27 de febrero de 2022

SANTILLANA DEL MAR 2022

El de Santillana de Mar es el post principal del viaje que he hecho al norte de España este mes de febrero. No en vano, fue allí donde nos alojamos y donde estuve más tiempo. Tras pasar cinco días en este monumental pueblo cántabro, puedo decir que apenas quedan piedras de su centro que no haya pisado. Además, estuve en todos los edificios representativos que más me interesaban, e incluso conocí algunas de las localidades que, más allá del núcleo poblacional histórico, componen el municipio. En consecuencia, es verdad que me lo he tomado con calma para hablar de Santillana del Mar en este blog, pero no cabe duda de que la espera ha merecido la pena.


Lo cierto es que Santillana del Mar necesita poca presentación. National Geographic lo incluyó, hace unos meses, entre las 100 localidades más bonitas de España. Puede que eso no impresione, pero sí demuestra su popularidad el hecho de que, en 2018, con motivo del 20º aniversario de El Viajero, el suplemento de viajes de El País, sus lectores eligieran, entre 250 opciones, a Santillana del Mar como el tercer pueblo español más bello. Estos son dos ejemplos de lo valorado que está. Aparte, hay que decir que Santillana no es como La 2, el canal de televisión que todo el mundo dice que es su favorito, pero que realmente nadie ve. Muy al contrario, esta población no solo aparece en las listas de las más hermosas, sino que también es de las más visitadas. Doy fe, porque lo he visto muchas veces atestado de turistas.

En cualquier caso, por circunstancias familiares, para mí Santillana del Mar es algo más que un destino turístico. La realidad es que un tío de mi madre nació allí y su hija, que es mi tía segunda, además de mi madrina, conserva la casona en la que se crio su padre.



Como se puede ver, mi tío abuelo pertenecía a una familia bien, aunque yo se que la misma tenía más fachada que dinero real. Aún así, es innegable que, en Santillana, tenía cierto nombre. 

El caso es que ese tío, que era el marido de la hermana de mi abuela, no era un familiar más para mi madre. Era casi un segundo padre. De hecho, ella pasó todos los meses de agosto de su infancia y de su adolescencia en Santillana, con sus tíos y con su prima. Fueron muchos veranos y muy importantes. Por ello, pasear con mi madre por el pueblo es oír mil historias de su niñez y de su juventud. Ella recuerda quien vivía en cada casa y qué había en cada sitio hace 50 o 60 años: dónde estaba el teléfono, dónde se compraba el pan, dónde estaba el garito que ejercía de discoteca,... Ahora todo ha cambiado, pero, debido a la relación de mi madre con Santillana del Mar, este es un lugar adonde llevo yendo desde que tengo uso de razón. En la casa de mis tíos abuelos he dormido muchas veces, y desde niño también he visto como se iba transformando el entorno. Sin ir más lejos, cuando era pequeño podía salir al patio trasero de la casa, donde aún había gallinas, y, atravesando otra puerta, tenía acceso a los 75.000 metros cuadrados de un enorme jardín que pertenecía a la marquesa de Benamejís. Esta señora, además de tener un título nobiliario, era la vecina y era tía carnal de mi tío abuelo. Hoy día, esos terrenos son de Caja Cantabria, al igual que la propia casona de la susodicha marquesa, que falleció hace un tiempo. Yo allí ya no puedo entrar por la cara. Con respecto a la casa de mi familia, por fortuna, pese a que mi tío abuelo murió, la misma sigue perteneciendo a su mujer y a su hija, la prima de mi madre. No obstante, en su patio trasero tampoco hay ya gallinas, que le vamos a hacer. Me queda el consuelo de que, durante muchos años, en Santillana del Mar fui un poco un enchufadillo.

En definitiva, queda claro que conservo un montón de recuerdos familiares que han tenido lugar en Santillana del Mar. Yo en este post voy a contar lo que he hecho en los días que estado allí alojado, esta última vez, pero cuando venga al caso iré desgranando circunstancias pasadas que se me vengan a la cabeza.

Lo primero que tengo que decir es que, en esta ocasión, he pernoctado cinco noches en el Parador de Santillana Gil Blas. Ahí es nada. 


Con anterioridad, yo en Santillana solo había dormido en un hotel en una ocasión. El resto de las veces, como he comentado, estuve instalado en casa de mis tíos abuelos. La vez que fui a un establecimiento hotelero me alojé en el Hotel Siglo XVIII, que está situado en el extremo sur del pueblo, un poco fuera de la zona histórica.


El dueño original del Hotel Siglo XVIII, además de ir al colegio con mi tío abuelo, era el suegro del constructor que le hizo la casa de Llanes a mis padres. Con este siguen manteniendo una cordial relación. Aun así, nosotros esta vez nos fuimos al Parador. Yo no había dormido nunca en él y he gozado a tope de la estancia allí. En Santillana del Mar hay dos paradores de turismo, es la única localidad que cuenta con ese privilegio. El más antiguo se quedó pequeño, pero como no había posibilidad de ampliarlo, inauguraron otro en 1987. El establecimiento viejo y el nuevo están muy cerca. Comparten director, por lo que hay un poco de confusión y en muchos sitios consideran que los dos hoteles son uno solo, cuando no es así. De todas formas, el parador moderno ahora no se encontraba operativo. Parece que en temporada baja lo cierran. Nosotros nos alojamos en el antiguo, que se ubica en el Palacio de los Barreda-Bracho. A principios del siglo XX tenía este aspecto


El Palacio de los Barreda-Bracho data de finales del siglo XVII y pertenecía a una de las familias más importantes de Santillana. Fue convertido en hotel en 1928 y en 1946 fue incorporado a la red de Paradores. Ni que decir tiene que en él estuvimos en la gloria. Da gusto alojarse en lugares con tanta historia.

Aparte, he comentado en el post dedicado a Llanes, que desde hace años tenía en la cabeza ir a este pueblo fuera de temporada, para verlo libre de turistas. Con Santillana del Mar ese deseo era similar. Yo ya había estado allí, pero salvo una visita fugaz que hice en 2007, precisamente la vez que dormí en el Hotel Siglo XVIII, nunca había ido fuera de julio y agosto. En 2007 fui en abril, pero era Semana Santa. Este mes de febrero, por tanto, ha sido la primera ocasión que he visto Santillana al natural. Si hay una población de España donde se ha montado un teatro alrededor de sus atractivos, esa es Santillana del Mar. Mis primeros recuerdos son de una localidad turística, pero no tan preparada para recibir visitantes de manera masiva como ahora. En los últimos veranos, Santillana me ha dado la sensación de que se ha convertido en un escenario de cartón piedra, por el que miles de personas se dan un rápido paseo, echan unas fotos y se van. Hay veces que uno no tiene más remedio que ver los sitios así. Yo mismo, a menudo me tengo que conformar con ir a los lugares cuando están petados de foráneos, que a decir verdad, se diferencian poco de mí. Sin embargo, en este caso he conseguido romper el círculo y he podido ir a Santillana del Mar en invierno, a ver la villa casi sin gente. De ese modo, he visto de verdad que es espectacular y he apreciado su auténtico encanto. 

Y es que Santillana del Mar es un espectáculo en si mismo. No es un pueblo al que uno vaya a ver museos, aunque los haya. Va a contemplar sus casonas blasonadas, sus calles empedradas y sus imponentes palacios nobiliarios de piedra. Todo eso, además, está enmarcado por la belleza del verde campo cántabro. 

En líneas generales, se puede decir que Santillana del Mar está partido en dos por la CA-131, que al convertirse en travesía recibe el nombre de Avenida Le Dorat. En este caso, esta carretera no ejerce de espina dorsal de la población, sino que la corta en horizontal y actúa como puerta de acceso al casco histórico, que se extiende a uno de sus lados. Al otro hay dos monasterios y algunas otras construcciones. Los dos primeros, que se asoman a la CA-131, son más antiguos, pero el resto de las edificaciones que tienen cerca, pese a que no rompen la estética del pueblo, son más modernas.


Precisamente, en el extremo de ese lado es donde se encuentra el Hotel Siglo XVIII. Más cerca de la carretera y del centro histórico se halla el Campo del Revolgo. Se trata de una amplia explanada de hierba, que se usa desde antiguo para las celebraciones del pueblo. También se la conoce como Parque de la Robleda.


En el Campo del Revolgo destaca un Roble centenario, que en la foto anterior está en primer plano, así como la Bolera La Robleda, que he leído que es de las más antiguas de Cantabria.


En definitiva, al sur de la CA-131 hay mucho pueblo. En esa zona hay un montón de alojamientos hoteleros, también se ven algunas casas particulares, está allí el Centro de Salud, el aparcamiento de visitantes e incluso la Casa Cuartel de la Guardia Civil.

No obstante, lo verdaderamente interesante de Santillana del Mar se encuentra al norte de la carretera. Desde esta, el casco histórico tiene dos entradas principales. La de la izquierda da acceso a la población por la Calle Juan Infante.


Esta calle pronto se bifurca en un ensanchamiento que tiene. La ramificación de la izquierda se continua llamando Calle Juan Infante y la de la derecha se denomina, en su primer tramo, Calle de la Carrera.


Desde la CA-131, la segunda entrada al pueblo, que está a la derecha de la otra, se corresponde con la Calle Jesús Otero. 

Realmente, Santillana se halla dividido en tres calles que corren paralelas en dirección noroeste. La Calle Juan Infante es la de la izquierda, como se ha dicho, y va a dar a la Plaza Mayor.


La Plaza Mayor es el primero de los centros neurálgicos del pueblo. A ella da el Parador de Santillana Gil Blas y el Ayuntamiento, entre otros emblemáticos edificios.


De las otras dos vías principales, la central, que es la que se empieza llamando Calle de la Carrera, acaba siendo la más larga, por lo que se constituye en auténtica espina dorsal del pueblo. Más adelante, pasa a llamarse Calle Cantón y después Calle Río.


Finaliza en la Plaza Abad Francisco Navarro, que puede ser considerada como el segundo epicentro de Santillana. A esa plaza da la Colegiata de Santa Juliana y el Museo y Fundación Jesús Otero.


La tercera arteria que recorre Santillana es la Calle Jesús Otero y está a la derecha de las otras dos que vertebran el pueblo. A diferencia de ellas, esta no termina en una plaza, sino que va a dar a la Calle Río.


He dicho antes que Santillana del Mar destaca sobre todo por sus atractivos outdoors, pero lo cierto es que también tiene lugares que merecen ser vistos por dentro. De todos ellos, la Colegiata de Santa Juliana es, sin duda, el más destacado.


En la Colegiata, cuenta la leyenda que se hallan los restos del cuerpo de Santa Juliana de Nicomedia, una mártir que fue torturada y asesinada a principios del siglo IV. Y digo que es una leyenda lo de que los restos de la santa estén en Santillana, porque en la Colegiata hay una tumba, pero dentro no se conservan sus huesos, y no hay ninguna indicación de que estos estén en el edificio. En Internet tampoco he encontrado ninguna referencia que indique donde reposan las reliquias. Solo se repite, una y otra vez, una historia similar. En ella, se hace referencia a que, en el siglo IX, unos monjes que tenían en su poder los restos de Santa Juliana, fundaron una ermita para guardarlos, junto a una pequeña aldea de origen romano que se erigía en el lugar en el que hoy día se encuentra Santillana. Con los años, la ermita se convirtió en monasterio, y en el sigo XII este adquirió el grado de colegiata. Fue entonces cuando se empezó a construir la primera versión de lo que hoy se observa. En ese tiempo, supuestamente, los restos de Santa Juliana no se movieron. Todo eso estaría muy bien, si no fuera porque relatos parecidos, relacionados con la misma santa, se cuentan en otros sitios de Europa, sin que yo haya sido capaz de enterarme de cual es más veraz. Sin embargo, sí parece ser un hecho que en la Colegiata da Santa Juliana no hay ni rastro real de la mártir, a pesar de que allí tiene un sepulcro.


De todas formas, sí es seguro que del nombre latino Sancta Iuliana se pasó a Sancta Illana, y esa denominación acabó dando nombre a la villa donde supuestamente estaba la iglesia con los restos de la santa (de Sancta Illana a Santillana, el topónimo actual del pueblo, solo hay un paso). En cualquier caso, la Colegiata se merece una visita. Su claustro románico a mí me encanta.



Resulta que yo visité la Colegiata conscientemente por primera vez en 2002, pero de niño fui bastantes veces. En una de ellas, a principios de los 80, asistí a la boda de mi tía, que se celebró en la iglesia. Personalmente, no lo recuerdo, porque debía tener cuatro o cinco años, pero cuentan que me lo pasé muy bien durante la ceremonia, jugando con mis coches por encima del sepulcro de Santa Juliana.


Ya de vuelta a 2022, otra visita interesante que hemos hecho ha sido la de las Casas del Águila y la Parra. Yo quería ver por dentro alguna de las casonas o palacios de Santillana. La del Parador Gil Blas la recorrí bien, pero quería más. En 2002, gracias a la hermana de mi tío abuelo, entré a ver la Torre de Don Borja y la Torre del Merino. Esta última también recibe el nombre de La Torrona. Las dos dan a la Plaza Mayor. La primera pertenece a la Fundación Santillana y ha pasado por numerosas etapas. En la actualidad es un espacio cultural, pero permanece cerrado cuando no hay nada organizado dentro, es decir, entre noviembre y mayo. En 2002 tampoco había nada montado allí, pero entonces, como digo, pude entrar con un pequeño enchufe. Más llamativo, si cabe, fue lo de acceder a la Torre del Merino, ya que era de propiedad privada. 


En ella vivía una señora a la que yo no recuerdo, pero que era prima hermana de mi tío abuelo. La hermana de este tenía tanta confianza con ella (eran primas), que aquella tarde de verano de 2002 nos enseñó La Torrona sin que la dueña estuviera presente. Nos abrió la puerta la chica del servicio. En definitiva, ya tenía en mi currículo algunas visitas a edificios emblemáticos de Santillana, pero esta vez no podía actualizar ninguna de ellas, por lo que me centré en intentar entrar en alguna casona que estuviera ahora abierta al público normal. Las Casas del Águila y la Parra, que realmente están unidas por dentro, fueron una opción magnífica para lograr mi propósito, dado que son dos magníficos exponentes de la arquitectura civil de los siglos XVII y XVI, respectivamente. 



Las Casas del Águila y la Parra se mantienen abiertas y cuidadas gracias a que se usan como espacios expositivos. Dentro vimos, entre otras cosas, una muestra de fotografías antiguas de Santillana, titulada Memoria, Piedra y Madera, que me gustó mucho.


El otro enclave museográfico que vimos fue el dedicado a Jesús Otero. Este escultor es el santillano más ilustre que ha dado la historia, con permiso de Carlos Alonso Santillana, del que hablaré más adelante. Yo nunca había oído hablar de Jesús Otero, pero en su Museo y Fundación pude ver las obras que el artista donó a su pueblo natal poco antes de morir. Algunas están expuestas en el jardín y otras muchas se hallan repartidas por el interior del edificio.


En la misma casona donde está el Museo y Fundación Jesús Otero se encuentra la Biblioteca Pública de Santillana. Dado que fuimos a ver el museo un jueves por la tarde, esta se encontraba abierta. Yo soy bibliotecario, de manera que no pude resistir la tentación de entrar a curiosear en la parte del edificio dedicada a albergar la colección bibliográfica del pueblo. 


Curioseando, di con el bibliotecario, con el que me sentí bastante identificado. La biblioteca es pequeña, pero está muy cuidada y me resultó muy acogedora. Al verla, recordé por qué me gusta tanto mi trabajo. 

Cambiando de tercio, tengo que decir que en Santillana no hicimos demasiado gasto en negocios de restauración. Todas las noches cenamos en el Parador y casi todos los almuerzos los hicimos en otros lugares de Cantabria o de Asturias. Sin embargo, hubo un día que sí comimos en Santillana. Lo hicimos en el Restaurante Plaza Mayor.


El Restaurante Plaza Mayor debe ponerse imposible en verano, dada su ubicación. Está situado en plena Plaza Mayor, por lo que hará su agosto, precisamente en julio y agosto. En esas fechas, supongo que coger sitio en su agradable terraza será una odisea, desde ella no se contemplará una tranquila panorámica de la plaza, sino una procesión de turistas, y además no se si serán capaces de mantener la buena relación calidad-precio que nosotros disfrutamos. No obstante, el día que almorzamos allí todo fue positivo. El menú no fue barato, pero tampoco fue caro, y yo me tomé un rico plato de arroz caldoso y una deliciosa lubina a la plancha, en medio de un soleado remanso de paz. Mereció la pena.

Aparte, voy a hablar de mi otra experiencia culinaria en Santillana del Mar, porque también fue muy buena. En efecto, en 2002 cenamos una noche en el Restaurante Gran Duque. En aquella época no existía Tripadvisor, pero fuimos allí con la hermana de mi tío abuelo, que fue la que nos invitó. Ahora, que ya sí existe esa web, he visto que el restaurante mantiene el nivel, porque está situado en el segundo puesto de todos los negocios de restauración santillanos.


Esta vez no pude volver a comer en el Restaurante Gran Duque, pero lo identifiqué y lo tengo fichado para el futuro.

Antes de acabar, voy a hablar, con brevedad ya, de otras localidades de Santillana que he conocido, así como del referente internacional que tiene el pueblo en su término municipal. Sobre las primeras, he de decir que todos los días he salido a correr temprano. Siempre que duermo en hoteles lo hago, y esta vez, dado que mi madre prefiere desayunar tarde, he tenido más tiempo que nunca. Por eso, además de pelearme a la carrera con las tremendas cuestas que se reparten por los cuatro puntos cardinales de Santillana, también he tenido ocasión de aprovechar las salidas para conocer dos pequeñas aldeas residenciales del municipio, que no llegan a los 300 habitantes. En total, Santillana del Mar, aparte de la capital, cuenta con otras diez entidades de población de diferente tamaño. Yo a diario atravesé corriendo Herrán, que es una de ellas, y un par de veces me detuve allí a la vuelta y la recorrí paseando. Está bastante cerca del casco histórico de Santillana, por lo que se puede considerar que es el núcleo residencial más cercano al meollo turístico hecho en piedra.



La otra población que vi fue Camplengo, que es la segunda más cercana al casco histórico de Santillana. Al igual que Herrán, es un núcleo eminentemente residencial. Su particularidad reside en que en ella está el campo de fútbol de Santillana.


En efecto, el Campo Municipal Carlos Alonso Santillana está a las afueras de Camplengo, pero muy bien comunicado con la zona habitada, que queda a pocos metros. Yo dormí cinco noches en Santillana y los cuatro primeros días que salí a correr tiré hacia Herrán, como he mencionado, pero el quinto me dirigí en dirección contraria y subí hasta Camplengo, buscando el pueblo y el campo de fútbol. Lo había visto a lo lejos y decidí acercarme. Por fortuna, lo vi abierto, de manera que acabé la tirada en su puerta y pude entrar.


Yo soy del Betis, pero, en mi más tierna infancia, Carlos Alonso Santillana y Juan Gómez Juanito eran mis ídolos. Seguramente, tuvo que ver en ello el hecho de que en la primera mitad de los años 80 del siglo pasado en los dos canales de televisión que había solo ponían partidos del Real Madrid y de la selección española. En consecuencia, era difícil no sentir admiración por la dupla de atacantes que, en aquella época, era fija tanto en el uno como en la otra, pero, más allá de eso, lo cierto es que Juanito y Santillana forman parte de mi niñez más inocente. Fue muy simbólico asomarme al campo que lleva el nombre del segundo.

Después del ratillo que eché curioseando en las instalaciones deportivas me volví andando, dándome un agradable paseo.

He dicho antes que no iba a despedirme sin hablar del gran referente internacional que tiene el pueblo en su término municipal. No es el Zoológico de Santillana, que es un lugar que recuerdo de niño y que volví a visitar en 2014, cuando tuve la oportunidad de conocer, incluso, a la dueña. Aquella fue una curiosa experiencia de la que hablaré la próxima vez, pero ahora realmente quería hacer mención a los principales highlights de Santillana del Mar, que son el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, y, sobre todo, la propia Cueva de Altamira. Yo he tenido el privilegio de entrar en la mismísima cueva, cuyo exterior parece cualquier cosa, menos el acceso a la Capilla Sixtina del arte prehistórico.


También he visto dos veces la Neocueva de Altamira y el museo en el que se encuentra, pero de esto hablaré en el futuro, cuando pueda volver a este interesante espacio expositivo, creado en 2001. Para él tengo idea de escribir, más adelante, un post aparte.

Por lo que respecta al presente, los cinco días en Santillana dieron para mucho. Todo lo que considero que es más interesante en el pueblo ya lo he visto, pero se que, si surge la oportunidad, volveré, y entonces seguro que encontraré nuevos reclamos en los que profundizar.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SANTILLANA DEL MAR.
En 1989 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Cantabria: 11'1% (hoy día 100%).
En 1989 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 5'2% (hoy día 35'7%).

Reto Viajero MONUMENTOS DESTACADOS DE ESPAÑA
Visitado SANTILLANA DEL MAR.
En 1989 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados en Cantabria: 33'3% (hoy día 100%).
En 1989 (primera visita consciente), % de Monumentos Destacados de España visitados: 10% (hoy día 42%).


26 de febrero de 2022

SANTANDER 2022

Uno de los días que estuvimos en Santillana del Mar y que nada reclamaba nuestra atención en Llanes, mi madre y yo decidimos ir en Santander. La capital cántabra es una de sus ciudades favoritas desde siempre, y yo también le tengo cariño. De hecho, son muchas las veces que he ido a ella y en este blog ya he hablado de la visita que hice en 2019. Además, el día en cuestión salió algo lluvioso, por lo que nos pareció que echar la jornada en un contexto urbano podía ser buena idea.


Como he dicho, en Santander he estado bastantes veces, pero tampoco es una ciudad que tenga muy explorada. Por ello, esta visita era una gran oportunidad para ampliar un poco el número de cosas conocidas en ella. Mi madre propuso ir al Centro Botín y me pareció fantástico. En 2013, cuando estuve en Santander por penúltima vez, el mismo ni siquiera existía. En 2019 sí, pero no me fijé en él. En la actualidad, el edificio ya es un referente, por lo que ver su interior era una buena manera de conocerlo y de profundizar en uno de los principales puntos neurálgicos de la localidad.

En el post dedicado a la visita de 2019 comenté que el Puerto de Santander es muy grande y que está dividido en varios tramos. En aquella ocasión, hablé del Muelle de Calderón, que es uno de ellos. También mencioné la Grúa de Piedra, que es una antigua grúa que ha sido convertida en un monumento. Sin embargo, no hice mención al trozo del Puerto en el que está dicha grúa. Pues bien, esta se encuentra ubicada en el sector portuario que está justo al oeste del Muelle de Calderón, es decir, en el Muelle de Albareda y Maura. En él, antaño solo estaba la Grúa de Piedra y la parte más cercana al mar de los Jardines de Pereda. Ahora, en lo que era ese pedazo de parque es donde se ha erigido el Centro Botín.


El Centro Botín es un centro de arte inaugurado en 2017 por la Fundación Botín, que está íntimamente ligada al Banco Santander. Es obra del arquitecto Renzo Piano y está dedicado a desarrollar la programación de arte, música, cine, danza y literatura de la fundación. Como suele ocurrir con este tipo de lugares, yo al visitarlo estaba más interesado en ver el edificio por dentro, que en conocer la exposición de turno que albergaba. No entiendo tanto de arte como para disfrutar de las obras que no son clásicos. No obstante, otras veces lo expuesto en este tipo de centros me ha llegado más. Esta vez, sin embargo, salvo algunos de los ocho cuadros de grandes maestros de la exposición permanente, lo demás me pareció decepcionante. 

El edificio, en cambio, me gustó a todos los niveles. La estructura general de la construcción me pareció muy atractiva.

 
Aparte, me encantaron las vistas de Santander a través de sus enormes cristaleras, tanto las del lado que daba al mar, como las del que miraba directamente a la ciudad. Por las ventanas sí se podían sacar fotos del exterior, por fortuna, aunque no era posible fotografiar el interior del edificio.



Por último, me parecieron también bonitas las vistas desde la azotea. Para subir a ella no es necesario pagar la entrada, cualquiera puede hacerlo a través de unas escaleras que dan a la calle.

Después de ver el Centro Botín llegó el momento de comer. Nos apetecía pizza o pasta y, por ello, buscamos el restaurante italiano más cercano. Para llegar a él nos dimos un pequeño pateo, pero para mí estaba incluido en el plan andar por Santander, por lo que no me importó. Así pues, desde el Paseo de Pereda nos internamos en el llamado ensanche, que es la parte de la ciudad que se erigió en la segunda mitad del siglo XVIII, en forma de cuadrícula, al este del núcleo amurallado de Santander. Es la zona santanderina que mejor conozco. Cerca del mar es plana, pero pronto empieza a empinarse cuando se deja atrás la primera línea de costa. Nosotros nos encaminamos hacia Nomada Pizza, un restaurante que está situado precisamente un poco en el interior, en el Paseo de Menéndez Pelayo. 


Esta arbolada avenida es la que une el ensanche con El Sardinero. Nosotros, en nuestro paseo atravesamos la Plaza de Pombo y la Plaza Cañadío, dos de los enclaves emblemáticos de un barrio del ensanche llamado Puertochico.


Tras la caminata acabamos desembocando en el principio del Paseo de Menéndez Pelayo y, poco después, llegamos a nuestro destino. Tengo que decir que Nomada Pizza tuvo luces y sombras para mí. El local está ambientado de forma agradable y el servicio me pareció correcto, pero la comida está muy recomendada en webs como Tripadvisor, y la verdad es que a mí no me pareció para tanto. Yo me pedí una pizza que no estaba mal, pero las he tomado mejores en bastantes sitios. Aparte, mi madre se pidió un plato de pasta y se comió lo que quiso, pero yo no pude rebañar el resto, porque el tercio de tagliatelle que se había dejado estaba nadando en aceite en el fondo del plato. Personalmente, volvería a comer allí, porque ya digo que parece un restaurante muy popular, tiene una carta muy amplia y, además, sus dueños fueron amables, pero lo que comí el otro día me pareció mejorable.

Dicho esto, lo cierto es que echamos un buen rato almorzando. Luego, desandamos nuestros pasos, más o menos, hasta el aparcamiento de los Jardines de Pereda. No obstante, no teníamos intención de irnos aún. Muy al contrario, lo que hicimos fue desplazarnos hasta la zona de las playas de El Sardinero.


Por el extremo de El Sardinero que da al mar también nos dimos un agradable paseo verpertino. Recorrimos el final de la Avenida de la Reina Victoria y el tramo de la Avenida de Castañeda que llega hasta los Jardines de Piquío. Esa zona ajardinada está situada sobre el saliente rocoso que separa la Primera Playa de El Sardinero de la Segunda Playa de El Sardinero. Allí nos sentamos durante un rato, contemplando el mar.

Antes de regresar a Santillana aún nos desplazamos hasta una tercera parte de Santander. En concreto, fuimos a los alrededores del Faro de Cabo Mayor. En 2019 no estuve muy lejos de allí, pero no llegué hasta la zona del Cabo Mayor donde está el faro. En la actualidad, el mismo es un centro de arte, que por la tarde estaba cerrado.


Desde ese lugar las vistas también son espectaculares. Hay, en ese extremo norte de la ciudad de Santander, unas cuantas cosas que explorar. Realmente, es una zona que está casi sin construir, y merece la pena recorrerla por los caminos, bordeando los acantilados.


Esta vez, sin embargo, nos quedamos en el entorno del Monumento a los Caídos, que está situado frente al Faro y se asoma al mar. Aún quedan muchas cosas por descubrir en Santander. Por fortuna, se que volveré.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado SANTANDER.
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Cantabria: 33'3% (hoy día 100%).
En 1997 (primera visita consciente), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 12'7% (hoy día 35'7%).


24 de febrero de 2022

LLANES 2022 (VISITA DE FEBRERO)

Llevo yendo a Llanes al menos una vez al año desde 1997. Tan solo falté a la cita en 2004 y en 2008. La gran mayoría de esas visitas han sido en julio o agosto. Solamente en 2009 y en 2010, además de ir en verano, también estuve en Semana Santa, en el mes de abril. Sin embargo, nunca había estado en Llanes en temporada baja... hasta ahora.


Llanes es un municipio que cuenta con unos 14.000 habitantes, de los cuales viven en su capital del orden de 5.300. En verano, la población del concejo se multiplica por cinco y casi alcanza las 70.000 almas. Por tanto, al ir en temporada alta lo que uno ve está muy determinado por ese hecho. En el casco urbano de la capital concejil es donde más se nota el incremento poblacional. En julio y agosto sus calles son un auténtico hervidero de gente. A mí me encanta la animación del pueblo, pero desde que fui allí por primera vez tenía el propósito de contemplar aquello como es realmente, sin hordas de foráneos por doquier. Por desgracia, ha ido pasando el tiempo y no he encontrado el momento de ir fuera de los meses estivales. Me queda demasiado lejos de casa. Sin embargo, este año, por fin los astros se han alineado, y no solo he hallado la excusa para ir a Llanes en invierno, sino que además he podido ir.

El caso es que aún tenía unos días de vacaciones pendientes que no había gastado. No obstante, María está estudiando a muerte para un examen que tendrá en pocos meses, y las niñas se encuentran en pleno curso escolar. En consecuencia, me veía gastando las jornadas de asueto en plan hogareño, pero hace poco a mis padres les avisaron de que la caldera que tienen en su casa llanisca se había estropeado. Ellos en 2006 se construyeron esa segunda vivienda en La Galguera, una pequeña pedanía de Llanes. Aunque la suelen usar en verano, durante muchos años fueron allí también en otras estaciones, pero desde que mi padre empezó con los problemas de salud en 2018 no habían estado en disposición de hacer ninguna escapada fuera de temporada. Este invierno mi padre tampoco está para cruzar España y mi madre se veía yendo sola al norte a solucionar el tema de la caldera. Ante ese hecho, se me ocurrió gastar mis días libres en ir con ella. De ese modo, podía echarle una mano y, por añadidura, ver Llanes en febrero, tal y como llevo deseando desde hace tanto tiempo.

Tengo que aclarar que, a pesar de tener una casa en La Galguera, en esta ocasión no nos hemos alojado en ella. La misma tenía la caldera rota y llevaba cerrada varios meses. Mi madre, además, necesitaba verdadero descanso, por lo que decidimos irnos a un hotel. En concreto, fuimos al Parador Gil Blas de Santillana del Mar, por lo que hablaré de ese pueblo en otro post. Con respecto a Llanes, fuimos allí desde Santillana dos días. En el primero de ellos fue a casa el técnico de la caldera a revisarla, y en el segundo regresó con las piezas que hacían falta para dejarla reparada. Una de esas veces, tras cumplir con el técnico, no dejamos pasar la oportunidad de movernos un poco por el concejo. Para empezar, dimos un buen paseo por el casco urbano de Llanes. Por fin logré ver vacías sus calles.


Cierto es que, además de contemplar las calles desiertas, también vi un montón de negocios cerrados. En apariencia, febrero es el mes que aprovechan muchos bares y restaurantes para bajar la cancela y que el personal descanse. Pese a esto, Llanes no me dio una sensación decadente. No fue parecido a ir a una localidad de playa en invierno. No en vano, la capital municipal tiene más de 5.000 habitantes estables y todo lo necesario para su vida estaba operativo. Lo que estaba cerrado era el excedente, que vive de dar servicio al turismo.

Con respecto al verano, la primera diferencia que noté al llegar a Llanes fue que pude aparcar por las buenas junto a la Playa del Sablón. Luego, mi madre y yo nos internamos caminando en el centro llanisco, pasando por la Plaza de Cristo Rey, la Calle Posada Argüelles, la Calle Posada Herrera y la Calle Manuel Cué. En esta última calle hay muchos restaurantes y, dado que era la hora de comer, fuimos a buscar uno en concreto, que nos encontramos cerrado. En vista de eso, pasamos al Plan B y tiramos hacia la Plaza de la Magdalena, donde pone sus mesas la Sidrería El Bodegón. 


En este restaurante no hacen reservas, por lo que resulta bastante difícil almorzar o cenar en él durante los meses de verano. Sin embargo, a veces lo hemos conseguido, por lo que ya he hablado de él en otros posts, dado que es de los mejores sitios de Llanes para comer. En esta ocasión llegamos y pillamos mesa sobre la marcha. No hubo problema alguno.

Después de darnos un pequeño homenaje nos acercamos al Café Bitácora a tomar café. Fue entonces cuando pude recorrer sin gente la Calle Mayor. La misma estaba como se ve en la foto que he puesto arriba. Verla así fue inaudito para mí. 

También me deleité con la tranquilidad de la Calle Mercaderes, de la Calle El Muelle y de la Plaza de Santa Ana.


Disfruté mucho del relajado paseo. Aparte, el plan de la tarde estuvo marcado por un hecho, y fue que al asomarnos al mar en la Playa del Sablón vimos que estaba muy revuelto, a pesar del magnífico día que hacía. Yo no recordaba haberlo visto nunca golpeando con tanta fuerza las rocas.


Por ello, se nos ocurrió que podía ser un buen día para ir a ver algunos de los bufones que están repartidos por la costa llanisca. La vertiente costera de Llanes está repleta de altos acantilados de roca caliza. En los mismos, el agua de lluvia ha formado, con el paso de los milenios, pequeños agujeros que llegan hasta el nivel del mar. A la vez, el fuerte golpeo de las olas contra la pared vertical del acantilado ha ido corroyendo la roca, hasta el punto en el que se han unido los conductos verticales con las cuevas horizontales. No obstante, la acción erosiva del oleaje no ha acabado ahí, sino que ha seguido provocado un paulatino agrandamiento de esos conductos. 


Debido al empuje de las olas cuando la marea está alta, en la actualidad, en determinados momentos en los que el mar está muy agitado, el agua penetra tanto por los conductos creados, que sube y llega hasta el suelo de la parte superior del acantilado, formando chorros pulverizados que se elevan varios metros. Dichos chorros son los bufones.



La mayoría de los días, pese a que se aprecia muy bien el agujero en el suelo y se escucha un bramido saliendo de él, el agua no está lo suficientemente embravecida como para ser capaz de recorrer el conducto entero y formar el bufón. Sin embargo, esta vez coincidió que estaba en Llanes, que había marea alta y que el mar estaba lo suficientemente revuelto como para provocar el fenómeno. Yo había oído hablar de él y había visto los agujeros en el suelo, pero pensé que nunca iba a ser capaz de estar presente alguna de las pocas veces al año en que los bufones están activos. Me equivoqué.


En concreto, nosotros vimos los Bufones de Pría, que son uno de los grupos de bufones que están diseminados por la costa llanisca. De los campos de bufones que hay en Llanes, tres han sido declarados Monumento Natural. El de Pría es uno de ellos. Está formado por un buen número de agujeros que, cuando se dan las condiciones apropiadas, expulsan, unos más alto y otros menos, los mencionados chorros de agua pulverizada. Cuando están en auge, se forma en toda la zona como una neblina de mini gotitas de agua en suspensión, que también crea un efecto chulo.


Para llegar a los Bufones de Pría dejamos el coche en Llames, que es la localidad llanisca que está más al noroeste del término municipal.



Yo ya había estado en Llames, porque en 2015 fui a la Playa de Guadamía, que está junto a la localidad y muy cerca de los bufones. Para mí, ese arenal es de las más bonitos de Llanes y tengo pendiente volver, para hablar de él en un post con más detenimiento. Esta vez solo lo vi desde arriba.


Adonde sí fuimos fue a la Playa de San Antolín. En ella nos detuvimos un buen rato, para admirar su belleza sin gente.


A esta playa voy todos los veranos en algún momento, y a pesar de su popularidad, no es imposible verla tranquila los días en los que el tiempo no acompaña. En ese sentido, Asturias no es como Andalucía, de manera que, aunque el concejo esté a rebosar, si en julio o agosto sale una jornada nublada las playas no se llenan. Sin embargo, nunca había visto la Playa de San Antolín tan desierta. Realmente, hacía sol, por lo que pude contemplarla en todo su esplendor, pero vacía. Fue precioso.


En verano volveré a Llanes una vez más, y disfrutaré de nuevo de su animación, pero ya lo haré con la alegría de haber visto como respira el concejo en temporada baja.


Reto Viajero POBLACIONES ESENCIALES DE ESPAÑA
Visitado LLANES.
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales ya visitadas en Asturias: 13'3% (hoy día 60%).
En 1997 (primera visita), % de Poblaciones Esenciales de España ya visitadas: 11'8% (hoy día 35'7%).


31 de enero de 2022

MEDIO MARATÓN DE SEVILLA 2022

Los turnos de trabajo y la COVID-19 sabotearon el calendario atlético que me había hecho en Navidades para enero y febrero de 2022. Lo cierto es que lo del curro era previsible. Hace unos meses me apunté para hacer servicios extraordinarios en la biblioteca, lo que implica, en mi caso, trabajar seis domingos al año, a lo largo de los tres periodos de exámenes universitarios. En este cuatrimestre me tocaban dos domingos. Lo que pasa es que en diciembre aún no tenía el cuadrante y me anoté en la agenda un par de pruebas para finales de enero y principios de febrero, confiando en que no coincidieran con los días en los que iba a tener que cumplir con mis obligaciones laborales. Sin embargo, Murphy volvió a hacer de las suyas y me fastidió sendas citas, porque tras las Navidades supe que los dos domingos de las carreras elegidas por desgracia coincidían con los que yo tenía que ir a la biblioteca. En teoría podía correr en otros lugares los demás fines de semana, pero la pandemia hizo el resto para que tuviera muy complicado hacerlo, dado que el virus hizo estragos entre mis compañeros, y en el primer tramo de apertura extraordinaria de la biblioteca de este curso no voy a tener más remedio que trabajar cuatro domingos. Eso está bien, porque casi me voy a quitar ya todas las horas que tengo que echar en 2022, pero, en contrapartida, me di cuenta de que no iba a poder participar en nada hasta marzo. En efecto, teniendo en cuenta lo del trabajo y que los dos últimos findes de febrero voy a estar de viaje, solo tenía libre el fin de semana del 29 y 30 de enero, pero en él parece que el universo atlético de Andalucía occidental y del sur de Extremadura se detienen para rendirle pleitesía al Medio Maratón de Sevilla. 


Ese fin de semana no había ninguna prueba además de esa, pero yo no estaba apuntado y las inscripciones estaban cerradas. En consecuencia, renuncié a competir hasta casi primavera. No obstante, hace pocos días surgió la posibilidad de aprovechar el dorsal de un conocido y decidí obviar que no está permitido correr en nombre de otra persona. Lo se. No es buena idea participar en una carrera con un número ajeno. Sin embargo, al hacerlo el riesgo que ello conlleva lo asume el corredor, ya que no va cubierto por el seguro, pero eso solo implica que si a uno le da un jamacuco, el dinero que cueste su asistencia lo tendrá que pagar de su bolsillo. Aparte, si a un desgraciado le da por morirse compitiendo con un dorsal que no sea suyo, pues su familia será la que tenga que hacerse cargo del marrón, sin que ninguna compañía aseguradora mueva un dedo. Por ello, no es para nada recomendable correr así. No tengo la intención de hacerlo más, pero lo cierto es que el peligro que acarrea es moderado, y el perjuicio que causa dicha acción no es comparable con el que supone ir sin dorsal o hacerlo con uno fotocopiado. En definitiva, pese a que creo que se deben hacer las cosas por lo legal, y así lo he hecho siempre en las 231 carreras precedentes que he acabado en mi vida, tampoco me pesa en la conciencia haber corrido una vez aprovechando la inscripción de un conocido que había pagado religiosamente su cuota. Gracias a mi compi benefactor completé mi séptima participación en la cita antes conocida como Media Maratón Isla de la Cartuja, y que en este 2022 ha vuelto a denominarse Medio Maratón de Sevilla por las buenas.

Mi anterior participación en este evento fue en 2018. Por aquel entonces ya escribía este blog y pude hablar de la evolución que ha seguido la media maratón de la ciudad de Sevilla desde 2003, año en el que debuté en ella. No me voy a repetir. Solo quiero añadir que en 2018 aún se terminaba la prueba en el Estadio de la Cartuja, pero que, desde 2020, la meta se ubica en el Paseo de las Delicias. Yo viví un final en esa gran avenida en la última edición del Maratón de Sevilla que he disputado, pero me faltaba hacerlo también en la media. Lo hice ayer y comprobé que merece la pena. 

Por otro lado, el trazado del Medio Maratón de Sevilla también me pareció brillante. Es un gran acierto dejar para el final el paso por el centro de la ciudad. En efecto, fue una gozada pasar en los últimos kilómetros bajo las Setas, cruzar La Campana, y recorrer, sucesivamente, la Calle Tetuán, la Plaza Nueva, la Avenida de la Constitución, la Puerta de Jerez y la Calle San Fernando. Después, el paso por la Plaza de España y por el Parque de María Luisa fue hasta emocionante, y la citada recta de meta es de las que te hacen flipar.


Yo, además, tuve la suerte de acabar hecho un torpedo. Por la marca, tengo la sensación de que me limité a cumplir, pero la verdad es que corrí de maravilla, es decir, de menos a más.

Con respecto al tiempo final que me salió, que fue de 1h34:39, en realidad mi objetivo inicial era terminar en torno a 1h32, pero pronto lo reajusté y lo dejé en 1h34, buscando ser realista. En noviembre marqué 1h33:31 en la Media Maratón Entreparques y, desde entonces, creo que he apretado un poco en los entrenamientos, por lo que pensé que el reto de 1h34 no era descabellado. De todas formas, tengo que tener en cuenta que ese día apenas si perdí unos segundos antes de poder echar a correr, pero ayer se me fue 1:16. Lo cierto es que el compi que me dio el dorsal tenía asignado el cajón cuatro en la salida, lo que hizo que me viera de inicio bastante atrás. Dentro del cajón avancé todo lo que pude, pero aun así no pude evitar que se me fuera más de un minuto antes de pasar por el arco de salida. Los 76 segundos por supuesto van incluidos en la 1h34:39. Eso implica que mi marca real fue de 1h33:23. Se puede decir, por tanto, que los tiempos desde la salida hasta la meta, en mis dos últimas medias, han sido casi calcados.

Aparte, es muy diferente la manera de correr una media en la que no se llega a los 400 participantes, con respecto otra en la que hay más de 7.700. Ayer, tras conseguir arrancar, me pegué avanzando a base de esprints más de dos kilómetros. Había tanta gente, que me encontré varios tapones que me ralentizaron y, aunque intenté echarme a un costado para poder seguir una línea lo más recta posible, la verdad es que para lograr ir adelantando corredores tuve que pegar un buen número de acelerones y de quiebros. En La Rinconada, en noviembre, cogí el ritmo crucero a los 100 metros y ya gestioné yo mi avance sin injerencias. Ayer tardé algo más en poder poner el piloto automático, en lo que a la trayectoria se refiere. La foto que voy a poner a continuación, que es la única que tengo en la que salgo (en la segunda fila vertical, empezando por la derecha) está hecha en el kilómetro dos y pico. La aglomeración de gente ahí era aún considerable.


Otra particularidad de la carrera de ayer fue que corrí sin saber qué tiempo llevaba. Creo que es la primera vez que me pasa eso en una media maratón. En efecto, en la salida me armé un lio con el pistoletazo inicial y le di tarde al reloj. Luego, encima, me confundí y en uno de los puntos kilométricos, en vez de darle al botón con el que se registran los parciales, lo que hice fue parar el cronómetro. Tardé un rato en darme cuenta. Parece mentira a estas alturas. En definitiva, lo que iba viendo en mi muñeca pronto dejó de ser una referencia, así que me fui centrando en mirar cuanto iba tardando en recorrer cada kilómetro, pero hasta que no enfilé la línea de meta no tuve una idea clara de la marca que iba a hacer.

Un elemento más de confusión, a la hora de poder ir controlando el ritmo, fue el de los globos que hacían de liebre. A veces los mismos me han sido muy útiles como referencia, pero la verdad es que en otras ocasiones son un elemento que, más que ayudar, provoca dudas. Ayer, al darse la salida tardé en ver al globo más cercano. Lo llevaba lejos, por lo que no fui capaz, durante mucho rato, de ver qué tenía escrito. Me imaginé que marcaba el ritmo para bajar de 1h35. Con el transcurso de los kilómetros le fui comiendo terreno, pero hasta que no lo alcancé, cumplidos ya los 5.000 metros, no supe que, en realidad, era el de 1h40. En ese momento creí que mi objetivo de bajar de 1h35 era una quimera. Sin embargo, pronto lo dejé atrás y volví a centrarme en mi ritmo por kilómetro, que estaba siempre entre 4:22 y 4:32. Sabía que si lograba una media final de 4:30 iba a bajar de 1h35, así que era consciente de ir corriendo dentro de los límites de lo planeado. Me quedaba la duda de si iba a conseguir recortarle al crono el 1:16 que había perdido en la salida. Luego me he enterado de que marqué 23:22 en el kilómetro 5, es decir, que hasta ahí mi ritmo oficial era de 4:40. No obstante, el real era de 4:25. Le iba recortando unos 5 segundos por kilómetro a los 76 que había perdido en el arranque. Tenía opciones, por tanto, pero estaba la cosa justita.

Poco antes del kilómetro 7 nos internamos en Triana y atravesamos el barrio por sus arterias principales, que son bien anchas. Luego nos dirigimos hacia Los Remedios. Este es el barrio donde viven mis padres y mi hermana, por lo que voy por allí con mucha frecuencia. Durante una década, además, también fue mi barrio. Sabía que a las 9:40 de la mañana, ni mi padre, ni mi madre, ni mucho menos mi hermana, iban a estar en la acera animándome, pero aún así la familiaridad del perímetro del Parque de Los Príncipes, por donde he entrenado cientos de veces, así como de las Calles Santa Fe y Virgen de Luján, me hicieron venirme arriba. Precisamente, al final de esta última estaba el kilómetro 10. Lo pasé en 45:34 y fue ese el peor momento de la carrera para mí. Me quedaba mucho, iba hecho un lío con el reloj, por lo que no sabía si iba en tiempo de cumplir con el objetivo o no, y encima acababa de vivir un subidón al principio de Virgen de Luján, que provocó el consiguiente bajón posterior. Por fortuna, el momento de debilidad, física y mental, duró un suspiro. En el kilómetro 11 decidí poner el crono a cero y tomarme el resto de la prueba como un diezmil, en el que tenía que bajar en cada parcial de 4:30. Por la razón que sea, al resetear el cronómetro me reseteé yo también, y a partir de ahí avancé mucho más suelto. Hasta el punto kilométrico 15, aunque iba bien, me mostré más conservador, pero al pasar por él tomé la decisión de apretar... y a ver hasta donde llegaba. Los últimos seis kilómetros los hice a 4:22, no es que sea una locura, pero hay que tener en cuenta lo que ya llevaba encima. Lo cierto es que gané 83 puestos en ese tramo. A lo mejor tampoco sorprende, pero a mí me produce una gran satisfacción haber corrido los tramos de cinco, cinco, cinco y seis kilómetros a una media sucesiva de 4:25, 4:26, 4:28 y 4:22.

El caso es que la última parte del Medio Maratón de Sevilla, tal y como está planteada ahora, es alucinante, y yo encima la hice pleno de energía y adelantando gente. El paso por la Plaza de España, que estaba en el último kilómetro, lo disfruté a tope. Aún no sabía si estaba en disposición de bajar de 1h35, pero confiaba en que sí. Evidentemente, teniendo en cuenta el tiempo real sí iba a ser capaz, dado que la gran mayoría de los parciales de la carrera habían sido inferiores a 4:30. Ese detalle sí lo había ido viendo. Sin embargo, no llevaba en el reloj el tiempo total y sabía que se me habían ido en la salida un buen puñado de segundos. Para mi tranquilidad, al enfilar el Paseo de las Delicias ya vi al fondo el cronómetro que había sobre la meta, y calculé que iba a conseguirlo. No quise dormirme en los laureles y seguí apretando, pero esta vez pude disfrutar de la recta final sin agonías. Acabé, oficialmente, en 1h34:39 (puesto 1.709 de 7.702 finishers). Ni que decir tiene que hubiera logrado adelantar al globo de 1h35, pero luego me he enterado de que esa liebre nunca existió. Da igual. Aparte, me hubiera gustado mejorar la marca de la media maratón de noviembre, y también es verdad que he llegado a liquidar los 21.097 metros de Sevilla hasta cinco minutos más rápido un par de veces, pero lo cierto es que eso fue hace mucho y me pone muy contento seguir pudiendo correr medias de manera natural a menos de 4:30 el kilómetro.


Reto Atlético 1.002 CARRERAS
Carreras completadas: 231.
% del Total de Carreras a completar: 23%.

Reto Atlético 102 MEDIAS
Medias Maratones completadas: 41.
% del Total de Medias Maratones a completar: 40'1%.

Reto MEDIAS DE ESPAÑA Y PORTUGAL
Completado Media Maratón en la PROVINCIA DE SEVILLA.
En 2000 (año de la primera Media corrida en la Provincia de Sevilla), % de Provincias en las que había corrido una Media: 1'8% (hoy día 24'5%).

Reto Atlético PROVINCIA DE SEVILLA 105 CARRERAS
Completada Carrera en SEVILLA.
En 2000 (año de la primera carrera corrida en Sevilla), % de Municipios de la Provincia de Sevilla en los que había corrido una Carrera: 0'9% (hoy día 37'1%).


22 de enero de 2022

TORRE DEL ORO Y PASEO COLÓN 2022

Hace unos meses decidí que iba a dejar de darle bola en los posts a la COVID-19 y a sus efectos. Es evidente que la pandemia está marcando nuestras vidas, pero me niego a que afecte a mi motivación por hacer cosas. Desde siempre, en cada momento he hecho lo que se ha podido, en lo que a viajes y a carreras se refiere, adaptándome a las circunstancias. Por ejemplo, cuando he tenido más dinero he viajado más, y cuando he estado tieso me he movido menos. Sin embargo, ni en uno ni en otro caso he hecho referencia al dinero en los posts. Doy por hecho que se sobreentiende que hago siempre todo lo que estoy en posición de hacer. Partiendo de esa mentalidad, en relación con la COVID-19 tomé una postura similar, por lo que empecé a obviar al virus al escribir. El bicho persiste y limita, pero yo sigo exprimiendo las posibilidades que nos va dejando. Por ello, las cortapisas por la pandemia las puse al mismo nivel que las monetarias y, en vista de eso, dejé también de mencionarla en cada artículo. Pese a esto, en algunos posts no me ha quedado más remedio que nombrarla. Este va a ser uno de ellos: resulta que en diciembre le regalé a María por su cumpleaños un par de entradas para ir al ballet. Tras las navidades, es bien sabido que el SARS-CoV-2 está campando a sus anchas por España y, por lo que a nosotros respecta, tras varias falsas alarmas, entró en casa la semana pasada. El bache se ha sobrellevado bien, pero María ha tenido algo de fiebre y ha estado una semana aislada. Los demás no nos hemos contagiado, no me explico como. El caso es que el sábado, María y yo teníamos previsto ir al ballet, pero ella, como es lógico, no pudo ir. Yo sí fui, no era plan de que se echaran a perder las entradas, y tanto Ana como Julia se mostraron bien dispuestas a acompañarme. De hecho, llegué a intentar comprar otra entrada para que vinieran las dos, pero me encontré conque ya no había. En consecuencia, lo eché a suertes y, finalmente, fue Julia la que vino conmigo. Dicen que no hay mal que por bien no venga, y esto es una prueba más, porque pasé con mi hija en el Teatro de la Maestranza una velada que perdurará en mi memoria para siempre. Además, puede entrar en el edificio.


En cualquier caso, todo esto lo cuento porque, a raíz de pensar en ir con María al Teatro de la Maestranza, se me ocurrió que era el momento perfecto para terminar de explorar uno de los lugares que están en mi lista de enclaves andaluces que hay que conocer sí o sí. En efecto, en dicho listado hay uno que fijé como Torre del Oro y Paseo Colón, incluyendo el Kiosco. En diciembre de 2020, tras ver la Torre del Oro, escribí el primero de los posts que tenía pensado dedicar a este edificio y a la calle en la que está. El presente complementa a aquel. La visita al Maestranza ha provocado la coyuntura idónea para diseccionar el Paseo Colón.


Como ya conté en el post de 2020, toda la orilla oriental del Río Guadalquivir forma un continuo de varios kilómetros, desde el Puente de San Telmo hasta el del Alamillo. En todo ese tramo hay un camino peatonal al nivel del agua y, pocos metros por encima, una calle asfaltada paralela, por donde circulan los coches (realmente, el nivel de la ciudad se encuentra por encima del río, como queda patente). Paseo de Cristóbal Colón es el nombre completo que recibe el tramo de esa larga arteria que va desde su confluencia con la Calle Almirante Lobo hasta el Puente de Isabel II. Por uno de sus lados tiene una acera normal, a la que dan un buen número de inmuebles de varios tipos. Por el opuesto, en cambio, lo que tiene es un amplio paseo, a cuyos pies está el otro que va al nivel del Río Guadalquivir.

Se podría decir que los enclaves destacados del Paseo Colón se agrupan en cuatro grupos. En primer lugar, están los edificios especialmente destacados, entre los que se encuentran la Torre del Oro, la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla y el Teatro de la Maestranza. De los dos primeros ya he hablado en este blog, y del tercero lo haré un poco más abajo. 


El teatro y la plaza de toros están en el lado edificado de la calle, mientras que la torre se encuentra en el que da al río. La acera de este último es, en sí misma, otro de los lugares sobresalientes de la avenida. En efecto, dado su destacado emplazamiento al borde del río y frente a Triana, las vistas desde el flanco oeste del Paseo Colón son una maravilla, que lo convierten en una atracción turística. 

El tercer grupo de enclaves destacados de la calle, además de los inmuebles y de los sitios desde donde hay bonitas vistas, es el de los muchos bares de copas que están emplazados en la acera edificada, así como el de los dos kioscos que, en cambio, están en la que da al río. Por último, en cuarto lugar, la avenida tiene diseminadas, por sus 770 metros, hasta siete esculturas, que son independientes, pero que tienen una cierta relación.

Como he comentado, el pasado sábado fui con Julia al Teatro de la Maestranza. De los edificios más destacados del Paseo Colón, este era el que tenía pendiente. 



Vimos en él una representación de El Lago de los Cisnes, que es un auténtico clásico del ballet. Su partitura es de Piotr Ilich Chaikovski y tiene un fragmento que se repite en cada acto, que es muy conocido. En este caso, la pieza musical fue interpretada por la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Aparte, El Lago de los Cisnes es la obra de danza por excelencia. Se estrenó en 1877 y en un primer momento no tuvo mucho éxito, pero en 1895 se representó de nuevo con una nueva coreografía, creada por Lev Ivanov y Marius Petipa, y ahí sí pegó el pelotazo. Desde entonces, se han sucedido las revisiones a esa versión, hasta el punto de que, en la actualidad, El Lago de los Cisnes está considerado como el paradigma del ballet. Por tanto, para un absoluto desconocedor de lo que es este arte, como lo soy yo, es perfecta. En el Teatro de la Maestranza la puesta en escena correspondió al Aalto Ballet Essen. Vi bailarinas con tutú blanco, bailarines que eran como juncos, giros por doquier y movimientos llenos de lirismo, es decir, no faltaron ninguno de los elementos que yo identifico con el ballet. Eso sí, no fui capaz de seguir la historia. En efecto, disfruté de la función y capté el sentido de la trama, pero lo hice sin tener apenas idea de por donde iba el hilo argumental. Aún así, como buena expresión artística que es, me da la impresión de que el espectáculo no pretendía contar una historia en plan realista, sino que era como un cuadro abstracto, que te transmite sensaciones sin que entiendas demasiado bien lo que ves. En todo caso, con independencia de esto, me encantó ver que el Teatro de la Maestranza se llenó a tope. En el patio de butacas, que tiene capacidad para 1.800 personas, no cabía ni un alfiler, lo que fue bastante estimulante. 


Además, el público fue muy variado, en lo que a edad se refiere: había muchos veteranos, pero yo no desentonaba en absoluto, y también vi a jóvenes, a adolescentes e incluso a niños. Julia no estuvo fuera de lugar, ni mucho menos. En el entreacto, bajamos abajo y nos tomamos un piscolabis en el bar. Antaño, parece que este estaba en el interior del edificio, pero ahora, con la pandemia, lo han montado en el rellano de la entrada, que está bajo unos soportales, pero al aire libre. 


En definitiva, las tres horas que eché con Julia en el Teatro de la Maestranza fueron inolvidables para mí.


He dicho antes que los enclaves destacados del Paseo Colón se agrupan en cuatro grupos. El primero es el de los edificios. El segundo sería el de los sitios outdoors con vistas destacables, que realmente son solo uno, dado que todo el frente occidental de la avenida forma un continuo, abierto por completo al río. En un buen tramo de esa parte, además, el acerado se ha ensanchado, con la idea de que se pueda pasear con más facilidad, disfrutando del lugar.


El tercero de los puntos fuertes del Paseo Colón sería el de los bares. A este respecto, el propio sábado vi que el extremo norte de la calle es un auténtico foco de marcha pureta. Nosotros aparcamos en un aparcamiento subterráneo que recorre el subsuelo de la avenida, y salimos a la superficie a la altura de los veladores de los baretos. Hace tres o cuatro siglos, cuando yo salía, estos eran de ambiente. Yo una vez estuve en uno de ellos. Desde hace años, el perfil ha cambiado, y tanto esos pubs, como lo que hay a la vuelta de la esquina, en la Calle Reyes Católicos, son locales de copas para gente de mi quinta, sin que la orientación sexual de los clientes esté ya tan definida. En uno de los de Reyes Católicos sí estuve una noche, hace un par de años o tres. 

Pese a todo, del conjunto de bares que hay en la vía, yo adonde quería ir esta vez era a uno de los dos kioscos que hay en la otra acera. No en vano, en mi lista de lugares andaluces de imprescindible visita, la maravilla que ha originado este post se fijó como Torre del Oro y Paseo Colón, incluyendo el Kiosco. Así estaba en la relación de sitios que me sirvió de base para elaborar mi listado, y así la incluí yo. Lo que pasa es que, para ir a alguno de los kioscos tenía que volver en otro momento que no fuera el sábado por la noche. Para hacerlo, aproveché que, apenas un par de días después de ir al teatro, tuve que ir al centro de Sevilla. En efecto, el lunes no me fui para casa después del trabajo y, antes de ir a hacer los mandaos que tenía pendientes, me fui hasta el Paseo Colón para dar un paseo, valga la redundancia. En ese rato hice dos cosas: la segunda fue ir a ver todas las estatuas que están repartidas por la calle, pero antes me tomé un café en el Kiosco del Agua.


De los dos kioscos que hay en el Paseo Colón, el Kiosco del Agua es el que es apropiado para tomar un café tranquilo. El otro está más enfocado a las copas. Yo, por tanto, me senté en el lugar correcto. En principio, estaba dispuesto a que me clavaran. Era consciente de que el emplazamiento se paga y, sin duda ninguna, el del Kiosco del Agua es soberbio. Por eso, la minúscula bebida me costó dos euros, pero di por bien gastado el dinero.


Lo que pasa es que, además, el café estuvo muy bueno. No daba un duro por la calidad de lo que me iban a poner en el Kiosco del Agua, dado que es un lugar tan enfocado al turismo, que yo nunca había parado en él. Sin embargo, para mí sorpresa, lo que me tomé me gustó mucho. Eso que me llevé.

El cuarto punto fuerte del Paseo Colón es el comentado de las estatuas. En efecto, a lo largo de la avenida hay siete obras escultóricas de diversa factura, que representan a personas concretas. Se han ido colocando a lo largo del tiempo, por lo que no forman ningún conjunto. No obstante, no se si por lo turístico que es el emplazamiento o por qué, pero seis de las siete esculturas son de lo más costumbrista: hay tres de toreros, una de un cantaor flamenco, otra de una condesa vestida de corto y, por último, otra de una cigarrera gitana. La séptima es de Mozart.

Por orden cronológico, la más antigua es la Estatua de Carmen La Cigarrera, que data de 1973. Se encuentra enfrente de la Plaza de Toros de la Real Maestranza, en la acera contraria. Como digo, es la estatua más veterana, pero también es la que menos se ve, ya que desde su lado de la calle queda oculta por la vegetación que hay, en ese tramo, entre el bordillo y la zona por la que se pasea. Además, la acera opuesta queda un poco alejada. Por ello, desde donde mejor se aprecia es desde el asfalto por el que pasan los coches, pero cuando uno va circulando no se repara en ella. Sin embargo, ahí lleva casi medio siglo, homenajeando a Carmen, la gitana que trabajaba en la Real Fábrica de Tabacos, y que sirvió de inspiración en 1845 a Prosper Mérimée para escribir su novela Carmen, que años después fue convertida en una ópera por Georges Bizet. 


Algo posterior a la de Carmen es la segunda estatua que se erigió en el Paseo de Cristobal Colón. Está situada en la zona ajardinada, denominada Jardines de Rafael de Montesinos, que se encuentra en el extremo norte de la calle, en el lado del río, enfrente de la zona de bares de copas. En medio de ese pequeño espacio de parterres y glorietas se erige, desde 1990, la Estatua de Antonio Mairena. Por lo visto, Antonio Mairena es uno de los cantaores más relevantes de la historia del flamenco, y por eso se le inmortalizó cantando. Hace años, cuando estaba recién inaugurado el monumento y yo estaba entrando en la adolescencia, un amigo mío dijo de broma que, en vez de cantar, parecía que se estaba quemando. Aquel día me entró la risa floja con el comentario jocoso, y desde entonces cuando la veo ya no se me viene a la cabeza otra cosa que el "¡Ay! Que me quemo".


Bromas aparte, lo que sí que es cierto es que el busto debería estar más limpio. Yo mismo eché la foto e inmortalicé a una paloma sobre la testa del cantaor. No queda muy bien que la representación de la cabeza calva de Antonio Mairena esté llena de heces de paloma. No obstante, el jardín urbano en el que está el monumento es agradable.


La Estatua de Mozart es la tercera más antigua, y es la única que se sale del costumbrismo sevillano. Se colocó ahí en 1991, unos meses después de que se inaugurara el Teatro de la Maestranza, que ahora está al lado. No obstante, pese a que parece lógica su ubicación, el monumento y el teatro no siempre formaron un tandem. En efecto, la estatua estuvo durante trece años no muy lejos de la Torre del Oro. En 2004 se desmontó para su restauración y, dado que había sufrido ataques vandálicos, se fue a colocar en los Jardines de La Caridad, que están junto al Teatro de la Maestranza y que, por la parte de atrás, dan al Paseo Colón. Sin embargo, Wolfgang Amadeus Mozart nunca llegó a estar en ese recinto vallado, ya que al final se ubicó en el lugar donde sigue hoy día, delante de esos jardines, pero fuera.


En 1991 la estatua conmemoraba el segundo centenario de la muerte del genio, que situó en Sevilla la trama de dos de sus óperas más famosas, Las Bodas de Fígaro y Don Giovanni, a pesar de que nunca estuvo en España.

De vuelta al costumbrismo, en el presente siglo se colocaron, en tres puntos no muy alejados de la Plaza de Toros de la Maestranza, otras cuatro estatuas, tres de toreros y otra de un personaje de la familia real española. La más antiguas de las taurinas es la de Curro Romero, que data de 2001. En realidad, la misma no está en el Paseo Colón, sino en una pequeña plaza que da a ella, que se ha denominado Glorieta de Curro Romero. 


Sin embargo, esa minúscula zona ajardinada realmente no es más que un ensanchamiento de la acera oriental del Paseo Colón, por lo que considero que la Estatua de Curro Romero no debe faltar en este post.

Enfrente de la Plaza de Toros de la Maestranza, pero en la otra acera, están las otras dos estatuas de toreros. De ellas, la más antigua es la de Pepe Luis Vázquez, que se inauguró en 2003.


La otra es la de su hermano, Manolo Vázquez, que data de 2006. Los dos diestros eran sevillanos y tienen una calle en el recinto de la Feria de Abril, al igual que Curro Romero. Pepe Luis fue el más importante, pese a que toreó a pleno rendimiento menos de tres lustros, en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Su hermano pequeño, Manolo, recibió la alternativa en 1951 y toreó hasta los años ochenta.


Por último, la séptima estatua de la calle es la de María de las Mercedes de Borbón y Orleans, condesa de Barcelona y abuela del actual rey de España. Se inauguró en 2008. Mercedes de Borbón vivió en Sevilla entre los diez y los veinte años, aunque realmente estuvo interna en el mismo colegio de Castilleja de la Cuesta en el que mi madre pasó dos años, como ya conté en su día. Por ello, su relación con la ciudad hispalense fue siempre especial. De todas las obras escultóricas que hay en el Paseo Colón, la suya es la que mejor se ve.


En definitiva, con este post el Paseo Colón queda analizado con detalle. El enclave que denominé Torre del Oro y Paseo Colón, incluyendo el Kiosco ya no tiene secretos para mí.



Reto Viajero MARAVILLAS DE ANDALUCÍA
Visitado TORRE DEL ORO Y PASEO COLÓN, INCLUYENDO EL KIOSCO.
En 1988 (primera visita), % de Maravillas de Andalucía visitadas en la Provincia de Sevilla: 18'7% (hoy día 68'7%).
En 1988 (primera visita), % de Maravillas de Andalucía visitadas: 4'1% (hoy día 38%).

Reto Viajero TESOROS DEL MUNDO
Visitado SEVILLA.
En 1988 (aún incompleto este reto), % de Tesoros ya visitados de la España Musulmana: 10% (hoy día 50%).
En 1988 (aún incompleto este reto), % de Tesoros del Mundo ya visitados: 0'1% (hoy día 4%).