17 de agosto de 2017

AMSTERDAM 2017

La segunda parte de las vacaciones de este año la hemos pasado en los Países Bajos. De todos los días que estuvimos allí, tres los pasamos en Amsterdam, la Venecia del Norte.


Hasta hace poco Amsterdam era para mi, pobre inculto, la ciudad de los porros, las putas y las bicis. Ahora, tras unos días muy intensos, ya puedo decir que allí el olor a marihuana está presente por doquier y que las bicicletas pueden llegar, incluso, a ser agobiantes, pero también se que a las prostitutas si no las buscas no las ves y también soy consciente de que Amsterdam va mucho más allá de los tópicos.


Quizás el tema de las bicicletas es el que me crea más desasosiego, porque soy partidario de usar estos vehículos para la vida cotidiana, ya que es un medio de locomoción sano y sostenible. Sin embargo, en Amsterdam la cantidad de bicis circulando por todos lados me ha resultado incómoda, me he ido con la impresión de que no es una ciudad preparada para los peatones y de que el tráfico ciclista está mal regulado... o es que yo no estoy acostumbrado a él, es posible. En cualquier caso, no esperaba encontrar tanta dificultad para habituarme a las bicis, yo mismo las uso a veces para ir a trabajar y ha habido fases de mi vida, algunas de ellas largas, en las que he podido, incluso, convertir en hábito el hecho de desplazarme sobre dos ruedas por Sevilla. Sin embargo, en Amsterdam los coches, los tranvías, las bicicletas y las motos (algunas de las cuales circulan por el carril bici tomándose también demasiadas libertades) crean un caos en el que el peatón es el último mono. Ir con niños empeora la situación, realmente por el centro de la ciudad no se ven muchos menores y no creo que sea casual. Por otro lado, la presencia de ciclistas kamikazes, ciclistas que pedalean hablando por el móvil, mirándolo, charlando entre ellos o paseando al perro añade más leña al fuego. Los que circulan en bici nunca ceden el paso si creen tener preferencia, pero tampoco está claro que paren cuando no la tienen, si pueden colarse por un hueco. Allí son seres superiores y el exceso de superioridad no suele ser bueno en ningún ámbito.

Dicho esto, la verdad es que este asunto es la única pega que le pongo a la ciudad. Lo del olor a marihuana me da igual, la verdad, ese hábito solo lo sufre el que la fuma, y lo de la prostitución no es un problema, ya que la zona caliente está bien delimitada y es fácil de evitar, en esta visita iba con las niñas y no tenía ganas de que, con 7 y 9 años, vieran ciertas cosas, pero no hizo falta ni siquiera dar rodeos, el Barrio Rojo es un lugar muy concreto con el que no se topa uno por casualidad. De hecho, el ambiente que sí he visto me ha gustado mucho, Amsterdam es una ciudad llena de vida y muy cosmopolita, por la que se puede pasear con menores incluso a horas nocturnas sin que se observen cosas chungas. Se ven a veces grupos de jóvenes emporretados, pero la verdad es que ni molestan ni son tan abundantes. Sí son muy numerosos los turistas, pero se confunden mucho con la población (no da la sensación de que el centro sea de cartón piedra) y en la periferia del centro es fácil ver a los habitantes de la ciudad hacer su vida.


Por lo demás, en los tres días que hemos estado en Amsterdam hemos hecho un montón de visitas (no siempre puedo hacer tantas cuando voy a grandes ciudades). Lo que menos me gustó fue el Mercado de las Flores, que me pareció una estafa: no es más que una calle repleta de tiendas de souvenirs que forman como un pasillo y que, además de los típicos recuerdos, también tienen a la venta semillas (las tiendas, a un lado están en casetas, que son, parece, barcazas amarradas, aunque no se nota, y al otro, directamente están en locales). Apenas hay diferencias, todas venden los mismos productos para turistas, a los que han añadido las semillas, que para mí no justifican el nombre del mercado (solo vi una caseta con un verdadero aspecto de tienda de flores, es la de la foto de abajo).


También tuvo su lado menos agradable el ARTIS Amsterdam Royal Zoo. Lo teníamos cerca del hotel y las niñas lo vieron día tras día, querían ir y la última tarde decidimos darles el gustazo, pese a que lo de ver animales tan grandes encerrados no me gusta demasiado. Otra cosa es un acuario o incluso verlos en semilibertad, tampoco soy excesivamente radical, pero ver animales enormes en espacios reducidos me choca un poco. Para colmo, el zoológico de Amsterdam me pareció que tenía un planteamiento un tanto antiguo y estaba un poco dejado, pese a su notable tamaño.


El zoo en apariencia es muy completo, porque tiene muchos animales repartidos en un espacio bastante amplio y cuenta con un planetario, un mariposario y un acuario. Sin embargo, la instalación necesita un lavado de cara en muchos puntos, por todos lados hay rincones que rezuman antigüedad, pero lo más sorprendente que vi en cuanto a dejadez fue un animal fuera de su recinto... intentando volver a él con una cierta angustia.


Tuvimos suerte de que el animal extraviado fuera una gallina de guinea y no una pantera o un león, no tengo ni idea de como había llegado el pobre bicho al otro lado del cristal (en apariencia era hermético hasta el techo), pero intentaba atravesarlo con bastante desesperación sin que hubiera por ningún lado rastro del personal del zoo.

Aparte de esto, por desgracia muchos de los animales estaban más constreñidos de la cuenta y la gran mayoría no tenía la suerte de que se hubieran preocupado demasiado por la reproducción de sus hábitats (abajo, en las fotos, están el tapir amazónico y los elefantes asiáticos. Estos últimos eran de los animales más afortunados, ya que tenían algo más de espacio y una charca a su disposición).



Se que los animales de los zoos han nacido y se han criado en cautividad y, por tanto, viven de la única manera que conocen y no sufren tanto, pero creo que hoy día se tiende a dar a los animales cautivos algo más de vidilla y en el zoo de Amsterdam están expuestos como si fueran cosas. Este pensamiento fue el que trasladamos a las niñas, no les ocultamos nuestra opinión sobre lo que fuimos viendo, pero tampoco se trataba de chafarles la visita, que además cuesta un dineral (81 euros los cuatro), por lo que no les dimos la vara más de lo necesario. En consecuencia, ellas disfrutaron de los animales como locas y yo disfruté mucho viéndolas a ellas disfrutar. Para mí fue suficiente y ellas ya podrán sacar sus conclusiones en el futuro a partir de sus recuerdos y de lo que les dijimos.


Menos complicado de digerir sin problemas fue el tour que hicimos en barco por los canales. En el ranking de atracciones de Amsterdam a esta ya le doy un aprobado holgado (voy dando opiniones de peor a mejor para acabar con buen sabor de boca).



El paseo lo dimos en uno de los barcos de Lovers Canal Cruise, duró casi hora y, ante todo, fue agradable (el recorrido está marcado en verde en el mapa de arriba). No se contempla Amsterdam desde el agua mejor que paseando por ella, de hecho desde los canales muchos de los principales edificios no se llegan a ver, pero como complemento a las visitas pedestres siempre me gustan los tours que muestran las ciudades desde vehículos motorizados, y, en este caso, el circular por el agua nos permitió ver algunas cosas con más detalle, por ejemplo lo característico de las casas típicas de la ciudad, cuyas fachadas dan a todos los canales y se ven mejor con un poco de perspectiva, así como también lo peculiar de las casas flotantes (ver a un señor afeitándose en el cuarto de baño de una de las barcazas me convenció definitivamente de que en ellas vive gente normal. La ventana del baño daba al canal, por lo que proporcionaba más intimidad que si hubiera dado a la calle... salvo cuando pasan barcos). Además, condujo la barcaza un piloto que resultó ser todo un showman. Entre sus bromas, las historias de la audioguía y lo que pudimos ver, el trayecto se me pasó bastante rápido.

La ruta en barco la llevábamos reservada con antelación, al igual que la mayoría de las visitas, pero hubo una, la primera, que fue inesperada: la tarde de nuestra llegada a Amsterdam solo estaba previsto dar un paseo, pero en la ruta mi madre había localizado un lugar llamado Begijnhof que era digno de ver, y, por suerte, aún estaba abierto cuando pasamos junto a él. Begijnhof es un gran patio donde vivieron desde el siglo XIV las mujeres de una asociación católica, las beguinas, que querían estar retiradas, pero no tanto como siendo monjas (ayudaban a gente necesitada, pero no se regían por ninguna regla). Al patio se accede a través de la puerta de una casa aparentemente normal que da a Spuiplein (plein es plaza en neerlandés).



En ese patio está una de las pocas casas de madera que quedan en Amsterdam (es la más oscura en la foto inferior. Data de la segunda mitad del siglo XV, aunque se restauró en 1956-57). Además, también hay una iglesia en el centro (la primigenia de esa hermandad) y otra que hicieron clandestina en una casa cuando el catolicismo se prohibió y la iglesia originaria pasó a ser protestante (ambas siguen abiertas al culto, la católica la pudimos ver, pero la protestante estaba cerrada).



Begijnhof es un lugar muy tranquilo. Ya no viven beguinas allí (la última murió en 1971), pero las residentes siguen siendo en su totalidad mujeres. Dado que es una zona residencial hay partes del patio por las que no se puede pasar, pero las más interesantes sí están abiertas.


No obstante las visitas estrella en Amsterdam fueron las de las dos grandes pinacotecas de la ciudad (el Van Gogh Museum y el Rijksmuseum), la del NEMO (el museo de la ciencia) y, como no, la de la Casa de Ana Frank. De todas ellas llevábamos compradas las entradas con antelación, por lo que no tuvimos que esperar ninguna cola y aprovechamos el tiempo a tope.

Parte de la visita al Van Gogh Museum la hicimos, además, con una guía que estuvo con nosotros en exclusiva (era una simpática chica de Barcelona llamada Vanesa). Gracias a ella hicimos un recorrido muy certero por el museo y nos enteramos de bastantes cosas. Los cuadros que más me llamaron la atención fueron Los Comedores de Patatas, Autorretrato con Sombrero de Paja, La Casa Amarilla, Almendro en Flor y, por supuesto, Los Girasoles (una de las cosas que aprendí es que Van Gogh pintó hasta siete cuadros de girasoles, el del Van Gogh Museum es uno de los que pintó en 1889). La visita guiada duró una hora, no fue suficiente tiempo como para que Ana y Julia se aburrieran, pero al acabar nos tendríamos que haber ido si no fuera porque el museo ofrece una actividad para niños que realmente fue un éxito: te entregan un cuadernillo con un bolígrafo y te proponen una especie de yincana por las salas, desentrañando acertijos con los cuadros como telón de fondo. La actividad resultó muy divertida y como las niñas ya tenían una panorámica de la colección resultó sencillo moverse por el museo intentando rellenar el cuadernillo.


Al final no tuvimos tiempo de acabar el recorrido (no todos los acertijos eran obvios), pero aún así Ana y Julia consiguieron su premio: una pegatina y una postal cada una.

Más estándar fue la visita al gran museo de Amsterdam, el Rijksmuseum. El mismo está también en la Museumplein y ya solo el edificio impone.


En este museo no hubo juegos infantiles ni visita guiada, por lo que fuimos directamente a ver los highlights de la exposición: La Ronda de Noche de Rembrandt, impresionante por su tamaño, y La Lechera de Vermeer, cuadro archiconocido que me encantó ver en vivo.


Tras contemplar con calma esos dos cuadros, como las niñas parecían estar entretenidas, seguimos viendo otras obras maestras y echamos allí un buen rato. Este museo, al igual que el de Van Gogh, estaba un poco más lleno de gente de la cuenta, pero con paciencia vi sin problema un buen número de cuadros importantes (por ejemplo Los Síndicos de los Pañeros y La Novia Judía de Rembrandt, La Callejuela y La Carta de Vermeer o Paisaje Invernal con Patinadores sobre Hielo de Hendrick Avercamp).



En cualquier caso, las dos mejores visitas de Amsterdam para mí fueron la del NEMO y la de la Casa de Ana Frank.

El NEMO dicen que es un museo de la ciencia, pero realmente no es un museo, es un edificio de cuatro plantas repleto de juegos infantiles relacionados con la ciencia. A los niños allí el tiempo se les pasa volado, ya que pueden realizar cientos de experimentos de todo tipo. El lugar me pareció tremendamente original.


Quizás la pega es que hay demasiada gente y los niños acaban realizando los experimentos sin detenerse a comprender el por qué de las cosas (hay demasiado lío alrededor y cuesta darle un poco de pausa a lo que se hace), pero, en cualquier caso, la causa y el efecto de muchas cosas sí las ven y, sin duda, les entretiene mucho. A mí me resultó especialmente interesante un espectáculo estilo efecto dominó que pudimos ver.


También es espectacular el edificio en sí y la terraza que tiene arriba.


De todas formas, la visita que más me gustó en Amsterdam fue la de la Casa de Ana Frank. No esperaba gran cosa de ella y quizás esa fue la clave. Desde fuera no logré tener una visión muy clara del edificio donde estaba la casa, pero al entrar y ver un croquis de la planta me quedó muy claro como estaban distribuidas las habitaciones en el edificio donde Ana Frank y su familia pasaron dos años. A diferencia de lo que yo creía, Ana Frank no estuvo escondida en su casa, sino en unas dependencias que se ocultaron con habilidad en las oficinas donde trabajaba su padre. En ese lugar estuvo escondida con su familia (su padre Otto, su madre Edith y su hermana Margot) y con otras cuatro personas. Para la supervivencia de todos fue esencial la ayuda de los empleados de la empresa del padre, que eran cómplices. Ellos fueron los que les suministraron la comida.

Para la visita, la audioguía que te dan es fundamental. La misma está muy bien hecha, porque atrapa tanto a niños como a adultos con las explicaciones de como era la vida de las ocho personas que estaban ocultas. Lo que cuenta la audioguía es básico, porque realmente la casa está vacía, no de gente, pero sí de mobiliario. Está conservado igual el aspecto de las paredes y, por supuesto, la distribución interna del edificio, pero no se ha amueblado (se amuebló hace años y se hicieron fotos que están expuestas, con eso basta, si la casa estuviera con muebles por allí no se podría andar dada la cantidad de gente que hay). Sin embargo, el relato de la audioguía, que alterna una voz adulta que explica cosas con una voz de niña que reproduce trozos del diario de Ana Frank, hace que te sumerjas en la situación que se vivió en la casa, simplemente mirando las paredes de las habitaciones y las fotos que se exponen (hay fotos de los protagonistas de la historia y paneles explicativos que aclaran aspectos de la situación que vivieron los judíos durante la ocupación nazi de Amsterdam). Durante la visita se ven las dependencias de la empresa donde los empleados de Otto Frank siguieron trabajando mientras les ocultaban, y luego, tras atravesar un hueco oculto detrás de una librería, se visitan las habitaciones donde estuvieron recluidas las ocho personas. Es increíble como aguantaron allí más de dos años, casi sin luz natural y sin poder hacer excesivo ruido. Impresiona ver en la pared las marcas de lápiz con las que la madre de Ana fue señalando el crecimiento de la niña y de su hermana durante los dos años, mi madre hacía lo mismo conmigo y con mi hermana. También sorprende, dada la situación, la entereza y la madurez con la que Ana, que al principio tenía solo 13 años, relató su estancia en la casa. La visita me resultó muy emotiva, es muy triste que les pillaran apenas unos meses antes de que acabara la II Guerra Mundial, porque murieron en campos de concentración todos los que estuvieron escondidos, salvo Otto Frank, que vivió hasta 1980. Ana falleció de tifus tan solo tres semanas antes de que los británicos liberaran el campo de concentración en el que estaba. Al final de la visita hay un estremecedor vídeo de finales de los 70 en el que Otto Frank, ya mayor, rememora como fue posible que el diario de Ana sobreviviera una vez que los nazis entraron en el escondite. En ese vídeo habla de Ana de una manera tan emotiva que es difícil no salir de allí con un nudo en la garganta. La visita a la casa me emocionó y esa es la mejor prueba de que la misma merece la pena. Además, las niñas estuvieron embebidas más de una hora y media con las audioguías, así que también para ellas la visita fue un acierto.

Pese a todo lo narrado hasta ahora, nuestros tres días en Amsterdam dieron para mucho más que para hacer visitas concretas, ya que nos pateamos la ciudad sin descanso y no faltaron los paseos por la Plaza Dam (el punto neurálgico del centro, como se puede ver en la primera foto de abajo), Kalverstraat (calle peatonal repleta de tiendas que se ve en la segunda foto), Spuiplein y toda la parte del oeste del centro (la que va de la Calle Rokin y la Calle Damrak hasta el barrio de Jordaan).



Por Jordaan también dimos un paseo y pudimos comprobar que ese barrio está menos concurrido que el centro y que la zona de canales contigua al mismo por el oeste.


La zona de Museumplein y sus alrededores, que queda al sur del centro, también la recorrimos bastante bien.


Por otro lado, también merecen una mención especial todos los homenajes culinarios que nos dimos durante los tres días. Comenté antes que me gustó mucho el ambiente multicultural y cosmopolita de Amsterdam. Ese ambiente se refleja muy bien en la cantidad de restaurantes internacionales que hay por toda la ciudad y especialmente en Leidsedwarsstraat, la calle donde cenamos el último día.


Era sábado por la noche y toda esa zona cercana a Leidseplein, que está entre el centro y Museumplein, era un hervidero. En Leidsedwarsstraat vi restaurantes de un montón de nacionalidades y nosotros cenamos en un argentino llamado Villa María, que estuvo muy bien (fue un poco lento el servicio, pero la brocheta de pollo con verduras y patata asada que pedí estaba deliciosa). El camarero argentino que nos sirvió fue muy simpático y pudimos comer los ocho en la misma mesa sin problema, por lo que echamos un rato muy entrañable. Aparte, ante tanta oferta de comida internacional no faltó tampoco una cena en un italiano, claro está (la comida italiana es, probablemente, mi favorita, y en mi familia no soy el único que la disfruta a tope). En concreto, la primera noche cenamos en el Restaurante Assaggi, en Jordaan. En él volvimos a encontrar unas camareras autóctonas muy simpáticas (en este caso nos tomamos unas pizzas que tenían un tamaño considerable).


Sin embargo, la cena que más me gustó fue la de la segunda noche. La saboreamos en Caffe Milo, que era un restaurante que estaba muy cerca del hotel, apto para consumir comida italo-americana a cualquier hora o para beber algo por la noche. Acabamos allí un poco por casualidad y fue algo caro, la verdad, pero nos pudimos sentar todos juntos en una coqueta terraza exterior que daba a Ooesterpark, y, salvo lo del precio, todo lo demás fue muy positivo: la hamburguesa de pollo que me tomé estaba de diez y el ambiente, totalmente local, me encantó.

Los almuerzos también fueron casi todos extraordinarios, quitando el del día de la ruta en bus a Volendam, Zaanse Schans y Merken. Ese día tuvimos que recurrir a la desesperada a un McDonald's (al de la Calle Damrak, en concreto), y, por tanto, la comida tuvo poco de sensacional, aunque sí fue, sin duda, el almuerzo más surrealista de todo el viaje (hablaré de él en el post dedicado a los Países Bajos, cuando relate esa excursión que nos llevó por una tarde lejos de Amsterdam). Los otros almuerzos, en cambio, sí fueron geniales. El más liviano lo disfrutamos en un lugar llamado Bagels & Beans.


Bagels & Beans es una cadena en la que ofrecen bagels hechos con productos naturales y obtenidos de manera responsable. La misma tiene negocios en varios lugares, nosotros estuvimos en el que está en Waterlooplein, cerca de la zona de los museos.

Sin embargo, el mejor sitio en el que comimos en todas la vacaciones fue el del día de mi cumpleaños. Ese mediodía me regalaron el privilegio de elegir el lugar donde comer y me decanté por intentar probar la comida local de calidad. Realmente, la comida holandesa no es demasiado célebre ni hay un plato típico que tenga fama, pero me apetecía comer en un restaurante que no fuera internacional, sino que ofreciera comida de los Países Bajos, fuera cual fuera. El lugar finalmente elegido fue el Restaurante Haesje Claes, que no me defraudó ni por su ambientación ni por su cocina.


De comida, quizás lo más típico es lo que pidió María (hotchpotch stampoot, es decir, puré de patata, zanahoria y cebolla acompañado de albóndigas, bacon y salchichas). Yo lo probé, pero para mí pedí algo que era menos contundente (dorada a la plancha con salsa de vino blanco), pero que estaba igualmente delicioso. Al final, quedé más que satisfecho con la experiencia culinaria holandesa. Cumplí 40 tacos y fue para mí un privilegio el poder celebrarlo comiendo en Amsterdam, en un sitio así, con mi familia al completo.


Antes de acabar no puedo dejar de hablar del Amsterdam Manor Hotel, el magnífico lugar en el que nos alojamos. El mismo no solo estuvo bien por su ubicación (algo a las afueras del centro, pero muy a mano), por su espléndido desayuno bufé y por la calidad de las habitaciones, sino que me encantó por la originalidad de su exterior, que parecía sacado de Disneyworld, así como por su innovadora decoración interior.



En definitiva, los tres días en Amsterdam los aprovechamos hasta el extremo, no pisamos en Barrio Rojo, pero fuimos capaces de que casi ni se notara.



Reto Viajero PRINCIPALES CIUDADES DEL MUNDO
Visitado AMSTERDAM.
% de las Principales Ciudades del Mundo que están en Europa que ya están visitadas: 40'5%.
% de las Principales Ciudades del Mundo que ya están visitadas: 17%.


9 de agosto de 2017

LLANES 2017

En los años en los que llevo pasando unos días veraniegos en Llanes (desde 1997 solo he faltado a la cita en 2004 y en 2008) nunca había estado tanto tiempo allí y nunca me había movido menos por Asturias. La parte positiva de eso es que este año nos hemos pateado a fondo la capital llanisca y hemos hecho bastantes cosas novedosas por el concejo.


Dentro de esos planes novedosos que hemos podido hacer en este 2017 por el concejo de Llanes los más llamativos han estado relacionados con el entorno campestre: en primer lugar, intentamos dos veces subir al Picu Castiellu, partiendo de La Galguera, y, en segundo lugar, entre ambas intentonas otro día recorrimos la parte del Sendero Europeo E-9 que sale de Llanes hacia el oeste.

El Picu Castiellu es un mazacote de roca que llevo años viendo desde las ventanas de la casa de mis padres en La Galguera. El mismo sobresale claramente de la Sierra del Cuera, que va paralela a la costa durante unos 30 kilómetros, atraviesa el concejo de Llanes de punta a punta y, a pesar de lo cerca que está del mar (solo dista de él unos 5 o 6 kilómetros), se eleva más de 1.300 metros en su punto máximo.


El Picu Castiellu, con sus 385 metros, siempre ha estado ahí, frente a la casa, y desde hace tiempo se que es posible subir a su cima sin una dificultad extrema, pero nunca lo había intentado. Este año en los diez días que hemos estado en Llanes hicimos dos intentos por llegar a la cima, pero no lo conseguimos en ninguno de ellos. En realidad, la primera vez se nos hizo tarde muy pronto y nos quedamos a medio camino, pero el segundo ataque sí fue más serio. Ese segundo día salimos más temprano y nos quedamos muy cerca del objetivo, de hecho llegamos a la cima de otro pico que está detrás del Castiellu y que es, incluso, más alto (mide 417 metros), aunque no resalte tanto.




La subida no es tan fácil como parece desde abajo, hay que ir eligiendo el recorrido para ir salvando los desniveles, y, aunque al principio el camino es más ancho, a partir de un determinado punto se va campo a través por senderitos hechos por animales o se avanza directamente por encima de los helechos que llenan la ladera.



 

En cualquier caso, la subida no entraña peligro real. Aún así, no hollamos la cima del Picu Castiellu, aunque para llegar a ella, tras alcanzar la cumbre del pico vecino, solo teníamos que bajar un poco, atravesar el collado y subir el último tramo rocoso.


Sin embargo, nos dimos la vuelta sin recorrer el último trozo de travesía, porque ese trayecto restante nos iba a llevar 30 o 40 minutos más e íbamos con el tiempo muy justo para estar de vuelta a mediodía, pese a haber salido temprano. Además, María había perdido ya bastantes reflejos por el esfuerzo y, encima, se estaba poniendo negro (de hecho, nos empezó a llover llegando a casa). Por todo ello decidimos regresar tras hacer cima en el pico de al lado. El año que viene, a la tercera, hollaremos el Castiellu, eso seguro.


Aparte de esta excursión, también dedicamos a andar por el campo la mañana del 6 de agosto. Ese día dejamos a las niñas aún durmiendo y nos fuimos hasta el extremo del Paseo de San Pedro de Llanes con la idea de recorrerlo entero y de hacer lo que no habíamos hecho nunca aún: seguir más allá de su final. En efecto, el Paseo de San Pedro no acaba de forma abrupta, sino que en un determinado momento pasa a convertirse en una ruta senderista, ya que en Llanes empieza una de las etapas homologadas del Sendero Europeo E-9, llamado Camino Costero Europeo, que recorre más de 5.000 kilómetros bordeando la costa atlántica desde Narva-Jõesuu en Estonia, hasta el Cabo San Vicente portugués. En España solo se encuentran homologados varios tramos, pero el 60% de los que pasan por Asturias están acondicionados y, en concreto, todo el litoral del concejo de Llanes está perfectamente preparado y señalizado. Nosotros recorrimos el cachito de 3'3 kilómetros que va del Paseo de San Pedro hasta la Playa de Poo. Sería bonito recorrer en varias veces el trozo completo que va desde Bustio, el primer pueblo asturiano por el este, hasta la Playa de Guadamía, que es donde acaba el concejo de Llanes, recorriendo así todo el litoral de los dos municipios costeros más orientales del Principado (en total son 68'6 kilómetros).

De momento, nos conformamos con los 3'3 que recorrimos este año. De años anteriores ya sabíamos que el Paseo de San Pedro es espectacular, porque va por encima de los acantilados mostrando unas vistas impresionantes, pero este año hemos visto que el tramo de costa que continúa más allá no le va a la zaga en belleza.


A partir de la Punta de Jarri o de la Torre (justo donde estamos María y yo en la foto de abajo), la arreglada hierba del Paseo pasa a convertirse en un camino que permite contemplar estampas preciosas de la costa llanisca. En esta ocasión en la Playa de Poo nos dimos la vuelta, pero en años venideros seguiremos explorando la ruta.




Como he dicho, este año hemos andado por el campo más que nunca, pero no por ello hemos dejado de ir a la playa siempre que hemos podido. Por desgracia, no hemos tenido demasiada suerte con la climatología, pero en los dos días en los que el cielo estuvo totalmente despejado no dejamos pasar la oportunidad de tostarnos un poco al sol. El primero de esos días fuimos a la Playa de San Antolín, una de las más bonitas de los alrededores (esta playa está aislada de cualquier población) y el segundo nos bañamos en la playa urbana de Llanes, la Playa del Sablón. No es muy grande y esa mañana había en ella mucha gente, pero nunca había estado en su arena y me apetecía pisarla, no solo asomarme desde arriba. Como playa, en realidad no destaca demasiado, pero tiene su atractivo bañarse a los pies del Paseo de San Pedro, viendo a lo lejos Los Cubos de la Memoria y a la espalda la Muralla.


También estuvimos una tarde en la Playa de Cué o de Antilles, a pesar de que ese día estaba menos soleado (esta playa es un enclave natural que merece ser visto de todas formas). Cué es una aldea del concejo de Llanes que está pegada al mar, no muy lejos de la capital llanisca, pero a pesar de estar junto a la costa se encuentra en una parte un poco elevada del litoral, por lo que su playa está abierta entre acantilados. Para llegar a ella hay que bajar hasta el agua desde una buena altura y, en cualquier caso, abajo no se encuentra uno demasiada arena, de hecho la playa desaparece con la marea alta (así estaba cuando fuimos nosotros).



En cualquier caso, el sitio es espectacular (al bajar la marea, gran parte de la zona que aparece en la foto de arriba se vacía de agua y la playa queda más amplia).

Además, la bajada desde lo alto del acantilado está habilitada y aunque se aparca arriba, se desciende por una rampa empinada, pero adaptada. Abajo hay una explanada de hierba con un chiringuito (El Topu) y desde ella se accede a la playa por una escalera.


Nosotros fuimos a la Playa de Cué con la intención de bañarnos, pese a que la tarde no estaba muy soleada, pero al llegar allí ninguno, salvo Julia, pudo meterse del todo, el agua estaba demasiado fría. Sin embargo, lo bueno de que no hiciera una gran tarde de playa fue que el chiringuito estaba muy tranquilo, así que antes de irnos nos detuvimos en él a tomarnos una cerveza y a contemplar durante un rato, con gusto, el precioso entorno.


Por otro lado, como dije también al principio este año no nos hemos alejado demasiado de Llanes, por lo que los días lluviosos, que han sido unos cuantos, los hemos gastado en planes urbanos, fundamentalmente en la capital del concejo, aunque también he paseado por La Galguera, como no, y por su aldea vecina, Soberrón. Ambas localidades se parecen bastante, son núcleos residenciales con un carácter bastante rural que destacan por su tranquilidad, aunque la mayoría de sus casas son modernas. En La Galguera el lugar más destacado es el antiguo Lavadero, que está restaurado.


La vecina aldea de Soberrón es casi igual, pero tiene una particularidad: sí tiene iglesia, aunque nunca he entrado en ella.



Aparte de los paseos por La Galguera y del paseo que nos dimos hasta Soberrón, el resto de nuestra actividad urbana se centró en el pueblo de Llanes. Las cosas que hicimos allí yo las dividiría en tres bloques: el de las actividades funcionales, el de las visitas turísticas y el de las visitas a bares y restaurantes.

En primer lugar, no han faltado las visitas funcionales de todos los años. De ellas, este verano han destacado negativamente las visitas médicas, ya que por desgracia tuvimos que ir con Ana dos veces al médico y otra al fisioterapeuta (aparte de un problema de oído, sufrió un esguince grande el día 31 de julio y hubo que reaccionar rápido para minimizar el problema).

En el segundo bloque de actividades estarían las visitas turísticas. Todos los años vamos a Llanes y siempre intento ver cosas nuevas, o al menos profundizar en algo que ya conozca. En ese sentido, en este 2017 lo más destacado ha sido, probablemente, que entré de nuevo en el Torreón de Llanes, una torre circular defensiva de origen medieval que forma parte de la Muralla.


En el Torreón de Llanes antes estaba la Oficina de Turismo, pero desde hace tiempo la fortificación se encontraba vacía. Este año, por casualidad, vi que se había vuelto a abrir y que allí estaba programado un ciclo de cuentacuentos para niños. Esa actividad me pareció que podía ser atractiva para Ana y Julia, así que fuimos el día 5 de agosto y nos encontramos conque entrar no era fácil, porque el aforo era muy limitado y la cantidad de gente interesada era mucha. Sin embargo, decidimos echarle paciencia y, tras hacer cola durante una hora, pudimos conseguir sitio.


La torre por dentro está muy arreglada y ha sido dividida en varios pisos por medio de una estructura metálica. El cuentacuentos me gustó bastante y a las niñas les resultó muy entretenido. La chica que contaba los cuentos hizo un buen trabajo, porque modulaba muy bien la voz y supo combinar su lado sargento con su lado dulce. Saber combinar esas dos caras es indispensable para desarrollar bien estas actividades, porque no es fácil controlar durante media hora a una veintena de niños ajenos y mantenerlos a todos en silencio (siempre hay un par de niños a los que dan ganas de meter en un armario junto con sus padres). En cualquier caso, con independencia de lo bien que estuvo la actividad, también me gustó que pude volver a entrar en la torre, uno de los lugares más destacados de Llanes.

Más allá de esto, la otra novedad turística de este 2017 fue que nos montamos en el Tren Turístico de Llanes. En efecto, los días 1 y 2 de agosto mi cuñada y su familia, que estaban de vacaciones por el norte con la autocaravana, estuvieron en Llanes y pasamos con ellos las dos jornadas. En principio, la idea era visitar el pueblo un día y hacer alguna excursión el otro, pero el tiempo no acompañó y, dado que ellos tampoco tienen demasiada necesidad de profundizar en lo que visitan, pues la excursión no la llegamos a realizar y las dos jornadas en Llanes nos las tomamos con muchísima calma. Realmente, tuvimos mala suerte, porque el 1 de agosto fue el día en el que hizo peor tiempo en todas las vacaciones, no paraba de llover y eso condicionó los planes. Además, Ana se había hecho el esguince la noche antes y nuestra libertad de movimiento era reducida. Por eso, la idea de coger el tren no nos pareció mala, aunque el mismo tiene algunas pegas, porque no se pueden abrir las ventanas y es pequeño (con las ventanas abiertas se ganaría en visibilidad y, además, las estrecheces se notarían menos...). Pese a esto, el recorrido de 30 minutos fue bastante completo y, en un día lluvioso, el viajecito resultó ser una actividad perfecta.


En cualquier caso, el meollo del plan turístico de este año estuvo centrado en pasear por las calles del centro: pasamos en multitud de ocasiones por la Calle Mayor, la Calle Posada Herrera o la Plaza de Cristo Rey, que es donde está la principal iglesia de Llanes. Otro recorrido habitual fue el que bordea la Muralla y, tras pasar junto al Torreón de Llanes, conduce a la Calle Castillo, el epicentro comercial llanisco. El centro del pueblo destaca por sus casitas blancas y cuidadas, así como por sus calles empedradas, que en verano están realmente animadas, por lo que un simple paseo por él ya merece la pena.

También es muy bonita la Plaza de Santa Ana.


Además, este año volvimos a pasar un buen rato en el Parque Posada Herrera, que, realmente, más que un parque es una gran plaza presidida por el Monumento a Posada Herrera, un llanisco que fue presidente del Consejo de Ministros a finales del siglo XVIII. En esa plaza hay una buena zona de juegos infantiles donde pasé bastantes ratos cuando las niñas eran más pequeñas. Sin embargo, hacía tres o cuatro años que no volvía. Este año, el segundo día que estuvieron mis sobrinas en Llanes volvimos a pasar allí más de una hora.

Pese a todo, el bloque de actividad más explotado fue, como no, el tercero que comenté antes, el de las paraditas en los bares. Debido a la visita de mi cuñada y a la cantidad de días que hemos pasado en el entorno de Llanes este año hemos ido al centro a comer o a tomar algo más que nunca. No faltaron, por supuesto, las visitas a nuestros dos sitios favoritos, la Sidrería El Bodegón y la Sidería La Casona (aquí estuvimos tres veces, la primera de ellas el día de la lluvia).


En ambos sitios nos comimos un gigantesco cachopo (compartido entre varios, si no es imposible), pero además en El Bodegón no dejamos de probar las parrochas, que las ponen muy ricas, y en La Casona el día lluvioso pedimos tortos con huevos y picadillo (este plato es una bomba que hay que probar alguna vez). Estas dos sidrerías dan a la Plaza de la Magdalena, además de a la Calle Mayor, y suelen estar llenas, pero, por lo bien que se come y por lo a gusto que se está tanto cenando como almorzando, merece la pena esperar.

Aparte, como una muestra más de que este año no hemos parado de darnos gustazos por Llanes, hemos ido dos veces a comer al Restaurante El Sucón, el lugar donde se come la mejor fabada del mundo (está en el concejo, pero se encuentra algo metido en el interior). El hacer doblete en este restaurante ha sido toda una novedad, porque en todas mis visitas a Llanes he ido alguna vez a comer allí, pero nunca había estado dos veces en cuatro días. En efecto, este año no faltó en El Sucón la tradicional comilona familiar, pero, además, por la visita de un primo de mi madre y su familia, el último día me vi allí de nuevo, dispuesto a darlo todo otra vez. En esa segunda visita innovamos un poco más que de costumbre con el menú (siempre pedimos fabada y cabritu) y comprobé que el pote y las costillas que sirven también están para chuparse los dedos. Otra cosa que destaca en El Sucón, aparte de lo agradable que es su terraza, son los postres: el arroz con leche me encanta, pero allí la verdad es que lo que no se puede dejar de pedir es la tarta de queso.

Este año también ha sido una novedad ir tres veces al Café Bitácora, que es otro punto de referencia para nosotros y al que, por contra, el año pasado no fuimos. Esta cafetería no es nada del otro mundo, nos gusta más por motivos sentimentales que por otra cosa, pero no deja de tener un velador agradable y resguardado que da a la Calle de las Barqueras. Tomar unos churros allí es otra tradición de cada verano y este 2017 fuimos dos veces (la tercera vez solo nos tomamos un café).


De todas formas, probablemente los momentos culinarios más agradables de nuestra semana llanisca tuvieron lugar en el Bar Restaurante La Playa San Antolín de Bedón, adonde fuimos a comer el día del cumpleaños de mi madre. Este restaurante es un chiringuito que a ella le encanta (yo lo conocía de haber estado allí un par de veces en 2015), no es un lugar muy glamouroso, pero fue una maravilla almorzar cerca del mar en una playa tan preciosa, la comida estuvo bastante bien (yo me pedí un plato de paella y los menús no son muy caros) y el personal fue especialmente simpático.



Allí, al borde del mar, celebramos el cumple de mi madre de una manera sencilla, pero muy sentida. Lo cierto es que este año volvimos a coincidir con mi hermana Inés en Llanes un par de días y eso posibilitó que echáramos dos días muy familiares y pudiéramos celebrar el cumpleaños de la mamma como está mandado.

Por último, el relato de la visita a Llanes de este año lo voy a acabar hablando de la Muestra de Quesos del Oriente de Asturias que montan en la Plaza de Santa Ana y que este año cumplía su XXX edición, nada menos.



Yo ya estuve en la muestra del año 2011, se celebra el primer domingo de agosto y en esta ocasión resultó ser un poco chasco. Hace años, por lo visto, además de vender, los stands servían panecillos con sus quesos a un módico precio. En 2011 ya todos no lo hacían, pero recuerdo haber encontrado algunos sin problema. Por ello, este año fuimos a la muestra con la intención de comprar, pero también con la idea de almorzar allí, y nos encontramos conque la práctica de vender pequeños bocadillos de queso ya no se estila, la caseta en la que se vende cerveza y sidra la siguen poniendo, pero ya no se puede masticar nada, más allá de los pequeños trocitos de los diferentes quesos que te dan gratis en los stands para que los pruebes. En consecuencia, hubo que buscarse otro lugar donde comer (acabamos en La Casona). Pese a esto, probé un queso típico de Vidiago (una de las aldeas de Llanes) que es muy suave y cremoso, y también nos llevamos un buen trozo de queso de Cabrales, que, a pesar de ser muy fuerte, entusiasmó a las niñas. Realmente, la Muestra de Quesos merece la pena, aunque ya no se pueda comer allí.

En definitiva, un año más no faltamos a nuestra cita veraniega en Llanes. Otras veces hemos ido menos tiempo, pero en este 2017 estuvimos diez días, nada menos (las niñas una semana más). La verdad es que no paramos, como ha quedado patente en este post, aunque nos movimos poco de Llanes y eso provocó la engañosa sensación de que hicimos menos cosas que otros veranos. Realmente, cuando veníamos con las niñas más pequeñas sí nos movíamos menos, pero en los últimos dos años, aprovechando que Ana y Julia ya han crecido un poco, hemos empezado a hacer de todo y me he mal acostumbrado. En cualquier caso, no siempre puede uno alejarse tanto, seguramente el verano que viene volveremos a movernos por Asturias con más soltura, pero a Llanes no solo venimos con afán turístico, sino que también venimos con ánimo de estar con la familia y eso se nota a la hora de hacer los planes. Lo bueno de las circunstancias que se dieron este año es que me fui con la sensación de que hicimos más vida llanisca que nunca, y eso me gusta.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado LLANES.
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Asturias: 13'3% (hoy día 53'3%).
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 11'8% (hoy día 32'2%).


6 de agosto de 2017

TORRELAVEGA 2017

Comenzaron las vacaciones veraniegas, la época más activa del año desde el punto de vista viajero. En este 2017, la primera fase vacacional hemos decidido pasarla en Asturias, adonde voy casi cada verano, al menos unos días, desde 1997. El día 21 de julio acompañé en avión a Ana y a Julia hasta allí, y, tras dejarlas con sus abuelos, volví a Sevilla en bus para trabajar una semana más. El viernes 28 de julio cogí definitivamente las vacaciones y, sin más dilación, tiré de nuevo para el norte, esta vez en coche y ya con María, sin intención de volver a casa en menos de tres semanas.

La estancia asturiana de este año ha tenido dos particularidades bastante señaladas: la primera ha sido que hemos hecho más vida en Llanes que en otras ocasiones. La casa de mis padres está en este municipio y, por ello, el mismo es siempre un punto de referencia claro, pero nunca nos habíamos movido por allí tantos días seguidos. La segunda particularidad ha sido que los días que nos hemos alejado un poco de Llanes nos hemos dirigido siempre hacia Cantabria, en vez de quedarnos por Asturias.

En efecto, en Cantabria visitamos un día la impresionante Cueva del Soplao y otro día fuimos a ver la Ferrería de Cades. Además, el 5 de agosto fuimos a Torrelavega, en la que ha sido la única visita urbana fuera de Llanes de este viaje. El objeto de ir para allá fue recoger una exquisita tarta de hojaldre en la Confitería Santos. La misma es un lugar de referencia en Cantabria a la hora de hacer pasteles y todos teníamos antojo de probar sus dulces una vez más (incluso yo, que no soy muy dulcero), así que encargamos una tarta con la excusa del cumpleaños de mi madre y fuimos hasta Torrelavega a recogerla. Como no podía ser de otra manera, también nos volvimos con una caja de polcas (es un dulce de hojaldre) y otra de almendrados.

Lo bueno que tiene ir a la Confitería Santos es que está en el meollo de Torrelavega, de manera que es inevitable darse una vuelta por el centro de la población cuando se va allí a comprar algún dulce. Al llegar a la calle de la pastelería resulta bastante curiosa su entrada, ya que parece que da acceso a algún negocio semiclandestino (se accede a través del portal de un bloque de pisos normal).


Una vez dentro la confitería tiene el atractivo de que su obrador está abierto al público y mientras te despachan ves a los pasteleros trabajar.


Aparte, por lo que respecta a Torrelavega, esta es una ciudad bastante grande, de hecho en población es la segunda de Cantabria (tiene más de 52.000 habitantes). Está situada en el centro de la comunidad y dista tan solo 25 kilómetros de Santander, por lo que es parte fundamental del meollo cántabro. Su principal particularidad es que es el segundo centro de servicios de la región, tras la capital. Realmente, su importancia como ciudad industrial se percibe desde que se accede a ella, ya que su periferia está llena de fábricas y los barrios de esa periferia están compuestos por altos bloques de pisos y son un tanto grises. Su parte céntrica, además, destaca por su actividad comercial, por lo que se ve que la ciudad, entre la industria y el comercio, es un epicentro económico en la región. En cualquier caso, su centro, sin ser nada del otro mundo, no tiene el aire gris del extrarradio y, en cambio, está muy cuidado y tiene mucha vida (al menos en horario comercial), por lo que es muy agradable.

En el centro, la Confitería Santos está situada en la Calle Consolación, que es una larga calle peatonal llena de tiendas, por lo que nos dirigimos allí al llegar a Torrelavega, pero no fuimos por el camino más directo, sino que dimos una vuelta dando un paseo desde donde dejamos el coche. Por ello, atravesamos la Plaza Gilberto Quijano (conocida popularmente como Plaza Mayor), que no es demasiado llamativa (tiene soportales y es llana, pero, aparte de ser muy moderna, está rodeada por calles con tráfico). También pasamos por la Plaza de Baldomero Iglesias y por la Plaza del Ayuntamiento, que está rodeada por el Bulevar Luciano Demetrio Herrero. Estas dos plazas son diáfanas y sí son bastante atractivas (las vimos, además, bajo una ligera llovizna, lo que les dio un encanto extra).



La visita no dio para mucho más. En 2000 y 2002 ya había estado en la ciudad para ir igualmente a la Confitería Santos, aunque en esos años el paseo fue más directo (también había estado de niño, por lo visto, pero no tengo recuerdos). En esta ocasión paseamos un poco más e incluso hicimos una paradita en Covadonga, una cafetería que elegimos al azar, pero que resultó estar muy bien (yo me tomé solo una Coca-Cola, pero probé la palmera y estaba muy buena. El lugar, además, estaba decorado de una manera muy agradable).


Torrelavega se merece una visita más detallada, más por su importancia y su entidad que por su atractivo, pero como toma de contacto el paseo que nos dimos estuvo muy bien.



Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado TORRELAVEGA.
En 2000 (primera visita incompleta), % de Poblaciones Esenciales visitadas en Cantabria: 77'7% (hoy día, confirmada ya esta visita, 100%).
En 2000 (primera visita incompleta), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 17'4% (hoy día, confirmada ya esta visita, 32'2%).