22 de abril de 2022

BARRIO DE TRIANA DE SEVILLA 2022

Después de dos años de pandemia, la Semana Santa regresó a las calles de Sevilla. Todo apuntaba a que la ciudad se iba a volcar con la celebración y me apetecía reflejar ese hecho en el blog. En 2018, en un post dedicado a la capital hispalense, ya escribí sobre la Semana Santa y su impacto, por lo que se me ocurrió que, para no repetirme, esta vez podía elegir como marco el Barrio de Triana en exclusiva, aprovechando que yo salgo en La Estrella, una de las cinco hermandades trianeras que sacan sus pasos en procesión cada primavera.


En 2020, nada más acabar el confinamiento, ya le di protagonismo a Triana en otro post. Este barrio cuenta con un notable patrimonio, pero llama la atención casi más por su ambiente popular. Por ello, intentar plasmar como se respira en Triana en Semana Santa me pareció una buena forma de profundizar en sus encantos, a la espera de que, en el futuro, me pegue una buena ruta de bares, para reflejar la vertiente más prosaica de ese ambiente. El caso es que, para observar con detalle como se vive la principal celebración de corte religioso sevillana, en el barrio más señero de la ciudad, le eché valor y me dispuse a hacer pleno, saliendo de nazareno en mi hermandad y, después, yendo a ver como espectador las otras cuatro cofradías que tienen su sede en él. En total son cinco, como dije antes. La Estrella es la única que hace estación de penitencia el Domingo de Ramos, el Lunes Santo sale San Gonzalo, la Esperanza de Triana procesiona durante la Madrugá y, por último, el Viernes Santo lo hacen El Cachorro y La O. El que quiera contemplar de cerca la Triana más propia, que se meta de lleno en una bulla, en alguna de sus calles, durante el paso de alguna de estas procesiones. Yo lo hice, pero vayamos por partes.

Lo primero es hablar del Domingo de Ramos y de La Estrella. Lo voy a hacer así por seguir un orden cronológico. En el post al que hacía referencia en el párrafo inicial, que está dedicado a Sevilla y a su Semana Santa, ya hablé de por qué soy nazareno de La Estrella. No me voy a repetir sobre ello, ni sobre otras circunstancias que rodean a la festividad religiosa en la capital andaluza. En esta ocasión voy a ir al grano. Sí tengo, no obstante, que actualizar un dato: soy hermano de la cofradía desde 1994, y desde entonces hasta hoy he hecho estación de penitencia 16 veces. En los 13 años restantes, en los que no lo he hecho, se incluyen los dos últimos, en los cuales no ha habido Semana Santa. Antes de seguir, y por si alguien no lo sabe, para que no se lie con algunas explicaciones, voy a añadir, aun a riesgo de repetirme con respecto a lo que conté en 2018, que los nazarenos de las procesiones se dividen entre los que acompañan al paso del cristo y van delante de él, y lo que van delante del de la virgen. Además, hay algunas personas que salen de penitentes, es decir, que en vez de llevar un cirio portan una cruz. Esos van tras los pasos, normalmente. Excluyendo a estos últimos, los nazarenos se organizan en tramos, que vienen a tener unas 125 personas cada uno, en el caso de La Estrella. Cada hermandad tiene un número variable de nazarenos (las hay que tienen 200 y las hay que cuentan con 3.000) y, por tanto, un número diferente de tramos. La Estrella tiene 2.200 nazarenos, divididos en cinco tramos de cristo y once de virgen. Cuanto más alto sea el número de tramo, más veteranos son los nazarenos que van en él. Yo voy en el noveno de la virgen, muy al final de la comitiva. Hay que decir que, en Sevilla, La Estrella es la quinta cofradía más grande. Eso significa que tarda mucho en pasar, y que su fila es considerablemente larga. Tanto, que cuando yo empiezo a desfilar cada Domingo de Ramos, la cruz de guía de la procesión va tan lejos, que ya ha traspasado los límites del barrio.

Dicho esto, paso a contar que este 2022 decidí salir de nazareno. De todas las cosas que nos ha quitado la pandemia, la Semana Santa no ha sido la que más me ha fastidiado, la verdad, pero aun así tenía muchas ganas de volver a ponerme la túnica, para vivir el Domingo de Ramos desde dentro. Previamente, el destino quiso que el Viernes de Dolores, es decir, dos días antes, yo acabara tapeando en Triana a mediodía. Esto no es algo que pueda hacer normalmente un día laborable, por lo que no estaba planeado, a pesar de que ya tenía en la cabeza escribir el presente post. Sin embargo, se dieron las circunstancias y me vi, con María y con las niñas, tomando unas tapas en el Café Bar Azabache, que está en la Plaza de Chapina, al norte del barrio. La experiencia fue completa, dado que comimos bien, muy relajados, y disfrutando de un clima primaveral delicioso. Esto hay que valorarlo como se merece, porque nosotros vivimos momentos parecidos con cierta frecuencia, sin proponérnoslo especialmente, pero hay gente que recorre miles de kilómetros, solo para hacerlo al menos una vez. En nuestro caso, el postre y el café fueron el colofón perfecto al almuerzo y a un maravilloso rato, que anunciaba una Semana Santa llena de momentos entrañables.


Dos días después, el Domingo de Ramos, regresé a Triana, dispuesto a mezclarme con su gente, saliendo una vez más en una de sus cofradías más señaladas. La tarde estaba radiante, y tenía ganas de empaparme del renacido ambiente de Sevilla en Semana Santa. La cruz de guía de La Estrella abandona la Capilla de la Virgen de la Estrella a las 17'30. Yo llegué, apurando, con una media hora de antelación. Luego, tuve que esperar hasta casi las 19'00 para poner los pies en la calle. En esta ocasión, a diferencia de los dos últimos años, no formamos en la Calle Nuestro Padre Jesús de las Penas, que está en un lateral de la iglesia. Lo hicimos en el patio del CEIP San Jacinto. Este colegio se encuentra muy cerca y allí estuve dos horas. No obstante, a mí esa espera no me pesó, porque siempre me gusta observar un rato a los propios nazarenos antes de salir.


La gran mayoría de los que salen en La Estrella son personas del barrio, que se conocen y que esperan a que arranque su tramo, agrupados en pequeños corrillos, charlando entre amigos o con gente allegada. El acto de hacer estación de penitencia es religioso, pero para muchos es, casi más, un momento de comunión con su gente, con su barrio, con su familia, o con los recuerdos de sus seres queridos. Este año, he visto a un hombre de mi edad llorando de emoción, poco antes de ponerse el capirote. No tenía pinta de panoli, ni de beato. Era un tío normal, y no es la primera vez, ni mucho menos, que veo lágrimas en esas circunstancias. La gente está muy sensible, ilusionada, nunca triste en el sentido estricto de la palabra, pero sí emocionada por los recuerdos y las sensaciones, no necesariamente religiosas, que trae consigo el hecho de vivir la Semana Santa. En cualquier caso, flotan en el ambiente unas ganas tremendas de tomar parte en la procesión. Yo, desde que mi amigo Ignacio colgó el capirote, siempre paso solo ese rato, pero escuchar como charlan los demás nazarenos, en un día así, siempre me produce bastante sosiego.

No obstante, no cabe duda de que esperar dos horas a pie quieto, tras haber andado ya treinta minutos para llegar a la Capilla, y sin haber empezado siquiera a procesionar, es una buena manera de recordar que la experiencia tiene una contrapartida física importante. De todas formas, a media tarde aún es pronto. En esta ocasión, como siempre me pasa, cuando empecé a desfilar olvidé por completo el incipiente cansancio y me metí de lleno en el ambiente trianero.


En Triana, La Estrella es la primera cofradía que ve la calle cada Semana Santa. La Capilla de la Virgen de la Estrella se encuentra ubicada en la Calle San Jacinto, que es el principal eje vertical del barrio y que acaba en el Puente de Isabel II, conocido como Puente de Triana. La hermandad, por tanto, no callejea por Triana, sino que sale, enfila San Jacinto y no hace ninguna revirá hasta que está a punto de entrar en la Carrera Oficial, una vez que se halla en el centro de la ciudad. Por tanto, en el barrio hay que verla en la citada Calle San Jacinto, en la Plaza del Altozano, que es la que da paso al Puente, o bien encima de este. Yo creí que esta primavera, tras dos años sin Semana Santa, la gente se iba a agolpar a lo bestia en toda esa parte inicial del recorrido, pero no fue tan así. María me ha contado que en otros sitios de Sevilla vio gente a cascoporro, pero yo, desde mi fila, no noté masificación alguna, ni siquiera en Triana. Sin embargo, tampoco se puede decir que estuviéramos solos. A la ida, pude ver, desde debajo de mi capirote, las estampas típicas de un soleado Domingo de Ramos trianero, y a la vuelta volví a visualizar San Jacinto como la ponen cuando, ya de madrugada, la procesión regresa a su iglesia. El palio no entra hasta las 3 de la mañana, y a esa hora son pocos los valientes que aguantan, salvo a las puertas del templo. Ese lugar sí sigue lleno de gente.


La calle la apagan entera, y solo dejan iluminada la iglesia. Pese al cansancio, es muy bonito recorrer la Calle San Jacinto a oscuras, rodeado ya de pocas personas, viendo como uno se va acercando, poco a poco, a la Capilla de la Virgen de la Estrella.

Este año, dado que había salido desde el CEIP San Jacinto, no había entrado en la iglesia antes de procesionar, ni tampoco lo había hecho desde 2019, por lo que no había visto aún como han quedado las reformas que se han realizado en el templo. Lo han ampliado, pero no ha sido para tanto. Pensé que las obras de agrandamiento iban afectar a su encanto en mayor medida. 

A pesar de la ampliación de la superficie de la Capilla, cuando yo entré, la misma estaba igual de llena de nazarenos que siempre. Cuando llegan, son muchos los que se quedan, para ver como meten el palio en la iglesia desde dentro. Hasta 2019 cabían menos, ahora hay más espacio, pero eso lo único que ha provocado, por lo que pude ver, es que permanezcan más personas en el interior. Este año, no trabajaba el lunes, como otras veces, por lo que podría haberme quedado, pero estaba muy cansado y me fui directamente. Dormía en casa de mis padres, que viven en Los Remedios, el barrio vecino a Triana. Como siempre, el regreso, ya de madrugada, por la desierta Calle Pagés de Corro, fue el colofón perfecto a una bonita jornada.


Como he comentado, en esta ocasión no trabajaba el Lunes Santo. De acuerdo con mi plan, pensaba aprovechar esa circunstancia para regresar a Triana y ver la segunda cofradía del barrio que hace estación de penitencia. Se trata de San Gonzalo, que tiene su sede en el Barrio León. Los hay que, en tono jocoso, quieren que Triana sea una república independiente. Esa reivindicación no es rara verla en camisetas y pegatinas. Es una exageración, por supuesto, pero no se puede negar que Triana tiene tantas características particulares, que los trianeros tienden a considerarla un ente diferenciado de Sevilla. Es por eso que, si bien realmente es un barrio, se considera que, a su vez, tiene en su seno sus propias barriadas. El Barrio León es una de ellas. Se erigió en la década de los años 20 del siglo XX, como zona residencial y de expansión para gente obrera. Es por ello que está conformada por una red de calles cuadriculadas, en las que tan solo hay casas unifamiliares con jardín, que ya tienen un siglo. De la iglesia de ese barrio es de donde sale San Gonzalo, que es la hermandad más joven de Triana (data de 1942), lo que no es óbice para que saque 2.000 nazarenos (en Triana es la tercera más numerosa, tras La Esperanza y La Estrella). Por desgracia, si bien el domingo fue un día radiante, el lunes la lluvia hizo acto de presencia. Aun así, San Gonzalo se echó a la calle a mediodía, antes de que empezara a caer agua, pero no logró completar el recorrido. Yo me levanté en casa de mis padres y dudé qué hacer. A esa hora no estaba claro que la hermandad fuera a procesionar, y tenía que armar un buen follón para ir a verla, de modo que al final pasé. No importa. Lo cierto es que San Gonzalo es la cofradía que más veces he visto en mi vida. Más que La Estrella. Siempre la he visto en el Barrio León, además. Mi suegra se crio allí, su padre llegó a ser hermano mayor de la hermandad, según tengo entendido, por lo que ir a ver el paso de las imágenes, por delante de la que fue su casa, era una tradición a la que asistí varias veces hasta 2005. En 2006 las vi en la Plaza de San Gonzalo, cuando acababan de salir.


En 2007 volvimos a retomar la tradición de esperar a la cofradía delante de la antigua casa de mi suegra. En 2008 no salí el Lunes Santo y, ya en 2009, que ha sido el último año que he visto San Gonzalo, lo hice en la Plaza de San Martín de Porres.


La costumbre de ir al Barrio León a ver San Gonzalo hace tiempo que se perdió en mi familia política. Yo este año me ofrecí a retomarla, llevando a las niñas. No obstante, mi suegra al final no tuvo ganas y pensé en ir por mi cuenta, pero la incertidumbre de si salía o no, y el jaleo que tenía que montar, me echaron para atrás. Eso sí, para ir desde casa de mis padres, al lugar donde María me recogió cuando acabó de trabajar, me di un paseo que me llevó a recorrer enteras las dos calles que atraviesan por completo Triana, ejerciendo de ronda de circunvalación del meollo del barrio. Son López de Gomara (abajo, la foto de la izquierda) y Ronda de Triana (la de la derecha).


Espero que se me perdone por la tosquedad del croquis de las barriadas trianeras que voy a poner a continuación, pero pienso que, pese a la poca pericia que tengo con estas cosas, se ve claro como está dividida Triana.


López de Gomara es una calle que comienza en el sur del mapa y que hace de frontera entre los sectores amarillo (El Tardón) y azul (Barriada Voluntad). Justo donde cae en el plano la palabra Triana, en el punto donde confluyen los polígonos rosa (Barrio León), azul, marrón (Turruñuelo) y rojo (Santa Cecilia), se halla la Plaza de San Martín de Porres. Ahí empieza Ronda de Triana, que separa Turruñuelo y Santa Cecilia en un primer momento, y posteriormente Turruñuelo y Triana Oeste (el polígono morado), antes de acabar atravesando por completo esta última zona hasta alcanzar su extremo norte. En el croquis, lo que hay dentro del polígono verde es lo que se considera como Casco Antiguo de Triana o Triana Profunda. Esa es la parte más propia del barrio. Abajo, en la esquina izquierda, se encuentra la barriada de Nuestra Señora del Carmen, enmarcada por un polígono gris.

En definitiva, creo que con ese basto croquis quedarán más claras las explicaciones sobre Triana. Como decía, no vi San Gonzalo, por lo que esta Semana Santa no he cumplido con lo que me había propuesto. Sin embargo, esto no evitó que siguiera con mis planes. He visto San Gonzalo en el Barrio León muchas veces, por lo que decidí que el pleno podía ser válido si daba por buenas mis experiencias pasadas y bajaba a ver a las tres cofradías que me quedaban. Por ello, el Viernes Santo organicé mi segunda gran jornada trianera de la semana. En efecto, las tres hermandades restantes del barrio pueden verse del tirón, aunque La Esperanza de Triana hace su estación de penitencia durante la Madrugá, es decir, en la noche del Jueves Santo al Viernes Santo, mientras que las otras dos salen y entran en la tarde del viernes. Lo que pasa es que el trayecto de La Trianera es muy largo y, si bien sale a las 12'30 del Viernes Santo, se pega catorce horas procesionando, por lo que regresa al barrio de día. Yo, en mis años mozos, me pasé la noche en vela un par de veces o tres, viendo procesiones de Madrugá. Ahora ya no estoy para esos trotes. No obstante, se me ocurrió que, para ver a La Esperanza podía levantarme pronto y bajar a verla cuando está de vuelta en Triana. Nunca lo había hecho y fue una experiencia estupenda. Luego, cuando La Esperanza se recoge, a eso de las 14'00, se vive un rato en paz, hasta que arranca el Viernes Santo, propiamente dicho. Eso significa que, viendo temprano a La Esperanza, aún tenía la oportunidad de ir a ver, después de comer, a El Cachorro y a La O.

Con el plan maquinado, el viernes, bien tempranito, me bajé para Triana dispuesto a meterme de lleno, de nuevo, en la Semana Santa, tras cuatro días en otro mundo. Ana, Julia y mi sobrina Laura, que había dormido en casa, se vinieron de buena gana, con la idea de pasar conmigo la mañana. Al ir con ellas, ni que decir tiene que tuvimos que empezar la jornada desayunando churros. En la Calentería El Barba, que se encuentra en la Calle Farmacéutico Murillo Herrera, en el corazón de la Barriada Voluntad, encontré el lugar perfecto para que las niñas cogieran fuerzas.


Los churros en Sevilla se comen siempre calientes. De ahí que la Calentería El Barba tenga ese nombre. Su local es minúsculo, y desde él despachan los calentitos directamente a la acera, que en ese sitio está, en parte, bajo unos soportales. En ella han puesto unas mesitas altas, pero la mayoría de la gente se lleva a casa lo que pide. Nosotros pillamos una de las mesas y hasta nos pudimos sentar. Fue una buena cosa, teniendo en cuenta que nos esperaban varias horas a pie quieto.

Al terminar de desayunar nos dirigimos al corazón de Triana, dispuestos a buscar un lugar desde el que ver bien a La Esperanza. Un poco por instinto, un poco gracias al programa que llevaba, en el que se detallaba el recorrido de la hermandad, y un poco por seguir a la gente, acabamos en la confluencia de la calle Párroco Don Eugenio con la Calle Pelay Correa, a las puertas de la Iglesia de Señora Santa Ana. Este templo es conocido popularmente como La Catedral de Triana, y se merecería unas palabras, pero yo no lo conozco. Cuando entre hablaré de él. Eso sí, justo delante de su fachada principal nos encontramos de bruces con la cruz de guía de La Esperanza. Prueba superada. Ya solo teníamos que esperar a que pasaran los 3.000 nazarenos de la cofradía, que es la segunda más numerosa de las 61 que procesionan en Semana Santa en Sevilla.


Viendo pasar capirotes estuvimos casi dos horas. No obstante, la cosa empezó interesante, porque, para mi sorpresa, los nazarenos en vez de bordear la iglesia, la atravesaron, entrando por la portada principal y saliendo por una puerta lateral.


Todas las cofradías sevillanas que recorren la Carrera Oficial atraviesan la Catedral, pero no sabía que La Esperanza también hacía lo propio en Santa Ana. Me resultó muy llamativo. Luego, como digo, tocó esperar para ver los pasos. En realidad, se trataba de eso. Las niñas se sentaron en el suelo y yo, durante mucho rato, me dediqué a observar el entorno y el ambiente. 


A mi lado había un par de familias de turistas españoles, que se tragaron el plantón con buen ánimo. Por lo que escuché que dijeron, les mereció la pena. La clave fue que vimos los pasos de maravilla. Junto a la esquina en la que estábamos no faltó de nada: hubo música, hubo saeta, hubo levantá, hubo revirá... y los costaleros también se marcaron una buena mecida de los pasos, que eso no se como se dice en argot cofrade.
 


La Esperanza de Triana es la tercera hermandad más antigua de la Semana Santa sevillana y la más vetusta de Triana. Se fundó en 1418. En el primero de sus pasos, el Cristo de las Tres Caídas, data del Siglo XVII y es anónimo. Aparte de por esto, su estatus queda patente por algo muy simbólico, que es que dos de las tres bandas de música que la acompañan... son de la propia hermandad. Esto podría parecer una perogrullada, pero no lo es, dado que la mayoría de las bandas que tocan con las cofradías son ajenas a ellas. Estas las contratan para que le pongan música a su cortejo. De hecho, las mejores llegan a salir el 100% de los días, en compañía de diferentes cortejos. La Estrella, sin ir más lejos, procesiona con una de Salteras, con otra de Dos Hermanas y con una de las de La Macarena. Por lo que respecta a La Trianera, esta cuenta con la Banda de San Juan Evangelista, que va con la cruz de guía, y con la Banda del Cristo de las Tres Caídas, que acompaña al paso de cristo. Ambas son de la hermandad, aunque se las ceda a otras a lo largo de la semana, lo que hace que desfilen tocando a diario. Sin ir más lejos, la Banda del Cristo de las Tres Caídas, desde el Domingo de Ramos al Sábado Santo, toca sucesivamente con La Amargura, San Pablo, La Candelaria, La Lanzada, La Esperanza de Triana (como es lógico), Montserrat y La Trinidad. Sinceramente, no se como cojones aguantan los músicos semejante paliza.

En otro orden de cosas, con el primer paso iba el que fue, durante casi una década, mi compañero de despacho en el trabajo. A lo largo del recorrido, el hombre se encarga de distribuir a los costaleros en las trabajaderas del paso, de coordinarlos y de fijar los relevos, creo. 

El caso es que vimos el paso de cristo y, después, tras otro largo rato de espera, hicimos lo propio con el palio. Nuestra Señora de la Esperanza es la titular de la hermandad, por lo que es la que levanta más pasiones.




En el caso de la talla de la virgen, su origen es incierto, aunque se atribuye tradicionalmente a Juan de Astorga, que la habría esculpido en 1816. No obstante, hay muchas dudas al respecto, lo que no deja de ser paradójico, ya que la Reina de Triana es una de las imágenes más veneradas de Sevilla por los creyentes. Procesionando, la acompañó la Banda de Música de Las Cigarreras.

Mi objetivo era que viéramos a La Esperanza de Triana en todo su esplendor y lo cumplimos con creces. Las tres niñas aguantaron la espera en medio de la bulla, con paciencia y buen talante, demostrando que llevan ADN sevillano, aunque no hayan mamado un sentir cofrade demasiado acusado. Tras acabar la procesión, nosotros salimos de Triana sin demasiada dificultad. A Laura la recogió su madre, pasado un rato, y a Ana y a Julia les di una hamburguesa del McDonald's, antes de montarlas en el autobús para que fueran a casa. A mí me quedaba aún la segunda parte del plan.

En efecto, tras separarme de las niñas me encaminé de vuelta a Triana, dispuesto a hacer el triplete. Dado que quería ver las dos procesiones que me quedaban, busqué un lugar por el que pasaran ambas. Lo encontré en la Calle Castilla.


La Calle Castilla es el equivalente, en el norte de Triana, a la Calle Betis en el sur del meollo del barrio, al que denominé antes La Triana Profunda (es la que está marcada con un polígono verde en el mapa de arriba). Dichas calles, partiendo de la Plaza del Altozano, que actúa como eje, corren paralelas al Río Guadalquivir durante mucho rato. Su diferencia radica en que entre la Calle Castilla y el río hay una hilera de edificios. Uno de ellos es la Iglesia de Nuestra Señora de la O. Más allá, en esa larga arteria, ya casi al final, se encuentra la Basílica del Santísimo Cristo de la Expiración. Ella es la sede de El Cachorro. Dado que su trayecto es mayor, esta cofradía sale primero, recorre un trozo de Calle Castilla, pasa por delante de la Iglesia de Nuestra Señora de la O, y sigue. Cuando deja atrás este templo, La O se echa a la calle y procesiona a continuación.


De hecho, procesiona justo detrás. Tanto que pude fotografiar juntos al último penitente de El Cachorro y a la cruz de guía de La O. Desde el lugar que yo elegí, en la Calle Castilla, pude ver de maravilla el paso de ambas hermandades. Me pegué, eso sí, el segundo plantón del día, que fue mayor, si cabe, que el de la mañana, ya que me coloqué en mi estratégico sitio, que esta vez estaba en primera fila, a eso de las 3 de la tarde. Una hora después empezaron a pasar los 1.800 nazarenos de El Cachorro


De las cinco hermandades que hay en Triana, El Cachorro es la cuarta más antigua y también la cuarta en lo que al número de nazarenos se refiere. Aun así, 1.800 personas desfilando son muchas. De hecho, en la Semana Santa sevillana solo hay ocho cofradías más grandes. Lo que sucede, es que tres de ellas son de Triana. Con la antigüedad pasa igual: El Cachorro se fundó en el Siglo XVII, por lo que es de las veteranas, pero es que en el barrio hay otras tres que son más antiguas que el andar p'alante. Y ya que he usado una comparación de esas graciosas, del tipo "es más tal, que cual", o "es menos patatín, que patatán", no puedo dejar de contar que en Sevilla se dice bastante eso de que alguien o algo "sale menos que El Cachorro". La broma no lo entendería un foráneo, pero en la ciudad hispalense es vox populi que en El Cachorro miran al cielo por la mañana, y como haya la más mínima posibilidad de que llueva, aunque sea un poco, renuncian a sacar los pasos. En Sevilla, en primavera, es casi una quimera que el sol luzca ocho días seguidos, de principio a fin. El tiempo, en esa época, es muy inestable, y la mayoría de las jornadas son radiantes, pero todos los años se infiltran algunas con nubes. Cuando la tarde en cuestión está metida en agua, es evidente que las cofradías se quedan a buen recaudo. Este 2022 es lo que sucedió el martes. Sin embargo, eso es raro, y lo que suele suceder es que prime la inestabilidad y haya riesgos de chaparrones puntuales. Ante tal circunstancia, hay hermandades que se echan a la calle sí o sí, otras que son más prudentes... y luego está El Cachorro. Como he dicho, si el Viernes Santo el sol no taladra las cabezas, El Cachorro no sale... 

Más allá de esta exageración, tan andaluza (dicen que en Andalucía somos tela d'esageraos y no se por qué), lo cierto es que, en el paso de cristo de El Cachorro, el crucificado es una obra maestra, tallada en madera por Francisco Antonio Ruiz Gijón en 1682. En efecto, el Cristo de la Expiración está considerado el cenit de la escultura barroca española, y además parece que es una pieza muy frágil. En consecuencia, evitar que se moje es un acto de responsabilidad, no un capricho.


La Virgen del Patrocinio es más moderna. La talló Luis Álvarez Duarte en 1973, tras ser destruida la anterior por un incendio, en el que el Cristo de la Expiración pudo salvarse.


Junto a los pasos van las mismas bandas que acompañan a La Estrella. Tras el del cristo toca la Banda de la Presentación al Pueblo de Dos Hermanas, y con el de la Virgen procesiona La Oliva de Salteras. Hay que decir, por último, antes de acabar con esta hermandad, que lo de usar el apelativo El Cachorro para denominar al Cristo de la Expiración y, por tanto, a la cofradía, no tiene nada que ver con crías de perritos, ni de leones, ni de ningún mamífero. El apelativo viene dado porque, por lo visto, Francisco Ruiz Gijón representó a Cristo en el momento de expirar, y, para hacerlo, cogió como modelo el rostro de un gitano, al que apodaban el Cachorro. Dicen que se fijó en la cara del quinqui, justo cuando exhalaba su último aliento, después de ser herido de muerte en una reyerta, y que fue capaz de clavar ese rostro al tallar la madera. Una historia así tiene muchas papeletas para ser una leyenda, pero, de todas formas, el alias ha perdurado y se ha hecho oficial para denominar a la escultura y, por ende, a la hermandad que la saca a la calle.

Para terminar mí día cofrade, tras ver pasar a El Cachorro desde mi privilegiada posición, vi a La O. Por acabar con los rankings, que, como se puede comprobar, me gustan mucho, puedo decir que, de las cinco hermandades trianeras, La O es la menos populosa, en lo que a nazarenos se refiere, pero se fundó en 1566, por lo que es la tercera más antigua del barrio, a tan solo seis años de La Estrella, que data de 1560 y que es medalla de plata en la categoría de senectud y en la de cantidad de hermanos que procesionan en ella. 

Para ver pasar a La O no me moví del sitio. A diferencia de El Cachorro, esta cofradía sí la había visto varias veces, puesto que en ella salió mi amigo Fran cuando era más joven.


A la imagen de Jesús Nazareno la vi salir de lejos. Luego, enfiló la Calle Castilla y llegó a mi altura unos 20 minutos después. Es obra de Pedro Roldán y es casi tan antigua como El Cachorro, ya que se talló en 1685. No obstante, no tiene tanta fama de delicada.


Dada mi ubicación, al verme junto al paso de cristo, con Jesús Nazareno en lo alto, esta vez no solo miré arriba, sino que también eché la vista al suelo, para ver los pies de los costaleros, lo cual siempre es impresionante.


Al pasar la Virgen de La O, creada por Antonio Castillo Lastrucci en 1937, di por terminada la Semana Santa de este año.


Mientras pasaba La O le eché un último vistazo al ambiente en la calle y en las terrazas, así como a los detalles de la procesión y de sus integrantes. En líneas generales, el día fue sensacional. 

Antes de despedirme, a modo de colofón simbólico voy a poner una foto que saqué en la Calle Castilla. Muestra a El Cachorro, con la Iglesia de Nuestra Señora de la O a su derecha, y con la Torre Sevilla a su izquierda. Este polémico edificio, conocido por todos como Torre Pelli, se empezó a construir en julio de 2007 y se terminó en 2015, modificando por completo muchas de las estampas tradicionales de las calles de Sevilla. La de El Cachorro recorriendo la Calle Castilla ya ha cambiado para siempre. 


Yo veo bien que haya evolución. Para mí, la foto es un símbolo de que la tradición debe convivir con los nuevos tiempos, en la vida en general, y, por supuesto, en las festividades como la Semana Santa. Este año han sido muchas las voces que han protestado, porque la misma se está echando a perder, dicen. Hablan de masificación, se reprueba el exceso de turistas, se critica la pérdida del sentido original de la festividad, se enjuicia como algo decadente la actitud y el talante de la gente que llena las calles, he visto fotos de nazarenos mirando el móvil que han levantado ampollas, se juzga negativamente el excesivo tamaño de los cortejos y, en definitiva, un sector de la opinión pública sevillana censura que la Semana Santa no permanezca estática para siempre. Esto, en mi opinión, es algo imposible, y luchar contra ello es como querer ponerle puertas al campo. La sociedad cambia, y las fiestas populares no son ajenas a ella. En 1800 no eran como en 1930, ni en 1965 eran como es en 1998. En el presente son de una forma, y en 2130, cuando todos los que petamos la ciudad este 2022 estemos criando malvas, serán como tenga que ser. Lo que no cabe duda es de que la Semana Santa seguirá siendo parte del acervo de los sevillanos. Seguro, porque más allá de la fachada, más allá incluso de la religión, el sentimiento de pertenencia a un entorno es consustancial al ser humano, y en los barrios de Sevilla la Semana Santa se encuentra mimetizada con los sentimientos más primitivos de pertenencia al círculo social de cada uno. Otra cosa es que el envoltorio sufra modificaciones.

En definitiva, después de echar un día cojonudo llegó el momento de volver a casa. Mientras me dirigía hacia donde tenía el coche, pasé por delante de un lugar trianero muy especial para mí, el Hospital Infanta Luisa, que se encuentra al final de la Calle San Jacinto. En él nacieron mis hijas, que, si bien son ariscaleñas de crianza, sí vieron el mundo por primera vez en Triana. Eso mola, y estoy seguro de que les ha creado una cierta impronta.



Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado BARRIO DE TRIANA DE SEVILLA.
En 1988 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados en Andalucía: 6'2% (hoy día 81'3%).
En 1988 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados: 7% (hoy día 43%).


14 de abril de 2022

ALAMEDA 2022

A mí, el vocablo "Alameda" me parecía que tenía reminiscencias árabes, por lo que esperaba encontrarme que el pueblo denominado con esa palabra tenía un pasado musulmán. No hubiera sido raro, dada su ubicación. Sin embargo, una alameda es un paseo con álamos. Es tan evidente, que no entiendo por qué esperaba ver en Alameda vestigios de la época del califato o de la época de los taifas, y no una simple calle amplia y llena de árboles. En cualquier caso, lo cierto es que el topónimo de dicha población tampoco tiene nada que ver con una avenida arbolada, sino que hace referencia al Arroyo de los Álamos. Este es un minúsculo riachuelo, que supuestamente cruzaba el asentamiento original alamedano, pero que hoy día no se puede ver in situ, salvo que se salga del casco urbano y se vaya hacia el norte, por lo que he podido ver en Google Maps. Además, ese regato tiene tan solo una longitud en superficie de un par de kilómetros, ya que desemboca pronto en otro riachuelo algo más largo, pero no mucho, que se acaba fusionando con un tercero, poco antes de acabar alimentando las aguas del Río Genil. En consecuencia, a lo que vengo a referirme es a que, tras investigar sobre el tema, me ha resultado curioso que Alameda se llame así gracias al minúsculo Arroyo de los Álamos.

Como se ha podido comprobar, he empezado el presente post divagando un pelín, pero ya voy a ir al grano. Alameda es un pueblo que ronda los 5.500 habitantes y que está situado en la provincia de Málaga. Sin embargo, su término municipal es el más septentrional de ella, es decir, que la localidad está emplazada muy lejos de la costa, en una posición muy central en Andalucía. Si al hablar de Málaga se nos viene a la cabeza la Costa del Sol, o a lo sumo la sierra interior de la provincia, Alameda no tiene nada que ver con ninguna de esas zonas, dado que está en un llanura interior y que el 75% de su territorio está cubierto de olivos. Por otro lado, su posición bisagra en Andalucía queda demostrada por el hecho de que, estando en la provincia de Málaga, linda por el este y por el noreste con los municipios cordobeses de Benamejí, Palenciana y Lucena, y por el oeste y por el noroeste con los sevillanos de Badolatosa, Casariche y La Roda de Andalucía. Alameda se halla en un auténtico cruce de caminos. De hecho, la principal carretera que vertebra Andalucía, de este a oeste, que ahora se denomina A-92 y que es una autovía, debería pasar por Alameda, en lugar de bajar unos kilómetros para bordear Antequera. Sería lo natural, pero la importancia histórica de esta última ciudad ha provocado que la vía más transitada entre Granada y Sevilla, en vez de ser recta del todo, haga una curva hacia abajo a mitad de recorrido. En efecto, yo jamás me había fijado, pero ahora, al mirar un mapa de carreteras, me he percatado de que la A-92 hace un ligero escorzo a la altura de Antequera, sin que haya ninguna razón orográfica para ello. Esta circunstancia nos la contaron en Alameda, claro, que es la población perjudicada por la alteración en el trazado.


El caso es que Alameda es una localidad muy céntrica, pero como está a 12 kilómetros de la A-92, no es un lugar de paso y yo nunca le había echado ni cuenta. No obstante, el pasado fin de semana, después de nuestra estancia en Villanueva de la Concepción, teníamos que volver a casa el domingo, pero no queríamos llegar antes de comer. Por ello, durante un rato me devané los sesos buscando un sitio que fuera atractivo, que no nos desviara demasiado de nuestro camino hacia Sevilla y que no conociéramos. Era difícil y estuve a punto de decidir que parábamos en Antequera o en Estepa, aunque ya hubiéramos estado en esos pueblos, pero al final me enteré de que la tumba de José María Hinojosa Cobacho El Tempranillo está en Alameda, lo cual fue razón suficiente como para ir allí.


A lo mejor puede parecer extraño que la tumba de El Tempranillo nos hiciese ir hasta Alameda. Sin embargo, hay que recordar que, tanto María como yo estudiamos historia, allá por el Pleistoceno. Además, en España, el primer tercio del siglo XIX es uno de los que me resulta más interesante, desde el punto de vista histórico. En esa época es, precisamente, cuando vivió El Tempranillo, que fue uno de los bandoleros más importantes de su tiempo. Su imagen, bastante mitificada hoy día, nos conduce a la España romántica de la Guerra de la Independencia y de la época de Fernando VII, que se nos dibuja, de manera tópica, llena de folclóricas, toreros y bandoleros, pero que también ha quedado plasmada de forma más seria gracias a figuras como Goya o Benito Pérez Galdós. Yo ya conocía a El Tempranillo, pero no sabía que su sepultura está en Alameda. Lo de que sus restos se conserven en ese pueblo fue suficiente como para que nos mereciera la pena dirigirnos allí. Después, sobre la marcha me enteré de que en Alameda hay más cosas que ver. De hecho, es un sitio que merece mucho la pena. Nosotros, por añadidura, tuvimos mucha suerte, dado que nos acabó haciendo de cicerone uno de los responsables de turismo de la localidad. Gracias a él, echamos una mañana muy fructífera.

Al acceder a Alameda, dejamos el coche en la enorme y alargada Plaza de la Constitución, que ejerce de puerta de entrada al meollo del pueblo, viniendo desde el este. Además de lo de la tumba de El Tempranillo, yo había visto que en Alameda se han descubierto las ruinas de unas antiguas termas romanas, por lo que nuestro objetivo inicial fue ir a verlas. Personalmente, no tenía mucha fe en que fueran a estar abiertas, pero al llegar no solo vi que se podían visitar en domingo, sino que encima me encontré conque tienen un centro de interpretación anexo. En él es donde estaba Pedro, el responsable turístico al que antes hacía referencia.


Pedro resultó ser un divulgador apasionado del patrimonio de su pueblo. Evidentemente, era un hombre muy formado, pero además fue capaz de transmitirnos, durante todo el rato que estuvimos con él, su entusiasmo por lo que nos mostraba. Lo primero que visitamos fue el Centro Temático de las Termas Romanas.



Es evidente que el Centro Temático es muy modesto, y que está montado con más ilusión que medios. Se inauguró en 2010, y parece un lugar pensado para escolares y para grupos de jubilados, que es de lo que yo creo que se nutre. Sin embargo, deja traslucir tan buenas intenciones, que resulta entrañable. Además, las animosas explicaciones de Pedro, que no era ningún iletrado, contribuyeron a hacer atractiva la visita.

Tras recorrer el centro de interpretación pudimos salir a las ruinas de las Termas Romanas de Alameda. Las mismas se conservan aceptablemente bien. Está claro que aquello no es Itálica, pero es un sitio muy interesante. Yo no esperaba ver ese tipo de vestigios arqueológicos en un lugar como Alameda. Me imagino que, al igual que ocurre en Santiponce, debajo de las casas del pueblo habrá más restos romanos ocultos.



El itinerario guiado por el Centro Temático de las Termas Romanas fue casi personalizado (también estuvo con nosotros una pareja de mediana edad). Es una realidad que, en Alameda, un domingo de abril por la mañana los turistas se cuentan con los dedos de una mano. Por otro lado, en circunstancias normales, el apoyo de Pedro a nuestra visita habría acabado ahí. De hecho, en un momento determinado, este nos confesó que estaba esperando la llegada de un grupo de jubilados, conducidos por otra guía, que estaba realizando ese día un recorrido por una ruta que se montó en 2002, y que mantiene viva la Fundación para el Desarrollo de los Pueblos de las Tierras de José María El Tempranillo. Dicho recorrido une las poblaciones que tuvieron cierta relevancia en la vida de El Tempranillo. Los jubilados habían comenzado en Jauja, lugar donde nació, y su última parada la iban a hacer en Alameda, que es donde murió. A lo largo de la mañana, en cada escala habían visto lo más interesante de cada sitio incluido en el itinerario. En Alameda les esperaba el mausoleo de El Tempranillo. Pedro estaba esperando la llamada de la guía del grupo de mayores, porque tenía que abrirles la Iglesia de la Inmaculada Concepción y su patio anexo, que es donde está la tumba.



Todo apuntaba a que la labor de Pedro con nosotros iba a acabar al finalizar el recorrido por el Centro Temático de las Termas Romanas, pero al recibir la llamada aún no nos habíamos marchado, por lo que nos invitó a acompañarle. Yendo en su compañía nos podíamos colar en la visita guiada. Dado que habíamos ido hasta Alameda precisamente para ver la tumba, no lo dudamos y fuimos con él. De no haber tenido ese golpe de suerte, no habríamos podido entrar en la Iglesia a esa hora, pero gracias a Pedro la vimos, nos hablaron de ella, pudimos acceder al patio y contemplamos el sepulcro.


Antaño, en ese patio había un cementerio anexo a la iglesia. Es por eso que los restos de El Tempranillo se enterraron ahí. Hace unos años, todas las sepulturas se exhumaron y el lugar se transformó, pero, por lo visto, la tumba del bandolero no se tocó. Yo no se si, realmente, a estas alturas hay algo debajo de esa cruz, pero al menos se le recuerda de una manera especial, en el sitio donde fue inhumado.

El fin de fiesta para los jubilados fue de lo más divertido. El mismo consistió en una especie de teatro sorpresa, en el que unos actores representaron in situ, en una versión un tanto libre, la muerte de El Tempranillo. Luego, unas señoras, también vestidas de la época, cantaron una canción popular. 


Para todos aquellos señores y señoras ese fue el broche de oro a su mañana de visitas. Para nosotros también. Era la hora de comer.

Nuestra primera opción para el almuerzo era un restaurante que parecía estar bien recomendado, pero era hora punta y al llegar nos lo encontramos lleno. Cerca de la Plaza de la Constitución habíamos visto otro, más cutre, que pensamos que estaría menos concurrido. No nos equivocamos. En el Bar Galeón la comida fue de batalla, pero nos quitó el hambre. Además, almorzar allí fue el colofón perfecto a nuestra particular ruta dedicada a El Tempranillo, porque resulta que en el lugar donde hoy día está abierto ese negocio de restauración, en 1833 estaba el Parador San Antonio, la fonda en la que el bandido estiró definitivamente la pata. Ya no queda ni el más mínimo rastro del antiguo edificio, pero en la fachada de la casa hay una placa, cuya foto he puesto al principio, que recuerda que ahí fue donde El Tempranillo exhaló su último aliento.


Con todo lo que he mencionado a El Tempranillo, este post se quedaría cojo si no contara con brevedad como fue su vida. Resulta que José María Hinojosa Cobacho era un jornalero que trabajaba en el campo desde niño, y que, con tan solo 15 años, mató a un hombre en una romería. No está muy claro si lo hizo para vengar la muerte de su padre, para vengar la violación de su madre viuda, o para defender a una chica a la que estaban importunando. También cabe la posibilidad de que no fuera por ninguna de esas razones, pero lo cierto es que José María se tuvo que echar al monte para que no lo ahorcaran por el crimen. Convertido ya en El Tempranillo, durante un tiempo se fogueó como salteador de caminos con Los Siete Niños de Écija, una célebre banda de la zona, pero luego formó su propia cuadrilla de bandidos, en la que llegó a haber más de 50 hombres. Cuentan que fue entonces cuando se convirtió en una especie de Robin Hood hispano. Después de casi una década de correrías, en agosto de 1832 El Tempranillo decidió acogerse a un indulto que ofreció Fernando VII a los bandoleros que quisieran redimirse, ser libres y servir a la ley. Aquello no le sentó muy bien a algunos de sus antiguos compinches, que no tardaron ni un mes en localizarlo y matarlo. Fue El Barberillo el que le disparó, en una emboscada en la que cayó a las afueras de Alameda. Herido de muerte, llevaron a El Tempranillo a la fonda del pueblo, para tratar de salvarlo, pero nada se pudo hacer. Tenía 28 años. Dos días después lo enterraron el el cementerio local. 

Cambiando de tercio, gracias a todas las visitas de las que he hablado, la verdad es que paseamos bastante por Alameda. Eso también me gustó. Atravesamos, por ejemplo, la Plaza de España, que ejerce de centro neurálgico de la población, ya que a ella da el edificio del Ayuntamiento. Su eje lo marca la Fuente de la Placeta.


El Centro Temático de las Termas Romanas, con los restos romanos, está en la Calle Enmedio. El muro trasero del patio de la Iglesia de la Inmaculada Concepción, donde está la tumba, también da al tramo final de esa calle.


Para entrar al patio y a la iglesia, no obstante, tuvimos que bordear parte del edificio. Luego, al salir, acabamos de recorrer la parte oeste del perímetro del templo, para ver su portada.




Un poco más allá está el límite oeste del pueblo. Nosotros, sin embargo, no llegamos hasta ese extremo. Como he dicho, era la hora de comer y el rato de turismo había tocado a su fin.

En definitiva, inesperadamente me encontré explorando Alameda de una forma que no esperaba. En realidad, ni siquiera estaba planeado con antelación ir a conocer esta localidad, pero, una vez que lo decidimos, podría haber surgido una fría visita. En cambio, tuvimos la ocasión de profundizar en los encantos del pueblo de una manera patente y llamativa. En parte, es mérito de sus autoridades, que supongo que son las artífices de que haya un guía currando un domingo por la mañana. No obstante, más allá de eso, fueron la actitud y la simpatía del propio Pedro las que hicieron que echáramos en Alameda un rato inolvidable.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado ALAMEDA.
% de Municipios ya visitados en la Provincia de Málaga: 19'4%.
% de Municipios de Andalucía ya visitados: 21'3%.


9 de abril de 2022

VILLANUEVA DE LA CONCEPCIÓN 2022

Villanueva de la Concepción es uno de los municipios más jóvenes de Andalucía. Hasta la Edad Media, su territorio estuvo habitado en varias ocasiones, pero durante toda la Edad Moderna esa zona de la provincia de Málaga se mantuvo despoblada. En el Siglo XVIII, la nueva acumulación de gente en el lugar donde ahora se asienta el pueblo fue consecuencia de la conversión en Camino Real de la senda que existía entre Málaga y Antequera. La ruta entre dichas poblaciones ya existía desde el medioevo, pero el estado del camino no era bueno. En ese siglo XVIII, en el marco de una política general de inversión pública, promovida a nivel nacional desde el gobierno central, que estuvo basada en mejorar la red de comunicación terrestres para facilitar el comercio y el tránsito de personas, el trazado entre Málaga y Madrid se arregló, incluido el mencionado trozo que unía la capital malagueña con Antequera. Así, el sendero se ensanchó, y se le dotó de buenos puentes y de un firme que permitiera el paso de carruajes. Gracias a esas mejoras, impulsadas por la Corona española, el trayecto subió de estatus y pasó a ser considerado Camino Real. Junto a la nueva importante vía, pronto empezaron a surgir alquerías, cortijos y otros asentamientos. El de Villanueva de la Concepción tomó carta de naturaleza oficial como Población Rural el 3 de noviembre de 1880. Ese es el punto de partida del pueblo, que fue creciendo con los años. El proceso de segregación de Antequera, de quien dependió desde su conformación, se inició justo un siglo después, en 1980. A partir de ahí, se fueron dando, con lentitud, pero sin pausa, los pasos necesarios para que Villanueva de la Concepción se constituyera en Ayuntamiento independiente. El proceso culminó en 2010. Por tanto, como ente autónomo, El Pueblecillo está a punto de entrar en la adolescencia.


Teniendo en cuenta lo que he contado, es evidente que en Villanueva de la Concepción no hay un solo edificio histórico. El pueblo, eso sí, goza de una situación privilegiada con respecto al Torcal de Antequera. De hecho, fue la cercanía al acceso a ese espacio protegido lo que hizo que nosotros recaláramos allí, el pasado fin de semana.


Lo cierto es que el Torcal está dentro de los límites municipales de Antequera, pero el Centro de Visitantes Torcal Alto, que ejerce de puerta de acceso a esa pedregosa maravilla, está tan solo a nueve kilómetros de Villanueva de la Concepción


Antequera, en cambio, queda a quince kilómetros. En cualquier caso, yo no hubiera tenido problemas por pernoctar en Antequera para ir al Torcal, pero el alojamiento perfecto, bonito y barato, apareció en Villanueva de la Concepción, así que la oportunidad para conocer este pueblo apareció sola.

En la actualidad, en Villanueva de la Concepción viven casi 3.500 personas. Como no podía ser de otra forma, dado su origen reciente, la estructura de su entramado urbano es muy cuadriculada, y la carretera MA-3404, que se denomina Avenida de Blas Infante al atravesar el pueblo, ejerce de espina dorsal de este. 


El resto de las calles, tanto a un lado como al otro, siguen una trayectoria más o menos paralela o transversal a esa avenida principal. 

Sin embargo, seguramente porque al ir construyendo las calles paralelas a la Avenida de Blas Infante se intentaron seguir las curvas de nivel, las vías no corren unas al lado de las otras, siguiendo un paralelismo exacto, sino que hay una cierta irregularidad en los trazados, que hace que la planta del pueblo parezca más o menos natural. He visto poblaciones, en zonas llanas, que se extienden en cuadrículas mucho más perfectas, lo que siempre produce una inevitable sensación de artificialidad. En Villanueva de la Concepción no tuve tanto esa impresión.


Con independencia del entramado urbano, en Villanueva todo es moderno. No obstante, me sorprendió lo bien surtido que está el pueblo en lo que a equipamientos se refiere. En efecto, vi una buena zona deportiva montada en una simple plaza, perfecta para que los chavales hagan deporte sin líos, también había varias áreas de juegos infantiles, un camino bien habilitado que, bordeando la carretera general, permitía alejarse del casco urbano paseando (o corriendo, como yo hice), un campo de fútbol, un pabellón cubierto y una piscina, que solo vi desde fuera, pero que tenía una pinta muy apañada.

Sin embargo, lo que más me gustó fue que me di una buena vuelta por la población y vi bastante vida. El caso es que nosotros llegamos a Villanueva el viernes por la noche, cansados y con el tiempo justo para ir al supermercado, cenar y acostarnos. Al día siguiente había que madrugar, y nos esperaba una intensa ruta por el Torcal. El sábado por la mañana lo dimos todo en la excursión, pero, pese a esto, tras volver al apartamento, después de pegarme una siesta en condiciones para reponerme del pateo senderista, me fui a explorar un poco el pueblo y a correr. María y las niñas tenían que estudiar, se habían llevado sus tareas y en la salita de nuestro alojamiento se impuso el ambiente de trabajo, por lo que yo aproveché para darme un paseo y para entrenar un rato. Gracias a eso, recorrí la parte norte de Villanueva de la Concepción de cabo a rabo. Como digo, vi movimiento de personas, dado que había niños jugado al fútbol, padres con peques en los parques infantiles, gente en los bares y en las plazoletas, caminantes, e incluso me crucé con otro tío que iba corriendo, cosa que no me esperaba en un lugar como ese.

En relación con los sitios destacados que vi, la verdad es que en Villanueva no hay vestigios pintorescos, como ya he explicado. Todo es más o menos reciente, pero destaca lo cuidado que están sus principales enclaves, circunstancia que hace que aquello sea muy agradable. En el extremo noreste del pueblo, por ejemplo, destaca el Mirador Francisco Pérez Castro, que permite apreciar unas bonitas vistas.



Sin embargo, en este caso me extrañó como, tras habilitar el mirador, parece que lo han saboteado. Supongo que no se ha podido evitar, pero alguien ha construido un edificio justo delante, que encima se ha quedado a medio hacer, por lo que da una imagen aún peor.


Debido al esqueleto en obras de ese edificio, desde el Mirador hay que echarle buena voluntad para mirar en la dirección oportuna y que el mamotreto no entorpezca la panorámica.

Aparte de eso, en la travesía que atraviesa el pueblo me gustó el Parque Antonio Bolívar. Es muy alargado y está dividido en varias partes, que cuentan con atractivos elementos decorativos. 



Nosotros nos alojamos en los Apartamentos Villa Torcal. Su entrada estaba en la Calle Sorolla, que era una vía tranquila sin demasiada historia.


No obstante, las vistas desde el apartamento daban a la Avenida de Blas Infante, que tenía bastante más movimiento. En líneas generales, el alojamiento estuvo de diez.


Durante mi paseo vespertino, yo me moví por la Avenida de Blas Infante y por la parte norte del pueblo. Por allí es donde están el colegio, la piscina y el campo de fútbol. Para cenar, en cambio, nos fuimos para las calles que quedan al sur de la avenida principal. En ellas, las viviendas no eran muy diferentes, en toda la población predominan las casas unifamiliares, más o menos modernas, de una o dos plantas. Sin embargo, al norte de la travesía las vías tienden a tener nombres de personas o de plantas, mientras que al sur, las mismas tienen denominaciones como Calle Real, Calle Nueva o Calle Mercado. Por eso, deduje que esa era la zona considerada como el centro de la localidad. Nosotros cenamos en el Bar Jiménez, que está en la Calle Real y se asoma a la Plaza de Andalucía.


Por como se llenó el Bar Jiménez, no me cabe duda de que fuimos al lugar de referencia de los autóctonos, para tapear y para tomar unas cañas un sábado por la noche. La anécdota fue que pedimos una serie de tapas y nos pusieron unas raciones minúsculas. Me pareció tan extraño, que dudé si iban incluidas con la bebida, siguiendo la tradición habitual en Andalucía oriental. Luego vi que no, por lo que, como no estaba dispuesto a que nos fuéramos con hambre, nos liamos a pedir mini tapitas de aquellas, esperando que no costaran 3 euros cada una. Finalmente, resultó que cada una salía por 1'20. Ese precio, evidentemente, era el lógico, e hizo que, por poco más de 20 euros, nos tomáramos las bebidas y cuatro tapitas por cabeza. Nos fuimos de allí completamente saciados. La relación cantidad-precio, al final, fue magnífica. Al salir del bar, nos echamos una fotito en la Plaza de Andalucía.


A pesar del paseo exploratorio de la tarde del sábado y de la salida a cenar, me había quedado sin ver la mayor parte del sur pueblo. Por ello, el domingo, antes de irnos, nos dimos otra vuelta por esas calles, que vuelven a tener topónimos de personas. La Calle Real, por ejemplo, acaba de una manera un tanto abrupta, con un murito y unas escaleras, y abajo de estas empieza la Calle Pintor Antonio Montiel, que está impecable.


En la Plaza Pablo VI estuvimos sentados un ratito, y también vimos la Plaza García Caparrós, que es uno de los lugares recomendados del pueblo. En nuestro camino de regreso pasamos por la Calle San Antonio, que es donde está la Iglesia Parroquial de la Inmaculada Concepción.


En definitiva, doy por conocido otro pueblo de los que normalmente no se visitan por que sí. Para ir a esa clase de poblaciones es menester aprovechar las oportunidades que vienen dadas por el hecho de querer conocer otros lugares que sí son más destacados. En este caso, fue el Torcal lo que nos llevó a Villanueva de la Concepción. Pernoctar allí acabó siendo la mejor de las ideas.


Reto Viajero MUNICIPIOS DE ANDALUCÍA
Visitado VILLANUEVA DE LA CONCEPCIÓN.
% de Municipios ya visitados en la Provincia de Málaga: 18'4%.
% de Municipios de Andalucía ya visitados: 21'2%.