provocado que, finalmente, me hubiera quedado sin nada sobre lo que escribir, pero resulta que hay en el litoral de la provincia de Huelva un monumento natural que está en mi lista de imprescindibles y que, sorprendentemente, aún no conocía. Es el Acantilado del Asperillo. El mismo da al mar y está aislado, por lo que la oportunidad para ir a tacharlo de la lista apareció que ni pintada. Era el lugar perfecto para la ocasión.


El Acantilado del Asperillo se encuentra en la costa del municipio de Almonte, entre las poblaciones de Matalascañas y Mazagón. Se asoma a la Playa de Castilla, el infinito arenal virgen del que ya he hablado otras veces. 

Aunque puede que me repita, por poner en contexto el Acantilado diré que todo el litoral de la provincia de Huelva, desde la desembocadura del Río Odiel hasta la del Río Guadalquivir, es una única playa ancha y arenosa que no tiene discontinuidades durante 50 kilómetros. En los 45 kilómetros que pertenecen a Almonte, los 17 que van del extremo del municipio hasta Matalascañas conforman oficialmente la mencionada Playa de Castilla. Sin embargo, esta se suele dividir extraoficialmente en varios sectores, que reciben denominaciones diversas y que no siempre tienen límites bien definidos. Aún así, se podría decir que entre Matalascañas y el límite municipal, en la desembocadura del Arroyo del Loro, las sucesivas divisiones populares son apodadas Playa de Torre de la Higuera, Playa de Castilla (propiamente dicha), Playa de la Mata del Difunto, Playa del Asperillo, Playa de Cuesta Maneli y Playa de la Torre del Loro (la Playa del Asperillo y la de Cuesta Maneli muy a menudo se consideran una sola y para hacer referencia a ella se usan uno u otro nombre de manera indistinta). 

A ese tramo de playas vírgenes y de nombres extraoficiales mal definidos es, precisamente, adonde se asoma el Acantilado del Asperillo. De hecho, el alto nivel de protección de este y de todos los terrenos que tiene a su espalda, que forman parte del Parque Natural de Doñana, es lo que ha propiciado que toda esa enorme franja del litoral onubense no se haya urbanizado. Dado lo agreste que se ha conservado el terreno, llegar al mar en muchos puntos es imposible y los accesos abiertos no son precisamente cómodos. Eso hace que la Playa de Castilla se haya mantenido intacta.


El caso es que el Acantilado del Asperillo es una duna fósil que se extiende a lo largo de doce hectáreas de costa. Cuando estás encima lo que percibes es que se trata de una elevación montañosa recubierta de arena de playa. 


En esa elevación crece la vegetación, por lo que uno se da cuenta con facilidad de que no se está pisando una duna como las del Desierto del Sahara. Realmente, solo la capa superior del promontorio es de arena fina. Debajo, el subsuelo está formado por la sedimentación de diferentes capas de arenas de origen eólico y aluvial, mezcladas durante miles de años con materia orgánica. Dichas capas se han ido depositando a lo largo del tiempo, se han endurecido y, luego, las fuerzas de la tierra las han levantado conformando una montaña de sedimentos. Por ello, desde la playa lo que se ve es un acantilado de tierra dura. 


Es interesante saber que el del Asperillo es el acantilado de este tipo más alto de Europa. Su parte protegida por la etiqueta Monumento Natural se extiende a lo largo de 12 kilómetros de costa, aunque realmente la prominencia va desde el extremo del núcleo habitado de Matalascañas hasta el centro de Mazagón, que está en alto. Sin embargo, solo se ha preservado el sector central, que está dentro del municipio de Almonte. Resulta difícil para un mortal saber cuales son los puntos exactos donde empieza y termina el monumento, dado que en la declaración de Monumento Natural se dan unas coordenadas muy precisas, pero difíciles de situar para un cualquiera. Yo he logrado saber que la zona que goza de medidas de protección se inicia unos metros al oeste del sendero de Cuesta Maneli y llega hasta el Parque Dunar de Matalascañas. Al este de ese parque la elevación se acaba y comienzan las casas de Matalascañas. Al oeste de Cuesta Maneli, por contra, la montaña de sedimentos sigue muchos kilómetros y es también impresionante, aunque no se ha garantizado su conservación a un nivel similar.

En cualquier caso, acceder al Acantilado del Asperillo no es fácil. A pie de playa lo que se observa es un murallón impenetrable y desde atrás, como contaré a continuación, tampoco resulta sencillo llegar al borde del precipicio.


Que yo sepa, solo hay dos maneras permitidas para un dominguero de penetrar en la zona protegida del Acantilado. La primera es recorriendo el sendero denominado Cuesta Maneli que ya he nombrado. Este es el trayecto más normal. Se trata de un camino de 1.500 metros que está preparado al máximo, dado que sobre él se ha construido una pasarela de madera que permite que el trayecto a pie desde el aparcamiento habilitado junto a la carretera sea más llevadero. Dicha pasarela por desgracia se quemó en el incendio que asoló Doñana en 2017 y se ha reconstruido en junio de este año. Nuestra idea el pasado sábado era acceder a la playa atravesando el escarpe por esa vía. Yo esta no la conocía, por lo que nunca había visto realmente la parte especial del Acantilado del Asperillo. Lo que pasa es que, fieles a nuestro estilo, cuando salimos de casa cogimos comida, agua en abundancia, una sombrilla, crema solar, gorras y hasta una pelota, pero dinero no. Para qué, si íbamos a un lugar que está en mitad de la nada. Gran error. Al llegar al inicio de Cuesta Maneli nos encontramos conque estaba operativo un parquin vigilado que vale 2 euros. Apenas es dinero, pero nosotros no llevábamos ni 80 céntimos. Obviamente, aquello está pensado para que no sea posible soltar el coche en plan pirata en ningún sitio. Eso quiere decir que, o pagas los 2 euros o te vas, con la cosa de que irse implica que no hay donde aparcar en varios kilómetros, ni se puede alcanzar la costa partiendo de cualquier punto de la carretera A-494. Esta discurre paralela a la costa, pero tiene a pocos metros una valla, la cual aparentemente solo presenta una abertura a la altura de Cuesta Maneli. 

Nosotros, maldiciendo y sin habernos bajado del coche, no tuvimos más remedio que volvernos por donde habíamos venido. Nuestra vía de acceso a la playa ya tenía que estar, sin más remedio, en Matalascañas. Sin embargo, mientras íbamos para allá vi junto a la verja, en un momento dado, tres coches aparcados en un ensanchamiento, en mitad de ninguna parte. Deduje que cerca debía haber alguna manera de cruzar la alambrada y no me equivoqué, puesto que encontramos una puerta. La misma estaba cerrada, pero se podía abrir sin problema. 


Pensamos que por ahí podríamos llegar a nuestro destino, aparcamos, cruzamos la valla y echamos a andar. No me arrepiento, lo que vimos fue maravilloso y nos permitió subir a la parte alta del Acantilado del Asperillo. En efecto, habíamos dado por casualidad con otro de sus puntos de acceso, pero la realidad es que la playa no pudimos ni tocarla. 

Para acceder al Acantilado anduvimos unos 2 kilómetros. El camino al principio fue llano y el suelo entre pinos era más firme. Fuimos bordeando la Laguna del Jaral, que en esta época está seca. Me encantó conocer este rincón del Parque Natural de Doñana. 


Al poco de dejar atrás la Laguna del Jaral empezamos a subir a la duna. Se notó, además de por la pendiente, por el hecho de empezar a andar sobre arena seca. 


Desde lo alto de la duna vimos unas vistas realmente sensacionales de los pinares del Parque Natural de Doñana.


Una vez que la pendiente suavizó anduvimos un poco más y enseguida vimos el mar. La buena noticia fue que llegamos a lo alto del Acantilado del Asperillo, un lugar precioso. Sin embargo, nosotros teníamos la intención de alcanzar la playa y nos encontramos conque desde allí era materialmente imposible bajar. 



Quizás dolió menos el contratiempo por la belleza del paisaje, pero desde lo alto del precipicio no había forma de descender al nivel del mar y no quedó otra que volver. Antes, para reponer fuerzas nos zampamos los bocadillos que nos pensábamos comer en la playa. 


La vuelta, dado que eran más de las 2 de la tarde, que apretaba el calor y que aún no habíamos tocado el agua, fue un tanto ardua. Una vez que llegamos al coche decidimos dejarnos de experimentos y tiramos hacia Matalascañas, donde estábamos seguros de que no nos íbamos a encontrar sorpresas. Una vez allí, casi sin pisar la población almonteña nos internamos un poco en la Playa de Castilla desde su extremo este y nos quedamos a unos metros de donde empieza la parte protegida del Acantilado por ese lado. Finalmente, echamos una placentera tarde y, gracias a ello, nos fuimos a casa con todos los objetivos cumplidos. Eso sí, la próxima vez que queramos aunar en una sola jornada un día de playa y una excursión al Acantilado del Asperillo me aseguraré de llevar 2 euros para poder dejar el coche en el parking de Cuesta Maneli.


Reto Viajero MARAVILLAS DE ANDALUCÍA
Visitado ACANTILADO DEL ASPERILLO.
% de Maravillas de Andalucía visitadas en la Provincia de Huelva: 35'3%.
% de Maravillas de Andalucía visitadas: 36'7%.


30 de agosto de 2020

PLAZA MAYOR DE SALAMANCA 2020

Antes de empezar a escribir este post he buscado en Internet artículos sobre las plazas más bonitas de España y he comprobado que la intuición no me falla, porque todos los que he encontrado incluían la Plaza Mayor de Salamanca entre ellas y, si en el artículo se hacía un ranking de belleza, la susodicha estaba siempre en el podio.


Queda corroborado, por tanto, que la Plaza Mayor salmantina es una de las plazas españolas por excelencia. 

Como comenté en el post anterior, yo había estado en Salamanca en ocho ocasiones antes de este verano y en todas, menos en una, pasé por la Plaza Mayor en algún momento. La misma ejerce de imán en la ciudad charra, tanto que es muy raro visitar esta y no asomarse al cuadrado casi perfecto que conforma ese grandioso espacio público. 

Yo la plaza la he visto casi siempre en tardes de agosto. En 1993, no obstante, fui un sábado de octubre, y en diciembre de 2008 estuve durmiendo a dos pasos durante varios días y pude ver su estado a horas distintas durante unas cuantas jornadas laborables.


Sin embargo, ninguna visita había sido tan atenta como la del otro día. En efecto, esta vez no me he limitado a atravesar la plaza ni le he echado un simple vistazo, sino que la he rodeado por debajo de los soportales y por fuera de ellos, prestando atención a los detalles, antes de irme a su centro para mirar en todas las direcciones. Además, he entrado por uno de sus costados y he salido por el opuesto.


La Plaza Mayor fue construida entre 1729 y 1755, y está compuesta de cuatro pabellones. El Pabellón de Petrineros es el del lado oeste y se une en la esquina noroeste con el Pabellón Consistorial.



El Pabellón Consistorial, por tanto, es el que está al norte. Se llama así porque alberga las dependencias del Ayuntamiento de Salamanca. Destaca por la espadaña de su fachada, que se hizo en 1852. En su extremo derecho, junto a la confluencia con el Pabellón Real, tiene una abertura que comunica la Plaza Mayor con la Calle Toro.



Precisamente es el Pabellón Real el que cierra la Plaza Mayor por el este. El mismo es el otro que cuenta con una espadaña en el centro, justo encima de la salida que da a la Plaza del Mercado. En el extremo que confluye con el Pabellón de San Martín tiene otro arco que da paso a la Plaza del Poeta Iglesias.



Finalmente, el Pabellón de San Martín es el que está al sur. Sus dos arcos abiertos comunican respectivamente con otro punto de la Plaza del Poeta Iglesias y con la Plaza del Corrillo.



Como se puede ver en todas las fotos, la homogeneidad es la nota predominante en los cuatro lados de la Plaza Mayor. La misma la diseñó Alberto Churriguera, que fue también el que empezó las obras. Estas fueron acabadas por Andrés García de Quiñones. En la construcción de todos los pabellones se empleó piedra de las canteras de Villamayor, por lo que el espacio quedó muy armónico con respecto al resto de la ciudad en lo que a color y a textura se refiere. Curiosamente, su diáfano aspecto actual, que para mí realza su armonía, no es demasiado antiguo, dado que hasta 1953 tenía un jardín central con bancos, arriates y árboles, así como un quiosco musical. Ese año se quitaron todos esos elementos y también los adoquines que los rodeaban. Así, la explanada quedó despejada y enlosada con baldosas de granito gris.

En cualquier caso, en esta última visita mi presencia en la Plaza Mayor de Salamanca no hubiera pasado de ser testimonial si no me hubiera propuesto lo contrario. En efecto, durante la tarde del sábado día 12 estuvimos dando un buen paseo por la ciudad y en el transcurso del mismo nos acabamos asomando a la plaza, que rebosaba gente. Todo el centro en general estaba bastante animado, pero allí la presencia humana era más elevada de lo recomendado, dadas las circunstancias en las que nos encontramos. Por ello, tan solo echamos un vistazo y nos fuimos. Para mí no era suficiente, de manera que el domingo por la mañana temprano, además de salir a correr mientras toda la familia dormía aún, como hago siempre que estamos en hoteles, madrugué un pelín más y lo cuadré todo para acabar la tirada en la Plaza Mayor. Gracias a eso pude verla con tranquilidad. A esa hora estaba casi desierta.


Lo primero que hice, tras abrigarme un poco para no coger frío, fue recorrer la plaza porticada por la parte exterior de los soportales, admirando la fachada de los pabellones. Todos tienen tres plantas y son muy parecidos, aunque no miden exactamente lo mismo, pese a que lo parece. Los cuatro se hicieron partiendo de una idea común y guardan una notable similitud. Tienen en total 88 arcos de medio punto, en cuyas enjutas hay 88 medallones, esculpidos en su mayoría con los bustos de personajes españoles de la realeza, la historia, la política o la cultura. Dado mi propósito, me paré a mirarlos todos. Gracias a eso vi que hay 64 medallones rellenos, dos lo estuvieron y se vaciaron después, y hay 22 que nunca han sido labrados. Los dos que se han vaciado son el de Manuel Godoy, en 1808, y el de Franco, en 2017. El aspecto de los medallones que no tienen a ningún personaje está más o menos disimulado.


En el Pabellón Real hay 19 medallones de reyes de España. Franco, que ya se sabe que era todo humildad, colocó su efigie junto a ellos. Aparte, es llamativo que Felipe V está tres veces (posee un medallón por cada una de las etapas de su reinado y otro por haber autorizado la construcción de la plaza). También tienen un lugar reservado Carlos I, Felipe II, los Reyes Católicos, así como Juana I y Felipe I. Tanto Isabel y Fernando, como Juana la Loca y Felipe el Hermoso, se tallaron juntos.



En el Pabellón de San Martín están cincelados 20 grabados de conquistadores españoles y de militares. No falta, por ejemplo, la imagen de Hernán Cortés o la de Rodrigo Díaz de Vivar.



En el Pabellón de Petrineros la estructura iconográfica es bastante heterogénea. A diferencia de los otros dos pabellones, en los que se pusieron los medallones al hacer las obras (salvo el de Franco, que se añadió en 1937), en este los once medallones se incorporaron a partir de los años 70 del siglo XX. Algunos son de literatos como Cervantes o Fray Luis de León, pero también está, por ejemplo, Don Juan de Borbón.




El Pabellón Consistorial tenía los medallones vacíos (salvo el del conquistador Juan Vázquez de Coronado, que data de 1967 y el de los actuales reyes eméritos, que es de 1998), pero en 2005 se esculpieron doce más con motivo de la celebración del 250 aniversario de la plaza. Ahora tienen ya su medallón Alberto Churriguera y todos los monarcas españoles desde Carlos III (a excepción José I). Nuestro rey actual aún no está, pero, como he dicho, sí tienen un sitio Juan Carlos I y Sofía, que son otra pareja que aparece junta (se reconoció aquí el importante papel de la actual reina emérita, dado que es la única consorte que se halla en los medallones reales). También se tallaron sendas alegorías para no dejar de lado, entre tanto rey y tanta reina, a los periodos de república en España.



Tras recorrer la plaza contemplando los medallones la rodeé de nuevo por debajo de los soportales, observando sus negocios. Era temprano y solo unos pocos bares habían abierto. Otros estaban a punto de hacerlo.


Como se puede ver en las fotos, todo el perímetro exterior de la parte porticada de la plaza está llena de sillas y mesas, puesto que hay en ella un buen número de negocios de restauración. Yo no consumí nada en ninguno, pero sí pude presenciar una agria discusión entre los responsables de dos de los bares contiguos. Resulta que cada negocio tiene asignado un espacio concreto para poner en él su terraza y el mismo parece que está muy disputado, ya que los dos individuos discutían por una serie de centímetros de suelo que ambos consideraban suyos. Por fortuna el problema quedó, hasta donde yo vi, en una mera anécdota.



En definitiva, la Plaza Mayor de Salamanca es una preciosidad que merece ser contemplada con detenimiento. Este 2020 di allí por terminadas mis vacaciones veraniegas.


Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado PLAZA MAYOR DE SALAMANCA.
En 1989 (primera visita), % de Monumentos Destacados de España visitados en Castilla y León: 11'8% (hoy día 58'8%).
En 1989 (primera visita), % de Monumentos Destacados de España visitados: 11% (hoy día 42%).


22 de agosto de 2020

SALAMANCA 2020

Este año liquidamos las vacaciones en Salamanca, no es un mal lugar. Después de pasar una semana en el sur de Francia y otra en Llanes, el domingo 9 nos fuimos para Sevilla, pero dejamos a Ana y a Julia en Asturias con sus abuelos. Unos días después volvimos a coger el coche y fuimos a por ellas, pero esta vez no tuvimos que subir hasta tan arriba, sino que fijamos con mis padres un encuentro a medio camino y, gracias a eso, pasamos una noche todos juntos en el Parador de Salamanca.


El Parador de Salamanca no es el establecimiento más bonito de la cadena Paradores de Turismo, pero es un lujazo de hotel. Se inauguró en 1981 y en 2003 fue reformado de arriba a abajo. Desde entonces es un alojamiento de estilo moderno cuyo punto fuerte es que se ubica en una colina a las afueras del centro y ofrece unas panorámicas inigualables de este y de sus monumentos.


En el Parador de Salamanca hagas lo que hagas estás disfrutando de los magníficos servicios que son comunes a todos los Paradores y, además, estás alucinando con unas vistas sensacionales de Salamanca.

Yo ya había estado en la capital charra varias veces. No se por qué, pero Salamanca es una ciudad a la que he ido de modo recurrente desde niño, pese a que no tengo nada que ver con ella... o sí. Realmente, una prima hermana de mi madre con la que tiene bastante relación tiene un piso allí, a dos pasos de la Plaza Mayor.


En ese piso pernocté en 2000 y en 2008. No obstante, de las nueve veces que he estado en Salamanca solo en un par de ocasiones lo he hecho por algo relacionado con mi tía. Yo a ella la he visto casi siempre en Madrid o en otros lugares. A Salamanca he ido con cierta frecuencia simplemente porque es un placer recorrer sus calles. 


Por lo que al Parador se refiere, he de decir que esta tampoco era la primera vez que dormía en él, ya que en 2010 estuve pasando allí una noche cuando Ana era muy pequeña.


Entonces no nos privamos de sacarle partido a la piscina del hotel y en esta ocasión iba igualmente convencido de que íbamos a echar la tarde en ella, pero el destino quiso que la jornada saliera muy fresca y sobre la marcha tuvimos que cambiar de plan. Yo y las niñas, para empezar, echamos un rato en el gimnasio después de la siesta.



Además, el hecho de no poder ir a la piscina hizo que nos fuéramos antes de lo esperado a dar un paseo por la ciudad, que es algo que quería hacer. Esta vez el dios del clima estuvo de mi lado.

Yo vi Salamanca como siempre. Cierto es que la mayoría de las veces que he estado allí ha sido en agosto y durante ese mes la ciudad es pasto de los turistas como yo. Sin embargo, debido al verano que estamos viviendo tenía la esperanza de verla más tranquila, pero no aprecié diferencias con respecto a las visitas estivales de 1989, 1997, 1999, 2008, 2010 o 2015. 


En 1993 estuve en Salamanca en otra estación. En efecto, ese año eché allí una tarde durante el Puente del Pilar, pero esa visita fue tan poco turística que acabé en el cine viendo Parque Jurásico, apenas diez días después de su estreno en España. A pesar de esto, aquella fue la primera vez que vi al astronauta y al dragón comiendo helado en la Portada de Ramos de la Catedral Nueva. Recuerdo que fue mi tío el que nos los enseñó, mucho antes de que existiera Internet y de que cualquiera pudiera encontrar esa información en cuestión de segundos sin más ayuda que la de un móvil, como ocurre ahora.

    

Otra visita especial para mí fue la de 2008. Fui a mediados de diciembre a un curso en la célebre Universidad de Salamanca y eso, además de molarme mucho de por sí, me permitió disfrutar en persona del ambiente universitario de la ciudad. 


Salamanca no es igual un martes de diciembre y otro de agosto. El ambiente es diferente. En verano los edificios universitarios están cerrados, no hay estudiantes y, en cambio, todo está enfocado al turismo. Un día normal durante el curso, por contra, lo que hay por las calles son jóvenes y, por ejemplo, en vez de un montón de gente parada delante de la puerta cerrada de las Escuelas Mayores lo que se ve es la entrada abierta sin nadie delante.



No he vuelto a ir a Salamanca fuera de los meses de verano, pero en 2015 recuerdo otra visita que también fue entrañable para mí. Ese año María tenía trabajo y se bajó antes a Sevilla desde Asturias. Yo me quedé una semana más allí, solo con las niñas, y unos días después regresé con ellas en coche. Dado que eran pequeñas dividí el viaje en dos partes y pernoctamos en Doñinos de Salamanca, un pequeño pueblo que está apenas a 8 kilómetros del centro mismo de la capital. Por la tarde fuimos a la ciudad charra, nos tomamos un helado y lo pasamos genial.


En esta ocasión he vuelto a ir con Julia y con Ana, pero ya tienen 10 y 12 años. En cualquier caso, el paseo con ellas, con María y con mi madre fue muy agradable. Después de dejar el coche en las inmediaciones del meollo de la ciudad nuestro primer destino fue La Casa de las Conchas. Esta vez no entré, pero ese imponente palacio renacentista alberga ahora una biblioteca pública en la que estuve en 2008, por lo que entonces pude ver su patio interior.


Desde la Calle de la Compañía, donde se ubica La Casa de las Conchas, tiramos por la Rua Antigua y luego por la Calle Libreros. Nuestra siguiente parada fue el Patio de Escuelas. Desde él buscamos la célebre ranita en la Fachada Rica de las Escuelas Mayores (está sobre una calavera). 


El Patio de Escuelas está presidido por la Estatua de Fray Luis de León, que se colocó ahí en 1869 y homenajea a uno de los más célebres profesores que ha tenido la Universitas Studii Salmanticensis en su larga historia. Desde esa plaza no solo se accede a las Escuelas Mayores, sino también a las Escuelas Menores, que esta vez estaban en obras.


Yo tuve la suerte de entrar en 2008 en las Escuelas Menores. El edificio estaba desierto y pude contemplar con total calma El Cielo de Salamanca, una obra atribuida a Fernando Gallego. Esta pintura mural no está dentro de los highlights salmantinos, pero merece la pena. Es del siglo XV y estaba originalmente en la bóveda de la antigua biblioteca de las Escuelas Mayores (hoy es la capilla). En el siglo XVIII se hundió gran parte de esa bóveda y lo que quedó fue tapado por otra bóveda que estaba algo más abajo. En los años 50 del siglo XX el mural fue redescubierto durante unas obras y trasladado a las dependencias de las Escuelas Menores. No tengo fotos, pero el mismo es una pasada.

En esta ocasión, sin embargo, tras ver la rana nos encaminamos a seguir buscando figuritas en las fachadas de los edificios (esta es una de las tradiciones que uno no puede dejar de lado cuando visita Salamanca). Por ello anduvimos en dirección a las catedrales para buscar al astronauta y al dragón con el helado de los que hablé antes. La ciudad charra tiene dos catedrales, pero se encuentran pegadas y comparten la torre, por lo que no son fáciles de distinguir (la torre de la Catedral Nueva está erigida sobre el campanario de la Vieja). Las figuras están talladas en la Portada de Ramos de la Catedral Nueva.



Lo de que la Catedral Nueva se llame así y tenga en una jamba un astronauta puede llevar a error, porque se acabó de construir en 1733. El edificio, por tanto, no es tan nuevo y, además, no tiene al astronauta en su fachada desde el siglo XVIII. Realmente, este y el dragón se esculpieron en la portada en 1992, cuando se añadieron en una restauración, como parece ser que es costumbre cuando se acometen ese tipo de obras. Cuando yo los vi por primera vez llevaban tallados apenas unos meses. 


Una vez vistos los lugares anecdóticos de Salamanca nos volvimos hacia el sitio donde teníamos el coche, dando un rodeo para ver la Plaza Mayor. No era el día de profundizar en las visitas, yo lo he hecho otras veces y volveré a hacerlo en el futuro, pero en esta ocasión la idea era pasear por las calles más significativas y disfrutar de los edificios salmantinos, tan característicos gracias a que muchos de ellos están construidos con piedra arenisca procedente de las canteras de Villamayor, un pueblo que solo está a 4 kilómetros de la capital.

Para cenar volvimos al Parador. Se trataba de tomar algo en un lugar que estuviera al aire libre y donde no hubiera follón, dado como está España por culpa de la pandemia. En la cafetería no había demasiada gente y pudimos acomodarnos en la terraza, por lo que resultó ser el sitio perfecto. Desde allí, además, las vistas fueron de nuevo espectaculares.


No acabó ahí, sin embargo, mi estancia de este año en Salamanca. Yo quería ver la Plaza Mayor bien, porque le voy a dedicar un post específico en el que hablaré de ella con detenimiento. Por ello, el domingo por la mañana, además de madrugar para correr, como suelo hacer cuando estoy en los hoteles, me fui una hora antes y me llevé una sudadera. Tras correr con normalidad acabé la tirada en la Plaza Mayor y, después de verla, regresé andando al hotel dándome un maravilloso paseo matutino.


Me encantó ver Salamanca en un estado de quietud total. Ya era completamente de día y la ciudad estaba empezando a despertar, pero las calles aún estaban casi desiertas. Tiré por la Rua Mayor y llegué a la Plaza de Anaya, donde reinaba la tranquilidad más absoluta. Bordeando las catedrales me encaminé hacia el Río Tormes y salí a él a la altura de la Cruz de los Ajusticiados.



El Río Tormes lo crucé por el Puente Romano, donde pude ver el Verraco del Puente Romano, una escultura que no conocía. Aunque es de origen vetón, su aspecto no impresiona, porque ha sufrido mil vicisitudes, pero es una pieza mítica, ya que juega un papel destacado en La Vida de Lazarillo de Tormes, obra de 1554 que yo me leí cuando estaba en el instituto y que es una de las cumbres de la literatura española.


A excepción de la comida y de la cena en el Parador, en Salamanca no comimos ni bebimos nada. Tenía ganas de tapear algo en el Café El Ave, un bar que me recomendaron en 2008 y que me gustó. También tengo pendiente otra visita a la Las Caballerizas, la mítica cafetería de la Facultad de Filología, pero para comer allí tendré que volver durante el curso. Esta vez, como no pude disfrutar de ambos sitios no me voy a extender hablando de ellos, lo haré cuando vuelva.

Sí voy a hablar en cambio, para acabar, de algo que tengo documentado y que me parece pintoresco. Resulta que en 2006 llegó a su culmen un conflicto surgido años atrás y que tenía relación con la documentación que las autoridades franquistas incautaron cuando tomaron Cataluña durante la Guerra Civil española. Desde 1999 esos papeles se conservaban en el Archivo de la Guerra Civil Española, que se creó para albergar todo lo incautado durante la contienda. En la actualidad, lo que contiene ese archivo es una fuente de gran valor para los historiadores, pero en 2006 la Generalitat consiguió, en medio de una gran polémica, que el Congreso de los Diputados, en donde el PSOE tenía mayoría, autorizara el traslado a Cataluña de los documentos que procedían de allí. En Salamanca, donde se ubica el archivo, la decisión de desgajar el fondo sentó como un tiro, con la cosa de que el alcalde de entonces, llamado Julián Lanzarote, era del PP y el presidente de la Junta de Castilla y León también, por lo que la cosa degeneró en un conflicto político de altos vuelos. Al final, los catalanes se salieron con la suya y el 19 de enero de 2006 los legajos fueron trasladados. Menos de un mes después el alcalde fue autorizado a aliviar su frustración modificando el nombre de la calle donde está el archivo, que pasó a llamarse Calle El Expolio. Cuando yo estuve en Salamanca en 2008 no perdí la oportunidad de ir a ver él rótulo. 


Yo no lo sabía, pero en 2011, pasado el calentón, Lanzarote, tres días antes de abandonar la alcaldía, ordenó devolver a la calle su anterior nombre. Como se puede ver en la foto inferior, la misma se ha vuelto a llamar Calle Gibraltar.


Después de haber ido en el pasado ocho veces a Salamanca esta fue, sin duda, la visita más rara que he hecho a la ciudad charra. Nos encontramos en una situación anormal y eso hizo que ni siquiera nos planteásemos tomar algo, ni hiciéramos la intención de entrar en ningún edificio. Sin embargo, disfrutamos a tope del Parador y nos dimos un buen paseo. Yo, además, tuve la ocasión de ver mejor que nunca la Plaza Mayor, con la idea de poder escribir el siguiente post.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA 
Visitado SALAMANCA. 
En 1989 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en la Provincia de Salamanca: 20% (hoy día 40%).
En 1989 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 4'7% (hoy día 35'7%).